Tiempo es ya de que volvamos a doña Beatriz, cuya situación era sin
duda la más violenta y terrible de todas. La agitación nerviosa y
calenturienta que le había causado la terrible escena con su padre
y la inminencia del riesgo, le habían dado fuerzas para arrojarse a
cualquier extremo a trueque de huir de los peligros que la amagaban;
pero cuando Martina desapareció para llevar su mensaje y aquella
violenta agitación se fué calmando para venir a parar por último en
una especie de postración, comenzó a ver su conducta bajo diverso
aspecto, a temblar por lo que iba a suceder como había temblado
por lo pasado, y a encontrar mil dudas y tropiezos donde su pasión
sólo había visto antes resolución y caminos llanos. Ningún empacho
había tenido el día de su encierro en solicitar la entrevista de
la iglesia, porque semejante paso sólo iba encaminado a contener a
su amante en los límites del deber o inclinarle al respeto en todo
lo que emanase de su padre. La paz de aquella tierra y la propia
opinión la habían determinado a semejante paso; pero ahora, tal
vez para encender esta guerra, para confiarse a la protección de su
amante, para arrojarse a las playas de lo futuro sin el apoyo de su
padre, sin las bendiciones de su madre, era para lo que llamaba a don
Álvaro. Aquel era su primer acto de rebelión, aquel el primer paso
fuera del sendero trillado y hasta allí fácil de sus deberes; y la
propensión al sacrificio que descansa en el fondo de todas las almas
generosas no dejó también de levantarse para echarle en cara que,
atenta únicamente a su ventura, no pensaba en la soledad y aflicción
que envenenarían los últimos días de sus ancianos padres. Su pobre
madre en particular, tan enferma y lastimada, se le representaba
sucumbiendo bajo el peso de su falta y extendiendo sus brazos a la
hija que no estaba allí para cerrarle los ojos y recoger su último
suspiro.
Si tales reflexiones se hubieran representado solas a su imaginación,
claro es que hubiesen dado en el suelo con todos sus propósitos; pero
el vivo resentimiento que la violencia de su padre le causaba, y la
frialdad de alma del conde, cuyos ruines propósitos ni aun bajo el
velo de la cortesía habían llegado a encubrirse, le restituían toda
la presencia de ánimo que era menester en tan apurado trance. Y como
entonces no dejaba de aparecerse a su imaginación la noble y dolorida
figura de don Álvaro, que venía a pedirle cuenta de sus juramentos
y a preguntarle con risa sardónica qué había hecho de su pasión, de
aquella adoración profunda, culto verdadero con que siempre la había
acatado, sus anteriores sentimientos al punto cedían a los que más
fácil y natural cabida habían hallado en su corazón. De esta manera
dudas, temores, resolución y arrepentimientos se disputaban aquel
combatido y atribulado espíritu.
La vuelta de Martina, que con tanta prontitud como ingenio había
desempeñado su ardua comisión, la asustó más que la alegró, porque
era señal de que aquella tremenda crisis tocaba a su término.
Contóle con alegría y viveza la muchacha todas las menudencias de su
correría, y concluyó con la noticia de que aquella misma noche, a las
doce, don Álvaro entraría por la reja del agua en la huerta, y que
entrambas se marcharían adonde Dios se la deparase con sus amantes,
porque, como decía el señor de Bembibre, era aquel demasiado infierno
para tres personas solas.
Doña Beatriz, que había estado paseando a pasos desiguales por la
habitación, cruzando las manos sobre el pecho de cuando en cuando y
levantando los ojos al cielo, se volvió entonces a Martina y le dijo
con ceño:
—¿Y cómo, loca, aturdida, le sugeriste semejante traza? ¿Te parece a
ti que son estos juegos de niño?
—A mí, no—contestó con despejo la aldeana—; a quien se lo parece es
al testarudo de vuestro padre y al otro danzante de Galicia. Esos sí
que miran como juego de niños echaros el lazo al pescuezo y llevaros
arrastrando por ahí adelante. ¡Miren qué aliño de casa estaría, la
mujer llorando por los rincones y el marido por ahí urdiéndolas y
luego regañando si le salen mal!
