Las muchas seguridades que doña Beatriz recibió del abad y de su buen
padre, acerca de la suerte que aguardaba a los templarios españoles,
no fueron poderosas a calmar los recelos y zozobras que se agolpaban
en su ánimo: ¡tan hondas raíces había echado en su corazón el pesar,
y tan negra tinta derramaba su imaginación aun sobre los objetos más
risueños! Si había de juzgar de las disposiciones de los obispos por
las que durante mucho tiempo había abrigado el prelado de Carracedo,
no tenía a la verdad gran motivo para tranquilizarse, y por otra
parte el embravecimiento de la opinión contra los templarios había
llegado a tal punto, que todo podía temerse con razón. Añádase a esto
que su enfermedad teñía habitualmente de un color opaco aun los más
brillantes objetos, y fácil será de presumir los muchos y turbios
celajes que empañaban aquel rápido vislumbre de felicidad que el abad
le había mostrado. No desconocía, por otra parte, que don Álvaro era
un objeto de enemistad especial para el infante don Juan, desde los
sucesos de Tordehumos, y su discreción natural le daba a entender que
en medio de la inquietud que inspiraban los templarios, aun después
de su caída, no dejaría de haber dificultades para restituir su
libertad, su poder y sus bienes a quien tan decidido apoyo les había
prestado, hasta el punto de aceptar sus votos y compromisos.
Contra tan sólidas razones poco valían todos los argumentos de su
padre y de su tía; de manera que la misma esperanza venía a ser
para ella una luz sin cesar combatida por el viento, y que esparcía
alrededor sombras y dudas antes que seguridad y resplandores. El
incesante anhelar y zozobra que tan poderosamente habían contribuído
a la ruina de su salud, continuaron por lo tanto minándola a gran
priesa, y como en la postración de su cuerpo toda clase de emociones
venían a ser por igual dañosas, cada día sus fuerzas se disminuían
y se aumentaba el cuidado de los que andaban a su alrededor. Don
Alonso, que achacaba a sus pesares y desvelos los estragos que se
veían en su rostro, comenzó a inquietarse seriamente cuando llegó
a advertir que aquella dolencia, derivada sin duda del alma en un
principio, existía ya de por sí y como cosa aparte. Al cariño de
padre, al aguijón del remordimiento, vinieron a mezclarse entonces
los temores del caballero que temblaba por la suerte y el porvenir
de su linaje, depositados en tan frágil vaso, cabalmente cuando el
destino parecía que iba a convertir en bronce su vidrio delicado.
Posesionado ya de los castillos del Bierzo y sosegados todos los
rumores de guerra, pensó en sacar a doña Beatriz del monasterio y
en restituirse con ella a su casa de Arganza. Poco se alegró la
joven con la resolución de su padre, porque mientras su suerte se
fallaba, ningún lugar había más acomodado a la solemnidad religiosa
de sus pensamientos y a la tranquilidad que tanto había menester su
espíritu, que el retiro de Villabuena. Los recuerdos de la infancia
y adolescencia, tan dulces de suyo al corazón, más de una vez se
acibaran con las imágenes que los acompañan, y entonces su consuelo
y blandura son más que dudosos. Así, doña Beatriz, que en los muros
de la casa paterna había visto en brevísimo espacio de tiempo nacer
y agostarse la flor de su ventura, desaparecer su madre, perderse su
libertad y aparecer impensadamente un sol que juzgaba para siempre
puesto, sólo para cegar sus ojos y dejar un rastro de desolada luz en
su memoria, temblaba volver a aquel recinto, cuando tan enigmático
se presentaba todavía lo futuro. Sin embargo, el atractivo que para
su alma pura y piadosa tenían las cenizas de su madre, el deseo
de acompañar a su anciano padre y la seguridad de que los objetos
exteriores sólo podían atenuar muy levemente las ideas que como
con un buril de fuego estaban impresas en su alma, le decidieron a
abandonar por segunda vez aquella casa, de donde había salido antes
para tantos pesares y sinsabores, y de la cual entonces se separaba
sin más patrimonio que una lejana y débil esperanza; igualmente
privada de salud y de alegría. Despidióse, pues, de su tía, y de las
buenas religiosas sus amigas y compañeras, sin extremos ni sollozos,
pero profundamente conmovida y echando miradas tan vagarosas a
aquellos sitios como si hubiesen de ser las postreras. Aunque sus
males y tristezas eran como una sombra para aquellas santas mujeres,
su dulzura, su discreción, su bondad y hasta el particular atractivo
de su figura, las aficionaban extraordinariamente a su trato y
compañía: así fué que por su parte hicieron gran llanto en su partida.
Por fin salió acompañada de su Martina y de sus antiguos criados.
