Doña Beatriz, como dejamos dicho, volvió a la casa paterna en medio
del regocijo de los suyos, que tantas razones tenían para estimarla.
Su padre, como deseoso de borrar las pasadas violencias, o bien
convencido de que poco valían para sojuzgar un ánimo tan esforzado,
la trataba con la antigua bondad, sin mentarla siquiera sus proyectos
favoritos. El conde de Lemus, que frecuentemente era huésped de la
casa, penetrado sin duda de los mismos sentimientos, o por mejor
decir, convencido de que otro era el camino que llevaba al logro de
sus afanes, escaseaba sus visitas a doña Beatriz y había trocado
sus importunidades en un respeto profundo y en una deferencia
siempre cortés y delicada. La urbanidad de sus modales y la profunda
simulación de su carácter, acostumbrado a los más tortuosos caminos,
le ayudaron eficazmente en la difícil tarea de cambiar la opinión
que, acerca de su persona y sentimientos, había formado doña Blanca.
Doña Beatriz, sin embargo, nunca podía acallar la voz que repetía
en su memoria las frías y altaneras palabras de aquel hombre en el
locutorio de Villabuena. Harto bien lo conocía él, y por eso todos
sus conatos se dirigían a lavar esta mancha que, sin duda, le afeaba
a los ojos de la joven. Y por último, fuerza es confesarlo, a pesar
de la dureza y frialdad de aquel alma, el candor y la belleza de
doña Beatriz habían llegado a penetrar en ella por intervalos y con
un vislumbre nuevo y desconocido, que a veces suavizaba su natural
aspereza.
Como suele acontecer a personas arrastradas por una pasión, la señora
de Arganza se había sostenido con particular entereza, a pesar de sus
achaques, mientras duró la enfermedad y convalecencia de su hija. El
dolor y la alegría, sucesivamente, le habían dado fuerzas, y sólo
cuando ambos extremos fueron cediendo, la naturaleza recobró su curso
con todo el ímpetu consiguiente a tan larga comprensión. Así, pues,
cuando doña Beatriz volvió, no ya a su natural robustez, porque esto
no llegó a suceder, sino en sí, su madre comenzó a flaquear, y al
poco tiempo se postró enteramente al rigor de sus dolencias. De esta
suerte, el vivo rayo de contento que había iluminado aquella noble
familia, tardó poco en obscurecerse del todo, y de nuevo comenzaron
las torturas y congojas de la incertidumbre.
Tenían los males de doña Blanca intervalos frecuentes y lúcidos en
que su razón se despejaba; pero entonces una melancolía profunda se
derramaba en todos sus discursos y pensamientos. Su alma apasionada
y tierna, pero humilde y apacible, no había conocido más camino que
la resignación, ni más norte que la obediencia. Habíase inclinado
vivamente a don Álvaro mientras su voluntad había caminado de
acuerdo con la de su noble esposo, y aún le conservaba una afición
involuntaria a pesar de las desavenencias ocurridas; pero últimamente
la fuerza que toda su vida había preponderado en su espíritu, acabó
de ladearla hacia la voluntad manifiesta de su esposo. En un carácter
tímido y sosegado como el suyo, la idea de nuevas discordias entre
el padre y la hija era una especie de pesadilla que continuamente
la estaba oprimiendo. También en su juventud habían violentado su
inclinación, y al cabo, los cuidados domésticos, la conformidad
religiosa y el amor de sus hijos le habían proporcionado momentos de
reposo y aun de felicidad. ¿Quién puede adivinar lo que pasa en el
corazón, ni quién sería bastante audaz para asegurar que apagadas las
terribles llamaradas de la juventud, su hija no acabase por agradecer
la solicitud de su padre, consolándose como ella se había consolado
y regocijándose por último de dejar a sus descendientes un nombre
ilustre y las riquezas que siempre lo realzan? El mal concepto que
en un principio había formado del conde se había ido desvaneciendo,
gracias a la perseverancia, artificio y destreza de su conducta, y la
buena señora juzgaba que lo mismo debería acontecer a su hija.
