Justamente el señor de Bembibre se alejaba del Bierzo cuando la
fiebre se cebaba en doña Beatriz con terrible saña, y la infeliz
le llamaba a gritos en medio de su delirio. ¿Quién le dijera a él,
cuando en lo más alto de la sierra que divide al Bierzo de los llanos
de Castilla volvió su caballo para mirar otra vez aquella tierra,
cuyos recuerdos llenaban su corazón; quién le dijera que aquella
doncella angelical, su único amor y su única esperanza para el
porvenir, yacía en el lecho del dolor mirando con ojos encendidos y
extraviados a cuantos la rodeaban y consumidos sus delicados miembros
por el ardor de la calentura? Tal era, sin embargo, la tremenda
realidad, y mientras la cuchilla de la muerte amagaba a la una,
corría el otro por su parte a innumerables riesgos y peligros. Así,
de dos hojas nacidas en el mismo ramo y mecidas por el mismo viento,
cae la una al pie del árbol paterno, en tanto que la compañera vuela
con las ráfagas del otoño a un campo desconocido y lejano.
Figúrense nuestros lectores la consternación que causaría en
Arganza la triste noticia de la enfermedad de su única heredera.
Doña Blanca, por la primera vez de su vida, soltó la compresa a su
dolor y a sus quejas y se desató en reproches e invectivas contra la
obstinación de su esposo y contra los planes que así amenazaban a
aquella criatura tan querida, en términos que aun al conde, a pesar
de la hospitalidad, le alcanzó parte de su cólera. Inmediatamente
declaró su resolución de ir a Villabuena, a pesar de sus dolencias,
y de asistir a su hija; y don Alonso, temeroso de causar una nueva
desgracia contrariándola en medio de su agitación, ordenó que en una
especie de silla de manos la trasladasen al monasterio. En cuanto
llegó, sus miembros casi paralíticos parecieron desatarse, y sus
dolores habituales cesaron; por manera que todos estaban maravillados
de verlo. ¡Admirable energía la del amor maternal, santo destello del
amor divino, que para todo encuentra fuerzas y jamás se cansa de los
sacrificios y fatigas más insoportables!
Doña Beatriz no conoció ya a su madre, aunque sus miradas se
clavaban incesantemente en ella y parecía poner atención a todas
las palabras de ternura que de sus labios salían; pero era aquella
especie de atención a un tiempo intensa y distraída que se advierte
en los locos. Su delirio tenía fases muy raras y diversas: a veces
era tranquilo y melancólico, y otras lleno de convulsiones y de
angustias. El nombre de su padre y el de su amante eran los que más
frecuentemente se le escapaban; y aunque el del conde se le escuchaba
alguna vez, siempre era tapándose la cara con las sábanas o haciendo
algún gesto de repugnancia.
Un monje anciano de Carracedo, muy versado en la física y que conocía
casi todas las plantas medicinales que se crían por aquellos montes,
estaba constantemente a su cabecera observando los progresos del
mal, y había ya propinado a la enferma varias bebidas y cordiales;
pero el mal, lejos de ceder, parecía complicarse y acercarse a una
crisis temible. Una noche en que su tía, su madre y el buen religioso
estaban sentados alrededor de su lecho, se incorporó, y, mirando a
todas partes con atención, se fijó en la escasa luz de una lámpara
que en lo más apartado de la pieza lanzaba trémulos y desiguales
resplandores. Estuvo un rato contemplándola, y luego preguntó con una
voz débil, pero que nada había perdido de su armonioso metal:
—¿Es la luz de la luna?... Pero yo no la veo en las ondas del
río... ¡Tampoco la dicha baja del cielo para regocijar nuestros
corazones!—Aquí dió un profundo suspiro, y luego exclamó
vivamente:—¡No importa, no importa! Desde el firmamento nos
alumbrará... ¡sí, sí; venga tu caballo moro!... ¡Ay! me parece que
he perdido la vida y que un espíritu me lleva por el aire; pero los
latidos de tu corazón han despertado el mío. Voy a perder el juicio
de alegría... Déjame cantar el salmo del contento: «Al salir Israel
de Egipto...» Pero mi madre, mi pobre madre—exclamó con pesadumbre—,
¡ah! yo la escribiré, y cuando sepa que soy feliz, se alegrará
también...
