--Me ha pedido que le vea, príncipe; es su último deseo al huir del

mundo. Le suplica que se olvide de ella, que no la busque nunca, y sobre

todo que la perdone por el daño que le ha causado involuntariamente. Su

perdón es lo que reclama con más vehemencia... Cuando yo le diga que

usted no la odia, esto le devolverá la tranquilidad que necesita para su

nueva vida.

Miguel quedó absorto. ¿Perdonar?... Alicia no le había causado ningún

daño. Era él mismo quien se atormentaba con sus deseos y sus

desilusiones. De persistir en sus ideas de meses antes, cuando abominaba

de las mujeres, no habría sufrido la menor alteración en su cuerda

existencia. Además, ¿dónde estaba? ¿no podía verla?...

Estas preguntas las interrumpió lady Lewis. Continuaba sonriendo

dulcemente, pero su voz reveló la firmeza de una voluntad

inquebrantable.

--La duquesa ya no vive en Monte-Carlo; he arreglado todo lo referente á

su viaje. Soy la única que conoce su paradero, y no lo revelaré á nadie.

No la busque, deje que marche en paz hacia la verdad; imagínese que ha

muerto... como han muerto otros, como mueren y seguirán muriendo en

nuestra época tantos miles de seres á cada nuevo sol... Perdone y

olvide. ¡Pobre mujer!... ¡es tan desgraciada!

Lubimoff comprendió que resultarían inútiles todas sus preguntas. Su

curiosidad, por insinuante que fuese, se estrellaría contra esta

reserva. Alicia había desaparecido para siempre... ¡para siempre!

Esto le hizo considerarse más triste, más sólo. Experimentó junto á esta

amazona del dolor humano una confianza igual á la que había debido

sentir la de Delille en los dos últimos días. Era un deseo de confesarse

con ella, un impulso instintivo de abrirle el alma, como si de esta

mujer que llevaba á los lechos de muerte un regocijo frívolo de pájaro

pudiese surgir el consejo de la suprema sabiduría.

Movió el príncipe la cabeza, murmurando palabras de afirmación: «Sí;

perdonaba.» No quería dejar sobre la otra el más leve peso de su dolor;

lo guardaba todo para él... Pero á continuación no pudo resistir el

empuje de este mismo dolor deseoso de exteriorizarse, y sintió extrañeza

ante las palabras que se le escapaban, atropellando su voluntad.

--¡Yo también, lady, soy muy desgraciado!

La enfermera no manifestó asombro ante tal confidencia. Continuó

sonriendo, y dijo lacónicamente:

--Lo sé.

Su sonrisa se fué transformando en un gesto de dulce piedad, de

conmiseración protectora, como si el príncipe fuese un niño necesitado

de sus consejos.

Había adivinado su desgracia mucho antes de que la duquesa le hablase en

sus horas de desesperada confesión. Se creía desgraciado por

contrariedades de amor; pero esta desgracia sólo era la envoltura de

otra más verdadera y profunda que residía en él, sólo en él.

Intentaba mantenerse apartado de sus semejantes, ignorando las

preocupaciones de éstos, enquistado en su egoísmo, queriendo prolongar

sus goces de los años tranquilos al margen de la humanidad, que sufría

una de las mayores crisis de su historia. Era comprensible este

alejamiento en un cobarde, dominado por el instinto de conservación;

pero él era valiente. Podía tolerarse en un hombre cargado de hijos, que

siente á todas horas el imperioso deber de su subsistencia y sufre

miedo; pero él estaba solo en el mundo.

--Todos somos desgraciados, príncipe. ¿Quién no conoce ahora el dolor y

la muerte?

Y habló monótonamente de las propias desgracias, como si recitase una

oración, mientras su sonrisa se iba borrando: aquella sonrisa que

animaba la fealdad anémica de su rostro con una luz vagorosa de aurora.

Seis hermanos suyos habían muerto en una tarde. Pertenecían al mismo

batallón, y ella recibía la noticia de las seis muertes al mismo tiempo.

Treinta y dos individuos de su familia estaban bajo tierra. Muy pocos

de ellos eran militares; llevaban una existencia de placeres antes de la

guerra, disfrutaban de grandes riquezas y títulos: su vida resultaba tan

dulce como la del príncipe Lubimoff... ¡pero al verse llamados por el

deber!...

