CAPÍTULO XXII

Un natural menos ardiente, un alma menos impetuosa que la del

señor de Bembibre no hubiera adoptado probablemente tan temeraria

determinación como era la de entrar en el Temple, cuando cielo y

tierra parecían conjurados en su daño; pero el vacío insondable que

había dejado en su corazón el naufragio de su más dulce y lisonjera

esperanza, la necesidad de emplear en alguna empresa de crédito la

fogosidad y energía de su carácter y, más que todo, quizá el deseo

de venganza, fueron móviles bastante poderosos para allanar toda

clase de embarazos. La ocasión no podía brindarse más favorable,

porque el triste drama de aquella milicia, religiosa a un tiempo y

guerrera, tocaba ya a su desenlace. Todos los ánimos, sin embargo,

estaban suspensos y como colgados de aquel extraño acontecimiento,

porque la caballería del Temple contaba en España más elementos de

resistencia que en nación alguna, y los sucesos la encontraban, no

sólo aprestada, sino sañuda y encendida en deseo de venganza. Centro

y corazón de semejantes disposiciones era el rey don Dionisio de

Portugal, príncipe el más sabio y prudente que entonces había en

la Península, y que bien penetrado de la persecución injusta de

semejante religión, no sólo había mandado sus embajadores al Papa

para quejarse y protestar de los atropellos y desmanes cometidos,

sino que, resuelto a sostenerla en España y Portugal, se había

entendido para el caso con el maestre de Castilla y con el teniente

de Aragón, y concertado con ellos los medios de conservar ilesa su

existencia y, sobre todo, su opinión. Apoyados, pues, en el rey de

Portugal, seguros de su inocencia, seguros todavía más de su esfuerzo

y pundonor, y ansiosos los unos de venganza y los otros entregados

a quiméricos planes, bien podían tener en balanzas la suerte de la

España y hacer vacilar a los monarcas de Castilla y Aragón, antes

de comenzar la lucha. Sin embargo, las huestes por todas partes se

iban juntando, y de ambas partes parecían resueltos a poner este gran

duelo al trance de una batalla, justamente recelosos y desconfiados,

los unos para entregarse inermes y desvalidos en manos de sus

enemigos declarados, y apoyados los otros en las bulas del Papa y en

los peligros que podían sobrevenir al Estado conservando armados y

encastillados unos hombres de tan graves delitos acusados.

Don Rodrigo Yáñez, menos preocupado que sus hermanos, y convencido

íntimamente de que aquella venerable institución había caducado a

las destructoras manos del tiempo, no parecía dispuesto a resistir

las órdenes del sumo pontífice, ni menos recelaba sujetarse a la

jurisdicción y juicio de los prelados españoles, dechado entonces

de ciencia y evangélicas virtudes. De sentir enteramente opuesto

era el capítulo general de los caballeros, exacerbados con tantas

iniquidades y malos juicios como personas malintencionadas derramaban

en la plebe; y con los asesinatos jurídicos de Francia. Tanto,

pues, por no abandonar su familia de adopción y de gloria, como

por no producir con su oposición un cisma y desunión lastimosa que

diese en tierra con el poco prestigio que la milicia conservaba a

los ojos del vulgo, se conformó con la opinión general. Por otra

parte, sus demandas nada tenían de exorbitantes, pues no declinaban

la jurisdicción de la Santa Sede, y protestaban de no guardar sus

castillos y vasallos sino por vía de legítima defensa. Así, pues,

nada podía impedir al parecer un rompimiento terrible y desastroso en

que a nadie se podía dar la ventaja, porque si de un lado estaban el

número, la opinión y la fuerza de las cosas, militaban en el otro el

valor, el pundonor caballeresco, el agravio y la fuerza de voluntad

sobre todo, que triunfa de los obstáculos y señala su curso a los

sucesos.

Tal era el estado de cosas, cuando don Álvaro, con el corazón

traspasado y partido, salió para no volver de Arganza y de aquellos

sitios, dulces y halagüeños cuando Dios quería, tristes ya y poblados

de amargos recuerdos. Fiel a su promesa, encaminóse a Ponferrada

al punto, firmemente resuelto a no salir de sus murallas sino con

la cruz encarnada en el pecho. Antes de llegar concertó con el

comendador que se adelantase a prevenir a su tío de su ida, medida

muy prudente, sin duda, porque tales extremos de dolor había hecho

el anciano con la noticia de su muerte que la súbita alegría que

recibiese con su presencia pudiera muy bien comprometer su salud.

