CAPÍTULO XXIII

A los tres días de los sucesos que acabamos de referir, pareció el

buen Millán por Arganza a dar cuenta a Martina del arreglo que iba

poniendo en las haciendas que su amo le había legado. Venía entonces

de las montañas muy satisfecho de sus tierras y de algunas reses que

había comprado, con las cuales pensaba beneficiar sus praderas y

juntar un caudal que ofrecer a su futura en cambio de su blanca mano

y de su cara de Pascua. Algo desasosegado le traían los rumores de

guerra que comenzaban a correr a propósito de los templarios, pero

contaba con el favor de Dios y sobre todo se echaba la cuenta de

tantos otros que, acometiendo empresas descabelladas, creen responder

a todo con el refrán de que: «el que no se arriesga no pasa la mar».

Así, pues, no es maravilla que se presentase contento y alegre en una

casa de donde se había huído la poca alegría que quedaba.

—¡Ay Millán de mi alma—exclamó Martina saliéndole al encuentro

apresurada—, y qué cosas han pasado desde que te fuiste! ¡Vamos, aún

no se me ha quitado el temblor del cuerpo, ni he dormido una hora de

seguido y doña Beatriz, la cuitada! ¡No sé qué me da en el corazón

cuando pienso en ella!

—Pero, mujer, ¿qué es lo que ha sucedido?—preguntó el mozo un poco

azorado.

—¡Ahí es nada!—contestó ella no poco satisfecha, en medio de sus

recuerdos de pavor, de contar un cuento tan maravilloso—; tu amo ha

parecido por aquí.

—¡Jesucristo! ¡Virgen santísima de la Encina!—exclamó el escudero

santiguándose—: ¿ha venido a pedir algunas misas y sufragios? Pues

mira, según lo bueno que era, no creí yo que fuese al purgatorio,

sino al cielo en derechura.

—A pedir sufragios y oraciones, ¿eh?—contestó la aldeana—: ¡que si

quieres! ha venido en cuerpo y alma a reclamar la mano y palabra de

doña Beatriz.

—Martina—contestó el escudero, mirándola de hito en hito—, ¿qué te

pasa, muchacha? ¿Te han dado algún bebedizo y estás endiablada? ¿En

cuerpo y alma dices, y lo dejé yo enterrado en Tordehumos? Por cierto

que me hubiera traído su cuerpo si no fuese por aquel testarudo de

don Juan Núñez; vaya, vaya, que si me lo dijera Mendo, al instante le

preguntara si venía de la bodega.

—Eso no va conmigo, señor galán—respondió la muchacha un poco

amostazada—, porque no lo cato.

—No, mujer; ¿quién había de decirlo de ti?—repuso Millán

cortésmente—; la lengua le cortaría yo al que lo dijese.

—Sea como quiera—contestó ella—lo que te digo es que yo y Mendo y

mi amo, y el alhaja del conde y todos, en fin, hemos visto y oído a

don Álvaro junto al nogal del arroyo; por más señas que venía con el

comendador Saldaña, el alcaide de Cornatel.

—¡Virgen purísima!—exclamó Millán cruzando las manos y mirando al

cielo—¡conque vive mi señor, el mejor de los amos, el caballero más

bizarro de España! ¿Dónde está, Martina? ¿dónde está? ¡que aunque sea

al cabo del mundo iré en busca suya!

—¡Pues—repuso la muchacha tristemente—y siendo como eres un señor,

vamos al decir, te vas a quedar como antes y nuestra boda Dios sabe

para cuándo será!

—En verdad que tienes razón—contestó él en el mismo tono—; ¡y yo que

había arrendado tan bien el prado de Ygüeña al tío Manolón y había

comprado unas vacas que daba gusto verlas! Pero ¿qué le hemos de

hacer?—añadió después de un rato de silencio—; ¿no me he de alegrar

yo por eso de la vuelta de mi amo? Váyanse muy enhoramala todos los

prados del Bierzo y todas las vacas del mundo, y viva mi don Álvaro,

que es primero. Martina—le dijo después con seriedad—, ya sabes que

primero es la obligación que la devoción, y por eso yo, aunque me

corría priesa, bien lo sabe Dios, nunca quise que dejaras a doña

Beatriz... Pero válgame Dios—exclamó como sorprendido—, ¡y yo que no

me había acordado de ella! Y ¿qué ha dicho la infeliz? ¿qué es de

ella?