Nadie escoge su lugar antes de venir al mundo; ninguno puede decidir

cuál será su patria y cuál su linaje. Nacemos arriba ó abajo, á capricho

del azar, y amoldamos la historia de nuestra existencia al sitio que nos

designó el acaso. Tampoco puede nadie escoger su época. Los que nacen en

períodos de paz, cuando la humanidad permanece en calma y el salvajismo

prehistórico dormita dentro del caparazón formado por las

civilizaciones, son dichosos; tan dichosos como los que vienen á la vida

en una casa poderosa y se ven exentos de batallar por la subsistencia.

--Pero cuando nacemos en una época de locura--continuó--, debemos

resignarnos y amoldarnos á ella, sin huir el hombro á la carga penosa.

Tenemos el deber de sufrir para que otros sean felices después, como

sufrieron los antepasados por nosotros.

¡Su dolor al recibir la noticia de aquella muerte en masa de sus

hermanos!... Ella no se tenía por un ser extraordinario; era simplemente

una mujer como todas, y lloró, entregándose á la desesperación. Luego,

una idea iba esparciendo por su pensamiento cierta frescura bienhechora.

¡Si hubiesen hombres inmortales!... Entonces sí que resultaría horrible

la desesperación, al pensar que el muerto podía haberse librado de la

muerte manteniéndose lejos del peligro. Pero nadie era inmortal.

Morir bajo el proyectil ó bajo el microbio, era morir lo mismo. Sólo

variaba la postura, y para muchos ofrecía mayor seducción volver á la

tierra de un modo fulminante, en plena embriaguez heroica, con una idea

generosa en el pensamiento, que extinguirse lentamente entre sábanas,

frente á una pared, manchado y envilecido por todas las suciedades de

una materialidad que empieza á disgregarse.

Era el santo miedo, guardián de nuestra conservación, el que perturbaba

á las gentes, ocultándoles la terrible verdad que existe al término de

toda vida. Las gentes cuerdas consideraban una locura el ir al encuentro

de la muerte. Muy bien si la muerte fuese algo inmóvil que sólo pone su

mano en el que se le acerca... Pero si el hombre no va en su busca, ella

corre con pasos de cien leguas en busca del hombre. ¿Quién puede

adivinar el momento del encuentro?... Lo mejor era despreciarla, no

concederle el tributo de un recuerdo continuo, engendrador de angustias

y miedos.

Además, la muerte en el lecho resultaba una muerte infructuosa y

estéril. ¿A quién podía servir, aparte de los herederos?... La otra

muerte por una idea, aunque fuese errónea, representaba una afirmación,

un acto de energía y de fe, y con la suma de tales actos se va tejiendo

la historia noble de la humanidad.

El príncipe admiró la sencillez con que esta mujer casi moribunda

ensalzaba el heroísmo de la vida despreciando á la muerte.

Había colocado su pensamiento en lo alto, más allá de los egoísmos y los

deseos que forman la trama de la vida ordinaria. Si todos hiciesen lo

que les conviene únicamente, la humanidad en masa no tendría por qué

considerarse superior á los animales.

La lady poseía un ideal: sacrificarse por sus semejantes; servirles aun

á costa de su existencia. Casi se congratulaba de la guerra, que la

había ayudado á encontrar el verdadero camino. En tiempo de paz hubiese

hecho lo que todas: uniendo su suerte á la de un hombre, para tener

hijos y constituir una familia. El egoísmo amoroso resume el mundo en

dos seres; el egoísmo de la madre no reconoce nada interesante más allá

de su prole. Unicamente cuando llega la vejez y se han desvanecido las

perspectivas ilusorias de la vida se reconoce la gran verdad, ó sea que

hay que interesarse y sacrificarse por todos los que existen... Pero la

piedad de la vejez es infructuosa y corta. Mary Lewis se consideraba

feliz por haberse lanzado desde el primer momento en la buena dirección,

sin el largo rodeo de los otros para llegar tarde á la verdad.

--Yo he tenido mi novela, como todos.

Dijo esto con sencillez, pero al mismo tiempo la poca sangre que le

restaba animó su rostro con tenue rubor, como si fuese á confesar algo

extraordinario.

