Nuestros lectores nos perdonarán si les obligamos a deshacer un
poco de camino para que se enteren del modo con que se prepararon y
acontecieron los extraños sucesos a que acaban de asistir. Muévenos a
ello, no sólo el deseo de darles a conocer esta verdadera historia,
sino el justo desagravio de un caballero que, sin duda, les merecerá
mala opinión, y que, sin embargo, no estaba tan desnudo de todo buen
sentimiento como tal vez se figuran. Este caballero era don Juan
Núñez de Lara.
Quien quiera que vea su propensión a la rebelión y desasosiego, su
amistad con el infante don Juan, y su desagradecimiento a los favores
y mercedes del rey, fácilmente se inclinará a creer que semejantes
cualidades serían bastantes para sofocar cuantos buenos gérmenes
pudiesen abrigarse en su alma; sin embargo, no era así don Juan
Núñez; revoltoso, tenaz y desasosegado, no había faltado, a pesar
de todo, a las leyes sagradas del honor y de la caballería. Así fué
que cuando don Álvaro cayó en sus manos, ya vimos la cortesía con
que comenzó a tratarle y el agasajo con que fué recibido en su
castillo de Tordehumos; sobrevinieron a poco las pláticas con el
infante sobre las bulas de Bonifacio, a propósito del enjuiciamiento
de los templarios, y allí determinó el pérfido y antiguo maquinador
a don Juan Núñez a separar de una manera o de otra a don Álvaro de
la alianza de los caballeros, bien persuadidos ambos de que su causa
recibiría un doloroso golpe, especialmente en el Bierzo. Bien hubiera
querido el infante que el tósigo o el puñal le desembarazasen de tan
terrible enemigo; pero su ligera indicación encontró tal acogida,
que ya vimos a don Juan Núñez sacar la espada para dar la respuesta.
Por lo tanto, hubo de recoger velas con su astucia acostumbrada, y
aun así, lo único que alcanzó fué que diesen al señor de Bembibre
un narcótico con el cual pasase por muerto, y que entonces lo
aprisionasen estrecha y cautelosamente hasta que roto y vencido el
enemigo común pudiese volver a la luz un caballero tan valeroso y
afamado.
Buen cuidado tuvo el pérfido don Juan ocultarle la segunda parte
de su trama infernal, pues sobrado conocía que si Lara llegaba a
columbrar que se trataba de hacer violencia a una dama como doña
Beatriz, al momento mismo y sin ningún género de rescate, hubiera
soltado a don Álvaro para que con su espada cortase los hilos de tan
vil intriga. Así, pues, con el color del público bien se decidió don
Juan Núñez a una acción que tan amargos resultados debía producirle
más adelante; pero, sin embargo, no se resolvió del todo sin
intentar antes los medios de la persuasión, más por satisfacerse a
sí propio, que con la esperanza de coger fruto. El resultado de sus
esfuerzos fué el que vimos; y en la misma noche Ben Simuel preparó
un filtro con que todas las funciones vitales de don Álvaro se
paralizaron completamente. En tal estado entró por una puerta falsa,
y desgarrando los vendajes de don Álvaro y regando la cama con sangre
preparada al intento, facilitó la escena que ya presenciamos y que
tanto afligió al buen Millán, desasosegando también al principio
al mismo Lara con la tremenda semejanza de la muerte. Nada, pues,
más natural que su resistencia a soltar el supuesto cadáver que en
la noche después de sus exequias fué trasladado por don Juan y su
físico a un calabozo muy hondo que caía bajo uno de los torreones
angulares, el menos frecuentado del castillo. Allí le sujetaron
fuertemente y le dejaron solo para que al recobrar el uso de sus
sentidos no recibiese más impresiones que las que menos daño le
trajesen en medio de la debilidad producida por un tan largo
parasismo.
