Recuerda unas frases de su amigo Lewis; frases tristes, dichas en uno de

los almuerzos en Villa-Sirena: «La vida es rara y desigual en su curso.

Transcurre el tiempo sin que surjan sucesos extraordinarios, y de

pronto, las horas valen meses, los días son años, y pasan en unos

minutos cosas que en otras ocasiones necesitarían siglos...» ¡Qué de

muertes en el espacio relativamente breve que le separa de su última

salida de Monte-Carlo!...

Lubimoff ve en su memoria el corto y agitado período después de su

llegada á París: su ingreso en la Legión extranjera, el grado de

subteniente concedido al antiguo capitán de la Guardia imperial, su ida

al frente después de haber distribuído y colocado el millón y medio

producto de la venta de Villa-Sirena, la dura vida de campaña, los

combates, la muerte acompañando con una generosidad lúgubre los avances

de la ofensiva triunfal. Recuerda su encuentro con un legionario que le

llama y al que tarda en reconocer: ¡Atilio Castro! Un Castro que ya no

sonríe irónicamente, que contempla la vida con gravedad y parece

convencido ahora del valor de sus acciones. Como pertenecían á distintas

compañías, ya no se vieron más. Un anochecer lo encontró después de un

combate, pero tendido en el suelo entre otros cadáveres, con la frente

rota, la masa cerebral al descubierto. El rictus de la muerte era en él

una sonrisa serena. ¡Pobre Castro!... ¿Qué sería de doña Clorinda?...

El príncipe deja de pensar en esto. Otros cadáveres le atraen. Evoca una

visión reciente: su llegada á Monte-Carlo después de haber vivido mucho

tiempo en un hospital. Al bajar del tren, Toledo examina con emoción el

brazo mecánico que disimula imperfectamente el brazo amputado. Ha

sufrido varios meses las consecuencias de una herida fatal y estúpida,

recibida sin gloria pocos días antes del armisticio.

Sube á la risueña casita de don Marcos, que será, la suya mientras

permanezca aquí. Allá abajo, avanzando sobre el mar, encuentra el

promontorio de Villa-Sirena, que es de otro, y vuelve la vista para

evitar que renazcan ciertos recuerdos. Esto hace que tropiece con los

ojos de Madó, la señora de Toledo; unos ojos que consideran sin duda más

interesante al príncipe Lubimoff bigotudo, avejentado y con uniforme,

que cuando era el elegante amo de sus padres. ¡Pobre coronel!... Y huye

de la mirada tentadora, de la boca carnuda y purpúrea que parece

desafiarle al sonreir.

Después del almuerzo sigue un camino que asciende por la montaña

formando ángulos; ve un muro de piedra, pasa una puerta, contempla un

instante un monumento rematado por un gallo enorme.

Toledo se descubre. ¡Paz á los héroes! Luego señala la entrada de la

fúnebre construcción.

--El pobre Martínez está ahí.

Bajan por unas gradas de piedra á una segunda sección del cementerio,

escalonado en la montaña. En esta meseta sólo hay tumbas á ras del

suelo, losas sepulcrales guardadas por un rectángulo de cadenas ó

simplemente con orlas de flores. Un instinto estético parece influir en

la parquedad de los ornamentos. Desde estas explanadas se ve una gran

extensión de costa verde moteada de blanco por las «villas» y las

poblaciones; los Alpes de color de rosa, los cabos de rocas purpúreas,

el azul profundo y denso del Mediterráneo, el azul flúido y suave de un

cielo sin nubes. Y las tumbas sonríen en esta Naturaleza esplendorosa,

difundiendo, al entreabrirse bajo la acción del calor, un ligero vaho de

sebo, un tufillo de estearina líquida.

Busca el coronel entre ellas, leyendo los nombres.

--Aquí, marqués.

Señala una losa con una simple inscripción: «Mary Lewis.»

--Lo mismo que un pájaro, Alteza. Un amanecer la encontraron muertecita

en su cama del hospital. No dió un grito, no se quejó; se fué como había

vivido... Las enfermeras cuentan que el cadáver sonreía; un cadáver

ligero como una pluma.

En torno de la tumba se ennegrecen varias coronas, lo mismo que si las

hubiese chamuscado un incendio. Toledo rebusca entre estas ofrendas de

las compañeras de la difunta, hasta señalar un manojo de rosas frescas

que empiezan á marchitarse.

