La escena que acabamos de describir causó mucho desasosiego en el
ánimo del señor de Arganza, porque harto claro veía ahora cuán hondas
raíces había echado en el ánimo de su hija aquella malhadada pasión
que así trastornaba todos sus planes de engrandecimiento. Poco
acostumbrado a la contradicción y mucho menos de parte de aquella
hija, dechado hasta entonces de sumisión y respeto, su orgullo se
irritó sobremanera, si bien en el fondo y como a despecho suyo
parecía a veces alegrarse de encontrar en una persona que tan de
cerca le tocaba, aquel valor noble y sereno y aquella elevación
de sentimientos. Sin embargo, atento antes que todo a conservar
ilesa su autoridad paternal, resolvió, al cabo de dos días, llevar
a doña Beatriz al convento de Villabuena, donde esperaba que el
recogimiento del lugar, el ejemplo vivo de obediencia que a cada
paso presenciaría, y sobre todo el ejemplo de su piadosa tía,
contribuirían a mudar las disposiciones de su ánimo.
Por secreto que procuró tener don Alonso el motivo de su
determinación, se traslució sobradamente en su familia y aun en
el lugar, y como todos adoraban a aquella criatura tan llena de
gracias y de bondad, el día de su partida fué uno de llanto y de
consternación generales. El mismo Mendo, el palafrenero que tan
inclinado se mostraba a favorecer los proyectos de su amo y a llevar
las armas de un conde, apenas podía contener las lágrimas. Don Alonso
daba a entender con la mayor serenidad posible, en medio del pesar
que experimentaba, que era ausencia de pocos días, y no llevaba más
objeto que satisfacer el deseo que siempre había manifestado la
abadesa de Villabuena de tener unos días en su compañía a su sobrina.
A todo el mundo decía lo contrario su corazón, y era trabajo en balde
el que el anciano señor se tomaba.
Doña Beatriz se despidió de su madre a solas y en los aposentos
más escondidos de la casa, y por esta vez ya no pudo sostenerla su
aliento: así fué que rompió en ayes y en gemidos tanto más violentos
cuanto más comprimidos habían estado hasta entonces. El corazón de
una madre suele tener en las ocasiones fuerzas sobrehumanas, y bien
lo mostró doña Blanca, que entonces fué la consoladora de su hija
y la que supo prestarle ánimo. Por fin doña Beatriz se desprendió
de sus brazos, y enjugándose las lágrimas bajó al patio, donde casi
todos los vasallos de su padre la aguardaban; sus hermosos ojos,
humedecidos todavía, despedían unos rayos semejantes a los del sol
cuando después de una tormenta atraviesan las mojadas ramas de los
árboles, y su talla majestuosa y elevada, realzada por un vestido
obscuro, la presentaba en todo el esplendor de su belleza. La mayor
parte de aquellas pobres gentes a quienes doña Beatriz había asistido
en sus enfermedades y socorrido en sus miserias, que siempre la
habían visto aparecer en sus hogares como un ángel de consuelo y de
paz, se precipitaron a su encuentro con voces y alaridos lamentables,
besándole unos las manos y otros la falda de su vestido. La doncella,
como pudo, se desasió suavemente de ellos, y subiendo en su
hacanea blanca, con ayuda del enternecido Mendo, salió del palacio
extendiendo las manos hacia sus vasallos y sin hablar palabra,
porque desde el principio se le había puesto un nudo en la garganta.
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El aire del campo y su natural valor le restituyeron por fin un poco
de serenidad. Componían la comitiva su padre, que caminaba un poco
delante, como muestra de su enojo, aunque realmente por ocultar su
emoción; el viejo Nuño, caballero en su haca de caza, pero sin halcón
ni perro; el rollizo Mendo, que aquel día andaba desatentado, y su
criada Martina, joven aldeana, rubia, viva y linda, de ojos azules
y de semblante risueño y lleno de agudeza. Como con gran placer
suyo iba destinada a servir y a acompañar a su señora durante su
reclusión, no sabemos decir a punto fijo si era esto lo que más
influía en el malhumor del caballerizo que, a pesar de los celos y
disgustos que le daba con Millán, el paje de don Álvaro, tenía la
debilidad de quererla. Viendo, pues, doña Beatriz que habían entrado
en conversación, dijo al montero, que por respeto caminaba un poco
detrás:
—Acércate, buen Nuño, porque tengo que hablarte. Tú eres el criado
más antiguo de nuestra casa, y como a tal sabes cuánto te he
apreciado siempre.
—Sí, señora—contestó él con voz no muy segura—; ¿quién me dijera a mí
cuando os llevaba a jugar con mis halcones y perros, que habían de
venir días como estos?