Don Álvaro volvió en sí muy lentamente, y tardó largo espacio
de tiempo en conocer el estado a que le habían reducido. Vió la
obscuridad que le rodeaba; pero pensó que sería de noche; pero luego
al hacer un movimiento, sintió los grillos y esposas que le sujetaban
pies y manos, y al punto cayó en la cuenta de su situación. Sin
embargo, con la ayuda de un rayo de luz que penetraba por un angosto
y altísimo respiradero abierto oblicuamente en la pared, vió que su
cama era muy rica y blanda, y algunos taburetes y sitiales que había
por allí esparcidos, contrastaban extrañamente con la desnudez de
las paredes y la lobreguez del sitio. Sus heridas estaban vendadas
con el mayor cuidado, y en un poyo cerca de la cama había preparada
una copa de plata con una bebida aromática. La estrechez a que lo
reducían, junto con unas atenciones tan prolijas, era una especie de
contradicción propia para desconcertar una imaginación más entera y
reposada que la suya.
Entonces un ruido de pasos que se sentía cerca y que parecían bajar
una empinada escalera de caracol vino a sacarle de sus desvaríos.
Abrieron una cerradura, descorrieron dos o tres cerrojos, y por
fin entraron por la puerta dos personas, en quienes, a pesar de su
debilidad, reconoció al instante a Lara y al rabino, su físico. Traía
el primero en la mano una lámpara y un manojo de llaves; y el segundo
una salvilla con bebidas, refrescos y algunas conservas. Don Juan
entonces se acercó al prisionero con visible empacho y le dijo:
—Don Álvaro, sin duda os maravillará cuanto por vos está pasando;
pero la salud de Castilla lo exige así y no me ha sido dable obrar
de otra manera. Sin embargo, una sola palabra vuestra os volverá la
libertad: renunciad a la alianza del Temple y sois dueño de vuestra
persona. De otra suerte, no saldréis de aquí, porque sabed que
estáis muerto para todo el mundo, menos para Ben Simuel y para mí.
Como don Álvaro había perdido la memoria del día anterior a causa de
su debilidad, no dejó de recibir sorpresa al ver entrar a Lara y a su
físico; pero entonces todo lo percibió de una sola ojeada y con aquel
sacudimiento recobró parte de su energía y fortaleza. Así, pues,
respondió a don Juan:
—No es este el modo de tratar a los caballeros como yo, que en todo
son vuestros iguales, menos en la ventura, y mucho menos el de
arrancarme un consentimiento que me deshonraría. De todo ello, don
Juan Núñez, me daréis cuenta a pie o a caballo, en cuanto mi prisión
se acabe.
—En eso no hay que dudar—respondió Lara con sosiego—; pero mientras
tanto quisiera proceder como quien soy con vos y haceros más
llevaderos los males de esta prisión, que sólo la fuerza de las
circunstancias me obliga a imponeros. Dadme, pues, vuestra palabra de
caballero de que no intentaréis salir de este encierro, mientras yo
no os diere libertad o mientras a viva fuerza o por capitulación mía,
no tomasen este castillo.
Don Álvaro se quedó pensativo un rato, al cabo del cual respondió:
—Os la doy.
Lara entonces le soltó grillos y esposas y además le entregó las
llaves del calabozo diciéndole:
—En caso de asalto, tal vez no podría yo librar vuestra vida de los
horrores del incendio y del pillaje: por eso pongo vuestra seguridad
en vuestras manos. Por lo demás, quisiera saber si algo necesitais,
para complaceros al punto.
Don Álvaro le dió las gracias, repitiendo, no obstante, su reto.
A la visita siguiente, Lara trajo sus armas al preso, diciéndole que
el cerco se iba estrechando, y que si llegaban a dar el asalto, allí
le dejaba con qué defenderse de los desmanes enemigos. Esta nueva
prueba de confianza dejó muy obligado a don Álvaro, que por otra
parte se veía regalado y agasajado de mil modos, restablecido ya de
sus heridas.
Cuando se obligó a no intentar su evasión por ningún camino, hízole
titubear un poco la memoria de doña Beatriz que a tantos peligros y
maquinaciones dejaba expuesta; pero la fe ciega que en ella tenía
depositada disipó todos sus recelos. En cuanto a la ayuda que pudiera
proporcionar a su tío el maestre y a sus caballeros, la tenía él
en su modestia por de poco valer, y como por otra parte los había
dejado dueños de su castillo, no le afligía tanto por este lado el
verse aherrojado de aquella suerte. Últimamente, como don Juan había
incluído en las condiciones su única esperanza racional, que era la
de que el rey echase de Tordehumos a su castellano de grado o por
fuerza, no encontró reparo en ligarse de tan solemne manera.
