En medio de la tremenda tormenta que la envidia por un lado, la
codicia por otro y la superstición e ignorancia por casi todos,
habían levantado contra el Temple, la península puede gloriarse de
que su santuario se conservó exento del contagio de aquellos torpes y
groseros errores, y de aquellas pasiones ruines y bastardas. Sobrado
se les alcanzaba a sus obispos la fuente de males que tal vez hubiera
podido abrirse en Europa de la conservación y crecimiento de aquella
Orden decaída de su antigua pureza y virtud, y convertida a los
ojos del vulgo en piedra de reprobación y de escándalo; pero como
cristianos y caballeros, respetaban mucho a sus individuos, y no
desmintieron la noble confianza que en ellos había puesto don Rodrigo
Yáñez. Vanas fueron las prevenciones con que Aymerico, inquisidor
apostólico y comisionado del papa para acompañar a los arzobispos de
Toledo y Santiago, entró en aquel juicio que intentaba llevar por
el mismo sendero de los de Francia; vanos todos los esfuerzos de
la corte de Castilla, y en especial del infante don Juan, y vano,
por fin, el extravío de la opinión, para torcer la rectitud de sus
intenciones. Las iniquidades de Felipe el Hermoso eran justamente el
escudo más fuerte de los caballeros en el ánimo de aquellos piadosos
varones, que en el fondo de su corazón deploraban amargamente las
debilidades de Clemente V, origen de tanta sangre y tan feos borrones
para la cristiandad.
Juntos, pues, en Salamanca bajo la presidencia del inquisidor
apostólico y del arzobispo de Santiago, Rodrigo; Juan, obispo de
Lisboa; Vasco, obispo de la Guardia; Gonzalo, de Zamora; Pedro, de
Ávila; Alonso, de Ciudad Rodrigo; Domingo, de Plasencia; Rodrigo,
de Mondoñedo; Alonso, de Astorga; Juan, de Tuy, y Juan, de Lugo; se
abrió el concilio con las ceremonias y solemnidades de costumbre.
Cada uno de los padres, con arreglo a las bulas pontificias y a las
órdenes de sus respectivos monarcas, había formado en su diócesis
respectiva un proceso de información, en el cual constaban las
declaraciones de infinitos testigos, sacerdotes y seglares, de cuya
confrontación debía deducirse la culpabilidad de los caballeros o su
inocencia. Sin embargo, en vísperas de un fallo tan solemne fuerza
era ampliar aquel sumario, oir a los encausados, recibir nuevas
deposiciones y justificar, finalmente, una sentencia que iba a dar
remate a un suceso, con razón calificado por un historiador moderno
de gran mérito de «el más importante de los siglos medios después de
las cruzadas».
Poco tardó en averiguar el infante don Juan las intenciones con
que acudía al concilio el abad de Carracedo, y con ellas recibió
sobresalto no pequeño, pues estando todavía en balanzas la suerte
de la Orden por los reinos de España, muy de temer era que en el
de León, al abrigo de una familia tan poderosa, moviese nuevos
disturbios y mudanzas, y pusiese en duda la posesión de aquellos
bienes que con tanta ansia codiciaba para consolarse de la pérdida
de su soñada corona. Así, pues, echó mano como de costumbre de sus
cábalas y maquinaciones, y comenzó a sembrar la cizaña de su encono
en el ánimo de los obispos, infundiendo recelos de discordias con el
sumo pontífice en algunos, y amenazando a otros con los alborotos
que pudiera ocasionar en la mal sosegada Castilla la resolución de
dar por libre de sus votos a don Álvaro.
