Al día siguiente, muy temprano, y cuando su hija descansaba
todavía, salió el señor de Arganza para Francia, sin más que
el viejo Nuño y otro criado. Ambos entrados en años, y, por
consiguiente, quebrantados, estaban sostenidos, sin embargo, por
un mismo sentimiento, que si en el uno se podía explicar por el
arrepentimiento y ternura paternal, en el otro venía a ser lealtad
acendrada, y entrambos ciega inclinación a aquella joven, digna de
mejor suerte. No quiso don Alonso despedirse de ella, siguiendo
el cuerdo consejo del físico, para no agitarla más con una escena
siempre triste, pero en aquella ocasión mucho más. Así, pues, la
partida se verificó a las calladas, acompañando al viajero el abad
y el señor de Bembibre un buen trecho de camino. Cuando hubieron de
separarse, don Alonso los abrazó estrechamente, encargándoles el
cuidado con su hija querida, y, sobre todo, que distrajesen su ánimo
de las fúnebres ideas que lo obscurecían. Así se lo prometieron
entrambos, y despidiéndose con pesadumbre, continuó el uno su viaje
y dieron los otros la vuelta hacia la quinta.
Doña Beatriz, rendida con las emociones de aquella noche, se había
quedado profundamente dormida cerca del amanecer, y, aunque los
síntomas constantes de su enfermedad no daban a su sueño aquel
descanso inapreciable, medicina de tantos males, sin embargo le
permitían una blanda tregua con ellos. Justamente, al entrar don
Álvaro y el abad la despertó el relincho de _Almanzor_, y tendiendo
la vista alrededor, echó de menos la fisonomía de su padre. Preguntó
al punto por él, y Martina salió como en su busca, pero en su lugar
entró el abad de Carracedo. Doña Beatriz comprendió al punto lo que
era, y su semblante se cubrió de una nube; pero el anciano, con gran
prudencia y con la persuasiva autoridad que dan los años, la consoló
poniéndola delante los prontos y felices resultados que de aquella
separación podían venir. Doña Beatriz le escuchó sin muestra alguna
de impaciencia y sin responder una palabra; pero cuando el viejo
acabó su discurso, exhaló un suspiro que salía de lo íntimo de su
corazón y quería decir:—Todo ese bien que me prometéis llegará tarde.
Enseguida llamó a Martina, y dijo que quería levantarse. El físico no
se opuso, y al poco tiempo ya estaba en pie.
Su palidez era extraordinaria, pues la excitación del delirio y de la
calentura de la noche anterior había cedido el puesto a una debilidad
y decaimiento fatales. Sólo cuando don Álvaro se presentó delante de
ella, sus mejillas se sonrosaron ligeramente, y al oir su voz grave y
varonil como siempre, pero como siempre también tierna y apasionada,
pareció extenderse por todo su cuerpo un estremecimiento eléctrico.
Habíale mirado con ansia la noche anterior; pero el velo que extendía
la calentura delante de sus ojos y la escasa luz que alumbraba el
aposento, no le permitieron ver aquellas facciones, a un tiempo
armoniosas y expresivas, las primeras y únicas que se habían impreso
en su alma. Entonces pudo satisfacer su deseo a la claridad del día,
pero con una impresión semejante a la que su vista había producido
en don Álvaro. Ningún síntoma de enfermedad se advertía en su noble
semblante; pero el pesar había comenzado a surcar su frente: sus
ojos garzos habían perdido su serenidad antigua, hundiéndose un tanto
en las cuencas y revistiéndose de una mirada sombría. Había perdido,
además, el color, y en los contornos del cuerpo se notaba asimismo
cierta flacura, hija de las desdichas y meditaciones.
Cuanto hemos dicho con tantas palabras notó doña Beatriz con sola una
ojeada; pero, sin embargo, nunca le pareció don Álvaro tan hermoso.
Es cierto que nada había perdido de su antigua apostura y gallardía,
y que en su porte y modales se advertía un no sé qué de austero y
elevado que imponía respeto.