--Debe ser de lord Lewis--sigue diciendo--. Cuando le va mal en el

Casino, sube á ver á su sobrina. Su Alteza sabrá seguramente que, con la

muerte de lady Lewis, él es ahora lord... verdaderamente lord.

Levanta el príncipe sus hombros. ¡Vanidades humanas en este lugar, que

da á todas ellas un carácter grotesco!...

Don Marcos adivina su impaciencia, y mientras descienden dos escalinatas

más, va dando explicaciones.

--La inglesa se fué antes que la otra; por eso la enterraron arriba.

¡Han muerto tantos en los últimos meses!...

Llegan á la última meseta del cementerio, la más baja, un campo cuadrado

de tierra rojiza, en el que no hay losas, ni columnas truncadas, ni

cadenas. Pequeños montículos que afectan la forma de un féretro indican

el lugar de las sepulturas. Algunos tienen cruces de madera. De una de

éstas pende el retrato de un soldado joven en el centro de una corona

depositada por sus padres.

Dos hombres asoman su busto á ras del suelo y vuelven á hundirse después

de vaciar sus palas: abren una tumba para alguien que va á llegar.

Miguel se fija en el campaneo lúgubre que viene de abajo, desde una

iglesia de la ciudad invisible, á través del éter vibrante y luminoso.

El coronel insiste en sus explicaciones.

--Es una sepultura provisional, sin losa, sin nombre. Con motivo de la

guerra, era imposible enviar la muerta á París. Estará aquí el tiempo

que exige la ley, y luego, esa señorita que es su heredera la trasladará

al panteón del cementerio de Passy, donde está enterrada su madre.

Duda un poco examinando los montículos, y al fin se detiene ante uno de

ellos, quitándose el sombrero.

--Aquí es.

Lubimoff no puede contener su extrañeza. «¿Aquí?...» Ve un túmulo de

tierra sin adorno alguno, sin nada que lo diferencie de los otros, y que

no le infunde ninguna emoción. Mira con inquietud á su acompañante. ¿No

se habrá equivocado?... ¿No estarán ante la sepultura de un pobre

militar muerto de sus heridas?

El coronel, ofendido por la duda, repite con energía: «Aquí es.» Se

acuerda de que fué el único hombre que figuró en el entierro. Tres

enfermeras, la señorita Valeria y él, nada más, siguieron el féretro

hasta estas alturas.

¡Pobre duquesa de Delille!... Se conmueve Toledo al recordar su muerte

inesperada. Lady Lewis la había enviado al frente. Su nacimiento en los

Estados Unidos facilitó que la admitiesen en el personal sanitario de

las divisiones americanas que se batían en Château-Thierry.

Escuchando el príncipe las explicaciones de don Marcos, recuerda una

confesión de Alicia. Era torpe de manos; su voluntad, ansiosa de hacer

el bien, flaqueaba por falta de medios materiales en el momento de la

acción. Sin duda por esto la habían expedido á las pocas semanas otra

vez á la Costa Azul, para que prestase sus servicios en un hospital más

tranquilo que las ambulancias del frente.

Toledo no la había visto. Vivía en las inmediaciones de Monte-Carlo sin

que él lo sospechase. La primera noticia que tuvo de ella fué la de su

muerte; una muerte que deja pensativo al coronel siempre que la

recuerda.

Se infectó con un instrumento de cirugía que acababa de ser empleado en

una operación. Tal vez fué por torpeza de sus manos; tal vez... ¡quién

sabe! Don Marcos cree que la duquesa estaba cansada de vivir.

--Una muerte horrible, marqués. Yo no la vi: celebré no verla. Me

contaron que estaba negruzca é hinchada. Además, pasó muchas horas de

suplicio, apoyándose en la cabeza y los talones, hecha un arco, sobre la

cama, con el cuerpo dilatado por los más atroces sufrimientos. El

tétanos. ¡Morir así una gran dama tan hermosa, tan elegante!... Pero en

medio de tales suplicios tuvo serenidad para dictar sus disposiciones

testamentarias. La señorita Valeria ha heredado Villa-Rosa y varios

centenares de miles de francos: todo lo que ganó ella una noche en el

_Sporting_. En cuanto á Su Alteza...

