A los tres días de los sucesos que acabamos de referir, pareció el
buen Millán por Arganza a dar cuenta a Martina del arreglo que iba
poniendo en las haciendas que su amo le había legado. Venía entonces
de las montañas muy satisfecho de sus tierras y de algunas reses que
había comprado, con las cuales pensaba beneficiar sus praderas y
juntar un caudal que ofrecer a su futura en cambio de su blanca mano
y de su cara de Pascua. Algo desasosegado le traían los rumores de
guerra que comenzaban a correr a propósito de los templarios, pero
contaba con el favor de Dios y sobre todo se echaba la cuenta de
tantos otros que, acometiendo empresas descabelladas, creen responder
a todo con el refrán de que: «el que no se arriesga no pasa la mar».
Así, pues, no es maravilla que se presentase contento y alegre en una
casa de donde se había huído la poca alegría que quedaba.
—¡Ay Millán de mi alma—exclamó Martina saliéndole al encuentro
apresurada—, y qué cosas han pasado desde que te fuiste! ¡Vamos, aún
no se me ha quitado el temblor del cuerpo, ni he dormido una hora de
seguido y doña Beatriz, la cuitada! ¡No sé qué me da en el corazón
cuando pienso en ella!
—Pero, mujer, ¿qué es lo que ha sucedido?—preguntó el mozo un poco
azorado.
—¡Ahí es nada!—contestó ella no poco satisfecha, en medio de sus
recuerdos de pavor, de contar un cuento tan maravilloso—; tu amo ha
parecido por aquí.
—¡Jesucristo! ¡Virgen santísima de la Encina!—exclamó el escudero
santiguándose—: ¿ha venido a pedir algunas misas y sufragios? Pues
mira, según lo bueno que era, no creí yo que fuese al purgatorio,
sino al cielo en derechura.
—A pedir sufragios y oraciones, ¿eh?—contestó la aldeana—: ¡que si
quieres! ha venido en cuerpo y alma a reclamar la mano y palabra de
doña Beatriz.
—Martina—contestó el escudero, mirándola de hito en hito—, ¿qué te
pasa, muchacha? ¿Te han dado algún bebedizo y estás endiablada? ¿En
cuerpo y alma dices, y lo dejé yo enterrado en Tordehumos? Por cierto
que me hubiera traído su cuerpo si no fuese por aquel testarudo de
don Juan Núñez; vaya, vaya, que si me lo dijera Mendo, al instante le
preguntara si venía de la bodega.
—Eso no va conmigo, señor galán—respondió la muchacha un poco
amostazada—, porque no lo cato.
—No, mujer; ¿quién había de decirlo de ti?—repuso Millán
cortésmente—; la lengua le cortaría yo al que lo dijese.
—Sea como quiera—contestó ella—lo que te digo es que yo y Mendo y
mi amo, y el alhaja del conde y todos, en fin, hemos visto y oído a
don Álvaro junto al nogal del arroyo; por más señas que venía con el
comendador Saldaña, el alcaide de Cornatel.
—¡Virgen purísima!—exclamó Millán cruzando las manos y mirando al
cielo—¡conque vive mi señor, el mejor de los amos, el caballero más
bizarro de España! ¿Dónde está, Martina? ¿dónde está? ¡que aunque sea
al cabo del mundo iré en busca suya!
—¡Pues—repuso la muchacha tristemente—y siendo como eres un señor,
vamos al decir, te vas a quedar como antes y nuestra boda Dios sabe
para cuándo será!
—En verdad que tienes razón—contestó él en el mismo tono—; ¡y yo que
había arrendado tan bien el prado de Ygüeña al tío Manolón y había
comprado unas vacas que daba gusto verlas! Pero ¿qué le hemos de
hacer?—añadió después de un rato de silencio—; ¿no me he de alegrar
yo por eso de la vuelta de mi amo? Váyanse muy enhoramala todos los
prados del Bierzo y todas las vacas del mundo, y viva mi don Álvaro,
que es primero. Martina—le dijo después con seriedad—, ya sabes que
primero es la obligación que la devoción, y por eso yo, aunque me
corría priesa, bien lo sabe Dios, nunca quise que dejaras a doña
Beatriz... Pero válgame Dios—exclamó como sorprendido—, ¡y yo que no
me había acordado de ella! Y ¿qué ha dicho la infeliz? ¿qué es de
ella?