Un hombre estudioso la amaba; un antiguo secretario de su padre el

gobernador colonial. Sólo una vez se habían confesado este amor. Luego

continuaron su vida como siempre, guardando cada uno su secreto,

poniendo la realización de sus ilusiones en un porvenir indeterminado...

Pero llegaba la guerra.

El había corrido de los primeros á alistarse como voluntario: «Mary, soy

soldado.» Y Mary había respondido: «Hace usted bien.» Se escribían de

tarde en tarde breves cartas. Tenían cosas más importantes que hacer. El

no poseía la hermosura y la fuerza del héroe, como los hermanos de lady

Lewis. Hasta sospechaba ésta que su aspecto era poco militar, á causa de

los torpes movimientos de una vida vegetativa acostumbrada á encorvarse

sobre la mesa de escribir. Pero cumplía su deber, y más de una vez le

habían citado por sus frías audacias.

Nunca se realizarían los deseos de los dos. Aunque ella alcanzase á

vivir después de la guerra, continuaría su existencia presente en los

hospitales civiles, en los países remotos azotados por las epidemias. El

tal vez se casase con otra, ó tal vez permanecería fiel á su recuerdo,

dedicándose por su parte á remediar el dolor de los hombres. Mas

vivirían alejados, yendo adonde les llamase su deber, pensando á todas

horas uno en el otro, pero sin verse, como los monjes letrados y las

religiosas apasionadas que en otros siglos llenaban su existencia con

una amistad espiritual sostenida desde sus lejanos monasterios.

Miguel volvió á admirar esta abnegación. Lady Lewis pertenecía al

pequeño grupo de elegidos que desconocen el egoísmo y ansían

sacrificarse por el bien; á las eternas santas que existieron antes del

nacimiento de las religiones, y que continuarán floreciendo lo mismo

cuando la duda haya acabado de arruinar las creencias actuales.

--Usted es un ángel--dijo el príncipe.

--No--protestó ella-: yo soy una amorosa, una gran amorosa.

Lubimoff sonrió con cierta lástima.

--¿Amorosa usted, lady?...

Ella siguió hablando, como si le molestase la extrañeza de su oyente.

¿Qué era el amor de los otras mujeres comparado con el suyo? Ponían su

ternura, su deseo de sacrificio, en un solo hombre. Más allá de él no

encontraban nada digno de interés. Ella amaba á todos los hombres, ¡á

todos! hasta aquellos enemigos que había cuidado muchas veces en las

ambulancias del frente. Estaban engañados; y si realmente habían sido

perversos y deseaban continuar siéndolo, ella sólo les veía en su estado

actual, tendidos en una cama, con las carnes rotas, amenazados por la

muerte. Eran unos desgraciados nada más, y esto bastaba para que

olvidase su origen.

Deseaba el triunfo de los suyos, porque los otros representaban la

exaltación de la fuerza brutal, la divinización de la guerra, y ella

quería que no hubiese más guerras. ¡El amor imperando sobre el mundo

entero!... Harta desgracia era que los hombres no pudieran suprimir con

igual facilidad la pobreza, el dolor y la muerte, divinidades negras que

nos toman al nacer y con las que batallamos hasta el último momento.

--Yo amo todo lo que vive: las personas, los animales, las flores. ¿Qué

es al lado de esto el amor entre hombre y mujer, que las gentes

consideran el único amor y no es mas que el egoísmo de dos seres

apartados de sus semejantes, viviendo sólo para ellos?... Mi amor

también es un egoísmo, lo reconozco; tal vez algo peor: un orgullo. ¡Si

usted conociese mis alegrías cuando he salvado de la muerte á uno de mis

_flirts_, á uno de esos pobres heridos que no veré más!... No me admire,

príncipe, no me compadezca. Soy únicamente una pobre mujer: ¡nada de

ángel! Además, muy mala; tengo mis remordimientos, como todos.

--¡Usted, lady!...--volvió á exclamar el príncipe con un gesto de

incredulidad.

