Por tan extraños caminos el alma generosa y esforzada de doña Beatriz
vino a sucumbir bajo el peso de su misma abnegación y a sacrificar
el corto reposo que le brindaba el porvenir a una expiación soñada.
Con tan raro concierto y eslabonamiento de circunstancias, a cuál
más desdichadas, uno por uno se disiparon tantos sueños de ventura
como habían mecido su florida primavera, y al despertar se encontró
la esposa de un hombre cuya perversidad y vileza todavía estaban por
manifestarse en su infernal desnudez. Los días de su gloria habían
pasado y la corona se había caído de su cabeza; pero todavía le
quedaba un consuelo en medio de tantos males, y era la esperanza de
bajar temprano al sepulcro a reunirse con el verdadero esposo que
había elegido en su juventud, y cuyos recuerdos por dondequiera la
acompañaban, como la columna de fuego que guiaba a los israelitas
por el desierto en mitad de la noche. Nadie mejor que ella sabía
que las fuentes de la vida comenzaban a cegarse en su pecho con las
arenas de la soledad y del desconsuelo, y que aquel alma impetuosa
y ardiente, que sin cesar luchaba por romper su cárcel, acabaría, no
muy tarde, por levantar el vuelo desde ella. Sus noches, desde la
enfermedad de Villabuena, eran inquietas, y los sucesos posteriores
habían aumentado su ansiedad y desasosiego. La muerte de su madre
acababa de cerrar el círculo de soledad y desamparo en que empezaba
a verse aprisionada, y estremecida su complexión con tantos golpes
y trastornos, su respiración comenzaba a ser anhelosa; palpitaba a
veces con violencia su corazón y sólo un torrente de lágrimas podía
hacer cesar la opresión que sentía en aquellos momentos; otras
veces sentía correr un fuego abrasador por sus venas y latir con
violencia y por largo tiempo el pulso, exaltándose, al propio tiempo,
su imaginación o cayendo en una especie de estupor que duraba a
menudo muchas horas. Aquel cuerpo noble y bien formado, dechado de
tantas gracias y cifra de tantas perfecciones, hacía tiempo que iba
perdiendo la morbidez de sus formas y las alegres tintas de la salud.
Las facciones se adelgazaban insensiblemente; el color pálido de la
cara se hacía más notable por el subido carmín que coloreaba una
pequeña parte de las mejillas; los ojos aumentaban en aquella clase
de brillantez que pinta aun a los menos conocedores, que padecen el
cuerpo y el espíritu a un tiempo mismo; y a estas señales físicas
de un profundo padecimiento interior, se agregaba aquel paso rápido
de la exaltación en las ideas y sentimientos, al desaliento y la
melancolía, que indica tan claramente la unión íntima del cuerpo y
del espíritu.
El otoño había sucedido a las galas de la primavera y a las canículas
del verano, y tendía ya su manto de diversos colores por entre
las arboledas, montes y viñedos del Bierzo. Comenzaban a volar
las hojas de los árboles; las golondrinas se juntaban para buscar
otras regiones más templadas y las cigüeñas, describiendo círculos
alrededor de las torres en que habían hecho su nido, se preparaban
también para su viaje. El cielo estaba cubierto de nubes pardas y
delgadas, por medio de las cuales se abría paso de cuando en cuando
un rayo de sol, tibio y descolorido. Las primeras lluvias de la
estación que ya habían caído, amontonaban en el horizonte celajes
espesos y pesados, que adelgazados a veces por el viento y esparcidos
entre las grietas de los peñascos y por la cresta de las montañas,
figuraban otros tantos cendales y plumas abandonados por los genios
del aire en medio de su rápida carrera. Los ríos iban ya un poco
turbios e hinchados, los pajarillos volaban de un árbol a otro sin
soltar sus trinos armoniosos, y las ovejas corrían por las laderas
y por los prados recién despojados de su hierba, balando ronca y
tristemente. La naturaleza entera parecía despedirse del tiempo
alegre y prepararse para los largos y obscuros lutos del invierno.