Doña Beatriz, al oir esta pintura tan viva como exacta de la suerte
que le destinaban, levantó los ojos al cielo retorciéndose las manos,
y Martina, entre enternecida y enojada, le dijo:
—¡Vamos, vamos, que ese caso no llegará, Dios mediante! ¡Con tantos
pesares ya habéis perdido el color, ni más ni menos que el otro, que
parece que le han desenterrado! Esta noche salimos de penas y veréis
qué corrida damos por esos campos de Dios. Una libra de cera he
ofrecido a la Virgen de la Encina si salimos con bien.
Todas estas cosas que a manera de torbellino salían de la rosada
boca de aquella muchacha, no bastaron a sacar a doña Beatriz de su
distracción inquieta y dolorida. Llegó, por fin, la tarde, y como no
se dispusiese a salir de la celda, su criada le hizo advertir que
mal podían ejecutar su intento si no iban a la huerta. Entonces la
señora se levantó, como si un resorte la hubiera movido, y como para
desechar toda reflexión inoportuna se encaminó precipitadamente al
sitio de sus acostumbrados paseos.
Era la tarde purísima y templada, y la brisa que discurría
perezosamente entre los árboles apenas arrancaba un leve susurro de
sus hojas. El sol se acercaba al ocaso por entre nubes de variados
matices, y bañaba las colinas cercanas, las copas de los árboles y la
severa fábrica del monasterio de una luz cuyas tintas variaban, pero
de un tono general siempre suave y apacible. Las tórtolas arrullaban
entre los castaños y el murmullo del Cúa tenía un no sé qué de vago
y adormecido que inclinaba el alma a la meditación. Difícil era
mirar sin enternecimiento aquella escena sosegada y melancólica, y
el alma de doña Beatriz, tan predispuesta de continuo a esta clase
de emociones, se entregaba a ellas con toda el ansia que sienten los
corazones llagados.
Cierto era que con pocas alegrías podía señalar los días que había
pasado en aquel asilo de paz; pero al cabo el cariño con que había
sido acogida y el encanto que derramaba en su pecho la santa calma
del claustro, tenían natural atractivo a sus ojos. ¿Quién sabe lo que
le aguardaba el porvenir en sus regiones apartadas?... Doña Beatriz
se sentó al pie de un álamo, y desde allí, como por despedida, tendía
dolorosas miradas a todos aquellos sitios, testigos y compañeros
de sus pesares; a las flores, que había cuidado con su mano; a los
pájaros, para quienes había traído cebo más de una vez, y a los
arroyos, en fin, que tan dulce y sonoramente murmuraban. Embebecida
en estos tristes pensamientos, no echó de ver que el sol se había
puesto, y callado las tórtolas y pajarillos, hasta que la campana
del convento tocó a las oraciones. Aquel son, que se prolongaba por
las soledades y se perdía entre las sombras del crepúsculo, asustó a
doña Beatriz, que lo escuchó como si recibiera un aviso del cielo; y,
volviéndose a su criada, le dijo:
—¿Lo oyes, Martina? Esa es la voz de Dios que me dice: «Obedece a tu
padre.» ¿Cómo he podido abrigar la loca idea de apelar a la ayuda de
don Álvaro?
—¿Sabéis lo que yo oigo?—replicó la muchacha con algo de enfado—.
Pues es ni más ni menos que un aviso para que os recojáis a vuestra
celda y tengáis más juicio y resolución, procurando dormir un poco.
—Te digo—la interrumpió doña Beatriz—que no huiré con don Álvaro.
—Bien está, bien está—repuso la doncella—; pero andad y decídselo
vos, porque al que le vaya con la nueva, buenas albricias le mando.
Lo que yo siento es haberme dado semejante priesa por esos caminos,
que no hay hueso que bien me quiera, y a mí me parece que tengo
calentura. ¡Trabajo de provecho, así Dios me salve!
