Aunque don Álvaro no fundase grandes esperanzas en su entrevista
con el abad, todavía le causó sorpresa el resultado: flaqueza
irremediable del pobre corazón humano, que sólo a vista de la
realidad inexorable y fría, acierta a separarse del talismán que
hermosea y dulcifica la vida: la esperanza. El maestre por su parte
conocía harto bien el fondo de fanatismo que en el alma del abad de
Carracedo sofocaba un sin fin de nobles cualidades para no prever
el éxito; pero así para consuelo de su sobrino como por obedecer a
aquel generoso impulso que en las almas elevadas inclina siempre a la
conciliación y a la dulzura, había dado aquel paso. Iguales motivos
le determinaron a visitar al señor de Arganza, aunque la crítica
situación en que se encontraba la orden por una parte, y por otra la
conocida ambición de don Alonso, parecían deber retraerle de este
nuevo esfuerzo; pero la ternura de aquel buen anciano por el único
pariente que le quedaba, rayaba en debilidad, aunque exteriormente la
dejaba asomar rara vez.
Así, pues, un día de los inmediatos al suceso que acabamos de contar,
salió de la encomienda de Ponferrada con el séquito acostumbrado y se
encaminó a Arganza. La visita tuvo mucho de embarazosa y violenta,
porque don Alonso, deseoso de ahorrarse una explicación cordial
y sincera sobre un asunto en que su conciencia era la primera a
condenarle, se encerró en el coto de una cortesía fría y estudiada,
y el maestre, por su parte, convencido de que su resolución era
irrevocable, y harto celoso del honor de su Orden y de la dignidad
de su persona para abatirse a súplicas inútiles, se despidió para
siempre de aquellos umbrales que tantas veces había atravesado con el
ánimo ocupado en dulces proyectos.
Comoquiera, el señor de Arganza, un tanto alarmado con la intención
que parecía descubrir el afecto de don Álvaro hacia su hija, resolvió
acelerar lo posible su ajustado enlace a fin de cortar de raíz todo
género de zozobras. Poco temía de la resistencia de su esposa,
acostumbrado como estaba a verla ceder de continuo a su voluntad;
pero el carácter de la joven, que había heredado no poco de su propia
firmeza, le causaba alguna inquietud. Sin embargo, como hombre
de discreción, a par que de energía, contaba a un tiempo con el
prestigio filial y con la fuerza de su autoridad para el logro de su
propósito. Así, pues, una tarde que doña Beatriz, sentada cerca de
su madre, trabajaba en bordar un paño de iglesia que pensaba regalar
al monasterio de Villabuena, donde tenía una tía abadesa a la sazón,
entró su padre en el aposento, y diciéndola que tenía que hablarle de
un asunto de suma importancia, soltó la labor y se puso a escucharle
con la mayor modestia y compostura. Caíanla por ambos lados numerosos
rizos negros como el ébano, y la zozobra, que apenas podía reprimir,
la hacía más interesante. Don Alonso no pudo abstenerse de un cierto
movimiento de orgullo al verla tan hermosa, en tanto que a doña
Blanca, por lo contrario, se le arrasaron los ojos de lágrimas,
pensando que tanta hermosura y riqueza serían tal vez la causa de su
desventura eterna.
—Hija mía—la dijo don Alonso—, ya sabes que Dios nos privó de tus
hermanos, y que tú eres la esperanza única y postrera de nuestra casa.
—Sí, señor—respondió ella con su voz dulce y melodiosa.
—Tu posición, por consiguiente—continuó su padre—, te obliga a mirar
por la honra de tu linaje.
—Sí, padre mío, y bien sabe Dios que ni por un instante he abrigado
un pensamiento que no se aviniese con el honor de vuestras canas y
con el sosiego de mi madre.
—No esperaba yo menos de la sangre que corre por tus venas. Quería
decirte, pues, que ha llegado el caso de que vea logrado el fruto de
mis afanes y coronados mis más ardientes deseos. El conde de Lemus,
señor el más noble y poderoso de Galicia, favorecido del rey, y muy
especialmente del infante don Juan, ha solicitado tu mano, y yo se la
he concedido.
—¿No es ese conde el mismo—repuso doña Beatriz—que después de lograr
de la noble reina doña María el lugar de Monforte en Galicia,
abandonó sus banderas para unirse a las del infante don Juan?
—El mismo—contestó don Alonso poco satisfecho de la pregunta de su
hija—; y ¿qué tenéis que decir de él?
—Que es imposible que mi padre me dé por esposo un hombre a quien no
podría amar ni respetar tan siquiera.
