Como presumirán nuestros lectores, el necio apuro del caballerizo era
la causa de este desagradable accidente, pues en cuanto se despidió
de los forasteros echó a correr a la casa, esparciendo una alarma
que ninguna clase de fundamento tenía. Por casualidad el conde y su
suegro, a quienes no se esperaba aquel día, habían dado la vuelta
impensadamente, y encontrando sus gentes un poco azoradas y en
disposición de acudir al soñado riesgo de su señora, se encaminaron
allá con ellos, un poco recelosos por su parte, pues la guerra
implacable y poco generosa que hacían a los templarios en la opinión
y los preparativos de todo género en que no cesaban un punto, les
daban a temer cualquier venganza o represalias.
Cuando don Álvaro y el comendador sintieron ya cerca el tropel, como
de común acuerdo se calaron la celada, y como dos estatuas de bronce
aguardaron la llegada. El primero que asomó su ancha carota y su
cuerpo de costal fué el buen Mendo, que muy pagado de su papel, no
quería ceder a nadie la delantera. Venía todo sofocado y sin aliento
y sudando por cada pelo una gota.
—¡Martina! ¡Martina!—dijo en cuanto llegó—, y el ama, ¿qué han hecho
de ella?...
La muchacha le señaló a doña Beatriz con el dedo, y le dijo en voz
baja con cólera:
—¡Desgraciado y necio de ti!, ¿qué es lo que has hecho?
En tanto llegaron todos, y mientras don Alonso y su yerno se
encaraban con los forasteros, sus criados se fueron extendiendo en
corro alrededor de ellos, contenidos y enfrenados por su actitud
imponente y reposada. Adelantóse el conde entonces con su altanera
cortesía, y dirigiéndose al de las armas negras le dijo:
—¿Me perdonaréis, caballero, que os pregunte el motivo de tan extraña
visita y os ruegue que me descubráis vuestro nombre y semblante?
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—Soy—respondió él levantando la visera—don Álvaro Yáñez, señor de
Bembibre, y venía a reclamar de doña Beatriz Ossorio el cumplimiento
de una palabra ya hace algún tiempo empeñada.
—¡Don Álvaro!—exclamaron a un tiempo los dos, aunque con distinto
acento y expresión, porque la exclamación del de Arganza revelaba
el candor y la sinceridad de su asombro, al paso que la del conde,
manifestaba a un tiempo despecho, asombro, vergüenza y humillación.
Había dado dos pasos atrás, y desconcertado y trémulo añadió:—¡Vos
aquí!
—¿Os sobrecoge mi venida?—contestó don Álvaro con sarcasmo—; no me
maravilla a fe: vos contábais con que la muerte o la vejez por lo
menos, me cogiese en el calabozo que me dispuso vuestra solicitud y
la de vuestro amigo el generoso infante don Juan, ¿no es verdad?
—¡Ah, don Juan Núñez!—murmuró el conde en voz baja, víctima todavía
de su sorpresa.
—¿Todavía os quejáis de él?—contestó don Álvaro con el mismo tono
irónico—. Ingrato sois, por vida mía, porque en los seis meses que ha
durado mi sepultura, me han dicho que habíais alcanzado el logro de
vuestros afanes y casádoos con doña Beatriz; de manera que, siendo
ya tan poderoso, y destruídos los templarios, casi podíais coronaros
por rey de Galicia. Sin embargo, si he llegado antes de tiempo y
en ello os doy pesar, me volveré a mi delicioso palacio hasta que
para salir me vaya orden vuestra. ¿Qué no haré yo por granjearme la
voluntad de un caballero tan cumplido, con los caídos tan generoso,
con los fuertes tan franco y tan leal?
Don Alonso y su hija, como si asistiesen a un espectáculo del otro
mundo, estaban escuchando, mudos y turbados, estas palabras con
que comenzaban a distinguir el cúmulo de horrores y perfidias que
formaban el nudo de aquel lamentable drama. Por fin, don Alonso,
dando treguas al tumulto de sensaciones que se levantaba en su pecho,
dijo al conde:
—¿Es cierto lo que cuenta don Álvaro? Porque no os habéis asustado
de verle, sino de verle aquí: ¿es cierto que yo, mi hija, y todos
nosotros somos juguetes de una trama infernal?