Le interrumpe el príncipe con un ademán. Sabe hace tiempo, por las

cartas de don Marcos, que Alicia se acordó de él en su último instante,

dejándolo heredero de sus minas de plata en Méjico, de todo lo que

poseía al otro lado del mar: nada por el momento, tal vez en el porvenir

una fortuna casi igual á la que Lubimoff tenía antes en Rusia.

Permanece con los ojos fijos en la sepultura. Ve sobre las laderas del

túmulo un musgo fino, un bosque minúsculo que abre sus ramajes al soplo

de la primavera, y entre cuyas hojas se mueven diminutas flores. Unas

mariposas negras ó verdes moteadas de rojo aletean sobre esta selva

rumorosa de vida naciente, como aletearon las monstruosas aves

prehistóricas sobre las primeras vegetaciones del planeta.

Miguel establece una relación entre estos insectos y el espíritu que

habitó el organismo que se deshace cerca de sus pies, bajo un metro de

tierra. Sus colores variados y desacordes le hacen pensar en el alma de

la muerta. También, minutos antes, otra mariposa blanca revoloteando

sobre las flores traídas por Lewis le ha hecho ver el alma pueril y

sublime de lady Mary.

Ahora, sentado en el café, su emoción es mayor que en el cementerio. Ve

las cosas á través del recuerdo, espiritualizadas, limpias de los

sedimentos de la realidad.

¡Pobre Alicia! ¡pobre engañada de la vida!... La Venus triunfadora, la

Helena del «banco de los viejos», la beldad centro de lo existente,

ansiosa de admiración más que de amor, está en un mísero cementerio,

entre cadáveres de soldados, y tal vez aceleró con voluntaria torpeza su

salida de un mundo en el que no encontraba lugar, repelida por sus

propias acciones.

Nuestra existencia no es mas que un resultado de la voluntad. Formamos

la vida á nuestra imagen; en vano nos quejamos contra el destino: somos

lo que queremos ser. Alicia sólo podía terminar de un modo

extraordinario, de acuerdo con su existencia anterior. El también ha

vivido como no viven los demás hombres, y morirá con una muerte distinta

á la de ellos.

No siente dolor ni despecho. Se extraña de haber podido odiar á Martínez

y deseado á esta mujer con tanta vehemencia. Sólo conoce ahora la

melancolía de una tristeza enorme con el recuerdo de estos seres que ya

no son, que empiezan á morir segunda vez al quedar olvidados por los que

les conocieron. Unicamente pueden inmortalizarse en la memoria del

príncipe, pobre memoria destinada á perecer á su vez dentro de unos

años.

Intenta con la imaginación atravesar la masa de tierra que cubre á la

muerta; pretende ver en la más densa de las sombras. Sólo han

transcurrido unos meses de descomposición: su personalidad aún no se ha

disuelto enteramente. La ve como era en la vida y al mismo tiempo como

es ahora. Su carne se deshace en arroyuelos pútridos que corren por los

pliegues de las ropas chamuscadas. Forzosamente sonríe á todas horas en

la obscuridad: ya no tiene labios. Sus ojos sirven de abrigo á las

prolíficas moscas de la tumba, que engendrarán millones de millones de

destructores. Y este anonadamiento de algo que existió, pensó y amó está

aún en sus preliminares.

A los devoradores de las partes blandas sucederán los irresistibles

artífices del hueso. Miriadas de trabajadores microscópicos laborarán el

esqueleto, limpiándolo de las últimas impurezas adheridas á su

andamiaje, desmontando las sabias articulaciones, raspando el cemento

que adhiere las vértebras. Un día, la mandíbula inferior se despegará,

rodando hasta la cavidad abdominal, una mandíbula cuyos dientes

conocieron el esplendor de la sonrisa y la caricia del beso. Otro día,

el cráneo, al partirse en piezas el espigón que le sirvió de soporte,

rodará también, confundiéndose con el polvo de los costillares, con los

huesecillos de los pies que marcaron el ritmo de un paso ondulante.

Dentro de unos siglos, las revoluciones y las guerras tal vez sacarán á

la superficie este cráneo. ¿Por qué no?... Lubimoff acaba de ver en el

frente numerosos cementerios removidos por el cañón, con los muertos

emergiendo de la tierra, tal como los levantó el estallido de las

granadas... Y cuando alguien, en lo futuro, con la eterna curiosidad del

príncipe shakespiriano, tome en su diestra el cráneo de Alicia, no podrá

decir si perteneció á una dama ó á una moza de posada, si fué de una

beldad ó de una negra...