El anciano monje, a quien no se le ocultaba el estado de doña
Beatriz, y que, por otra parte, sabía cuán agudo cuchillo era para su
vida el continuo vaivén de la incertidumbre, presentó el caso como
separado del juicio general, alegando la nulidad de la profesión del
señor de Bembibre, y manifestando la injusticia que podría haber
en complicarle en el proceso y responsabilidad de una corporación
que mal podía contarle entre sus miembros. Por valederas que fuesen
semejantes razones, no hallaron en el ánimo de los jueces todo el
eco que reclamaban, así la solicitud del abogado, como la ventura de
doña Beatriz. Por una parte, era urgentísimo sustanciar y decidir
aquel gran pleito harto más importante que la suerte de un individuo,
y por otra, penetrados los prelados en su interior del poco peso de
las acusaciones contra los templarios, no tenían reparo en envolver a
don Álvaro en los procedimientos generales, que en todo caso, siempre
había lugar de enmendar con la debida excepción.
Infructuosos fueron, por lo tanto, los esfuerzos que de concierto
hicieron: el buen religioso, el maestre don Rodrigo, el comendador
Saldaña, su deudo Hernán Ruiz Saldaña, y sobre todo, don Juan Núñez
de Lara, que tanto por mostrar la nobleza de su sangre, cuanto por
el deseo de remediar en lo posible el gran mal que había hecho a
don Álvaro en Tordehumos, había venido a Salamanca con diligencia
grandísima. Las almas elevadas suelen pagar caros los sueños de la
ambición, y buena prueba de ello era don Juan de Lara, para quien
la noticia de los pesares de don Álvaro y su violenta resolución de
entrar en el Temple, habían sido y eran todavía un doloroso torcedor.
Sin la culpable trama de que también él había sido víctima, libre
estaba don Álvaro de los pasados sinsabores y de las presentes
angustias, y cualquiera que hubieran sido las pruebas y amarguras de
su amor, en último resultado, pendiendo su suerte de la constancia y
elevado carácter de doña Beatriz, sin duda sus hermosas esperanzas se
hubieran visto logradas como merecían. Todo esto que en voces altas y
muy claras decía a don Juan su conciencia, le afligía por extremo, y
de buena gana hubiera redimido con la mitad de los años de vida que
le quedaban y con lo mejor de su hacienda tales quebrantos. Otra cosa
había además de por medio que aquejaba vivamente su voluntad, y eran
los amaños y arterías que en sentido opuesto empleaba el infante don
Juan, su jurado enemigo desde lo de Tordehumos. Razones de gran peso,
y entre ellas el bien y el sosiego de Castilla, le habían impedido
hacer campo cerrado con él, según en un principio imaginó, pero la
idea de contrariar en aquella ocasión sus esfuerzos y dar en tierra
con sus artificios, ponía espuelas a su voluntad, ya muy decidida de
suyo.
Comoquiera, todos estos buenos oficios carecían de base, pues estando
presente don Álvaro, natural parecía que de por sí reclamase contra
el agravio que al parecer se le hacía; pero la autoridad de sus
ancianos amigos y de su tío, las instancias de todos los caballeros
de la Orden que se hallaban en Salamanca, la importuna solicitud de
don Juan de Lara, y hasta la voz misma de aquella pasión que, mal
acallada en su pecho, se despertaba violentamente a la voz de la
esperanza, no fueron poderosas a determinarle a semejante paso. La
idea de separar su causa de la de sus hermanos de elección, de tal
manera alborotaba su altivo pundonor, que al poco tiempo todos sus
allegados cesaron por entero en sus persecuciones. Así, pues, víctima
de aquella ilusión generosa de desprendimiento y de hidalguía, tras
de la cual había corrido toda su vida, dilataba sin término el suceso
feliz del que pendía ya la dicha que en el mundo pudiera tocarle.
Abrióse por fin el juicio, y el maestro don Rodrigo, Saldaña y los
más ancianos caballeros comparecieron delante de los obispos a oir
los cargos que se les hacían, cargos que en nuestros días moverían
a risa, pero que en aquella época de tinieblas encontraban en la
muchedumbre un eco tremendo, tanto mayor cuanto más se acercaban a lo
maravilloso.
