El medio de que el señor de Arganza se había valido para arrancar del
corazón de su hija el amor que tan firmes raíces había echado, no era
a la verdad el más a propósito. Aquella alma pura y generosa, pero
altiva, mal podía regirse con el freno del temor ni del castigo. Tal
vez la templanza y la dulzura hubieran recabado de ella cuanto la
ambición de su padre podía apetecer, porque la idea del sacrificio
suele ser instintiva en semejantes caracteres, y con más gusto
la acogen a medida que se presenta con más atavíos de dolor y de
grandeza; pero doña Beatriz, que según la exacta comparación del
abad se asemejaba a las aguas quietas y transparentes del lago azul
y sosegado de Carracedo, fácilmente se embravecía cuando la azotaba
su superficie el viento de la injusticia y dureza. La idea sola de
pertenecer a un tan mal caballero como el conde Lemus, y de ser el
juguete de una villana intriga, la humillaba en términos de arrojarse
a cualquier violento extremo por apartar de sí semejante mengua.
Por otra parte la soledad, la ausencia y la contrariedad, que bastan
para apagar inclinaciones pasajeras o culpables afectos, sólo
sirven de alimento y vida a las pasiones profundas y verdaderas.
Un amor inocente y puro acrisola el alma que le recibe, y por su
abnegación insensiblemente llega a eslabonarse con aquellos sublimes
sentimientos religiosos que en su esencia no son sino amor limpio
del polvo y fragilidades de la tierra. Si por casualidad viene la
persecución a adornarle con la aureola del martirio, entonces el
dolor mismo lo graba profundamente en el pecho, y aquella idea
querida llega a ser inseparable de todos los pensamientos, a la
manera que una madre suele mostrar predilección decidida al hijo
doliente y enfermo que no la dejó ni un instante de reposo.
Esto era cabalmente lo que sucedía con doña Beatriz. En el silencio
que la rodeaba se alzaba más alta y sonora la voz de su corazón, y
cuando su pensamiento volaba al que tiene en su mano la voluntad de
todos y escudriña con su vista lo más obscuro de la conciencia, sus
labios murmuraban sin saber aquel nombre querido. Tal vez pensaba
que sus oraciones se encontraban con las suyas en el cielo, mientras
sus corazones volaban uno en busca del otro en esta tierra de
desventuras, y entonces su imaginación se exaltaba hasta mirar sus
lágrimas y tribulaciones como otras tantas coronas que la adornarían
a los ojos de su amado.
Su tía, que también había amado y visto deshojarse en flor sus
esperanzas bajo la mano de la muerte, respetaba los sentimientos de
su sobrina y procuraba hacerle llevadero su cautiverio, dándole la
posible libertad y tratándola con el más extremado cariño, porque su
femenil agudeza le daba a entender claramente que sólo este proceder
podía emplearse con aquella naturaleza a un tiempo de león y de
paloma. La prudente señora quería dejar obrar la lenta medicina del
tiempo antes de arriesgar ninguna otra tentativa.
El día que doña Beatriz había señalado a don Álvaro en su carta,
estaba elegido con gran discreción, porque en él se celebraban
después de las vísperas los funerales de los regios patronos de
aquella santa casa, que comúnmente solían atraer numeroso concurso,
a causa de la limosna que se repartía; y de ordinario duraban hasta
de noche. Fácil le fué, por lo tanto, al caballero deslizarse a
favor de un disfraz de aldeano por entre el gentío y meterse en un
confesonario, donde se escondió como pudo, mientras los paisanos
del pueblo oían el sermón con la mayor atención. En las iglesias de
aquel país había, y hay aún en algunas, confesonarios cerrados por
delante con unas puertas de celosía, y más de una vez han sucedido
ocultaciones semejantes a la de nuestro caballero. Por fin, después
de acabados los oficios, la iglesia se fué desocupando, las monjas
rezaron sus últimas oraciones y el sacristán apagó las luces y salió
de la iglesia cerrando las puertas con sus enormes llaves.