—Otros peores vendrán, pobre Nuño, si los que me quieren bien no
me ayudan. Ya sabes de lo que se trata, y mucho me temo que la
indiscreta ternura de mi padre no me fuerce a tomar por esposo
un hombre de todos detestado. Si yo tuviera parientes a quienes
dirigirme, sólo de ellos solicitaría amparo; pero, por desgracia, soy
la última de mi linaje. Preciso será, pues, que él me proteja, me
entiendes; ¿te atreverías a llevarle una carta mía?
Nuño calló.
—Piensa—añadió doña Beatriz—que se trata de mi felicidad en esta vida
y quizá en la otra. ¿También tú serías capaz de abandonarme?
—No, señora—respondió el criado con resolución—; venga la carta,
que yo se la llevaré aunque hubiera de atravesar por medio de toda
la morería. Si el amo lo llega a saber me mandará azotar y poner en
la picota y me echará de casa, que es lo peor; pero don Álvaro, que
es el mismo pundonor y la misma bondad, no me negará un nicho en su
castillo para cuidar de sus halcones y gerifaltes. Y sobre todo, sea
lo que Dios quiera, que yo a buen hacer lo hago, y él bien lo ve.
Doña Beatriz, enternecida, le entregó la carta, y casi no tuvo tiempo
para darle las gracias, porque Mendo y Martina se le incorporaron en
aquel punto. Así, pues, continuaron en silencio su camino por las
orillas del Cúa, en las cuales estaba situado el convento de monjas
de San Bernardo, hermano en su fundación del de Carracedo, y en el
cual habían sido religiosas dos princesas de sangre real. El convento
ha desaparecido, pero el pueblo de Villabuena, junto al cual estaba,
todavía subsiste y ocupa una alegre y risueña situación al pie de
unas colinas plantadas de viñedo. Rodéanlo praderas y huertas llenas
las más de higueras y toda clase de frutales, y las otras cercadas
de frescos chopos y álamos blancos. El río le proporciona riego
abundante y fertiliza aquella tierra, en que la naturaleza parece
haber derramado una de sus más dulces sonrisas.
Al cabo de un viaje de hora y media se apeó la cabalgata delante del
monasterio, a cuya portería salió la abadesa, acompañada de la mayor
parte de la comunidad, a recibir a su sobrina. Las religiosas todas
la acogieron con gran amor, prendadas de su modestia y hermosura,
y don Alonso, después de una larga conversación con su cuñada,
se partió a escondidas de su hija, desconfiando de su energía y
resolución, harto quebrantada con las escenas de aquel día. Nuño
y Mendo se despidieron de su joven ama con más enternecimiento
del que pudiera esperarse de su sexo y educación. Aquellos fieles
criados, acostumbrados a la presencia de doña Beatriz, que como una
luz de alegría y contento parecía iluminar todos los rincones más
obscuros de la casa, conocían que con su ausencia, la tristeza y el
desabrimiento iban a asentar en ella sus reales. Conocían que don
Alonso se entregaría más frecuentemente a los accesos de su malhumor,
sin el suave contrapeso y mediación de su hija; y por otra parte,
no se les ocultaba que los achaques, ya habituales de doña Blanca,
agravados con el nuevo golpe, acabarían de obscurecer el horizonte
doméstico. Así, pues, entrambos caminaron sin hablar palabra detrás
de su amo, no menos adusto y silencioso que ellos; y al llegar a
Arganza, Mendo se fué a las caballerizas con el caballo de su señor
y el suyo, y Nuño, después de piensar su jaca y cenar, salió cerca
de media noche, con pretexto de aguardar una liebre en un sitio algo
lejano, y de amaestrar un galgo nuevo de excelente traza; pero en
realidad, para llegar a Bembibre a deshora y entregar con el mayor
recato la carta de doña Beatriz, que poco más o menos decía así:
«Mi padre me destierra de su presencia por vuestro amor, y yo
sufro contenta este destierro; pero ni vos ni yo debemos olvidar
que es mi padre, y, por lo tanto, si en algo tenéis mi cariño y
alguna fe ponéis en mis promesas, espero que no adoptaréis ninguna
determinación violenta. El primer domingo después del inmediato,
procurad quedaros de noche en la iglesia del convento, y os diré
lo que ahora no puedo deciros. Dios os guarde y os dé fuerzas para
sufrir.»
Nuño desempeñó con tanto tino como felicidad su delicado mensaje,
y sólo pudo hacerle aceptar don Álvaro una cadena de plata de que
colgar el cuerno de caza en los días de lujo, para memoria suya.
Por lo demás, el buen montero todavía tuvo tiempo para volver a su
aguardo y coger la liebre, que trajo triunfante a casa muy temprano,
deshaciéndose en elogios de su galgo.
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