Compulsáronse las informaciones que cada prelado había hecho antes
de congregado el concilio y comenzaron a oirse nuevos testigos. No
faltaron muchos que se presentasen en contra del Temple, achacándole
los mismos crímenes que perdieron a la Orden en Francia, y, sobre
todo, y como cosa más visible, avaricia en las limosnas, y escaseces
y falta de decoro en el culto. Cohechados la mayor parte de ellos por
los enemigos de aquella gloriosa institución, arrebatados otros de
un celo ignorante y fanático, parecía que unos a otros se alentaban
en aquella obra de iniquidad: natural consecuencia de las pérfidas
calumnias que deslumbraban los ojos del vulgo sediento siempre de
novedades, y tan sobrado de imaginaciones extrañas y maliciosas, como
falto de juicio y compostura.
Los caballeros solos en medio de aquel vendaval que sin cesar
arreciaba, se defendían, sin embargo, con templanza y valeroso
sosiego, atentos a conservar su altiva dignidad aun en medio de
tamañas falsías y bajezas.
Don Rodrigo, como cabeza de la Orden, era el blanco de todos los
tiros, no por odio a su persona, pues su prudencia, su urbanidad
y sus austeras virtudes andaban en boca de todos; sino porque
humillando la Orden en lo que tenía de más sabio y elevado,
se minaban sus cimientos y se imposibilitaba su restauración.
Comoquiera, el maestre infundía tal respeto por sus años y por aquel
resto de imperio y de poder que todavía quedaba en su frente, que
más de una vez sucedió que los testigos se retiraron corridos y
amedrentados delante de la severidad de sus miradas.
El comendador Saldaña hizo harto más en defenderse de otros ataques,
que si bien menos concertados, al cabo eran más enconados y violentos.
Recordarán, sin duda, nuestros lectores, que en el asalto de
Cornatel, un deudo muy cercano del conde murió al golpe de una piedra
que le deshizo el cráneo, y otro poco después en la barbacana bajo el
hacha del anciano guerrero. Asimismo recordarán que la bandera de los
Castros entró arrastrando en el castillo, arrancada por mano de don
Álvaro de la tienda en que ondeaba al soplo del viento.
Heridas y ultrajes eran ya éstos que difícilmente pudiera olvidar
aquel orgulloso linaje, pero el desastrado fin de su caudillo había
encendido en sus pechos un odio implacable contra los templarios, y
sobre todo, contra Saldaña como autor de su deshonra y duelo.
Apenas, pues, los vieron emplazados y llamados a juicio, acudieron
prontamente a Salamanca, donde añadieron al peso de la acusación
general el de su encono y recriminaciones.
Cuando llegó su día, presentaron su queja ante los padres, acusando
al anciano de haber usado malas artes en la defensa de su castillo,
con notorio menosprecio de las órdenes de su rey y señor natural.
Echáronle en cara la altanería con que desechó las intimaciones del
difunto conde, y, sobre todo, su muerte atroz, contraria a las leyes
de la guerra. Beltrán de Castro, uno de los más cercanos deudos y que
aún no había podido acomodarse al baldón del vencimiento, presentó
todos estos cargos con gran discreción y energía, disfrazando a su
modo los incidentes de aquella desastrosa jornada.
—Comendador Saldaña—le dijo el arzobispo de Santiago—, ¿confesáis
todos los cargos que os hace Beltrán de Castro?
—Padres venerables—contestó el anciano—, no por rebeldía ni
deslealtad nos negamos a obedecer las cédulas de nuestro monarca,
sino por justa y legítima defensa. Caballeros de nuestra prez, no
eran para tratados como quería el conde de Lemus, a quien respeto,
pues que ya el supremo juez le habrá juzgado. Él quería la guerra
porque anhelaba vengar agravios recibidos con causa, por desgracia
sobrado justa, de mí y de uno de nuestros más nobles caballeros.