—Hija mía—contestó don Alonso con moderación, porque conocía el
enemigo con quien se las iba a haber, y no quería usar de violencia
sino en el último extremo—, en tiempo de discordias civiles no es
fácil caminar sin caer alguna vez, porque el camino está lleno de
escollos y barrancos.
—Sí—replicó ella—, el camino de la ambición está sembrado de
dificultades y tropiezos; pero la senda del honor y la caballería
es lisa y apacible como una pradera. El conde de Lemus sin duda es
poderoso, pero aunque sé de muchos que le temen y odian, no he oído
hablar de uno que le venere y estime.
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Aquel tiro, dirigido a la desalmada ambición del de Lemus, que sin
saberlo su hija venía a herir a su padre de rechazo, excitó su cólera
en tales términos que se olvidó de su anterior propósito, y contestó
con la mayor dureza:
—Vuestro deber es obedecer y callar y recibir el esposo que vuestro
padre os destine.
—Vuestra es mi vida—dijo doña Beatriz—y si me lo mandáis, mañana
mismo tomaré el velo en un convento; pero no puedo ser esposa del
conde de Lemus.
—Alguna pasión tenéis en el pecho, doña Beatriz—contestó su padre
dirigiéndola escrutadoras miradas—. ¿Amáis al señor de Bembibre?—le
preguntó de repente.
—Sí, padre mío—respondió ella con el mayor candor.
—Y ¿no os dije que le despidiérais?
—Y ya le despedí.
—Y ¿cómo no despedísteis también de vuestro corazón esa pasión
insensata? Preciso será que la ahoguéis entonces.
—Si tal es vuestra voluntad, yo la ahogaré al pie de los altares; yo
trocaré por el amor del esposo celeste el amor de don Álvaro, que por
su fe y su pureza era más digno de Dios, que no de mí, desdichada
mujer. Yo renunciaré a todos mis sueños de ventura; pero no le
olvidaré en brazos de ningún hombre.
—Al claustro iréis—respondió don Alonso—, fuera de sí de despecho, no
a cumplir vuestros locos antojos, no a tomar el velo de que os hace
indigna vuestro carácter rebelde, sino a aprender, en la soledad,
lejos de mi vista y de la de vuestra madre, la obediencia y el
respeto que me debéis.
Diciendo esto salió del aposento airado, y cerrando tras sí la puerta
con enojo, dejó solas a madre y a hija, que por un impulso natural y
espontáneo, se precipitaron una en brazos de la otra; doña Blanca,
deshecha en lágrimas, y doña Beatriz comprimiendo las suyas con
trabajo, pero llena interiormente de valor. En las almas generosas
despierta la injusticia fuerzas cuya existencia se ignoraba, y la
doncella lo sentía entonces. Había tenido bastante desprendimiento
y respeto para no representar a su padre, que si amaba a don Álvaro
era porque todo en un principio parecía indicarle que era el esposo
escogido por su familia; pero este silencio mismo contribuía a
hacerle sentir más vivamente su agravio. Lo que quebrantaba su
valor era el desconsuelo de su madre, que no cesaba un punto en sus
sollozos, teniéndola estrechamente abrazada.
—Hija mía, hija mía—dijo por fin en cuanto su congoja le dejó
hablar—, ¿cómo te has atrevido a irritarle de esa manera, cuando
nadie tiene valor para resistir sus miradas?
—En eso verá que soy su hija y que heredo el esfuerzo de su ánimo.
—¡Y yo, miserable mujer—exclamó doña Blanca haciendo los mayores
extremos de dolor—, que con mi necia prudencia te he alejado del
puerto de la dicha pudiendo ahora gozarte segura en la ribera!
—Madre mía—dijo la joven enjugando los ojos de su madre—; vos habéis
sido toda bondad y cariño para mí, y el día de mañana sólo está en la
mano de Dios; sosegaos, pues, y mirad por vuestra salud. El Señor nos
dará fuerzas para sobrellevar una separación, a mí sobre todo, que
soy joven y robusta.
La idea de la falta de su hija, que ni un solo día se había apartado
de su lado, y que había desaparecido por un momento, hizo volver a
la triste madre a todos sus extremos de amargura, en términos que
doña Beatriz tuvo que emplear todos los recursos de su corazón y de
su ingenio en apaciguarla. La anciana, que por su carácter suave
y bondadoso estaba acostumbrada a ceder en todas ocasiones y cuyo
matrimonio había comenzado por un sacrificio algo semejante, aunque
infinitamente menor que el que exigían de su hija, bien quisiera
indicarla algo, pero no se atrevía. Por último, al despedirse, le
dijo:—Pero, hija de mi vida, ¿no sería mejor ceder?
Doña Beatriz hizo un gesto muy expresivo, pero no respondió a su
madre; sino abrazándola y deseándole buen sueño.
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