Cuantos días siguieron al encierro de doña Beatriz fueron
efectivamente para el señor de Bembibre todo lo penosos y desabridos
que le hemos oído decir, y aún algo más. Sin embargo, su natural
violento e impetuoso mal podía avenirse con un pesar desmayado y
apático, y día y noche había estado trazando proyectos a cuál más
desesperados. Unas veces pensaba en forzar a mano armada el asilo
pacífico de Villabuena al frente de sus hombres de armas en mitad
del día y con la enseña de su casa desplegada. Otras resolvía enviar
un cartel al conde de Lemus. Ya imaginaba pedir auxilio a algunos
caballeros templarios, y sobre todo al comendador Saldaña, alcaide
de Cornatel, que sin duda se hubieran prestado en odio del enemigo
común, y ya finalmente, aunque como relámpago fugaz, parto de la
tempestad que estremecía su alma, llegó a aparecérsele la idea de una
alianza con un jefe de bandidos y proscritos llamado el Herrero, que
de cuando en cuando se presentaba en aquellas montañas a la cabeza de
una cuadrilla de gentes, restos de las disensiones domésticas que
habían agitado hasta entonces la corona de Castilla.
Comoquiera, a cada una de estas quimeras salía al paso prontamente
ya la noble figura de doña Beatriz, indignada de su audacia;
ya el venerable semblante de su tío el maestre, que le daba en
rostro con los peligros que acarreaba a la orden; ya finalmente la
voz inexorable de su propio honor, que le vedaba otros caminos;
y entonces el caballero volvía a su lucha y a sus angustias,
temblando por su única esperanza y entregado a todos los vaivenes
de la incertidumbre. En tal estado sucedió la escena de que hemos
dado cuenta a nuestros lectores, y don Álvaro hubo de ceder en sus
desmandados propósitos, por ventura avergonzado de que la elevación
de ánimo de una sola y desamparada doncella así aleccionase su
impaciencia. De todas maneras aquella conversación que había
descorrido enteramente el velo y manifestado el corazón de su amante
en el lleno de su virtud y belleza, contribuyó no poco a sosegar su
espíritu, rodeado hasta allí de sombras y espantos.
Así se pasó algún tiempo sin que don Alonso hostigase a su hija,
siguiendo en esto los consejos de su mujer y de la piadosa abadesa;
y doña Beatriz, por su parte, sin quejarse de su situación y
convertida en un objeto de simpatía y de ternura para aquellas
buenas religiosas, que se hacían lenguas de su hermosura y apacible
condición. Gozaba, como hemos dicho, de bastante libertad y paseaba
por las huertas y sotos que encerraba la cerca del monasterio, y
su corazón llagado se entregaba con inefable placer a aquellos
indefinibles goces del espíritu que ofrece el espectáculo de una
naturaleza frondosa y apacible. Su alma se fortificaba en la soledad,
y aquella pasión pura en su esencia se purificaba y acendraba más y
más en el crisol del sufrimiento, ahondando sus raíces a manera de
un árbol místico en el campo del destierro y levantando sus ramas
marchitas en busca del rocío bienhechor de los cielos.
Esta calma, sin embargo, duró muy poco. El conde de Lemus volvió a
presentarse reclamando sus derechos, y don Alonso entonces intimó a
su hija su última e irrevocable resolución. Como este era un suceso
que forzosamente había de llegar, la joven no manifestó sorpresa ni
disgusto alguno, y se contentó con rogar a su padre que le dejase
hablar a solas con el conde, demanda a que no pudo menos de acceder.