Amaba el peligro y pereció en él... la paz sea con su alma. Por lo
que hace a la nigromancia que nos reprocháis, señor hidalgo—continuó
volviéndose a Beltrán y sonriéndose irónicamente—, el miedo, sin
duda, os turbaba la vista y el entendimiento a la par, pues que así
confundíais con los demonios nuestros esclavos africanos, y tomabais
por llamas del infierno la pez, alquitrán y aceite hirviendo con que
os rociábamos la mollera.
El gallego perdió el color al oir semejante ultraje, y rechinando
los dientes, clavó sus ojos encendidos como brasas en el anciano
caballero. Su mano se encaminó maquinalmente a la guarnición de la
espada, pero acordándose del sitio en que estaba, mantuvo a raya los
ímpetus de su ira.
—No os enojéis, señor hidalgo, que así venís a hacer leña del árbol
caído—replicó el comendador en el mismo tono acre y mordaz—; no os
enojéis ahora, ya que entonces de tan poco sirvió vuestro coraje
a aquellos infelices montañeses, que tan sin piedad llevábais al
matadero, ya que entonces el señor de Bembibre con solo un puñado de
caballeros desbarató toda vuestra caballería, saqueó vuestros reales
y trajo arrastrando vuestro pendón, sin que a pesar de vuestras
fuerzas superiores tuviéseis ánimo para estorbarlo. ¿En qué opinión
teníais a los soldados del Temple y a un viejo caballero que peleó
por la cruz en Acre, hasta que los villanos la echaron por el suelo
para alfombra de los caballos del soldán? Andad, que vuestro valor es
como el de los buitres y cuervos, sólo bueno para emplearse en los
cadáveres.
—Señor caballero—le dijo gravemente el arzobispo de Santiago—, no
habéis respondido todavía a la principal cabeza de la acusación: la
muerte del noble conde de Lemus... ¿Es cierto este capítulo?
—Y tan cierto—respondió Saldaña con una voz que retumbó en el salón
como un trueno—, que si mil veces lo cogiera entre mis manos, otras
tantas vidas le arrancaría. Sí, yo le así por el cinto cuando cayó a
mis pies sin conocimiento; con él me subí a una almena, y desde allí
se lo arrojé a sus gentes, diciéndoles: «¡Ahí tenéis vuestro valiente
y generoso caudillo!»
—¡Lo ha confesado! ¡Lo ha confesado!—exclamaron llenos de júbilo los
parientes del difunto—. Comendador Saldaña—continuó Beltrán—, yo os
acuso de traición, pues sólo cohechando al cabreirés Cosme Andrade
pudísteis tener noticia de la expedición del desgraciado conde.
—¡Mentís, Beltrán de Castro!—contestó una voz de entre la apiñada
multitud, que entonces comenzó a arremolinarse como para abrir paso
a alguno. Efectivamente, después de un corto alboroto y de algún
oleaje y vaivenes entre la gente, un montañés, con su coleto largo de
destazado, sus abarcas y su cuchillo de monte al lado, saltó como un
gamo en el recinto destinado a los acusados, acusadores y testigos.
—¿Sois vos, Andrade?—exclamó Castro sorprendido con esta aparición
para él inesperada.
—¡Yo soy, yo, el cohechado, como vos decís, ruin y villano—contestó
el encolerizado montañés—. ¡Parece que os pasma el verme! Bien se
conoce que me creíais muy lejos cuando así me ultrajábais. ¡Algún
ángel me tocó sin duda en el corazón, cuando viéndoos llegar a
Salamanca me oculté de vuestra vista para confundiros ahora,
ahora que conozco la ruindad de los Castros! ¡Oh, pobres paisanos
y compañeros míos, que dejásteis vuestros huesos en el foso de
Cornatel! ¡Venid ahora a recibir el premio que os dan estos malsines!
¡Yo cohechado! Y ¿con qué me cohecharíais vos, mal nacido? ¿O tenéis
por cohecho el rodar por los precipicios y arriesgar la vida hartas
más veces que vos?