Quedóse el templo en un silencio sepulcral y alumbrado por una sola
lámpara, cuya llama débil y oscilante, más que aclaraba los objetos
los confundía. Algunas cabezas de animales y hombres que adornaban
los capiteles de las columnas lombardas, parecían hacer extraños
gestos y visajes, y las figuras doradas de los santos de los altares,
en cuyos ojos reflejaban los rayos vagos y trémulos de aquella luz
mortuoria, parecían lanzar centelleantes miradas sobre el atrevido
que traía a la mansión de la religión y de la paz otros cuidados que
los del cielo. El coro estaba obscuro y tenebroso, y el ruido del
viento entre los árboles y el murmullo de los arroyos que venían de
fuera, junto con algún chillido de las aves nocturnas, tenían un eco
particular y temeroso debajo de aquellas bóvedas augustas.
Don Álvaro no era superior a su siglo, y en cualquiera otra ocasión,
semejantes circunstancias no hubiesen dejado de hacer impresión
profunda en su ánimo; pero los peligros reales que le cercaban si
era descubierto, el riesgo que corría en igual caso doña Beatriz,
el deseo de aclarar el enigma obscuro de su suerte, y, sobre todo,
la esperanza de oir aquella voz tan dulce, se sobreponían a toda
clase de temores imaginarios. Oyó, por fin, la campana interior del
claustro que tocaba a recogerse; luego voces lejanas como de gentes
que se despedían, pasos por aquí y acullá, abrir y cerrar puertas,
hasta que por último todo quedó en un silencio tan profundo como el
que le envolvía.
Salió entonces del confesonario y se acercó a la reja del coro
bajo, aplicando el oído con indecible ansiedad y engañándose a cada
instante creyendo percibir el leve sonido de los pasos y el crujido
de los vestidos de doña Beatriz. Por fin, una forma blanca y ligera
apareció en el fondo obscuro del coro, y adelantándose rápida y
silenciosamente, presentó a los ojos de don Álvaro, ya un poco
habituados a las tinieblas, los contornos puros y airosos de la hija
de Ossorio.
Más fácil le fué a ella distinguirle, porque el bulto de su cuerpo se
dibujaba claramente en medio de los rayos desmayados de la lámpara
que por detrás le herían. Adelantóse, pues, hasta la verja con el
dedo en los labios, como una estatua del silencio, que hubiese
cobrado vida de repente, y volviendo la cabeza como para dirigir una
postrera mirada al coro, preguntó con voz trémula:
—¿Soy vos don Álvaro?
—¿Y quién sino yo—respondió él—vendría a buscar vuestra mirada en
medio del silencio de los sepulcros? Me han dicho que habéis sufrido
mucho con la separación de vuestra madre, y aunque en esta obscuridad
no distingo bien vuestro semblante, me parece ver en él la huella del
insomnio y de las lágrimas. ¿No se ha resentido vuestra salud?
—No, a Dios gracias—respondió ella casi con alegría—, porque como
penaba por vos, el cielo me ha dado fuerzas. No sé si el llanto
habrá enturbiado mis ojos, ni si el pesar habrá robado el color de
mis mejillas; pero mi corazón siempre es el mismo. Pero somos unos
locos—añadió como recobrándose—en gastar así estos pocos momentos
que la suerte nos concede, y que sin gran peligro nuestro tal vez no
volverán en mucho tiempo. ¿Qué imagináis, don Álvaro, de haberos yo
llamado de esta suerte?
—He imaginado—respondió él—que leíais en mi alma y que con vuestra
piedad divina os compadecíais de mí.
—¿Y no habéis meditado algún proyecto temerario y violento? ¿No
habéis pensado en romper mis cadenas con vuestras manos atropellando
por todo?
Don Álvaro no respondió y doña Beatriz continuó con un tono que se
parecía al de la reconvención:—Ya veis que vuestro corazón no os
engañaba y que yo leía en él como en un libro abierto; pero sabed que
no basta que me améis, sino que me creáis y aguardéis noblemente.
No quiero que os volváis contra el cielo, cuya autoridad ejerce mi
padre, porque ya os dije que yo jamás mancharía mi nombre con una
desobediencia.
