Don Álvaro salió de su castillo muy poco después de Martina, y
encaminándose a Ponferrada, subió el monte de Arenas, torció a la
izquierda, cruzó el Boeza y sin entrar en la bailía tomó la vuelta de
Cornatel. Caminaba orillas del Sil, ya entonces junto con el Boeza,
y con la pura luz del alba, e iba cruzando aquellos pueblos y valles
que el viajero no se cansa de mirar, y que a semejante hora estaban
poblados con los cantares de infinitas aves. Ora atravesaba un soto
de castaños y nogales, ora un linar cuyas azuladas flores semejaban
la superficie de una laguna; ora praderas fresquísimas y de un verde
delicioso, y de cuando en cuando solía encontrar un trozo de camino
cubierto a manera de dosel con un rústico emparrado. Por la izquierda
subían en un declive, manso a veces y a veces rápido, las montañas
que forman la cordillera de la Aquiana con sus faldas cubiertas de
viñedo, y por la derecha se dilataban hasta el río huertas y alamedas
de gran frondosidad. Cruzaban los aires bandadas de palomas torcaces
con vuelo veloz y sereno al mismo tiempo; las pomposas oropéndolas
y los vistosos gayos revoloteaban entre los árboles, y pintados
jilgueros y desvergonzados gorriones se columpiaban en las zarzas
de los setos. Los ganados salían con sus cencerros, y un pastor
jovencillo iba tocando en una flauta de corteza de castaño una tonada
apacible y suave.
Si don Álvaro llevase el ánimo desembarazado de las angustias y
sinsabores que de algún tiempo atrás acibaraban sus horas, hubiera
admirado sin duda aquel paisaje que tantas veces había cautivado
dulcemente sus sentidos en días más alegres; pero ahora su único
deseo era llegar pronto al castillo de Cornatel y hablar con el
comendador Saldaña, su alcaide.
Por fin, torciendo a la izquierda y entrando en una encañada profunda
y barrancosa por cuyo fondo corría un riachuelo, se le presentó en
la cresta de la montaña la mole del castillo, iluminada ya por los
rayos del sol, mientras los precipicios de alrededor estaban todavía
obscuros y cubiertos de vapores. Paseábase un centinela por entre
las almenas, y sus armas despedían a cada paso vivos resplandores.
Difícilmente se puede imaginar mudanza más repentina que la que
experimenta el viajero entrando en esta profunda garganta: la
naturaleza de este sitio es áspera y montaraz, y el castillo mismo,
cuyas murallas se recortan sobre el fondo del cielo, parece una
estrecha atalaya entre los enormes peñascos que le cercan y al lado
de los cerros que le dominan. Aunque el foso se ha cegado y los
aposentos interiores se han desplomado con el peso de los años, el
esqueleto del castillo todavía se mantiene en pie y ofrece el mismo
espectáculo que entonces ofrecía visto de lejos.
Don Álvaro cruzó el arroyo y comenzó a trepar la empinada cuesta
en que serpenteaba el camino, que después de numerosas curvas y
prolongaciones acababa en las obras exteriores del castillo. Iba
su ánimo combatido de deseos y esperanzas a cuál más inciertas,
pero determinado a aceptar las numerosas ofertas del comendador
Saldaña y ponerlas a prueba en aquella ocasión, en que se trataba
de algo más que su propia vida. Resuelto a esconder su plan y los
resultados de él a los ojos de todo el mundo, y seguro de que
la templanza y austeridad de su tío no le permitirían prestarle
su ayuda, sus imaginaciones y esperanzas sólo descansaban en el
alcaide de Cornatel. Su castillo de Bembibre no le ofrecía el sigilo
necesario para la empresa que meditaba, so pena de encender la guerra
en aquella pacífica comarca, y por otra parte ningún velo pudiera
encontrar tan tupido y espeso como el misterio temeroso y profundo
que cercaba todas las cosas de aquella orden.