En esto entraron en el convento, y Martina se fué a la celda de la
hortelana, donde, contra las órdenes de su ama, hizo el trueque de
llaves proyectado.
Las noches postreras de Mayo duran poco, y así no tardaron en oir las
doce en el reloj del convento. Ya antes que dieran había hecho su
reconocimiento por los tenebrosos claustros la diligente Martina, y
entonces, volviéndose a su ama, le dijo:
—Vamos, señora, porque estoy segura de que ya ha limado o quebrado
los barrotes, y nos aguarda como los padres del Limbo el santo
advenimiento.
—Yo no tengo fuerzas, Martina—replicó doña Beatriz, acongojada—;
mejor es que vayas tú sola y le digas mi determinación.
—¿Yo, eh?—respondió ella con malicia—. ¡Pues no era mala embajada!
Mujer soy, y él un caballero de los más cumplidos; pero mucho sería
que no me arrancase la lengua. Vamos, señora—añadió con impaciencia—:
poco conocéis el león con quien jugáis. Si tardáis, es capaz de
venir a vuestra misma celda y atropellarlo todo. ¡Sin duda queréis
perdernos a los tres!
Doña Beatriz, no menos atemorizada que subyugada por su pasión, salió
apoyada en su doncella y entrambas llegaron a tientas a la puerta
del jardín. Abriéronla con mucho cuidado, y volviendo a cerrarla de
nuevo, se encaminaron apresuradamente hacia el sitio de la cerca
por donde salía el agua del riego. Como la reja, contemporánea de
don Bermudo el Gotoso, estaba toda carcomida de orín, no había sido
difícil a un hombre vigoroso como don Álvaro arrancar las barras
necesarias para facilitar el paso desahogado de una persona, de
manera que cuando llegaron ya el caballero estaba de la parte de
adentro. Tomó silenciosamente la mano de doña Beatriz, que parecía
de hielo, y la dijo:
—Todo está dispuesto, señora; no en vano habéis puesto en mí vuestra
confianza.
Doña Beatriz no contestó y don Álvaro repuso con impaciencia:
—¿Qué hacéis? ¿Tanto tiempo os parece que nos sobra?
—Pero don Álvaro—preguntó ella, con sola la mira de ganar tiempo—,
¿adónde queréis llevarme?
El caballero le explicó entonces rápida pero claramente todo su plan
tan juicioso como bien concertado, y al acabar su relación, doña
Beatriz volvió a guardar silencio. Entonces la zozobra y la angustia
comenzaron a apoderarse del corazón de don Álvaro, que también se
mantuvo un rato sin hablar palabra, fijos los ojos en los de doña
Beatriz, que no se alzaban del suelo. Por fin, acallando en lo
posible sus recelos, le dijo con voz algo trémula:
—Doña Beatriz, habladme con vuestra sinceridad acostumbrada. ¿Habéis
mudado por ventura de resolución?
—Sí, don Álvaro—contestó ella con acento apagado y sin atreverse a
alzar la vista—; yo no puedo huir con vos sin deshonrar a mi padre.
Soltó él entonces la mano, como si de repente se hubiera convertido
entre las suyas en una víbora ponzoñosa, y clavando en ella una
mirada casi feroz, le dijo con tono duro y casi sardónico:
—¿Y qué quiere decir entonces vuestro dolorido y extraño mensaje?
—¡Ah!—contestó ella con voz dulce y sentida—, ¿de ese modo me dais en
rostro con mi flaqueza?
—Perdonadme—respondió él—porque cuando pienso que puedo perderos,
mi razón se extravía y el dolor llega a hacerme olvidar hasta de la
generosidad. Pero decidme, ¡ah! decidme—continuó arrojándose a sus
pies—que vuestros labios han mentido cuando así queríais apartarme de
vos. ¿No vais con vuestro esposo, con el esposo de vuestro corazón?
Esto no puede ser más que una fascinación pasajera.
—No es sino verdadera resolución.
—¿Pero lo habéis pensado bien?—repuso don Álvaro—. ¿No sabéis que
mañana vendrán por vos para llevaros a la iglesia y arrancaros la
palabra fatal?
