CAPÍTULO V

Aunque don Álvaro no fundase grandes esperanzas en su entrevista

con el abad, todavía le causó sorpresa el resultado: flaqueza

irremediable del pobre corazón humano, que sólo a vista de la

realidad inexorable y fría, acierta a separarse del talismán que

hermosea y dulcifica la vida: la esperanza. El maestre por su parte

conocía harto bien el fondo de fanatismo que en el alma del abad de

Carracedo sofocaba un sin fin de nobles cualidades para no prever

el éxito; pero así para consuelo de su sobrino como por obedecer a

aquel generoso impulso que en las almas elevadas inclina siempre a la

conciliación y a la dulzura, había dado aquel paso. Iguales motivos

le determinaron a visitar al señor de Arganza, aunque la crítica

situación en que se encontraba la orden por una parte, y por otra la

conocida ambición de don Alonso, parecían deber retraerle de este

nuevo esfuerzo; pero la ternura de aquel buen anciano por el único

pariente que le quedaba, rayaba en debilidad, aunque exteriormente la

dejaba asomar rara vez.

Así, pues, un día de los inmediatos al suceso que acabamos de contar,

salió de la encomienda de Ponferrada con el séquito acostumbrado y se

encaminó a Arganza. La visita tuvo mucho de embarazosa y violenta,

porque don Alonso, deseoso de ahorrarse una explicación cordial

y sincera sobre un asunto en que su conciencia era la primera a

condenarle, se encerró en el coto de una cortesía fría y estudiada,

y el maestre, por su parte, convencido de que su resolución era

irrevocable, y harto celoso del honor de su Orden y de la dignidad

de su persona para abatirse a súplicas inútiles, se despidió para

siempre de aquellos umbrales que tantas veces había atravesado con el

ánimo ocupado en dulces proyectos.

Comoquiera, el señor de Arganza, un tanto alarmado con la intención

que parecía descubrir el afecto de don Álvaro hacia su hija, resolvió

acelerar lo posible su ajustado enlace a fin de cortar de raíz todo

género de zozobras. Poco temía de la resistencia de su esposa,

acostumbrado como estaba a verla ceder de continuo a su voluntad;

pero el carácter de la joven, que había heredado no poco de su propia

firmeza, le causaba alguna inquietud. Sin embargo, como hombre

de discreción, a par que de energía, contaba a un tiempo con el

prestigio filial y con la fuerza de su autoridad para el logro de su

propósito. Así, pues, una tarde que doña Beatriz, sentada cerca de

su madre, trabajaba en bordar un paño de iglesia que pensaba regalar

al monasterio de Villabuena, donde tenía una tía abadesa a la sazón,

entró su padre en el aposento, y diciéndola que tenía que hablarle de

un asunto de suma importancia, soltó la labor y se puso a escucharle

con la mayor modestia y compostura. Caíanla por ambos lados numerosos

rizos negros como el ébano, y la zozobra, que apenas podía reprimir,

la hacía más interesante. Don Alonso no pudo abstenerse de un cierto

movimiento de orgullo al verla tan hermosa, en tanto que a doña

Blanca, por lo contrario, se le arrasaron los ojos de lágrimas,

pensando que tanta hermosura y riqueza serían tal vez la causa de su

desventura eterna.

—Hija mía—la dijo don Alonso—, ya sabes que Dios nos privó de tus

hermanos, y que tú eres la esperanza única y postrera de nuestra casa.

—Sí, señor—respondió ella con su voz dulce y melodiosa.

—Tu posición, por consiguiente—continuó su padre—, te obliga a mirar

por la honra de tu linaje.

—Sí, padre mío, y bien sabe Dios que ni por un instante he abrigado

un pensamiento que no se aviniese con el honor de vuestras canas y

con el sosiego de mi madre.

—No esperaba yo menos de la sangre que corre por tus venas. Quería

decirte, pues, que ha llegado el caso de que vea logrado el fruto de

mis afanes y coronados mis más ardientes deseos. El conde de Lemus,

señor el más noble y poderoso de Galicia, favorecido del rey, y muy

especialmente del infante don Juan, ha solicitado tu mano, y yo se la

he concedido.

—¿No es ese conde el mismo—repuso doña Beatriz—que después de lograr

de la noble reina doña María el lugar de Monforte en Galicia,

abandonó sus banderas para unirse a las del infante don Juan?

—El mismo—contestó don Alonso poco satisfecho de la pregunta de su

hija—; y ¿qué tenéis que decir de él?

—Que es imposible que mi padre me dé por esposo un hombre a quien no

podría amar ni respetar tan siquiera.

—Hija mía—contestó don Alonso con moderación, porque conocía el

enemigo con quien se las iba a haber, y no quería usar de violencia

sino en el último extremo—, en tiempo de discordias civiles no es

fácil caminar sin caer alguna vez, porque el camino está lleno de

escollos y barrancos.