Tomó, por lo tanto, el comendador el camino que mejor le pareció,

y cuando por fin llegó a darle la nueva en toda su verdad, ya don

Álvaro cruzaba el puente levadizo. Como si la alegría le hubiese

descargado del peso de los años, bajó la escalera con la rapidez de

un mancebo, y al pie de ella encontró a su sobrino rodeado de muchos

caballeros que, con muestras de infinita satisfacción, le acogían

y saludaban. Abrazáronse allí, en medio de la emoción que a don

Álvaro causaba el encuentro de su tío, en momentos de tanta amargura

para él, y de la no menor que al anciano dominaba, no sabiendo cómo

agradecer a Dios este consuelo que en sus cansados días le enviaba.

Por fin, pasados los primeros transportes y satisfecha la curiosidad

de aquel respetable viejo sobre su prisión, sus penas y su libertad,

naturalmente, vinieron a caer en el desabrido arenal de lo presente,

a la manera que un aguilucho que antes de tiempo se arroja del nido

materno, después de un corto y alborozado vuelo, pára finalmente en

el fondo del precipicio. Don Álvaro le contó entonces la dolorosa

entrevista que acababa de tener; y el término que había resuelto

poner a sus afanes en las filas de sus hermanos de armas. Don

Rodrigo, atónito y turbado, apenas supo qué responder en un principio

a una declaración en la cual a un tiempo se cifraban la ruina de su

prosapia, el riesgo de una vida para él tan preciosa, y el sin fin de

males con que estaba amagando el porvenir a la institución. Cuando al

cabo de su gran agitación se recobró un poco, dijo a su sobrino con

voz sentida:

—¿Conque no sólo derramas el divino licor de la esperanza, sino que

quieres arrojar la copa al abismo? ¿No te basta el muro terrible que

te separa de ella, que aún quieres poner entre los dos otro mayor?

De la vida de un hombre, tan frágil en estos tiempos de discordias,

pende ahora tu fortuna: ¿cómo quieres atajarla con un tropiezo que

sólo le mueve la mano la muerte?

—Tío y señor—respondió el joven con amargura—, ¿y qué es la

esperanza? Ya sabéis que yo la recibí en mi corazón como un huésped

noble, hermoso y bienvenido, a quien festejé con todo mi poder y

cariño; pero el huésped me asesinó y puso fuego a mi casa; ¿qué ha

quedado en lugar suyo y de su dueño? ¡unas gotas de sangre y un

montón de cenizas!... ¡Frágil llamáis la vida de ese hombre! ¡la

frágil, deleznable y caduca es la nuestra, que no se ha desviado de

la senda estrecha del honor, mas no la suya, tejido de reprobación y

de iniquidad! ¡largos días le aguardan tal vez de poder y de ambición

en este miserable país!... ¡Muévale Dios contra el Temple, y ahora

que no soy más que un soldado suyo, nos encontraremos!

Don Rodrigo comprendió la mortal herida que el desengaño acababa

de abrir en el alma de su sobrino, y varió de rumbo tratando de

presentarle otra clase de obstáculos.

—Hijo mío—le dijo con aparente tranquilidad—, tu dolor es justo,

y natural tu determinación; pero no alcanza mi poder a coronarla.

Nuestra orden está citada a juicio; suspensos nuestros derechos y sin

facultades, por consiguiente, para admitirte en su seno.

Don Álvaro, con su claro ingenio, comprendió al punto los intentos de

su tío, y respondió resueltamente:

—Tío y señor: si tal es vuestro escrúpulo, y supuesto que el caso es

de todo punto nuevo, convocad capítulo y él resolverá. Por lo demás,

si el Temple me cierra sus puertas, me pasaré a la isla de Rodas

y me alistaré entre vuestros enemigos los caballeros de San Juan.

Pensad que mi resolución es invariable, y que todo el poder del mundo

conjurado contra ella no la haría retroceder ni un solo paso.