El conde, irritado ya con la ironía de don Álvaro, sintió renacer su
orgullo y altanería, viéndose de esta suerte interrogado:
—De mis acciones, a nadie tengo que responder en este mundo—contestó
con ceño el señor de Arganza—. En cuanto a vos, señor de Bembibre,
declaro que mentís como villano y mal nacido que sois. ¿Quién sale
garante de vuestras mal urdidas calumnias?
—En este sitio, yo—respondió el comendador descubriendo su venerable
y arrugado rostro-; en Castilla, don Juan de Lara, y en todas partes
y delante de los tribunales del rey estos papeles—añadió mostrando
unos que se encerraban en una cartera.
—¡Ah, traidor!—exclamó el conde desenvainando la espada y yéndose
para don Álvaro—. Aquí mismo voy a lavar mi afrenta con tu sangre.
Defiéndete.
—Deteneos, conde—le replicó don Alonso metiéndose por medio—, estos
caballeros están en mi casa y bajo el fuero de la hospitalidad.
Además no es ésta injuria que se lave con un reto obscuro, sino que
debéis pedir campo al rey en presencia de todos los ricos hombres de
Castilla y limpiar vuestra honra, harto obscurecida por desgracia.
—Debéis pensar también—replicó gravemente don Álvaro—, que el
presente es caso de menos valer, y que habiendo descendido con
vuestro atentado a la clase de pechero, ni sois ya mi igual ni puedo
medirme con vos.
—Está bien—replicó el conde—; conozco vuestro ardid, pero eso no os
valdrá. ¡Ah, valerosos vasallos!—continuó volviéndose al grupo—,
atadme al punto a esos embaidores como rebeldes y traidores al rey
don Fernando de Castilla: señor de Bembibre, comendador Saldaña,
presos sois en nombre de su autoridad.
—Ninguno de los míos se mueva—repuso don Alonso—, o le mandaré
ahorcar del árbol más alto del soto.
Pero era el caso que, entre todos los circunstantes, sólo tres o
cuatro eran criados del señor de Arganza; los demás pertenecían a
la hueste del conde, y avezados a cumplir puntualmente toda clase
de órdenes, se preparaban a obedecer también la que ahora recibían.
Aunque no pasaban de una docena, parecían gente resuelta y estaban
medianamente armados, de manera que guiados y acaudillados por una
persona de valor como su señor, no era difícil que diesen en tierra
con dos solos caballeros, anciano el uno, y el otro, aunque joven,
escaso de fuerzas a juzgar por sus semblante. Estaban, además,
en medio de un coto cercado de paredes y a pie, con lo cual toda
huída parecía imposible, pero no por eso se mostraban dispuestos a
rendirse, sin emprender una vigorosa defensa. Don Alonso, viendo la
inutilidad de sus protestas, se había puesto al lado de los recién
venidos con ánimo, al parecer, de ayudarles; pero desarmado como
estaba, fácil hubiera sido a las gentes de su yerno apartarlo a viva
fuerza del lugar del combate.
Doña Beatriz, entonces, se levantó, y poniéndose por medio de los
encarnizados enemigos, dijo al conde con tranquila severidad:
—Esos caballeros son iguales a vos y ninguna autoridad podéis ejercer
sobre ellos. Además, las leyes de la caballería prohiben hacer uso de
la fuerza entre personas cuyos agravios tienen a Dios y a los hombres
por jueces. Sed noble y confesad que un arrebato de cólera os ha
sacado del camino de la cortesía.
—El rey ha mandado prender a todos los caballeros del Temple y a
cuantos les prestaren ayuda, y yo, a fuer de vasallo, sólo estoy
obligado a obedecerle.
—Como obedecisteis a su noble madre cuando el asunto de
Monforte—exclamó el templario con amargura.
—Además, señora—prosiguió el conde, como si no hubiese sentido el
tiro—, sin duda se os olvida que no estáis en vuestro lugar rogando
por vuestro amante, con quien os encuentro sola y en sitios desusados.
—No es a mí a quien deshonran esas sospechas—respondió ella con
dulzura—, porque sabe el cielo que ni con el pensamiento os he
ofendido, sino al pecho ruin que las da calor y origen. De todas
maneras, os perdono, sólo con que no hostiguéis a esos nobles
caballeros.
—No os dé pena de nosotros, generosa doña Beatriz—respondió el
comendador—; este debate se acabará sin sangre, y nosotros seremos
los dueños de ese ruin y mal caballero.