Y ella, para que el otro no dudase, se apresuró á contar el gran pecado

de su existencia. Viajando por Andalucía había visto al borde de un río

unos muchachos que intentaban ahogar á un perro vagabundo, arrojándole

piedras. Mary cayó sobre ellos, loca de cólera, apaleándolos con su

quitasol. Uno de los chicuelos lloró, arrojando sangre por las

narices... Este mal recuerdo había perturbado muchas de sus noches.

Ahora no podía ver á un niño sin acariciarlo con la vehemencia del

remordimiento.

También había sostenido disputas en varios países con los carreteros que

golpean á sus bestias, con los dueños de hotel que no le permitían

guardar en su habitación los perros y gatos sin dueño encontrados en las

calles.

Antes de la guerra, su lástima era toda para los animales. La humanidad

sabe defenderse. Pero ahora, las matanzas de seres uniformados desviaban

su dulce ternura hacia los hombres. Estaban más faltos de cariño y

protección que las pobres bestias.

El recuerdo de sus _flirts_, que á estas horas se removían en sus camas

cubiertos de vendajes, ansiosos de la presencia de lady Lewis, ó

permanecían en un banco con los ojos inmóviles vueltos hacia el sol,

negándose á pasear por faltarles el suave apoyo de su brazo, le hizo

abandonar su asiento. «¡Adiós, príncipe!» Los enamorados la esperaban.

Puesta de pie, recordó el motivo de su visita, hablando de nuevo con

aquel tono que revelaba su firme voluntad.

Era inútil que buscase á la duquesa. La pobre, después de tantas

desorientaciones en su vida, acababa de encontrar el verdadero sendero,

el mismo que ella, más afortunada, había seguido en plena juventud. La

virgen dolorosa habló con naturalidad del pasado de Alicia. Lo conocía

todo. En el silencio de Villa-Rosa, la otra se había confesado

desesperadamente, sin que la enfermera sintiese escándalo ni asombro.

¡Qué representaba esta catástrofe moral de una simple persona, cuando el

mundo veía á cada minuto los más inauditos crímenes!...

--Partió esta mañana, y está muy lejos... ¡muy lejos!--dijo la lady--.

Es posible que jamás vuelvan á verse... Yo le escribiré que usted la

perdona, y esto le proporcionará la tranquilidad que necesita en su

nueva existencia.

El príncipe la fué acompañando hacia la salida de sus jardines. Durante

el camino volvió á lamentarse. Necesitaba exteriorizar el desaliento en

que le había dejado la resistencia de la inglesa á decirle el paradero

de Alicia.

--Soy muy desgraciado, lady.

--Lo creo--contestó ella--. Mis desgracias son más grandes que las de

usted, pero las sobrellevo mejor.

Para Mary, la vida era á modo de una balanza. En un platillo caía el

infortunio: nadie se libraba de este peso; pero había que equilibrar el

espíritu colocando en el platillo opuesto algo grande, un ideal, una

esperanza. Ella había encontrado el contrapeso necesario: el amor á todo

lo existente, el sacrificio por los semejantes, la abnegación en todos

los momentos.

¿Qué tenía el príncipe para contrabalancear las sacudidas del

destino?... Nada. Seguía viviendo como en los años de paz, pensando

únicamente en él. Era todavía como habían sido los demás hombres antes

de que la guerra los sacase de su individualismo egoísta, haciendo

reflorecer las virtudes de la solidaridad y el sacrificio. Por eso

bastaba un simple obstáculo á sus deseos, un desengaño amoroso, algo que

sólo puede perturbar la vida de un adolescente, para que se considerase

desgraciado... ¡Ah, si tuviera un ideal superior! ¡Si pensara menos en

él y más en los hombres!

Se estrecharon los manos junto á la verja.

--¡Adiós, lady!--dijo el príncipe inclinándose.

De estar don Marcos presente, hubiese reconocido esta voz. Era la misma

de la tarde del desafío, cuando encontró á la inglesa con los dos

ciegos; una voz hermosamente grave, en la que parecían gotear lágrimas.

Toledo sólo apareció algunos instantes después, saliendo del pabellón

del jardinero, para encontrarse con el príncipe, que regresaba pensativo

hacia su «villa».

Lubimoff habló para darle una orden con tono duro.

--Me marcho á París... Quiero salir mañana; arregla lo necesario.

