A los pocos días de haber caído don Álvaro prisionero, ocurrió por
fin una novedad, que todos esperaban con ansia grandísima en el
campamento del rey. Vinieron cartas del papa Clemente IV con la orden
de proceder al arresto y enjuiciamiento de todos los templarios
de Europa y secuestro de sus bienes, y con ellas noticias de los
horribles suplicios de algunos caballeros de la Orden en Francia.
Aquel pontífice débil y pusilánime, había consentido que los sacasen
de su fuero, entregándolos en manos de una comisión especial, que
equivalió a ponerlos en las del verdugo. Clemente temblaba de
que Felipe el Hermoso quisiese poner en juicio la majestad del
pontificado, en la persona, o por mejor decir, en la memoria de su
antecesor Bonifacio, y a trueque de evitarlo, le dejaba bañarse en
la sangre de los templarios y cebarse en sus bienes. En Francia, sin
embargo, la audacia del rey y el desconcierto de lo imprevisto del
golpe y la desatinada conducta del maestre general ultramarino Jacobo
de Molay había allanado el camino de una empresa tan escabrosa y
difícil; pero en España, donde la Orden estaba sobre sí y donde
era quizás más poderosa que en ninguna otra nación, menester era
emplear infinita destreza y valor. Cierto es que ni en Portugal, ni
en Aragón, ni en Castilla se les desaforaba, antes se les sujetaba
a concilios provinciales; pero después de lo que había pasado en el
reino vecino, parecía natural que desconfiasen de la potestad civil
y que no quisiesen soltar las armas. Por otra parte, nada tenía de
extraño que quisiesen vengar las afrentas de su Orden, por cuyo honor
y crecimiento estaban obligados a sacrificar hasta su propia vida.
Preciso era desconcertar su acción en lo posible, y apercibirse al
combate al mismo tiempo.
El rey don Fernando, a pesar de suceso de tanto bulto, para el cual
parecía necesitar el auxilio de todos sus ricos hombres, no por eso
desistía de su saña contra don Juan Núñez de Lara, resuelto sin
duda a volver a su corona el brillo que en las pasadas revueltas
había perdido. El infante don Juan mediaba entre el rey y su rebelde
vasallo, y como este carácter le daba facilidad para pasar muchas
veces a Tordehumos, poco tardó en concertar con su dueño el plan
que hacía tanto tiempo estaba madurando. Don Álvaro era el apoyo
más firme de los templarios en el reino de León, y el más ardiente
y poderoso de sus aliados. Aunque su castillo de Bembibre estaba
guarnecido por soldados de la Orden, claro estaba que si moría su
dueño habrían de desocuparlo, y de todos modos los vasallos de la
casa de Yáñez no tardarían en apartarse de sus banderas. No era el
infante hombre que delante de la sangre retrocediese; el rival de su
valido estaba en manos de don Juan Núñez de Lara; con él venía al
suelo una de las principales barreras que apartaban la rica herencia
del Temple de sus manos codiciosas; ¿qué más podía desear?
No bien llegaron las bulas del papa Clemente, al punto pasó a
Tordehumos, y allí, subiendo con su castellano a una torre solitaria
del castillo, comenzaron una plática muy viva y acalorada.
Con gran sorpresa y aun susto de los que desde abajo les miraban,
don Juan Núñez, con ademanes descompuestos, echó mano a la espada,
como si de su huésped recibiese alguna ofensa; pero, sin duda, se
hubo de arrepentir, porque, a poco rato, volvió el acero a la vaina
con muestras de gran cortesía, y entrambos caballeros se dieron
las manos. El infante bajó poco después y tomó el camino real con
muestras de gran satisfacción y contento.
La sangre perdida, y la gravedad de sus heridas, habían reducido
a don Álvaro a una postración grandísima; pero la ciencia de Ben
Simuel y los cuidados de Millán, junto con las atenciones de don Juan
Núñez, habían logrado arrancarlo de la jurisdicción de la muerte y
volverle, aunque con pasos muy perezosos, al camino de la vida. La
calentura había ido cediendo y los dolores eran mucho menos vivos, de
manera que sin los cuidados que acibaraban su pensamiento, fácil era
calcular que su convalecencia hubiera sido más rápida.