Como nuestros lectores habrán de tratar un poco más de cerca a este
personaje en el curso de esta historia, no llevarán a mal que les
demos una ligera idea de él. Don Pedro Fernández de Castro, conde
de Lemus, y señor el más poderoso de toda Galicia, era un hombre a
quien venían por juro de heredad la turbulencia, el desasosiego y la
rebelión, pues sus antecesores, a trueque de engrandecer su casa, no
habían desperdiciado ocasión, entre las muchas que se les presentaron
cuando el trono glorioso de San Fernando se deslustró en manos de su
hijo y de su nieto con la sangre de las revueltas intestinas. Don
Pedro, por su parte, como venido al mundo en época más acomodada a
estos designios, pues alcanzó la minoría turbulenta de don Fernando
el Emplazado, aumentó copiosamente sus haciendas y vasallos con
la ayuda del infante don Juan, que entonces estaba apoderado del
reino de León, y sin reparar en ninguna clase de medios. Por aquel
tiempo fué cuando, con amenaza de pasarse al usurpador, arrancó a
la reina doña María la dádiva del rico lugar de Monforte con todos
sus términos, abandonándola en seguida y engrosando las filas de su
enemigo. Esta ruindad, que, por su carácter público y ruidoso, de
todos era conocida, tal vez no equivalía a los desafueros de que
eran teatro entonces sus extendidos dominios. Frío de corazón, como
la mayor parte de los ambiciosos; sediento de poder y riquezas con
que allanar el camino de sus deseos; de muchos temido, de algunos
solicitado y odiado del mayor número, su nombre había llegado a ser
un objeto de repugnancia para todas las gentes dotadas de algún
pundonor y bondad. A vueltas de tantos y tan capitales vicios no
dejaba de poseer cualidades de brillo: su orgullo desmedido se
convertía en valor siempre que la ocasión lo requería; sus modales
eran nobles y desembarazados, y no faltaba a los deberes de la
liberalidad en muchas circunstancias, aunque la vanidad y el cálculo
fuesen el móvil secreto de sus acciones.
Este era el hombre con quien debía unir su suerte doña Beatriz.
Cuando llegó el día de la entrevista se adornó uno de los locutorios
del convento con esmero para recibir a un señor tan poderoso y
presunto esposo de una parienta inmediata de la superiora. La
comitiva del conde, con don Alonso y algún otro hidalguillo del país,
ocupaban una pieza algo apartada, mientras él, sentado en un sillón
a la orilla de la reja, aguardaba con cierta impaciencia, y aun
zozobra, la aparición de doña Beatriz.
Llegó, por fin, ésta acompañada de su tía y ataviada como aquel caso
lo pedía, y haciendo una ligera reverencia al conde se sentó en otro
sillón destinado para ella en la parte de adentro de la reja. La
abadesa, después de corresponder al cortés saludo y cumplimientos del
caballero, se retiró, dejándolos solos. Doña Beatriz, entretanto,
observó con cuidado el aire y facciones de aquel hombre que tantos
disgustos le había acarreado y que tantos otros podía acarrearle
todavía. Pasaba de treinta años, y su estatura era mediana, su
semblante de cierta regularidad; carecía, sin embargo, de atractivo,
o por mejor decir repulsaba por la expresión de ironía que había
en sus labios delgados, revestidos de cierto gesto sardónico; por
el fuego incierto y vagaroso de sus miradas, en que no asomaba
ningún vislumbre de franqueza y lealtad, y, finalmente, por su
frente altanera y ligeramente surcada de arrugas, rastro de pasiones
interesadas y rencorosas, no de la meditación ni de los pesares.
Venía cubierto de un rico vestido y traía al cuello, pendiente de una
cadena de oro, la cruz de Santiago. Habíase quedado en pie y con los
ojos fijos en aquella hermosa aparición, que, sin duda, encontraba
superior a los encarecimientos que le habían hecho. Doña Beatriz le
hizo un ademán lleno de nobleza para que se sentase.
—No haré tal, hermosa señora—respondió él cortésmente—, porque
vuestro vasallo nunca querría igualarse con vos, que en todos los
torneos del mundo seríais la reina de la hermosura. ¡Ojalá fuérais
igualmente la de los amores!
