CAPÍTULO XVI

Doña Beatriz, como dejamos dicho, volvió a la casa paterna en medio

del regocijo de los suyos, que tantas razones tenían para estimarla.

Su padre, como deseoso de borrar las pasadas violencias, o bien

convencido de que poco valían para sojuzgar un ánimo tan esforzado,

la trataba con la antigua bondad, sin mentarla siquiera sus proyectos

favoritos. El conde de Lemus, que frecuentemente era huésped de la

casa, penetrado sin duda de los mismos sentimientos, o por mejor

decir, convencido de que otro era el camino que llevaba al logro de

sus afanes, escaseaba sus visitas a doña Beatriz y había trocado

sus importunidades en un respeto profundo y en una deferencia

siempre cortés y delicada. La urbanidad de sus modales y la profunda

simulación de su carácter, acostumbrado a los más tortuosos caminos,

le ayudaron eficazmente en la difícil tarea de cambiar la opinión

que, acerca de su persona y sentimientos, había formado doña Blanca.

Doña Beatriz, sin embargo, nunca podía acallar la voz que repetía

en su memoria las frías y altaneras palabras de aquel hombre en el

locutorio de Villabuena. Harto bien lo conocía él, y por eso todos

sus conatos se dirigían a lavar esta mancha que, sin duda, le afeaba

a los ojos de la joven. Y por último, fuerza es confesarlo, a pesar

de la dureza y frialdad de aquel alma, el candor y la belleza de

doña Beatriz habían llegado a penetrar en ella por intervalos y con

un vislumbre nuevo y desconocido, que a veces suavizaba su natural

aspereza.

Como suele acontecer a personas arrastradas por una pasión, la señora

de Arganza se había sostenido con particular entereza, a pesar de sus

achaques, mientras duró la enfermedad y convalecencia de su hija. El

dolor y la alegría, sucesivamente, le habían dado fuerzas, y sólo

cuando ambos extremos fueron cediendo, la naturaleza recobró su curso

con todo el ímpetu consiguiente a tan larga comprensión. Así, pues,

cuando doña Beatriz volvió, no ya a su natural robustez, porque esto

no llegó a suceder, sino en sí, su madre comenzó a flaquear, y al

poco tiempo se postró enteramente al rigor de sus dolencias. De esta

suerte, el vivo rayo de contento que había iluminado aquella noble

familia, tardó poco en obscurecerse del todo, y de nuevo comenzaron

las torturas y congojas de la incertidumbre.

Tenían los males de doña Blanca intervalos frecuentes y lúcidos en

que su razón se despejaba; pero entonces una melancolía profunda se

derramaba en todos sus discursos y pensamientos. Su alma apasionada

y tierna, pero humilde y apacible, no había conocido más camino que

la resignación, ni más norte que la obediencia. Habíase inclinado

vivamente a don Álvaro mientras su voluntad había caminado de

acuerdo con la de su noble esposo, y aún le conservaba una afición

involuntaria a pesar de las desavenencias ocurridas; pero últimamente

la fuerza que toda su vida había preponderado en su espíritu, acabó

de ladearla hacia la voluntad manifiesta de su esposo. En un carácter

tímido y sosegado como el suyo, la idea de nuevas discordias entre

el padre y la hija era una especie de pesadilla que continuamente

la estaba oprimiendo. También en su juventud habían violentado su

inclinación, y al cabo, los cuidados domésticos, la conformidad

religiosa y el amor de sus hijos le habían proporcionado momentos de

reposo y aun de felicidad. ¿Quién puede adivinar lo que pasa en el

corazón, ni quién sería bastante audaz para asegurar que apagadas las

terribles llamaradas de la juventud, su hija no acabase por agradecer

la solicitud de su padre, consolándose como ella se había consolado

y regocijándose por último de dejar a sus descendientes un nombre

ilustre y las riquezas que siempre lo realzan? El mal concepto que

en un principio había formado del conde se había ido desvaneciendo,

gracias a la perseverancia, artificio y destreza de su conducta, y la

buena señora juzgaba que lo mismo debería acontecer a su hija.