Comoquiera, por más que tuviese a menos la queja y se desdeñase de
pedir merced, no por eso dejaba de suspirar en el hondo de su pecho
por los collados del Boeza y las cordilleras de Noceda, donde tan
a menudo solía fatigar al colmilludo jabalí, al terrible oso y al
corzo volador. Acostumbrado al aire puro de sus nativas praderas y
montañas, inclinado por índole natural a vagar sin objeto los días
enteros a la orilla de los precipicios, en los valles más escondidos
y en las cimas más enriscadas; a ver salir el sol, asomar la luna
y amortiguarse con el alba las estrellas, el aire de la prisión se
le hacía insoportable y fétido, y su juventud se marchitaba como
una planta roída por un gusano oculto. Por la noche veía correr en
sueños todos los ríos frescos y murmuradores de su pintoresco país,
coronados de fresnos, chopos y mimbreras que se mecían graciosamente
al soplo de los vientos apacibles, y allá a lo lejos, una mujer
vestida de blanco, unas veces radiante como un meteoro, pálida y
triste otras como el crepúsculo de un día lluvioso, cruzaba por entre
las arboledas que rodeaban un solitario monasterio. Aquella mujer,
joven y hermosa siempre, tenía la semejanza y el suave contorno
de doña Beatriz; pero nunca acertaba a distinguir claramente sus
facciones. Entonces solía arrojarse de la cama para seguirla, y al
tropezar con las paredes de su calabozo, todas sus apariciones de
gloria se trocaban en la amarga realidad que le cercaba.
Con semejante lucha que su altivez le obligaba a ocultar y que
por lo mismo se hacía cada vez más penosa, su semblante había ya
perdido el vivo colorido de la salud, y Ben Simuel, que conocía
la insuficiencia de toda su habilidad para curar esta clase de
dolencias, sólo se limitaba a consejos y proverbios sacados de la
Escritura, que no dejaban de hacer impresión en el ánimo de don
Álvaro, naturalmente dado a la contemplación. Don Juan Núñez no
parecía sino que empeñado mal su grado en tan odiosa demanda, quería
borrar su conducta a fuerza de atenciones y de obsequios, tales, por
lo menos, como eran compatibles con tan violento estado de cosas.
Continuaba el sitio, entre tanto, con bastante apremio de los
sitiados, pues el rey no pensaba en cejar de su empeño hasta reducir
a su rebelde vasallo. A no pocos señores, deudos y aliados de Lara,
pesábales de tanto tesón, y en los demás, el miedo de ver crecer la
autoridad real a costa de sus fueros y regalías, entibiaba de todo
punto la voluntad; pero, de todos modos, nadie, hasta entonces, había
desamparado los reales.
Un día, poco antes de amanecer, despertaron a don Álvaro el galope
y relincho de los caballos, el clamoreo de trompetas y atambores,
la gritería de la guarnición y de la gente de afuera, el crujir de
las cadenas de los puentes levadizos, los pasos y carreras de los
hombres de armas y ballesteros, y, finalmente, un tumulto grandísimo
dentro y fuera del castillo. Por último, las voces y la confusión
y estruendo, se oyeron en los patios interiores de la fortaleza, y
don Álvaro, que creyendo trabado el combate, iba ya echar mano a sus
armas, se mantuvo a raya, no poco sorprendido de no oir el martilleo
de las armas, los lamentos e imprecaciones del combate y aquella
clase de desorden temeroso y terrible que nunca deja de introducirse
en un puesto ganado por asalto. Las voces, por el contrario, parecían
ser de concordia y alegría, y al poco rato ya no se oyó más que
aquel sordo murmullo que nunca deja desprenderse de un gran gentío.
De todo esto, coligió don Álvaro que, sin duda, don Juan había
hecho con el rey algún concierto honroso, y que sus huestes habían
entrado amigablemente y de paz en la fortaleza. Causóle gran alegría
semejante idea, y con viva impaciencia, se puso a aguardar la visita
de cualquiera de sus dos alcaides, paseándose por su calabozo
apresuradamente. Poco tardó en satisfacerse su anhelo, porque en
cuanto fué de día claro, entró don Juan Núñez en la prisión con el
rostro radiante de júbilo y orgullo, y el continente de un hombre que
triunfa de las dificultades a fuerza de perseverancia y arrojo.
