Las diferencias del rey con don Juan Núñez de Lara se compusieron
por fin más a placer de aquel orgulloso rico hombre que a medida del
decoro real, porque el poder de don Fernando, quebrantado con lo
largo del sitio de Tordehumos y enflaquecido además con la defección
de varios señores y la retirada de otros, no era bastante ya a
postrar aquel soberbio vasallo. Asentáronse, pues, las condiciones
y tratos dictados por la ocasión; volvió don Juan de Lara a su
mayordomazgo; conservó a Moya y Cañete y demás pueblos que tenía,
y el rey hubo de restituirle su gracia. ¡Notable mengua la de la
corona!; pero que sin embargo no dejaba de tener sus ventajas,
porque además de ser prudente transigir con la necesidad, al cabo
le quedaban al rey las manos sueltas y desembarazado el ánimo para
dar cima al negocio de los templarios, que, según se veía, no podía
allanarse sino por la fuerza de las armas. Sin duda los cimientos
de la Orden estaban minados y vacilantes en la opinión, pero aquel
cuerpo robusto se sostenía, así y todo, por la enérgica cohesión de
sus partes, por sus recuerdos de gloria y por el miedo que a todos
inspiraba su poder, única verdadera causa de su ruina.
No se negaban los caballeros a comparecer en juicio, delante de
los prelados españoles, ni menos declinaban su jurisdicción; pero
alegando las torpes calumnias que contra ellos se derramaban
entre el vulgo, los asesinatos de Francia y toda aquella inaudita
persecución, protestaban que no se entregarían indefensos en manos
de sus enemigos, y que en sus castillos y conventos aguardarían la
sentencia de los obispos y la definitiva resolución del Papa. Por lo
demás, blasonaban de leales y obedientes, aseguraban con el mayor
empeño que sólo su defensa les movía, y con su conducta firme y
prudente parecían poner de manifiesto, a los ojos de la muchedumbre,
la falsedad de los cargos, junto con su firme resolución de defender
su honor y su existencia hasta el último trance.
De toda la gente que con tanta flojedad y desvío sirvió a don
Fernando en la demanda de Tordehumos, no encontró a nadie remiso ni
desmayado: tal era la codicia que en todos los corazones despertaban
los opimos despojos del Temple. Fácil le fué, por lo tanto, juntar
una hueste numerosa y lucida, aunque no sobrada ciertamente para
trance tan difícil, y de nuevo comenzó el estruendo de la guerra
a resonar por toda la España; porque como el empeño era igual en
Aragón, por ambas partes, adondequiera alcanzaban los aprestos y
disposiciones. Sólo el rey de Portugal permanecía en lo exterior,
frío espectador de la contienda, si bien en su ánimo estaba
inclinadísimo a la religión del Temple, y aun empleaba buenos oficios
con el Sumo Pontífice para apartar de su cabeza la tormenta fatal que
desde los más remotos ángulos de Europa venía a amontonarse sobre
ella. Este rey sabio, más de lo que parecía consentir aquella época
ignorante y ruda para desconocer la grosera trama en que estribaba la
persecución de la Orden, y no menos caballero que discreto, sentía
que tal fuese el premio de tantas glorias, honores y triunfos, cuando
aquellos brazos invencibles tenían aún en la Península enemigos en
quien continuar la gloriosa cruzada española de siete siglos. Así,
pues, tanto en Aragón como en Castilla, estaban pendientes los
ánimos de aquella lucha fatal, cuyo término y desastres no era muy
fácil prever, porque si de una parte peleaba el número y la fuerza,
militaban en la otra la inteligencia de la guerra, la disciplina y
la clase de los combatientes, cualidades de gran precio en medio del
desbarajuste de la época.