Miguel evoca con irónica tristeza sus ilusiones y sus deseos

concentrados en esta nada, y siente la necesidad de olvidar el cadáver.

Sus ojos, que miran hacia dentro, ven la minúscula vegetación, los

pintarrajeados insectos, todo lo que la primavera ha puesto sobre una

tumba sin nombre. Esto es lo que una vida que se consideró superior á

las otras ha dejado como único rastro de su existencia. Tal vez en la

corola de las florecillas hay una gota del alma de Alicia, y las

mariposas la beben para continuar su ebrio revuelo sobre las tumbas.

¡La primavera! El príncipe levanta su pensamiento sobre el dolor

individual. Recuerda lo que ha visto en un pedazo de mundo asolado por

la bestialidad de los hombres: ciudades en ruinas; pueblos que sólo

levantan sus muros un metro sobre el suelo, como las urbes descubiertas

después de un cataclismo; granjas incendiadas; campos interminables

esterilizados, perforados, vueltos al revés por un cañoneo de cinco

años; muchas tumbas... miles de tumbas... millones de tumbas. Las

mujeres, vestidas de negro, van por los caminos titubeando á través de

los escombros y de los embudos abiertos por los proyectiles monstruosos.

Perdieron sus hijos, vieron fusilar sus maridos; ahora exploran el suelo

en busca de su casa que fué...

Pero el invierno de la guerra ha terminado; ya llega la primavera de la

paz. Y la misma mano verde que pone florecillas y mariposas sobre la

tumba anónima cuelga olorosas guirnaldas de los muros ennegrecidos por

el incendio, tapiza con terciopelo vegetal las pendientes abiertas por

las explosiones, hace gorjear los pájaros y rebullir los insectos sobre

las sepulturas, guía la serpenteante enredadera por el leño negro de

las cruces, como si quisiera convertirlas en tirsos...

¡Ay! La tierra ignora nuestros dolores.

* * * * *

El príncipe sale de su abstracción, y ve al coronel que le saluda de

lejos.

Ya está de vuelta, acompañado de _madame_ Toledo, cuya cabeza apenas le

llega al hombro. Durante el camino ella ha mirado atrás muchas veces,

con la esperanza de verse seguida por el suboficial americano.

Al reconocer al príncipe en el café, olvida al otro, y parece suplicarle

con los ojos que abandone su asiento y vaya con ella á las terrazas.

Se alejan los dos hacia el concierto, y Miguel vuelve á caer en su

meditación... Recuerda su diálogo con don Marcos poco antes, cuando

bajaban del cementerio.

Toledo parece inconsolable. La guerra no ha terminado bien para él. Se

muestra escandalizado por el carácter absurdo de su final. ¡Qué tiempos!

El fugitivo refugiado en Amerongen le desconcierta y le irrita.

--¡Y yo que le hacía el honor de compararlo con un teniente!... ¡Yo que

le consideraba capaz de pegarse un tiro!...

Treinta años aterrando al mundo con el estrépito de su sable y sus

bigotes fanfarrones; treinta años de titularse «señor de la guerra»,

haciendo temblar á los pueblos con su ceño, sus actitudes heroicas y sus

frases teatrales; treinta años de preparar millones de hombres para el

matadero, obligando á los pueblos á vivir armados en plena paz, y cuando

apunta la desgracia para él, cuando considera su existencia en peligro,

huye vergonzosamente al extranjero, abandonando á los suyos, lo mismo

que un comerciante que hace quiebra fraudulenta.

--¡Es la mentira mayor que ha conocido la humanidad--grita indignado el

coronel--, la estafa más grande de la Historia!

Matarse no prueba nada: don Marcos lo sabe perfectamente. ¡Pero hay en

la vida tantas cosas que no prueban nada y sin embargo son bellas y

lógicas!... La desesperación de los que se suicidan por amor tampoco

prueba nada, y sin embargo ha inspirado á la poesía y á las otras artes

sus mejores obras. El marino, al perder su buque, se mata; todo hombre

de honor que considera su falta irremediable apela á la muerte, para

caer en una postura digna.

--Y ese emperador--sigue diciendo Toledo--que ha organizado el

exterminio de diez millones de hombres desea llegar á viejo... ¡Ah,

sinvergüenza!

