Cuando intenta levantarse para dar un paseo por las terrazas, ve venir

hacia el café á un señor que le saluda con violentos manoteos y á

continuación se asegura los lentes sobre la nariz.

El príncipe tarda en reconocerle; adivina quién es por el timbre de su

voz más que por su rostro... ¡El amigo Novoa! Los meses transcurridos

han dejado en él mayor huella que en los demás. Ya no es el varón

preocupado de las pompas mundanales, que consultaba al coronel sobre los

méritos de sastres y sombreros. Ha vuelto á la esclavitud del pantalón

con rodilleras y la corbata de nudo hecho; lleva la barba muy crecida y

revuelta. Sigue siendo joven en la voz, en los ojos, en sus ademanes

vivaces y torpes, pero va disfrazado de anciano.

Este se alegra más que los otros de ver al príncipe. No cesa de alabar á

la casualidad, que ha hecho venir á Lubimoff y que acaba de hacerle

encontrar á don Marcos.

--Si tarda usted dos días, príncipe, no tengo el placer de verle. Me voy

á mi tierra pasado mañana. Ya tengo bastante de Monte-Carlo. ¡Lo que

dejo aquí!... Dinero, ilusiones...

Miguel se muestra discreto. Cree oler en su amigo el desengaño

inesperado, la decepción, que necesitamos olvidar para que no continúe

atormentándonos. Se acuerda de Valeria, y no ve en la persona del

catedrático el menor vestigio que denuncie el roce con la mujer. Es una

ruina, un tronco seco; el pájaro que cantaba en sus ramas debe haber

volado hace mucho tiempo.

Novoa muestra igual discreción. Contempla el uniforme del otro, su manga

ocupada por un brazo falso; pero sólo habla de lo sucedido en los

últimos meses de un modo general, con vagas lamentaciones.

--¡Las cosas extraordinarias que han pasado! ¡Cuántos amigos muertos! La

vida acaba de ser como uno de esos dramas en los que perecen todos al

final del último acto.

El príncipe adivina que Novoa piensa en Alicia y se abstiene de

nombrarla para no molestarle. Efectivamente, piensa en la duquesa, pero

ésta sólo es un punto de partida para llegar á otra mujer que ocupa su

recuerdo.

Al fin habla, dando expansión á su melancolía. Puede contárselo todo al

príncipe, porque es el único que conoce su secreto. (Lo mismo le ha

dicho al coronel y hasta á Spadoni, al lamentar su desgracia.) Y

prorrumpe en desesperadas recriminaciones contra Valeria.

Es otra mujer. Ya no la preocupan los países de amor, donde las mujeres

se casan sin dote. Después de muerta la duquesa, es una candidata al

matrimonio, que ofrece con la cesión de su mano más de trescientos mil

francos. El profesor se ha visto repelido y olvidado. ¡Sus viles

súplicas ante la realidad, sus esfuerzos vergonzosos para remediar lo

que consideró en el primer momento un pasajero capricho femenil!... No

quiere acordarse de tales momentos.

--Todo terminó, príncipe. Ahora anda loca por un oficial americano, y

acabará casándose con él. Aquí no hay más hombres que los americanos.

Todo es para ellos: hasta el amor. La última modistilla se considera

deshonrada si no tiene un soldado de los Estados Unidos para pasear de

noche... Todas las tardes, ella y el otro bailan en los hoteles de La

Condamine, ó aquí mismo, en el Café de París.

Se interrumpe, como si alguien le hubiese tocado en la espalda. No ve á

nadie detrás de él, pero sus ojos, á través de los grupos que ocupan las

mesas, encuentran algo que hace temblar su voz.

--Esa es, príncipe.

Miguel no la hubiese reconocido. Ve cómo entran en el café dos señoras,

escoltadas por dos oficiales americanos. Una de ellas es Valeria,

vestida con un lujo estrepitoso y ávido, como si quisiera resarcirse

instantáneamente de sus años de modestia y privaciones.

Empiezan á brillar, enrojecidos, los cristales del café, resaltando

sobre la luz suave del atardecer. Una tras otra, se encienden las

grandes lámparas del interior. Llegan hasta Miguel lamentos voluptuosos

de violines.