—Vos recibísteis cien doblas del comendador—replicó Beltrán un poco
recobrado, aunque confuso con las embestidas del montañés, que le
acosaba como un jabalí herido.
—Cierto que las recibí—contestó Andrade candorosamente—, porque se me
ofrecieron con buena voluntad; pero ¿guardé una siquiera, embustero
sin alma? ¿No las distribuí todas y aun bastantes de mis dineros a
las viudas de los que murieron allí por los antojos de vuestro conde?
¿O piensas tú que es Andrade como tu amo maldecido, que vendía por un
lugar más su fe de caballero y la sangre de los suyos? Agradece a que
estamos delante de estos varones de Dios, que si no ya mi cuchillo de
monte te hubiera registrado los escondites del corazón.
—Sosegaos, Andrade—le dijo el obispo de Astorga—y contadnos lo que
sepáis, porque vuestra presencia no puede ser más oportuna.
—Yo, reverendos padres—contestó él con su sencillez habitual—, no
soy más que un pobre hidalgo montañés, a quien se le alcanza algo
más de cazar corzos y pelear con los osos, que no de estas cosas de
justicia; pero con la verdad por delante nunca he tenido miedo de
hablar, aunque fuese en presencia del soberano pontífice. Allá va,
pues, lo que vi y pasé, bien seguro de que nadie le quite ni ponga.
Dijimos que, cuando el honrado Andrade cayó despeñado del torreón
por mano de Millán, le detuvieron unas ramas protectoras.
Afortunadamente, no estaban muy lejos de la muralla, y, de
consiguiente, pudo oir casi todas las palabras que mediaron entre don
Álvaro y el conde al principio, y luego lo que pasó con el comendador
hasta que el magnate gallego bajó descoyuntado y hecho pedazos
hasta la orilla del arroyo. Así, pues, su declaración en que tanto
resaltaba la generosidad de don Álvaro, y la efusión con que contó
los prontos socorros que había recibido de Saldaña y de todos los
caballeros, hicieron una impresión tan favorable en el ánimo de los
padres, que los acusadores de Saldaña no sólo enmudecieron, sino que,
corridos y avergonzados, no sabían cómo dejar el tribunal.
—En suma, santos padres—concluyó el montañés—; si las buenas obras
cohechan, yo me doy por cohechado aquí y para delante de Dios; porque
a decir verdad, tan presa dejaron mi voluntad con ellas estos buenos
caballeros, que cuando oí decir que al cabo los llevaban presos,
acordándome de las mentiras del conde de Lemus y temiendo no les
sucediese lo que en Francia, me fuí corriendo a Ponferrada, y allí
dije al comendador que yo le ocultaría en Cabrera y aun le defendería
de todo el mundo. Yo no sé si hice bien o mal, pero es seguro que
volvería a hacerlo siempre, porque él me salvó la vida dos veces, y
como decía mi padre, que de Dios goce: «el que no es agradecido no es
bien nacido».
—Señor de Bembibre—dijo entonces el inquisidor general volviéndose
a don Álvaro—, aunque nuevo en esta tierra, no me es desconocida
la fama de hidalguía y valor que en ella gozáis. Decid, pues, bajo
vuestra fe y palabra, si es verdadera la declaración de Andrade.
—Por mi honor os juro que la verdad ha hablado por su boca—contestó
el joven poniendo la mano sobre el corazón—. Sólo una cosa se le ha
olvidado al buen Cosme, y es que también se entendía conmigo, sin
haberme conocido, la noble hospitalidad que ofreció al comendador
Saldaña.
—Ya, ya—repuso el montañés casi avergonzado—; bueno sería que lo
poco bueno que uno hace lo fuese a pregonar a son de trompeta. Y
luego que cuando disteis aquel repelón a nuestro campo de Cornatel,
ni siquiera hicisteis un rasguño a ninguno de los míos, y después, a
los que curaron de sus heridas, los regalasteis con tanta largueza
como si fuérais un emperador. Para acabar de una vez, padres
santos—continuó dirigiéndose al concilio con tanto respeto como
desembarazo—, si dudáis de cuanto llevo dicho, venga aquí la Cabrera
entera, y ella lo confirmará.