El honor militar tal como había venido entendiéndose á través de los

siglos lo desconocían también sus generales. Estos especialistas del

incendio de poblaciones, estos técnicos del fusilamiento de campesinos,

estos artífices del terror, al ver próximo el desastre, se marchaban

tranquilamente á sus castillos, como oficinistas que abandonan el

trabajo.

De todos estos compañeros del «señor de la guerra», el único digno de

respeto era un hombre civil, un comerciante, un judío, el armador

Ballin, de Hamburgo, que al ver arruinado el Imperio no quería

sobrevivirle y se pegaba un tiro. Mientras tanto, los mariscales de la

estrategia fracasada se dedicaban tranquilamente á educar sus perros,

escribir sus Memorias y cuidar su salud.

Napoleón, en una de sus últimas batallas, colocaba su caballo sobre una

bomba; luego pretendía envenenarse en Fontainebleau. Llamaba á la

muerte, y únicamente se decidía á vivir, como un fatalista, al

convencerse de que la muerte no quería nada de él. El otro Napoleón, el

de Sedán, podía haberse refugiado en Bélgica, abandonando á sus tropas,

como lo había hecho el triste César germánico; pero, enfermo y

desfalleciente sobre su caballo, prefería galopar solo á lo largo de una

carretera barrida por los cañones, esperando la granada que lo hiciese

pedazos.

Así entendía Toledo el honor militar, así había sido aceptado en todas

las épocas.

Su cólera era implacable contra los generales del Imperio, prontos á

correr en la hora mala, y que sólo pensaban en su reputación, lo mismo

que los cómicos. Rotas sus líneas, cercados por los aliados, podían

haber caído noblemente, peleando hasta el último momento, de acuerdo con

sus antiguas bravatas. Pero preferían solicitar un armisticio y

entregar sus armas, para que los imbéciles que tanto los habían admirado

pudieran seguir creyendo en su divinidad de invencibles y en que sí se

retiraban á sus tierras era únicamente por consideraciones de política

interior.

¡Lúgubres comediantes, como su amo, hasta el último minuto!...

Y don Marcos, pensando en el miedo que estos hombres han hecho sufrir al

mundo durante treinta años, grita coléricamente:

--¡Embusteros!... ¡embusteros!

* * * * *

Otra vez sale el príncipe de su abstracción. Alguien se ha detenido ante

él, y oye una voz conocida.

--Alteza, ¡qué alegría verle!... El coronel acaba de anunciarme su

llegada.

Es Spadoni: el Spadoni de siempre, como si sólo hubiesen transcurrido

unas horas desde su última entrevista con el príncipe, como si fuese

ayer cuando rugía de indignación estudiando al piano _Lo que la palmera

le dijo al agave_.

No quiere sentarse: tiene prisa; ha venido solamente para estrechar la

mano de Su Alteza. Ya le verá después con más detenimiento en el Casino.

El tiene por indudable que el príncipe va á entrar en el Casino. ¿A qué

otro lugar puede ir una persona decente en Monte-Carlo?...

Pasa una rápida mirada por su uniforme, admira su rudo aspecto de

soldado.

--He sabido las hazañas de Su Alteza; le preguntaba siempre al

coronel... ¡Un héroe!

Lubimoff no tiene tiempo para repeler estos elogios. Spadoni pasa á

ocuparse de algo más interesante. La guerra, los héroes... cosas

nebulosas y sin sentido. El está por la realidad, y empieza á hablar de

un nuevo personaje admirado por él, un portugués que juega fuerte, y

cuyo nombre, desde hace unos días, parece llenar las salas, á causa de

sus ganancias.

--Yo lo observo; además, es amigo mío y creo poseer su secreto.

Imagínese, príncipe...

El príncipe se inquieta, adivinando que le va á describir con toda

clase de detalles la combinación del portugués, que ya considera suya.

Pero el pianista mira hacia el Casino, balbucea, y acaba por interrumpir

su relato. Alguien se aproxima, y él sólo quiere hacer partícipe de su

secreto al príncipe. Se despide de él, con la promesa de revelarle la

combinación preciosa en un diván de los salones privados, cuando entre

en el Casino.

Piensa Lubimoff en su existencia de los últimos meses, en sus aventuras

de soldado, en su herida, en todo lo que le ha ocurrido á él y al mundo

entero mientras este músico permanecía fijo en Monte-Carlo sin admitir

otra realidad que el revoloteo de la Quimera.

