Mientras esto pasaba en Salamanca, doña Beatriz, pendiente entre la
esperanza y el temor, veía correr uno y otro día fijos los ojos en el
camino de Ponferrada, creyendo descubrir en cada aldeano un mensajero
portador de la suerte de su amante y de la Orden. La elevación
natural de su espíritu le hacía mirar siempre el honor como el
primero de los bienes, y bien puede decirse que entonces en el de don
Álvaro pensaba, y no en su felicidad. Poco podía influir en su ánimo
la sentencia más infamatoria que contra él llegase a fulminarse,
porque el amor puro y lleno de fe que se había abrigado en aquel
corazón, y que todavía le encendía, era incompatible con toda duda ni
sospecha; pero la idea de ver a un joven, tan noble y pundonoroso,
sujeto a infamantes penas, a la misma muerte quizá, la estremecía en
sueños y despierta.
A pesar de todos los consuelos y seguridades de su padre, la entrada
de la benéfica estación y la influencia que aquellos lugares
apacibles y pintorescos ejercían en su espíritu, producían poco a
poco alguna mejoría en su salud y parecían disminuir su ansiedad y
sus temores. El lago había recobrado la verdura de sus contornos
y la serenidad de sus aguas; los arbolados de la orilla, de nuevo
cubiertos de hoja, servían de amparo a infinidad de ruiseñores,
palomas torcaces y tórtolas, que poblaban el aire de cantares y
arrullos: los turbios torrentes del invierno se habían convertido en
limpios y parleros arroyos; los vientos, templados ya y benignos,
traían de los montes los aromas de las jaras y retamas en flor; los
lavancos y gallinetas revoloteaban sobre los juncales y espadañales
en donde hacían sus nidos, y el cielo mismo, hasta entonces
encapotado y ceñudo, comenzaba a sembrar su azul con aquellos celajes
levemente coloreados que por la primavera adornan el horizonte al
salir y ponerse el sol. La Aguiana había perdido su resplandeciente
tocado de nieve y sólo algunas manchas quedaban en los resquicios más
obscuros de las rocas, formando una especie de mosaico vistoso. La
naturaleza entera, finalmente, se mostraba tan hermosa y galana, como
si del sueño de la muerte despertase a una vida perdurable de verdor
y lozanía.
A la manera que el agua de los ríos se tiñe de los diversos colores
del cielo, así el espectáculo del mundo exterior recibe las tintas
que el alma le comunica en su alegría o dolor. Los acerbos golpes
que doña Beatriz había recibido y su retraimiento en el monasterio,
habían trocado la natural serenidad de su alma en una melancolía
profunda, que estimulada por el mal, tendía sobre la creación un
velo opaco. Antes eran sus pensamientos un cristal rutilante que
esmaltaba y daba vida y matices a todos los objetos al parecer
más despreciables porque el amor derramaba en su imaginación el
tesoro de sus esperanzas más risueñas, y ella, a su vez, las vertía
a torrentes sobre las escenas que a sus ojos se ofrecían; pero
deshecho el encanto y deshojadas las flores del alma, todo se había
obscurecido. El mundo, mirado desde las playas de la soledad y al
través del prisma de las lágrimas, sólo tiene resplandores empañados
y frondosidad marchita.
Una tarde que estaba entregada a semejantes pensamientos en el
mirador de la quinta, paseando por el cristal de las aguas distraídas
miradas, llegóse su padre a ella a tiempo que sus ojos se fijaban en
el castillo de Cornatel, plantado a manera de atalaya en la cresta de
sus derrumbaderos. No advirtió ella la aproximación de don Alonso y
siguió engolfada en sus meditaciones.
—¿Qué piensas, Beatriz—le preguntó con su acostumbrado cariño—, que
no has reparado en mí?
—Pensaba, señor—le respondió ella, llevando su mano a los labios—,
que mi vida no es de diez y ocho años, sino tan larga como la
vuestra. Yo tenía un amante y lo he perdido; tenía una madre y la he
perdido; tuve un esposo y allí lo he perdido también—añadió señalando
el castillo con el dedo—. Dos veces me he visto desterrada del techo
paterno; don Álvaro, desposeído de sus esperanzas, se acogió al
claustro guerrero de una Orden poderosa, y helo ahí por el suelo.
