los almuerzos en Villa-Sirena: «La vida es rara y desigual en su curso.
Transcurre el tiempo sin que surjan sucesos extraordinarios, y de
pronto, las horas valen meses, los días son años, y pasan en unos
minutos cosas que en otras ocasiones necesitarían siglos...» ¡Qué de
muertes en el espacio relativamente breve que le separa de su última
salida de Monte-Carlo!...
Lubimoff ve en su memoria el corto y agitado período después de su
llegada á París: su ingreso en la Legión extranjera, el grado de
subteniente concedido al antiguo capitán de la Guardia imperial, su ida
al frente después de haber distribuído y colocado el millón y medio
producto de la venta de Villa-Sirena, la dura vida de campaña, los
combates, la muerte acompañando con una generosidad lúgubre los avances
de la ofensiva triunfal. Recuerda su encuentro con un legionario que le
llama y al que tarda en reconocer: ¡Atilio Castro! Un Castro que ya no
sonríe irónicamente, que contempla la vida con gravedad y parece
convencido ahora del valor de sus acciones. Como pertenecían á distintas
compañías, ya no se vieron más. Un anochecer lo encontró después de un
combate, pero tendido en el suelo entre otros cadáveres, con la frente
rota, la masa cerebral al descubierto. El rictus de la muerte era en él
una sonrisa serena. ¡Pobre Castro!... ¿Qué sería de doña Clorinda?...
El príncipe deja de pensar en esto. Otros cadáveres le atraen. Evoca una
visión reciente: su llegada á Monte-Carlo después de haber vivido mucho
tiempo en un hospital. Al bajar del tren, Toledo examina con emoción el
brazo mecánico que disimula imperfectamente el brazo amputado. Ha
sufrido varios meses las consecuencias de una herida fatal y estúpida,
recibida sin gloria pocos días antes del armisticio.
Sube á la risueña casita de don Marcos, que será, la suya mientras
permanezca aquí. Allá abajo, avanzando sobre el mar, encuentra el
promontorio de Villa-Sirena, que es de otro, y vuelve la vista para
evitar que renazcan ciertos recuerdos. Esto hace que tropiece con los
ojos de Madó, la señora de Toledo; unos ojos que consideran sin duda más
interesante al príncipe Lubimoff bigotudo, avejentado y con uniforme,
que cuando era el elegante amo de sus padres. ¡Pobre coronel!... Y huye
de la mirada tentadora, de la boca carnuda y purpúrea que parece
desafiarle al sonreir.
Después del almuerzo sigue un camino que asciende por la montaña
formando ángulos; ve un muro de piedra, pasa una puerta, contempla un
instante un monumento rematado por un gallo enorme.
Toledo se descubre. ¡Paz á los héroes! Luego señala la entrada de la
fúnebre construcción.
--El pobre Martínez está ahí.
Bajan por unas gradas de piedra á una segunda sección del cementerio,
escalonado en la montaña. En esta meseta sólo hay tumbas á ras del
suelo, losas sepulcrales guardadas por un rectángulo de cadenas ó
simplemente con orlas de flores. Un instinto estético parece influir en
la parquedad de los ornamentos. Desde estas explanadas se ve una gran
extensión de costa verde moteada de blanco por las «villas» y las
poblaciones; los Alpes de color de rosa, los cabos de rocas purpúreas,
el azul profundo y denso del Mediterráneo, el azul flúido y suave de un
cielo sin nubes. Y las tumbas sonríen en esta Naturaleza esplendorosa,
difundiendo, al entreabrirse bajo la acción del calor, un ligero vaho de
sebo, un tufillo de estearina líquida.
Busca el coronel entre ellas, leyendo los nombres.
--Aquí, marqués.
Señala una losa con una simple inscripción: «Mary Lewis.»
--Lo mismo que un pájaro, Alteza. Un amanecer la encontraron muertecita
en su cama del hospital. No dió un grito, no se quejó; se fué como había
vivido... Las enfermeras cuentan que el cadáver sonreía; un cadáver
ligero como una pluma.
En torno de la tumba se ennegrecen varias coronas, lo mismo que si las
hubiese chamuscado un incendio. Toledo rebusca entre estas ofrendas de
las compañeras de la difunta, hasta señalar un manojo de rosas frescas
que empiezan á marchitarse.