El comendador, que, según su inveterada costumbre, estaba en pie al
romper el día, viendo un caballero que subía la cuesta y conociéndole
cuando ya estuvo más cerca, salió a recibir con un afecto casi
paternal a tan ilustre huésped, mirado entre todos los templarios
como el apoyo más fuerte de su orden en aquella tierra. Era don
Gutierre de Saldaña, hombre ya entrado en días; de regular estatura,
pelo y barba como de plata; pero ágil y fuerte en sus movimientos
como un mancebo. Su semblante hubiera infundido sólo veneración, a no
ser por la inquietud y desasosiego de alma que privaba a aquel noble
busto romano del reposo y calma que tan naturales adornos son de la
ancianidad. Eran sus ojos vivos y rasgados, de increíble fuerza, y
en su frente elevada y espaciosa se pintaban como en un fiel espejo
pensamientos semejantes a las nubes tormentosas que coronan las
montañas, que unas veces se disipan azotadas del viento y otras veces
descargan sobre la atemorizada llanura. Cualquiera al verle hubiera
dicho que las pasiones habían ejecutado su estrago en aquel natural,
poderoso y enérgico; pero de cuantas habían agitado su juventud, para
todos desconocida y enigmática, sólo una había quedado por señora de
aquel alma profunda e insondable como un abismo. Esta pasión era el
amor a su orden y el deseo de acrecentar su honra y su opulencia,
término cuyo logro no encontraba en él diferencia en los caminos. Su
vida se había pasado en la Tierra Santa en continuas batallas con los
infieles y en medio de los odios de los caballeros de San Juan y de
los príncipes que tan fieros golpes dieron al poder de los cristianos
en la Siria, y por último había asistido a la ruina de San Juan de
Acre o Tolemaida, postrer baluarte de la cruz en aquellas regiones
apartadas. Entonces dió la vuelta a España, su patria, herida su alma
altiva y rebelde en lo más vivo, pensando en la Tierra Santa que
perdían para siempre sus hermanos, y cargado en fin con todos los
vicios que legítimamente podían atribuirse a la milicia del Temple.
Parecióle que en vista de la tibieza con que Europa comenzaba a mirar
la conquista de Ultramar, sólo para los templarios estaba guardada
tamaña empresa, y en el desvarío de su despecho y de su orgullo llegó
a imaginar a Europa entera convertida en una monarquía regida por el
gran maestre, y que al son de las trompetas de la orden y alrededor
del Balza se movía de nuevo y como animada de una sola voluntad en
demanda del Santo Sepulcro. El ejemplo de los caballeros teutónicos
en Alemania acabó de encender su fantasía volcánica, y vueltos sus
ojos a Jerusalén, trabajando sin cesar por el engrandecimiento de
su hermandad y codiciando para ella alianzas y apoyos en todas
partes, sus amigos se habían convertido para él en hijos queridos
y sus contrarios en criaturas odiosas, como si el mismo infierno
las vomitara. Aquel alma sombría y tremenda, exacerbada con la
desgracia, y lejos de la abnegación y la humildad, fuentes puras de
la institución, se había amargado con las aguas del orgullo y de la
venganza, móvil entonces el más poderoso de sus acciones. Comoquiera,
la fe iluminaba todavía aquel abismo, si bien su luz hacía resaltar
más sus tinieblas.
Este hombre extraordinario quería a don Álvaro con pasión, no sólo
a causa de su confederación con la Orden, sino por sus prendas
hidalgas y elevado ingenio. No parecía sino que un reflejo de sus
días juveniles se pintaba en aquella figura de tan noble y varonil
belleza. Hasta le habían oído hablar con una mal disimulada emoción
de la desdichada pasión del noble mancebo, cosa extraña en su
austeridad y adusto carácter. Los recientes sucesos de Francia
acababan de dar la última mano a sus extraños proyectos, porque una
vez arrojado el guante por los príncipes, la poderosa Orden del
Temple tendría que presentar la gran batalla, de la cual, en su
entender, debía resultar la total sumisión de Europa, y tras de ella
la reconquista de Jerusalén. Sin embargo, por muchas que fueran las
tinieblas con que el orgullo y el error cegaban su entendimiento,
de cuando en cuando la verdad le mostraba algún vislumbre que, si
no bastaba para disiparlas, sobraba para introducir en su alma
la inquietud y el recelo. Con esto se había llegado a hacer más
ceñudo y menos tratable que de costumbre, y fuese por respeto a sus
meditaciones o por motivo menos piadoso, los caballeros y aspirantes
esquivaban su conversación.