--La vida ha cambiado mucho desde que usted se fué, príncipe. Todos

sienten un hambre feroz de divertirse. Lo primero que ha resucitado con

la paz es el tango.

Después, Novoa piensa en él.

--¿Qué puedo hacer aquí?... Estoy pobre; cuanto tenía en mi tierra lo he

dejado en el Casino. Ya he estudiado bastante los misterios del Océano.

¡Lo caros que me cuestan!... He soñado un poco, y voy ahora á reanudar

allá mi trabajo mal pagado de jornalero de la ciencia.

Otra vez piensa en ella.

--¿Ha visto usted?... La pobre duquesa, que la hizo cuanto es, arriba en

su sepultura, y ella aquí bailando, unos meses después de su muerte.

Siente la áspera indignación, la escandalizada moralidad de todos los

despechados.

De tal modo aumenta su cólera, que se levanta de la silla. No quiere

continuar en el café. La otra le ha visto, y puede creer que la

persigue, que espera su salida para suplicarle. Nunca; bastante tiene

con ciertas humillaciones que no quiere recordar.

Se despide apresuradamente. Van á verse dentro de poco; don Marcos le ha

invitado á comer en su casita de Beausoleil, convencido de que su

compañía será agradable al príncipe.

Toma la mano artificial de éste, y no parece notarlo. Sus ojos y su

pensamiento están puestos en los vidrios del café, inflamados en plena

tarde, á través de los cuales pasa el cadencioso susurro de los

violines. Todavía, al alejarse, repite su protesta.

--La pobre duquesa olvidada arriba... y la otra... ¡qué escándalo!

Celebro irme pronto. No la veré más.

* * * * *

Al quedar solo, el príncipe abandona su mesa. Don Marcos va dando

indudablemente la noticia de su llegada á todos los que encuentra, y él

teme que se presenten otras personas menos interesantes.

Al caminar, se da cuenta de algo que no ha visto antes, cuando le

acompañaba el coronel. La bandera de los Estados Unidos flota sobre

todos los edificios. Hay en la vía pública tantos rótulos en inglés como

en francés. Soldados americanos por todas partes. El uniforme de

Lubimoff y los de otros combatientes franceses se pierden en la gran

inundación de hombres vestidos de color mostaza. Pasan incesantemente

los automóviles ligeros del ejército americano. Son innumerables; se les

encuentra en las calles, en los caminos de la costa, subiendo como

hormigas roncadoras las faldas de los Alpes. Una vida robusta, alegre,

confiada, una vida de veinte años parece reanimarlo todo. El concierto

en la terraza lo da una banda de música americana. Los que transitan por

las calles silban maquinalmente danzas del otro lado del Océano,

canciones de marcha de los soldados de la Unión. La gente se detiene en

las plazas para admirar la agilidad de los americanos en mangas de

camisa que se envían la pelota y la devuelven luego de captarla entre

sus guantes de esgrima.

Mónaco parece conquistado por las tropas de la gran República; una

conquista bonachona y simpática, que hace sonreir á los sometidos. Lo

mismo Niza y toda la Costa Azul. El príncipe recuerda su breve

permanencia en París pocos días antes. También ha visto americanos por

todas partes. ¿Cuántos son?... ¿Qué fuerza sobrehumana ha podido crear

en unos meses ese ejército que, todavía recién nacido, parece llenarlo

todo?...

Un pueblo acaba de levantarse sobre los pueblos de la tierra. Jamás se

conoció en la Historia una ascensión semejante. Predomina por la

simpatía, por sus actos generosos, por la fuerza benéfica de su

actividad; no por el terror, base de todas las grandezas del pasado.

Lubimoff recuerda las dudas de un año antes. Nadie podía creer que un

pueblo sin ejércitos improvisase una fuerza militar igual á las de la

vieja Europa. Y con sólo unos meses los Estados Unidos creaban y

enviaban dos millones de hombres para decidir el éxito de la lucha y la

suerte del mundo.

Llegados á última hora, habían pagado con largueza su parte á la muerte.

En cinco meses de guerra perecían ciento veinte mil americanos,

proporción exorbitante comparada con la de otras naciones durante cinco

años de combate.