Don Rodrigo acabó de convencerse de la inutilidad de sus esfuerzos,

pero a pesar de ello juntó capítulo de los caballeros allí presentes

para significarles sus dudas. La respuesta le dió a conocer que

su negativa no haría sino irritar aquellos ánimos encendidos y

comprometer su autoridad, y así se propuso dar el hábito a su sobrino

en cuanto estuviese preparado debidamente para ello. Corrió la

noticia al punto por la bailía y los caballeros la recibieron con

alborozo extremado, considerando el poderoso brazo que se consagraba

a sostener su poder ya vacilante. Saldaña, que por motivos de

delicadeza y rigurosa justicia se había negado a aceptar la palabra

de don Álvaro, viéndole ahora persistir en su propósito, no cabía

en sí de gozo. Su alma sombría y ambiciosa, más y más exaltada con

los riesgos que cercaban a su religión, se regocijaba, no sólo por

los triunfos que le predecía la entrada de un campeón tan valeroso

como leal, sino porque en su pasión por aquel joven tan noble y

sin ventura, se había propuesto colocarle en un trono de gloria y

hacerle olvidar, si posible fuera, sus pasados sinsabores a fuerza

de triunfos, honores y respetos. Aunque es verdad que el deseo de

vengarse era uno de los más poderosos motivos que excitaban a don

Álvaro para su determinación, el comendador sabía muy bien que los

aplausos de la fama, las generosas emociones del valor y los trances

de los combates eran la única ilusión que no había abandonado aquel

pecho lastimado y desierto.

Algunos ritos que se observan en las modernas sociedades secretas,

sobre todo en la admisión de socios, se dicen derivados de los

templarios. Cualquiera que pueda ser su verdadero carácter y

procedencia, lo que no admite duda es que aquellos caballeros

practicaban algunas ceremonias cuyo sentido simbólico y misterioso

era hijo de una época más poética y entusiasta que la que en sus

postreras décadas alcanzaban. En el castillo de Ponferrada se

conservan todavía entallados encima de una puerta dos cuadrados

perfectos que se intersecan en ángulos absolutamente iguales, y

al lado derecho tienen una especie de sol con una estrella a la

izquierda. La existencia de tan extrañas figuras, de todo punto

desusadas en la heráldica, basta para probar que la opinión que en su

tiempo se tenía de sus prácticas misteriosas y tremendas no carecía

absolutamente de fundamento. Una entre todas era particularmente

chocante, a saber: las injurias que se hacían al crucifijo y cuya

significación no era otra sino la rehabilitación del pecador, a

partir de la impiedad y del crimen para subir por los escalones de

la purificación y del sacrificio a las santificadas regiones de la

gracia; rito fatal que, sin diferenciarse en la esencia de la _fiesta

de los locos_, y algunos otros usos de la antigua iglesia, fué causa

principal de la ruina del Temple, cuando su sentido místico se había

perdido ya entre las nieblas de una generación más sensual y grosera.

A explicar por lo tanto a su sobrino semejantes enigmas, vedados a

los ojos del vulgo, se encaminaron los esfuerzos del maestre en los

días que precedieron a su profesión.

Llegó por fin el momento en que aquel ilustre mancebo se despidiese

de un mundo que, si alguna vez esparció flores por su camino, fué

para trocárselas al punto en abrojos. Las profesiones en todas las

demás órdenes religiosas se hacían a la luz del sol y públicamente;

pero los templarios, sin duda para dar más solemnidad a la suya, la

hacían de noche y a puertas cerradas. Cuando ya la obscuridad se

derramó por la tierra, el comendador Saldaña y otro caballero muy

anciano vinieron a buscar a don Álvaro, que les aguardaba armado con

una riquísima armadura negra, con veros de oro, un casco adornado

de un hermoso penacho de plumas encarnadas, en la cinta una espada

y puñal con puño de pedrería y calzadas unas grandes espuelas de

oro. El que aspiraba a entrar en el Temple se ataviaba con todas

las galas del siglo para dejarlas al pie de los altares. Condujeron,

pues, a don Álvaro ambos caballeros a la hermosa capilla del

castillo, a cuya puerta se pararon un momento, llamando en seguida

con golpes mesurados y acompasados.

—¿Quién llama a la puerta del templo?—preguntó desde dentro una voz

hueca.

—El que viene poseído de celo hacia su gloria, de humildad y de

desengaño—respondió Saldaña como primer padrino.

Entonces abrieron las puertas de par en par y se presentó a su vista

la iglesia tendida de negro con un número muy escaso de blandones

de cera amarilla y verde, encendidos en el altar. En sus gradas

estaba el maestre sentado en una especie de trono rodeado de los

comendadores de la Orden, y más abajo, en una especie de semicírculo,

se extendían los caballeros profesos, únicos que a esta ceremonia se

admitían, y que envueltos en sus mantos blancos parecían otros tantos

fantasmas lúgubres y silenciosos. Don Álvaro, en cuya imaginación

ardiente y exaltada hacía gran impresión este aparato, atravesó

por medio de ellos acompañado de sus dos ancianos padrinos y fué a

arrodillarse ante las gradas del trono del maestre. Extendió éste su

cetro hacia él y le preguntó sus deseos. Don Álvaro respondió:

—Considerando que el Salvador dijo: «el que quiera ser de mi grey

tome su cruz y sígame», yo, aunque indigno y pecador, he aspirado a

tomar la del Templo de Salomón para seguirle.