Sonrióse entonces melancólicamente; pero cambiando al punto de ideas,
gritó desaforadamente con espanto y arrojándose fuera de la cama con
una violencia tal, que la abadesa y su madre apenas podían sujetarla:
—¡La sombra! ¡la sombra!... ¡Ay! ¡yo he caído del cielo!... ¿Quién me
levantará?... ¡Adiós!... ¡No vuelvas la cabeza atrás para mirarme,
que me partes el corazón! ¡Ya se ha perdido entre los árboles!...
Ahora es cuando debo morirme... ¡Alma cristiana, prepara tu ropa de
boda y ve a encontrar tu celestial esposo!
Entonces, fatigada, cayó otra vez sobre las almohadas en medio de las
lágrimas de las dos señoras, y comenzó a respirar con mucha congoja y
anhelo. El monje le tomó entonces el pulso, y, mirándole a los ojos
con mucha atención, se fué a sentar a un extremo de la celda con aire
abatido y meneando la cabeza. Doña Blanca que lo vió, se arrojó de
rodillas en un reclinatorio que allí había, y, asiendo un crucifijo
que sobre él estaba y abrazándolo estrechamente, exclamaba con una
voz ronca y ahogada:
—¡Oh, Dios mío, no a ella, no a ella, sino a mí! ¡Es mi hija única,
yo no tengo otra hija! ¡Vedla, señor, tan joven, tan buena y tan
hermosa! ¡Tomad mi vida! ¡Ved que no son mis lágrimas las solas que
correrán por ella, porque es un vaso de bendición en quien se paran
los ojos de todos! ¡Oh, Señor! ¡Oh, Señor! ¡Misericordia!
La abadesa, que, a pesar de que más necesidad tenía de consuelos que
poder para darlos, acudió a sosegar a su hermana diciéndole que si
así se abandonaba a su dolor, mal podía aprovechar las pocas fuerzas
que le quedaban para asistir a su hija. Surtió este consejo el efecto
deseado, pues doña Blanca, con esta idea, se serenó muy pronto; tal
era el miedo que tenía a verse separada de su hija.
En tal estado se pasaron algunos días, durante los cuales no cesaron
las monjas de rogar a Dios por la salud de doña Beatriz. Hubo que
establecer una especie de turno para la asistencia, pues todas a
la vez querían quedarse para velarla y asistirla. El luto parecía
haber entrado en aquella casa sin aguardar a que la muerte le
abriese camino. Sin embargo, después de doña Blanca, nadie estaba
tan atribulada como Martina, de cuyo lindo y alegre semblante
habían desaparecido los colores tan frescos y animados que eran la
ponderación de todos. Por lo que hace al señor de Arganza, que a
pesar de sus rigores amaba con verdadera pasión a su hija, oprimido
por el doble peso del pesar y del remordimiento, apenas se atrevía a
presentarse por Villabuena, pero pasaba días y noches sin gozar un
instante de verdadero reposo, y a cada paso estaba enviando expresos
que volvían siempre con nuevas algo peores.
Por fin el médico declaró que su ciencia estaba agotada y que sólo
el auxilio celestial podría curar a doña Beatriz. Entonces se le
administró la extremaunción, porque como no había recobrado el
conocimiento, no pudo dársele el viático. La comunidad toda, deshecha
en lágrimas, acudió a la ceremonia, y cada una se despidió en su
interior de aquella tan cariñosa y dulce compañera, que en medio de
los sinsabores que la habían cercado de continuo, mientras había
vivido en el convento, no había dado a nadie el más leve disgusto.
No hubo fuerzas humanas que arrancasen a doña Blanca del lado de su
hija la noche que debía morir; así, pues, hubieron de consentir en
que presenciase el doloroso trance. Hacia media noche, sin embargo,
doña Beatriz pareció volver en sí del letargo que había sucedido a la
agitación del delirio, y clavando los ojos en su fiel criada, le dijo
en voz casi imperceptible:
—¿Eres tú, pobre Martina? ¿Dónde está mi madre? ¡Me pareció oir su
voz entre sueños!
—Bien os parecía, señora—replicó la muchacha reprimiéndose por no
dejar traslucir la alegría tal vez infundada y loca que con aquellas
palabras había recibido—: mirad al otro lado, que ahí la tenéis.