Apoyada en su brazo y en el del abad, bajó doña Beatriz la escalera
que conducía al jardín con ánimo de sentarse a la sombra de un
emparrado y cerca de un toldo de jazmines. Todas las flores estaban
abiertas y un enjambre de abejas doradas, zumbando por entre
ellas, libaban sus cálices para precipitarse en seguida hacia unas
colmenas que estaban en el fondo. Las calles y cuadros presentaban
un interminable arabesco de matices vivísimos; las paredes estaban
entapizadas de pasionaria y enredaderas, y una fuente que brotaba en
el medio, tenía una corona de violetas que asomaban entre el césped
su morada cabeza.
La joven, que a pesar de bajar casi en brazos la escalera, se había
fatigado mucho, no pudo resistir aquel ambiente tibio y cargado de
perfumes que la ahogaba. La lozanía misma de las flores y la juventud
pomposa de la naturaleza formaban en su alma doloroso contraste con
la marchita flor de sus años y su exánime juventud. Inmediatamente,
pues, la trasladaron a la falúa que al pie del muelle aguardaba.
Entraron al punto los remeros y, desamarrándola, comenzaron a surcar
la azulada llanura.
La brisa fresca del lago reanimó un poco a doña Beatriz. Habíase
recostado en la popa sobre unos cojines de seda con un decaimiento
y abandono que bien daban a entender la postración de sus fuerzas.
El abad, viéndola más sosegada, sacó el libro de horas y, yéndose a
sentar en el extremo opuesto de la embarcación, comenzó a rezar. Don
Álvaro, en pie delante de ella, la contemplaba con ojos inquietos
y vagarosos, mientras los suyos, fijos en el espejo de las aguas,
seguían como en éxtasis sus blandas ondulaciones. Alzólos por fin
para mirarle, y clavándolos en los suyos, le hizo señas con la mano
para que viniese a sentarse a su lado. Obedeció él silenciosamente, y
entonces la joven le dijo asiéndole la mano:
—Ahora estoy más sosegada y puedo hablaros. Gracias a Dios estamos
solos; oídme, pues, porque tengo sobre mi corazón hace ya mucho
tiempo un peso que me agobia. Acercaos más. ¿No es verdad que alguna
vez os habéis dicho: la mujer a quien yo amaba ha sido la esposa de
un hombre indigno de ella; su aliento ha empañado su frente; yo me la
figuraba semejante a la azucena de un valle a quien no tocan ni los
vientos de la noche; pero he aquí que cuando yo la encuentro está ya
separada de la planta paterna y sus hojas sin aroma y sin lustre? ¿No
os habéis dicho esto algunas veces?
Don Álvaro calló en lugar de responder y no alzó los ojos del suelo.
Entonces doña Beatriz, después de haber guardado por un rato el mismo
silencio, sacó del seno una cartera de seda verde y le dijo:
—Os había comprendido, porque hace tanto tiempo que laten nuestros
corazones a compás, que ningún movimiento del vuestro puede serme
desconocido. Pero vos... ¡vos no habéis leído en mi alma!—le dijo con
acento sentido y casi colérico.
Don Álvaro entonces levantó los ojos, mirándola con ademán
suplicante; pero ella le impuso silencio con la mano, y continuó:
—No os lo echo en cara, porque sobradas desdichas han caído sobre
vuestra cabeza por amor de esta infeliz mujer, y sólo ellas han
podido quebrantar la fe de vuestro noble corazón. Tomad esta
cartera—le dijo en seguida alargándosela—, y con ella aclararéis
vuestras dudas.
—¡Ah! ¡no tengo ningunas! ¡ningunas!—exclamó don Álvaro sin recogerla.
—Tomadla, sin embargo—repuso ella—, porque dentro de poco será
cuanto os quede de mí. No me miréis con esos ojos desencajados ni
me interrumpáis. Pensad que sois hombre y una de las más valerosas
lanzas de la cristiandad, y conformaos con los decretos del cielo. En
esa cartera escribía yo mis pensamientos y aun mis desvaríos; para
vos la destinaba; recibidla, pues, de mis manos, como la hubierais
recibido de las de mi confesor.