Las tres de la tarde serían, cuando en uno de estos días dos
caballeros, armados de punta en blanco, descendían del puerto de
Manzanal y entraban en la ribera frondosa de Bembibre. Llevaban
calada entrambos la celada y sólo les seguía un escudero de facciones
atezadas y cabello ensortijado. El uno de ellos, que parecía el más
joven, llevaba una armadura negra, el escudo sin divisa y casco
negro, también coronado de un penacho muy hermoso del mismo color,
cuyas plumas tremolaban airosamente a merced del viento. Mucho debía
importarle que no le conociesen, cuando bajo semejante disfraz se
encubría. El otro, que por su cuerpo ligeramente encorvado y por
la menor soltura de sus movimientos parecía un poco más anciano,
era, sin duda, un templario, pues llevaba la cruz encarnada en el
manto blanco y en el escudo los dos caballeros montados en un mismo
caballo, que eran las armas de la Orden. A bastante distancia de
estos dos personajes caminaban como hasta quince o veinte hombres de
armas también con las divisas del Temple.
Era aquel día el que la Iglesia destina para la conmemoración de los
difuntos, y las campanas de todos los pueblos llamaban a vísperas
a sus moradores para orar por las almas de los suyos. Las mujeres
acudían a la iglesia cubiertas con sus mantillas de bayeta negra,
llevando cada una en su canasto de mimbres la acostumbrada ofrenda
del pan y las velas de cera amarilla. Los hombres, envueltos en
sendas y cumplidas capas, acudían también silenciosos y graves a la
religiosa ceremonia.
Como en el Bierzo está y estuvo siempre muy diseminada la población,
la proximidad de las aldeas hace que sus campanas se oigan
distintamente de unas a otras. La hora de la oración que sorprende
al cazador en algún pico elevado y solitario tiene un encanto y
solemnidad indefinible, porque los diversos sonidos, cercanos y vivos
los unos, confusos y apagados los otros, imperceptibles y vagos
los más remotos, derramándose por entre las sombras del crepúsculo
y por el silencio de los valles, recorren un diapasón infinito y
melancólico, y llenan el alma de emociones desconocidas.
Caminaban nuestros dos viajeros de día muy claro, y de consiguiente
carecía el paisaje y la música de las campanas de aquel misterio
que la proximidad de la noche comunica a toda clase de escenas y
sensaciones; pero, según el profundo silencio que guardaban, no
parecía sino que aquellos lentos y agudos tañidos, que semejantes
a una sinfonía fúnebre y general por la ruina del mundo, venían de
todos los collados, de las llanuras y de los precipicios, embargaban
profundamente su alma. ¿Quién sabe de dónde venían aquellos dos
forasteros y si eran nativos de aquella tierra? ¿Quién sabe si
aquellas voces de metal que ahora sólo hablaban de la muerte, habían
entonado un himno de alegría el día de su nacimiento, les habían
despertado en los días de fiesta con sus repiques y les traían
entonces al pensamiento mil pasadas historias y recuerdos? Tal vez
eran estas las ideas que en ellos se despertaban, pero no se las
comunicaban uno a otro, y callados y absortos en sus meditaciones,
caminaban a largo y tendido paso sin reparar en las miradas de
aquellos sencillos campesinos. Por fin doblaron la cuesta de Congosto
y siguieron el camino del Bierzo abajo.
Aquella misma tarde doña Beatriz, acompañada de todos sus criados
y vasallos del pueblo de Arganza, había acudido a las exequias
comunes de la gran familia de Cristo, y orado fervorosamente sobre la
sepultura apenas cerrada de aquella madre que tanto había querido,
y quería aún. También había rogado al Ser Supremo por el eterno
descanso de aquel que le adoraba con fe tan profunda y cuyos huesos
descansaban en tierra extraña lejos de los de sus padres y hermanos.