El señor de Arganza, como Merino Mayor que era del Bierzo, recibió
la orden de alistar inmediatamente los ballesteros y gente de armas
que pudiese, e ir a juntarse en los confines de Galicia con los
escuadrones de su yerno el de Lemus. Honra era ésta de que con gusto
infinito se hubiera excusado, a no mediar su hidalguía, porque
merced a los desengaños y pesares que sufría, semejante empresa iba
presentándose a sus ojos con sus verdaderas formas y colores. Su
enemistad con el Temple, falta de pábulo hacía algún tiempo, se había
amortiguado poco a poco, y la conducta de Saldaña y de don Álvaro en
los sotos de su palacio, junto con el decoro y caballerosidad, que
no había dejado de guardar con él el maestre don Rodrigo, a pesar de
sus desvíos, habían acabado de debilitarla. Sus sueños de ambición,
por otra parte, iban revistiéndose de tristísimos colores delante de
la realidad inexorable que de bulto le mostraba la perfidia negra
del conde, y la triste cuanto abundante cosecha de tribulaciones y
angustias que había sembrado para su hija. Y por colmo de desventura,
ahora le llamaba la suerte a pelear con el único hombre que había
conquistado y merecido aquel corazón de ángel, y cuya imagen
probablemente estaba esculpida en él a despecho de todo. Aquejábanle,
además, embarazos domésticos, pues conocía la ruindad del conde,
que desde su ausencia, ni por cortesía había enviado satisfacción,
mensaje ni escrito alguno; no le parecía justo llevarle su esposa,
y por otra parte no era decoroso ni prudente dejar a doña Beatriz
expuesta a los azares y contratiempos de una guerra que con tales
visos de sangrienta y dudosa se mostraba. Perplejo y confuso, en
medio de tantos inconvenientes, hubo de consultar con doña Beatriz,
que, como prevenida por su discreción y tristeza, manifestó poca
sorpresa, y menos dudas ni tropiezos.
—Padre mío—le respondió—, no os inquietéis por mí, pues ya sabéis
que es patrimonio de la desdicha estar segura y defendida en todas
partes. Guárdense los dichosos en buen hora, que a mí me guarda mi
estrella. Sin embargo, como en tales ocasiones no hay sagrado sino
al pie de los altares, me encerraré en Villabuena mientras dure la
guerra entre nosotros.
—¿En Villabuena, Beatriz?—respondió el viejo—. ¿Y podrás resistir las
memorias que aquellos lugares despertarán en tu corazón?
Sonrióse ella melancólicamente, y contestó a su padre con dulzura:
—No fueron los peores de mi vida los días que pasé a la sombra
de sus claustros y arboledas. ¡Ojalá que mudando de lugares se
mudase también de pensamientos!, pero entonces el hombre sería
dueño de sus penas y el cielo no le probaría en la escuela de la
adversidad. Llevadme, pues, a Villabuena, donde ya sabéis que me
quieren bien, y caminad a la guerra sin zozobras y sin cuidados,
pues allí quedo tranquila y segura. Una cosa, sin embargo, quisiera
encomendaros—añadió con una inflexión de voz que revelaba con harta
claridad lo que en su interior estaba pasando—. Ya sabéis que entre
los que vais a combatir como enemigos, hay una persona a quien hemos
hecho mucho mal. También sabéis que la serpiente de la calumnia
lo está envolviendo en sus anillos ponzoñosos... Mirad por él y
procurad, si no remediar, aliviar, por lo menos, los dolores que por
nuestra culpa sufre.
—No por la tuya, ángel de Dios—replicó el anciano—, sino por la mía.
¡Quiera el cielo perdonarme! Siempre le había agradecido la cuna
ilustre en que nací y las riquezas de que me rodeó desde la niñez;
pero ahora, con el pie dentro del sepulcro, reconozco lo funesto del
don, y muchas veces me he dicho en mis desvelos nocturnos: «¡cuánto
más dichosa hubiera sido mi hija con nacer en una cabaña de estos
valles!...» En fin, hija mía, tus deseos serán cumplidos, y yo
procederé como quien soy: ¡ojalá que mis ojos hubieran estado siempre
tan abiertos como ahora!