—¡Ah señora! ¿cómo abrigáis semejantes ideas cuando vuestro padre
va a volver, sin duda alguna, y con él los días de la primavera de
nuestro amor?
—Mi padre volverá tarde—respondió ella con acento profundo—, volverá
sólo para confiar a la tierra los despojos de su hija única y morir
después. Antes de este último y fiero golpe, la savia de la vida
volvía a correr por estos miembros marchitos; pero ahora se ha secado
del todo.
[Ilustración]
El abad, que acabó entonces su rezo, se acercó a ellos e interrumpió
la conversación. Doña Beatriz, oprimida por ella y quebrantada por
el esfuerzo que acababa de hacer, se mantuvo taciturna y abismada en
sus dolorosas reflexiones. Don Álvaro, trastornado por aquella escena
terrible que acababa de levantar el velo de la realidad, guardaba
también silencio, apretando convulsivamente entre sus manos y contra
su corazón la cartera verde, y el abad, por su parte, respetando la
pena de entrambos, no pronunció una sola palabra. De esta suerte
cruzaron el lago hasta la ensenada de la quinta, donde, saltando en
tierra, volvieron a subir en brazos a la joven. Era ya anochecido y
significó su deseo de quedarse a solas con su criada, con lo cual los
dos se despidieron de ella, retirándose a sus estancias respectivas.
No bien se vió don Álvaro en la suya, cuando cerrando la puerta y
acercándose a un bufete en el cual ardían dos bujías, abrió la fatal
cartera y comenzó a leer ansiosamente sus hojas. Estaba señalada la
primera con aquel versículo melancólico que, según dijimos en otro
lugar, venía a servir de epígrafe aquellas desordenadas y tristísimas
memorias: _Vigilavi et factus sum sicut passer solitarius in tecto_.
Don Álvaro, después de haberlo leído, lo repitió maquinalmente. En
tan breves palabras estaba encerrada su vida y la de doña Beatriz
con su continuo desvelo, su soledad y su esperanza siempre burlada.
¡Cuántas veces se habrían fijado en aquellos caracteres los ojos
llorosos de aquella infeliz y hermosa criatura!... Don Álvaro pasó
adelante, y volviendo la hoja encontró este pasaje:
«Cuando me dijeron que _él_ había muerto, pasadas las primeras
congojas del dolor, me pareció oir una voz que me llamaba desde el
cielo y me decía: «Beatriz, Beatriz, ¿qué haces en ese valle de
obscuridad y llanto?» Yo pensé que era la suya, pero después he
visto que vivía: sin embargo, la voz ha seguido llamándome entre
sueños, y cada vez con más dulzura. ¿Qué me querrá decir?—Mucho se ha
debilitado mi salud, y moriré joven sin duda alguna.»
En otra hoja decía así:
«¡Qué contenta cerró los ojos mi pobre madre cuando me vió esposa
del conde! Ella igualaba su corazón con el mío y esperaba para mí un
porvenir de gloria y de ventura; ¿pero qué esperaba su hija? la paz
de los muertos, y aun por eso alargó su mano...
[...]
Más se tarda la muerte de lo que yo me imaginaba, y sin embargo, soy
más dichosa de lo que pude esperar. ¡Rara felicidad la mía! Antes de
mis tristes bodas llamé aparte al que iba a ser mi esposo y le exigí
palabra de que me respetaría todo el año que le había ofrecido a
_él_ aguardarle, cuando se partió a la guerra de Castilla. Así me lo
prometió y me lo ha cumplido, porque como no me ama, se ha contentado
con la esperanza de mis riquezas y el poder que le da este enlace sin
solicitar mi corazón, ni mucho menos mis caricias. Así moriré como
he vivido, pura y digna del único hombre que me ha amado. Para él
escribo estos renglones: ¿pero quién sabe si llegarán a sus manos?
¿Quién sabe si se los llevará el viento como las hojas de los árboles
que veo pasar por encima de las torres del monasterio? ¡Más apriesa
arrebatará quizá el soplo de la muerte las escasas galas que le
quedan al árbol de mi juventud! ¡Pobre padre mío, qué terriblemente
habrá de despertar de sus sueños de grandeza!»