En aquel día de común tristeza se representaban como en un animado
panorama las cortas alegrías de su vida, las escenas de dolor que
las habían seguido, el sepulcro que había devorado silenciosamente
sus esperanzas terrenas, y la prisión de sus fatales lazos que sin
cesar elevaban sus pensamientos en alas de la religión hacia las
regiones de lo futuro. Con semejantes impresiones su corazón se
había oprimido más que de costumbre, y acabados los oficios, había
sentido la necesidad de respirar al aire libre, necesidad que por
su violencia probaba muy bien el trastorno que su constitución iba
sufriendo. Echó, pues, con su fiel Martina por una calle de árboles
de las muchas que cruzaban el soto y huertas de la antigua y noble
casa, y fatigada de su corto paseo, sentóse al pie de un nogal
frondoso y acopado, por cuyo pie corría un arroyuelo manso y limpio,
con sus orillas coronadas de trébol y hierbabuena. Allí, con el
codo en las rodillas y la mejilla apoyada en la mano, seguían sus
ojos aquellas diáfanas aguas con el aire abatido y desmayado que de
continuo solía seguir a sus accesos más vivos. La fiel y cariñosa
doncella, única tal vez que conocía a fondo los pesares de su señora
y concebía serios temores sobre el fin de aquella fatal melancolía,
se había apartado un poco, acostumbrada a respetar estos momentos de
distracción y abandono que en medio de la sorda e interna agitación
de doña Beatriz podían pasar por un verdadero descanso. La pobre
muchacha no había querido separarse de su ama en la hora de la
amargura, porque habiéndose criado en la casa, tenía por ella toda
la ternura de una hermana junto con el respeto y sumisión completa,
propios de su estado. Millán, establecido ya, y deseoso de coronar
con el matrimonio sus sinceros amores, siempre había encontrado
aplazamientos y dificultades, que si bien no eran muy de su gusto,
siempre encontraban, sin embargo, disculpa a sus ojos, porque se
hacía cargo de que si su amo viviese y hubiese menester su ayuda o
compañía, bien podían esperar todas las Martinas del mundo hasta el
día mismo del juicio. Sólo una cosa le afligía, y era ver que el
alegre y vivo natural de la aldeana se había trocado un poco con
tantos sustos y tristezas y que las rosas mismas de sus mejillas
habían perdido sus vivos matices. Comoquiera, todavía conservaba su
gracia y donaire, y sobre todo aquel excelente corazón con que de
todos se daba a querer.
—Por fin hoy—decía para sí contemplando a su ama—estará un poco más
a sus anchas la pobrecilla, porque el viejo y el otro pájaro andan
por las montañas en no sé qué manejos. Dios me perdone, ya es mi
amo y me ha regalado las arracadas y cadena que guardo en mi cofre,
y, sin embargo, ni con ésas me pasa de los dientes para adentro. Es
verdad que el que conoció a don Álvaro, por maldito que fuese su
genio en ocasiones, bien creerá que este señor, con todo su condado
y su fachenda, no le llega a la suela del zapato. Así me hubiera yo
casado con él, como volar. No sé qué mal espíritu le metió a nuestra
santa ama semejante terquedad en la cabeza en la hora de la muerte.
¡Dios la tenga en su gloria!; pero lo que es el amo, que no se moría
y tenía el uso cabal de sus sentidos y potencias, no sé yo qué bien
le salgan sus soberbias y fantasías. Bien oí yo lo que le dijo el
abad de Carracedo, que por cierto no ha vuelto a poner aquí los pies
desde entonces. En verdad, en verdad, que muchas veces he pensado en
aquellas palabras, y que cuando veo cómo pasa las noches en claro mi
señora y las congojas que le dan, no sé qué me da a mí también en el
corazón. ¡Válgame Dios: y tan contentos como hubiéramos podido estar
todos! No se lo demanden a quien tiene la culpa en el día del juicio.
Aquí llegaba la buena Martina en sus reflexiones, cuando sintiendo
pasos detrás de sí volvió la cabeza y vió la abultada persona de
Mendo que echando los bofes por andar de prisa, venía hacia ella con
toda la idea de una novedad muy grande pintada en su espacioso y
saludable semblante.
—¿Qué ocurre, Mendo?—preguntó la muchacha, que nunca desaprovechaba
la ocasión de dispararle alguna pulla—; ¿qué traéis con esa cara de
palomino asustado, que no parece sino que veis la mala visión de
siempre?