Por desgracia, todos estos argumentos que tanto peso tenían en

una índole como la suya, nada tenían que ver con la elevación de

sentimientos y energía de resolución que distinguía a su hija. Doña

Beatriz jamás se hubiera contentado con obedecer a su esposo, porque

necesitaba respetarle y estimarle, y por otra parte, su condición

era de aquellas que nunca aciertan a transigir con la injusticia y

luchan sin tregua hasta el último momento. Los bienes de la tierra,

los incentivos de la vanidad nunca habían fascinado sus ojos; pero

estas disposiciones se habían fortificado en la soledad del claustro

y en medio de su atmósfera religiosa, donde todos los impulsos de

aquel alma generosa habían recibido un muy subido y frío temple. No

parecía sino que en el borde de la eternidad, al cual estuvo asomada,

su alma se había iniciado en los misterios de la nada que forma las

entrañas de las cosas terrenas, y se había adherido con más ahinco

a la pasión que la llenaba, fiel trasunto del amor celeste por su

pureza y sinceridad. Sin embargo, la mudanza de ideas y el nuevo giro

que al parecer tomaban los pensamientos de aquella madre tan cariñosa

y con tanto extremo querida, afectaban su corazón, no atreviéndose

a contradecirla en medio de sus padecimientos y no cabiendo en su

memoria por otra parte más imagen que la del ausente don Álvaro.

Este enemigo de nueva especie, con quien tenía que combatir, era

ciertamente harto más temible que los atropellos y desafueros

anteriormente empleados.

Tal era la situación de la familia de Arganza, cuando una tarde de

verano estaban sentadas entrambas señoras en la misma sala, y a la

misma ventana en que vimos por la primera vez a don Álvaro despedirse

de la señora de sus pensamientos. Doña Blanca parecía sumida en

la dolorosa distracción que experimentaba después de sus accesos,

recostada sin fuerzas en un gran sillón de brazos. Su hija acababa

de dejar y tenía a un lado el arpa con que había procurado divertir

sus pesares, y sus ojos se fijaban en aquel sol que iba a ponerse,

que había alumbrado la salida de don Álvaro de aquellos umbrales y

que todavía no había traído el día del consuelo. Sus pensamientos,

naturalmente, volaban a los tendidos llanos de Castilla en busca de

aquel joven digno de más benigno destino, cuando de repente el galope

de un caballo que pasaba por debajo de la ventana las sacó de sus

meditaciones. Doña Beatriz se asomó rápidamente a la ventana; pero

jinete y caballo doblaban la esquina en busca de la puerta principal,

y sólo pudo percibir un vislumbre que parecía traerle a la memoria

una figura conocida. Al punto las herraduras sonaron en el patio,

y las pisadas de un hombre armado se oyeron en la escalera, poco

distante del aposento. A poco rato entró Martina precipitada, y con

el semblante de un difunto, dijo como sin saber lo que decía:

—Señora, es Millán...

La misma palidez de la criada se difundió instantáneamente por las

facciones de su ama que, sin embargo, respondió:

—Ya sé lo que me trae, mi corazón me lo acaba de decir; que entre al

instante.—La doncella salió, y a poco rato entró Millán por la puerta

en que doña Beatriz tenía clavados los ojos, que parecían saltársele

de las órbitas. Doña Blanca, toda alarmada, se levantó, aunque con

mucho trabajo, y fué a ponerse al lado de su hija, y Martina se

quedó a la puerta enjugándose los ojos con una punta de su delantal,

mientras Millán se adelantaba con pasos inciertos y turbados hasta

ponerse delante de doña Beatriz. Allí quiso hablar, pero se le anudó

la voz en la garganta, y así alargó, sin decir una palabra, anillo

y trenza. Toda explicación era inútil, porque ambas prendas venían

manchadas de sangre. Martina, entonces, rompió en sollozos, y

Millán tardó poco en acompañarla. Doña Beatriz tenía fija la misma

mirada desencajada y terrible en el anillo y en la trenza, hasta que

por último, bajando los ojos y exhalando un suspiro histérico, dijo

con voz casi tranquila:

—Dios me lo dió, Dios me lo quitó; sea por siempre bendito.

Doña Blanca, entonces, se colgó del cuello de su hija y deshecha en

lágrimas le decía:

—No, hija querida, no manifiestes esa tranquilidad que me asusta más

que tu misma muerte. ¡Llora, llora en los brazos de tu madre! ¡Grande

es tu pérdida! ¡Mira, yo también lloro, porque yo también le amaba!

¡Ay, quién no amaba aquel alma divina encerrada en tan hermoso cuerpo!

—Sí, sí, tenéis razón—exclamó ella apartándola—; pero dejadme: ¿y

cómo murió, Millán? ¿Cómo murió, te digo?

—Murió desangrado en su cama, abandonado de todos, y aun de

mí—respondió el escudero con una voz apenas articulada.