—No es necesario—dijo entonces el obispo de Astorga—, porque las
secretas informaciones que por mi mandato han hecho los curas
párrocos de aquel país, corroboran los mismos extremos. Este proceso,
último que queda por ver de cuantos se han traído a esta junta
sagrada, deberá decidir el fallo, salvo el mejor parecer de mis
hermanos.
—Deudos del conde de Lemus—dijo en alta voz el arzobispo de
Santiago—, ¿queréis proseguir en la acusación, presentar nuevas
pruebas y estar a las resultas del juicio?
—En mi nombre y en el de los míos me aparto de la acusación—contestó
Beltrán de Castro con despecho—, sin perjuicio de volver a ella
delante de todos los tribunales cuando pueda presentar pruebas más
valederas.
—Debíais pedir la del combate—le dijo Saldaña, siempre con la misma
amargura—, siquiera no fuese más que por renovar las hazañas de que
fuimos testigos encima de Río Ferreiros.
Capitaneaba Beltrán la caballería del conde en aquella ocasión, y
envuelto en el torrente de los fugitivos nada pudo hacer a pesar
de sus esfuerzos, de manera que, sin estar desnudo de valor, su
opinión había quedado en dudas. Ninguna herida, por lo tanto, más
profunda y dolorosa pudiera haber recibido que la venenosa alusión
del comendador. Tartamudeando, pues, de furor, y con una cara como de
azufre, le dijo:
—En cuanto os dieren por libres la pediré, ¡y entonces veremos lo que
va del valor a la fortuna!
—Mío es el duelo—contestó don Álvaro—, pues que tomáis sobre vos las
ofensas del conde de Lemus. A mí me encontraréis en la demanda.
—No, sino a mí—replicó Andrade—, que he sido agraviado delante de
tanta gente.
—¡Con los tres haré campo!—exclamó Beltrán en el mismo tono.
—Caballeros todos—dijo el inquisidor apostólico—, no debe
escondérseos, sin duda, que delante de la justicia no hay agravio
ni ofensa. Así, pues, dad lo hecho por de ningún valor y efecto,
y vos, Beltrán, ya que tan cuerdamente desamparáis la acusación,
pensad en volveros a vuestro país, que los altos juicios de Dios no
se enmiendan con venganzas ni rencores, siempre ruines cuando se
ejecutan en vencidos.
Estas graves palabras, dichas con un acento que llegaba al alma, si
no mudaron las malévolas intenciones de los Castros, les probaron por
lo menos su impotencia; así fué que, despechados tanto como corridos,
se salieron del tribunal y, en seguida, de Salamanca, donde habían
encontrado el premio que suelen encontrar los sentimientos bastardos:
la aversión y el desprecio.
Otro fruto produjeron también sus ciegas persecuciones, y fué el
poner tan de bulto la inocencia de los templarios, que aun sus más
encarnizados enemigos hubieron de contentarse con sordos manejos y
asechanzas.
Vistos, pues, todos los procesos y pensado el asunto maduramente, el
concilio declaró, por unanimidad, inocentes a los templarios de todos
los cargos que se les imputaban, reservando, sin embargo, la final
determinación al sumo pontífice.
Con esta sentencia salvaron los templarios el honor de su nombre,
única cosa a que podían aspirar en la deshecha borrasca que corrían;
pero harto más importante para ellos que sus bienes y su poder.
Privados de uno y otro, su posición quedaba incierta y precaria hasta
el concilio general, convocado para Viena del Delfinado, donde debía
fallarse definitivamente el proceso de toda la Orden, dado que bien
pocas esperanzas pudieran guardar, cuando la estrella de su poder,
como el Lucifer del profeta, se había caído del cielo.
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