Esta alusión a la inquietud y comezón que le causaban las visitas
un poco frecuentes de Millán, no fué muy del agrado del buen
palafrenero, que de seguro hubiera respondido, si se le hubiera
ocurrido algo de pronto; pero como no era la prontitud del ingenio la
cualidad que más campaba en él; y como por otra parte el recado que
traía era urgente, se contentó con responder:
—En cuanto a la visión, puede que la espante yo haciéndole la señal
de la cruz en los lomos; pero no es ese el caso. Has de saber que al
meter yo el caballo Reduán por la reja del cercado, de repente se me
acercaron dos caballeros, el uno de esos nigrománticos de templarios
y el otro no, y preguntándome por doña Beatriz, dijeron que querían
hablarla dos palabras. Por cierto que el caballo del uno me parece
que le conozco.
—Más valía que conocieses al jinete: dime, ¿qué señas tiene?
—Ambos traen baja la visera, y el que no es templario, viene con
armas negras, que parece el mismo enemigo malo.
—¿Sabes, hombre, que me da en qué pensar la tal visita y no sé si
decírselo al ama?
—Decírselo, eso sí, porque yo tengo que volver con el recado, y
aunque ellos me lo dijeron con mucha aquella y buen modo, si no les
llevo la respuesta, Dios sabe lo que vendrá, porque ni uno ni otro me
han dado buena espina.
Doña Beatriz, que había oído las últimas palabras de la conversación,
les ahorró sus dudas y escrúpulos preguntándoles de qué se trataba, a
lo cual Mendo repuso, contestando palabra por palabra como a Martina.
—¡Un caballero del Temple!—dijo ella como hablando entre sí—. ¡Ah!,
tal vez querrán proponer a mi padre o al conde algún partido honroso
para la guerra que amenaza, y me elegirán a mí por medianera. Que
vengan al punto—dijo a Mendo—. ¡También la hora de la desgracia ha
llegado para esta noble Orden! ¡Quiera Dios que no sea el maestre!
—Pero, señora, ¿aquí en este sitio y sola los queréis recibir?
—Necio eres, Mendo—repuso doña Beatriz—; ¿qué temores puede causar a
una dama la presencia de dos caballeros? Anda y que no tengan motivo
para quejarse de nuestra cortesía.
—El diablo es esta nuestra ama—iba diciendo entre dientes el
caballerizo—: ¡ella no tiene miedo ni aunque sea a un vestiglo!
¡Cuidado con fiarse de los templarios, que son unos brujos declarados
y serán capaces de convertirla en rata! No, pues yo en cuanto les dé
el recado, por sí o por no, voy a avisar a la gente de casa por lo
que pueda suceder.
Los encubiertos caballeros, en cuanto recibieron el permiso, se
entraron a caballo en el cercado y se encaminaron por las señas que
les dió el palafrenero hacia donde quedaba su señora.—¡Pues!—dijo
éste poco satisfecho de semejante llaneza: ¡como si fuera por su casa
se meten! No, pues como se salgan un punto de lo regular, yo les
prometo que les pese de la burla.—Y diciendo esto se encaminó a la
casa.
Echaron pie a tierra los desconocidos poco antes de llegar a doña
Beatriz, y el caballero de las armas negras, con un paso no muy
seguro, se fué acercando a ella seguido del templario. La señora, con
ojos espantados y clavados en él, seguía con ademán atónito todos sus
movimientos, como colgada de un suceso extraordinario y sobrenatural.
Si el sepulcro rompiese alguna vez sus cadenas, sin duda creería que
la sombra de don Álvaro era lo que así se le aparecía. El caballero
se alzó lentamente la celada y dijo con una voz sepulcral:—¡Soy yo,
doña Beatriz!
Martina dió entonces un tremendo grito y cayó al suelo sin fuerzas,
cerrando los ojos por no ver el espectro de don Álvaro, pues por tal
le descubrían la palidez de sus facciones y su voz trémula y hueca.
