CAPÍTULO XII

Extraño parecerá tal vez a nuestros lectores que tan a apunto

estuviese el abad de Carracedo para destruir los planes de felicidad

de don Álvaro y doña Beatriz, por quien suponemos que no habrá dejado

de interesarse un poco su buen corazón, y, sin embargo, es una cosa

natural. Cuando el señor de Bembibre se despidió de él en su primera

entrevista, su resolución y sus mismas palabras le dieron a entender

que su energía natural, estimulada por la violenta pasión que le

dominaba, no retrocedería delante de ningún obstáculo, ni se cansaría

de inventar planes y ardides. Era doña Beatriz su hija de confesión,

y todas las cosas a ella pertenecientes excitaban su cuidado y

solicitud; pero desde su ida a Villabuena, por honor de una casa

de su Orden y que estaba bajo su autoridad, su vigilancia se había

redoblado, y no sin fruto. Un criado de Carracedo había visto un

aldeano montar en un soberbio caballo, en uno de los montes cercanos

a Villabuena, y salir con uno, al parecer escudero, por trochas

y veredas, como apartándose de poblado. Lo extraño del caso, le

movió a contárselo al abad, y éste, por las señas y la dirección que

llevaba, conoció que don Álvaro rondaba los alrededores, y que, en

vista de la insistencia del conde de Lemus, trataría tal vez de robar

a su amante. Comunicó, pues, sus órdenes a todos los guarda-bosques

del monasterio, y al barquero de Villadepalos (pues la barca era del

monasterio), también, para que acechasen con toda vigilancia, y le

diesen parte inmediatamente de cuanto observasen. La escapatoria de

la discreta y aguda Martina, sin embargo, no llegó a sus oídos; pero

la venida de don Álvaro de Cornatel, el estudiado rodeo que le vieron

tomar los guardas para apartarse del convento, y sobre todo, la idea

de que al siguiente día expiraba el plazo señalado a doña Beatriz,

fueron otros tantos rayos de luz que le indicaron aquella noche

como la señalada para la ejecución del atrevido plan. Suponiendo,

con razón que Cornatel fuese el punto destinado para la fuga, hizo

retirar la barca al otro lado, y como el Sil iba crecido con las

nieves de las montañas que se derretían, y no se podía vadear, desde

luego se aseguró que su plan no saldría fallido. Cierto es que don

Álvaro podía llevarse a doña Beatriz a Bembibre, o cruzar el río por

el puente de Ponferrada, en cuyo caso burlaría sus afanes; pero ambas

cosas ofrecían tales inconvenientes, que sin duda debían arredrar a

don Álvaro. El puente estaba fortificado, y sin orden del maestre

nadie hubiera pasado por él a hora tan desusada, cosa que nuestro

caballero deseaba sobre todo evitar. Así, pues, las redes del prelado

estaban bien tendidas, y el resultado de la tentativa de don Álvaro

fué el que, por su desdicha, debía de ser necesariamente.

Comoquiera no creía el buen religioso que la pasión de doña Beatriz

hubiese echado en su alma tan hondas raíces, ni que a tales

extremos la impeliese el deseo de huir de un matrimonio aborrecido.

Acostumbrado a ver doblegarse a todas las doncellas de alto y bajo

nacimiento delante de la autoridad paterna, imaginaba que sólo

una fascinación pasajera podía mover a doña Beatriz a semejante

resolución, y cabalmente, las consecuencias de esta falta fueron las

que se propuso atajar. Pero cuando por sus ojos vió la violencia

de aquel contrariado afecto, y el manantial de desdichas que

podía abrir la obstinación del señor de Arganza, determinó oponerse

resueltamente a sus miras. Su corazón, aunque arrebatado de fanático

celo, no había desechado, sin embargo, ninguno de aquellos generosos

impulsos, propios de su clase y estado, y además quería a doña

Beatriz con ternura casi paternal. En el secreto de la penitencia,

aquella alma pura y sin mancha se le había presentado en su divina

desnudez y cautivado su cariño, como era inevitable. Por otra parte,

bien veía que don Álvaro, caballero y pundonoroso, si en aquella

época los había, sólo acosado por la desesperación y la injusticia,

se lanzaba a tan violentos partidos. Así, pues, al día siguiente, muy

temprano, salió a poner en ejecución su noble propósito, cosa de que

con gran pesadumbre suya le excusó la enfermedad de doña Beatriz, que

todo lo retardó por sí sola. No le pareció justo entonces amargar la

zozobra del señor de Arganza, que ya empezaba a recoger el fruto de

sus injusticias, pero no cejó ni un punto de lo que tenía determinado.

