Extraño parecerá tal vez a nuestros lectores que tan a apunto
estuviese el abad de Carracedo para destruir los planes de felicidad
de don Álvaro y doña Beatriz, por quien suponemos que no habrá dejado
de interesarse un poco su buen corazón, y, sin embargo, es una cosa
natural. Cuando el señor de Bembibre se despidió de él en su primera
entrevista, su resolución y sus mismas palabras le dieron a entender
que su energía natural, estimulada por la violenta pasión que le
dominaba, no retrocedería delante de ningún obstáculo, ni se cansaría
de inventar planes y ardides. Era doña Beatriz su hija de confesión,
y todas las cosas a ella pertenecientes excitaban su cuidado y
solicitud; pero desde su ida a Villabuena, por honor de una casa
de su Orden y que estaba bajo su autoridad, su vigilancia se había
redoblado, y no sin fruto. Un criado de Carracedo había visto un
aldeano montar en un soberbio caballo, en uno de los montes cercanos
a Villabuena, y salir con uno, al parecer escudero, por trochas
y veredas, como apartándose de poblado. Lo extraño del caso, le
movió a contárselo al abad, y éste, por las señas y la dirección que
llevaba, conoció que don Álvaro rondaba los alrededores, y que, en
vista de la insistencia del conde de Lemus, trataría tal vez de robar
a su amante. Comunicó, pues, sus órdenes a todos los guarda-bosques
del monasterio, y al barquero de Villadepalos (pues la barca era del
monasterio), también, para que acechasen con toda vigilancia, y le
diesen parte inmediatamente de cuanto observasen. La escapatoria de
la discreta y aguda Martina, sin embargo, no llegó a sus oídos; pero
la venida de don Álvaro de Cornatel, el estudiado rodeo que le vieron
tomar los guardas para apartarse del convento, y sobre todo, la idea
de que al siguiente día expiraba el plazo señalado a doña Beatriz,
fueron otros tantos rayos de luz que le indicaron aquella noche
como la señalada para la ejecución del atrevido plan. Suponiendo,
con razón que Cornatel fuese el punto destinado para la fuga, hizo
retirar la barca al otro lado, y como el Sil iba crecido con las
nieves de las montañas que se derretían, y no se podía vadear, desde
luego se aseguró que su plan no saldría fallido. Cierto es que don
Álvaro podía llevarse a doña Beatriz a Bembibre, o cruzar el río por
el puente de Ponferrada, en cuyo caso burlaría sus afanes; pero ambas
cosas ofrecían tales inconvenientes, que sin duda debían arredrar a
don Álvaro. El puente estaba fortificado, y sin orden del maestre
nadie hubiera pasado por él a hora tan desusada, cosa que nuestro
caballero deseaba sobre todo evitar. Así, pues, las redes del prelado
estaban bien tendidas, y el resultado de la tentativa de don Álvaro
fué el que, por su desdicha, debía de ser necesariamente.
Comoquiera no creía el buen religioso que la pasión de doña Beatriz
hubiese echado en su alma tan hondas raíces, ni que a tales
extremos la impeliese el deseo de huir de un matrimonio aborrecido.
Acostumbrado a ver doblegarse a todas las doncellas de alto y bajo
nacimiento delante de la autoridad paterna, imaginaba que sólo
una fascinación pasajera podía mover a doña Beatriz a semejante
resolución, y cabalmente, las consecuencias de esta falta fueron las
que se propuso atajar. Pero cuando por sus ojos vió la violencia
de aquel contrariado afecto, y el manantial de desdichas que
podía abrir la obstinación del señor de Arganza, determinó oponerse
resueltamente a sus miras. Su corazón, aunque arrebatado de fanático
celo, no había desechado, sin embargo, ninguno de aquellos generosos
impulsos, propios de su clase y estado, y además quería a doña
Beatriz con ternura casi paternal. En el secreto de la penitencia,
aquella alma pura y sin mancha se le había presentado en su divina
desnudez y cautivado su cariño, como era inevitable. Por otra parte,
bien veía que don Álvaro, caballero y pundonoroso, si en aquella
época los había, sólo acosado por la desesperación y la injusticia,
se lanzaba a tan violentos partidos. Así, pues, al día siguiente, muy
temprano, salió a poner en ejecución su noble propósito, cosa de que
con gran pesadumbre suya le excusó la enfermedad de doña Beatriz, que
todo lo retardó por sí sola. No le pareció justo entonces amargar la
zozobra del señor de Arganza, que ya empezaba a recoger el fruto de
sus injusticias, pero no cejó ni un punto de lo que tenía determinado.