Martina entonces le contó llorosa todo lo acaecido, narración que
dejó confuso y turbado al pobre Millán con la perfidia del conde y lo
negro de la trama en que su amo se había visto envuelto.
—Y ahora—concluyó diciendo la muchacha—el viejo anda por los rincones
llora que llora y zumba que zumba, y la señora, como es natural, más
afligida que nunca; pero como ni uno ni otro quieren darse a entender
su sentimiento, andan los dos por ver quién engaña a quién, sin
lograrlo ninguno; porque a lo mejor cuando se encuentran sus miradas
echan a llorar como dos perdidos. Si te he de decir la verdad, no sé
quién me causa más lástima.
—¡Vaya por Dios!—respondió Millán con un suspiro—; pero y mi amo
¿dónde pára, porque yo no he oído nada por el camino?
Martina, que sabía muy bien lo poco devoto que su amante era del
Temple, gracias a la superstición común, había esquivado en la
narración el punto de la determinación de don Álvaro; pero como ya no
era posible ocultarlo, tuvo que decírselo.
—¡Dios de mi alma!—exclamó el mozo consternado—, ¿no valía más
que de veras hubiera muerto, que no guardarle para la hoguera con
todos esos desdichados descomulgados por el papa? No, pues en eso
perdóneme; si él quiere perder su alma yo estoy bien avenido con la
mía, y no será el hijo de mi madre quien se quede a servirle para que
después le tengan a uno por nigromante y hechicero.
—¿Sabes lo que digo, Millán?—repuso la muchacha—. Es que debe haber
mucha mentira en eso de los templarios, porque cuando se ha entrado
en la Orden un señor tan cristiano y principal como tu amo, se me
hace muy cuesta arriba creer esas cosas de magia y de herejía que
dicen.
—¿Qué sabes tú?—respondió él con un poco de aspereza—; don Álvaro
está desconocido desde sus malhadados amores y es capaz de hacer
cualquiera cosa de desesperado. En fin, yo allá voy, porque a eso
estoy obligado, pero quedarme con él mucho lo dificulto. ¡Ojalá que
no le hubiera comido el pan ni me hubiese sacado medio ahogado del
Boeza!... ¡Malhaya tu venta!—añadió mirando con ceño a su futura—;
que por tus cosas no estamos ya casados en paz y en gracia de Dios
y libres de semejantes aprietos, en vez de que así Dios sabe lo que
será de nosotros.
—Pero, hombre—repuso ella con dulzura—, ¿qué querías que hiciera
estando doña Beatriz así?
—Sí, sí—contestó él como distraído—: no me hagas caso, porque
no sé lo que me digo... ¡Qué demonio de hombre; haberse metido
templario!... ¡Pero, en fin, yo allá voy y sea lo que Dios quiera!
Adiós, Martina.
Y dándola un abrazo bajó presuroso la escalera sin aguardar a más:
montó en su jaco y tan de priesa cabalgó, que en poco más de una hora
estaba en Ponferrada. La resolución que tan terminantemente anunció
en el principio, y durante su enfado, de no servir a don Álvaro,
según hemos visto, se iba debilitando poco a poco, y a medida que se
acercaba a la bailía se iba deshaciendo como la nieve de las sierras
al sol de Mayo. El buen Millán era de una índole excelente y luego
los hábitos de amor y de fidelidad hacia don Álvaro se confundían en
su imaginación con los recuerdos de sus primeros años, porque se
había criado en su castillo y sido el compañero de su infancia. Las
hidalgas prendas de don Álvaro, la largueza con que en su testamento
había atendido a su suerte y las desdichas que habían formado el
tejido de sus jóvenes años eran otros tantos eslabones que le unían
a él. Así fué que cuando llegó al castillo, su determinación se la
había llevado el viento y sólo pensó en asistir y servir a su antiguo
dueño mientras durasen aquellos tiempos revueltos, a despecho de
supersticiones, recelos y antipatías de toda clase. Muy de estimar
era este sacrificio en un hombre preocupado con las groseras
creencias de la época, y que, de consiguiente, sólo a costa de un
terrible esfuerzo podía determinarse a saltar por todo.