—Galán sois—respondió doña Beatriz—y no esperaba yo menos de un
caballero tal; pero ya sabéis que las reinas gustamos de ser
obedecidas, y así espero que os sentéis. Tengo, además, que deciros
cosas en que a entrambos nos va mucho—añadió con la mayor seriedad.
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El conde se sentó no poco cuidadoso, viendo el rumbo que parecía
tomar la conversación, y doña Beatriz continuó:
—Excusado es que yo os hable de los deberes de la caballería y os
diga que os abro mi pecho sin reserva. Cuando habéis solicitado mi
mano sin haberme visto y sin averiguar si mis sentimientos me hacían
digna de semejante honor, me habéis mostrado una confianza que sólo
con otra igual puedo pagaros. Vos no me conocéis y por lo mismo no me
amáis.
—Por esta vez habéis de perdonar—repuso el conde—. Cierto es que no
habían visto mis ojos el milagro de vuestra hermosura, pero todos se
han conjurado a ponderarla, y vuestras prendas, de nadie ignoradas en
Castilla, son el mayor fiador de la pasión que me inspiráis.
Doña Beatriz, disgustada de encontrar la galantería estudiada del
mundo, donde quisiera que sólo apareciese la sinceridad más absoluta,
respondió con firmeza y decoro:
—Pero yo no os amo, señor conde, y creo bastante hidalga vuestra
determinación para suponer que sin el alma no aceptaríais la dádiva
de mi mano.
—¿Y por qué no, doña Beatriz?—repuso él con su fría y resuelta
urbanidad—: cuando os llaméis mi esposa, comprenderéis el dominio que
ejercéis en mi corazón, me perdonaréis esta solicitud, tal vez harto
viva, con que pretendo ganar la dicha de nombraros mía, y acabaréis,
sin duda, por amar a un hombre cuya vida se consagrará por entero a
preveniros por todas partes deleites y regocijos, y que encontrará
sobradamente pagados sus afanes con una sola mirada de esos ojos.
Doña Beatriz comparaba en su interior este lenguaje artificioso,
en que no vibraba ni un solo acento del alma, con la apasionada
sencillez y arrebato de las palabras de su don Álvaro. Conoció que su
suerte estaba echada irrevocablemente, y entonces, con una resolución
digna de su noble energía, respondió:
—Yo nunca podré amaros, porque mi corazón ya no es mío.
Tal era en aquel tiempo el rigor de la disciplina doméstica, y tal
la sumisión de las hijas a la voluntad de los padres, que el conde
se pasmó al ver lo profundo de aquel sentimiento, que así traspasaba
los límites del uso en una doncella tan compuesta y recatada. Algo
sabía de los desdichados amores que ahora empezaban a servir de
estorbo en su ambiciosa carrera; pero acostumbrado a ver ceder todas
las voluntades delante de la suya, se sorprendía de hallar un enemigo
tan poderoso en una mujer tan suave y delicada en la apariencia. Con
todo, su perseverancia nunca había retrocedido delante de ningún
género de obstáculos; así es que recobrándose prontamente, respondió,
no sin un ligero acento sardónico que toda su disimulación no fué
capaz de ocultar:
—Algo había oído decir de esa extraña inclinación hacia un hidalgo de
esta tierra; pero nunca pude creer que no cediese a la voz de vuestro
padre y a los deberes de vuestro nacimiento.
—Ese a quien llamáis con tanto énfasis hidalgo—respondió doña Beatriz
sin inmutarse—es un señor no menos ilustre que vos. La nobleza de
su estirpe sólo tiene por igual la de sus acciones, y si mi padre
juzga que tan reprensible es mi comportamiento, no creo que os haya
delegado a vos su autoridad, que sólo en él acato.
Quedóse pensativo el conde un rato, como si en su alma luchasen
encontrados afectos, hasta que en fin, sobreponiéndose a todo, según
suele suceder, la pasión dominante, respondió con templanza y con un
acento de fingido pesar:
—Mucho me pesa, señora, de no haber conocido más a fondo el estado
de vuestro corazón; pero bien veis que habiendo llevado tan adelante
este empeño, no fuera honra de vuestro padre ni mía exponernos a las
malicias del vulgo.