¿Dónde estaban los días en que sobre un ágil y revuelto palafrén
corría los bosques de Arganza y Hervededo con un azor en el puño,
acechando las garzas del aire, como una ninfa cazadora? Ahora, ni
aun el sosegado y cómodo paso de su hacanea podía sufrir, y más de
una vez hubo de pararse la cabalgada en el camino para reclinarla al
pie de un árbol solitario, donde cobrase aliento. La agitación de
la despedida la había debilitado en gran manera; así es que llegó
a Arganza más desencajada que de ordinario y llena de fatiga. Las
imágenes que aquellos sitios le presentaron, animadas con todo el
ardor de la calentura, produjeron gran trastorno en su ánimo, y
aguaron el contento de aquellos pacíficos aldeanos, para quienes su
venida era como la visita de los ángeles para los patriarcas.
A la mañana siguiente quiso bajar a la capilla donde estaba enterrada
doña Blanca, y por la tarde, apoyada en Martina y en su padre, que
apenas se atrevía a contrariarla, se encaminó lentamente al nogal
de la orilla del arroyo, debajo de cuyas ramas se despidió don
Álvaro para siempre. Si sus lágrimas hubieran corrido en abundancia,
sin duda se hubiera descargado de un gran peso; pero el deseo
de esconderlas de su padre las cuajó en sus ojos, y el esfuerzo
que hubo de hacer se convirtió, como era natural, en daño suyo.
Aquella noche la lenta calentura que la consumía se avivó en tales
términos, que entró en un delirio terrible en que sin cesar hablaba
del conde, de su madre y de don Álvaro, quejándose dolorosamente
de cuando en cuando. El señor de Arganza, desolado y fuera de sí,
mandó inmediatamente por el anciano monje de Carracedo, que ya la
había asistido en Villabuena, cuando su anterior enfermedad. El buen
religioso vino al amanecer con toda diligencia y encontró ya a doña
Beatriz casi de todo punto sosegada, porque en aquella complexión ya
destruída no tenían gran duración los accesos del mal. Informóse, sin
embargo, de todo lo sucedido, y como don Alonso descorriese a sus
ojos hasta el último velo, le dijo:
—Noble don Alonso, fuerza será que vuestra hija no vea durante algún
tiempo estos sitios que tan dolorosas memorias renuevan en ella.
Trasladadla sin perder tiempo a la quinta que poseían los templarios
sobre el lago de Carucedo, porque allí es el aire más templado y
el país más plácido y halagüeño. Pronto vendrá la primavera con sus
flores, y entonces se decidirá la suerte de doña Beatriz, que, de
continuar aquí, no puede menos de ser desastrada.
—Pero, decidme—le preguntó con ansiedad el señor de Arganza—, ¿y vos
me respondéis de su vida?
—Su vida—le contestó el religioso—está en las manos de Dios, que
nos manda confiar y esperar en él. Sin embargo, vuestra hija es
joven todavía, y por profunda raíz que haya echado el mal en ella,
bien puede suceder que un suceso feliz y precursor de una época
nueva la curase harto mejor que todos los humanos remedios. No nos
descuidemos: de nuevo os lo encargo; aprovechad el respiro que va a
darnos un calmante que tomará hoy, y lleváosla al punto.
Con efecto, el calmante proporcionó tan grande alivio a la enferma,
que don Alonso, devorado de recelos y de inquietudes, después de
acelerar todos los preparativos de viaje, partió a los dos días con
su hija. Algo mejor preparada ésta y atenta más que a su quietud y
bienestar propio, al sosiego de su padre, emprendió sin repugnancia
su nueva peregrinación, despidiéndose de aquellos sitios, teatro de
sus juegos infantiles, con un mal disimulado acento, en que no podía
traslucirse la esperanza de volverlos a ver. Tal vez nadie mejor que
ella podía juzgar de su estado, pues sólo a sus ojos era dado ver los
estragos de su alma; pero ¿quién podía adivinar lo que el porvenir
guardaba en los pliegues obscuros de su manto? Y, por otra parte, la
imagen de don Álvaro, libre de sus votos, más rendido, más noble y
más hermoso que nunca, era como un ave de buen agüero, cuyos cantos
se quedan halagando el oído por rápido que sea su vuelo.
La comitiva cruzó el Sil por la misma barca de Villadepalos, que en
otros tiempos más felices debió conducirla en brazos de su amante a
un puerto de seguridad y de ventura. Fatalidad, y no pequeña, era
encontrar por todas partes memorias tan aciagas; pero aquel reducido
país había servido de campo a tantos sucesos que más o menos de cerca
le tocaban, que bien podía decirse que sus pensamientos y recuerdos
lo poblaban, y de dondequiera salían al encuentro de sus miradas.
