Bien ajeno se hallaba por cierto el desdichado cautivo de que lejos
de Tordehumos y en los montes de su país había un hombre cuyo
leal corazón, desechando por un involuntario instinto la idea de
su muerte, sólo pensaba en descorrer el velo que semejante suceso
encubría, y para ello trabajaba sin cesar. Este hombre era el
comendador Saldaña, a quien una voz, sin duda venida del cielo,
inspiró desde luego varias dudas sobre la verdadera suerte de don
Álvaro. Parecíale, y con razón, extraño el empeño de don Juan Núñez
en guardar el cadáver; cuando ningún deudo tenía con el señor de
Bembibre, faltando en esto a la establecida práctica de entregar
los muertos a los amigos o parientes, sin dilatarles la honra de
la sepultura en los lugares de su postrer descanso. Por otra parte
las circunstancias que precedieron a la tragedia, tenían en sí un
viso de misterio que le hacía insistir en su idea, porque nunca pudo
tiznar a Lara con la sospecha de un asesinato deliberado y frío. Sin
embargo, como la fe y declaración que trajo Millán a todo mundo
habían convencido y satisfecho, y como sus barruntos más tenían
de presentimiento que de racional fundamento, apenas se atrevía a
comprometer la gravedad de sus años y consejo, dando a conocer un
género de pensamientos que sin duda todos calificarían de desvarío y
flaqueza senil.
Así y todo, semejante idea se arraigaba en él un día y otro; hasta
que cansado de luchar con ella aun durante el sueño, escribió una
carta al maestre en que le pedía licencia en tono resuelto para
partirse a Castilla y averiguar el paradero de su sobrino. El abad le
contestó manifestando gran extrañeza de su incertidumbre y negándole
el permiso que demandaba, porque no parecía cordura abandonar la
guarda de un puesto tan importante, por correr detrás de una quimera
impalpable. El implacable conde de Lemus juntaba ya gentes por la
parte de Valdeorres, y no era cosa de que faltase su brazo y su
experiencia en ocasión de tanto empeño como la que se preparaba.
La contradicción no hizo más que fortalecer su extraño juicio y
dar nuevo estímulo a sus deseos, cosa natural en los caracteres
vehementes como el de Saldaña, y cuyas fuerzas y arrojo crecen
siempre en proporción de los obstáculos. En la tregua que daban
al Temple el rey y los ricos hombres de Castilla empeñados en la
demanda de Tordehumos, aconteció que se metieron dentro de sus
muros, como ya dejamos contado, don Pero Ponce y don Hernán Ruiz de
Saldaña. Ligaban a este caballero y al anciano comendador vínculos
muy estrechos de parentesco, y de consiguiente, ninguna más propicia
ocasión para apurar todos sus recelos e imaginaciones. Cabalmente por
aquellos días visitó el maestre el fuerte de Cornatel para enterarse
de sus aprestos y fortalezas, y tantos fueron entonces los ruegos y
encarecimientos, que al cabo hubo de darle una especie de mandado
para el campo del rey, y desde allí con un salvoconducto que le envió
su deudo, se introdujo en la plaza.
Portador de tan aciagas nuevas era, que más de una vez se le ocurrió
el deseo de hallar a don Álvaro en brazos del eterno sueño: tan
cierto estaba de la profunda herida que iba a abrir en su corazón
el malhadado fin de aquel amor, cuya índole a un tiempo pura y
volcánica, no desconocía el comendador. Combatido de semejantes
pensamientos, llegó a Tordehumos, donde fué acogido por su pariente
con cordialidad cariñosa, por don Juan y los demás caballeros con la
cortesía y respeto que les merecía, si no su hábito, su edad y su
valor tan conocido desde la guerra de la Palestina. Los templarios
excitaban sin duda grande odio y aversión; pero su denuedo, única
de sus primitivas virtudes de que no habían decaído, su poder, los
misterios mismos de su asociación, los escudaban de todo desmán y
menosprecio. El comendador pidió una plática secreta a don Juan
Núñez, con su pariente por testigo, si no tenía reparo en hacerle
partícipe de sus secretos. Otorgósela al punto, diciéndole que don
Hernando no sólo era su amigo, sino que la gran merced que acababa de
hacerle, exigía de él una obligación sin límites. Fuéronse los tres
entonces a una cámara más apartada, y allí, tomando asiento al lado
de una ventana, Saldaña dirigió su voz a Lara en estos términos:
—Siempre os tuve, don Juan de Lara, por uno de los más cumplidos
caballeros de Castilla, no sólo por vuestra alcurnia, sino por
vuestra hidalguía; siempre os he defendido contra vuestros enemigos,
viendo que no degenerabais de tan ilustre sangre.