Luego, al fijar sus ojos en el coronel, continuó, con voz más dulce:

--Creo que nunca volveré aquí... Voy á vender Villa-Sirena.

XII

Don Marcos desciende por los jardines públicos hacia la plaza del

Casino, en conversación con un militar.

Ya no es el ceremonioso coronel que besaba manos viejas y nobles en los

salones de juego y asistía como inevitable comensal á los almuerzos de

todas las familias linajudas de paso en el Hotel de París. Nada recuerda

en su persona los levitones forrados de terciopelo, los sombreros de

seda blanca y demás esplendores de su elegancia original. Va sobriamente

vestido de obscuro, y su aspecto tiene algo de rústico; revela al hombre

que vive en el campo, gusta de cultivar la tierra y se siente cohibido

al volver á la existencia urbana. Lleva puestos los guantes, lo mismo

que en sus buenos tiempos; pero ahora es por necesidad. Sus manos le

recuerdan cierto exiguo jardín en torno de una «villa» diminuta, con

cinco árboles, doce rosales y unos cuarenta arbustos más, que conoce uno

por uno, dándoles nombres propios, cuidándolos y regándolos

fervorosamente hasta encallecer sus dedos.

El militar también marcha como un hombre de campo, mirando á todos lados

curiosamente. Un áspero bigote cubre su labio superior, uno de esos

bigotes duros y agresivos que surgen después de largos años de continua

rasura. Su uniforme es viejo, desteñido por el sol y las lluvias. El

paño amarillento tiene el color neutro de la tierra. Su brazo derecho

pende inerte del hombro y se mueve al ritmo del paso, con el vaivén de

las cosas inanimadas. La mano va cubierta de un guante cuya rigidez

acusa el relieve de algo duro y mecánico. La otra mano se apoya en un

garrote, y una pipa humea en su boca. Sobre sus bocamangas casi se

confunde con el color de la tela un breve y único galón de oficial.

--Diez meses y veinte días--dice Toledo--que Su Alteza salió de aquí...

¡Qué de cosas han ocurrido!

El militar es el príncipe Lubimoff: un Lubimoff que parece más fuerte,

más sereno y decidido que el del año anterior, á pesar de su brazo

artificial. La cabeza tiene las mismas canas de antes, discretamente

esparcidas; pero el bigote, al crecer libremente, ha surgido casi

blanco.

Las patillas del coronel son de la misma tonalidad. Con la desaparición

de sus elegancias cesaron igualmente los cuidados de tocador, y el gris

discreto de un teñido prudente ha dejado paso al blanco de una franca

vejez.

Don Marcos señala la plaza hacia la que se dirigen los dos.

--¡Si hubiese visto Su Alteza esto la noche del armisticio!

La noticia del triunfo hacía correr á todas las gentes. Bajaban de

Beausoleil, subían de La Condamine, llegaban del peñón de Mónaco. Por

primera vez después de cuatro años, se iluminaban de arriba á abajo las

fachadas del Casino, de los hoteles y cafés. La plaza estaba repleta de

gente. Todos parpadeaban deslumbrados, después de la larga noche en que

les había tenido sumidos la amenaza submarina. Unos cuantos instrumentos

de cobre rugían la _Marsellesa_, y la muchedumbre, siguiendo las

banderas de los países aliados, daba vueltas en torno del «queso», como

las falenas alrededor de la luz, no queriendo salir de la plaza.

De pronto se había formado una larga línea danzante, una farándula, que

empezó á correr y saltar, agrandándose en cada una de sus contorsiones.

Todos se agregaban á ella, por el contagio del entusiasmo; el oficial

unía su mano con la del soldado; las graves señoras levantaban las

piernas y perdían el sombrero; las señoritas tímidas gritaban, con los

cabellos sueltos; los rostros femeninos tenían esa expresión de locura

entusiástica que sólo se ve en los días de revolución. Los cojos

saltaban, los ciegos creían ver, los mancos se agarraban con sus

muñones á la fila serpenteante. La _Marsellesa_ parecía un himno

milagroso, comunicando á todos una nueva fuerza. ¡La paz!... ¡la paz!

