El honrado montañés que vió tan bien terminada la causa de los
templarios a despecho del encono que los Castros abiertamente, y
el infante don Juan y otros señores con sordos manejos, habían
manifestado contra aquella esclarecida Orden, determinó de volverse
a su Cabrera, de donde faltaba hacía ya más tiempo del que hubiera
deseado. Como la situación de los caballeros después de la ocupación
de sus bienes era tan precaria, volvió a las instancias y ofertas
que ya en Ponferrada había hecho al comendador; pero con más ardor
que nunca, ponderándole con su sencilla efusión el gran contento que
recibiría su mujer con su vista, el favor que le haría en enseñar a
sus hijos los ejercicios de los guerreros, lo mucho que se divertiría
con sus cazas, y, sobre todo, la paz y veneración que le rodearían
por todas partes. El anciano se mantuvo inflexible como quien ha
formado una resolución, que todo el poder del mundo no bastaría a
destruir, y así el buen hidalgo hubo de hacer sus preparativos de
viaje, sin que se le lograra aquel vivo deseo.
Cuando llegó el día de la separación, los caballeros todos salieron
a despedir a Cosme a las afueras de Salamanca para darle un público
testimonio de lo agradecidos que quedaban a su noble comportamiento.
Paga escasa, en verdad, si no la realzara y diera tan subido precio
la sincera voluntad que la dictaba, porque nadie se había arrojado a
la defensa del Temple con tanto valor como aquel sencillo montañés,
ni hubo testimonio que tanto peso tuviese como el suyo en el ánimo de
aquellos santos varones.
La nobleza de su alma se descubrió bien a las claras cuando casi solo
se arrestó a sostener el choque de la opinión embravecida en aquel
siglo supersticioso, y sin vacilar se puso a luchar cuerpo a cuerpo
con el poderoso linaje de los Castros.
Cualquiera que fuese la prevención y odio con que miraban a aquella
caballería, como los rasgos generosos tienen un no sé qué de
eléctrico, poco tardó en ganar la mayor parte de los corazones: así
fué que salió de Salamanca colmado de elogios y favores de todas
clases.
Llegó por fin el instante de la partida, y entonces el maestre,
después de haberle dado las gracias en unos términos que el buen
montañés no parecía sino que estaba a la vergüenza, según el vivo
color que a cada momento le encendía las mejillas, le regaló
un caballo de casta árabe y de hermosísima estampa, ricamente
enjaezado. Bien hubiera querido él excusar el regalo, pero no fué
posible, atendida la fina y delicada muestra de gratitud de aquellos
guerreros. Antes de montar a caballo, sin embargo, todavía llamó
aparte a Saldaña, y con las lágrimas en los ojos le volvió a rogar
que se fuese con él a Cabrera, cosa que él rehusó, pero no sin cierto
enternecimiento, que no estaba en su mano sofocar. Por fin, después
de muchos abrazos y aun lágrimas, subió el montañés en su nueva
cabalgadura y se alejó de la noble Salamanca, acompañado de unas
cuantas lanzas del abad de Carracedo que volvían al Bierzo.
Comoquiera, las alegres nuevas de que era portador, casi disiparon
del todo el disgusto de la separación, porque las cartas que llevaba
para el señor de Arganza del venerable religioso, y los sucesos
que como testigo presencial podía contar, era cosa averiguada que
derramarían la alegría en las pintorescas orillas del lago de
Carucedo.
Y no se engañaba, según acabamos de ver, porque como aquellos
pacíficos aldeanos sólo bienes y limosnas debían a los templarios,
recibieron como la mejor fiesta del mundo la noticia de su
absolución. Así fué que, cuando puso el pie en tierra, después de
haberle acogido con los brazos abiertos el señor de Arganza, y de
haber visto entre las suyas la mano delicada de aquella dama a quien
sus pesares y dolencias no habían podido despojar de su singular
atractivo y hermosura, no sabía el buen cazador lo que le pasaba, ni
cabía en sí de puro ancho.