--Debe ser de lord Lewis--sigue diciendo--. Cuando le va mal en el
Casino, sube á ver á su sobrina. Su Alteza sabrá seguramente que, con la
muerte de lady Lewis, él es ahora lord... verdaderamente lord.
Levanta el príncipe sus hombros. ¡Vanidades humanas en este lugar, que
da á todas ellas un carácter grotesco!...
Don Marcos adivina su impaciencia, y mientras descienden dos escalinatas
más, va dando explicaciones.
--La inglesa se fué antes que la otra; por eso la enterraron arriba.
¡Han muerto tantos en los últimos meses!...
Llegan á la última meseta del cementerio, la más baja, un campo cuadrado
de tierra rojiza, en el que no hay losas, ni columnas truncadas, ni
cadenas. Pequeños montículos que afectan la forma de un féretro indican
el lugar de las sepulturas. Algunos tienen cruces de madera. De una de
éstas pende el retrato de un soldado joven en el centro de una corona
depositada por sus padres.
Dos hombres asoman su busto á ras del suelo y vuelven á hundirse después
de vaciar sus palas: abren una tumba para alguien que va á llegar.
Miguel se fija en el campaneo lúgubre que viene de abajo, desde una
iglesia de la ciudad invisible, á través del éter vibrante y luminoso.
El coronel insiste en sus explicaciones.
--Es una sepultura provisional, sin losa, sin nombre. Con motivo de la
guerra, era imposible enviar la muerta á París. Estará aquí el tiempo
que exige la ley, y luego, esa señorita que es su heredera la trasladará
al panteón del cementerio de Passy, donde está enterrada su madre.
Duda un poco examinando los montículos, y al fin se detiene ante uno de
ellos, quitándose el sombrero.
--Aquí es.
Lubimoff no puede contener su extrañeza. «¿Aquí?...» Ve un túmulo de
tierra sin adorno alguno, sin nada que lo diferencie de los otros, y que
no le infunde ninguna emoción. Mira con inquietud á su acompañante. ¿No
se habrá equivocado?... ¿No estarán ante la sepultura de un pobre
militar muerto de sus heridas?
El coronel, ofendido por la duda, repite con energía: «Aquí es.» Se
acuerda de que fué el único hombre que figuró en el entierro. Tres
enfermeras, la señorita Valeria y él, nada más, siguieron el féretro
hasta estas alturas.
¡Pobre duquesa de Delille!... Se conmueve Toledo al recordar su muerte
inesperada. Lady Lewis la había enviado al frente. Su nacimiento en los
Estados Unidos facilitó que la admitiesen en el personal sanitario de
las divisiones americanas que se batían en Château-Thierry.
Escuchando el príncipe las explicaciones de don Marcos, recuerda una
confesión de Alicia. Era torpe de manos; su voluntad, ansiosa de hacer
el bien, flaqueaba por falta de medios materiales en el momento de la
acción. Sin duda por esto la habían expedido á las pocas semanas otra
vez á la Costa Azul, para que prestase sus servicios en un hospital más
tranquilo que las ambulancias del frente.
Toledo no la había visto. Vivía en las inmediaciones de Monte-Carlo sin
que él lo sospechase. La primera noticia que tuvo de ella fué la de su
muerte; una muerte que deja pensativo al coronel siempre que la
recuerda.
Se infectó con un instrumento de cirugía que acababa de ser empleado en
una operación. Tal vez fué por torpeza de sus manos; tal vez... ¡quién
sabe! Don Marcos cree que la duquesa estaba cansada de vivir.
--Una muerte horrible, marqués. Yo no la vi: celebré no verla. Me
contaron que estaba negruzca é hinchada. Además, pasó muchas horas de
suplicio, apoyándose en la cabeza y los talones, hecha un arco, sobre la
cama, con el cuerpo dilatado por los más atroces sufrimientos. El
tétanos. ¡Morir así una gran dama tan hermosa, tan elegante!... Pero en
medio de tales suplicios tuvo serenidad para dictar sus disposiciones
testamentarias. La señorita Valeria ha heredado Villa-Rosa y varios
centenares de miles de francos: todo lo que ganó ella una noche en el
_Sporting_. En cuanto á Su Alteza...