Al acabar estas palabras hizo una señal al paje o esclavo que le
acompañaba, y él, asiendo un cuerno de caza que a la espalda traía,
pendiente de una bordada bandolera, lo aplicó a los labios y sacó
de él tres puntos agudos y sonoros que retumbaron a lo lejos. Al
instante mismo y semejante a un cercano temblor de tierra, se oyó
el galope desbocado de varios caballos de guerra, y no tardó en
aparecer la guardia que vimos atravesar la ribera de Bembibre detrás
de nuestros caballeros. Habíanse quedado cubiertos con unos árboles
y setos cerca de la reja del cercado, con orden de impedir que la
cerrasen y de acudir a la primera señal. Mendo, en medio de su
priesa, no pensó en atajarles la entrada, y por consiguiente ninguno
de los circunstantes podía prever semejante suceso. Los hombres de
armas del Temple, superiores en número, harto mejor armados que sus
enemigos y montados, además, en arrogantes caballos, se mostraron a
los ojos de aquellas gentes, tan de súbito, que no se les figuró sino
que por una de las diabólicas artes que ejercían los caballeros, la
tierra los había vomitado y una legión de espíritus malignos venía
detrás de ellos en su ayuda. Dieron, pues, a correr por el bosque,
con desaforados gritos, invocando todos los santos de su devoción;
en cuanto al conde, no se movió, porque aunque el peligro que le
amenazaba era de los inminentes después del ruin comportamiento que
acababa de observar, su orgullo no pudo avenirse a la idea de la
fuga. Quedóse, por lo tanto, mirando con altanería a sus enemigos,
como si los papeles estuviesen trocados.
—Y ahora, don villano—le dijo Saldaña con ira—, ¿qué merced esperáis
de nosotros, si no es que con una cuerda bien recia os ahorquemos de
una escarpia del castillo de Ponferrada, para que aprendan los que os
asemejan a respetar las leyes de la caballería?
—Eso hubiera hecho yo con vosotros, de haberos tenido entre mis
manos—respondió él con frialdad—; no me quejaré de que me paguéis en
mi moneda.
—Vuestra moneda no pasa entre los nobles. Id en paz, que en algo nos
habemos de diferenciar—dijo don Álvaro—; pero tened entendido que si
como caballero y señor independiente no he aceptado vuestro reto,
me encontraréis en la demanda del Temple, porque desde mañana seré
templario.
Un relámpago de feroz alegría brilló en las siniestras facciones del
conde, que respondió:
—Allí nos encontraremos, y vive Dios que no os escaparéis de entre
mis garras como os escapáis ahora, y que los candados que os echaré
no se abrirán tan pronto como los de Tordehumos y su traidor
castellano.
Con estas palabras se alejó dirigiéndoles una mirada de despecho,
y sin encontrar con las de su suegro ni su esposa, que no fué poca
fortuna, porque, sin duda aquel alma vil se hubiera gozado en la
especie de estupor que le causó la terrible declaración de don Álvaro.
—¿Es un sueño lo que acabo de escuchar?—repuso la desdichada
mirándole con ojos extraviados y con el color de la muerte en las
mejillas—. ¿Vos? ¿Vos templario?
—¿Eso dudáis?—contestó él—. ¿No os lo había dicho vuestro corazón?
—¡Ah! ¿Y vuestra noble casa—repuso doña Beatriz—, y vuestro linaje
esclarecido, que en vos se extingue?
—¿Y no habéis visto extinguirse otras cosas aún más nobles, más
esclarecidas y más santas? ¿No habéis visto la estatua de la fe
volcada de su pedestal, apagarse las estrellas y caer despeñadas del
cielo, y quedarse el universo en medio de una noche profunda? Tal vez
vuestros ojos no hayan sido testigos de estas escenas; pero yo las he
presenciado con los de mi alma, y no los puedo apartar de ellas.
—¡Oh, sí!—replicó doña Beatriz—. Despreciadme, escarnecedme,
decid que os he engañado traidoramente, arrastradme por el suelo;
pero no toméis el hábito del Temple. ¿Sabéis vos las tragedias de
Francia? ¿Sabéis el odio que se ha encendido contra ellos en toda la
cristiandad?
—¿Qué queréis? Eso cabalmente me ha determinado a seguir su bandera.
¿Pensáis que soy yo de los que abandonan a los desgraciados?