Don Álvaro, por su parte, desde Carracedo se fué en derechura
a Ponferrada, donde llegó antes de amanecer; pero no queriendo
alborotar a nadie a hora tan intempestiva, y con el objeto de
recobrarse antes de presentarse a su tío, estuvo vagando por las
orillas del río hasta que los primeros albores del día trocaron en su
natural color las pálidas tintas de que revestía la luna las almenas
y torreones de aquella majestuosa fortaleza. Entró entonces en ella,
y con la franqueza propia de su carácter, aunque exigiéndole antes su
palabra de caballero de guardar su declaración en el secreto de su
pecho, y no tomar sobre lo que iba a saber providencia alguna, contó
a su tío todos los sucesos del día anterior. Escuchóle el anciano con
vivo interés, y al acabar le dijo:
—Buen valedor has encontrado en el abad de Carracedo, y la desgracia
te ha traído al mismo punto en que yo quise ponerte cuando aún no se
había desencadenado esta tormenta. Yo conozco al abad, y por mucha
que sea la enemiga y el rencor con que mira a nuestra caballería,
su alma es recta y no se apartará de la senda de la verdad. ¡Pero
Saldaña!...—añadió con pesadumbre—¡uno de los ancianos de nuestro
pueblo, encanecido en los combates, prestar su ayuda, y lo que es
más, el castillo que gobierna, a semejantes propósitos! ¡Consentir
que atravesase una mujer los umbrales del Temple, cuando hasta el
beso de nuestras madres y hermanas nos está vedado!
Don Álvaro intentó disculparle.
—No, hijo mío—contestó el maestre—, esto que contigo ha hecho por el
cariño que te tiene, hubiera él hecho igualmente por un desconocido,
con tal de que de ello resultase crecimiento a nuestro poder y
menoscabo al de nuestros enemigos. Harto conocido le tengo: su alma
iracunda y soberbia se ha exasperado con nuestras desdichas, y sólo
sueña en propósitos de ambición y en medios puramente humanos para
restaurar nuestro decoro. En sus ojos todos son buenos si conducen
a este fin. ¡En él se ofrece viva y de manifiesto la decadencia de
nuestra Orden!
Don Álvaro dijo entonces a su tío que pensaba partir al punto a
Castilla, y el anciano se lo aprobó, no sólo porque como señor
mesnadero estaba obligado a servir al rey en la ocasión que se
ofrecía, sino también con el deseo de que los peligros y azares de la
guerra, que tan bien cuadraban a su carácter, le divirtiesen de sus
sinsabores y pesares. Por esta vez, su bandera, compañera inseparable
de la del Temple, tenía que ir sola en busca del enemigo, pues los
caballeros, recelosos con sobrado fundamento de la potestad real, y
pendientes del giro que tomasen en el vecino reino de Francia los
atropellos cometidos en la persona de su maestre ultramarino y demás
caballeros, juzgaron prudente mantenerse neutrales en la guerra
intestina de que iba a ser teatro la desventurada Castilla.
Al día siguiente salió don Álvaro de Bembibre camino de Carrión con
parte de su mesnada, dejando el cuidado de conducir la otra parte
a Melchor Robledo, uno de sus oficiales, y su castillo en manos de
los caballeros templarios de Ponferrada. En tanto que allá llega y
se junta a la hueste del rey don Fernando IV, forzoso será que demos
a nuestros lectores alguna idea de las nuevas turbulencias que en
diversos sentidos llamaban a los pueblos y a los ricos hombres, a
las armas.
La familia de los Laras, poderosísima en Castilla, tenía vinculados
en su casa la turbulencia y el desasosiego, no menos que la nobleza y
la opulencia. El jefe actual de este linaje, don Juan Núñez de Lara,
había estado largo tiempo desnaturalizado de Castilla, y entrado en
ella a mano armada cuando la gloriosa reina doña María tenía las
riendas del Gobierno; pero desbaratado su escuadrón por don Juan de
Haro, cayó en poder de la reina prisionero. Despojáronle entonces de
todos sus castillos y heredades, pero poco tardaron en volvérselas,
y para sellar más fuertemente esta avenencia le hicieron mayordomo
del rey, puesto el más aventajado y codiciado de su casa. Corrían,
empero, los tiempos tan turbios y alterados, y el carácter de Núñez
de Lara era tan enojadizo y revoltoso, que todas estas mercedes no
fueron bastantes a corregir sus malas propensiones. El infante don
Juan, que tan funesto nombre ha dejado en nuestra historia para
servir de sombra y de contraste a la resplandeciente figura de Guzmán
el Bueno, malhallado con la pérdida de su soñado reino de León,
tardó poco en trabar con él amistad y alianza, deseoso de fundar en
ella sus pretensiones al señorío de Vizcaya, que pertenecía a su
mujer doña María Díaz de Haro, como heredera de su padre el conde
don Lope, pero que, sin embargo, no había salido de las manos de don
Diego, su tío, poseedor de él a la sazón. Era este pleito muy ajeno y
difícil de componer y pocos señores además lo deseaban sinceramente,
porque con semejantes bandos y desavenencias el poder de la corona
se enflaquecía al compás de sus usurpaciones y desafueros, y no
llegaba el caso de poner coto a este germen de debilidad que atacaba
el corazón del estado. Las revueltas de la menor edad del rey habían
enseñado a los señores el camino de la rebelión, y así el brazo como
el discurso del rey eran ambos flojos en demasía para atajar tan
grave daño.