Venía después un versículo del libro de Job, que decía:
«_¡Ecce nunc in pulvere dormiam, et si mane me quisieris, non
subsistam!_»
Y en la página siguiente, esta estrofa dolorosa:
“¡La flor del alma su fragancia pierde;
por lo de ayer el corazón suspira,
cae de los campos su corona verde;
lágrimas sólo quedan a la lira!”
Don Álvaro pasó unas cuantas hojas, y encontró con una que decía:
«Heme en fin, viuda y libre; mis lazos están sueltos, pero ¿quién
desatará los de _él_? La suerte de la Orden me inspira vivísimos
temores. ¿Quién sabe si mi amor le traerá la muerte y la deshonra?
¡Oh, Dios mío! ¿por qué mi corazón ha de esparcir la desdicha por
todas partes?...
[...]
¡Por fin, va preso con todos sus nobles compañeros, y se presentará a
los jueces como un salteador de caminos! ¿Qué va a ser de ellos? Esta
noche he tenido una hoguera voraz dentro del pecho: una sed mortal
me devoraba, y en la ilusión de mi calentura me parecía que todos
los riachuelos y fuentes de este país corrían con murmullo dulcísimo
por detrás de mi cabecera. No he querido despertar a Martina, porque
dormía sosegadamente, aunque su corazón está en otra parte, como el
mío. ¿En qué puede consistir semejante diferencia? ¡En que ella ama y
espera, y yo amo y me muero!»
Don Álvaro recorrió otros pasajes, en que la agonía que experimentaba
por su suerte estaba trazada con rasgos de suma angustia y
desconsuelo. Por fin, después de tantas ansias y congojas, venía el
siguiente pasaje:
«¡Oh, cielo santo! ¡Está absuelto de todas las acusaciones con todos
los suyos!... ¡Pensé que me tiraba al agua para abrazar al mensajero
que semejantes nuevas traía! Al cabo volverá, sí, volverá, no hay
que dudarlo: ¿para qué se había de ataviar tan pomposamente la
naturaleza con todas las galas de la primavera, sino para recibir a
mi esposo? ¡Bellas son estas arboledas mecidas por el viento; bellas
estas montañas vestidas de verdura; puras y olorosas sus flores
silvestres, y músico y cadencioso el rumor de sus manantiales y
arroyuelos, pero al cabo son galas del mundo, y yo tengo un cielo
dentro de mi corazón! Yo saldré a buscarle con mi laúd en la mano,
con mi cabeza cubierta del rocío de la noche y como la esposa de los
Cantares, preguntaré a todos los caminantes: «¿En dónde está mi bien
amado?» ¡Ah, yo estoy loca! tanta alegría debiera matarme, y sin
embargo, la vida vuelve a mi corazón a torrentes, y me parece que la
planta del cervatillo de las montañas sería menos veloz que la mía!
Él me ponderaba de hermosa... ¿qué será ahora, cuando vea en mis
ojos un rayo de sol de la ventura, y en mi talle la gallardía de la
azucena, vivificada por una lluvia bienhechora? ¡Oh, Dios mío, Dios
mío! para tamaña felicidad, escaso pago son tantas horas de soledad
y de lágrimas. ¡Si un paraíso había de ser el lugar de mi descanso,
pocos eran los abrojos de que habéis sembrado mi camino!»
* * * * *
Don Álvaro había podido leer, aunque conturbado y confuso, los
anteriores pasajes, empapados en llanto y pesar, pero al llegar a
este, en que con tan vivos colores estaba bosquejada una dicha como
el humo disipada, no fué ya dueño de los violentos arrebatos de
su alma, y se dejó caer sobre su cama, rompiendo en amarguísimos
sollozos. Por fin estaba solo, y nadie, sino Dios, era testigo de
su flaqueza; pero las lágrimas, que tanto alivian el corazón de las
mujeres y los niños, son en los ojos de los hombres alquitrán y plomo
derretido.
[Ilustración]
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