Miguel, en su silencioso entusiasmo, enumera lo que acaba de hacer por

la humanidad este gran pueblo, tenido hasta poco antes por egoísta y

positivo, y que se presenta como el más romántico y generoso.

Dos grandes guerras eran los incidentes más notables de su historia:

una, interior, por la supresión de la esclavitud; otra, exterior, para

impedir la divinización de la guerra, la hegemonía brutal de un pueblo

sobre todos, la exaltación de un imperialismo místico.

Por primera vez en la Historia una democracia había intervenido en la

suerte del mundo, sometido eternamente á los arreglos de los reyes. Las

repúblicas modernas habían vivido hasta ahora una vida interior y

modesta. Las guerras de la Revolución francesa eran defensivas. La

República de la Convención peleaba por existir, porque todos los

monarcas deseaban suprimirla. La República americana se había lanzado á

la lucha voluntariamente, sin que ningún peligro inmediato la amenazase,

por un imperativo de su conciencia indignada ante los crímenes alemanes,

por un deber de su grandeza y su fuerza democráticas.

Antes de armarse, antes de intervenir en el choque europeo, cuando vivía

en paciente neutralidad, por ella se ganaban los batallas. Esta guerra

era distinta á las otras. Contra Alemania, preparada durante largos años

para la lucha, y que había movilizado guerreramente todas sus fuerzas

industriales y comerciales, los aliados se batían en los primeros meses

como se bate un pueblo valeroso, pero atrasado, frente á una nación

moderna. Mucho valor, grandes heroísmos, algunas veces inútiles, ante la

fuerza ciega y mecánica de los inventos industriales aplicados á la

destrucción.

Si esta desigualdad iba disminuyendo, era debido en gran parte á la

República del otro lado del mar. Sus capitanes del dinero hacían

préstamos enormes á los aliados; sus capitanes de la industria

facilitaban la fabricación del material monstruoso exigido por los

demoniacos adelantos militares; sus buques, desafiando la amenaza

submarina, traían á Europa el pan, escaseado por la guerra. Y cuando al

fin, agotada su paciencia, intervenía directamente en la lucha, ¡qué

generosidad la suya!...

Los combatientes de América batallaban por ideales simples y robustos:

el derecho á la vida de los débiles, la dignidad y la libertad de los

hombres, la desaparición de las guerras, la inteligencia entre los

pueblos, el derecho soberano reglamentando la vida de las naciones;

cosas que hacían sonreir poco antes á los escépticos del viejo mundo.

Todos los Estados de Europa tenían fronteras que rehacer, pedazos de

tierra que exigir. Los Estados de América no pedían nada, no querían

nada.

Cada uno de los contendientes, al pensar en la victoria, calculaba las

indemnizaciones que debería cobrar para compensarse de sus esfuerzos y

sacrificios. La República americana gastaba más que todos los pueblos.

El sostenimiento de cada uno de sus soldados le costaba tanto como siete

soldados de los otros países, y sin embargo entraba en la guerra y se

retiraba de ella sin exigir un reembolso especial.

Lubimoff admiraba su enorme poder después del triunfo. Jamás Imperio

alguno del pasado alcanzó tal grandeza: ni la misma Roma.

Era el único país de la tierra industrial y agrícola á la vez. Formaba

un mundo aparte dentro del mundo. Podía aislarse del resto del planeta,

sin que su vida sufriese. En cambio, el mundo experimentaría una

sensación de vacío si la gran República le volvía la espalda.

Sus ciudadanos en armas iban á retirarse sin jactancia y sin ruido, lo

mismo que habían llegado, y sin que ella pidiese nada por su esfuerzo.

Desaparecerían como en las antiguas leyendas las hadas y los

encantadores, que, luego de hacer el bien, tornan á sus misteriosos

dominios.

Pasarían los años: la Historia hablaría de este esfuerzo, único por su

intensidad y su carácter generoso, y en la Costa Azul y en otros lugares

quedaría de esta hazaña mundial un recuerdo desfigurado. Los niños de

hoy, convertidos en viejos, harían memoria de cómo aprendieron á jugar á

la pelota con unos soldados llegados de una tierra de prodigios al otro

lado del mar; las muchachas, hechas abuelas, se acordarían

nostálgicamente del novio americano que tuvieron.