Una tarde entró don Juan de Lara en su aposento, y tomando asiento a
su cabecera, mientras Millán los dejaba solos para que hablasen con
más libertad, le preguntó asiéndole de la mano:
—¿Cómo os sentís, noble don Álvaro? ¿Estáis contento de mi carcelería?
—Me encuentro ya muy aliviado, señor don Juan—respondió el herido—,
gracias a vuestros obsequios y atenciones, que casi me harían dar
gracias al cielo de mi prisión.
—Según eso, ¿bien podréis escucharme una cosa de gran cuantía que
tengo que deciros?
—Podéis comenzar si gustáis.
Don Juan entonces principió a contarle por extenso las noticias
recibidas de Francia y la prisión, embargo de bienes y encausamiento
de los templarios ordenados en las cartas del papa Clemente recibidas
poco había en los reales de Castilla.
—Bien conozco—concluyó diciendo—, que en la hidalguía de vuestra alma
no cabe abandonar una alianza que hubieseis asentado con caballeros
como vos; pero ya veis que asistir a los templarios abandonados del
vicario de Jesucristo y cargados con el grave peso de una acusación
tan fundada en la criminal demanda que acaso van a intentar, sería
hacer traición a un mismo tiempo a vuestros deberes de cristiano
y bien nacido. Si en algo estimáis, pues, la fina voluntad que de
asistiros y servido he mostrado, ruégoos, que, desde ahora, rompáis
la confederación que tenéis con esa Orden, objeto del odio universal,
y no os apartéis de vuestros amigos y aliados naturales.
Don Álvaro, que estaba íntimamente convencido de la iniquidad de la
acusación dirigida contra el Temple, y que nunca hubiera creído en
el jefe supremo de la Iglesia tan culpable debilidad, escuchó la
relación de don Juan con una emoción violenta y profunda, cambiando
muchas veces de color y apretando involuntariamente los puños y los
dientes con muestras de dolor y de cólera. Por fin, enfrenando como
pudo los tumultuosos movimientos de su espíritu, respondió:
—Los templarios se sujetarán al juicio que les abren, en justa
obediencia al mandato del sumo pontífice, única autoridad de
ellos reconocida, aunque tan ruínmente se postra delante del rey
de Francia; pero ni dejarán las armas, ni se darán a prisión, ni
soltarán sus bienes y castillo, sino caso de ser a ello sentenciados
por los concilios. Por lo que a mí toca, don Juan de Lara, os perdono
el juicio que de mí habéis formado, en gracia de tantos obsequios
y cuidados como os debo; pero os suplico que aprendáis a conocerme
mejor.
La legítima humillación que don Juan sufría, despertó su ira y
despecho; pero deseoso de que la cuestión mejorase de terreno, y al
mismo tiempo de apurar todos los medios de conciliación y templanza,
replicó:
—¡Pero qué! ¿No teméis manchar la limpieza de vuestra fama, ligándoos
con un cuerpo agangrenado con tantas infamias y abominaciones, a
quien toda la cristiandad rechaza como a un leproso?
—Señor don Juan, os matáis en balde, queriendo persuadirme a mí lo
que tal vez vos mismo no creéis. Por lo demás, no toda la cristiandad
rechaza el Temple, pues no se os esconde que el sabio rey de Portugal
ha enviado sus embajadores al papa para protestar de las tropelías y
maldades de que está siendo objeto esta ilustre milicia.
—¡Mal aconsejado rey!—dijo el de Lara.
—El mal aconsejado sois vos—repuso don Álvaro con impaciencia—en
menguar así vuestro propio decoro. Id con Dios, que ni mi corazón ni
mi brazo faltarán nunca a esos perseguidos caballeros.
Lara frunció el ceño, y le preguntó con voz altanera:
—¿Olvidáis que sois mi prisionero?
—Sí, a fe que lo había olvidado, porque vos me habíais dicho que
érais mi amigo y no mi carcelero; pero ya que volvéis a vuestro
natural papel, sabed que, aunque me tengáis a vuestra merced, mi
corazón y mi espíritu se ríen de vuestras amenazas.