Como ya declinaba el sol cuando el encuentro y sucesos que de referir
acabamos, don Alonso no rompió la nema de los pliegos hasta llegar a
la quinta.
El virtuoso abad le daba cuenta en ellos de varios pormenores del
juicio y de la sentencia, le recomendaba eficazmente a Andrade y
concluía diciéndole que, atendido el espíritu de los padres del
concilio, estaba casi cierto que darían por libre a don Álvaro de
todos sus votos. La carta concluía con algunas reflexiones llenas de
unción y de consuelo, vivo traslado de la caridad que se abrigaba en
aquella alma, a pesar de la notable adustez de su carácter.
Encargar festejos y toda clase de finezas para el portador de
semejantes nuevas, era trabajo de todo punto excusado; además, que
don Alonso estimaba cordialmente a aquel hombre, dechado de honradez
y de virtudes antiguas.
Así fué, que en los días que permaneció en la quinta no cesaron las
funciones de caza y pesca, los banquetes y las danzas. Sin embargo
de todo, el montañés, que nunca había hecho ausencia tan larga de su
casa, anhelaba extraordinariamente volver a ver la cara de su mujer
y los enredos de sus hijos; por lo cual, al cabo de una semana, se
despidió de su noble huésped y de su interesante hija para volverse a
sus nativas montañas. Doña Beatriz le regaló unas preciosas ajorcas
de oro y pedrería para su esposa, y don Alonso le hizo presente de
un hermoso tren de caza, con una corneta primorosamente embutida
en plata. Además, para mayor honra, le acompañó un buen trecho de
camino, al cabo del cual se separaron haciéndose las más cordiales
protestas de amistad y buena correspondencia.
En su alma era donde encontraba Andrade el mejor galardón de sus
acciones; pero no dejaba de ser uno y bien halagüeño la afición que
con ellas había logrado despertar en todas las almas bien nacidas.
Mezclábase también a estos sentimientos un poco de vanidad por haber
venido a ser el héroe de aquellos sucesos, por manera que el respeto
antiguo con que entre los suyos era mirado, subió de punto y aun
llegó a pasmo y admiración.
Después de esta peripecia pasó doña Beatriz del extremo de la
ansiedad y del dolor al de la esperanza y alegría. No sólo veía a
su amante honrado y absuelto, sino libre de sus votos, volviendo a
sus pies más rendido y enamorado que nunca y abriendo como la aurora
las puertas de la luz al día resplandeciente y eterno de su amor.
Desde entonces parecía que un nuevo germen de vida discurría por
aquel cuerpo debilitado y lánguido, y que sus ojos recobraban poco a
poco la serenidad de su mirada. Sus mejillas comenzaron a colorearse
suavemente, y en todos sus discursos se notaba que la confianza había
vuelto a introducirse en su alma. Locos extremos, sin duda, en que
más parte tenía el deseo de su corazón que la realidad de las cosas,
puesto que la suerte de don Álvaro estaba todavía pendiente del fallo
de un tribunal, y que ni la razón ni la religión aconsejan que se
ponga tanta fe en la instabilidad de los negocios humanos.
Los que contaban con la condena y castigo de los templarios, que era
la corte de Castilla y la mayor parte de sus ricos hombres, aunque
estaban apoderados de sus bienes y aun de sus personas, volvieron
a sus recelos y temores no bien los vieron absueltos y dados por
libres de los cargos que se les imputaban. Por lo mismo redoblaron
su diligencia y esfuerzos, para que los tristes pedazos de aquel
ilustre cuerpo, como los de la serpiente fabulosa, no pudieran
volver a juntarse y soldarse para tornar a la vida. Desconcertada su
acción y secuestrados sus bienes, el medio más eficaz de reducirles
al último abatimiento era privarles de aquellas alianzas, escasas
en número a la verdad, pero por lo mismo sinceras, a cuya sombra
pudieran intentar su restauración; y cuando a tanto no alcanzaran
debilitar por lo menos todo lo posible a los señores que les quedaban
amigos para hacerlos menos temibles.