Vuelve el príncipe otra vez á calcular la grandeza de este pueblo, el

único que puede hacer milagros, como los hacen las religiones en su

primera época de exaltación.

La gran República es la acreedora del mundo. Todas las naciones

vencedoras le deben sumas fabulosas; Inglaterra es su deudora por miles

de millones, Francia lo mismo. Los pueblos más modestos, Bélgica, Servia

y otros, han podido vivir gracias á sus préstamos enormes. Aún no se

sabe todo; han de pasar años antes de que se conozca la extensión de su

generosidad. Este país, que ama el anuncio y la propaganda ruidosa en

sus negocios comerciales, es conciso y modesto al hablar de sus actos

desinteresados.

Para seguir viviendo desahogadamente después del cataclismo, la

humanidad iba á necesitar su apoyo ó su benevolencia.

«Se ha desviado el centro político de la tierra--piensa Lubimoff--. Ya

no está en París; tampoco está en Londres. Permaneció en Berlín algún

tiempo, con temblores de inestabilidad, y ahora ha saltado el Océano.»

El hombre todavía desconocido que en lo futuro vaya á instalarse en la

Casa Blanca por cuatro años, catedrático, abogado, negociante ó

agricultor, pesará sobre los destinos del mundo más que todos los

gobernantes que llenan la Historia con el estrépito de la gloria

guerrera. Su poder se basará en algo más permanente y sólido que la

fuerza de los ejércitos. Tendrá detrás de él el trabajo y la riqueza,

que crean los ejércitos; la fuerza democrática, que es la fuerza de la

opinión.

Ve claramente Miguel el poder irresistible de esta fuerza.

Alemania, á pesar de sus continuos triunfos militares en los primeros

años de la guerra, ha acabado por caer vencida. Tenía en contra suya la

opinión. El espíritu democrático del mundo entero se alzó contra el

Imperio.

Este triunfo de la democracia empieza á verse por todas partes.

«Ya no queda un solo emperador en Europa--sigue pensando--. Los

Imperios vencidos quieren ser repúblicas. Todos los reyes olvidan á sus

abuelos de derecho divino y pretenden hacerse perdonar su corona

imitando la vida simple de un presidente.»

Este aspecto inesperado del mundo le comunica una nueva voluntad de

vivir.

Sabe desde hace algunos meses--desde que abandonó Villa-Sirena--que el

príncipe Miguel Fedor Lubimoff resulta un personaje pasado de moda. Tal

vez, cuando transcurran los años, otros serán como fué él. En el mundo

todo vuelve, y las épocas de paz y abundancia producen fatalmente

hombres de su especie. Pero ahora existe una humanidad renovada por el

dolor y el sacrificio, una humanidad deseosa de vivir, que ambiciona

algo nuevo, sin conocerlo exactamente, y trabaja por conseguirlo.

Miguel se contempla con lástima. ¿Qué va á hacer?... ¿De qué puede

servir á sus semejantes?...

Recuerda su almuerzo en la casita de don Marcos. Todavía le duelen, como

algo vergonzoso, las atenciones del coronel en la mesa, partiendo su

carne, cuidándole como á un niño, esforzándose por suplir la ausencia de

su brazo.

¡Adiós, príncipe Lubimoff!... Aunque quisiera continuar su existencia

egoísta, dedicada por entero al placer, le sería imposible. Es un

inválido: se ve muy viejo... Sólo Madó, que no sabe en realidad lo que

desea, puede fijarse en él.

Además, se considera pobre. Por primera vez recuerda con cierta

satisfacción la herencia que le ha dejado Alicia. No representa nada en

este momento, pero ¡quién sabe si algún día!... Se forja la ilusión de

que las minas de Méjico pueden reemplazar á su perdida fortuna de Rusia;

¡y entonces!... Siente un deseo vehemente de recuperar la riqueza para

hacer el bien; un anhelo que tiene algo de remordimiento. Sabe la

ineficacia del esfuerzo individual para remediar las miserias humanas:

una gota perdida en el Océano, un grano de arena en la playa. Pero ¿qué

importa?... Se contenta con hacer la dicha de cincuenta desgraciados

entre los centenares de millones que pueblan la tierra.