Martina entonces le contó llorosa todo lo acaecido, narración que

dejó confuso y turbado al pobre Millán con la perfidia del conde y lo

negro de la trama en que su amo se había visto envuelto.

—Y ahora—concluyó diciendo la muchacha—el viejo anda por los rincones

llora que llora y zumba que zumba, y la señora, como es natural, más

afligida que nunca; pero como ni uno ni otro quieren darse a entender

su sentimiento, andan los dos por ver quién engaña a quién, sin

lograrlo ninguno; porque a lo mejor cuando se encuentran sus miradas

echan a llorar como dos perdidos. Si te he de decir la verdad, no sé

quién me causa más lástima.

—¡Vaya por Dios!—respondió Millán con un suspiro—; pero y mi amo

¿dónde pára, porque yo no he oído nada por el camino?

Martina, que sabía muy bien lo poco devoto que su amante era del

Temple, gracias a la superstición común, había esquivado en la

narración el punto de la determinación de don Álvaro; pero como ya no

era posible ocultarlo, tuvo que decírselo.

—¡Dios de mi alma!—exclamó el mozo consternado—, ¿no valía más

que de veras hubiera muerto, que no guardarle para la hoguera con

todos esos desdichados descomulgados por el papa? No, pues en eso

perdóneme; si él quiere perder su alma yo estoy bien avenido con la

mía, y no será el hijo de mi madre quien se quede a servirle para que

después le tengan a uno por nigromante y hechicero.

—¿Sabes lo que digo, Millán?—repuso la muchacha—. Es que debe haber

mucha mentira en eso de los templarios, porque cuando se ha entrado

en la Orden un señor tan cristiano y principal como tu amo, se me

hace muy cuesta arriba creer esas cosas de magia y de herejía que

dicen.

—¿Qué sabes tú?—respondió él con un poco de aspereza—; don Álvaro

está desconocido desde sus malhadados amores y es capaz de hacer

cualquiera cosa de desesperado. En fin, yo allá voy, porque a eso

estoy obligado, pero quedarme con él mucho lo dificulto. ¡Ojalá que

no le hubiera comido el pan ni me hubiese sacado medio ahogado del

Boeza!... ¡Malhaya tu venta!—añadió mirando con ceño a su futura—;

que por tus cosas no estamos ya casados en paz y en gracia de Dios

y libres de semejantes aprietos, en vez de que así Dios sabe lo que

será de nosotros.

—Pero, hombre—repuso ella con dulzura—, ¿qué querías que hiciera

estando doña Beatriz así?

—Sí, sí—contestó él como distraído—: no me hagas caso, porque

no sé lo que me digo... ¡Qué demonio de hombre; haberse metido

templario!... ¡Pero, en fin, yo allá voy y sea lo que Dios quiera!

Adiós, Martina.

Y dándola un abrazo bajó presuroso la escalera sin aguardar a más:

montó en su jaco y tan de priesa cabalgó, que en poco más de una hora

estaba en Ponferrada. La resolución que tan terminantemente anunció

en el principio, y durante su enfado, de no servir a don Álvaro,

según hemos visto, se iba debilitando poco a poco, y a medida que se

acercaba a la bailía se iba deshaciendo como la nieve de las sierras

al sol de Mayo. El buen Millán era de una índole excelente y luego

los hábitos de amor y de fidelidad hacia don Álvaro se confundían en

su imaginación con los recuerdos de sus primeros años, porque se

había criado en su castillo y sido el compañero de su infancia. Las

hidalgas prendas de don Álvaro, la largueza con que en su testamento

había atendido a su suerte y las desdichas que habían formado el

tejido de sus jóvenes años eran otros tantos eslabones que le unían

a él. Así fué que cuando llegó al castillo, su determinación se la

había llevado el viento y sólo pensó en asistir y servir a su antiguo

dueño mientras durasen aquellos tiempos revueltos, a despecho de

supersticiones, recelos y antipatías de toda clase. Muy de estimar

era este sacrificio en un hombre preocupado con las groseras

creencias de la época, y que, de consiguiente, sólo a costa de un

terrible esfuerzo podía determinarse a saltar por todo.