¿Cómo en el breve espacio de un año se han amontonado tantos sucesos
sobre la endeble tela de mi vida? ¿Qué es la gloria del hombre, que
así se la lleva el viento de una noche? Mi ventura se fué con las
hojas de los árboles el año pasado; ¡ahí están los árboles otra vez
llenos de hojas!: yo les pregunto: «¿Qué hicisteis de mi salud y de
mi alegría?»; pero ellas se mecen alegremente al son del viento, y
si alguna respuesta percibo en su confuso murmullo, es un acento que
me dice: «El árbol del corazón no tiene más que unas hojas, y cuando
llegan a caerse se queda desnudo y yerto, como la columna de un
sepulcro.»
—Hija mía—respondió el anciano—, ¿te acuerdas de que el Señor hizo
brotar una fuente de las entrañas de una peña para que bebiese su
pueblo? ¿Cómo dudas, pues, de su poder y su bondad? ¿Te sientes
peor?... Esta mañana no te he visto pasear por los jardines como
otras veces...
—Sin embargo—contestó ella—, ya puedo andar un buen trecho sin el
apoyo de Martina, y suelo dormir alguna que otra hora de la noche.
Espero en Dios que mi mejoría será mayor cada día, y que pronto
sanaré de los males del alma y del cuerpo.
La cuitada se acordó de que su padre la escuchaba, y volvió a su
sistema de generoso fingimiento; pero tan lejos estaba de decir
lo que sentía, que, sin poderlo remediar, terminó con un suspiro
aquellas consoladoras palabras. El anciano le dirigió una mirada tan
triste como penetrante, y al cabo de un corto rato, en que guardó
silencio, le dijo con acento sentido:
—Beatriz, hace tiempo que estoy viendo tus esfuerzos, pero tú no
sabes que cada uno es un dardo agudísimo que me traspasa el corazón.
¿De qué me sirven esas apariencias vanas?... ¡Tú sí que te empeñas
en deshojar la planta de mi arrepentimiento y en quitarme hasta la
esperanza de sus frutos! Vuelve en ti, hija mía, y piensa que tú eres
la única corona de mi vejez, para desechar esos pensamientos, que son
una reconvención continua para mí.
—¡Oh, padre mío!—respondió la joven echándole los brazos al cuello—:
no se hable más de mis locos desvaríos, que no siempre están en mi
mano. ¿No queréis que demos un paseo por el lago?
—Óyeme, todavía un poco más—respondió el anciano—, y dime todas tus
dudas y recelos. ¿Qué te suspende y embebece tan dolorosamente,
cuando las cartas que recibimos del abad de Carracedo nos aseguran
de la justificación del tribunal de Salamanca? ¿Cómo dudas de que
suelten a don Álvaro de sus votos, cuando los más sabios los dan por
de ningún valor ni obligación?
—Dudo de mi dicha por ser mía—contestó doña Beatriz—, y porque es
don Álvaro demasiado poderoso y de altas prendas para no infundir
recelo a sus enemigos. ¿No sabéis también cuánto se afana el infante
don Juan por que los templarios sufran aquí la misma suerte que en
Francia? Harto justos son mis temores. Este pleito ruidoso me trae
sin mí, y aun las escasas horas de sueño que disfruto me las puebla
de imágenes funestas. El otro día soñé que don Álvaro estaba en
medio de una plaza, atado a un palo y cercado de leña, y el pueblo,
que le miraba en vez de darse a su ordinaria grita, lo contemplaba
mudo de asombro. Tenía vestido el hábito blanco de su Orden, y en su
semblante había una expresión que no era de este mundo. De repente,
la leña se encendió, y el inmenso concurso soltó un grito, pero yo le
veía por entre las llamas, y estaba con su ropa cada vez más blanca
y su semblante cada vez más hermoso. Por fin empezaron a tiznarse
sus vestidos y a alterarse sus facciones con el dolor, y clavando en
mí los ojos, me dijo con una voz muy alta y dolorosa: «¡Ay, Beatriz,
estas habían de ser las luminarias de nuestras bodas!» Yo, entonces,
que había estado como de piedra, me encontré ágil de repente, y corrí
a él para desatarle, pasando por en medio de las llamas; pero apenas
lo hube logrado, cuando los dos caímos en la hoguera. Entonces me
desperté temblando como una hoja, bañada en sudor frío, y con un
aliento tan ahogado que pensé que iba a morir. Por eso me notáis algo
más de tristeza y abatimiento hoy que otras veces, pero la suerte me
hallará para todo prevenida.
