Volvamos ahora a don Álvaro, que bien ajeno de semejantes sucesos,
había llegado a Tordehumos con la hueste del rey. Este pueblo, que
don Juan Núñez había provisto y reparado con la mayor diligencia,
está en la pendiente de una colina dominada por un castillo, y no
lejos pasa el río llamado Ríoseco. La posición es buena: las murallas
estaban entonces en el mejor estado: la guarnición era valerosa
y suficiente y su jefe diestro, experimentado y valiente. Ya en
otro tiempo le había sitiado el rey en Aranda, de donde se salió a
despecho de su cólera, y esta memoria le daba aliento para desafiarle
desde Tordehumos, lugar más acomodado a la defensa. Tenía además
la fundada esperanza de que nunca llegarían a estrecharle hasta
el extremo, porque conservaba en el campo enemigo inteligencias y
valimiento de que fiaba no menos que de su valor, el éxito de la
empresa. El infante don Juan, aunque servía bajo las banderas de su
sobrino, no por eso había desatado los antiguos vínculos de amistad
que le unían con el de Lara, antes entre sus enemigos era donde
pensaba servirle mejor, ruin manejo que sólo cabía en la doblez de
aquel alma villana. Hernán Ruiz de Saldaña, Pero Ponce de León y
algunos otros principales señores también estaban en el plan, si
bien no encubrían sus pensamientos ni conducta bajo el manto de celo
hipócrita por los intereses del rey en que se cobijaba el infante don
Juan. Así es que el cerco emprendido con gran calor iba aflojándose y
entibiándose de día en día con gran pesadumbre del rey, que no tardó
mucho en caer en la cuenta de su daño.
Comoquiera, los caballeros más afectos a su persona o más leales no
dejaban de pelear con ardor en las frecuentes salidas que hacían los
sitiados, y don Álvaro, que por su aislamiento ignoraba parte de
estas tramas y que por la rectitud de sus pensamientos era incapaz de
entrar en ellas, andaba entre los que más se distinguían. Sucedió,
pues, que una noche, saliendo los cercados con gran sigilo, dieron
impensadamente sobre el real enemigo, cuya mayor parte estaba
descuidada, cayendo con más furia sobre el ala del señor de Bembibre
y demás caballeros fieles al rey. Don Álvaro, que no solía prescindir
de las precauciones y vigilancia propias de la guerra, salió al
punto con la mitad de su prevenida gente a rechazar la imprevista
embestida, enviando aviso inmediatamente al cuartel del rey para
que le sostuviesen en el ataque que emprendía. En el desorden
introducido y en la dañada intención del infante consistió sin duda
que el refuerzo pedido no llegase. La noche estaba muy obscura, los
enemigos se aumentaban sin cesar: los gritos de rabia, de temor y
de dolor se mezclaban con las órdenes de los cabos: las armas y
escudos despedían chispas en la obscuridad con el incesante martilleo
y la escena llegó a hacerse temerosa y horrible de veras. Por fin,
los enemigos comenzaron a extenderse por las alas del reducido y
abandonado escuadrón, y don Álvaro, estrechado entonces, comenzó a
retirarse ordenadamente, resistiendo con su acostumbrado valor el
empuje contrario. Su gente, por último, comenzó a desbandarse, y don
Álvaro, herido ya en el pecho, recibió otra herida en la cabeza, con
lo cual vino al suelo debajo de su noble caballo, que herido también
hacía rato, parecía haber conservado su brío, sólo para ayudar a su
jinete. Entonces sobrevino nueva pelea alrededor del caído caballero,
pues sus soldados hacían desesperados esfuerzos para arrancarle del
poder de los enemigos; pero el número de éstos era ya tan grande y el
aliento que recibían de don Juan Núñez, que mandaba en persona esta
encamisada, tal, que, por último, ensangrentados y rotos, hubieron de
tomar la huída dejándolo en sus manos. Lara, que le reconoció y que
ya de antemano le estimaba, hizo vendar sus heridas y transportarle
con gran cuidado a su castillo. Por último, como los refuerzos del
rey iban llegando, él mismo se retiró en buen orden sin experimentar
daño ni escarmiento. Sus soldados, alegres con el botín recogido,
dieron también la vuelta muy animosos, formando vivo contraste con
las tropas del rey, mustias y descontentas de lo que había pasado.