Paseábase, pues, solo en uno de los torreones que miraban hacia
Poniente, cuando divisó con su vista de águila, y acostumbrada a
distinguir los objetos a largas distancias en los vastos desiertos de
la Siria, a nuestro caballero, que con su paje de lanza iban subiendo
a buen paso el agrio repecho que conducía y conduce al castillo.
Bajó, pues, a la puerta misma a recibirlo, no sólo con la cortesía
propia de su clase, sino también con la sincera cordialidad que
siempre le inspiraba aquel gallardo mancebo.
—¿De dónde bueno tan temprano?—le dijo abrazándole estrechamente.
—De mi castillo de Bembibre—respondió el caballero.
—¡De Bembibre!—contestó el comendador como admirado—. Quiere decir
que habéis andado de noche y que vuestra prisa debe de ser muy grande
y ejecutiva.
Don Álvaro hizo una señal de afirmación con la cabeza, y el anciano,
después de examinarle atentamente, le dijo:
—¡Por el Santo Sepulcro, que tenéis el mismo semblante que teníamos
los templarios el día que nos embarcamos para Europa! ¿Qué os ha
pasado en este mes, en que no hemos podido echaros la vista encima?
—Ni yo mismo sabría decíroslo—respondió don Álvaro—, y sobre todo
aquí—añadió echando una mirada alrededor.
—Sí, sí, tenéis razón—contestó Saldaña; y asiéndose de su brazo,
subió con él al mismo torreón en que antes estaba.
—¿Qué es lo que pasa?—preguntó de nuevo el comendador. El joven,
por única respuesta, sacó del seno la carta de doña Beatriz y se la
entregó. Como era tan breve, el comendador la recorrió de una sola
ojeada, y dijo frunciendo el entrecejo de una manera casi feroz,
aunque en voz baja:
—¡Ira de Dios, señores villanos! ¿conque queréis acorralarnos y
destrozar además el pecho de gentes que valen algo más que vosotros?
¿Y qué habéis pensado?—repuso volviéndose a don Álvaro.
—He pensado arrancarla de su convento, aunque hubiese de romper por
medio de todas las lanzas de Castilla; pero llevarla a mi castillo
ofrece muchos riesgos para ella, y venía a pediros ayuda y consejo.
—Ni uno ni otro os faltarán. Habéis obrado como discreto, porque si a
vuestro castillo os la lleváseis, o tendríais que abrir de grado sus
puertas a quien fuese a buscarla, o se encendería al punto la guerra,
cosa que daría gran pesar a vuestro tío y a nadie traería ventaja por
ahora.
—Si yo pudiera esconderla en las cercanías—repuso don Álvaro—hasta
que pasase el primer alboroto, la pondría después en un convento de
la Puebla de Sanabria, donde es abadesa una parienta mía.
—Pues en ese caso—replicó Saldaña—traedla a Cornatel, porque si a
buscarla vinieren, a fe que no la encontrarán. Junto al arroyo, y
cubierta con malezas, al lado de una cruz de piedra, está la mina del
castillo, y por allí podéis introducirla. En mis aposentos no entra
nadie, y nadie de consiguiente la verá. Pero a lo que dice la carta,
mucha diligencia habéis menester para impedir un suceso que ha de
quedar concluído pasado mañana.
—Y tanta—respondió don Álvaro—, que esta misma noche pienso dar cima
a la empresa—y en seguida le contó la visita de Martina y la traza
concertada, que al comendador le pareció muy bien.
