La posición militar de los templarios en el Bierzo, según ya dejamos
dicho en otro lugar, no podía ser más aventajada. Por el lado de
Castilla nada tenían que temer, porque las encomiendas y fortalezas
que allí poseían darían demasiado que hacer a las huestes del rey, y
en el país, los vasallos de don Álvaro, que por su profesión habían
pasado al poder del Temple, eran contrapeso sobrado a las fuerzas del
abad de Carracedo y del señor de Arganza. Las suyas propias eran más
que bastantes para conservar la posesión de la tierra y cerrar ambas
entradas de Galicia con los fuertes de Cornatel y del Valcarce.
Sin embargo, las gentes que de toda Galicia juntaba el conde de
Lemus en Monforte, iban componiendo ya una hueste poderosa, formada
en su mayor parte de montañeses ágiles, robustos y alentados,
acostumbrados a los ejercicios de la caza y diestrísimos ballesteros
en general. El conde era, además, capitán muy hábil, y aunque
odiado en el país, su liberalidad y desprendimiento, siempre que
la ocasión lo requería, le granjeaban la voluntad de la gente de
guerra. Su astucia, además, había sabido aprovecharse de la crédula
superstición de los montañeses, pintando a los templarios con los
más negros colores, y atizando más y más aquel horror secreto con
que miraban las artes diabólicas y maravillosas y los ritos impíos a
que suponían entregados a los caballeros de la Orden. Con semejantes
voces y estímulos no parecía sino que iban a emprender una cruzada
contra infieles, según el tropel de soldados que corrían a ponerse
debajo de sus banderas, deseosos algunos de servir al rey, codiciosos
otros de botín y ganancias, y todos aguijados del deseo de poner
pronto fin a un mal que tan grande les pintaban. Juntó por fin un
tercio y comenzaron a moverse por la encañada del Sil, como una nube
amenazadora que iba a descargar sobre Cornatel, acaudillados por el
conde en persona.
Este era el peligro de más bulto a que había que acudir: así el
comendador Saldaña, que para servir de padrino a don Álvaro se había
quedado durante algunos días en Ponferrada, volvió prontamente a
su antigua alcaidía. Don Álvaro solicitó licencia de su tío para
acompañarle, y la consiguió al punto, con lo cual nada quedó que
desear al anciano caballero, más poseído que nunca de sus extraños
pensamientos de gloria y de conquista. La idea de ser el primero en
pelear por el honor de su cuerpo y tener por contrario al enemigo
más encarnizado que contaba en Castilla, le envanecía y alegraba
extraordinariamente, porque si en los motivos se diferenciaba algo,
no era menor ni menos profundo que el de don Álvaro el rencor que
abrigaba contra el conde. La afición que había cobrado a su ahijado,
violenta como todos sus afectos, había avivado esta hoguera con todos
los pesares que la perfidia del rico-hombre gallego había derramado
sobre aquel alma generosa y llena de bondad: y el deseo de llenarla
con las emociones de la gloria y de asentar su fama sobre la ruina
del enemigo, comunicaba energía nueva a todos sus movimientos y
disposiciones, y al parecer, le quitaba de delante de los ojos las
hondas heridas que su causa recibía en lo restante de Europa. Pronto
se sintió su presencia en el castillo; pues tanto su brazo como
su ingenio infundían por todas partes el valor y la confianza, y
sus antiguos compañeros y soldados le acogieron con extraordinaria
alegría. Desde aquella enriscada altura extendió su mirada tranquila
y satisfecha por los precipicios que la rodeaban, por el lago de
Carucedo, entonces crecido por las aguas y corrientes del invierno y
por las llanuras del Bierzo que desde allí se descubrían, y tendiendo
la mano a don Álvaro, y apretándosela fuertemente, le dijo con los
ojos alzados al cielo y con acento religioso y recogido: _Dominus
mihi custos et ego disperdam inimicos meos_[1].