Por mucha que fuese su priesa, se dirigió antes a la celda del

maestre, que le recibió con su bondad acostumbrada, y que deseoso de

proporcionar a su sobrino una sorpresa con que pudiese dar vado en

cierto modo a sus sentimientos oprimidos, le condujo inmediatamente a

su aposento.

—Aquí os traigo, sobrino, un conocido antiguo—le dijo al entrar—, con

cuya vista presumo que os alegraréis.

—Ese será mi fiel Millán—repuso al punto don Álvaro—: ¿qué otra

persona se había de acordar de mí en el mundo?

Millán entonces, sin poderse contener, salió de detrás del maestre,

que ocupaba la puerta, y corrió desalado a arrojarse a los pies de su

señor, abrazando sus rodillas y prorrumpiendo en lágrimas y sollozos

que no le dejaban articular palabra. Don Rodrigo se ausentó entonces,

y don Álvaro, enternecido, pero reprimiéndose, sin embargo, porque

no acostumbraba a mostrar delante de sus criados ningún género de

transporte, le dijo levantándole:

—No así, pobre Millán, sino en mis brazos; vamos, abrázame, hombre...

en cuanto vine pregunté por ti; ¿qué es de tu persona? ¿Por dónde

andabas?

—Pero, señor, ¿es posible—exclamó el escudero—que después de lloraros

por muerto os encuentro ahora en ese hábito?

—Nunca le tuviste gran afición—contestó el caballero procurando

sonreirse—, pero ahora que le visto yo fuerza será que le mires con

mejores ojos, siquiera por amor del que fué tu amo.

—¡Cómo es eso del que fué mi amo!—le interrumpió el escudero como con

enojo-: mi amo sois ahora como antes, y lo seréis mientras yo viva.

—No, Millán—respondió don Álvaro con reposo—; yo ya no tengo voluntad

sino la del maestre mi tío y sus delegados. Los bienes que te dejaba

en mi testamento como galardón de tu fidelidad ya no te pertenecen en

rigor por haber salido falsa mi muerte; pero yo intercederé con mi

tío para que te los dejen, porque en realidad yo estoy muerto para el

mundo y quiero regalarte esa memoria.

—Señor—contestó el escudero sin dejarle pasar más adelante—, yo para

nada necesito esos bienes estando con vos; pero si por vos mismo no

podéis admitirme a vuestro servicio, yo iré a pedírselo de rodillas

al maestre vuestro tío, y no me levantaré hasta que me lo conceda.

—No, Millán—respondió don Álvaro—, yo sé que tú tienes otras

esperanzas mejores que las de venir a servir a un templario en medio

de los peligros que cercan esta noble Orden. Todavía tienes una madre

anciana y a más a Martina, con lo cual vivirás tranquilo y con toda

aquella ventura que puedes juiciosamente apetecer en esta vida.

—En cuanto a mi madre—replicó el escudero—bastaba el que os

abandonase para granjearme su maldición; pero por lo que hace a

Martina, que tenga paciencia y me espere, que yo también la he

esperado a ella. Además, que no creáis que por eso se enoje, porque

la pobrecilla os quiere bien y...

Don Álvaro, temblando que no añadiese alguna otra cosa que no

deseaba oir, se apresuró a atajarle, diciéndole que su resolución

estaba tomada y que no quería envolver a nadie en las desgracias

que pudieran sobrevenirle. Con esto se entabló una disputa de

generosidad entre amo y mozo, firme aquél en su propósito y éste

no menos aferrado en su voluntad; disputa que dirimió el maestre

haciendo ver a su sobrino la poca cordura que había en desechar un

corazón tan generoso en circunstancias como aquellas. Con esto quedó

Millán instalado en sus antiguas funciones, y don Rodrigo, así por

recompensar su lealtad, como por complacer a su sobrino, confirmó la

donación hecha en el testamento para que no tuviera que arrepentirse

nunca el buen Millán de su desprendimiento.

[Ilustración]

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El señor de Bembibre · 第 25 / 52 题