En tan fatal coyuntura se ofrecía a la resolución del tribunal
el asunto de don Álvaro. Aunque todos sabían que la amargura del
desengaño era la que le había llevado a la soledad del claustro,
no por eso dejaba de conocer que, habiendo pronunciado sus votos
voluntariamente, cualquiera que fuesen las cualidades de que en su
origen adolecían, nunca faltaría a la fe jurada a sus hermanos. Claro
estaba, por consiguiente, que si quedaba suelto de las ligaduras
religiosas y volvía a ser señor de sus bienes en un país donde
el Temple había echado tan hondas raíces, podían amagar grandes
peligros, y mucho más si al cabo llegaba a entroncarse con la
poderosa casa de Arganza.
Como don Álvaro, por otra parte, no había querido apartar su causa de
la de su Orden, ni aun a trueque de la felicidad con que le brindaba,
más que el abad de Carracedo y sus amigos, su propio corazón, de
imaginar era, que no bien se le deparase la ocasión, trataría de
volver por el honor de los suyos y de reparar la injusticia cometida
con ellos.
Muy común es aborrecer a quien sin causa se agravia, porque su
presencia es un vivo y continuo reproche y sañudo despertador de
su conciencia, y por esta razón, sin duda, miraba el infante don
Juan a don Álvaro con sangriento rencor. Cuánto, pues, no debieron
crecer sus inquietudes cuando vió la posibilidad de que de nuevo se
anudase aquel lazo que ya antes había roto con el enlace del conde de
Lemus, y que entonces parecía traído por una mano invisible. Desde
el día mismo de la sentencia volvió a sus cábalas y maquinaciones,
procurando torcer el ánimo de los obispos para que declarasen
templario a don Álvaro, y como tal sin absolverle de ninguno de sus
votos le sujetasen a la final determinación del Sumo Pontífice. Con
esto se lograba que, continuando sus bienes en secuestro, perdiese
aquella insigne milicia la esperanza de mejorar su causa al abrigo
de un señor poderoso y valiente, mientras el tiempo y el decaimiento
a que habían venido acababa de todo punto con su lustre y prestigio.
Sólo de esta suerte podía descansar su codicia acerca del fruto que
pensaba sacar aquel rico botín.
Con grandes obstáculos tenía que luchar, sin embargo, y no era el
menor de todos ciertamente ser él quien tan solícito se mostraba en
semejante fallo, porque su reputación no podía andar más despreciada
y abatida, aunque se abrigase de la majestad y pompa del rey su
sobrino. Por otra parte, las candorosas declaraciones de don Álvaro,
que viendo ya en salvo el honor y aun la vida de sus hermanos, había
acallado por fin los generosos escrúpulos de su honor; las cartas
del infante a don Juan Núñez, en que se revelaba la negra trama
de Tordehumos; los esfuerzos de este buen caballero, sinceramente
arrepentido y deseoso de enmendar su anterior conducta, y el noble
desprendimiento de Saldaña, que a trueque de favorecer al señor
de Bembibre, no vaciló en acusarse de haber ejercido coacción en
el maestre para su admisión en la Orden, eran contrapeso más que
suficiente a las intrigas y maquinaciones de aquel mal caballero.
No era la cuestión de gobierno y buena política la sometida a la
sensatez de los prelados de Castilla y Portugal, sino de justicia
estricta y rigurosa, y así, desde luego manifestaron su resolución
de favorecer a don Álvaro. En tan robusto fundamento descansaban las
esperanzas del abad de Carracedo, y las seguridades, temerarias sin
duda, de doña Beatriz.