A pesar de todo, por la discreción y habilidad de la reina doña María
llegó a sosegarse la diferencia de don Diego de Haro y del infante
don Juan, entregando aquél el señorío de Vizcaya a su sobrina doña
María Díaz, y recibiendo éste en trueque las villas de Villalba y
Miranda; pero el rey, cuyo natural ligero y poco asentado fué causa
gran número de veces de que se desgraciasen muy sabias combinaciones
políticas, excluyó de esta avenencia y concierto, en que mediaron
los principales señores de su corona, a su mayordomo don Juan Núñez
de Lara, con quien comenzaba a disgustarse y desabrirse. Según
era de esperar de sus fueros y altanería, mirólo Lara como un
ultraje sangriento, y despidiéndose del rey con palabras ásperas y
descomedidas, fuese a encerrar en Tordehumos, lugar fuerte. Repartió
su gente por Iscar, Montejo y otros lugares, y proveyéndose de armas,
víveres y pertrechos, se preparó a arrostrar la cólera del rey.
Éste, por su parte, no menos resentido de las demasías de don Juan
Núñez, después de tener consejo con los suyos envió a requerirle
con un caballero, que, pues, tan mal sabía agradecer sus mercedes,
saliese al punto de la tierra y le entregase las villas de Moya y
Cañete en que le heredara poco antes. Contestóle don Juan Núñez,
con su acostumbrada insolencia, que no saldría de una tierra donde
era tan natural como el más natural de ella, y que, en cuanto a las
villas, harto bien ganadas las tenía. Con esto, el rey juntó sus
tropas y se preparó a cercarle en Tordehumos.
A pesar de estas disensiones, tanto el monarca como los señores
del partido de Lara, estaban acordes en un punto: el odio a los
templarios, y, sobre todo, en el deseo de repartirse sus despojos.
Cierto es que el rey no había recibido daño de la Orden en las
pasadas turbulencias y que los caballeros se habían mantenido
neutrales cuando menos, durante aquella época azarosa, pero no lo es
menos que un miembro de ella, el comendador Martín Martínez, había
entregado al infante don Juan, el castillo y plaza del puente de
Alcántara. El rey, sin embargo, tuvo más en cuenta este hecho aislado
que el comportamiento decoroso de toda la Orden; y por otra parte,
el deseo de reparar con sus bienes los descalabros de la corona, y
de acallar con ellos la codicia de sus ricos hombres, acabaron de
inclinar la balanza de su ánimo en contra de tan ilustre milicia.
No obstante, como el papa Clemente IV no acababa de fulminar sus
anatemas, ni se atrevía a tomar bajo su protección a aquella tan
perseguida caballería, estaban los ánimos en suspenso y con la espada
a medio sacar de la vaina. De todas maneras, no se cesaba un punto
de minar en la opinión los cimientos del Temple y de urdir sordas
cábalas para el día en que hubiesen de romperse las hostilidades.
El infante don Juan, centro de todas ellas, no reposaba un momento,
y como dejamos ya indicado, los proyectos del conde de Lemus y las
amarguras de doña Beatriz y de don Álvaro, eran obra de aquellas
manos, que así asesinaban en la cuna los niños inocentes, como
las esperanzas más santas y legítimas. Los templarios eran dueños
de las entradas de Galicia por la parte del puerto de Piedrafita,
Valdeorres, con los castillos de Cornatel y del Valcarce. Las
fortalezas de Corullón, Ponferrada, Bembibre, dominaban las llanuras
más pingües del país, y, por otra parte, si las casas de Yáñez y
Ossorio llegaban a enlazarse, sus numerosos vasallos montañeses de
las fuentes del Boeza y del Burbia cerrarían gran porción de entradas
y desfiladeros y harían casi inexpugnable la posición de la Orden en
aquella comarca. Harto claro veían esto el infante y los suyos, y
de ahí nacían las persecuciones del conde, que, lejos de venir a la
jornada de Tordehumos, se quedó en los confines de Galicia y en el
Bierzo, así para llevar adelante su particular propósito, como para
juntar fuerzas contra los templarios, con quienes parecía inevitable
un rompimiento.
Encontróse, pues, solo don Álvaro en medio de la hueste de Castilla,
o por mejor decir, acompañado de la natural ojeriza y recelo que
inspiraba su alianza estrecha y sincera con el Temple, su valor, su
destreza en las armas y la nombradía que había sabido alcanzarse de
antemano. Por fin, junto al ejército real, y completa ya la gente
del señor de Bembibre, que con el segundo tercio, acaudillado por
Robledo, se le había incorporado, moviéronse de Carrión y fueron a
ponerse sobre Tordehumos con grandes aprestos, bagajes y máquinas de
guerra.
[Ilustración]
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