—Excusad las alabanzas que no tengo merecidas—le dijo don Juan,
atajándole—, por más precio que las dé ver que salen de vuestra boca.
—Pocas han salido, en verdad, de ella—respondió Saldaña—; pero
sinceras todas como las que acabáis de oirme. ¡Cuál no ha debido ser
por lo mismo mi sorpresa, al veros servir de instrumento a inicuos
planes, deteniendo a don Álvaro en las entrañas de la tierra, cual si
le cubriera la losa del sepulcro!
Todo podía esperarlo Lara menos cargo tan súbito y severo: así fué
que, sin poderlo remediar, se turbó. Advirtiólo el comendador y
entonces ya se acabaron sus dudas y recelos, porque estaba seguro de
que don Juan soltaría a su prisionero no bien hubiese escuchado la
negra historia que iba a contarle. Recobróse, no obstante, Lara, y
respondió con rostro torcido:
—Por vida de mi padre, que si no os amparasen vuestras canas no me
agraviaríais de esa suerte. Si don Álvaro murió, culpa es de su
desdicha, que no de mi mala voluntad. Cuando se acabe este sitio,
yo os le entregaré a la puerta de su castillo, con todo el honor
correspondiente, si su tío el maestro os comisiona para recibirlo.
—¡Ah, don Juan Núñez!—repuso el comendador—¡y qué mal se os acomodan
esos postizos embustes, hijos de un discurso dañado y de todo punto
olvidado de las leyes del honor! Os lo repito: vos habéis servido de
escalón para los pies de un malvado, y por vos ha quedado atropellada
una principal señora. Por vos, Lara, que calzáis espuela de oro; por
vos que nacísteis obligado a proteger a todos los desvalidos; por vos
en fin, se ha perdido ya para siempre una doncella de las más nobles,
discretas y hermosas del reino de León.
Entonces contó viva y rápidamente los desposorios de doña Beatriz,
verdadero objeto de las maquinaciones del infante don Juan, que por
este camino llegaba a engrandecer un privado, en el cual contaba
asegurar cumplida ayuda para todos sus propósitos y esperanzas.
Saldaña, con aquel razonar inflexible y sólido que se funda en la
enseñanza de los años, y en el conocimiento del mundo, le puso de
manifiesto el deslucido papel a que la astuta y redomada perfidia del
infante y del conde le habían reducido para mejor asegurar el logro
de sus ruines intentos. Durante este razonamiento don Juan Núñez
iba manifestando la cólera y el resentimiento que poco a poco se
apoderaban de su corazón, hasta que por fin tan intensa y terrible se
hizo su expresión, que se le trabó la lengua durante un rato, agitado
por un temblor convulsivo y con los ojos vueltos en sangre. Tres
veces probó a levantarse de su taburete y otras tantas sus vacilantes
rodillas se negaron a sostenerle. El comendador, conociendo lo que
pasaba dentro de su alma, abrió una ventana para que respirase aire
más puro, y procuró dar salida a su coraje con palabras acomodadas
a su intento, hasta que por fin, pasado el primer arrebato de rabia,
rompió don Juan en quejas e imprecaciones contra el infante y el de
Lemus.
—¡A mí—decía rechinando los dientes y despidiendo relámpagos por
los ojos—, a mí tan traidora y perversa cábala! ¡A un Núñez de Lara
convertirle así en asesino de damas hermosas, mientras se empozan los
caballeros! ¡Ah, infante don Juan! ¡Ah, don Pedro de Castro, y cómo
habéis de lavar con vuestra sangre esta banda de bastardía con que
habéis cruzado el escudo de mis armas! Sí, sí, noble Saldaña, don
Álvaro está en mi poder; ¿pero cómo presentarme a su vista con el
feo borrón de mi conducta? ¡Cómo decirle: yo soy quien os ha robado
la dicha! ¡Ah, no importa; yo quiero confesarle mi crimen, quiero
presentarle mi cuello! ¡Pluguiera al cielo que semejante paso me
humillara, pues eso sería buena prueba de que no estaba mi conciencia
obscurecida y turbia! ¡Venid, venid!—dijo levantándose con tremenda
resolución—; en sus manos voy a poner mi castigo.
—No, don Juan—respondió el comendador, asiéndole del brazo—; vos
no conocéis la índole generosa, pero terrible y apasionada, de don
Álvaro, y a despecho de toda su hidalguía, tal vez os arranque la
vida.