—Grave es la carga para vuestros hombros jóvenes—respondió el maestre

con voz reposada y sonora.

—El Señor me dará fuerzas para llevarla, como me ha dado resolución y

valor para pedirla a pesar de mis culpas—respondió el neófito.

—¿Habéis pensado—repuso el maestre—que el mundo acaba en estos

umbrales silenciosos y austeros?

—Yo me he despojado a la puerta del hombre viejo para revestirme del

hombre nuevo.

—¿Hay alguno entre todos los hermanos presentes que pueda notar al

aspirante de alguna acción ruin por la que merezca ser degradado de

la dignidad de caballero?

Todos guardaron un silencio sepulcral. El comendador pidió entonces

que se comenzase el rito, y dos caballeros trajeron un crucifijo de

gran altura y toscamente labrado, pero de expresión muy dolorosa en

el semblante, y lo tendieron en el suelo. Don Álvaro, conforme a la

ceremonia, lo escupió y holló, y luego, alzándolo en el aire los dos

caballeros, le dirigió las sacrílegas palabras de los judíos:

—Si eres rey, ¿cómo no bajas de esa cruz?

Cubriéronlo al punto con un velo negro y lo retiraron, tras de lo

cual dijo el maestre:

—Tu crimen es negro como el infierno, y tu caída como la de los

ángeles rebeldes; pero tu Dios te perdonará, y tu sangre correrá en

desagravio de su tremenda cólera y justicia.

Arrodillóse entonces don Álvaro sobre un cojín de terciopelo negro

con flecos y borlas de oro, y desarrollando un gran pergamino que

tenía por cabeza la cruz del Temple en campo de oro, y a la luz de

una bujía con que alumbraba Saldaña, leyó su profesión concebida en

estos términos:

—Yo, don Salvador Yáñez, señor de Bembibre y de las montañas del

Boeza, prometo obediencia ciega al maestre de la orden del Templo de

Salomón y a todos los caballeros constituídos en dignidad: castidad

perpetua y pobreza absoluta. Prometo además guardar riguroso secreto

sobre todos los usos, ritos y costumbres de esta religión; procurar

su honra y crecimiento por todos los medios que no estén reñidos con

la ley de Dios, y sobre todo trabajar sin tregua en la conquista de

la Jerusalén terrena, escalón seguro y senda de luz para la Jerusalén

celestial. Prémieme Dios en proporción de mis obras, y vosotros como

delegados suyos.

Entonces los padrinos comenzaron a desarmarle y los circunstantes

a cantar el salmo _Nunc dimitis servum tuum, domine_, con voces

vigorosas y solemnes. Calzáronle espuelas de acero, y de acero

bruñido también fueron las grevas, peto, espaldar y manoplas con

que sustituyeron su armadura; por último le ciñeron una espada de

Damasco y le pusieron en la cinta un puñal buido de fino temple,

pero sin ningún género de adorno. Echáronle por fin el manto blanco

de la Orden y entonces le vendaron los ojos, en seguida de lo cual

se postró en el suelo, mientras la congregación cantaba los salmos

penitenciales con que los cristianos se despiden de sus muertos.