Pasado el río hay una cuesta muy empinada desde la cual a un tiempo
se divisan entrambas orillas del Sil, todo el llano que forma su
cuenca, el convento de Carracedo con su gran mole blanca en medio
de una fresquísima alfombra de prados, y los diversos términos y
accidentes de las cordilleras que por dondequiera cierran y amojonan
aquel país.
Comenzaba a desprenderse la vegetación de los grillos del
invierno; el Sil, un poco crecido, pero cristalino y claro, corría
majestuosamente entre los sotos todavía desnudos que adornaban sus
márgenes: el cielo estaba surcado de nubes blanquecinas en forma de
bandas, por entre las cuales se descubría un azul purísimo, y una
porción de mirlos y jilgueros, revoloteando por entre los arbustos y
matas, anunciaban con sus trinos y piadas la venida del buen tiempo.
Del otro lado descollaban las sierras de la Aguiana con sus crestas
coronadas de nubes a la sazón y los agudos y encendidos picachos
de las Médulas remataban su cadena con una gradación muy vistosa.
Casi al pie se extendía el lago de Carucedo, rodeado de pueblos,
cuyos tejados de pizarras azules vislumbraban al sol siempre que se
descubría; y terminado por dos montes, de los cuales el que mira a
Mediodía estaba cubierto de árboles, mientras el que da al Norte
formaba extraño contraste por su desnudez y peladas rocas. Doña
Beatriz se sentó a descansar un rato en el alto de la cuesta, y desde
allí tendía la vista por entrambas perspectivas, levantando de vez
en cuando sus ojos al cielo, como si le rogase que los recuerdos de
amargura y las pruebas de su juventud quedasen a su espalda, como la
tierra de Egipto detrás de su pueblo escogido, y a orillas de aquel
lago apacible y sereno comenzase una nueva era de salud, de esperanza
y de alegría que apenas se atrevía a fingir en su imaginación.
Después de descansar un rato, subió la comitiva en sus caballos y
se encaminó silenciosamente a la hermosa quinta en que doña Beatriz
debía aguardar el fallo de su vida y de su suerte.
Era ésta un edificio con algunas fortificaciones a la usanza de
la época, pero sobrado primoroso para fortaleza, porque todos los
frágiles adornos y labores del gusto árabe se juntaban en sus
afiligranadas puertas y ventanas y en los capiteles que coronaban
sus almenas. Habíanla labrado los templarios en tiempos de su mayor
esplendor; y para su asiento escogieron una colina poco elevada y
de suavísimo declive que está debajo del pueblo de _Lago_ y domina
la líquida llanura en cuyos cristales moja sus pies. Forma el lago
junto a ella un lindo seno, y allí se abrigaban algunos esquifes
ligeros en que los caballeros acostumbraban a solazarse con la pesca
de las anguilas, de que hay gran abundancia, y cazando con ballesta
algunas de las infinitas aves acuáticas que surcan la resplandeciente
superficie. Como las áridas cuestas del monte del Norte que los
naturales apellidan de los _Caballos_ hacían espaldas a la quinta,
resultaba que de aquel paisaje agraciado y lleno de suavidad,
únicamente se ocultaban los términos áridos y yermos. Lo restante
era y es todavía un panorama de variedad y amenidad grandísima, que
repelido por el espejo del lago figura a veces, cuando lo agita
blandamente la brisa, un mar confuso de rocas, árboles, viñedos y
colinas sin cesar divididos y juntados por una mano invisible. Tiene
el lago más de una ensenada, y la que se prolonga entre Oriente y
Norte perdida entre las sinuosidades de un valle, parece dilatar su
extensión, y los juncos y espadañas que la pueblan sirven de abrigo
a infinitas gallinetas de agua y lavancos de cuello tornasolado. No
lejos de esta ensenada está el pueblo de Carracedo sentado en una
fresca encañada y a su extremo una porción de encinas viejísimas y
corpulentas, cuyas pendientes ramas se asemejan a las de los árboles
del desmayo, sirven de límite a las aguas, mientras en la opuesta
orilla occidental un soto de castaños enormes señala también su
término a los caudales del lago.
Doña Beatriz, que tenía un alma abierta, por desgracia suya en
demasía, a todas las emociones puras y nobles, no pudo menos de
admirar la belleza del paisaje, cuando las laderas de los montes
que descienden al lago y su hermosa tabla comenzaron a desplegarse
a sus ojos desde las alturas de San Juan de Paluezas. A medida que
se acercaba íbase descogiendo un nuevo pliegue del terreno, y ora un
grupo de árboles, ora un arroyo que serpenteaba en alguna quiebra,
ora una manada de cabras que parecían colgadas de una roca, a cada
paso derramaban nuevas gracias sobre aquel cuadro. Cuando por fin
llegó a la quinta y se asomó al mirador, desde el cual todos los
contornos se registraban, subieron de punto a sus ojos todas aquellas
bellezas.