Luego piensa en su situación actual. Desde la mañana ha resuelto su modo

de vivir. Huirá del pobre coronel, á causa de Madó. ¡Que otros se

encarguen de su infortunio!... Se instalará en Niza, en una pensión rusa

que dirige una gran dama empobrecida. Hablarán por las noches de los

tiempos en que ella era rica, hermosa y deseada; de los bailes de la

corte de Petersburgo, en los que tantas veces danzaron juntos. Lubimoff

hasta tiene la sospecha de que uno de sus duelos fué por esta patrona de

casa de huéspedes.

Los restos de su fortuna le proporcionan una renta para vivir en modesto

bienestar. Será uno más entre los náufragos que se retiran á la Costa

Azul para acordarse, bajo las palmeras, de sus triunfos olvidados. Su

viejo ayuda de cámara le acompañará en este destronamiento.

Tiene ya una ocupación para llenar sus horas. Quiere ser un contemplador

de la vida. Celebra haber nacido en la más interesante de las épocas.

Algo va á ocurrir; algo nuevo en la Historia.

Todavía dura la gran polvareda del combate. Es una niebla que desorienta

y no permite dominar el contorno entero de las cosas. Los mismos actores

del drama reciente están ciegos. Pasarán años sin que esta niebla caiga

y se desvanezca, dejando visible el mundo nuevo.

¿Reaparecerá entonces la misma decoración de antaño, con las líneas

cambiadas? ¿Habrán resultado inútiles tantos esfuerzos sangrientos para

suprimir la violencia, el egoísmo, la ferocidad prehistórica como bases

maestras de la sociedad?

El príncipe piensa con amargura en una decepción posible. ¡Ver resurgir

incólume la bestialidad primitiva después de un cataclismo aceptado como

una renovación!... ¡Contemplar la quiebra de tantos espíritus generosos,

de tantas inteligencias nobles que aspiran al triunfo del bien, que

desean á los hombres en paz y á los pueblos en dulce sociedad,

trabajando contra la guerra, como las corporaciones higiénicas trabajan

para evitar las enfermedades!...

La fe en el porvenir le anima de pronto. El mundo no puede ser

eternamente igual: las grandes convulsiones, cuando pasan, no dejan el

suelo lo mismo que lo encontraron. ¿Van los hijos á degollarse siempre

porque sus padres y sus abuelos se degollaron?... ¿Es preciso que se

miren con hostilidad por haber nacido á un lado y á otro de un monte, un

río ó un bosque que la política bautizó frontera?

Todos tenemos dos patrias: el lugar donde nacimos y el Estado de que

forma parte. ¿Por qué no ensanchar generosamente esta concepción con una

tercera patria? ¿No llegará una época bendita en que los hombres se

hablen de semejante á semejante, sin pensar en si la Historia les ordena

odiarse y matarse?... ¿Amando mucho á su tierra natal no podrán ser al

mismo tiempo ciudadanos del mundo?...

* * * * *

El príncipe está apoyado en una balaustrada sobre las terrazas y el

puerto. Su paseo meditabundo le ha traído hasta aquí sin que él se diese

cuenta.

Vuelve la espalda al mar y á los grupos que empiezan á aclararse abajo,

después de terminado el concierto. Pasan cerca de él los músicos

americanos, seguidos por un enjambre de chicuelos que acompañan su

retirada.

Contempla una brecha del horizonte, entre los Alpes y el promontorio de

Mónaco, por donde acaba de ocultarse el sol. Sobre el espacio rojizo

brilla una estrella que tiene las facetas y la luz de una piedra

preciosa.

Lubimoff piensa en los abuelos de la poesía que la cantaron hace tres

mil años. Homero la llamaba _Kalistos_. Astro unas veces del alba y

otras del ocaso, Lucifer, Véspero ó «estrella del pastor», acabó por

recibir el nombre de Venus, á causa de su blancura luminosa, igual á la

del diamante sobre un pecho femenil.

Siente el príncipe en sus ojos una agradable caricia al contemplar este

planeta de dulce fulguración. Su nombre simboliza la belleza y el amor.

Se imagina á los que pueblan esta gota celeste perdida en el espacio.