Don Alonso conoció que todas sus razones servirían de poco en aquella
ocasión; así, pues, al cabo de un rato de silencio dijo presentando
la mano a su hija:
—La tarde está muy hermosa, y bien decías antes que era preciso
aprovecharla.
La joven se levantó prontamente, y apoyándose en el brazo de su
padre, bajó con él hasta el embarcadero, donde les aguardaba una
ligera falúa con jarcias y banderolas de seda con las armas del
Temple. Entraron en ella, y tres mozos del país, empuñando los remos,
comenzaron a bogar reciamente, mientras la airosa embarcación se
deslizaba rápida y majestuosamente, dejando tras sí un largo rastro,
en el cual los rayos del sol parecían quebrarse en mil menudas
chispas y centelleos.
[Ilustración]
Martina se había quedado en la quinta; y meneando la cabeza y con
ojos no muy alegres, seguía a la falúa en que su señora, cubierta
con una especie de almalafa blanca muy sutil que se mecía al son del
viento, y con los cabellos sueltos, parecía una nereida del lago.
La pobre muchacha, que con tanto amor y discreción la había servido
y acompañado, no acertaba a verse libre de zozobra y ansiedad, pues
como la más cercana a doña Beatriz, mejor que nadie conocía su
estado. En realidad antes se había mejorado que decaído su salud,
pero bien sabía las mortales congojas que le costaba la incertidumbre
en que vivía por la suerte de don Álvaro, y que los vislumbres todos
de su esperanza de ella pendían principalmente. Por otra parte, como
la tristeza es harto más contagiosa que la alegría, la buena de
Martina había perdido no poco de su belleza y donaire, y hasta el
brillo de sus ojos azules se había amortiguado algo.
Sucedió, pues, que cuando más embelesada estaba en sus ideas, unos
pasos muy pesados que sintió detrás le hicieron volver la cabeza, y
se encontró nada menos que con nuestro antiguo conocido Mendo, el
caballerizo, que venía muy apurado y con la misma cara que en otro
tiempo le vieron poner nuestros lectores cuando fué a noticiar a su
ama en el soto de Arganza la llegada del templario y de su compañero.
Martina, que desde aquella ocasión le había mirado con algo de
ojeriza y mala voluntad, le recibió con impaciencia y ceño.
—Martina, Martina—le dijo con gran priesa—, algo debe de haber de
nuevo, porque desde la torre he visto asomar gente por lo alto de la
cuesta de Río Ferreiros.
—Vamos allá—respondió ella con despego—siempre será una embajada como
la de antaño. ¿Qué tenemos con la gente que venga? ¿No vienen todos
los días de mercado aldeanos de Ponferrada?
—¡Qué aldeanos ni qué ocho cuartos, mujer!—respondió él con su
acostumbrada pachorra—; si he visto yo los pendoncillos de las lanzas
y el sol que les daba en los cascos, y no se podía sufrir. Dígote que
son hombres de armas, y que algo de nuevo traen.
—Pues harto mejor harías en haber ido a esperarlos, y volver
corriendo con la noticia—replicó Martina, que no gustando de la
compañía, se hubiera deshecho de ella con gran satisfacción.
—De buena gana me hubiera ido—dijo él—; pero el vejete de Nuño se
empeñó hoy en salir en el _Gitano_, que es el caballo que a mí me
gusta, y me quedé. Vedlo, allí va—añadió señalando el lugar de la
orilla por donde el cazador iba con su caballo—, ¡y qué aires tan
altos y sostenidos! y qué maestría en el portante. ¡Calla! ¿pues qué
le ha dado al viejo que así lo pone al galope sin necesidad, como si
fuera su jaca gallega?...
Quedóse entonces el palafrenero con la boca abierta y siguiendo con
los ojos la carrera de su palafrén predilecto, hasta que, soltando un
grito, exclamó con una impetuosidad que le era totalmente extraña:
—¡Ahora sí! ahora sí que son ellos; míralos allá, Martina... Allá
bajo las encinas a la entrada del pueblo... ¿no los ves?
—Sí, sí, ya los veo—respondió la muchacha, que era toda ojos en aquel
momento—. Pero ¿qué traerán?
—¿Qué sé yo?—respondió Mendo—. ¡Toma! ¡toma! ¡pues si casi todo el
pueblo de Carucedo está allí! Oye, oye, cómo gritan y cómo brincan
los rapaces y aun los mozos... Pues señor algo alegre tiene que ser,
por fuerza.
—Pero válgame Dios, y ¿qué podrá ser?—volvió a preguntar la muchacha,
poseída de curiosidad.