Quedáronse entonces entrambos en silencio, como embebecidos en la
contemplación del soberbio punto de vista que ofrecía aquel alcázar
reducido y estrecho, pero que, semejante al nido de las águilas,
dominaba la llanura. Por la parte de Oriente y Norte le cercaban
los precipicios y derrumbaderos horribles, por cuyo fondo corría
el riachuelo que acababa de pasar don Álvaro, con un ruido sordo
y lejano que parecía un continuo gemido. Entre Norte y ocaso se
divisaba un trozo de la cercana ribera del Sil, lleno de árboles y
verdura, más allá del cual se extendía el gran llano del Bierzo,
poblado entonces de monte y dehesas, y terminado por las montañas
que forman aquel hermoso y feraz anfiteatro. El Cúa, encubierto
por las interminables arboledas y sotos de sus orillas, corría por
la izquierda al pie de la cordillera, besando la falda del antiguo
_Bergidum_, y bañando el monasterio de Carracedo. Y hacia el
Poniente, por fin, el lago azul y transparente de Carucedo, harto
más extendido que en el día, parecía servir de espejo a los lugares
que adornan sus orillas y los montes de suavísimo declive que le
encierran. Crecían al borde mismo del agua encinas corpulentas y de
ramas pendientes, parecidas a los sauces que aún hoy se conservan,
chopos altos y doblegadizos como mimbres, que se mecían al menor
soplo del viento, y castaños robustos y de redonda copa. De cuando
en cuando una bandada de lavancos y gallinetas de agua revolaba por
encima describiendo espaciosos círculos, y luego se precipitaba en
los espadañales de la orilla, o, levantando el vuelo, desaparecía
detrás de los encarnados picachos de las médulas.
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Saldaña tenía clavados los ojos en el lago, mientras don Álvaro,
siguiendo con la vista las orillas del Cúa, procuraba en vano
descubrir el monasterio de Villabuena, oculto por un recodo de los
montes.
—¡Dichosas orillas del mar Muerto!—prorrumpió por fin con un suspiro
el anciano comendador—. ¡Cuánto más agradables y benditas eran para
mí sus arenas que la frescura y lozanía que engalana aquestas orillas!
Aquella repentina exclamación, que revelaba el sentido de sus largas
meditaciones, arrancó de su distracción a don Álvaro.
Acercóse entonces al templario y le dijo:
—¿No confiáis en que los caballos del Temple vuelvan a beber las
aguas del Cedrón?
—¡Que si no confío!—exclamó el caballero con una voz semejante a la
de una trompeta—. ¿Y quién sino esta confianza mantiene la hoguera de
mi juventud bajo la nieve de estas canas? ¿Por qué conservo a mi lado
esta espada, si no es por la esperanza de lavarla en el Jordán, del
orín, de la mengua y del vencimiento?
—Os confieso—contestó don Álvaro—que al ver la tormenta que parece
formarse contra vuestra Orden, algunas veces he llegado a dudar de
vuestras glorias futuras, y hasta de vuestra existencia.
—Sí—replicó el templario con amargura—; ese es el premio que da
Felipe en Francia a los que le salvaron de las garras de un populacho
amotinado. Es, sin duda, el que nos prepara el rey don Jaime por
haber criado en nuestro nido el águila que con un vuelo glorioso fué
a posarse en las mezquitas de Valencia y las montañas de Mallorca.
Ese tal vez el que don Fernando el IV guarda a los únicos caballeros
que entre los lobos hambrientos de Castilla no han embestido su
mal guardado rebaño. Pero nosotros saldremos de las sombras de
la calumnia como el sol de las tinieblas de la noche; nosotros
abatiremos a los soberbios y levantaremos a los humildes; nosotros
reuniremos al mundo al pie del Calvario, y allí comenzará para él la
Era nueva.
—¿Habéis oído alguna vez las reflexiones de mi tío?