Le interrumpe el príncipe con un ademán. Sabe hace tiempo, por las
cartas de don Marcos, que Alicia se acordó de él en su último instante,
dejándolo heredero de sus minas de plata en Méjico, de todo lo que
poseía al otro lado del mar: nada por el momento, tal vez en el porvenir
una fortuna casi igual á la que Lubimoff tenía antes en Rusia.
Permanece con los ojos fijos en la sepultura. Ve sobre las laderas del
túmulo un musgo fino, un bosque minúsculo que abre sus ramajes al soplo
de la primavera, y entre cuyas hojas se mueven diminutas flores. Unas
mariposas negras ó verdes moteadas de rojo aletean sobre esta selva
rumorosa de vida naciente, como aletearon las monstruosas aves
prehistóricas sobre las primeras vegetaciones del planeta.
Miguel establece una relación entre estos insectos y el espíritu que
habitó el organismo que se deshace cerca de sus pies, bajo un metro de
tierra. Sus colores variados y desacordes le hacen pensar en el alma de
la muerta. También, minutos antes, otra mariposa blanca revoloteando
sobre las flores traídas por Lewis le ha hecho ver el alma pueril y
sublime de lady Mary.
Ahora, sentado en el café, su emoción es mayor que en el cementerio. Ve
las cosas á través del recuerdo, espiritualizadas, limpias de los
sedimentos de la realidad.
¡Pobre Alicia! ¡pobre engañada de la vida!... La Venus triunfadora, la
Helena del «banco de los viejos», la beldad centro de lo existente,
ansiosa de admiración más que de amor, está en un mísero cementerio,
entre cadáveres de soldados, y tal vez aceleró con voluntaria torpeza su
salida de un mundo en el que no encontraba lugar, repelida por sus
propias acciones.
Nuestra existencia no es mas que un resultado de la voluntad. Formamos
la vida á nuestra imagen; en vano nos quejamos contra el destino: somos
lo que queremos ser. Alicia sólo podía terminar de un modo
extraordinario, de acuerdo con su existencia anterior. El también ha
vivido como no viven los demás hombres, y morirá con una muerte distinta
á la de ellos.
No siente dolor ni despecho. Se extraña de haber podido odiar á Martínez
y deseado á esta mujer con tanta vehemencia. Sólo conoce ahora la
melancolía de una tristeza enorme con el recuerdo de estos seres que ya
no son, que empiezan á morir segunda vez al quedar olvidados por los que
les conocieron. Unicamente pueden inmortalizarse en la memoria del
príncipe, pobre memoria destinada á perecer á su vez dentro de unos
años.
Intenta con la imaginación atravesar la masa de tierra que cubre á la
muerta; pretende ver en la más densa de las sombras. Sólo han
transcurrido unos meses de descomposición: su personalidad aún no se ha
disuelto enteramente. La ve como era en la vida y al mismo tiempo como
es ahora. Su carne se deshace en arroyuelos pútridos que corren por los
pliegues de las ropas chamuscadas. Forzosamente sonríe á todas horas en
la obscuridad: ya no tiene labios. Sus ojos sirven de abrigo á las
prolíficas moscas de la tumba, que engendrarán millones de millones de
destructores. Y este anonadamiento de algo que existió, pensó y amó está
aún en sus preliminares.
A los devoradores de las partes blandas sucederán los irresistibles
artífices del hueso. Miriadas de trabajadores microscópicos laborarán el
esqueleto, limpiándolo de las últimas impurezas adheridas á su
andamiaje, desmontando las sabias articulaciones, raspando el cemento
que adhiere las vértebras. Un día, la mandíbula inferior se despegará,
rodando hasta la cavidad abdominal, una mandíbula cuyos dientes
conocieron el esplendor de la sonrisa y la caricia del beso. Otro día,
el cráneo, al partirse en piezas el espigón que le sirvió de soporte,
rodará también, confundiéndose con el polvo de los costillares, con los
huesecillos de los pies que marcaron el ritmo de un paso ondulante.
Dentro de unos siglos, las revoluciones y las guerras tal vez sacarán á
la superficie este cráneo. ¿Por qué no?... Lubimoff acaba de ver en el
frente numerosos cementerios removidos por el cañón, con los muertos
emergiendo de la tierra, tal como los levantó el estallido de las
granadas... Y cuando alguien, en lo futuro, con la eterna curiosidad del
príncipe shakespiriano, tome en su diestra el cráneo de Alicia, no podrá
decir si perteneció á una dama ó á una moza de posada, si fué de una
beldad ó de una negra...