[1] Este versículo está esculpido en una lápida en el castillo de
Ponferrada, y parecía servir de divisa.
Don Álvaro sólo le respondió apretándole también la mano fuertemente
y poniéndola en seguida sobre su corazón con un gesto vehemente y
expresivo. El comendador recorrió en seguida el castillo con el mayor
cuidado, examinando muy prolijamente sus murallas, y convenciéndose
de su buen estado, se recogió a su cámara sosegado y confiado en
sus gentes y en sus medios de defensa. Verdaderamente él es tal aun
ahora, que sus obras avanzadas han desaparecido y está cegado el foso
de todo punto, que no es de extrañar la confianza de su alcaide en
aquella época.
Cualquiera que ella fuese, los enemigos tardaron poco en llenar
aquellos contornos con el ruido de sus armas. A los dos o tres
días los puestos de soldados de la guarnición, que llegaban hasta
las Médulas, se fueron retirando sucesivamente y dejaron al conde
dueño del campo con sus bandas, no muy veteranas ni disciplinadas,
pero en cambio pintorescas y vistosas en sumo grado. Sus lanzas y
hombres de armas venían equipados con cierta regularidad, y aun sus
caballos traían las defensas de costumbre; pero los peones variaban
extraordinariamente. Los gallegos de Valdeorres y de otros valles y
pueblos que componen la mayor parte de la provincia de Orense, venían
armados de cueras de pellejo de buey bien adobadas, y traían además
en la cabeza unas monteras que casi por entero la cubrían. Las
piernas traían hasta las rodillas con unos gregüescos muy anchos de
lienzo blanco y lo demás desnudo, menos el pie, que cubría un enorme
zueco de becerro y de madera. Las armas en unos eran picas y en los
otros unas porras de gran peso y guarnecidas de puntas de hierro,
cuyo golpe debía de ser fatal en aquellos brazos robustos y fornidos.
Todos ellos se distinguían por su corpulencia, por su fuerza y por la
pesadez de sus movimientos.
Los de las montañas de la Cabrera traían todos gorros de pieles de
cordero, coleto muy largo de piel de rebezo destazada y de color
rojizo; calzones ajustados de paño obscuro y unas pellejas rodeadas
a las pantorrillas y sujetas con las ligaduras y correas de la
abarca. La traza de estos serranos era viva, ágil y suelta: su cuerpo
enjuto, su fisonomía atezada y seca, porque su vida dura de cazadores
y pastores les sujetaba a todas las asperezas e inclemencias de
su clima; y las armas que usaban eran un gran cuchillo de monte a
la cinta y su ballesta, en la cual eran muy certeros y temibles.
Pudiérase decir de los unos que componían la infantería de línea de
aquel pequeño ejército, y de los otros, que eran los flanqueadores
y tropas ligeras a quienes por lo fragoso del país debería caber la
mayor gloria y peligro de la demanda, que no dejaba de ofrecerlo
grave.
Toda esta gente acampó a la falda del antiguo monte _Meduleum_,
tan celebrado por su extraordinaria abundancia de criaderos de oro
durante la dominación romana en la península Ibérica. Esta montaña,
horadada y minada por todas partes, ofrece un aspecto peregrino
y fantástico por los profundos desgarrones y barrancos de barro
encarnado que se han ido formando con el sucesivo hundimiento de
las galerías subterráneas y la acción de las aguas invernizas, y
que la cruzan en direcciones inciertas y tortuosas. Está vestida
de castaños bravos y matas de roble, y coronada aquí y allá de
picachos rojizos y de un tono bastante crudo, que dice muy bien
con lo extravagante y caprichoso de sus figuras. Su extraordinaria
elevación y los infinitos montones de cantos negruzcos y musgosos
que se extienden a su pie, resíduo de las inmensas excavaciones
romanas, acaba de revestir aquel paisaje de un aire particular de
grandeza y extrañeza, que causa en el ánimo una emoción misteriosa.