Doña Beatriz se retorció las manos lanzando sordos gemidos, y dijo:
—Yo no obedeceré a mi padre.
—Y vuestro padre os maldecirá; ¿no lo oísteis ayer de su misma boca?
—¡Es verdad, es verdad!—exclamó ella espantada y revolviendo los
ojos—; él mismo lo dijo. ¡Ah!—añadió en seguida con el mayor
abatimiento—, hágase entonces la voluntad de Dios y la suya.
Don Álvaro al oírla se levantó del suelo, donde todavía estaba
arrodillado, como si se hubiese convertido en una barra de hierro
ardiendo, y se plantó en pie delante de ella con un ademán salvaje y
sombrío, midiéndola de alto a bajo con sus fulminantes miradas. Ambas
mujeres se sintieron sobrecogidas de terror, y Martina no pudo menos
de decir a su ama casi al oído:—¿Qué habéis hecho, señora?—Por fin
don Álvaro hizo uno de aquellos esfuerzos que sólo a las naturalezas
extremadamente enérgicas y altivas son permitidos, y dijo con una
frialdad irónica y desdeñosa que atravesaba como una espada el
corazón de la infeliz:
—En ese caso, sólo me resta pediros perdón de las muchas molestias
que con mis importunidades os he causado, y rendir aquí un respetuoso
y cortés homenaje a la ilustre condesa de Lemus, cuya vida colme el
cielo de prosperidad.
Y con una profunda reverencia se dispuso a volver las espaldas; pero
doña Beatriz, asiéndole del brazo con desesperada violencia, le dijo
con voz ronca:
—¡Oh, no así, no así, don Álvaro! ¡Cosedme a puñaladas si queréis,
que aquí estamos solos y nadie os imputará mi muerte; pero no me
tratéis de esa manera, mil veces peor que todos los tormentos del
infierno!
—Doña Beatriz, ¿queréis confiaros a mí?
—Oídme, don Álvaro: yo os amo, yo os amo más que a mi alma, jamás
seré del conde... pero escuchadme y no me lancéis esas miradas.
—¿Queréis confiaros a mí y ser mi esposa, la esposa de un hombre que
no encontrará en el mundo más mujer que vos?
—¡Ah!—contestó ella congojosamente y como sin sentido—; sí, con vos,
con vos hasta la muerte—y entonces cayó desmayada entre los brazos de
Martina y del caballero.
—¿Y qué haremos ahora?—preguntó éste.
—¿Qué hemos de hacer—contestó la criada—sino acomodarla delante de
vos en vuestro caballo y marcharnos lo más aprisa que podamos? Vamos,
vamos, ¿no habéis oído sus últimas palabras? Algo más suelta tenéis
la lengua que mañosas las manos.
Don Álvaro juzgó lo más prudente seguir los consejos de Martina, y
acomodándola en su caballo con ayuda de Martina y Millán, salió a
galope por aquellas solitarias campiñas, mientras escudero y criada
hacían lo propio. El generoso _Almanzor_, como si conociese el valor
de su carga, parece que había doblado sus fuerzas y corría orgulloso
y engreído, dando de cuando en cuando gozosos relinchos. En minutos
llegaron como un torbellino al puente del Cúa, y atravesándolo
comenzaron a correr por la opuesta orilla con la misma velocidad.
El viento fresco de la noche y la impetuosidad de la carrera habían
comenzado a desvanecer el desmayo de doña Beatriz, que asida por
aquel brazo a un tiempo cariñoso y fuerte, parecía transportada
a otras regiones. Sus cabellos, sueltos por la agitación y el
movimiento, ondeaban alrededor de la cabeza de don Álvaro como una
nube perfumada, y de cuando en cuando rozaban su semblante.