Deben ser de esencia más pura que la nuestra, limpios completamente de

un pasado de animalidad originaria, seres etéreos como los ángeles de

todas las religiones.

Después sonríe con amargura.

Otra estrella brilla en el cielo, más hermosa y más grande que ésta. No

es blanca, es azul, de un suave azul: el color de la poesía y del

ensueño. Centellea en el fondo negro de la inmensidad con el fulgor

misterioso de los enormes diamantes azulados que colocan en sus tiaras

los monarcas orientales. Los que la contemplan deben sentir en sus

órganos visuales el roce aterciopelado del divino misterio. Tal vez los

poetas de otros mundos la cantan como un refugio de selección, adonde

van á descansar únicamente las almas puras y escogidas; tal vez ha dado

origen á religiones y es objeto de culto, teniendo altares, lo mismo que

los tuvo el sol.

Y este diamante azul del espacio, este mundo de suave luz, que

contemplan los habitantes de los otros planetas como una estrella

poética en la que todas las criaturas llevan una existencia inmaterial,

es la Tierra, nuestro pobre globo, donde acaban de perecer doce millones

de hombres en los campos de batalla, donde han muerto otros tantos

millones por las emociones y las pestes que son consecuencia de la

guerra, donde se han consumido seiscientos mil millones en humo, en

incendios, en acero estallado.

Se acuerda Lubimoff de sus impresiones, horas antes, frente á una tumba

que empieza á desfigurarse con los primeros balbuceos de la primavera,

La inmensidad no nos conoce, así como tampoco nos conoce la tierra que

nos sustenta.

Estamos solos en el infinito, sin otro apoyo que el de nuestras

mentiras, nuestras ilusiones y nuestras esperanzas. El hombre sólo puede

contar con el hombre...

Y repite lo que en la mañana dijo de la Tierra.

El cielo ignora nuestros dolores.

* * * * *

Vuelve lentamente hacia la plaza.

De todos los cafés, de los restoranes, de los hoteles surge el vaivén

musical de los cadenciosos violines. Pasan detrás de los grandes vidrios

enrojecidos por una luz interior las parejas enlazadas, siguiendo el

ritmo de la música. Bailan... bailan... bailan.

La juventud no hace otra cosa. La danza es una especie de rito sagrado,

prohibido durante la guerra; y todos se dedican ahora á bailar, con el

fervor del fanático que al fin ve triunfante su perseguida religión.

El príncipe recuerda su paso reciente por París. Nunca vió las mujeres

mejor vestidas, con un hambre tan manifiesta de placer y de lujo. El

tango de los violines del bulevar es contestado como un eco por el tango

de los violines de toda la Costa Azul y de las estaciones veraniegas que

empiezan á abrirse. El ideal femenil, en este momento, no va más allá de

bailar la danza de moda con un guerrero de los Estados Unidos.

Se desvaneció la pesadilla; todo olvidado. Para muchos no queda otro

recuerdo de la guerra que los uniformes, más numerosos que antes en los

tés donde se baila.

Miguel circunscribe su pensamiento á esta costa, que fué siempre el

dominio de los felices.

La guerra la ha trastornado y ensombrecido durante cuatro años. Recorre

con la imaginación los salientes y los golfos de su ribera, encontrando

en todos ellos un cementerio.

En Mentón hay miles y miles de negros bajo tierra. Los combatientes de

Africa, cuyos padres sólo conocieron la lanza y el taparrabos, han

venido á caer como tiradores moribundos en esta playa de millonarios

europeos. En el Cap-Martin dejaron los ingleses á sus muertos; en Mónaco

los hay de todas las nacionalidades; en el Cap-Ferrat duermen los belgas

bajo coronas que ya son viejas; en Niza están los cadáveres americanos;

y en todas partes, desde el Esterel á la frontera italiana, franceses...

franceses... franceses.

Son incontables los cadáveres. Si todos se levantasen á un tiempo,

huirían despavoridos los que vienen á dilatar su existencia bajo la

palmera y el olivo en la orilla roja del mar violeta.

Pero la vida quiera vivir. Es una primavera interminable, y cubre todo

cuanto toca con el musgo ávido del placer, con la enredadera veloz de la

ilusión.

Los enemigos de la mujer · 第 36 / 37 段