Su ama, al contrario, aunque sujeta a la misma engañosa ilusión,
lejos de temer la imagen de su amante, se arrojó hacia ella con
los brazos abiertos, temiendo que entre ellos se le deshiciese y
exclamando con un acento que salía de lo más hondo del corazón:
—¡Ah! ¿eres tú, sombra querida, eres tú? ¿Quién te envía otra vez a
este valle de lágrimas y delitos que no te merecía? Mis ojos desde tu
muerte no han hecho más que seguir el rastro de luz que tu alma dejó
en los aires al encumbrarle al empíreo, no he abrigado más deseo sino
el de juntarme contigo.
—Tened, doña Beatriz—repuso el caballero (porque, como presumirán
nuestros lectores, menos preocupados que aquella desventurada mujer,
él mismo, y no su espíritu, era el que se aparecía) porque todavía no
sé si debo bendecir o maldecir este instante que nos reúne.
—¡Ah!—replicó doña Beatriz sin poner atención en lo que le decía, y
palpando sus manos y sus amados brazos—¿pero eres tú? ¿Pero estás
vivo?
—Vivo, sí—respondió él—, aunque bien puede decirse que acabo de salir
de la huesa.
—¡Justicia divina!—exclamó ella con el acento de la desesperación
cuando ya no le cupo ninguna duda—; ¡es él, el mismo! ¡Miserable de
mí! ¿qué es lo que he hecho?
Diciendo esto se retiró unos cuantos pasos hasta apoyarse en el
tronco de un árbol, retorciéndose los brazos.
Don Álvaro echó una ojeada al templario, que también había levantado
su visera, y no era otro sino el comendador Saldaña, el que parecía
pedirle perdón. En seguida se acercó a doña Beatriz y le dijo con un
acento al parecer respetuoso y sosegado, pero en realidad iracundo y
fiero:
—Señora, el comendador que veis ahí presente me ha asegurado que sois
la esposa del conde de Lemus, y aun cuando no ha mucho que le debí
la libertad y la vida, y sus años le aseguran el respeto de todos,
no sé en qué estuvo que no le arrancase la lengua con que me lo dijo
y el corazón por las espaldas. Voy viendo que no mintió; pero aún me
quedan tantas dudas que, si vos no me las desvanecéis, nunca llegaré
a creerlo.
—Cuanto os ha dicho es la pura verdad—respondió doña Beatriz—. Id con
Dios, y abreviad esta conversación, que sin duda será la postrera.
—La postrera será, sin duda alguna—repuso él con el mismo acento—;
pero fuerza será que me oigáis. ¿Que es verdad decís? Lo siento por
vos más que por mí, porque habéis caído de un modo lamentable y me
habéis engañado ruin y bajamente.
—¡Ah! No...—exclamó doña Beatriz juntando las manos—¡Nunca!...
—Escuchadme todavía—dijo don Álvaro interrumpiéndola, con un gesto
duro e imperioso—. Vos no sabéis todavía hasta dónde ha llegado el
amor que os he tenido. Yo no había conocido familia ni más padre que
mi buen tío, y vos lo érais todo para mí en la tierra, y en vos se
posaban todas mis esperanzas a la manera que las águilas cansadas de
volar se posan en las torres de los templos. ¡Ah! Templo y muy santo
era para mí vuestra alma, y cuando la dicha me abrió sus puertas,
procuré despojarme antes de entrar en él de todas las fragilidades y
pobrezas humanas. Con vos mi vida cambió enteramente: los arrebatos
de la imaginación, las ilusiones del deseo, los sueños de gloria, los
instintos del valor, todo tenía un blanco, porque todo iba a parar a
vos. Mis pensamientos se purificaban con vuestra memoria: en todas
partes veía vuestra imagen como un reflejo de la de Dios, procuraba
ennoblecerme a mis propios ojos para realzarme a los vuestros, y
os adoraba, en fin, como pudiera haber adorado un ángel caído que
pensase subir otra vez al cielo por la escala mística del amor.