Don Juan se mordió los labios y guardó silencio por un buen rato,
durante el cual, sin duda, su alma, naturalmente noble y recta, le
estuvo haciendo sangrientos reproches por su proceder; pero con su
genial obstinación se aferró más y más en el partido adoptado. Por
fin, levantándose, dijo a su prisionero:
—Don Álvaro: ya conocéis de oídas mi índole arrebatada y violenta:
los primeros movimientos no están en nuestra mano. Olvidad cuanto os
he dicho y no me juzguéis sino como hasta aquí me habéis juzgado.
Dicho esto se salió de la cámara, y don Álvaro, con el descuido
propio de los hombres esforzados, cuando sólo de su vida se trata, se
entregó a sus habituales reflexiones. El de Lara estuvo paseando en
la plataforma de uno de los torreones el resto de la tarde con pasos
desiguales, hablando consigo propio en ocasiones, gesticulando con
vehemencia y sentándose de cuando en cuando arrobado en profundas
distracciones. Por fin, largo rato después de puesto el sol, cuando
los áridos campos circunvecinos iban desapareciendo entre los velos
de la noche, bajó por la angosta escalera de caracol, y encaminándose
a la sala principal del castillo, mandó a llamar por un paje a su
físico Ben Simuel. Poco tardó en asomar por la puerta la cara de
zorro del astuto judío, y sentándose al lado de su señor, entablaron
en voz muy baja una viva conversación, de que el paje no pudo
percibir nada, sin embargo, de estar en la puerta, hasta que, por
fin, Ben Simuel, levantándose, y después de escuchar las últimas
palabras de don Juan, que las acompañó con un gesto muy expresivo
y semblante casi amenazador, se salió de la sala con bastante
diligencia.
Cerca de las diez de la noche serían cuando el mismo judío se
presentó en el encierro de don Álvaro con una copa en una salvilla,
y después de reconocer sus vendajes, le hizo tomar aquella poción
con que le dijo que reconciliaría el sueño. Despidióse en seguida,
y don Álvaro comenzó a sentir cierta pesadez, que después de tantos
insomnios parecía pronóstico de un sueño sosegado. Apenas tuvo tiempo
de decir a Millán que le dejase solo y que cerrase la puerta por
fuera sin entrar hasta que llamase, y al punto se quedó profundamente
adormecido. El buen escudero, no menos necesitado de descanso que su
amo, hizo cuanto se le mandaba, y echando la llave y guardándosela
en el bolsillo, se tendió cuan largo era en una cama que para él
habían puesto en un caramanchón vecino, y no despertó hasta el día
siguiente, cuando ya el sol estaba bastante alto. Acercóse entonces a
la puerta por ver si su señor se rebullía o quejaba; pero nada oyó.
«Vamos—dijo para sí—, de esta vez sus melancolías han podido menos
que el sueño, y cuando despierte, Dios mediante, se ha de encontrar
otro.» Aguardó, pues, otro rato bueno, durante el cual comenzó a
inquietarse, pensando que tanto dormir podría hacer daño a su señor;
pero pasada una hora y media ya no pudo contener su impaciencia, y
metiendo la llave en la cerradura y dándole vuelta con mucho tiento,
entró en puntillas hasta la cama de don Álvaro, y después de vacilar
todavía un poco, se decidió a llamarle, meneándole suavemente al
mismo tiempo. Don Álvaro ni se movió ni dió respuesta alguna, y
Millán, de veras asustado, acudió a abrir una ventana; pero ¡cuál
no debió de ser su asombro y consternación cuando vió el cuerpo de
su señor inanimado y frío, apartados los vendajes, desgarradas las
heridas y toda la cama inundada en sangre!