Miguel evoca con irónica tristeza sus ilusiones y sus deseos
concentrados en esta nada, y siente la necesidad de olvidar el cadáver.
Sus ojos, que miran hacia dentro, ven la minúscula vegetación, los
pintarrajeados insectos, todo lo que la primavera ha puesto sobre una
tumba sin nombre. Esto es lo que una vida que se consideró superior á
las otras ha dejado como único rastro de su existencia. Tal vez en la
corola de las florecillas hay una gota del alma de Alicia, y las
mariposas la beben para continuar su ebrio revuelo sobre las tumbas.
¡La primavera! El príncipe levanta su pensamiento sobre el dolor
individual. Recuerda lo que ha visto en un pedazo de mundo asolado por
la bestialidad de los hombres: ciudades en ruinas; pueblos que sólo
levantan sus muros un metro sobre el suelo, como las urbes descubiertas
después de un cataclismo; granjas incendiadas; campos interminables
esterilizados, perforados, vueltos al revés por un cañoneo de cinco
años; muchas tumbas... miles de tumbas... millones de tumbas. Las
mujeres, vestidas de negro, van por los caminos titubeando á través de
los escombros y de los embudos abiertos por los proyectiles monstruosos.
Perdieron sus hijos, vieron fusilar sus maridos; ahora exploran el suelo
en busca de su casa que fué...
Pero el invierno de la guerra ha terminado; ya llega la primavera de la
paz. Y la misma mano verde que pone florecillas y mariposas sobre la
tumba anónima cuelga olorosas guirnaldas de los muros ennegrecidos por
el incendio, tapiza con terciopelo vegetal las pendientes abiertas por
las explosiones, hace gorjear los pájaros y rebullir los insectos sobre
las sepulturas, guía la serpenteante enredadera por el leño negro de
las cruces, como si quisiera convertirlas en tirsos...
¡Ay! La tierra ignora nuestros dolores.
* * * * *
El príncipe sale de su abstracción, y ve al coronel que le saluda de
lejos.
Ya está de vuelta, acompañado de _madame_ Toledo, cuya cabeza apenas le
llega al hombro. Durante el camino ella ha mirado atrás muchas veces,
con la esperanza de verse seguida por el suboficial americano.
Al reconocer al príncipe en el café, olvida al otro, y parece suplicarle
con los ojos que abandone su asiento y vaya con ella á las terrazas.
Se alejan los dos hacia el concierto, y Miguel vuelve á caer en su
meditación... Recuerda su diálogo con don Marcos poco antes, cuando
bajaban del cementerio.
Toledo parece inconsolable. La guerra no ha terminado bien para él. Se
muestra escandalizado por el carácter absurdo de su final. ¡Qué tiempos!
El fugitivo refugiado en Amerongen le desconcierta y le irrita.
--¡Y yo que le hacía el honor de compararlo con un teniente!... ¡Yo que
le consideraba capaz de pegarse un tiro!...
Treinta años aterrando al mundo con el estrépito de su sable y sus
bigotes fanfarrones; treinta años de titularse «señor de la guerra»,
haciendo temblar á los pueblos con su ceño, sus actitudes heroicas y sus
frases teatrales; treinta años de preparar millones de hombres para el
matadero, obligando á los pueblos á vivir armados en plena paz, y cuando
apunta la desgracia para él, cuando considera su existencia en peligro,
huye vergonzosamente al extranjero, abandonando á los suyos, lo mismo
que un comerciante que hace quiebra fraudulenta.
--¡Es la mentira mayor que ha conocido la humanidad--grita indignado el
coronel--, la estafa más grande de la Historia!
Matarse no prueba nada: don Marcos lo sabe perfectamente. ¡Pero hay en
la vida tantas cosas que no prueban nada y sin embargo son bellas y
lógicas!... La desesperación de los que se suicidan por amor tampoco
prueba nada, y sin embargo ha inspirado á la poesía y á las otras artes
sus mejores obras. El marino, al perder su buque, se mata; todo hombre
de honor que considera su falta irremediable apela á la muerte, para
caer en una postura digna.
--Y ese emperador--sigue diciendo Toledo--que ha organizado el
exterminio de diez millones de hombres desea llegar á viejo... ¡Ah,
sinvergüenza!