Tenía por divina la fortuna de encontrar gracia en vuestros ojos,
e imaginándoos una criatura más perfecta que las de la tierra, sin
cesar trabajaba mi espíritu para asemejarme a vos. Saben los cielos,
sin embargo, que una sola sonrisa vuestra, la ventura de llegar mis
labios a vuestra mano eran galardón sobrado de todos mis afanes.
La voz varonil de don Álvaro, destemplada en un principio por la
cólera, a despecho de sus esfuerzos, se había ido enterneciendo poco
a poco, hasta que por último se asemejaba al arrullo de una tórtola.
Doña Beatriz, dominada desde el principio por una profunda emoción,
había estado con los ojos bajos, hasta que al fin, dos hilos copiosos
de lágrimas comenzaron a correr por su semblante, marchito ya, pero
siempre hermoso. Al escuchar las últimas palabras de don Álvaro se
redobló su pena, y dirigiéndole una tristísima mirada, le dijo con
voz interrumpida por los sollozos:
—¡Oh, sí, es verdad, hubiéramos sido demasiado felices! No cabía
tanta ventura en este angosto valle de lágrimas.
—Ni en vos cabía la sublimidad de que en mi ilusión os
adornaba—respondió el sentido caballero. ¿Os acordáis de la noche de
Carracedo?
—Sí me acuerdo—respondió ella.
—¿Os acordáis de vuestra promesa?
—Presente está a mi memoria, como si acabase de salir de mis labios.
—Pues bien, aquí me tenéis, que vengo a reclamar vuestra palabra,
porque aún no se ha pasado un año; y a pediros cuenta del amor que en
vos puse y de mi confianza sin límites. ¿Qué habéis hecho de vuestra
fe? ¿No me respondéis y bajáis los ojos? ¡Respondedme... ved que soy
yo quien os pregunta; ved que os lo mando en nombre de mis esperanzas
destruídas, de mi desdicha presente y de la soledad y la amargura que
habéis amontonado en mi porvenir!
—Todo está por demás entre nosotros,—replicó ella—. El comendador os
ha dicho la verdad: soy la esposa del conde de Lemus.
—Beatriz—exclamó el caballero—, por vos, por mí mismo, explicáos.
En esto hay algún misterio infernal sin duda alguna. ¡Mirad, yo
no quisiera despreciaros! yo quiero que os disculpéis, que os
justifiquéis; ya que os pierdo no quisiera maldecir vuestra memoria.
Decidme que os arrastraron al altar, decidme que os amedrentaron
con la muerte, que perturbaron vuestra razón con maquinaciones
infernales; decidme en fin, algo que os restituya la luz que veo en
vos obscurecida y que ha llenado mi pecho de hiel y de tinieblas.
Doña Beatriz volvía a su silencio, cuando Martina recobrada ya de su
susto y viendo que era el señor de Bembibre, no un espíritu sino en
cuerpo y alma el que tenía delante, no pudo menos de responder por su
ama:
—Sí, señor, sí que la violentó su madre, y del peor modo posible,
porque ella quiso desde luego irse al convento y esperaros allí,
aunque todos decían que estábais en el otro mundo, y en seguida
quedarse monja tan profesa como la abadesa su tía. Por más señas
que...
—Silencio, Martina—replicó su señora con energía—, y vos, don Álvaro,
nada creáis, porque he dispuesto de mi mano libre y voluntariamente
delante del abad de Carracedo, que me dió la bendición nupcial. Ya
veis, pues, que ninguna violencia pudo haber.
—¿Conque según eso, vos sola os habéis apartado del camino de la
verdad? Por vos lo siento, otra vez vuelvo a decíroslo, porque
envilecéis mi amor, que era la llama más pura de mi vida. ¡Quién me
dijera algún día que os había de tener por más vil y despreciable que
el polvo de los caminos!
—Don Álvaro—le interrumpió el templario—; ¿cómo os olvidáis así de
vos mismo y ultrajáis a una dama?
—Dejadle, noble anciano—repuso doña Beatriz—; razón tiene para
enojarse y aun para maldecir el día en que me vió por vez primera.