Después de esta breve conversación quedó determinado el viaje a
Villabuena, que se verificó a los dos o tres días. No hacía muchos
meses que el rigor paternal había conducido allí a doña Beatriz. Su
madre quedaba sumida en el llanto; ella se veía desterrada de la casa
paterna y apartada de don Álvaro; pero la esperanza la alentaba,
el valor la sostenía, un germen de vida y de hermosura, al parecer
inagotable, realzaba las gracias de su cuerpo, y, por último, una
primavera llena de pompa y lozanía parecía acompañar con su verdor el
verdor y frescura de sus sentimientos y presagiarle una existencia
próspera y floreciente. ¡Miserable instabilidad la de las cosas
humanas! En tan corto espacio de tiempo aquella madre cariñosa había
pasado a las regiones de la eternidad; su valor no había alcanzado a
defenderla contra la mano de hierro del destino; su libertad había
caído en holocausto de su generosidad delante de un hombre manchado
de delitos; su salud se había consumido, disipándose su hermosura;
don Álvaro había salido del sepulcro sólo para morir de nuevo y para
siempre a los ojos de su esperanza, y, por último, en vez de aquellas
arboledas frondosas, de tantos trinos de pajarillos y de las auras
suaves de mayo, los vientos del invierno silbaban tristemente entre
los desnudos ramos de los árboles; los arroyos estaban aprisionados
con cadenas de hielo, y sólo algunas aves acuáticas pasaban
silenciosas sobre sus cabezas o graznando ásperamente a descomunal
altura. ¡Dolorosa consonancia de una naturaleza amortecida y yerta
con un corazón desnudo de alegría y vacío del perfume de la esperanza!
La cabalgata se componía de las mismas personas que la otra vez;
pero ya fuese que la disposición de ánimo de los señores se pegase a
los criados, ya que lo pantanoso del camino y lo frío y destemplado
de la estación les hiciese atender a sus cabalgaduras y les quitase
todo deseo de hablar, el resultado fué que durante el viaje apenas
se les oyó una palabra. El mismo Mendo, cuyos instintos torpes y
groseros solían alejarle de ciertas emociones, propias tan sólo
de organizaciones más delicadas, parecía mustio y apesadumbrado
en aquella ocasión. Sin duda, el pobre palafrenero iba cayendo en
la cuenta de que por muy conde y muy señor que fuese el de Lemus,
no llegaba a juntar otras cosas que no hacen menos falta, como la
hombría de bien y la bondad del carácter. Acostumbrado a ver en sus
amos entrambas cualidades, y aún muchas más, el cuitado Mendo las
creía anejas a toda nobleza y poderío, y ahora, desengañado ya en
fuerza de reflexiones y evidencias, se le oyó exclamar más de una
vez desde la aventura del soto, provocada por su imprudencia:—¡Qué
demonio de hombre!... ¡Tan señor y tan pícaro!... ¡Quién lo hubiera
creído con tanto oro y unos vestidos tan ricos!... ¡Vaya una grandeza
bien empleada!... ¡Y yo, necio de mí, que lo prefería al valeroso
don Álvaro! ¡Vamos, vamos! ¡No me lo pida Dios en cuenta, que no
hará, sin duda, porque está visto que soy un podenco y sólo sirvo
para tratar con caballos!...—Con semejantes desahogos probaba el
buen caballerizo, si no su agudeza, por lo menos su buen corazón, y,
sin duda, todos ellos sonaban entre sus dientes cuando tan mohino
caminaba para Villabuena. En cuanto a Nuño y Martina, sobrado
enterados estaban de los incidentes de aquel terrible drama para no
tomarse en él un vivísimo interés.