El fiel Millán, que había peleado como correspondía al lado de su
amo en aquella noche fatal, separado de él por el tropel de los
fugitivos en el momento crítico, por la mañana muy temprano se
presentó a las puertas de Tordehumos, pidiendo que le tomasen por
prisionero con su amo, de quien venía a cuidar durante sus heridas.
Lara mandó recibirle al punto, y llamándole a su presencia, le alabó
mucho su fidelidad y le regaló una cadena de plata, encargándole
encarecidamente la asistencia de un caballero tan cumplido como su
amo. Por lo que hace a la mesnada de éste, reducida casi a la mitad
por la tremenda refriega de la noche, y heridos la mayor parte de los
que sobrevivieron, se reunieron bajo el mando de Melchor Robledo, y
se pusieron a retaguardia del campo para curarse y restablecerse lo
posible.
El rey, por su parte, aunque don Álvaro no fuese muy de su devoción
por su alianza con los templarios, no por eso dejó de sentir su
prisión y heridas, porque sobrado conocía que una lanza tan buena
y un corazón tan noble le hacían infinita falta en medio de las
voluntades, cuando menos tibias, que le rodeaban.
Don Álvaro tardó bastantes horas en volver a su conocimiento por el
aturdimiento de su caída y por la mucha sangre que con sus heridas
había perdido. Lo primero que vieron sus ojos al abrirse fué a
su fiel Millán, que de pie al lado de su cama estaba observando
con particular solicitud todos sus movimientos. A los pies estaba
también en pie un caballero de aspecto noble, aunque algo ceñudo
habitualmente, cubierto con una rica armadura azul, llena de perfiles
y dibujos de oro de exquisito trabajo. Finalmente, a la cabecera se
descubría un personaje de ruin aspecto, con ropa talar obscura y una
especie de turbante o tocado blanco en la cabeza. El caballero era
don Juan Núñez de Lara, y el otro sujeto el rabino Ben Simuel, su
físico, hombre muy versado en los secretos de las ciencias naturales
y a quien el vulgo ponía, por lo tanto, sus ribetes de nigromante y
hechicero. Su raza y creencia le hacían odioso, y su exterior tampoco
era a propósito para granjearle el cariño de nadie.
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Don Álvaro extendió sus miradas alrededor y encontrando las paredes
de un aposento en lugar de los lienzos y colgaduras de su tienda,
y aquellas personas para él desconocidas, comprendió cuál era su
suerte y no pudo reprimir un suspiro. Lara se acercó entonces a él,
y tomándole la mano, le aseguró que no estaba sino en poder de un
caballero que admiraba su valor y sus prendas; que se sosegase y
cobrase ánimo para sanar en breve de sus heridas que, aunque graves,
daban esperanzas de curación no muy lejana.
—Finalmente—añadió apretándole la mano—, no veáis en don Juan Núñez
de Lara vuestro carcelero, sino vuestro enfermero, servidor y amigo.
Don Álvaro quiso responder, pero Ben Simuel se opuso, encargándole
mucho el silencio y el reposo, y haciéndole beber una poción
calmante, se salió con don Juan de la habitación, dejando al herido
caballero en compañía de Millán. En cuanto se fueron, don Álvaro le
preguntó con voz muy débil:
—¿Me oyes, Millán?
—Sí, señor—respondió éste—; ¿qué me queréis?
—Si muero, toma de mi dedo el anillo, y del lado izquierdo de mi
coraza la trenza que me dió doña Beatriz aquella noche fatal, y se la
llevarás de mi parte diciéndole... no, nada le digas.
—Está bien, señor; si Dios os llama, así se hará como decís, pero por
ahora sosegaos y mirad por vos.
Don Álvaro procuró descansar, pero a pesar de la medicina, sólo logró
algún reposo interrumpido y desigual; tales eran los dolores que sus
heridas le causaban.
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