—¿Quiere decir—replicó doña Beatriz con amargura—que yo habré de
sacrificarme a vuestro orgullo? ¿De ese modo amparáis a una dama
afligida y menesterosa? ¿Para eso traéis pendiente del cuello ese
símbolo de la caballería española? Pues sabed—añadió con una mirada
propia de una reina ofendida—que no es así como se gana mi corazón.
Id con Dios, y que el cielo os guarde, porque jamás nos volveremos a
ver.
El conde quiso replicar, pero le despidió con un ademán altivo que
le cerró los labios, y levantándose se retiró paso a paso y como
desconcertado más que por el justo arranque de doña Beatriz, por
la voz de su propia conciencia. Sin embargo, la presencia de don
Alonso y de los demás caballeros restituyó bien presto su espíritu
a sus habituales disposiciones, y declaró que por su parte ningún
género de obstáculo se oponía a la dicha que se imaginaba entre los
brazos de una señora dechado de discreción y de hermosura. El señor
de Arganza, al oírlo, y creyendo tal vez que las disposiciones de su
hija hubiesen variado, entró en el locutorio apresuradamente.
Estaba la joven todavía al lado de la reja, con el semblante
encendido y palpitante de cólera; pero al ver entrar a su padre, que
a pesar de sus rigores era en todo extremo querido a su corazón, tan
terribles disposiciones se trocaron en un enternecimiento increíble,
y con toda la violencia de semejantes transiciones se precipitó de
rodillas delante de él, y extendiendo las manos por entre las barras
de la reja y vertiendo un diluvio de lágrimas, le dijo con la mayor
angustia:
—¡Padre mío, padre mío! ¡no me entreguéis a ese hombre indigno, no
me arrojéis en brazos de la desesperación y del infierno! ¡Mirad que
seréis responsable delante de Dios de mi vida y de la salvación de mi
alma!
Don Alonso, cuyo natural franco y sin doblez no comprendía el
disimulo del conde, llegó a pensar que su discreción y tino cortesano
habían dado la última mano a la conversación de su hija, y aunque
no se atrevía a creerlo, semejante idea se había apoderado de su
espíritu mucho más de lo que podía esperarse de tan corto tiempo.
Así, pues, fué muy desagradable su sorpresa viendo el llanto y
desolación de doña Beatriz. Sin embargo, le dijo con dulzura:
—Hija mía, ya es imposible volver atrás; si este es un sacrificio
para vos, coronadlo con el valor propio de vuestra sangre y
resignaos. Dentro de tres días os casaréis en la capilla de nuestra
casa con toda la pompa necesaria.
—¡Oh, señor!, ¡pensadlo bien!, ¡dadme más tiempo tan siquiera!...
—Pensado está—respondió don Alonso—, y el término es suficiente para
que cumpláis las órdenes de vuestro padre.
Doña Beatriz se levantó entonces, y apartándose los cabellos con
ambas manos de aquel rostro divino, clavó en su padre una mirada de
extraordinaria intención, y le dijo con voz ronca:
—Yo no puedo obedeceros en eso, y diré «no» al pie de los altares.
—¡Atrévete, hija vil!—respondió el señor de Arganza fuera de sí de
cólera y de despecho—, y mi maldición caerá sobre tu rebelde cabeza y
te consumirá como fuego del cielo. Tú saldrás del techo paterno bajo
su peso, y andarás como Caín, errante por la tierra.
Al acabar estas tremendas palabras se salió del locutorio, sin volver
la vista atrás, y doña Beatriz, después de dar dos o tres vueltas
como una loca, vino al suelo con un profundo gemido. Su tía y las
demás monjas acudieron muy azoradas al ruido, y ayudadas de su fiel
criada la transportaron a su celda.
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