Algunos meses se pasaron en este estado, hasta que una mañana al
volver de la capilla donde largo tiempo habían estado orando, declaró
doña Beatriz a su madre, con voz muy serena y entera, su voluntad de
tomar el velo de las esposas del Señor, en Villabuena.
—Ya veis, madre mía—le dijo—que no es esto una determinación tomada
en el arrebato de un justo dolor. Adrede he dejado pasar tantos
días, durante los cuales se ha arraigado más y más en mi alma esta
resolución, que por lo invariable parece venida de otro mundo mejor,
ajeno a las vicisitudes y miserias del nuestro. La soledad del
claustro es lo único que podrá responder a la profunda soledad que
rodea mi corazón, y la inmensidad del amor divino lo único que puede
llenar el vacío inconmensurable de mi alma.
Doña Blanca se quedó como herida de un rayo con una declaración que
nunca había previsto, aunque no era sino muy natural, y que así daba
en tierra con todas las esperanzas de su esposo y aun con las suyas
propias. No obstante, disipado en parte su asombro, tuvo fuerzas
bastantes para responder:
—Hija mía, los días de mi vida están contados, y no creo pienses en
privarme de tus cuidados, único bálsamo que los alarga. Después de
mi muerte tú consultarás con tu conciencia, y si tienes valor para
acabar así con tu linaje, dejar morir en la soledad a tu anciano
padre, el Señor te perdone y bendiga como te perdono y bendigo yo.
El alma de doña Beatriz, naturalmente generosa y desprendida, y a
fuer de tal tanto más inclinada al sacrificio cuanto más doloroso se
le presentaba, se conmovió profundamente con estas palabras, a un
mismo tiempo cariñosas y sentidas. No era fácil cambiar un propósito
en tantas razones fundado; pero la idea de los pesares de su madre,
que en ningún tiempo había tenido para ella sino consuelos y ternura,
socavaba los cimientos de su enérgica voluntad. Poco trabajo, de
consiguiente, costó a doña Blanca arrancarle la promesa de que
nunca durante su vida volvería a mentarle semejante resolución; no
atreviéndose a pedirle que desistiese de ella absolutamente, tanto
porque fiaba del tiempo y de sus esfuerzos sucesivos, cuanto porque
bien se le alcanzaban los miramientos y pulso que necesitaba el
carácter de su hija.
Comoquiera, a poco se había obligado ésta, porque tan tasados estaban
ciertamente los días de la enferma y postrada doña Blanca, que
inmediatamente cayó en cama, convertidas sus habituales dolencias en
una agudísima y ejecutiva. La edad, su complexión no muy robusta, la
pérdida de sus hijos y sobre todo la enfermedad y pesares de doña
Beatriz, junto con la incertidumbre fatal en que la tenía sumida su
anunciada vocación, habían concurrido a cortar los últimos hilos
de su vida. La joven, en el extravío de su dolor, no pudo menos
de atribuirse gran parte de la culpa de aquel desdichado suceso,
y por primera vez comenzó a atormentar su alma el torcedor del
remordimiento. Hasta el dolor de su padre parecía oprimirla con
su peso; cargos desacertados sin duda, pues el término de aquella
vida estaba irrevocablemente marcado, y sólo la exaltación de su
sensibilidad podía pintarle como reprensible una conducta tan
desinteresada y amante como la suya.
Doña Blanca, durante su enfermedad, no cesaba de dirigir a su hija
miradas muy significativas y penetrantes, y de estrechar su mano. No
parecía sino que, deseosa de declararle su pensamiento, se contenía
por no hacer más amarga la hora de la separación, de suyo tan amarga
y lastimosa. Por fin, llegando el mal a su extremidad, el abad de
Carracedo, que como amigo y confesor de la familia no se había
apartado de su cabecera, le administró todos los auxilios y consuelos
de la religión.
Con ellos pareció cobrar ánimos la enferma y salió por fin de la
noche en que todos creyeron recoger su postrer suspiro; pero su
ansiedad parecía mayor. El alba de un día lluvioso y triste comenzaba
ya a colorear los vidrios de colores de las ventanas, cuando doña
Blanca, asiendo la mano de su hija, le dijo con voz apagada:
—Hace muchos días que está pesando sobre mí una idea de la cual
podrías tu librarme, y darme una muerte descansada y dulce.
—¡Madre mía!—respondió con efusión doña Beatriz—, mi vida, mi alma
entera son vuestras. ¿Qué no haré yo porque lleguéis al trono del
eterno contenta de vuestra hija?