Por desgracia, todos estos argumentos que tanto peso tenían en
una índole como la suya, nada tenían que ver con la elevación de
sentimientos y energía de resolución que distinguía a su hija. Doña
Beatriz jamás se hubiera contentado con obedecer a su esposo, porque
necesitaba respetarle y estimarle, y por otra parte, su condición
era de aquellas que nunca aciertan a transigir con la injusticia y
luchan sin tregua hasta el último momento. Los bienes de la tierra,
los incentivos de la vanidad nunca habían fascinado sus ojos; pero
estas disposiciones se habían fortificado en la soledad del claustro
y en medio de su atmósfera religiosa, donde todos los impulsos de
aquel alma generosa habían recibido un muy subido y frío temple. No
parecía sino que en el borde de la eternidad, al cual estuvo asomada,
su alma se había iniciado en los misterios de la nada que forma las
entrañas de las cosas terrenas, y se había adherido con más ahinco
a la pasión que la llenaba, fiel trasunto del amor celeste por su
pureza y sinceridad. Sin embargo, la mudanza de ideas y el nuevo giro
que al parecer tomaban los pensamientos de aquella madre tan cariñosa
y con tanto extremo querida, afectaban su corazón, no atreviéndose
a contradecirla en medio de sus padecimientos y no cabiendo en su
memoria por otra parte más imagen que la del ausente don Álvaro.
Este enemigo de nueva especie, con quien tenía que combatir, era
ciertamente harto más temible que los atropellos y desafueros
anteriormente empleados.
Tal era la situación de la familia de Arganza, cuando una tarde de
verano estaban sentadas entrambas señoras en la misma sala, y a la
misma ventana en que vimos por la primera vez a don Álvaro despedirse
de la señora de sus pensamientos. Doña Blanca parecía sumida en
la dolorosa distracción que experimentaba después de sus accesos,
recostada sin fuerzas en un gran sillón de brazos. Su hija acababa
de dejar y tenía a un lado el arpa con que había procurado divertir
sus pesares, y sus ojos se fijaban en aquel sol que iba a ponerse,
que había alumbrado la salida de don Álvaro de aquellos umbrales y
que todavía no había traído el día del consuelo. Sus pensamientos,
naturalmente, volaban a los tendidos llanos de Castilla en busca de
aquel joven digno de más benigno destino, cuando de repente el galope
de un caballo que pasaba por debajo de la ventana las sacó de sus
meditaciones. Doña Beatriz se asomó rápidamente a la ventana; pero
jinete y caballo doblaban la esquina en busca de la puerta principal,
y sólo pudo percibir un vislumbre que parecía traerle a la memoria
una figura conocida. Al punto las herraduras sonaron en el patio,
y las pisadas de un hombre armado se oyeron en la escalera, poco
distante del aposento. A poco rato entró Martina precipitada, y con
el semblante de un difunto, dijo como sin saber lo que decía:
—Señora, es Millán...
La misma palidez de la criada se difundió instantáneamente por las
facciones de su ama que, sin embargo, respondió:
—Ya sé lo que me trae, mi corazón me lo acaba de decir; que entre al
instante.—La doncella salió, y a poco rato entró Millán por la puerta
en que doña Beatriz tenía clavados los ojos, que parecían saltársele
de las órbitas. Doña Blanca, toda alarmada, se levantó, aunque con
mucho trabajo, y fué a ponerse al lado de su hija, y Martina se
quedó a la puerta enjugándose los ojos con una punta de su delantal,
mientras Millán se adelantaba con pasos inciertos y turbados hasta
ponerse delante de doña Beatriz. Allí quiso hablar, pero se le anudó
la voz en la garganta, y así alargó, sin decir una palabra, anillo
y trenza. Toda explicación era inútil, porque ambas prendas venían
manchadas de sangre. Martina, entonces, rompió en sollozos, y
Millán tardó poco en acompañarla. Doña Beatriz tenía fija la misma
mirada desencajada y terrible en el anillo y en la trenza, hasta que
por último, bajando los ojos y exhalando un suspiro histérico, dijo
con voz casi tranquila:
—Dios me lo dió, Dios me lo quitó; sea por siempre bendito.
Doña Blanca, entonces, se colgó del cuello de su hija y deshecha en
lágrimas le decía:
—No, hija querida, no manifiestes esa tranquilidad que me asusta más
que tu misma muerte. ¡Llora, llora en los brazos de tu madre! ¡Grande
es tu pérdida! ¡Mira, yo también lloro, porque yo también le amaba!
¡Ay, quién no amaba aquel alma divina encerrada en tan hermoso cuerpo!
—Sí, sí, tenéis razón—exclamó ella apartándola—; pero dejadme: ¿y
cómo murió, Millán? ¿Cómo murió, te digo?
—Murió desangrado en su cama, abandonado de todos, y aun de
mí—respondió el escudero con una voz apenas articulada.