Doña Beatriz volvió la cabeza, y sacando ambos brazos tan puros y
bien formados no hacía mucho, y entonces tan descarnados y flacos, se
los echó al cuello, y apretándola contra su pecho con más fuerza de
la que podía suponerse, exclamó, prorrumpiendo en llanto:
—¡Madre mía de mi alma! ¡Madre querida!
Doña Blanca, fuera de sí de gozo, pero procurando reprimirse, le
respondió:
—Sí, hija de mi vida, aquí estoy; pero serénate, que todavía estás
muy mala, y eso puede hacerte daño.
—No lo creáis—replicó ella—; no sabéis cuánto me alivian estas
lágrimas, únicas dulces que he vertido hace tanto tiempo. Pero vos
estáis más flaca que nunca... ¡ah, sí, es verdad, todos hemos sufrido
tanto! ¡Y vos también, tía mía! Y mi padre, ¿dónde está?
—Pronto vendrá—replicó doña Blanca—; pero, vamos, sosiégate, amor
mío, y procura descansar.
Doña Beatriz, sin embargo, siguió llorando y sollozando largo rato:
tantas eran las lágrimas, que se habían helado en sus ojos y oprimían
su pecho. Por fin, rendida del todo, cayó en un sueño profundo y
sosegado, durante el cual rompió en un abundante sudor. El anciano se
acercó entonces a ella, y reconociendo cuidadosamente su respiración,
igual y sosegada, y su pulso, levantó los ojos y las manos al cielo,
y dijo:—Gracias te sean dadas a ti, Señor, que has suplido la
ignorancia de tu siervo y la has salvado.
Y cogiendo a doña Blanca, atónita y turbada, de la mano, la llevó
delante de una imagen de la Virgen, y arrodillándose con ella,
empezó a rezar la Salve en voz baja pero con el mayor fervor. La
abadesa y Martina imitaron su ejemplo, y cuando acabaron, entrambas
hermanas se arrojaron una en los brazos de otra, y doña Blanca pudo
también desahogar su corazón oprimido.
El sueño de la enferma duró hasta muy entrada la mañana siguiente,
y en cuanto se despertó y el médico volvió a asegurar que ya había
pasado el peligro, las campanas del convento comenzaron a tocar a
vuelo, y en el monasterio fué un día de gran fiesta. Don Alonso
volvió a ver a su hija, pero aunque no había renunciado a su plan,
tanto por la palabra empeñada, cuanto por lo mucho que lisonjeaba
su ambición, resolvió no violentar su voluntad, siguiendo en esto
los impulsos de su propio corazón y los consejos del prelado de
Carracedo. El conde, por su parte, aunque momentáneamente, se alejó
del país, y de todas maneras doña Beatriz no experimentó al salir
de la enfermedad ningún género de contrariedad ni persecución. Sin
embargo, la convalecencia parecía ir larga, y como el monasterio
podía traerle a la imaginación más fácilmente las desagradables
escenas de que había sido teatro, por orden del monje de Carracedo,
que con tan paternal solicitud la había asistido, la trasladaron a
Arganza, donde todos los recuerdos eran más apacibles y consoladores.
El pueblo entero, que la había contado por muerta, la recibió como
nuestros lectores pueden figurarse con fiestas, bailoteos y algazaras
que la esplendidez del señor hacía más alegres y animados. Hubo su
danza y loa correspondiente, un mayo más alto que una torre, y por
añadidura una especie de farsa medio guerrera, medio venatoria,
dispuesta y acaudillada por nuestro amigo Nuño el montero, que aquel
día parecía haberse quitado veinte años de encima. Por lo que toca
al rollizo Mendo, se alegró tanto de la vuelta de Martina, que no
parecía sino que la taimada aldeana le correspondía decididamente.
Muchos fueron los tragos y tajadas con que la celebró; pero si
hubiera tenido noticia de sus escapatorias nocturnas, y sobre todo de
la última, probablemente no se librara de una indigestión. De todas
maneras la ignorancia le hacía dichoso como a tantos otros, y como
él convertía en sustancia todas las burlas y aun los bufidos de la
linda doncella, estaba que no cabía en su pellejo, harto estirado ya
por su gordura. Añádase a esto que la mala sombra de Millán andaba
lejos, rompiéndose la crisma contra las murallas de Tordehumos y que
Martina volvía más interesante con la ligera palidez que le habían
causado sus vigilias y congojas, y tendremos completamente explicado
el regocijo del buen palafrenero.
[Ilustración]
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