Como su vestido blanco y ligero resaltaba a la luz de la luna más
que la obscura armadura de don Álvaro, y semejante a una exhalación
celeste entre nubes, parecía y desaparecía instantáneamente entre los
árboles, se asemejaba a una sílfide cabalgando en el hipogrifo de un
encantador. Don Álvaro, embebido en su dicha, no reparaba que estaban
cerca del monasterio de Carracedo, cuando de repente una sombra
blanca y negra se atravesó rápidamente en medio del camino y con una
voz imperiosa y terrible gritó:
—¿Adónde vas, robador de doncellas?
El caballo, a pesar de su valentía, se paró, y doña Beatriz y su
criada por un común impulso, restituída la primera al uso de sus
sentidos por aquel terrible grito, y la segunda casi perdido el
de los suyos de puro miedo, se tiraron inmediatamente al suelo.
Don Álvaro, bramando de ira, metió mano a la espada, y picando con
entrambas espuelas, se lanzó contra el fantasma, en quien reconoció
con gran sorpresa suya al abad de Carracedo.
—¡Cómo así—le dijo en tono áspero—; un señor de Bembibre trocado en
salteador nocturno!
—Padre—le interrumpió don Álvaro—, ya veis que os respeto a vos y a
vuestro santo hábito; pero por amor de Dios y de la paz dejadnos ir
nuestro camino. No queráis que manche mi alma con la sangre de un
sacerdote del Altísimo.
—Mozo atropellado—respondió el monje—, que no respetas ni la santidad
de la casa del Señor, ¿cómo pudiste creer que yo no temería tus
desafueros y procuraría salirte al paso?
—Pues habéis hecho mal—replicó don Álvaro, rechinando los dientes—.
¿Qué derecho tenéis vos sobre esa dama ni sobre mí?
—Doña Beatriz—respondió el abad con reposo—estaba en una casa en
que ejerzo autoridad legítima y de donde fraudulentamente la habéis
arrancado. En cuanto a vos, esta cabeza calva os dirá más que mis
palabras.
Don Álvaro, entonces, se apeó, y envainando su espada y procurando
serenarse, le dijo:
—Ya veis, padre abad, que todos los caminos de conciliación y buena
avenencia estaban cerrados. Nadie mejor que vos puede juzgar de mis
intenciones, pues que no ha muchos días os descubrí mi alma como si
os hablara en el tribunal de la penitencia; así, pues, sed generoso,
amparad al afligido y socorred al fugitivo, y no apartéis del sendero
de la virtud y la esperanza dos almas a quienes sin duda en la patria
común unió un mismo sentimiento antes de llegar a la patria del
destierro.
—Vos habéis arrebatado con violencia a una principal doncella del
asilo que la guardaba, y este es un feo borrón a los ojos de Dios y
de los hombres.
Doña Beatriz, entonces, se adelantó con su acostumbrada y hechicera
modestia, y le dijo con su dulce voz:
—No, padre mío; yo he solicitado su ayuda, yo he acudido a su valor,
yo me he arrojado en sus brazos, y heme aquí.
Entonces le contó rápidamente, y en medio del arrebato de la pasión,
las escenas del locutorio, su desesperación, sus dudas y combates,
y exaltándose con la narración, concluyó asiendo el escapulario del
monje con el mayor extremo del desconsuelo y exclamando:
—¡Oh, padre mío, libradme de mi padre, libradme de este desgraciado a
quien he robado su sosiego y, sobre todo, libradme de mí misma porque
mi razón está rodeada de tinieblas y mi alma se extravía en los
despeñaderos de la angustia que hace tanto tiempo me cercan!
Quedóse todo entonces en un profundo silencio, que el abad
interrumpió por fin con su voz bronca y desapacible, pero trémulo a
causa del involuntario enternecimiento que sentía.
—Don Álvaro—dijo—, doña Beatriz se quedará conmigo para volver a su
convento y vos tornaréis a Bembibre.
—Ya que tratáis de arrancarla de mis manos, debiérais antes
arrancarme la vida. Dejadnos ir nuestro camino, y ya que no queráis
contribuir a la obra de amor, no provoquéis la cólera de quien os ha
respetado aun en vuestras injusticias. Apartaos os digo o, por quien
soy, que todo lo atropello, aun la santidad misma de vuestra persona.
