Un natural menos ardiente, un alma menos impetuosa que la del
señor de Bembibre no hubiera adoptado probablemente tan temeraria
determinación como era la de entrar en el Temple, cuando cielo y
tierra parecían conjurados en su daño; pero el vacío insondable que
había dejado en su corazón el naufragio de su más dulce y lisonjera
esperanza, la necesidad de emplear en alguna empresa de crédito la
fogosidad y energía de su carácter y, más que todo, quizá el deseo
de venganza, fueron móviles bastante poderosos para allanar toda
clase de embarazos. La ocasión no podía brindarse más favorable,
porque el triste drama de aquella milicia, religiosa a un tiempo y
guerrera, tocaba ya a su desenlace. Todos los ánimos, sin embargo,
estaban suspensos y como colgados de aquel extraño acontecimiento,
porque la caballería del Temple contaba en España más elementos de
resistencia que en nación alguna, y los sucesos la encontraban, no
sólo aprestada, sino sañuda y encendida en deseo de venganza. Centro
y corazón de semejantes disposiciones era el rey don Dionisio de
Portugal, príncipe el más sabio y prudente que entonces había en
la Península, y que bien penetrado de la persecución injusta de
semejante religión, no sólo había mandado sus embajadores al Papa
para quejarse y protestar de los atropellos y desmanes cometidos,
sino que, resuelto a sostenerla en España y Portugal, se había
entendido para el caso con el maestre de Castilla y con el teniente
de Aragón, y concertado con ellos los medios de conservar ilesa su
existencia y, sobre todo, su opinión. Apoyados, pues, en el rey de
Portugal, seguros de su inocencia, seguros todavía más de su esfuerzo
y pundonor, y ansiosos los unos de venganza y los otros entregados
a quiméricos planes, bien podían tener en balanzas la suerte de la
España y hacer vacilar a los monarcas de Castilla y Aragón, antes
de comenzar la lucha. Sin embargo, las huestes por todas partes se
iban juntando, y de ambas partes parecían resueltos a poner este gran
duelo al trance de una batalla, justamente recelosos y desconfiados,
los unos para entregarse inermes y desvalidos en manos de sus
enemigos declarados, y apoyados los otros en las bulas del Papa y en
los peligros que podían sobrevenir al Estado conservando armados y
encastillados unos hombres de tan graves delitos acusados.
Don Rodrigo Yáñez, menos preocupado que sus hermanos, y convencido
íntimamente de que aquella venerable institución había caducado a
las destructoras manos del tiempo, no parecía dispuesto a resistir
las órdenes del sumo pontífice, ni menos recelaba sujetarse a la
jurisdicción y juicio de los prelados españoles, dechado entonces
de ciencia y evangélicas virtudes. De sentir enteramente opuesto
era el capítulo general de los caballeros, exacerbados con tantas
iniquidades y malos juicios como personas malintencionadas derramaban
en la plebe; y con los asesinatos jurídicos de Francia. Tanto,
pues, por no abandonar su familia de adopción y de gloria, como
por no producir con su oposición un cisma y desunión lastimosa que
diese en tierra con el poco prestigio que la milicia conservaba a
los ojos del vulgo, se conformó con la opinión general. Por otra
parte, sus demandas nada tenían de exorbitantes, pues no declinaban
la jurisdicción de la Santa Sede, y protestaban de no guardar sus
castillos y vasallos sino por vía de legítima defensa. Así, pues,
nada podía impedir al parecer un rompimiento terrible y desastroso en
que a nadie se podía dar la ventaja, porque si de un lado estaban el
número, la opinión y la fuerza de las cosas, militaban en el otro el
valor, el pundonor caballeresco, el agravio y la fuerza de voluntad
sobre todo, que triunfa de los obstáculos y señala su curso a los
sucesos.
Tal era el estado de cosas, cuando don Álvaro, con el corazón
traspasado y partido, salió para no volver de Arganza y de aquellos
sitios, dulces y halagüeños cuando Dios quería, tristes ya y poblados
de amargos recuerdos. Fiel a su promesa, encaminóse a Ponferrada
al punto, firmemente resuelto a no salir de sus murallas sino con
la cruz encarnada en el pecho. Antes de llegar concertó con el
comendador que se adelantase a prevenir a su tío de su ida, medida
muy prudente, sin duda, porque tales extremos de dolor había hecho
el anciano con la noticia de su muerte que la súbita alegría que
recibiese con su presencia pudiera muy bien comprometer su salud.