—Está bien, heridme, heridme en el corazón con los filos de vuestras
palabras: yo no me defenderé; ¡pero sed hombre, luchad con vuestro
dolor y no estanquéis la sangre ilustre que corre por vuestras venas!
—Os cansáis en vano, señora; tengo empeñada mi palabra al comendador.
—Verdad es—repuso el anciano, conmovido—; pero recordad que yo no la
acepté, porque la disteis en un arrebato de dolor.
—Pues ahora la ratifico. ¿Qué poder tienen para apartarme de mi
propósito tan especiosos argumentos, ni qué interés puede tomarse en
mi destino la poderosa condesa de Lemus?
Doña Beatriz, abrumada por tan terribles golpes, no respondió ya
sino con sordos y ahogados gemidos. Don Álvaro, cuyo pecho lastimado
se movía al impulso de encontradas pasiones como el mar al soplo de
contrarios vientos, exclamó entonces fuera de sí, con la expresión
del dolor más profundo:
—¡Beatriz! ¡Beatriz! Justificaos, decidme que no me habéis vendido:
¡mi corazón me está gritando que no habéis menester mi perdón!
Corred ese velo que os presenta a mis ojos con las tintas de la
maldad y la bajeza.
Adelantóse entonces el señor de Arganza con continente grave y
dolorido, y preguntó a don Álvaro:
—¿No sabéis nada de las circunstancias que acompañaron las bodas de
mi hija?
—No, a fe de caballero—respondió él.
Don Alonso se volvió entonces a su hija y, mirándola con una mezcla
inexplicable de tristeza y de ternura, dijo a don Álvaro:
—Todo lo vais a saber.
—¡Oh, no, padre mío! Dejadle con sus juicios temerarios; tal vez se
curen con el cauterio del orgullo las llagas de su alma. ¡Pensad que
vais a hacerle más infeliz!
—¡El orgullo, doña Beatriz!—replicó el contristado caballero—. Mi
orgullo érais vos, y mi humillación vuestra caída.
—No, hija mía—repuso don Alonso—: bien me lo predijo el santo abad de
Carracedo; pero la venda no había caído hasta hoy de mis ojos. ¿Qué
importa que me cubras con el manto de tu piedad, si no has de acallar
por eso la voz de mi conciencia?
Entonces contó por menor a don Álvaro, y pintándose con negros
colores, todas las circunstancias del sacrificio de doña Beatriz y
las amenazas del abad de Carracedo, que tan tristemente comenzaban
a cumplirse aquel día. La conducta del anciano había sido realmente
culpable; pero el oro, la gloria y el poder del mundo juntos no le
hubieran movido a entregar su hija única en los brazos de un hombre
tan manchado. El noble proceder de la joven, su desinterés en cargar
con tan grave culpa como la que su amante le imputaba sólo para
que más fácilmente pudiera consolarse de la pérdida de su amor,
creyéndola indigna de él; aquella abnegación imponderable, decimos,
había acabado de desgarrar las entrañas del anciano, que terminó su
relación entre lamentos terribles y golpeándose el pecho. Quedáronse
todos en un profundo silencio, que duró un gran espacio, hasta que
don Álvaro dijo con un profundo suspiro:
—Razón teníais, doña Beatriz, en decir que semejante declaración
me haría más desdichado. Dos veces os he amado y dos os pierdo.
¡Dura es la prueba a que la providencia me sujeta! Sin embargo, el
cielo sabe cuán inefable es el consuelo que recibo en veros pura y
resplandeciente como el sol en mitad de su carrera. No nos volveremos
a ver, pero detrás de las murallas del Temple me acordaré de vos...
Doña Beatriz rompió otra vez en amargo llanto viéndole persistir tan
tenazmente en su resolución, y él añadió:
—No lloréis, porque mi intento se me logrará sin duda. Dicen que
amenaza a esta milicia inminente destrucción. No lo creo, pero si
así fuese, ¿cómo podréis extrañar que yo sepulte las ruinas de mi
esperanza bajo estas grandes y soberbias ruinas? Y luego, ¿no sois
vos harto más desgraciada que yo? Pensad en vuestros dolores, no
en los míos... Adiós, no os pido que me deis a besar vuestra mano,
porque es de otro dueño, pero vuestro recuerdo vivirá en mi memoria a
la manera de aquellas flores misteriosas que sólo abren sus cálices
por la noche sin dejar de ser por eso puras y fragantes. Adiós...