—Vuestro tío es una estrella limpia y sin mancha en el cielo de
nuestra orden—replicó el comendador—, y tal vez dice verdad; pero
vuestro tío se olvida—añadió con orgulloso entusiasmo—que el primer
don del cielo es el valor, que todavía habita en el corazón de los
templarios como en su tabernáculo sagrado. Acaso es cierto que el
orgullo nos ha corrompido; pero ¿quién ha vertido más sangre por
la causa de Dios? ¿Dónde estaban para nosotros el cariñoso calor
del hogar doméstico, el noble ardor de la ciencia y el reposo del
claustro? ¿Qué nos quedaba sino el poder y la gloria? Cualquiera que
sea nuestra culpa, con nuestra sangre la volveremos a lavar y con
nuestras lágrimas en las ruinas del palacio de David. Pero ¿quiénes
son esos gusanos viles que han dejado el sepulcro de Cristo en poder
de los perros de Mahoma para juzgarnos a nosotros, a quien todo
el poder del cielo y del infierno apenas fué bastante a arrojar de
aquellas riberas?
Calló entonces por un rato, y después, tomando la mano de su
compañero, le dijo con un acento casi enternecido:
—Don Álvaro, vuestra alma es noble y no hay cosa que no comprenda;
pero vos no sabéis lo que es haber sido dueños de aquella tierra
milagrosa y haberla perdido. Vos no podéis imaginaros a Jerusalén en
medio de su gloria y majestad. Y ahora—continuó con los ojos casi
bañados en lágrimas—, ahora está sentada en la soledad, llorando hilo
a hilo en la noche, y sus lágrimas en sus mejillas. El laúd de los
trovadores ha callado como las arpas de los profetas, y ambos gimen
al son del viento colgados de los sauces de Babilonia. Pero nosotros
volveremos del destierro—añadió con un tono casi triunfante—y
levantaremos otra vez sus murallas con la espada en una mano y la
llana en la otra, y entonaremos en sus muros el cántico de Moisés al
pie de la cruz en que murió el Hijo del hombre.
Aquel rostro surcado por los años se había encendido, y su noble
figura, animada por el fuego que inspiran todas las pasiones
verdaderas y vestida con aquel hermoso ropaje blanco que tan bien
decía con su edad, asomada a los precipicios de Cornatel, que por
su hondura y obscuridad pudieran compararse al valle de la muerte,
parecía al profeta Ezequiel evocando los muertos de sus sepulcros
para el juicio final. Don Álvaro, que tan fácilmente se dejaba
subyugar por todas las emociones generosas, apretó fuertemente la
mano del anciano y le dijo conmovido:
—Dichoso el que pudiera contribuir a la santa obra. No será mi brazo
el que os falte.
—Mucho podéis hacer—contestó Saldaña—. ¡Quiera Dios coronar nuestros
nobles intentos!
Bajaron entonces a los aposentos del comendador, que eran unas
cuantas cámaras de tosca estructura, una de las cuales tenía una
escalera que descendía a la mina. Saldaña entregó a Don Álvaro la
llave de la puerta o trampa exterior, y bajando con él le hizo notar
todos los ánditos y pasadizos subterráneos. Volvieron otra vez a
los aposentos, donde hicieron una frugal comida, y al caer el sol
salió de nuevo don Álvaro con su escudero. Habíale ofrecido Saldaña
algunas buenas lanzas por si quería escolta con que mejor asegurar
su intento; pero el joven la rehusó prudentemente, haciéndole ver
que el golpe era de astucia y no de fuerza, y que cuanto pudiese
llamar la atención perjudicaría su éxito. Encaminóse, pues, sólo
con su escudero, a la orilla del Sil, que cruzó por la barca de
Villadepalos. Después se internó en la dehesa que ocupaba entonces la
mayor parte del fondo del Bierzo, y dando un gran rodeo para evitar
el paso por Carracedo, tomó ya muy entrada la noche la vuelta de
Villabuena.
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