De las galerías se conservan enteros muchos trozos que asoman sus
bocas negras en la mitad de aquellos inaccesibles derrumbaderos y
dan la última pincelada a aquel cuadro en que la magnificencia de
la naturaleza y el poder de los siglos campean sobre las ruinas de
la codicia humana y sobre la vanidad de sus recuerdos. Al pie de la
montaña está fundada la aldea de las _Médulas_, poco considerable en
el día, pero que en la época de que hablamos era mucho más pobre y
ruin todavía. Aquí asentó el conde sus reales rodeado del trozo más
florido y mejor armado de su gente, y la que no pudo ampararse de las
pocas chozas que allí había, se repartió por las minas y cuevas para
buscar un abrigo contra la intemperie de la estación. La caballería
se ladeó hacia la izquierda y se extendió por las orillas del lago
de Carracedo, que le brindaban abundosos pastos y forrajes. De esta
suerte repartidos, púsose el sol turbio y triste de diciembre, y
estableciendo sus guardias y precaviéndose, como lo pedía la vecindad
de un enemigo audaz y temible, aguardaron alrededor de sus hogueras
la venida del nuevo día.
Amaneció éste, y al punto los clarines, gaitas y tamboriles saludaron
sus primeros resplandores. Los relinchos de los caballos a la
orilla del lago, los ecos de los groseros instrumentos, las voces
de mando y los romances guerreros de aquellas alegres y animadas
tropas, resonaban con extraordinario ruido entre aquellas breñas y
precipicios, y los corzos y jabalíes huían asustados por las laderas
con terribles saltos y bufidos. Semejante estruendo y algarabía
formaba raro contraste con el reposo y silencio del castillo, cuyos
caballeros, inmóviles como estatuas, reflejaban en sus bruñidas
armaduras los tempranos rayos del sol. El ronco murmullo que se oyó
entre ellos fué el de los salmos y oraciones matutinas que entonaron
a media voz, de rodillas, con la cabeza descubierta, las lanzas y
espadas inclinadas al suelo, y el rostro vuelto hacia el oriente.
Concluído este acto religioso tornaron a su silencio y recogimiento
ordinario, aguardando en actitud briosa la llegada del enemigo,
que de momento a momento se acercaba, a juzgar por la distinción y
claridad con que se oían sus instrumentos músicos. Don Álvaro pidió
licencia para batir y registrar el campo, pero el comendador no se la
otorgó, resuelto, a pesar de su ardimiento y cólera, a no romper él
primero las hostilidades, conforme a lo acordado entre los templarios
españoles; y temeroso por otra parte de que don Álvaro, sin escuchar
más voz que la de su resentimiento, no se empeñase temerariamente.
Otro caballero de más edad salió a la descubierta, y después de
reconocer bien al enemigo y haber escaramuzado ligeramente con sus
corredores, se volvió a dar cuenta a Saldaña de su expedición.