—Ya sabes—continuó la enferma—que nunca he querido violentar tus
inclinaciones... ¿cómo había de intentarlo en esta hora suprema, en
que la terrible eternidad me abre sus puertas? Tu voluntad es libre,
libre como la de los pájaros del aire; pero tú no sabes los recelos
que llevo al sepulcro sobre tu porvenir y sobre la suerte de nuestro
linaje...
—Acabad, señora—contestó doña Beatriz con dolorosa resignación—; que
a todo estoy dispuesta.
—Sí—respondió la madre—, pero de tu pleno y entero consentimiento...
Sin embargo, si el noble conde de Lemus no fuese ya tan desagradable
a tus ojos, si hubiese desarmado tu severidad como ha desarmado la
mía... El cielo sabe que mi fin sería muy sosegado y dichoso. Doña
Beatriz arrancó entonces un doloroso suspiro de lo íntimo de sus
entrañas y dijo: «¡Venga el conde ahora mismo, y le daré mi mano en
el instante, delante de vos!»
—¡No, no!—exclamaron a un tiempo, aunque con distintos acentos la
enferma y el abad de Carracedo que estaba sentado al otro lado de la
cama—. ¡Eso no puede ser!
Doña Beatriz sosegó a entrambos con un gesto lleno de dignidad y en
seguida replicó con calma y tranquilidad:—Así será porque tal es la
voluntad de mis padres, en todo acorde con la mía propia. ¿Dónde está
el conde?
Don Alonso hizo seña a un paje, que inmediatamente trajo al noble
huésped. El abad mientras tanto había estado hablando vivamente y con
enérgicos ademanes al señor de Arganza, y por los de éste se podía
venir en conocimiento de que se excusaba con el enardecido monje. El
conde de Lemus se llegó mesuradamente a la presencia de doña Beatriz
y de su madre.
—Una palabra, señor caballero—dijo la joven apartándole a un extremo
del aposento, donde habló con él un breve instante, al cabo del cual
el conde se inclinó profundamente puesta la mano en el pecho, como en
señal de asentimiento. Entonces volvieron delante del lecho de doña
Blanca, y la doncella, dirigiéndose al abad, le dijo:
—¿Qué dudáis, padre mío? Mi voluntad es invariable, y sólo nos falta
que pronunciéis las sagradas palabras.
El abad, oyendo esto, aunque con repugnancia y con el corazón
traspasado de amargura a vista de aquel tremendo sacrificio,
pronunció con voz ronca la fórmula del Sacramento, y ambos esposos
quedaron ligados con aquel tremendo vinculo que sólo desata la mano
de la muerte.
Tales fueron las bodas de doña Beatriz, en que sirvió de altar
un lecho mortuorio y de antorchas nupciales los blandones de los
sepulcros. Doña Blanca murió, por fin, aquella misma tarde; de manera
que las lágrimas, los lamentos y los cánticos funerales venían a ser
los himnos de regocijo de aquel día. ¡Raro y discordante contraste en
cualquier otra ocasión semejante, consonancia íntima y perfecta de
aquel desposorio cuyos frutos de amargura y desdicha debían de ser!
Doña Beatriz, en cuanto expiró su madre, se aferró a su cuerpo con
tan estrecho y convulsivo abrazo, que hubo necesidad de emplear
la fuerza para separarla de aquel sitio de dolor. El abad y don
Alonso se quedaron solos por un momento delante del cadáver, todavía
caliente.
—¡Pobre y angelical señora! Tu ciega solicitud y extremada ternura
han labrado la desdicha de tu hija única. ¡La paz sea sobre tus
restos! Pero vos—añadió volviéndose al señor de Arganza con el ademán
de un profeta—, vos habéis herido el árbol en la raíz, y sus ramas no
abrigarán vuestra casa, ni vos os sentaréis a su sombra, ni veréis
sus renuevos florecer y verdeguear en vuestros campos. La soledad os
cercará en la hora de la muerte, y los sueños que ahora os fascinan
serán vuestro más doloroso torcedor.
Diciendo esto se salió de la sala, dejando como aniquilado a don
Alonso, que cayó sobre un sitial, hasta que el de Lemus, echándole
de menos, vino a sacarle de su abatimiento. Llevóselo en seguida, y
dos o tres doncellas y un sacerdote entraron a velar el cadáver de
aquella cuya grandeza y riquezas cabían ya en la estrechez y miseria
del sepulcro.
[Ilustración]
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