Tomó, por lo tanto, el comendador el camino que mejor le pareció,
y cuando por fin llegó a darle la nueva en toda su verdad, ya don
Álvaro cruzaba el puente levadizo. Como si la alegría le hubiese
descargado del peso de los años, bajó la escalera con la rapidez de
un mancebo, y al pie de ella encontró a su sobrino rodeado de muchos
caballeros que, con muestras de infinita satisfacción, le acogían
y saludaban. Abrazáronse allí, en medio de la emoción que a don
Álvaro causaba el encuentro de su tío, en momentos de tanta amargura
para él, y de la no menor que al anciano dominaba, no sabiendo cómo
agradecer a Dios este consuelo que en sus cansados días le enviaba.
Por fin, pasados los primeros transportes y satisfecha la curiosidad
de aquel respetable viejo sobre su prisión, sus penas y su libertad,
naturalmente, vinieron a caer en el desabrido arenal de lo presente,
a la manera que un aguilucho que antes de tiempo se arroja del nido
materno, después de un corto y alborozado vuelo, pára finalmente en
el fondo del precipicio. Don Álvaro le contó entonces la dolorosa
entrevista que acababa de tener; y el término que había resuelto
poner a sus afanes en las filas de sus hermanos de armas. Don
Rodrigo, atónito y turbado, apenas supo qué responder en un principio
a una declaración en la cual a un tiempo se cifraban la ruina de su
prosapia, el riesgo de una vida para él tan preciosa, y el sin fin de
males con que estaba amagando el porvenir a la institución. Cuando al
cabo de su gran agitación se recobró un poco, dijo a su sobrino con
voz sentida:
—¿Conque no sólo derramas el divino licor de la esperanza, sino que
quieres arrojar la copa al abismo? ¿No te basta el muro terrible que
te separa de ella, que aún quieres poner entre los dos otro mayor?
De la vida de un hombre, tan frágil en estos tiempos de discordias,
pende ahora tu fortuna: ¿cómo quieres atajarla con un tropiezo que
sólo le mueve la mano la muerte?
—Tío y señor—respondió el joven con amargura—, ¿y qué es la
esperanza? Ya sabéis que yo la recibí en mi corazón como un huésped
noble, hermoso y bienvenido, a quien festejé con todo mi poder y
cariño; pero el huésped me asesinó y puso fuego a mi casa; ¿qué ha
quedado en lugar suyo y de su dueño? ¡unas gotas de sangre y un
montón de cenizas!... ¡Frágil llamáis la vida de ese hombre! ¡la
frágil, deleznable y caduca es la nuestra, que no se ha desviado de
la senda estrecha del honor, mas no la suya, tejido de reprobación y
de iniquidad! ¡largos días le aguardan tal vez de poder y de ambición
en este miserable país!... ¡Muévale Dios contra el Temple, y ahora
que no soy más que un soldado suyo, nos encontraremos!
Don Rodrigo comprendió la mortal herida que el desengaño acababa
de abrir en el alma de su sobrino, y varió de rumbo tratando de
presentarle otra clase de obstáculos.
—Hijo mío—le dijo con aparente tranquilidad—, tu dolor es justo,
y natural tu determinación; pero no alcanza mi poder a coronarla.
Nuestra orden está citada a juicio; suspensos nuestros derechos y sin
facultades, por consiguiente, para admitirte en su seno.
Don Álvaro, con su claro ingenio, comprendió al punto los intentos de
su tío, y respondió resueltamente:
—Tío y señor: si tal es vuestro escrúpulo, y supuesto que el caso es
de todo punto nuevo, convocad capítulo y él resolverá. Por lo demás,
si el Temple me cierra sus puertas, me pasaré a la isla de Rodas
y me alistaré entre vuestros enemigos los caballeros de San Juan.
Pensad que mi resolución es invariable, y que todo el poder del mundo
conjurado contra ella no la haría retroceder ni un solo paso.