Mientras tanto las cejas de los montes vecinos se fueron coronando
de montañeses que no cesaban en sus rústicas tonadas. Los gallegos
se extendieron por la ladera más suave que se extiende hacia
Bermés; y la caballería, a quien por la naturaleza del terreno
y la clase del ataque no podía caberle gran parte de peligro ni
gloria, se estacionó en la reducida llanura que corona la cuesta de
Río Ferreiros, ocupando el camino único de Cornatel y cortando toda
comunicación con Ponferrada. El conde apareció poco después, seguido
de los hidalgos de su casa, montado en un soberbio caballo castaño
de guerra, con riendas y arreos de seda azul, cuajados de plata, que
el fogoso animal salpicaba de espuma a cada movimiento de cabeza. La
armadura era del mismo color y adornos con una banda encarnada que la
atravesaba, y el casco dorado remataba con hermoso penacho de plumas
blancas y tendidas que se movían al leve soplo del viento. Venía,
en suma, gallardamente ataviado en medio de su lucido cortejo, y su
hueste entera le saludó con vivas y aclamaciones y con las sonatas
más expresivas que melodiosas de sus gaitas y tamboriles. Saludó él
también graciosamente con su espada, volviéndose hacia todas partes,
y en seguida se puso a reconocer la posición con aquel ojo militar y
certero que en muchas guerras le había granjeado fama de diestro y
experimentado caudillo. Bajó paso a paso la cuesta de Río Ferreiros,
cruzó el riachuelo entonces hinchado por las lluvias, y presto se
convenció de que por aquella parte el castillo era inexpugnable,
porque la naturaleza se había empeñado en fortificarle con horrorosos
precipicios. Para mayor seguridad, sin embargo, situó un destacamento
de caballería en el vecino pueblo de Santalla, con lo cual aseguraba
de todo punto el camino de Ponferrada. Subió en seguida de nuevo
el recuesto, y entonces decidió hacer su embestida por el lado
de poniente y mediodía, donde la fortaleza presenta dos frentes
regulares, pero defendidos entonces cuidadosamente con una fortísima
muralla y un foso muy hondo.
[Ilustración]
Por respeto a los usos de la guerra, envió antes de comenzar el
ataque un pliego a los sitiados comunicándoles las órdenes que tenía
del rey, e intimándoles la rendición con amenazas y arrogancias
empleadas adrede para exacerbarlos y empeorar su causa con la
resistencia. Saldaña contestó, según era de esperar, que ninguna
autoridad reconocía en el monarca de Castilla, como miembros que
eran de una Orden religiosa sólo dependiente del papa; que de las
órdenes de Su Santidad sólo obedecían la que les mandaba comparecer
en juicio, pero no la que les desposeía de sus bienes y medios de
defensa antes de juzgarlos, pues claro estaba que la había arrancado
la violencia del rey de Francia; y, finalmente, que no habiéndose
purgado el conde de la ruindad de Tordehumos, cometida en la persona
de don Álvaro Yáñez, le advertía que no tratarían con él de igual a
igual, y que a cuantos mensajeros enviase los recibiría como a espías
de un capitán de bandoleros, y los ahorcaría de la almena más alta.
Aunque el conde se esperaba semejante respuesta, los términos de
menosprecio y denuesto en que estaba concebida, le hicieron rechinar
los dientes de ira y le robaron el color de la cara. Lo peor del
caso era que su conciencia le repetía punto por punto las injurias
del comendador, y que con enemigo tan implacable y fiero no valían
desdenes ni altanerías.
Comoquiera, pasado el primer impulso volvieron sus ordinarias y
habituales disposiciones a su natural corriente, y, por último, se
alegró ferozmente de aquel desafío a muerte, en que la superioridad
numérica de sus tropas y el apoyo del rey, del pontífice y de
toda la cristiandad parecían prometerle que llevaría lo mejor.
Había recibido con siniestra alegría la nueva de la profesión de
don Álvaro, porque de esta suerte él mismo se prendía en las redes
que acabarían por perderle. Así, pues, gozoso de contar como por
suyos a dos tan aborrecidos enemigos, se apresuró a trazar aquel
mismo día las trincheras y señalar los puestos y cuerpos de guardia
con gran tino y habilidad, para apretar aquel baluarte en que tan
grandes esperanzas tenía puestas la Orden. En realidad, para cercar
un castillo por su misma situación aislado, pocas fuerzas eran
necesarias; para apoderarse de él era para lo que ocurrían inmensas
dificultades.