El sol se ponía detrás de los montes dejando un vivo rastro de
luz que se extendía por el lago y a un mismo tiempo iluminaba los
diversos terrenos, esparciendo aquí sombras y allí claridades.
Numerosos rebaños de ganado vacuno bajaban mugiendo a beber, moviendo
sus esquilas, y otros hatos de ovejas y cabras y tal cual piara de
yeguas con sus potros juguetones, venían también a templar su sed,
triscando y botando, mezclando relinchos y balidos. Los lavancos y
gallinetas, tan pronto en escuadrones ordenados, como desparramados y
solitarios, nadaban por aquella reluciente llanura. Una pastora que
en su saya clara y dengue encarnado mostraba ser joven y soltera y en
sus movimientos gran soltura y garbo, conducía sus ovejas cantando
una tonada sentida y armoniosa, y como si fuera un eco, de una barca
que cruzaba silenciosa, costeando la orilla opuesta, salía una
canción guerrera entonada por la voz robusta de un hombre, pero que,
apagada por la distancia, perdía toda su dureza, no de otra suerte
que si se uniese al coro armonioso, templado y suave que al declinar
el sol se levantaba de aquellas riberas.
Por risueños puntos de vista que ofrezcan las orillas del Cúa y del
Sil, fuerza es confesar que la calma, bonanza y plácido sosiego
del lago de Carucedo no tiene igual tal vez en el antiguo reino
de León. Doña Beatriz, casi arrobada en la contemplación de aquel
hermoso y rutilante espejo guarnecido de su silvestre marco de
peñascos, montañas, praderas y arbolados, parecía engolfada en
sus pensamientos. Para un corazón poseído de amor como el suyo,
la creación entera no parece sino el teatro de sus penas o su
felicidad, de sus esperanzas o sus dudas, y esto cabalmente sucedía
a aquella interesante y desgraciada señora. La imagen de don Álvaro
era el centro adonde iban a parar todos los hilos misteriosos
del sentimiento que en su alma despertaban aquellos lugares, y
entretejiéndolos con los que de tiempos más dichosos quedaban
todavía enmarañados en su memoria, formaba en su imaginación la tela
inacabable de una vida dichosa, llena de correspondencia dulcísima y
de aquel noble orgullo que en todos los pechos bien nacidos excita la
posesión de un bien legítimamente adquirido. ¡Engañosas visiones que
al menor soplo de la razón se despojaban de sus fantásticos atavíos y
caían en polvo menudo en medio de las puntas y abrojos que erizaban
el camino de doña Beatriz! Al cabo de una larga meditación, en la
cual como otras tantas ráfagas luminosas había visto pasar todas
aquellas representaciones doradas y suaves de un bien ya disipado, y
de otro bien incierto, y apenas bosquejado, la desdichada exhaló un
largo suspiro, y dijo:
—¡Dios no lo ha querido!
—Dios ha querido probarte y castigarme, ángel del cielo—contestó su
padre abrazándola—; nuestras penas acabaron ya y los nuevos tiempos
se acercan a más andar. Dios se apiadará de tu juventud y de estas
canas vecinas ya al sepulcro, y no querrá borrar mi nombre de la haz
de la tierra.
Doña Beatriz le besó la mano sin contestar, porque no se atrevía
a entregarse a tan risueñas ideas, ni alcanzaba a acallar los
presentimientos que de tiempos atrás habían llegado a posesionarse
de su espíritu, pues para colmo de amargura la muerte, que por tanto
tiempo había invocado como término y descanso de sus penas, sin verla
aparecer jamás, ahora cruzaba a lo lejos como un lúgubre relámpago,
cuando la vida cobraba a sus ojos todas las galas de la esperanza, y
sembraba de flores funerarias el camino que guiaba a su templo. Sin
embargo, doña Beatriz, como todas las almas fuertes, pasado el primer
estremecimiento hijo del barro, aceptaba sin miedo ni repugnancia
esta idea, y sólo le dolía de la contingencia de su fin prematuro
por el luto de su padre, y de aquel amante arrebatado de sus brazos
por una deshecha borrasca y que otra no menos deshecha podía volver
a ellos. Así, pues, sin decir palabra, se apoyó en el brazo del
anciano, y lentamente bajó la escalera con barandilla prolijamente
calada, y hasta que en la cámara para ella aderezada la dejó en
compañía de Martina. Dejémosla también nosotros entregada a las
dulzuras del sueño, que aquella noche bajaba sobre sus párpados más
suave y bienhechor que en muchos días, y transportémonos a Salamanca,
donde se iba a fallar el ruidoso proceso que traía alborotada a la
cristiandad entera.
[Ilustración]
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