—¡Infeliz!—contestó el anciano—. Los ojos de tu alma están ciegos con
tu loca idolatría por esta criatura. ¡Hiéreme y mi sangre irá en pos
de ti gritando venganza, como la de Abel!
Don Álvaro, fuera de sí de enojo, se acercó para arrancar a doña
Beatriz de manos del abad, usando si preciso fuese de la última
violencia, cuando ésta se interpuso y le dijo con calma:
—Deteneos, don Álvaro; todo esto no ha sido más que un sueño de que
despierto ahora, y yo quiero volverme a Villabuena, de donde nunca
debí salir.
Quedóse don Álvaro yerto de espanto y como petrificado en medio de su
colérico arranque, y sólo acertó a replicar con voz sorda:
—¿A tanto os resolvéis?
—A tanto me resuelvo—contestó ella.
—Doña Beatriz—exclamó don Álvaro con una voz que parecía querer
significar a un tiempo las mil ideas que se cruzaban y chocaban en su
espíritu; pero como si desconfiase de sus fuerzas, se contentó con
decir:—Doña Beatriz... ¡adiós!—Y se dirigió adonde estaba su caballo
con precipitados pasos.
La desdichada señora rompió en llanto y sollozos amarguísimos, como
si el único eslabón que la unía a la dicha se acabase de romper en
aquel instante. El abad entonces, penetrado de misericordia, se
acercó rápidamente a don Álvaro, y asiéndole del brazo le trajo, como
a pesar suyo, delante de doña Beatriz.
—No os partiréis de ese modo—le dijo entonces—; no quiero que salgáis
de aquí con el corazón lleno de odio. ¿No tenéis confianza, ni en mis
canas, ni en la fe de vuestra dama?
—Yo sólo tengo confianza en las lanzas moras y en que Dios me
concederá una suerte de cristiano y de caballero.
—Escúchame, hijo mío—añadió el monje con más ternura de la que podía
esperarse de su carácter adusto y desabrido—; tú eres digno de suerte
más dichosa y sólo Dios sabe cómo me atribulan tus penas. Gran cuenta
darán a su justicia los que así destruyen su obra; yo que soy su
delegado aquí y ejerzo jurisdicción espiritual, no consentiré en ese
malhadado consorcio, manantial de vuestra desventura. He visto qué
premio dan a tu hidalguía, y en mí encontrarás siempre un amparo. Tú
eres la oveja sola y extraviada, pero yo te pondré sobre mis hombros
y te traeré al redil del consuelo.
—Y yo—repuso doña Beatriz—renuevo aquí delante de un ministro del
altar el juramento que tengo ya hecho, y de que no me hará perjurar
ni la maldición misma de mi padre. ¡Oh, don Álvaro! ¿por qué queréis
separaros de mí en medio de vuestra cólera? ¿Nada os merecen las
persecuciones que he sufrido y sufro por vuestro amor? ¿Es esa
la confianza que ponéis en mi ternura? ¿Cómo no veis que si mi
resolución parece vacilar es que mis fuerzas flaquean y mi cabeza
se turba en medio de la agonía que sufro sin cesar, yo, desdichada
mujer, abandonada de los míos, sin más amparo que el de Dios y el
vuestro?
El despecho de don Álvaro se convirtió en enternecimiento cuando vió
que el desabrimiento del abad y el inesperado cambio de doña Beatriz
se trocaban en bondad paternal y en tiernas protestas. Su índole
natural era dulce y templada, y aquella propensión a la cólera y a
la dureza que en él se notaba hacía algún tiempo provenía de las
contrariedades y sinsabores que por todas partes le cercaban.
—Bien veis, venerable señor—dijo al abad—, que mi corazón no se ha
salido del sendero de la sumisión sino cuando la iniquidad de los
hombres me ha lanzado de él. Han querido arrebatármela, y eso es
imposible; pero si vos queréis mediar y me ofrecéis que no se llevará
a cabo ese casamiento abominable, yo me apartaré de aquí como si
hubiera oído la palabra del mismo Dios.