—Ahora llega Nuño y habla con ellos... ¡Por Santiago, que el viejo
se ha vuelto loco! ¿no has visto cómo ha tirado el gorro al alto?...
ahora todos hacen señas a la falúa de los amos... allá va... ¡cuerpo
de Cristo, y qué gallardamente reman!... pues no tienen poca priesa
los que aguardan... ¿has visto tal grita y tal manotear?
La embarcación iba acercándose, en efecto, rápidamente a las señas y
voces de aquel animadísimo grupo de gentes de todas edades y sexos,
sobre los cuales se veían descollar algunos hombres de armas a
caballo; sin embargo, la velocidad de la falúa no correspondía a la
impaciencia de Nuño que, picando de ambos lados su generoso corcel,
se metió a galope por el lago adelante levantando una gran columna
de agua con la que debía de mojarse hasta los huesos, y excitando
la furia de Mendo, que, echando un voto, y amenazando con el puño
cerrado, dijo con una gran voz:
—¡Ah, bárbaro silvestre y bellacón! ¿así tratas tú la alhaja mejor de
la caballeriza? ¡Por quien soy que no tienes tú la culpa, sino quien
pone burros a guardar portillos! ¡Para mi alma que si otra vez te
vuelves a ver encima de él que me vuelva yo moro!
—Mal año para ti y para todos tus rocines—exclamó enojada Martina—;
calla a ver si podemos oir algo, y déjame ver de todas maneras lo que
pasa.
El generoso corcel, obediente y voluntario como suelen ser todos
los de buena raza, llegó nadando gallardamente con su jinete hasta
el borde de la falúa, y allí Nuño, gesticulando con vehemencia, dió
su mensaje, que tanta priesa le corría. Doña Beatriz, que se había
puesto en pie para escucharle, y cuya forma esbelta y agraciada,
con su vestido blanco, se dibujaba como la de un cisne sobre la
superficie azulada del lago, levantó los brazos al cielo, y en
seguida se hincó de rodillas con las manos juntas como si diese
gracias al Todopoderoso. Su padre, fuera de sí, de alborozo, corrió a
abrazarla estrechamente; en seguida, metiendo la mano en una especie
de bolsa que traía pendiente de la cinta, sacó una cosa que entregó
a Nuño, y éste, volviendo a la orilla con gran priesa, comenzó a
distribuir entre los aldeanos el bolsillo de su señor, que, como
presumirán nuestros lectores, era lo que acababa de recibir. Con esto
crecieron las aclamaciones y vítores mientras la falúa ligeramente se
dirigía a las encinas, donde el señor de Arganza, saltando en tierra,
y abrazando a uno de los recién venidos, le hizo embarcar con él y su
hija, que también se adelantó a darle la mano. Los demás, precedidos
de Nuño, se dirigieron a galope a la quinta, seguidos, durante un
rato, de toda la chiquillería de Carucedo, que gritaban a más y
mejor.
Martina, que con los ojos arrasados en lágrimas había visto aquella
escena, cuyo sentido no tardó mucho en comprender, exclamó entonces:
—Gracias mil sean dadas a Dios, porque los templarios han sido
absueltos, y ya nada tenemos que temer por el generoso don Álvaro.
Pero ¿qué haces ahí, posma?—le gritó a Mendo, que se había quedado
como lelo—; ¿no ves que ya están llegando? Anda a habilitar las
caballerizas.
No le pesaba al rollizo palafrenero de la absolución de don Álvaro,
porque desvanecidos como el humo sus proyectos de servir a un conde
con la muerte del de Lemus, creía que ninguno podía haber más honrado
para reemplazarle que el señor de Bembibre; pero no estaba en esto
la dificultad, sino que como amo y criado venían a ser a sus ojos
una misma persona, y él no había cedido en sus amorosos propósitos
respecto a Martina, veía dar en el suelo toda la fábrica de sus
pensamientos con semejante desenlace. Así fué que, aguijoneado tan
vivamente por la muchacha, bajó la escalera, diciendo entre dientes:
—Pues, señor; con que el zascandil de Millán vuelva, y con que el
_Gitano_ coja un muermo con la mojadura que no se lo quite en medio
año de encima, medrados habemos quedado.
Martina, por su parte, bajó también aceleradamente al embarcadero,
donde a poco saltó en tierra su señora en compañía de su padre y de
aquel portador de buenas nuevas, que no era otro sino nuestro buen
amigo Cosme Andrade.
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