El honor militar tal como había venido entendiéndose á través de los
siglos lo desconocían también sus generales. Estos especialistas del
incendio de poblaciones, estos técnicos del fusilamiento de campesinos,
estos artífices del terror, al ver próximo el desastre, se marchaban
tranquilamente á sus castillos, como oficinistas que abandonan el
trabajo.
De todos estos compañeros del «señor de la guerra», el único digno de
respeto era un hombre civil, un comerciante, un judío, el armador
Ballin, de Hamburgo, que al ver arruinado el Imperio no quería
sobrevivirle y se pegaba un tiro. Mientras tanto, los mariscales de la
estrategia fracasada se dedicaban tranquilamente á educar sus perros,
escribir sus Memorias y cuidar su salud.
Napoleón, en una de sus últimas batallas, colocaba su caballo sobre una
bomba; luego pretendía envenenarse en Fontainebleau. Llamaba á la
muerte, y únicamente se decidía á vivir, como un fatalista, al
convencerse de que la muerte no quería nada de él. El otro Napoleón, el
de Sedán, podía haberse refugiado en Bélgica, abandonando á sus tropas,
como lo había hecho el triste César germánico; pero, enfermo y
desfalleciente sobre su caballo, prefería galopar solo á lo largo de una
carretera barrida por los cañones, esperando la granada que lo hiciese
pedazos.
Así entendía Toledo el honor militar, así había sido aceptado en todas
las épocas.
Su cólera era implacable contra los generales del Imperio, prontos á
correr en la hora mala, y que sólo pensaban en su reputación, lo mismo
que los cómicos. Rotas sus líneas, cercados por los aliados, podían
haber caído noblemente, peleando hasta el último momento, de acuerdo con
sus antiguas bravatas. Pero preferían solicitar un armisticio y
entregar sus armas, para que los imbéciles que tanto los habían admirado
pudieran seguir creyendo en su divinidad de invencibles y en que sí se
retiraban á sus tierras era únicamente por consideraciones de política
interior.
¡Lúgubres comediantes, como su amo, hasta el último minuto!...
Y don Marcos, pensando en el miedo que estos hombres han hecho sufrir al
mundo durante treinta años, grita coléricamente:
--¡Embusteros!... ¡embusteros!
* * * * *
Otra vez sale el príncipe de su abstracción. Alguien se ha detenido ante
él, y oye una voz conocida.
--Alteza, ¡qué alegría verle!... El coronel acaba de anunciarme su
llegada.
Es Spadoni: el Spadoni de siempre, como si sólo hubiesen transcurrido
unas horas desde su última entrevista con el príncipe, como si fuese
ayer cuando rugía de indignación estudiando al piano _Lo que la palmera
le dijo al agave_.
No quiere sentarse: tiene prisa; ha venido solamente para estrechar la
mano de Su Alteza. Ya le verá después con más detenimiento en el Casino.
El tiene por indudable que el príncipe va á entrar en el Casino. ¿A qué
otro lugar puede ir una persona decente en Monte-Carlo?...
Pasa una rápida mirada por su uniforme, admira su rudo aspecto de
soldado.
--He sabido las hazañas de Su Alteza; le preguntaba siempre al
coronel... ¡Un héroe!
Lubimoff no tiene tiempo para repeler estos elogios. Spadoni pasa á
ocuparse de algo más interesante. La guerra, los héroes... cosas
nebulosas y sin sentido. El está por la realidad, y empieza á hablar de
un nuevo personaje admirado por él, un portugués que juega fuerte, y
cuyo nombre, desde hace unos días, parece llenar las salas, á causa de
sus ganancias.
--Yo lo observo; además, es amigo mío y creo poseer su secreto.
Imagínese, príncipe...
El príncipe se inquieta, adivinando que le va á describir con toda
clase de detalles la combinación del portugués, que ya considera suya.
Pero el pianista mira hacia el Casino, balbucea, y acaba por interrumpir
su relato. Alguien se aproxima, y él sólo quiere hacer partícipe de su
secreto al príncipe. Se despide de él, con la promesa de revelarle la
combinación preciosa en un diván de los salones privados, cuando entre
en el Casino.
Piensa Lubimoff en su existencia de los últimos meses, en sus aventuras
de soldado, en su herida, en todo lo que le ha ocurrido á él y al mundo
entero mientras este músico permanecía fijo en Monte-Carlo sin admitir
otra realidad que el revoloteo de la Quimera.