Don Álvaro—prosiguió dirigiéndose a él—, Dios juzgará en su día entre
los dos, porque él es el único que tiene la llave de mi pecho, y a
sus ojos no más están patentes sus arcanos. Sólo os ruego que me
perdonéis, porque mi vida sin duda será breve, y no quisiera morir
con el peso de vuestro odio encima de mi corazón. Adiós, pues; idos
pronto, porque vuestra vida y tal vez mi honra están peligrando en
este punto en que nos despedimos para siempre, y en que de nuevo os
ruego que me perdonéis, y os olvidéis de quien tan mal premio supo
dar a vuestra acendrada hidalguía.
Estas palabras, pronunciadas con tanta modestia y dulzura, pero en
que vibraba una entonación particular, parecían revelar a don Álvaro,
en medio de su pesadumbre y su cólera, el inmenso sacrificio que
aquella dulce y celestial criatura se imponía. El metal de su voz
tenía a un mismo tiempo algo de sonoro y desmayado, como si su música
fuese un eco del alma que en vano se esforzaban por repetir en toda
su pureza los órganos ya cansados. Don Álvaro notó también el estrago
que los sinsabores y los males habían hecho en aquel semblante,
modelo de gracia noble y a la par lozana y florida. Su ira y despecho
se trocó de nuevo en un enternecimiento involuntario, y acercándose
más a ella, con toda la efusión de su corazón, le dijo:
—Beatriz, por Dios santo, por cuanto pueda ser de algún precio para
vos en esta vida o en la otra, descifradme este lúgubre enigma, que
me oprime y embarga como un manto de hielo. Disipad mis dudas...
—¿Os parece—le contestó ella interrumpiéndole con el mismo tono
patético y grave—que hemos bebido poco del cáliz de aflicción, que
tan hidrópica sed os aqueja de nuevos pesares?
—¡Ay, señora de mi alma!—exclamó Martina acongojada—, ¿qué es lo que
veo por la calle grande de árboles? ¡Desdichadas de nosotras! ¡Es mi
señor y el conde y todos los criados de la casa! ¿Qué va a suceder,
Dios mío?
Doña Beatriz entonces pasó de su resignada calma a la más tremenda
agitación, y agarrando a don Álvaro por el brazo con una mano y
señalándole con la otra un sendero encubierto entre los árboles, le
decía, con los ojos desencajados y con una voz ronca y atropellada:
—¡Por aquí, por aquí, desventurado! Este sendero conduce a la reja
del cercado y llegaréis antes que ellos. ¡Oh, Dios mío!, ¿para esto
lo habéis traído otra vez delante de mis ojos?... Pero ¿qué hacéis?
¡Mirad que vienen!...
—Dejadlos que vengan—dijo don Álvaro, cuyos ojos al solo nombre del
conde habían brillado con singular expresión.
—¡Cielo santo!, ¿estáis en vos? ¿No veis que estáis solos y ellos son
muchos y vienen armados? ¡Oh, no os sonriáis desdeñosamente; yo soy
una pobre mujer que no sé lo que me digo! ¡Bien sé que vuestro valor
triunfará de todo; pero pensad en mi honra, que vais a arrastrar por
el suelo, y no me sacrifiquéis a vuestro orgullo! ¡Ah, por Dios,
noble comendador, lleváosle, lleváosle, porque le matarán y yo
quedaré mancillada!
—Sosegaos, señora—contestó el anciano—; la fuga nos deshonraría mucho
más a todos, y en cuanto a vuestra honra, nadie dudará de ella cuando
ponga por garante estas canas.
El ruido se oía ya más cerca, y las muchas voces y acalorada
conversación parecían indicar alguna resolución enérgica y decidida.
—Bien veis que ya es tarde—dijo entonces don Álvaro—; pero
sosegaos—añadió con sonrisa irónica—, que no es este el lugar y mucho
menos la ocasión de la sangre.
Doña Beatriz, viendo la inutilidad de sus esfuerzos, rendida y sin
ánimo, se había dejado caer al pie del nogal que sombreaba el arroyo.
[Ilustración]
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