—No, no es el linaje de los Laras el que sucumbirá delante de un rey
de Castilla; no está ya en su mano apretarme en Tordehumos, ni aun
parar delante de sus murallas dentro de algún tiempo. Ahora aprenderá
a su costa ese rey mozo y mal aconsejado a no despreciar sus ricos
hombres, que valen tanto como él.
Estas fueron las primeras palabras que se vertieron de la plenitud de
aquel corazón soberbio, y que al punto dieron en tierra con los vanos
pensamientos y esperanzas de don Álvaro. Lara, vuelto en sí de aquel
arrebato de gozo, y viendo nublarse la frente de su prisionero, se
arrepintió de su ligereza y le dió mil excusas delicadas y corteses
de haberle anunciado de aquella manera una nueva que, naturalmente,
debía contristarle.
Rogóle entonces don Álvaro que le contase el fundamento de su
orgullosa alegría, que era el haberse pasado a sus banderas don Pero
Ponce de León y don Hernán Ruiz de Saldaña, no menos solicitados de
la amistad que tenían con él asentada, que enojados de lo largo del
sitio y de la pertinacia del rey. Con esta deserción quedaba tan
enflaquecido el ejército real y tan pujante don Juan Núñez, que por
fuerza tendría que avenirse el monarca al rigor de las circunstancias
y aceptar las condiciones de su afortunado vasallo. Don Juan contó
también a su prisionero la mala voluntad y encono que en toda España
se iba concitando contra los templarios, y que sólo esperaba el rey
a salir de aquella empresa para despojarles de todas sus haciendas y
castillos, que todavía no habían querido entregar.
—¿Y es posible—exclamó por último—que un caballero como vos se aparte
así de sus hermanos, sólo por defender una causa de todos desahuciada?
—Ya os lo dije otra vez—respondió don Álvaro con enojo—; el mundo
entero no me apartará del sendero del honor; pero vos, os lo repito,
encontraréis tal vez algún día en la punta de mi lanza el premio de
esta prisión inicua e injusta que me hacéis sufrir.
—Si muero a vuestras manos—contestó Lara con templanza—no me
deshonrará muerte semejante; pero por extraña que os parezca mi
conducta, harto más negra se mostraría a mis ojos si no atara
ese brazo que tanto había de sostener esa causa de indignidad y
reprobación.
Diciendo esto cerró la puerta y desapareció. ¿Estaba realmente
convencido de la culpabilidad de los templarios, o no eran sus
palabras sino el fruto de la ambición y de la política? Ambas
cosas se disputaban el dominio de su entendimiento, pues aunque su
ambición era grande y su educación no le permitía acoger las groseras
creencias del vulgo, al cabo tampoco sabía elevarse sobre el nivel de
una época ignorante y grosera, que acogía las calumnias levantadas al
Temple con tanta mayor facilidad cuanto más torpes y monstruosas se
presentaban.
Puede decirse que entonces fué cuando, deshecha su última esperanza,
empezó don Álvaro a sentir todos los rigores de su prisión. El
conflicto en que según todas las apariencias iba a verse don
Rodrigo su tío, espoleaba los ardientes deseos que de acudir en su
socorro siempre tuvo, y últimamente llegó a pensar con cuidado en
las asechanzas que durante su incomunicación absoluta con el mundo
de afuera, pudieran armarse a doña Beatriz. En su mano estaban las
llaves de su prisión: colgadas en la pared su armadura y espada; pero
harto más le custodiaban y aprisionaban que con todos los cerrojos y
guardianes del mundo. Sin embargo, más de una vez maldijo la ligereza
con que había empeñado su fe, pues a no ser por ella, aun sujeto y
aherrojado, tal vez hubiera podido hacer en provecho de su libertad
lo que ahora ni siquiera de lejos se ocurría a su alma pura y
caballerosa. Con tantas contrariedades y sinsabores, sus fuerzas cada
vez iban a menos, en términos que Ben Simuel llegó a concebir serios
temores, caso que aquella reclusión se dilatase por algún tiempo.
[Ilustración]
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