El amigo Lewis tiende una mano al príncipe. El es quien ha cortado con
su aproximación la facundia del pianista. Los jugadores evitan
comunicarse sus secretos, por rivalidad profesional. El tiempo, que
parece haber olvidado á Spadoni, dejándolo lo mismo que lo vió Miguel
por última vez en su «villa de la tumba», se ha ensañado con Lewis,
avejentándolo, como si los meses valiesen años para él.
Está triste por las pérdidas que sufre y por los recuerdos. ¡Aquella
sobrina que era toda su familia!... Lubimoff sabe por el coronel que no
ha heredado nada de ella. La enfermera gastó toda su fortuna en
ambulancias y hospitales. Su título es lo único que corresponde á Lewis.
Se cumplió su profecía: ya es el tercer lord Lewis, con el apodo de «el
Inútil» que él mismo se ha dado.
Examina al príncipe con una mirada errante, detiene los ojos en su brazo
rígido, estrecha después con efusión su mano izquierda.
--Usted es un hombre, Lubimoff. Usted sabe hacer las cosas...
Y en estas palabras hay un reproche contra él, que no puede despegarse
de Monte-Carlo, que aquí vivirá y morirá haciendo siempre lo mismo.
Sin embargo, este es un gran día. En la mañana ha recibido la visita de
un amigo que viene á vivir con él no sabe por cuánto tiempo, tal vez por
dos días, tal vez por dos años; un gran amigo del que no tenía noticia
alguna y muchas veces ha creído muerto: el conde, el famoso conde.
Ha llegado hasta el café con Lewis, que no puede separarse de él; ha
dado su mano al príncipe como si lo hubiese visto el día antes, sin
reparar en su uniforme ni en su mutilación. Permanece silencioso en su
silla, pasándose una mano por la cabellera blanca y crespa, fijando sus
ojos redondos, de fulgor nocturno, en la gente que circula en torno del
«queso».
Lewis cree que debe sentirse contento. ¡Día de sorpresas! Primeramente
el conde, después el coronel, que le avisa la presencia de Lubimoff...
Evita hablar de su sobrina; incorpora su tristeza á las tristezas de
todos... La paz le ha sorprendido: ¿quién podía esperarla tan pronto, á
continuación de la fase más angustiosa de la guerra?...
El conde abandona su inmovilidad para hablar.
--Todo el mundo. Los grandes tratadistas anunciaron desde el principio
que la guerra terminaría en el otoño de 1918. Era cosa sabida. Yo lo he
dicho siempre, y usted, Lewis, me lo ha oído muchas veces.
Su admirador hace un gesto de extrañeza. Pero no puede poner en duda la
ciencia de su sabio amigo, y prefiere admitir que es él quien ha
olvidado las afirmaciones del otro. Además, no debió entenderlas. Estos
depositarios del porvenir nunca exponen sus verdades con claridad: se
niegan á decir las cosas como los simples mortales.
Empieza á decaer la conversación. El inglés piensa en el Casino. Iba á
entrar en él, cuando le avisó don Marcos la llegada del príncipe. Tiene
á su lado al conde, que vuelve de un viaje misterioso y guarda
seguramente el rosario de Satán en cierto bolsillo del pantalón
huroneado continuamente por su diestra.
--Después nos veremos en el Casino. Supongo que usted entrará un
instante... A ver si hoy me trata bien la suerte, después de tan
agradables encuentros.
Y se aleja con el conde hacia el Palacio, donde pasará el resto de su
vida como en una cárcel.
Lubimoff se fija en dos soldados italianos que le contemplan desde la
acera del «queso». Son dos _bersaglieri_ vestidos de gris, con
sombreritos redondos cargados de plumas de gallo. Al notar que el
príncipe les mira, se desconciertan, vuelven la espalda avergonzados,
se alejan, pero antes sonríen y se llevan una mano al empenachado
sombrero.
Recuerda el príncipe una noticia que le dió don Marcos, y los reconoce.
¡Estola y Pistola convertidos en guerreros!... Han venido con licencia á
ver á sus familias, y en la noche subirán á la casa del coronel para
saludar á su antiguo señor. Parecen más altos, más vigorosos. Unos
cuantos meses de guerra han bastado para hacerles saltar de la
adolescencia á la madurez. Todo hombre lleva dentro un soldado...