Desgraciadamente no estaba del mismo modo de pensar el inquisidor
delegado del papa, y sin su ayuda mal podía ponerse el sello a la
ventura de aquellos desdichados amantes. Arrastrado por el rey de
Francia según ya dijimos, entró Clemente en la persecución de los
templarios; la política más que el encono le mantuvo en aquella senda
indigna de la majestad pontificia, y atendiendo a ella más que a
otra cosa, sus legados salieron bien penetrados de sus instrucciones
y decididos a llevar a cabo sus intentos. Viendo, pues, Aymerico, que
los padres de Salamanca, puesta la mira únicamente en la justicia,
se inclinaban a pronunciar la nulidad de los votos de don Álvaro,
y ocupado de los mismos temores que el infante don Juan, comenzó a
suscitar estorbos a la decisión del concilio. No le valieron, sin
embargo, sus astucias; así es que, pasado poco tiempo, hubo de recaer
su fallo sobre este incidente del gran proceso del Temple.
La sentencia declaró a don Álvaro libre de los votos de obediencia y
pobreza, únicos que le ligaban a la Orden, y le restituyó todos sus
bienes y derechos, pero no pudo coronar la obra de virtud de aquellos
piadosos prelados. El voto de castidad y pureza, atadura la más
fuerte de todas, quedaba sujeto a la jurisdicción especial del legado
pontificio; pues cualquiera que fuese la nulidad de los otros, al
cabo todos se referían a un orden de cosas ya finado o suspenso por
lo menos, al paso que éste, como de obligación absoluta y puramente
individual, no estaba sujeto a tiempo, ni circunstancias, habiendo
sido pronunciado voluntariamente.
Semejante explicación, como otras muchas que se fundan en una
mezquina y farisaica explicación de las leyes, tenía mucho más de
escolástica y teológica que de caritativa y benéfica, porque el
ningún valor esencial de la profesión de don Álvaro, mal podía
fortalecer ninguna de las obligaciones con ella contraídas, y por
otra parte ningún empleo más noble podía buscarse al poder de la
religión que remediar los daños de la iniquidad y perfidia. Por dado
que fuese el siglo aquél a sutilezas de escuela, de tanto bulto eran
estas razones y tan acomodada por otra parte la solicitud al espíritu
del Evangelio, que los obispos todos, con el mayor encarecimiento,
rogaron al inquisidor que en uso de sus facultades extraordinarias,
rompiese la última valla que se oponía a la felicidad de dos personas
tan dignas de estimación y de respeto por sus desventuras y por su
elevado carácter, agradeciendo así las hazañas de don Álvaro en
Andalucía y Tordehumos, y librando a un tiempo de su final ruina a
dos linajes esclarecidos y antiguos.
Cabalmente estas razones eran las que más desviaban al inquisidor
de otorgar la demanda, pues no habiendo sido poderosa su influencia
a estorbar la declaración que restituía a don Álvaro a la clase
de señor independiente, el único medio que tenía de disminuir su
poderío, era impedir aquel enlace deseado. Tan cierto es, que la mano
de la política, y la razón de estado sin escrúpulo, trastornan las
esperanzas más legítimas, y se burlan de todos los sufrimientos del
alma.
Perseverante, pues, en su propósito, desoyó Aymerico, no sólo las
reclamaciones del abad y de los prelados, sino los ruegos de una gran
porción de señores que, guiados por don Juan Núñez de Lara, y llenos
de afición a don Álvaro, emplearon todos sus esfuerzos en allanarle
el camino de su felicidad. Recayó, pues, brevemente la sentencia,
dando por válido y obligatorio el voto de que se trataba, hasta que
el Sumo Pontífice, en el concilio general que debía celebrarse en
Viena del Delfinado, determinase lo más justo.
El inquisidor por su parte, para dulcificar algún tanto la amargura
de este fallo, ofreció interponer sus buenos oficios con la corte
romana, para la resolución definitiva de este asunto, que en
conciencia no había podido zanjar favorablemente, según decía.