Al cabo de dos o tres horas de caminar, llegaron por fin al
monasterio, donde las religiosas, ya prevenidas, estaban esperando en
comunidad a una tan principal señora, que por otra parte para todas
había sido una hermana en su poco distante hospedaje en aquella santa
casa. Todo estaba en el mismo orden y animado por el mismo espíritu
de pureza y de modestia: igual expresión en los semblantes, igual
tranquilidad en las miradas, igual serenidad y compostura en los
modales: sólo en doña Beatriz había mudanza. Las monjas, que habían
esperado encontrarla restituída a su primera robustez y lozanía, de
todo punto recobrada de los pasados males y llena de contento con
su ilustre esposo, se pasmaron de ver su extenuación, sus miradas
a un tiempo lánguidas y penetrantes, la flacura de su cuerpo, y al
escuchar, sobre todo, el metal de su voz en que vibraba un no sé
qué de profundo y melancólico que las penetraba como de angustia.
Ajenas la mayor parte de aquellas cándidas mujeres a las tempestades
del corazón y a las amargas experiencias del mundo, se perdían en
conjeturas sobre las causas de aquel súbito y lastimoso cambio en
una persona a quien la suerte había mirado desde el nacer con ojos,
en su entender, benignos. Como doña Beatriz no había exhalado una
queja durante su reclusión en el monasterio, creían que su amor a
la soledad y sus frecuentes distracciones provenían de la natural
tendencia de su carácter y de su sensibilidad delicada, pero no de su
alma profundamente ulcerada. Sólo la abadesa, algo más versada en los
dolores del corazón y en los desengaños de la vida, conoció el estado
de aquella criatura que tan de cerca le tocaba. El encuentro de tía
y sobrina fué triste y aflictivo, como era de suponer, pues con él
se renovó la memoria de la reciente pérdida de doña Blanca; pero
doña Beatriz vertió sin embargo pocas lágrimas. Aquel noble carácter
cada día se reconcentraba un poco más, semejante a las flores que
al aproximarse la noche cierran su cáliz y recogen sus hojas. Eran
además sus males de los que sólo la mano de la religión puede sanar,
y con aquella noble altivez y pudor que sienten siempre las almas
elevadas, procuraba retirarlos de los ojos del vulgo y presentarlos
solamente a la vista del dispensador del bien. Comoquiera, este
sosiego aparente acababa de devanar el seso de las pobres monjas, que
no acertaban a componer con él las visibles huellas del pesar que en
su semblante se descubrían.
Doña Beatriz se aposentó en su antigua celda desechando otra mejor y
más desahogada que le tenían dispuesta, dando por razón el apego que
con la costumbre había cobrado a su primer vivienda. Las hermanas lo
atribuyeron a modestia y humildad cristiana, en lo cual tenían alguna
razón, porque siempre fueron prendas que resaltaron en ella; pero la
verdadera causa de su indiferencia y fácil contentamiento era otra.
¿Qué podían importarle vanas atenciones, ni respetos, cuando sus
pensamientos pertenecían a otro mundo y sólo para descansar alguna
vez de su incesante vuelo se posaban por instantes en la tierra?...
Don Alonso se partió de Villabuena en la misma tarde a cumplir, como
bien nacido, los mandatos de su rey y a dar calor a los preparativos
de guerra que por todas partes se hacían. La presencia de aquellos
lugares se le hacía cada vez más penosa, y por eso se apresuró a
dejarlos. Encomendó, pues, su hija al cuidado de la abadesa con
particular encarecimiento, y se encaminó a las montañas del Burbia a
levantar gente y ordenar su mesnada. La suerte le destinaba a pelear
con el que por un influjo más benigno destinaba en otro tiempo para
su yerno, y no era esta la menor de sus pesadumbres, pues sobrado
conocía la ansiedad que produciría en el ánimo de doña Beatriz
aquella lucha fatal entre su padre y el hombre que, aunque perdido
para ella, no se borraba de su memoria. Sus sentimientos personales,
además, habían sufrido grande alteración y el árbol de su ambición
comenzaba a dar tan amargos y desabridos frutos, que a costa de su
vida hubiera querido arrancarlo; pero sus raíces se habían ahondado
en el corazón de su hija, y sólo arrancándolo con ellas pudiera
lograr su objeto. La obligación de juntarse con el conde y concertar
con él todo lo perteneciente a la guerra, era muy penosa para su
pundonoroso carácter, una vez descorrido el velo que tanta ruindad y
perversidad había encubierto; de manera que su camino por dondequiera
estaba sembrado de abrojos y sinsabores.