—Arránquemela en buen hora—repuso Lara desconcertado y fuera de sí—si
no me ha de arrancar del corazón este arpón aguzado del remordimiento
y de la vergüenza. Vamos al punto a su calabozo.—Y diciendo y
haciendo, se llevó a los dos precipitadamente.
Estaba don Álvaro sentado tristemente en un sitial, fijos los ojos en
aquel rayo de luz que entraba por la reja, y entregado a reflexiones
amargas sobre el remoto término de su encierro, cuando en la guerra
con el Temple que tan inminente le había pintado don Juan; su tío y
aun la misma Beatriz pudieran haber menester su brazo. Oyó entonces
ruido de pasos muy presurosos en la escalera y el crujir de las
armas contra los escalones y paredes, cosa que no poco le maravilló,
acostumbrado al cauteloso andar de Lara, y al imperceptible tiento
del judío. Abrióse entonces la puerta con gran ímpetu, y entraron
tres caballeros, uno de los cuales exclamó al momento:
—¿Dónde estáis, don Álvaro, que con esta luz tan escasa apenas os veo?
¡Figúrense nuestros lectores cuánta sorpresa causaría al desgraciado
y noble preso semejante aparición! Si no le hubiera visto acompañado
de Lara, sin duda lo hubiera tenido por cosa de hechicería; pero
pasado aquel pasmo involuntario, se colgó de un brinco al cuello del
comendador, que por su parte le apretaba contra su pecho entre sus
nervudos brazos, como si fuese un hijo milagrosamente resucitado.
Enternecido Lara con aquella escena en que la alegría de don Álvaro
hacía tan doloroso contraste con la melancólica efusión de Saldaña,
procuró descargarse del terrible peso que le abrumaba y se apresuró a
decir a su cautivo:
—Don Álvaro, libre estáis desde ahora: ¡dichoso yo mil veces si mis
ojos se hubiesen abierto más a tiempo! Pero antes de ausentaros,
fuerza será que me perdonéis o que pierda la vida a los filos de
vuestro puñal, para lo cual aquí tenéis mi pecho descubierto. Sabe el
cielo, gallardo joven, que mi intento al guardaros tan rigurosamente
no era más que el que ya conocéis, pero mi necio candor y las
tramas de los perversos, junto con vuestro sino malhadado, os han
hecho perder a doña Beatriz. El comendador, que veis presente, ha
descorrido el velo y yo vengo a reparar, en cuanto alcance, mi culpa,
ya con mi vida, ya haciendo voto de desafiar al conde y al infante
don Juan en desagravio de mi afrenta.
Acerbo era el golpe que don Juan Núñez descargaba sobre don Álvaro,
así fué que perdió el color y estuvo para caer; pero recobrándose
prontamente, respondió con comedimiento:
—Señor don Juan: aunque tenía determinado demandaros cuenta de tan
injusto encierro, al cabo me soltáis cuando estoy en vuestras manos,
y vos más poderoso que nunca; acción sin duda muy digna de vos. En
cuanto a lo que de doña Beatriz os han contado, bien se echa de ver
que no la conocéis, pues de otra manera no daríais crédito a vulgares
habladurías. Cierto es que me tendrá por muerto, porque a estas
fechas ya la habrá entregado mi escudero las prendas que recibí de
su amor; pero me prometió aguardarme un año, y me aguardará. Por
lo demás, si queréis desengañaros, bien cerca tenéis quien ponga
la verdad en su punto, pues viene de aquel país. ¿No es verdad,
venerable Saldaña, que semejante nueva es absolutamente falsa?... ¿No
respondéis? Disipad, os suplico, las dudas de nuestro huésped, porque
las mías no darán que hacer a nadie.
—Doña Beatriz—respondió Saldaña—ha dado su mano al conde de Lemus, y
esta es la verdad.
—¡Mentís vos!—gritó don Álvaro con una voz sofocada por la cólera—:
¡no sé cómo no os arranco la lengua para escarmiento de impostores!
¿Sabéis a quién estáis ultrajando? Vos no sois digno de poner los
labios en la huella que deja su pie en la arena... ¿quién sois, quién
sois para vilipendiarla así?
—Don Álvaro—exclamó Lara interponiéndose—, ¿es este el pago que dais
a quien ha venido a quitarme la venda de los ojos y a arrancaros a
vos de las tinieblas de vuestra mazmorra?