Entonces fué cuando los miembros de doña Beatriz comenzaron a

temblar, con una convulsión dolorosa que, por último, la privó del

sentido. Largo rato tardó en volver en sí; pero los sacudimientos

de su naturaleza, ya quebrantada por la anterior enfermedad, fueron

menos violentos. Por fin, cuando volvió en sí, los muchos lamentos

que su madre empleaba adrede para excitar sus lágrimas, y sobre

todo los consuelos religiosos del abad de Carracedo, que acababa

de llegar, desataron el manantial de su llanto. Esta crisis, sin

embargo, no fué menos violenta que la otra, porque eran tales su

congoja y sus sollozos, que muchas veces creyeron que se ahogaba.

En este fatal estado pasó la noche entera y la mañana siguiente,

hasta que por la tarde se levantó por fin una voraz calentura. Como

quiera, a los pocos días sintió mejoría y pudo ya levantarse. Su

semblante, sin embargo, comenzó a perder su frescura y a notarse en

su mirada un no sé qué de encendido e inquieto. Su carácter se hizo

asimismo pensativo y recogido más que nunca; su devoción tomó un

giro más ardiente y apasionado; sus palabras salían bañadas de un

tono particular de unción y melancolía, y aunque las escaseaba en

gran manera, eran más dulces, cariñosas y consoladoras que nunca.

Jamás se oía en sus labios el nombre de aquel amante adorado ni se

quejaba de su desdicha; sólo Martina creía percibirle entre sueños y

en el movimiento de sus labios cuando rezaba. Por lo demás, cuidaba y

asistía a los enfermos del pueblo con sin igual solicitud y esmero;

hacía limosnas continuas y su caridad era verdaderamente inagotable.

Finalmente, la aureola que le rodeaba a los ojos de aquellas gentes

sencillas, pareció santificarse e iluminarse más vivamente, y

su hermosura misma, aunque ajada por la mano del dolor, parecía

desprenderse de sus atractivos terrenos para adornarse con galas

puramente místicas y espirituales.

El conde de Lemus con su natural discreción y tino se ausentó de

Arganza en aquella época a Galicia, donde le llamaban sus cábalas y

manejos, y cuando volvió al cabo de algún tiempo, su conducta fué más

reservada, circunspecta y decorosa que nunca.

Cualquiera puede figurarse la acogida triste y sentida que haría

el anciano maestre al escudero de su sobrino, portador de aquella

dolorosísima nueva. Acababa de recibir las terribles noticias de

Francia, tras de las cuales veía venir irremediablemente la ruina

de su gloriosa Orden, cuando introdujeron a Millán en su aposento.

Este golpe acabó con su valor, porque como noble era amante de la

gloria de su linaje extinguido ya a la sazón por la muerte de aquel

joven que sus manos y consejos habían formado, hasta convertirle en

un dechado de nobleza y en un espejo de caballería. Aquel venerable

viejo encanecido en la guerra, y famoso en la Orden por su valor y

austeridad, se abandonó a los mismos extremos que pudiera una mujer,

y sólo al cabo de un largo rato y como avergonzado de su debilidad

recobró su superioridad sobre sí propio.

Millán, continuando en su amarga peregrinación, subió por fin

al castillo de Cornatel y dió parte al comendador Saldaña de lo

ocurrido. El caballero recibió la noticia con valor, pero sintió

en su corazón, una pena agudísima. Don Álvaro era la única persona

que había logrado insinuarse hacía mucho tiempo en aquel corazón

de todo punto ocupado por el celo de su Orden y los planes de su

engrandecimiento. Descansaban además en aquel mancebo bizarro y

generoso gran número de sus más floridas esperanzas, y tanto en su

pecho como en su entendimiento dejaba un grandísimo vacío. Quedóse

pensativo por algún tiempo y por fin, como herido de una idea súbita,

dijo a Millán:

—¿No has traído el cuerpo de tu señor?—Millán le contó entonces las

razones y pretextos de don Juan de Lara, a los cuales no hizo Saldaña

sino mover la cabeza, y por último dijo:—Aquí hay algún misterio.

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El escudero, que atentamente le escuchaba, le dijo entonces:—Cómo,

señor, ¿pensaríais que no fuese cierto?—¡Cómo!, ¡cómo!—repuso el

comendador, recobrándose, y luego añadió con tristeza:—Y tan cierto

como es, ¡pobre mozo!

Millán, que había querido entrever una esperanza en las palabras

del comendador, se convenció entonces de su locura, y despidiéndose

del caballero se volvió a Bembibre. A los pocos días hizo abrir

judicialmente el testamento de su señor, en que se encontró heredado

en pingües tierras, viñas y prados, y asegurada su fortuna. El resto

de sus bienes debía pasar al Orden del Temple, después de infinitas

mandas y limosnas.

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El señor de Bembibre · 第 18 / 52 题