—Toca esta mano, a que todos los días baja la Majestad del
cielo—replicó el monje—, y vete seguro de que mientras vivas y doña
Beatriz abrigue los mismos sentimientos, no pasará a los brazos de
nadie, ni aunque fueran los de un rey.
—Doña Beatriz—dijo, acercándose a ella y haciendo lo posible por
dominar su emoción—, yo he sido injusto con vos, y os ruego que me
perdonéis. No dudo de vos, ni he dudado jamás; pero la desdicha
amarga y trueca las índoles mejores. Nada tengo ya que deciros,
porque ni las lágrimas, ni los lamentos, ni las palabras os
revelarían lo que está pasando en mi pecho. Dentro de pocos días
partiré a la guerra que vuelve a encenderse en Castilla. Con Dios,
pues, os quedad, y rogadle que nos conceda días más felices.
Doña Beatriz reunió las pocas fuerzas que le quedaban para tan
doloroso momento, y, acercándose al caballero, se quitó del dedo una
sortija y la puso en el suyo, diciéndole:
—Tomad ese anillo, prenda y símbolo de mi fe, pura y acendrada como
el oro—y en seguida, cogiendo el puñal de don Álvaro, se cortó una
trenza de sus negros y largos cabellos, que todavía caían deshechos
por sus hombros y cuello, y se la dió igualmente. Don Álvaro besó
entrambas cosas y la dijo:
—La trenza la pondré dentro de la coraza, al lado del corazón, y el
anillo no se apartará de mi dedo; pero si mi escudero os devolviese
algún día entrambas cosas, rogad por mi eterno descanso.
[Ilustración]
—Aunque así fuera, os aguardaré un año; y pasado él, me retiraré a un
convento.
—Acepto vuestra promesa; porque si vos muriéseis igualmente, ninguna
mujer se llamaría mi esposa.
—El cielo os guarde, noble don Álvaro; pero no os entreguéis a la
amargura. Mirad que la esperanza es una virtud divina.
Estas parece que debían ser sus últimas palabras; pero, lejos de
moverse, parecían clavados en la tierra y sujetos por su recíproca
y dolorosa mirada, hasta que por fin, movidos de un irresistible
impulso, se arrojaron uno en brazos de otro, diciendo doña Beatriz en
medio de un torrente de lágrimas:
—Sí, sí, en mis brazos, aquí, junto a mi corazón... ¡Qué importa
que este santo hombre lo vea!... ¡Antes ha visto Dios la pureza de
nuestro amor!
Así estuvieron algunos instantes, como dos puros y cristalinos ríos
que mezclan sus aguas, al cabo de los cuales se separaron, y don
Álvaro, montando a caballo, después de recibir un abrazo del abad, se
alejó lentamente volviendo la cabeza atrás, hasta que los árboles le
ocultaron. Millán se quedó, por disposición de su amo, para acompañar
a doña Beatriz y a su criada a Villabuena. El anciano entonces dió
un corto silbido, y un monje lego, que estaba escondido tras de
unas tapias, se presentó al momento. Díjole algunas palabras en voz
baja, y al cabo de poco tiempo se volvió con la litera del convento,
conducida por dos poderosas mulas. Entraron en ella ama y criada;
retiróse el lego; asió Millán de la mula delantera, montó el abad en
su caballo y emprendieron de esta suerte el camino de Villabuena,
adonde llegaron todavía de noche. Por la brecha de la reja volvieron
a entrar las fugitivas, y Martina, casi en brazos, condujo a su
señora a la habitación, en tanto que el abad daba la vuelta a
Carracedo, más satisfecho de su prudencia, con la cual todo se había
remediado sin que nada se supiese, que su pedestre acompañante del
término de su aventura nocturna.
Al día siguiente, cuando los criados del conde y del señor de Arganza
fueron al convento llevando los presentes de boda, encontraron a doña
Beatriz atacada de una calentura abrasadora, perdido el conocimiento
y en medio de un delirio espantoso.
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