Don Álvaro, por su parte, desde Carracedo se fué en derechura

a Ponferrada, donde llegó antes de amanecer; pero no queriendo

alborotar a nadie a hora tan intempestiva, y con el objeto de

recobrarse antes de presentarse a su tío, estuvo vagando por las

orillas del río hasta que los primeros albores del día trocaron en su

natural color las pálidas tintas de que revestía la luna las almenas

y torreones de aquella majestuosa fortaleza. Entró entonces en ella,

y con la franqueza propia de su carácter, aunque exigiéndole antes su

palabra de caballero de guardar su declaración en el secreto de su

pecho, y no tomar sobre lo que iba a saber providencia alguna, contó

a su tío todos los sucesos del día anterior. Escuchóle el anciano con

vivo interés, y al acabar le dijo:

—Buen valedor has encontrado en el abad de Carracedo, y la desgracia

te ha traído al mismo punto en que yo quise ponerte cuando aún no se

había desencadenado esta tormenta. Yo conozco al abad, y por mucha

que sea la enemiga y el rencor con que mira a nuestra caballería,

su alma es recta y no se apartará de la senda de la verdad. ¡Pero

Saldaña!...—añadió con pesadumbre—¡uno de los ancianos de nuestro

pueblo, encanecido en los combates, prestar su ayuda, y lo que es

más, el castillo que gobierna, a semejantes propósitos! ¡Consentir

que atravesase una mujer los umbrales del Temple, cuando hasta el

beso de nuestras madres y hermanas nos está vedado!

Don Álvaro intentó disculparle.

—No, hijo mío—contestó el maestre—, esto que contigo ha hecho por el

cariño que te tiene, hubiera él hecho igualmente por un desconocido,

con tal de que de ello resultase crecimiento a nuestro poder y

menoscabo al de nuestros enemigos. Harto conocido le tengo: su alma

iracunda y soberbia se ha exasperado con nuestras desdichas, y sólo

sueña en propósitos de ambición y en medios puramente humanos para

restaurar nuestro decoro. En sus ojos todos son buenos si conducen

a este fin. ¡En él se ofrece viva y de manifiesto la decadencia de

nuestra Orden!

Don Álvaro dijo entonces a su tío que pensaba partir al punto a

Castilla, y el anciano se lo aprobó, no sólo porque como señor

mesnadero estaba obligado a servir al rey en la ocasión que se

ofrecía, sino también con el deseo de que los peligros y azares de la

guerra, que tan bien cuadraban a su carácter, le divirtiesen de sus

sinsabores y pesares. Por esta vez, su bandera, compañera inseparable

de la del Temple, tenía que ir sola en busca del enemigo, pues los

caballeros, recelosos con sobrado fundamento de la potestad real, y

pendientes del giro que tomasen en el vecino reino de Francia los

atropellos cometidos en la persona de su maestre ultramarino y demás

caballeros, juzgaron prudente mantenerse neutrales en la guerra

intestina de que iba a ser teatro la desventurada Castilla.

Al día siguiente salió don Álvaro de Bembibre camino de Carrión con

parte de su mesnada, dejando el cuidado de conducir la otra parte

a Melchor Robledo, uno de sus oficiales, y su castillo en manos de

los caballeros templarios de Ponferrada. En tanto que allá llega y

se junta a la hueste del rey don Fernando IV, forzoso será que demos

a nuestros lectores alguna idea de las nuevas turbulencias que en

diversos sentidos llamaban a los pueblos y a los ricos hombres, a

las armas.

La familia de los Laras, poderosísima en Castilla, tenía vinculados

en su casa la turbulencia y el desasosiego, no menos que la nobleza y

la opulencia. El jefe actual de este linaje, don Juan Núñez de Lara,

había estado largo tiempo desnaturalizado de Castilla, y entrado en

ella a mano armada cuando la gloriosa reina doña María tenía las

riendas del Gobierno; pero desbaratado su escuadrón por don Juan de

Haro, cayó en poder de la reina prisionero. Despojáronle entonces de

todos sus castillos y heredades, pero poco tardaron en volvérselas,

y para sellar más fuertemente esta avenencia le hicieron mayordomo

del rey, puesto el más aventajado y codiciado de su casa. Corrían,

empero, los tiempos tan turbios y alterados, y el carácter de Núñez

de Lara era tan enojadizo y revoltoso, que todas estas mercedes no

fueron bastantes a corregir sus malas propensiones. El infante don

Juan, que tan funesto nombre ha dejado en nuestra historia para

servir de sombra y de contraste a la resplandeciente figura de Guzmán

el Bueno, malhallado con la pérdida de su soñado reino de León,

tardó poco en trabar con él amistad y alianza, deseoso de fundar en

ella sus pretensiones al señorío de Vizcaya, que pertenecía a su

mujer doña María Díaz de Haro, como heredera de su padre el conde

don Lope, pero que, sin embargo, no había salido de las manos de don

Diego, su tío, poseedor de él a la sazón. Era este pleito muy ajeno y

difícil de componer y pocos señores además lo deseaban sinceramente,

porque con semejantes bandos y desavenencias el poder de la corona

se enflaquecía al compás de sus usurpaciones y desafueros, y no

llegaba el caso de poner coto a este germen de debilidad que atacaba

el corazón del estado. Las revueltas de la menor edad del rey habían

enseñado a los señores el camino de la rebelión, y así el brazo como

el discurso del rey eran ambos flojos en demasía para atajar tan

grave daño.