Ninguno se dejó engañar, sin embargo, porque, acudiendo al concilio
de Viena, casi todos los obispos de la cristiandad, y habiendo de
verse en él las piezas innumerables del inmenso proceso del Temple,
no había imaginación que le viese el término, ni esperanza que hasta
su fin pudiese llegar.
Muy general fué la pesadumbre que ocasionó semejante desenlace, pero
la del abad, del maestre, de Saldaña y don Juan Núñez de Lara, fué
grandísima y sobremanera amarga, aunque dictada por tan distantes
motivos. Mucho le pesaba al buen religioso de ver así malogrados sus
afanes, y a los ancianos caballeros asistir a los funerales de la
última esperanza de don Álvaro, pero en Lara se mezclaba al dolor el
más vivo remordimiento, y de todos ellos era quizá el más digno de
compasión.
Por lo que hace a aquel desventurado joven, no se le oyó más que
una queja: la de ver definitivamente separada su suerte de la de
los templarios, cuando acababan de romper el último talismán que
podía hacerle agradable el poder y los honores. Desde entonces
hasta el día en que hubo de dar la vuelta al Bierzo en compañía
del abad, no volvió a pronunciar una sola palabra sobre su suerte;
pero en aquella ocasión, y sobre todo, al despedirse de Saldaña,
soltó la compresa a su dolor, y maldijo mil veces del sino que había
traído al mundo. El anciano le consoló como pudo, exhortándole a la
fortaleza, y poniéndole delante la inmensidad del porvenir con que
le brindaba su juventud. Tanto él como el maestre y casi todos los
caballeros quedaban en calidad de reclusos esparcidos en monasterios
y conventos apartados, hasta la resolución del papa: así, pues,
don Álvaro, después de haber recibido la bendición de su tío y los
abrazos de Saldaña y de sus compañeros, salió de Salamanca con el
abad de Carracedo, desamparado y triste como nunca. Después de tantos
desengaños y severas lecciones, al cabo de tantos vaivenes dentro
de su propio corazón, y en los revueltos caminos del mundo, la luz
de la esperanza solo podía iluminar, dudosa y turbiamente, las
tinieblas de su alma. No se le ocultaba el estado de doña Beatriz y
el terrible golpe que con el último suceso iba a recibir, y contra
aquel presentimiento, contra aquella voz interna, se estrellaban
todos los consuelos y reflexiones del abad; bien es verdad que los
mismos temores y zozobras asaltaban el alma del anciano, y privaban a
su voz de aquel acento de seguridad tan necesario para comunicar el
valor y la confianza. El viaje, por consiguiente, fué muy desabrido y
silencioso.
Había pensado el monje presentarse desde luego en la quinta de
Carracedo y preparar por sí mismo a doña Beatriz para la dura prueba
a que volvía a sujetarla la suerte; pero mejor mirado todo, juzgó más
prudente detenerse a descansar en Bembibre y desde allí escribir a
don Alonso todo lo ocurrido.
Habíase adelantado Millán a la impensada nueva del regreso de su amo,
y todo Bembibre salió a su encuentro, pues ni un solo día habían
dejado de rezar por su feliz y pronta vuelta, ni echar de menos su
autoridad paternal. Don Álvaro procuró corresponder, como siempre, a
aquellas sencillas muestras de aprecio, pero nadie dejó de observar
con disgusto cuán mudado estaba con los pesares el semblante de su
señor. La guarnición, que en nombre del rey ocupaba el castillo,
lo dejó al punto en manos de su legítimo dueño y un buen número de
los soldados que habían acompañado a don Álvaro a la expedición de
Tordehumos, se apresuraron a guarnecerlo. En una palabra, el día
entero, y aun algunos de los posteriores, se pasaron en danzas y
regocijos de todas clases, pues todo había vuelto en Bembibre a su
antigua alegría.—¡Todo, menos el corazón de su señor!
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