—Sí—replicó ella—, el camino de la ambición está sembrado de

dificultades y tropiezos; pero la senda del honor y la caballería

es lisa y apacible como una pradera. El conde de Lemus sin duda es

poderoso, pero aunque sé de muchos que le temen y odian, no he oído

hablar de uno que le venere y estime.

[Ilustración]

Aquel tiro, dirigido a la desalmada ambición del de Lemus, que sin

saberlo su hija venía a herir a su padre de rechazo, excitó su cólera

en tales términos que se olvidó de su anterior propósito, y contestó

con la mayor dureza:

—Vuestro deber es obedecer y callar y recibir el esposo que vuestro

padre os destine.

—Vuestra es mi vida—dijo doña Beatriz—y si me lo mandáis, mañana

mismo tomaré el velo en un convento; pero no puedo ser esposa del

conde de Lemus.

—Alguna pasión tenéis en el pecho, doña Beatriz—contestó su padre

dirigiéndola escrutadoras miradas—. ¿Amáis al señor de Bembibre?—le

preguntó de repente.

—Sí, padre mío—respondió ella con el mayor candor.

—Y ¿no os dije que le despidiérais?

—Y ya le despedí.

—Y ¿cómo no despedísteis también de vuestro corazón esa pasión

insensata? Preciso será que la ahoguéis entonces.

—Si tal es vuestra voluntad, yo la ahogaré al pie de los altares; yo

trocaré por el amor del esposo celeste el amor de don Álvaro, que por

su fe y su pureza era más digno de Dios, que no de mí, desdichada

mujer. Yo renunciaré a todos mis sueños de ventura; pero no le

olvidaré en brazos de ningún hombre.

—Al claustro iréis—respondió don Alonso—, fuera de sí de despecho, no

a cumplir vuestros locos antojos, no a tomar el velo de que os hace

indigna vuestro carácter rebelde, sino a aprender, en la soledad,

lejos de mi vista y de la de vuestra madre, la obediencia y el

respeto que me debéis.

Diciendo esto salió del aposento airado, y cerrando tras sí la puerta

con enojo, dejó solas a madre y a hija, que por un impulso natural y

espontáneo, se precipitaron una en brazos de la otra; doña Blanca,

deshecha en lágrimas, y doña Beatriz comprimiendo las suyas con

trabajo, pero llena interiormente de valor. En las almas generosas

despierta la injusticia fuerzas cuya existencia se ignoraba, y la

doncella lo sentía entonces. Había tenido bastante desprendimiento

y respeto para no representar a su padre, que si amaba a don Álvaro

era porque todo en un principio parecía indicarle que era el esposo

escogido por su familia; pero este silencio mismo contribuía a

hacerle sentir más vivamente su agravio. Lo que quebrantaba su

valor era el desconsuelo de su madre, que no cesaba un punto en sus

sollozos, teniéndola estrechamente abrazada.

—Hija mía, hija mía—dijo por fin en cuanto su congoja le dejó

hablar—, ¿cómo te has atrevido a irritarle de esa manera, cuando

nadie tiene valor para resistir sus miradas?

—En eso verá que soy su hija y que heredo el esfuerzo de su ánimo.

—¡Y yo, miserable mujer—exclamó doña Blanca haciendo los mayores

extremos de dolor—, que con mi necia prudencia te he alejado del

puerto de la dicha pudiendo ahora gozarte segura en la ribera!

—Madre mía—dijo la joven enjugando los ojos de su madre—; vos habéis

sido toda bondad y cariño para mí, y el día de mañana sólo está en la

mano de Dios; sosegaos, pues, y mirad por vuestra salud. El Señor nos

dará fuerzas para sobrellevar una separación, a mí sobre todo, que

soy joven y robusta.

La idea de la falta de su hija, que ni un solo día se había apartado

de su lado, y que había desaparecido por un momento, hizo volver a

la triste madre a todos sus extremos de amargura, en términos que

doña Beatriz tuvo que emplear todos los recursos de su corazón y de

su ingenio en apaciguarla. La anciana, que por su carácter suave

y bondadoso estaba acostumbrada a ceder en todas ocasiones y cuyo

matrimonio había comenzado por un sacrificio algo semejante, aunque

infinitamente menor que el que exigían de su hija, bien quisiera

indicarla algo, pero no se atrevía. Por último, al despedirse, le

dijo:—Pero, hija de mi vida, ¿no sería mejor ceder?

Doña Beatriz hizo un gesto muy expresivo, pero no respondió a su

madre; sino abrazándola y deseándole buen sueño.

[Ilustración]

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El señor de Bembibre · 第 7 / 52 题