Don Rodrigo acabó de convencerse de la inutilidad de sus esfuerzos,
pero a pesar de ello juntó capítulo de los caballeros allí presentes
para significarles sus dudas. La respuesta le dió a conocer que
su negativa no haría sino irritar aquellos ánimos encendidos y
comprometer su autoridad, y así se propuso dar el hábito a su sobrino
en cuanto estuviese preparado debidamente para ello. Corrió la
noticia al punto por la bailía y los caballeros la recibieron con
alborozo extremado, considerando el poderoso brazo que se consagraba
a sostener su poder ya vacilante. Saldaña, que por motivos de
delicadeza y rigurosa justicia se había negado a aceptar la palabra
de don Álvaro, viéndole ahora persistir en su propósito, no cabía
en sí de gozo. Su alma sombría y ambiciosa, más y más exaltada con
los riesgos que cercaban a su religión, se regocijaba, no sólo por
los triunfos que le predecía la entrada de un campeón tan valeroso
como leal, sino porque en su pasión por aquel joven tan noble y
sin ventura, se había propuesto colocarle en un trono de gloria y
hacerle olvidar, si posible fuera, sus pasados sinsabores a fuerza
de triunfos, honores y respetos. Aunque es verdad que el deseo de
vengarse era uno de los más poderosos motivos que excitaban a don
Álvaro para su determinación, el comendador sabía muy bien que los
aplausos de la fama, las generosas emociones del valor y los trances
de los combates eran la única ilusión que no había abandonado aquel
pecho lastimado y desierto.
Algunos ritos que se observan en las modernas sociedades secretas,
sobre todo en la admisión de socios, se dicen derivados de los
templarios. Cualquiera que pueda ser su verdadero carácter y
procedencia, lo que no admite duda es que aquellos caballeros
practicaban algunas ceremonias cuyo sentido simbólico y misterioso
era hijo de una época más poética y entusiasta que la que en sus
postreras décadas alcanzaban. En el castillo de Ponferrada se
conservan todavía entallados encima de una puerta dos cuadrados
perfectos que se intersecan en ángulos absolutamente iguales, y
al lado derecho tienen una especie de sol con una estrella a la
izquierda. La existencia de tan extrañas figuras, de todo punto
desusadas en la heráldica, basta para probar que la opinión que en su
tiempo se tenía de sus prácticas misteriosas y tremendas no carecía
absolutamente de fundamento. Una entre todas era particularmente
chocante, a saber: las injurias que se hacían al crucifijo y cuya
significación no era otra sino la rehabilitación del pecador, a
partir de la impiedad y del crimen para subir por los escalones de
la purificación y del sacrificio a las santificadas regiones de la
gracia; rito fatal que, sin diferenciarse en la esencia de la _fiesta
de los locos_, y algunos otros usos de la antigua iglesia, fué causa
principal de la ruina del Temple, cuando su sentido místico se había
perdido ya entre las nieblas de una generación más sensual y grosera.
A explicar por lo tanto a su sobrino semejantes enigmas, vedados a
los ojos del vulgo, se encaminaron los esfuerzos del maestre en los
días que precedieron a su profesión.
Llegó por fin el momento en que aquel ilustre mancebo se despidiese
de un mundo que, si alguna vez esparció flores por su camino, fué
para trocárselas al punto en abrojos. Las profesiones en todas las
demás órdenes religiosas se hacían a la luz del sol y públicamente;
pero los templarios, sin duda para dar más solemnidad a la suya, la
hacían de noche y a puertas cerradas. Cuando ya la obscuridad se
derramó por la tierra, el comendador Saldaña y otro caballero muy
anciano vinieron a buscar a don Álvaro, que les aguardaba armado con
una riquísima armadura negra, con veros de oro, un casco adornado
de un hermoso penacho de plumas encarnadas, en la cinta una espada
y puñal con puño de pedrería y calzadas unas grandes espuelas de
oro. El que aspiraba a entrar en el Temple se ataviaba con todas
las galas del siglo para dejarlas al pie de los altares. Condujeron,
pues, a don Álvaro ambos caballeros a la hermosa capilla del
castillo, a cuya puerta se pararon un momento, llamando en seguida
con golpes mesurados y acompasados.
—¿Quién llama a la puerta del templo?—preguntó desde dentro una voz
hueca.
—El que viene poseído de celo hacia su gloria, de humildad y de
desengaño—respondió Saldaña como primer padrino.
Entonces abrieron las puertas de par en par y se presentó a su vista
la iglesia tendida de negro con un número muy escaso de blandones
de cera amarilla y verde, encendidos en el altar. En sus gradas
estaba el maestre sentado en una especie de trono rodeado de los
comendadores de la Orden, y más abajo, en una especie de semicírculo,
se extendían los caballeros profesos, únicos que a esta ceremonia se
admitían, y que envueltos en sus mantos blancos parecían otros tantos
fantasmas lúgubres y silenciosos. Don Álvaro, en cuya imaginación
ardiente y exaltada hacía gran impresión este aparato, atravesó
por medio de ellos acompañado de sus dos ancianos padrinos y fué a
arrodillarse ante las gradas del trono del maestre. Extendió éste su
cetro hacia él y le preguntó sus deseos. Don Álvaro respondió:
—Considerando que el Salvador dijo: «el que quiera ser de mi grey
tome su cruz y sígame», yo, aunque indigno y pecador, he aspirado a
tomar la del Templo de Salomón para seguirle.