Los gallegos comenzaron al punto a abrir las trincheras, y los
montañeses de Cabrera, bajando de las crestas de la montaña que
cae al mediodía del castillo, y amparándose de los matorrales y
peñascos, protegían sus trabajos con una nube de flechas dirigidas
con gran puntería. Acaudillábalos un hidalgo de aquel país, llamado
Cosme Andrade, arquero y ballestero muy afamado, y la distribución
y colocación que les dió fué muy atinada; pues apenas asomaba un
sitiado le alcanzaba al punto una flecha. De ellos, algunos peor
armados, cayeron pasados en claro y otros malheridos; pero los
caballeros, con sus armaduras damasquinas, de finísima forja, nada
tenían que temer de aquellas armas lanzadas a cierta distancia, y,
sobre todo, mal templadas para atravesar sus petos y espaldares. En
cambio, los ballesteros del castillo, cuando alguno de los enemigos
se descubría, al punto lo convertían en blanco, y como no siempre
los matorrales y retamas los escondían del todo, y por otra parte
sus enormes coletos de destazado no los resguardaban bien, venía a
resultar, como era natural, que recibían más daño. De todas maneras
sus disparos incomodaban extraordinariamente a los del castillo, y a
su sombra seguían las obras del cerco.
Todo aquel día corrió de este modo, sin que los caballeros hiciesen
salidas ni ningún género de demostración hostil, y entrambos bandos
pasaron la noche en sus respectivos puestos. Cornatel, envuelto en el
silencio y las tinieblas, formaba vivo contraste con el campo del
de Lemus, resplandeciente con un sinnúmero de hogueras en que asaban
cuartos de vaca y trozos de venado como en los tiempos de Homero, y
poblado de un murmullo semejante al de una inmensa colmena. El conde
descansó poco en toda aquella noche y continuamente se le veía pasar
de un corro a otro, como animando y prometiendo recompensas a sus
gentes. Brillaban sus armas a la luz de las hogueras y su penacho
blanco se revestía de un color rojizo, mientras agitado por un viento
recio que se había levantado, flotaba semejante a un fuego fatuo en
la cimera de su yelmo. Por lo demás, tantas lumbres encendidas por la
ladera del monte arriba y cuyas llamas, ora vivas y resplandecientes,
ora turbias y obscuras, según la humedad o sequedad del combustible,
oscilaban a merced del viento con mil formas caprichosas, llenando el
aire con los fantásticos festones del humo que despedían, formaban
un espectáculo sumamente vistoso y sorprendente. La principal ardía
delante de la tienda del conde, sobre la cual estaba enarbolada la
bandera de los Castros, que también azotaban las ráfagas nocturnas,
silbando por entre las rocas y árboles. Una porción de mujeres que
habían seguido a sus padres, maridos, amantes o hermanos a aquella
expedición, vestidas las unas con una saya blanca, un dengue
encarnado al pecho y un pañuelo blanco a la cabeza, o con rodados
obscuros, dengues y jubones del mismo color y un tocado de pieles
negras, según eran de Galicia o de Cabrera, y una gran parte de ellas
jóvenes y agraciadas, acababan de completar aquel cuadro, bullendo y
agitándose por todas partes. A cierta hora, sin embargo, cesó todo
movimiento, si no es el de los centinelas que se paseaban cerca del
fuego, y un ruido acompasado como de martillazos con que algo se
clavaba.
Saldaña, que con su vista de águila había seguido todo aquel día los
pasos del enemigo, adivinando sus intenciones como si fuesen las
suyas propias, estaba entonces en uno de los más altos torreones del
castillo, acompañado del señor de Bembibre, no menos ocupado que él
en observarlo todo atentamente.
—Don Álvaro—dijo por fin con mal disimulado regocijo—, mañana vienen.
—Ya lo sé—respondió el joven—; oíd cómo clavan o las escalas o el
puente de vigas con que piensan suplir el levadizo para atacar la
puerta cuando nos hayan ganado la barbacana.
—¡Pobres montañeses!—repuso Saldaña con una sonrisa y un acento
en que se notaba tanto menosprecio como lástima—: piensan que nos
van a cazar como a los osos y jabalíes de sus montes, y sin duda
despertarán muy tarde de su sueño.