El abad de Carracedo, que desde las bodas de doña Beatriz y la muerte
de su madre se había extrañado de Arganza por entero, movido entonces
del amor a la paz, y deseoso de atajar el torrente de males que de
nuevo amagaban a la trabajada Castilla y sobre todo al Bierzo, medió
entonces con eficacia entre el conde de Lemus, el señor de Arganza
y el maestre don Rodrigo. Aunque su carácter era duro y austero en
demasía y su rencor contra el Temple bastante vivo, fundábase éste en
su deferencia ciega a la Sede romana, y no estaba aquél, como vimos
ya en otra ocasión, sordo a los sentimientos afectuosos y puros.
Ahora que las mayores catástrofes y miserias estaban pendientes
sobre aquella Orden que, como la suya, se había cobijado, al nacer,
bajo el manto de San Bernardo, su caridad se despertó vivamente y
su antigua amistad con el maestre recobró sus derechos. Todo su
celo y diligencia hubieron de naufragar, sin embargo, porque la
corona estaba decidida a borrar aquella caballería de la tierra de
España, y los templarios, por su parte, prontos a presentarse en
juicio y sumisos a la autoridad del papa, se negaban justamente a
despojarse de sus medios naturales de defensa, recelosos, y con harto
fundamento, de que se renovasen en ellos las desaforadas crueldades
de Francia. Así, pues, viendo frustrarse una tras de otra todas sus
tentativas, hubo de juntar su corta hueste a la del señor de Arganza
y obedecer como sacerdote católico y fiel vasallo las órdenes del rey
y del papa.
Los aprestos bélicos siguieron, por lo tanto, con la mayor actividad
por parte de las tropas de Castilla, pues los templarios, de
antemano prevenidos, y aprovechándose de las enormes ventajas que
sus riquezas, su subordinación y disciplina les daban sobre sus
contrarios, no hicieron más sino estarse a la defensiva, según lo
tenían determinado, y aguardar el trance del combate. Los peligros
de semejante empresa se ocultaban a su orgulloso y altivo valor,
y cansados de la paz con los moros a que los habían obligado las
alianzas de Castilla con los reyes de Granada, y sus discordias
intestinas, codiciaban nuevos laureles ganados en defensa de su
honor y de su existencia. Don Rodrigo mismo, a pesar de sus tristes
previsiones y de sus años, parecía animado de un ardor juvenil cuando
se vió cerca de dar su vida por el honor de su Orden; bien como un
caballo envejecido en las batallas relincha y se estremece, a pesar
de su debilidad, al oir la trompeta guerrera.
Cualquiera que fuese el entusiasmo con que por ambas partes pudiera
emprenderse esta lucha, había en cada bando un hombre que saludaba
su sangrienta aurora con particular júbilo y esperanza. Estos dos
hombres eran el conde de Lemus y el señor de Bembibre. Los pesares
del corazón y los desengaños de la vida en el uno, la ambición y
codicia desapoderada en el otro, y en entrambos el odio y el valor,
les mostraban los trances venideros bajo los colores de sus deseos.
Don Álvaro, para mayor humillación del conde, se había negado a
hacer campo con él por la desigualdad que con su ruin comportamiento
había introducido entre los dos; pero en aquella ocasión, desnudo
ya de voluntad propia, como lo estaba de sus antiguos derechos
de señor independiente, podía completar su venganza y lavar con
sangre su ofensa. El conde, de cuya memoria no se apartaba aquel
ultraje, y a quien su proceder no podía menos de avergonzar, anhelaba
ardientemente cerrar para siempre la boca de aquel testigo inexorable
y terrible, y desagraviar con su muerte su orgullo ofendido. Así,
pues, ambos aguardaban la ocasión de medir sus fuerzas con ansiedad
indecible, bien ajenos de la suerte que su sino fatal les preparaba.
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