[Ilustración]
—¡Ah, perdonad, perdonadme, noble don Gutierre!—repuso don Álvaro
con voz dulce y templada, llevando a sus labios la arrugada mano del
anciano—; pero ¿cómo conservar la calma y el respeto cuando oigo
en vuestros labios esas calumnias, hijas de algún pecho traidor y
fementido? ¿Asististeis vos a esos desposorios? ¿Lo visteis por
vuestros propios ojos?
—No—contestó Saldaña con acento antes apesarado que iracundo, porque
sin duda de la cólera y apasionado afecto de aquel desgraciado joven
esperaba cualquier arrebato—; no fuí yo testigo de ellos, pero todo
el país lo sabe y...
—Y todo el país miente—replicó don Álvaro sin dejarle concluir la
frase—. Decidme que dude del sol, de la naturaleza entera, de mi
corazón mismo, pero no empañéis con sospechas ni con el hálito de
mentirosos rumores aquel espejo de valor, de inocencia y de ternura.
Entonces se puso a pasear delante de los asombrados caballeros, que
no se atrevían a socavar más en su corazón para arrancar aquella
planta tan profundamente arraigada, diciendo en voz baja:
—¡Ah! ¿quién sabe si, cansada de persecuciones y sacrificios, le
habrá parecido muy enojoso el convento y sobrado largo el plazo de un
año que me concedió para aguardarme? Por otra parte, ¿cuándo me ha
mecido la buena suerte para esperar ahora su benéfico influjo?
Siguió así paseando un corto espacio, y murmurando palabras confusas,
hasta que volviéndose de repente a don Juan de Lara, le dijo con
acento alterado:
—¿No decíais que estaba libre hace un momento? ¡Venga, pues, un
caballo! ¡un caballo al punto!... ¡Antes morir que vivir en tan
espantosa agonía! ¿No hay quien me ayude a darme las hebillas de mi
coraza?
El comendador le ayudó a armarse con gran presteza, mientras don Juan
le respondía:
—Vuestro caballo mismo, a quien hice curar por saber la mucha estima
en que lo teníais, os está esperando en el patio, enjaezado; pero,
don Álvaro, pensad en lo que hace poco os he pedido. Tal vez he
podido haceros un daño gravísimo; pero si tuve noticia de la ruindad
y vileza de que entrambos somos víctimas, no me asista el perdón de
Dios en la hora del juicio.
—Don Juan—respondió él—, veo que vuestro corazón no está corrompido
ni sordo a la voz del honor; pero si vuestros temores son legítimos
y me precipitáis así en un abismo de dolores que jamás alcanzaréis a
sondear, algo más duro se os hará conseguir el perdón de Dios que el
mío, sinceramente otorgado en presencia de estos dos nobles testigos,
junto con mi gratitud por la hospitalidad que os he merecido.
Con esto subieron inmediatamente a la plaza de armas del castillo,
donde el gallardo _Almanzor_ soltó un largo y sonoro relincho en
cuanto conoció a su dueño. Subió éste sobre él después de despedirse
de todos los caballeros; y salió del castillo con el comendador y
sus hombres de armas, dejando en el pecho de Lara un disgusto que
sólo se podía igualar a la cólera que había despertado en él la negra
traición del conde y del infante. Por si algo pudiera valer, había
entregado al comendador la correspondencia de entrambos personajes,
en que su trama estaba de manifiesto, pero no consiguió por esto dar
treguas a su pesar.
Don Álvaro y su compañero pasaron fácilmente los atrincheramientos
de los sitiadores a favor del carácter de que iba revestido el
templario, y emprendieron con diligencia el camino del Bierzo. Dos
leguas llevarían andadas, cuando don Álvaro paró de repente su
caballo y dijo a Saldaña con voz profunda:
—Si fuese cierto...
Don Gutierre no pudo menos de menear tristemente la cabeza, y el
joven añadió con impaciencia:
—Bien está; pero no me interrumpáis ni me desesperéis cuando tan
cerca tenemos el desengaño. Oídme lo que quería deciros. Si fuese
cierto, no tardaré más en pedir el hábito del Temple que lo que tarde
en llegar a Ponferrada. Os doy mi palabra de caballero.
—No os la acepto—replicó Saldaña—, porque...
Don Álvaro le hizo una señal de impaciencia para que no se cansase en
balde, precepto que él guardó muy de grado por no irritarle más, y
así, sin hablar apenas más palabra, llegaron al término de su viaje,
no muy dichoso por cierto, según hemos visto ya.
[Ilustración]
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