—¿Me perdonaréis si os pregunto lo que pensáis hacer?—le preguntó el
mancebo respetuosamente.
—No todo os diré ahora—contestó el comendador—; sólo sí que a vos
reservo la parte más honrosa y brillante de la jornada. Antes de
romper el día bajaréis con todos los caballos que hay en el castillo
por la escalera secreta que ya sabéis y va a dar a la orilla misma
de ese riachuelo, y siguiendo su orilla tomaréis la vuelta a la
caballería del conde, que creyéndonos de todo punto aislados, sin
duda estará desprevenida y la desbarataréis; pero para esto preciso
será que aguardéis emboscado en el monte hasta que la campana del
castillo os dé la señal, tañendo a rebato.
—Pero, señor—repuso don Álvaro—, ¿y podrán bajar los caballos por
aquella escalera de piedra tan larga y pendiente?
—Todo está previsto—respondió el anciano—: la escalera está llena
de tierra para que no resbalen. Además, ya sabéis que los caballos
del Temple son de las mejores castas de la Siria y de Andalucía,
aquí y en toda la Europa, y nuestros esclavos infieles los enseñan y
acostumbran a todo.
—¿Y habéis tenido en cuenta—insistió don Álvaro—el cuerpo avanzado
que tienen en Santalla?
—Eso es lo que los pierde cabalmente—replicó el comendador—porque
como sólo atienden al camino de Ponferrada, podéis pasar por medio
de entrambos y cogerlos de improviso. ¡Ah! don Álvaro—añadió
tristemente—, yo he peleado con los árabes y mamelucos, ¿y queréis
que no se me alcance algo de estratagemas y ardides?
—Sí, sí, ya veo que todo lo tenéis previsto; pero ¿y querrán los
caballeros más antiguos que yo pelear bajo mi mando?
—Todos os estiman y respetan por vuestra alcurnia, carácter y
valor—contestó Saldaña—y todos os obedecerán gustosos; pero ¿qué
tenéis que no habéis hecho sino ponerme reparos y dificultades en
lugar de agradecerme la preferencia que os doy?
Don Álvaro permaneció callado y como indeciso unos breves instantes,
al cabo de los cuales volvió a preguntar a Saldaña:
—¿Y pensáis que el conde esté mañana con sus lanzas?
—No por cierto—contestó él—porque ya sabéis que nuestro enemigo no
abandona los sitios del riesgo. Nuestro odio mismo nos obliga a
hacerle justicia.
—Pues entonces—repuso don Álvaro—más os agradeciera que me dejarais
en la barbacana del castillo.
Saldaña levantó entonces la cabeza y le dirigió una terrible mirada
que don Álvaro no vió por la obscuridad de la noche, pero su ademán
le hizo bajar los ojos.
—Don Álvaro—le dijo el anciano con severidad—, hace muchos años que
a ningún mortal se ha acercado mi corazón tanto como a vos; por lo
mismo no os advertiré que vuestro único deber es la obediencia; pero
no dejaré de deciros que el desprendimiento personal es lo que más
ensalza al hombre. Para esta empresa os necesito, id y cumplidla,
y prescindid por hoy de vuestro odio por más legítimo que sea, y
esperad a mañana, que tal vez la suerte lo ponga en vuestras manos.
De todos modos, si me lo entrega a mi albedrío, tal vez le irá peor.
Don Álvaro, un tanto avergonzado de haber querido anteponer el
interés de su venganza a la gloria de aquella milicia que con tanto
amor le había recibido en sus filas, dió sus disculpas al comendador,
que las recibió con su señalada benevolencia y se dispuso a su
empresa, que no dejaba de ofrecer riesgos. El comendador se separó
de él para dar las últimas órdenes y acabar los preparativos, ya de
antemano dispuestos, con que pensaba recibir a los sitiadores en el
asalto del día siguiente.
[Ilustración]
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