Entonces fué cuando los miembros de doña Beatriz comenzaron a
temblar, con una convulsión dolorosa que, por último, la privó del
sentido. Largo rato tardó en volver en sí; pero los sacudimientos
de su naturaleza, ya quebrantada por la anterior enfermedad, fueron
menos violentos. Por fin, cuando volvió en sí, los muchos lamentos
que su madre empleaba adrede para excitar sus lágrimas, y sobre
todo los consuelos religiosos del abad de Carracedo, que acababa
de llegar, desataron el manantial de su llanto. Esta crisis, sin
embargo, no fué menos violenta que la otra, porque eran tales su
congoja y sus sollozos, que muchas veces creyeron que se ahogaba.
En este fatal estado pasó la noche entera y la mañana siguiente,
hasta que por la tarde se levantó por fin una voraz calentura. Como
quiera, a los pocos días sintió mejoría y pudo ya levantarse. Su
semblante, sin embargo, comenzó a perder su frescura y a notarse en
su mirada un no sé qué de encendido e inquieto. Su carácter se hizo
asimismo pensativo y recogido más que nunca; su devoción tomó un
giro más ardiente y apasionado; sus palabras salían bañadas de un
tono particular de unción y melancolía, y aunque las escaseaba en
gran manera, eran más dulces, cariñosas y consoladoras que nunca.
Jamás se oía en sus labios el nombre de aquel amante adorado ni se
quejaba de su desdicha; sólo Martina creía percibirle entre sueños y
en el movimiento de sus labios cuando rezaba. Por lo demás, cuidaba y
asistía a los enfermos del pueblo con sin igual solicitud y esmero;
hacía limosnas continuas y su caridad era verdaderamente inagotable.
Finalmente, la aureola que le rodeaba a los ojos de aquellas gentes
sencillas, pareció santificarse e iluminarse más vivamente, y
su hermosura misma, aunque ajada por la mano del dolor, parecía
desprenderse de sus atractivos terrenos para adornarse con galas
puramente místicas y espirituales.
El conde de Lemus con su natural discreción y tino se ausentó de
Arganza en aquella época a Galicia, donde le llamaban sus cábalas y
manejos, y cuando volvió al cabo de algún tiempo, su conducta fué más
reservada, circunspecta y decorosa que nunca.
Cualquiera puede figurarse la acogida triste y sentida que haría
el anciano maestre al escudero de su sobrino, portador de aquella
dolorosísima nueva. Acababa de recibir las terribles noticias de
Francia, tras de las cuales veía venir irremediablemente la ruina
de su gloriosa Orden, cuando introdujeron a Millán en su aposento.
Este golpe acabó con su valor, porque como noble era amante de la
gloria de su linaje extinguido ya a la sazón por la muerte de aquel
joven que sus manos y consejos habían formado, hasta convertirle en
un dechado de nobleza y en un espejo de caballería. Aquel venerable
viejo encanecido en la guerra, y famoso en la Orden por su valor y
austeridad, se abandonó a los mismos extremos que pudiera una mujer,
y sólo al cabo de un largo rato y como avergonzado de su debilidad
recobró su superioridad sobre sí propio.
Millán, continuando en su amarga peregrinación, subió por fin
al castillo de Cornatel y dió parte al comendador Saldaña de lo
ocurrido. El caballero recibió la noticia con valor, pero sintió
en su corazón, una pena agudísima. Don Álvaro era la única persona
que había logrado insinuarse hacía mucho tiempo en aquel corazón
de todo punto ocupado por el celo de su Orden y los planes de su
engrandecimiento. Descansaban además en aquel mancebo bizarro y
generoso gran número de sus más floridas esperanzas, y tanto en su
pecho como en su entendimiento dejaba un grandísimo vacío. Quedóse
pensativo por algún tiempo y por fin, como herido de una idea súbita,
dijo a Millán:
—¿No has traído el cuerpo de tu señor?—Millán le contó entonces las
razones y pretextos de don Juan de Lara, a los cuales no hizo Saldaña
sino mover la cabeza, y por último dijo:—Aquí hay algún misterio.
[Ilustración]
El escudero, que atentamente le escuchaba, le dijo entonces:—Cómo,
señor, ¿pensaríais que no fuese cierto?—¡Cómo!, ¡cómo!—repuso el
comendador, recobrándose, y luego añadió con tristeza:—Y tan cierto
como es, ¡pobre mozo!
Millán, que había querido entrever una esperanza en las palabras
del comendador, se convenció entonces de su locura, y despidiéndose
del caballero se volvió a Bembibre. A los pocos días hizo abrir
judicialmente el testamento de su señor, en que se encontró heredado
en pingües tierras, viñas y prados, y asegurada su fortuna. El resto
de sus bienes debía pasar al Orden del Temple, después de infinitas
mandas y limosnas.
[Ilustración]
[Ilustración]