A pesar de todo, por la discreción y habilidad de la reina doña María

llegó a sosegarse la diferencia de don Diego de Haro y del infante

don Juan, entregando aquél el señorío de Vizcaya a su sobrina doña

María Díaz, y recibiendo éste en trueque las villas de Villalba y

Miranda; pero el rey, cuyo natural ligero y poco asentado fué causa

gran número de veces de que se desgraciasen muy sabias combinaciones

políticas, excluyó de esta avenencia y concierto, en que mediaron

los principales señores de su corona, a su mayordomo don Juan Núñez

de Lara, con quien comenzaba a disgustarse y desabrirse. Según

era de esperar de sus fueros y altanería, mirólo Lara como un

ultraje sangriento, y despidiéndose del rey con palabras ásperas y

descomedidas, fuese a encerrar en Tordehumos, lugar fuerte. Repartió

su gente por Iscar, Montejo y otros lugares, y proveyéndose de armas,

víveres y pertrechos, se preparó a arrostrar la cólera del rey.

Éste, por su parte, no menos resentido de las demasías de don Juan

Núñez, después de tener consejo con los suyos envió a requerirle

con un caballero, que, pues, tan mal sabía agradecer sus mercedes,

saliese al punto de la tierra y le entregase las villas de Moya y

Cañete en que le heredara poco antes. Contestóle don Juan Núñez,

con su acostumbrada insolencia, que no saldría de una tierra donde

era tan natural como el más natural de ella, y que, en cuanto a las

villas, harto bien ganadas las tenía. Con esto, el rey juntó sus

tropas y se preparó a cercarle en Tordehumos.

A pesar de estas disensiones, tanto el monarca como los señores

del partido de Lara, estaban acordes en un punto: el odio a los

templarios, y, sobre todo, en el deseo de repartirse sus despojos.

Cierto es que el rey no había recibido daño de la Orden en las

pasadas turbulencias y que los caballeros se habían mantenido

neutrales cuando menos, durante aquella época azarosa, pero no lo es

menos que un miembro de ella, el comendador Martín Martínez, había

entregado al infante don Juan, el castillo y plaza del puente de

Alcántara. El rey, sin embargo, tuvo más en cuenta este hecho aislado

que el comportamiento decoroso de toda la Orden; y por otra parte,

el deseo de reparar con sus bienes los descalabros de la corona, y

de acallar con ellos la codicia de sus ricos hombres, acabaron de

inclinar la balanza de su ánimo en contra de tan ilustre milicia.

No obstante, como el papa Clemente IV no acababa de fulminar sus

anatemas, ni se atrevía a tomar bajo su protección a aquella tan

perseguida caballería, estaban los ánimos en suspenso y con la espada

a medio sacar de la vaina. De todas maneras, no se cesaba un punto

de minar en la opinión los cimientos del Temple y de urdir sordas

cábalas para el día en que hubiesen de romperse las hostilidades.

El infante don Juan, centro de todas ellas, no reposaba un momento,

y como dejamos ya indicado, los proyectos del conde de Lemus y las

amarguras de doña Beatriz y de don Álvaro, eran obra de aquellas

manos, que así asesinaban en la cuna los niños inocentes, como

las esperanzas más santas y legítimas. Los templarios eran dueños

de las entradas de Galicia por la parte del puerto de Piedrafita,

Valdeorres, con los castillos de Cornatel y del Valcarce. Las

fortalezas de Corullón, Ponferrada, Bembibre, dominaban las llanuras

más pingües del país, y, por otra parte, si las casas de Yáñez y

Ossorio llegaban a enlazarse, sus numerosos vasallos montañeses de

las fuentes del Boeza y del Burbia cerrarían gran porción de entradas

y desfiladeros y harían casi inexpugnable la posición de la Orden en

aquella comarca. Harto claro veían esto el infante y los suyos, y

de ahí nacían las persecuciones del conde, que, lejos de venir a la

jornada de Tordehumos, se quedó en los confines de Galicia y en el

Bierzo, así para llevar adelante su particular propósito, como para

juntar fuerzas contra los templarios, con quienes parecía inevitable

un rompimiento.

Encontróse, pues, solo don Álvaro en medio de la hueste de Castilla,

o por mejor decir, acompañado de la natural ojeriza y recelo que

inspiraba su alianza estrecha y sincera con el Temple, su valor, su

destreza en las armas y la nombradía que había sabido alcanzarse de

antemano. Por fin, junto al ejército real, y completa ya la gente

del señor de Bembibre, que con el segundo tercio, acaudillado por

Robledo, se le había incorporado, moviéronse de Carrión y fueron a

ponerse sobre Tordehumos con grandes aprestos, bagajes y máquinas de

guerra.

[Ilustración]

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El señor de Bembibre · 第 14 / 52 题