—Grave es la carga para vuestros hombros jóvenes—respondió el maestre
con voz reposada y sonora.
—El Señor me dará fuerzas para llevarla, como me ha dado resolución y
valor para pedirla a pesar de mis culpas—respondió el neófito.
—¿Habéis pensado—repuso el maestre—que el mundo acaba en estos
umbrales silenciosos y austeros?
—Yo me he despojado a la puerta del hombre viejo para revestirme del
hombre nuevo.
—¿Hay alguno entre todos los hermanos presentes que pueda notar al
aspirante de alguna acción ruin por la que merezca ser degradado de
la dignidad de caballero?
Todos guardaron un silencio sepulcral. El comendador pidió entonces
que se comenzase el rito, y dos caballeros trajeron un crucifijo de
gran altura y toscamente labrado, pero de expresión muy dolorosa en
el semblante, y lo tendieron en el suelo. Don Álvaro, conforme a la
ceremonia, lo escupió y holló, y luego, alzándolo en el aire los dos
caballeros, le dirigió las sacrílegas palabras de los judíos:
—Si eres rey, ¿cómo no bajas de esa cruz?
Cubriéronlo al punto con un velo negro y lo retiraron, tras de lo
cual dijo el maestre:
—Tu crimen es negro como el infierno, y tu caída como la de los
ángeles rebeldes; pero tu Dios te perdonará, y tu sangre correrá en
desagravio de su tremenda cólera y justicia.
Arrodillóse entonces don Álvaro sobre un cojín de terciopelo negro
con flecos y borlas de oro, y desarrollando un gran pergamino que
tenía por cabeza la cruz del Temple en campo de oro, y a la luz de
una bujía con que alumbraba Saldaña, leyó su profesión concebida en
estos términos:
—Yo, don Salvador Yáñez, señor de Bembibre y de las montañas del
Boeza, prometo obediencia ciega al maestre de la orden del Templo de
Salomón y a todos los caballeros constituídos en dignidad: castidad
perpetua y pobreza absoluta. Prometo además guardar riguroso secreto
sobre todos los usos, ritos y costumbres de esta religión; procurar
su honra y crecimiento por todos los medios que no estén reñidos con
la ley de Dios, y sobre todo trabajar sin tregua en la conquista de
la Jerusalén terrena, escalón seguro y senda de luz para la Jerusalén
celestial. Prémieme Dios en proporción de mis obras, y vosotros como
delegados suyos.
Entonces los padrinos comenzaron a desarmarle y los circunstantes
a cantar el salmo _Nunc dimitis servum tuum, domine_, con voces
vigorosas y solemnes. Calzáronle espuelas de acero, y de acero
bruñido también fueron las grevas, peto, espaldar y manoplas con
que sustituyeron su armadura; por último le ciñeron una espada de
Damasco y le pusieron en la cinta un puñal buido de fino temple,
pero sin ningún género de adorno. Echáronle por fin el manto blanco
de la Orden y entonces le vendaron los ojos, en seguida de lo cual
se postró en el suelo, mientras la congregación cantaba los salmos
penitenciales con que los cristianos se despiden de sus muertos.