El amigo Lewis tiende una mano al príncipe. El es quien ha cortado con

su aproximación la facundia del pianista. Los jugadores evitan

comunicarse sus secretos, por rivalidad profesional. El tiempo, que

parece haber olvidado á Spadoni, dejándolo lo mismo que lo vió Miguel

por última vez en su «villa de la tumba», se ha ensañado con Lewis,

avejentándolo, como si los meses valiesen años para él.

Está triste por las pérdidas que sufre y por los recuerdos. ¡Aquella

sobrina que era toda su familia!... Lubimoff sabe por el coronel que no

ha heredado nada de ella. La enfermera gastó toda su fortuna en

ambulancias y hospitales. Su título es lo único que corresponde á Lewis.

Se cumplió su profecía: ya es el tercer lord Lewis, con el apodo de «el

Inútil» que él mismo se ha dado.

Examina al príncipe con una mirada errante, detiene los ojos en su brazo

rígido, estrecha después con efusión su mano izquierda.

--Usted es un hombre, Lubimoff. Usted sabe hacer las cosas...

Y en estas palabras hay un reproche contra él, que no puede despegarse

de Monte-Carlo, que aquí vivirá y morirá haciendo siempre lo mismo.

Sin embargo, este es un gran día. En la mañana ha recibido la visita de

un amigo que viene á vivir con él no sabe por cuánto tiempo, tal vez por

dos días, tal vez por dos años; un gran amigo del que no tenía noticia

alguna y muchas veces ha creído muerto: el conde, el famoso conde.

Ha llegado hasta el café con Lewis, que no puede separarse de él; ha

dado su mano al príncipe como si lo hubiese visto el día antes, sin

reparar en su uniforme ni en su mutilación. Permanece silencioso en su

silla, pasándose una mano por la cabellera blanca y crespa, fijando sus

ojos redondos, de fulgor nocturno, en la gente que circula en torno del

«queso».

Lewis cree que debe sentirse contento. ¡Día de sorpresas! Primeramente

el conde, después el coronel, que le avisa la presencia de Lubimoff...

Evita hablar de su sobrina; incorpora su tristeza á las tristezas de

todos... La paz le ha sorprendido: ¿quién podía esperarla tan pronto, á

continuación de la fase más angustiosa de la guerra?...

El conde abandona su inmovilidad para hablar.

--Todo el mundo. Los grandes tratadistas anunciaron desde el principio

que la guerra terminaría en el otoño de 1918. Era cosa sabida. Yo lo he

dicho siempre, y usted, Lewis, me lo ha oído muchas veces.

Su admirador hace un gesto de extrañeza. Pero no puede poner en duda la

ciencia de su sabio amigo, y prefiere admitir que es él quien ha

olvidado las afirmaciones del otro. Además, no debió entenderlas. Estos

depositarios del porvenir nunca exponen sus verdades con claridad: se

niegan á decir las cosas como los simples mortales.

Empieza á decaer la conversación. El inglés piensa en el Casino. Iba á

entrar en él, cuando le avisó don Marcos la llegada del príncipe. Tiene

á su lado al conde, que vuelve de un viaje misterioso y guarda

seguramente el rosario de Satán en cierto bolsillo del pantalón

huroneado continuamente por su diestra.

--Después nos veremos en el Casino. Supongo que usted entrará un

instante... A ver si hoy me trata bien la suerte, después de tan

agradables encuentros.

Y se aleja con el conde hacia el Palacio, donde pasará el resto de su

vida como en una cárcel.

Lubimoff se fija en dos soldados italianos que le contemplan desde la

acera del «queso». Son dos _bersaglieri_ vestidos de gris, con

sombreritos redondos cargados de plumas de gallo. Al notar que el

príncipe les mira, se desconciertan, vuelven la espalda avergonzados,

se alejan, pero antes sonríen y se llevan una mano al empenachado

sombrero.

Recuerda el príncipe una noticia que le dió don Marcos, y los reconoce.

¡Estola y Pistola convertidos en guerreros!... Han venido con licencia á

ver á sus familias, y en la noche subirán á la casa del coronel para

saludar á su antiguo señor. Parecen más altos, más vigorosos. Unos

cuantos meses de guerra han bastado para hacerles saltar de la

adolescencia á la madurez. Todo hombre lleva dentro un soldado...

Los enemigos de la mujer · 第 35 / 37 段