Acabóse por fin el cántico, cuyas últimas notas quedaron vibrando en

las bóvedas de la iglesia en medio del profundo silencio que reinaba

en sus ámbitos, y entonces sus padrinos acudieron a levantarle

y le destaparon los ojos, que al punto volvió a cerrar, porque

acostumbrados a las tinieblas, no pudieron sufrir la vivísima luz

que como una celeste aureola iluminaba aquel templo, momentos antes

tan adusto y sombrío. Las colgaduras negras estaban recogidas y

los altares todos resplandecían con infinitas antorchas; el aire

estaba embalsamado con delicado incienso que en vagos e inciertos

festones se perdía entre los arcos y columnas; y los caballeros todos

tenían en las manos velas blanquísimas de cera encendidas. En cuanto

descubrieron a don Álvaro, entonaron todos en voces regocijadas y

altísimas el salmo _Magnificat anima mea Dominum_, durante el cual,

conducido por sus padrinos, fué abrazando a todos sus hermanos y

recibiendo de ellos el ósculo de paz y fraternidad. Concluído este

acto aproximaron todos en orden sus sitiales al trono del maestre,

dejando en medio a don Álvaro, que de pie y con los brazos cruzados,

oyó la plática que el maestre o su inmediato dignatario solían

dirigir al profeso. En tiempos más dichosos versaba sobre las glorias

y prosperidad de la Orden, la consideración de que gozaba en toda la

cristiandad y, por último, sobre los deberes rigurosos y terribles

del nuevo caballero; pero entonces que la hora de la prueba había

llegado y aquel astro luminoso padecía tan terrible eclipse, las

palabras de don Rodrigo tuvieron aquel carácter religioso, profundo

y melancólico propio de todas aquellas catástrofes que pasman y

sobrecogen al mundo. Por último vino a recaer el razonamiento sobre

los serios y terribles deberes que el soldado de Dios se imponía al

entrar en aquella milicia, y entonces, levantándose de su trono,

alzando el cetro y enderezando su talla majestuosa, concluyó

diciendo con acento severo y grave:

—¡Pero si Dios te deja de su mano para permitir que faltes a tus

juramentos, tu vida se apagará al punto como estas candelas, y unas

tinieblas más densas todavía cercarán tu alma por toda una eternidad!

Al decir esto todos los caballeros mataron sus luces por un

movimiento unánime, y en el mismo instante bajaron los negros y

tupidos velos de los altares, dejando la iglesia en una obscuridad

pavorosa. Los caballeros entonces murmuraron en voz baja algunos

versículos del libro de Job sobre la brevedad de la vida y la vanidad

de las alegrías del crimen; y a la luz de los blandones fúnebres que

todavía ardían en el altar mayor, fueron dirigiéndose a la puerta en

lenta y solemne procesión. Allí se pararon de nuevo, y el maestre

se adelantó para rociar con agua bendita la cabeza de su sobrino,

como para lavarle y purificarle aun de las heces y vestigios de la

culpa, y desde allí todos se dispersaron encaminándose a sus cámaras

respectivas.

[Ilustración]

A don Álvaro le dejaron también en la suya, y la luz del nuevo día,

que no tardó en teñir los celajes del Oriente, le encontró mudado

en otro hombre y ligado con votos que sólo al poder de la muerte

le parecía dable desatar. ¡Dichoso él si con su poder, su libertad

y sus dulces esperanzas hubiese podido poner de lado su antigua y

devoradora pasión! Pero sólo el tiempo y la ayuda del Todopoderoso

eran capaces de limpiar su corazón de sus amargas heces y borrar de

su memoria aquellas imágenes escritas con caracteres de fuego.

Por fin a su valor y energía se le presentaba el ancho campo de la

guerra y el noble empeño de defender una causa justa, pero ¿qué

consuelo podía buscarse en el mundo para doña Beatriz, que no tenía

más compañía que la soledad, la aflicción y la presencia de un padre

ya anciano, lleno de pesares y penetrado de un arrepentimiento

tardío? ¡Tristes contradicciones y debilidades las del pobre corazón

humano! La heredera de Arganza tenía por esposo un hombre joven

todavía, lleno de vigor y robustez; su salud por otra parte de día

en día se quebrantaba; el cielo y la tierra de consuno parecían

apartarla de su primer amor, que según todas las apariencias no podía

estar más perdido para ella, y sin embargo la nueva de aquellos

votos le causó profundísimo dolor. ¿Qué podía esperar? ¿Qué podían

descubrir sus ojos en el nebuloso horizonte del porvenir, sino

soledad y pesares sin término y sin cuento? ¡Extraño misterio! La

esperanza es una planta que brota en el corazón y que si no florece

cuando el dolor ha trocado su campo en arenal, todavía conserva su

tronco enhiesto como una columna fúnebre, y aun regado por la fuente

de las lágrimas, brota tal vez alguna hoja marchita y amarillenta.

Doña Beatriz se había visto separada de su amante por escaso arroyo;

su matrimonio desgraciado lo había convertido en río profundo y

caudaloso: ahora la profesión de don Álvaro acababa de trocarle

en mar inmenso, y la desventurada, sentada en la orilla, veía

desaparecer a lo lejos el bajel desarbolado y roto en que para no

volver se partían sus ilusiones más dulces.

[Ilustración]

[Ilustración]

El señor de Bembibre · 第 24 / 52 题