Acabóse por fin el cántico, cuyas últimas notas quedaron vibrando en
las bóvedas de la iglesia en medio del profundo silencio que reinaba
en sus ámbitos, y entonces sus padrinos acudieron a levantarle
y le destaparon los ojos, que al punto volvió a cerrar, porque
acostumbrados a las tinieblas, no pudieron sufrir la vivísima luz
que como una celeste aureola iluminaba aquel templo, momentos antes
tan adusto y sombrío. Las colgaduras negras estaban recogidas y
los altares todos resplandecían con infinitas antorchas; el aire
estaba embalsamado con delicado incienso que en vagos e inciertos
festones se perdía entre los arcos y columnas; y los caballeros todos
tenían en las manos velas blanquísimas de cera encendidas. En cuanto
descubrieron a don Álvaro, entonaron todos en voces regocijadas y
altísimas el salmo _Magnificat anima mea Dominum_, durante el cual,
conducido por sus padrinos, fué abrazando a todos sus hermanos y
recibiendo de ellos el ósculo de paz y fraternidad. Concluído este
acto aproximaron todos en orden sus sitiales al trono del maestre,
dejando en medio a don Álvaro, que de pie y con los brazos cruzados,
oyó la plática que el maestre o su inmediato dignatario solían
dirigir al profeso. En tiempos más dichosos versaba sobre las glorias
y prosperidad de la Orden, la consideración de que gozaba en toda la
cristiandad y, por último, sobre los deberes rigurosos y terribles
del nuevo caballero; pero entonces que la hora de la prueba había
llegado y aquel astro luminoso padecía tan terrible eclipse, las
palabras de don Rodrigo tuvieron aquel carácter religioso, profundo
y melancólico propio de todas aquellas catástrofes que pasman y
sobrecogen al mundo. Por último vino a recaer el razonamiento sobre
los serios y terribles deberes que el soldado de Dios se imponía al
entrar en aquella milicia, y entonces, levantándose de su trono,
alzando el cetro y enderezando su talla majestuosa, concluyó
diciendo con acento severo y grave:
—¡Pero si Dios te deja de su mano para permitir que faltes a tus
juramentos, tu vida se apagará al punto como estas candelas, y unas
tinieblas más densas todavía cercarán tu alma por toda una eternidad!
Al decir esto todos los caballeros mataron sus luces por un
movimiento unánime, y en el mismo instante bajaron los negros y
tupidos velos de los altares, dejando la iglesia en una obscuridad
pavorosa. Los caballeros entonces murmuraron en voz baja algunos
versículos del libro de Job sobre la brevedad de la vida y la vanidad
de las alegrías del crimen; y a la luz de los blandones fúnebres que
todavía ardían en el altar mayor, fueron dirigiéndose a la puerta en
lenta y solemne procesión. Allí se pararon de nuevo, y el maestre
se adelantó para rociar con agua bendita la cabeza de su sobrino,
como para lavarle y purificarle aun de las heces y vestigios de la
culpa, y desde allí todos se dispersaron encaminándose a sus cámaras
respectivas.
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A don Álvaro le dejaron también en la suya, y la luz del nuevo día,
que no tardó en teñir los celajes del Oriente, le encontró mudado
en otro hombre y ligado con votos que sólo al poder de la muerte
le parecía dable desatar. ¡Dichoso él si con su poder, su libertad
y sus dulces esperanzas hubiese podido poner de lado su antigua y
devoradora pasión! Pero sólo el tiempo y la ayuda del Todopoderoso
eran capaces de limpiar su corazón de sus amargas heces y borrar de
su memoria aquellas imágenes escritas con caracteres de fuego.
Por fin a su valor y energía se le presentaba el ancho campo de la
guerra y el noble empeño de defender una causa justa, pero ¿qué
consuelo podía buscarse en el mundo para doña Beatriz, que no tenía
más compañía que la soledad, la aflicción y la presencia de un padre
ya anciano, lleno de pesares y penetrado de un arrepentimiento
tardío? ¡Tristes contradicciones y debilidades las del pobre corazón
humano! La heredera de Arganza tenía por esposo un hombre joven
todavía, lleno de vigor y robustez; su salud por otra parte de día
en día se quebrantaba; el cielo y la tierra de consuno parecían
apartarla de su primer amor, que según todas las apariencias no podía
estar más perdido para ella, y sin embargo la nueva de aquellos
votos le causó profundísimo dolor. ¿Qué podía esperar? ¿Qué podían
descubrir sus ojos en el nebuloso horizonte del porvenir, sino
soledad y pesares sin término y sin cuento? ¡Extraño misterio! La
esperanza es una planta que brota en el corazón y que si no florece
cuando el dolor ha trocado su campo en arenal, todavía conserva su
tronco enhiesto como una columna fúnebre, y aun regado por la fuente
de las lágrimas, brota tal vez alguna hoja marchita y amarillenta.
Doña Beatriz se había visto separada de su amante por escaso arroyo;
su matrimonio desgraciado lo había convertido en río profundo y
caudaloso: ahora la profesión de don Álvaro acababa de trocarle
en mar inmenso, y la desventurada, sentada en la orilla, veía
desaparecer a lo lejos el bajel desarbolado y roto en que para no
volver se partían sus ilusiones más dulces.
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