Al principio se quedó como de una pieza, agarrotado por el espanto,
la sorpresa y el dolor; pero en cuanto pudo moverse, salió dando
gritos, y con los cabellos erizados todavía, por los corredores del
castillo. Al ruido acudieron algunos hombres de armas y criados,
y, por último, el mismo Lara seguido de Ben Simuel. Millán, ahogado
por los sollozos que por fin habían podido abrirse paso por medio
de su estupor y asombro, les condujo hasta el lecho de su malogrado
amo, y cayó sobre él, abrazándole estrechamente. Don Juan no pudo
contener una mirada errante y tremenda que dirigió a su médico;
pero recobrándose al punto y revolviéndola fieramente alrededor y
fijándola alternativamente en sus soldados y en Millán, mandó a éste,
con voz imperiosa, que contase lo que había sucedido. Así lo hizo con
toda la sencillez e ingenuidad de su dolor, hasta que, llegando a
decir cómo había dejado solo a don Álvaro, el judío, que había estado
registrando el cuerpo, se volvió a él con ojos airados y le dijo:
—¡Mira, desgraciado, mira tu obra! Tu amo, en un ensueño o en un
acceso de delirio, ha roto sus vendajes y se ha desangrado. ¡Cómo
dejar solo a un caballero tan mal herido!
El desdichado escudero empezó a mesarse los cabellos hasta que,
empleando Lara su autoridad, logró que acabase su relación, y
entonces, condolido de su pena, le dijo:
—Tú no has hecho sino obedecer a tu señor, y en nada eres culpable.
Además, todos nos hemos engañado: ¿quién no creía a este noble
mancebo libre ya de todo riesgo? ¡Dios ha querido afligirme
permitiendo que un castillo mío fuese testigo de semejante desgracia!
Mañana se dará sepultura a este ilustre caballero en el panteón de
este castillo.
—No ha de ser así, por vida vuestra, señor—le interrumpió Millán—,
antes entregádmelo a mí para que lo lleve a Bembibre y lo entierre
con sus mayores. ¡Válgame Dios—exclamó en voz imperceptible—, y qué
responderé a su tío el maestre y a doña Beatriz cuando me pregunten
por él!
—El cuerpo de don Álvaro—replicó don Juan—descansará en este castillo
hasta que, restablecida la paz y acabadas estas funestas disensiones,
pueda yo mismo, con todos los caballeros de mi casa y mis aliados,
trasladarlo al panteón de su familia, con la pompa correspondiente a
su estirpe y alto valor.
Como esto parecía redundar en honra de su malogrado señor, y, por
otra parte, como sabía que don Juan Núñez era absoluto en sus
voluntades, hubo de conformarse con lo dispuesto. El cuerpo de
don Álvaro estuvo todo aquel día de manifiesto en la capilla del
castillo, acompañado del inconsolable escudero, y escoltado por
cuatro hombres de armas que de cuando en cuando se relevaban. El
capellán extendió la fe de muerto correspondiente, y aquella misma
noche depositó en la bóveda del castillo, en un sepulcro nuevo, los
restos de aquel joven desdichado.
Al día siguiente, Millán se presentó a don Juan para que le diese
permiso de volver al Bierzo, y después de alabar mucho su fidelidad,
se lo otorgó, acompañándolo de un bolsillo lleno de oro.
—Muchas gracias, noble señor—respondió él, rehusándolo—. Don Álvaro
dejó hecho su testamento al venir a esta desventurada guerra, y estoy
seguro de que habrá mirado por su pobre escudero, de cuya fidelidad
estaba él bien seguro.
—Eso no importa—replicó don Juan, haciéndole tomar la bolsa—; tú eres
un buen muchacho, y además el único placer de que disfrutamos los
poderosos es el de dar.
Millán salió entonces del castillo, y yendo a encontrarse con
Robledo, le contó la tragedia acaecida. La noticia, que al instante
corrió por el campo, llenó de disgusto a todos, porque si bien no
miraban a don Álvaro con cariño, no por eso dejaban de estimar su
brillante valor, de que tan fresca memoria dejaba. La mesnada volvió
a sus prados y montañas nativas llena de luto y de tristeza por la
muerte de su señor, verdadero padre de sus vasallos, y por la de
tantos otros hermanos de armas, cuyos huesos blanqueaban ya a la luna
en los áridos campos de Castilla. Millán los dejó atrás y se adelantó
a llevar a Arganza y a Ponferrada la fatal nueva.
[Ilustración]
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