Don Alonso le hizo una señal con la mano para que acortase tan
dolorosa escena.
—Sí, sí; tenéis razón. Adiós para siempre, porque jamás ¡oh, jamás
volveremos a encontrarnos!
—Sí, sí—respondió ella con religiosa exaltación levantando los ojos y
las manos al cielo—; ¡allí nos reuniremos sin duda!
Al acabar estas palabras se arrojó en los brazos de su padre, y
don Álvaro, sin detenerse a más, montó de un brinco en su caballo
y metiéndole los acicates, desapareció como un relámpago, seguido
del comendador y su tropa. Cuando ya se desvaneció el ruido que
hacían, doña Beatriz se enjugó los ojos, y apartándose suavemente de
los brazos de su padre, se puso a mirar el semblante alterado del
anciano, que clavados los ojos en el suelo y pálido como la muerte,
parecía haber comprendido de una vez el horror de su obra. Conociólo
su generosa hija, y acercándose a él con semblante apacible y casi
risueño, le dijo:
—Vamos, señor, sosegaos. ¿Quién no ha pasado en el mundo penalidades
y trabajos? ¿No sabéis que es tierra de paso y campo de destierro?
El tiempo trae muchas cosas buenas consigo, y Dios nos ve sin cesar
desde su trono.
—¡Ojalá que no me viera a mí!—repuso el anciano meneando la cabeza—;
¡ojalá que ni sus ojos ni los míos penetrasen en las tinieblas de
mi conciencia! ¡Hija mía! ¡Hija de mi dolor! ¿Y soy yo el que te he
entregado a ti, ángel de luz, en los brazos de un malvado? Sí, tú
puedes estar serena, porque tu sacrificio te ensalzará a tus ojos
y te dará fuerzas para todo; pero yo, miserable de mí, ¿con qué me
consolaré? Yo, parricida de mi única hija, ¿cómo encontraré perdón en
el tribunal del Altísimo?
—¡Qué queréis!—le dijo doña Beatriz—: ¡vos buscabáis mi felicidad y
no la habéis encontrado; os engañaron como a mí!... ¡resignémonos con
nuestra suerte, porque Dios es quien nos la envía!
—No, hija mía; no te esfuerces en consolarme; pero tú no serás de
ese indigno; yo iré al rey, yo iré a Roma a pie con el bordón de
peregrino en la mano, yo me arrojaré a las plantas del pontífice y le
pediré que te vuelva tu libertad, que deshaga este nudo abominable...
—Guardáos bien de poner vuestra honra en lenguas del vulgo—repuso
doña Beatriz con seriedad—. Además, padre mío, ¿de qué me serviría ya
la libertad? ¿No habéis oído que pasado mañana será ya templario?
—¡Ese peso más sobre mi conciencia culpable!—exclamó el señor de
Arganza, tapándose la cara con ambas manos—, ¿también se perderá por
mí un caballero tan cumplido? ¡Ay, todas las aguas del Jordán no me
lavarían de mi culpa!
Doña Beatriz apuró en vano por un rato todos los recursos de su
ingenio y todo el tesoro de su ternura para distraer a su padre de
su pesar. Por fin, ya obscurecido, volvieron los dos a casa seguidos
de la pensativa Martina, que con las escenas de aquella tarde andaba
muy confusa y pesarosa. Al llegar se encontraron a varios criados
que venían en su busca; pues aunque el conde les había dicho que
los caballeros venían de paz y que su cólera había sido injusta,
añadiéndoles, además, que no perturbasen la plática de su amo, con
la tardanza comenzaban a impacientarse y no quisieron aguardar a más.
El conde, por su parte, deseoso de evitar las desagradables escenas
que no hubieran dejado de ocurrir con su suegro y su esposa, salió
precipitadamente para Galicia, dejando al tiempo y a su hipocresía el
cuidado de soldar aquella quiebra; determinación que, como presumirán
nuestros lectores, no dejó de servir de infinito descanso a padre y
a hija en la angustia suma que les cercaba. ¡Triste consuelo el que
consiste en la ausencia de aquellas personas que, debiendo sernos
caras por los lazos de la naturaleza, llegan a convertirse a nuestros
ojos, por un juego cruel del destino, en objeto de desvío y de odio!
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