Por mucha que fuese su priesa, se dirigió antes a la celda del
maestre, que le recibió con su bondad acostumbrada, y que deseoso de
proporcionar a su sobrino una sorpresa con que pudiese dar vado en
cierto modo a sus sentimientos oprimidos, le condujo inmediatamente a
su aposento.
—Aquí os traigo, sobrino, un conocido antiguo—le dijo al entrar—, con
cuya vista presumo que os alegraréis.
—Ese será mi fiel Millán—repuso al punto don Álvaro—: ¿qué otra
persona se había de acordar de mí en el mundo?
Millán entonces, sin poderse contener, salió de detrás del maestre,
que ocupaba la puerta, y corrió desalado a arrojarse a los pies de su
señor, abrazando sus rodillas y prorrumpiendo en lágrimas y sollozos
que no le dejaban articular palabra. Don Rodrigo se ausentó entonces,
y don Álvaro, enternecido, pero reprimiéndose, sin embargo, porque
no acostumbraba a mostrar delante de sus criados ningún género de
transporte, le dijo levantándole:
—No así, pobre Millán, sino en mis brazos; vamos, abrázame, hombre...
en cuanto vine pregunté por ti; ¿qué es de tu persona? ¿Por dónde
andabas?
—Pero, señor, ¿es posible—exclamó el escudero—que después de lloraros
por muerto os encuentro ahora en ese hábito?
—Nunca le tuviste gran afición—contestó el caballero procurando
sonreirse—, pero ahora que le visto yo fuerza será que le mires con
mejores ojos, siquiera por amor del que fué tu amo.
—¡Cómo es eso del que fué mi amo!—le interrumpió el escudero como con
enojo-: mi amo sois ahora como antes, y lo seréis mientras yo viva.
—No, Millán—respondió don Álvaro con reposo—; yo ya no tengo voluntad
sino la del maestre mi tío y sus delegados. Los bienes que te dejaba
en mi testamento como galardón de tu fidelidad ya no te pertenecen en
rigor por haber salido falsa mi muerte; pero yo intercederé con mi
tío para que te los dejen, porque en realidad yo estoy muerto para el
mundo y quiero regalarte esa memoria.
—Señor—contestó el escudero sin dejarle pasar más adelante—, yo para
nada necesito esos bienes estando con vos; pero si por vos mismo no
podéis admitirme a vuestro servicio, yo iré a pedírselo de rodillas
al maestre vuestro tío, y no me levantaré hasta que me lo conceda.
—No, Millán—respondió don Álvaro—, yo sé que tú tienes otras
esperanzas mejores que las de venir a servir a un templario en medio
de los peligros que cercan esta noble Orden. Todavía tienes una madre
anciana y a más a Martina, con lo cual vivirás tranquilo y con toda
aquella ventura que puedes juiciosamente apetecer en esta vida.
—En cuanto a mi madre—replicó el escudero—bastaba el que os
abandonase para granjearme su maldición; pero por lo que hace a
Martina, que tenga paciencia y me espere, que yo también la he
esperado a ella. Además, que no creáis que por eso se enoje, porque
la pobrecilla os quiere bien y...
Don Álvaro, temblando que no añadiese alguna otra cosa que no
deseaba oir, se apresuró a atajarle, diciéndole que su resolución
estaba tomada y que no quería envolver a nadie en las desgracias
que pudieran sobrevenirle. Con esto se entabló una disputa de
generosidad entre amo y mozo, firme aquél en su propósito y éste
no menos aferrado en su voluntad; disputa que dirimió el maestre
haciendo ver a su sobrino la poca cordura que había en desechar un
corazón tan generoso en circunstancias como aquellas. Con esto quedó
Millán instalado en sus antiguas funciones, y don Rodrigo, así por
recompensar su lealtad, como por complacer a su sobrino, confirmó la
donación hecha en el testamento para que no tuviera que arrepentirse
nunca el buen Millán de su desprendimiento.
[Ilustración]
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