—¡Oh, Beatriz!—contestó don Álvaro con precipitación—, no me
condenéis sin oirme. Vos no sabéis lo que es vivir desterrado de
vuestra presencia; vos no sabéis, sobre todo, cómo despedaza mis
entrañas la idea de vuestros pesares, que yo, miserable de mí, he
causado sin tener fuerzas para ponerles fin. Cuando os veía dichosa
en vuestra casa, de todos acatada y querida, el mundo entero no me
parecía sino una fiesta sin término, una alegre romería adonde todos
iban a rendir gracias a Dios por el bien que su mano les vertía.
Cuando los pájaros cantaban por la tarde, sólo de vos me hablaban con
su música; la voz del torrente me deleitaba, porque vuestra voz era
la que escuchaba en ella, y la soledad misma parecía recogerse en
religioso silencio sólo para escuchar de mis labios vuestro nombre.
Pero ahora la naturaleza entera se ha obscurecido, las gentes pasan
junto a mí silenciosas y tristes, en mis ensueños os veo pasar por
un claustro tenebroso, con el semblante descompuesto y lleno de
lágrimas, y el cabello tendido; y el eco de la soledad que antes me
repetía vuestro nombre, sólo me devuelve ahora mis gemidos. ¿Qué
queréis? La desesperación me ha hecho acordar entonces de que era
noble, de que penabais por mí, de que tenía una espada y de que con
ella cortaría vuestras ligaduras.
—Gracias, don Álvaro—respondió ella enternecida—; veo que me amáis
demasiado; pero es preciso que me juréis aquí, delante de Dios, que a
nada os arrojaréis sin consentimiento mío. Sois capaz de sacrificarme
hasta vuestra fama; pero ya os lo he dicho: yo no desobedeceré a mi
padre.
—No puedo jurároslo, señora—respondió el caballero—, porque ya lo
estáis viendo: la persecución y la violencia han empezado por otra
parte, y tal vez sólo las armas podrán salvaros. Mirad que os pueden
arrastrar al pie del altar y allí arrancaros vuestro consentimiento.
—No creáis a mi padre capaz de tamaña villanía.
—Vuestro padre—replicó don Álvaro con cólera—tiene empeñada su
palabra, según dice, y además cree honraros a vos y a su casa.
—Entonces yo solicitaré una entrevista con el conde y le descubriré
mi pecho, y cederá.
—¿Quién, él? ¿ceder él?—contestó don Álvaro fuera de sí y con una voz
que retumbó en la iglesia—. ¡Ceder cuando justamente en vos estriban
todos sus planes! ¡Por vida de mi padre, señora, que sin duda estáis
loca!
La doncella se sobrepuso al susto que aquella voz le había causado, y
le dijo con dulzura, pero con resolución:
—En ese caso, yo os avisaré; pero hasta entonces, juradme lo que os
he pedido. Ya sabéis que nunca, nunca seré suya.
—¡Doña Beatriz!—exclamó de repente una voz detrás de ella.
—¡Jesús mil veces!—exclamó acercándose involuntariamente a la reja
mientras don Álvaro, maquinalmente, echaba mano a su puñal—. ¡Ah!
¿eres tú, Martina?—añadió, reconociendo a su fiel criada, que había
quedado de acecho, pero de la cual se había olvidado por entero.
—Sí, señora—respondió la muchacha—; y venía a deciros que las monjas
comenzarán a levantarse muy pronto, porque ya está amaneciendo.
—Preciso será, pues, que nos separemos—dijo doña Beatriz con un
suspiro—; pero nos separaremos para siempre si no me juráis por
vuestro honor lo que os he pedido.
—Por mi honor lo juro—respondió don Álvaro.
—Id, pues, con Dios, noble caballero; yo recurriré a vos si fuere
menester, y estad seguro de que nunca maldeciréis la hora en que os
confiasteis a mí.
Ama y criada se apartaron entonces con precipitación, y don Álvaro,
después de haberlas seguido con los ojos, se escondió de nuevo. A
poco rato las campanas del monasterio tocaron a la oración matutina
con regocijados sonidos, y el sacristán abrió las puertas de la
iglesia, dirigiéndose a la sacristía; por manera que don Álvaro pudo
salir sin ser visto. Encaminóse luego precipitadamente al monte,
donde Millán había pasado la noche con los caballos, y montando en
ellos, por sendas y veredas excusadas llegaron prontamente a Bembibre.
[Ilustración]
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