En una de sus evoluciones, la cabeza de la humana serpiente remontaba

las gradas del Casino, La farándula quería meterse en el atrio, en las

salas de juego, para arrastrar entre sus anillos al público, á los

_croupiers_, á las mesas. Toda actividad interesada debía cesar en esta

hora de generosa alegría.

--¡Ay, los jugadores! ¡Qué enfermedad la del juego, marqués! Al llegar á

la plaza se quitaban el sombrero ante las banderas, faltaba poco para

que llorasen, cantaban una estrofa de la _Marsellesa_. «¡Viva Francia!

¡Vivan los aliados!...» Y á continuación se metían en el Casino para

apuntar su dinero al mismo número de la fecha celebre ó á otras

combinaciones sugeridas por la paz.

Los porteros, con aire de viejos gendarmes, formaban en masa

heroicamente para rechazar con sus pechos, sus panzas y sus puños la

farándula revoltosa que pretendía introducirse en el solemne palacio.

Parecían indignados. ¿Cuándo se había visto tamaña insolencia?... Buena

era la paz, y el pueblo debía regocijarse; ¡pero meterse en el Casino

como un motín danzante, para interrumpir el funcionamiento de una

industria honrada!... Y habían acabado por repeler gradas abajo aquella

fila de señoras desgreñadas por el entusiasmo, de militares condecorados

que olvidaban repentinamente sus enfermedades v sus heridas.

* * * * *

El príncipe y Toledo llegan á la plaza y se dirigen á la izquierda del

Casino, donde está el Café de París.

Lubimoff se sienta á una mesa, en un ángulo saliente del café que las

gentes apodan «el Promontorio». El coronel permanece derecho. Ha pasado

la tarde con el príncipe, y necesita volver á su casa. Ya no tiene la

independencia de antes; alguien vive con él, y su nueva situación le

impone obligaciones ineludibles.

Ve con la imaginación la casita que habita en lo alto de Beausoleil,

rodeada de un pequeño jardín. Todo es suyo por escritura pública. Pero

la suerte de su propiedad no le inquieta: nadie se llevará sus paredes

y sus árboles. Lo que le tiene nervioso es cierto suboficial americano,

joven y membrudo, que siente la manía de pasear en torno de su vivienda,

y ciertos ojos claros que le siguen hambrientos desde una ventana,

cierta boca carnuda que le sonríe, ciertas manos que él cree haber

sorprendido de lejos arrojando una flor, y cuya propietaria le grita

furiosa todos los días para convencerle de que ha visto visiones.

Don Marcos se ha casado.

Pocas semanas después de marcharse el príncipe, un gran cambio se

realizó en su existencia. Villa-Sirena era ya de aquel nuevo rico,

constructor de autocamiones y aeroplanos, que también había comprado el

palacio de París. El coronel, al darle posesión, sólo se acordó de

alabar los méritos del jardinero y su familia.

Lubimoff, antes de marcharse al frente, se había ocupado de la suerte de

su «chambelán», asegurándole una pensión de diez mil francos al año y

enviando además cierta cantidad para que comprase una casa. Ya que

deseaba morir en Monte-Carlo, debía tener su pequeña Villa-Sirena.

Al poco tiempo de jardinear en su propiedad, viendo abajo la plaza del

Casino, Toledo fué en busca de Novoa. Era su mejor amigo; además, era

español, y tenía el deber de servirle en la circunstancia más importante

de su vida. Lo necesitaba como padrino de boda. El profesor quedó

estupefacto al enterarse de que se casaba con la hija del jardinero.

¡Una muchacha que podía ser su nieta!... Era desafiar al destino, correr

á sus años en busca de la desgracia que ya presagiaba su nombre.

--Piense usted, don Marcos, que la juventud tiene sus derechos.

--Y la vejez sus deberes--contestó el coronel con bondad, resignándose

ante el porvenir.

Ahora, de pie ante el príncipe, balbucea con timidez y confusión porque

va á abandonarlo.

--Me espera Madó: la pobrecita sale muy poco. Le gusta que la lleve por

las tardes al concierto en las terrazas. Son las cinco.

Y cuando el príncipe asiente con un movimiento de cabeza, echa á andar

precipitadamente. Luego, más lejos, casi empieza á correr cuesta arriba,

jadeando y sin sentir el cansancio. Desea llegar á su casa pronto, y

tiene miedo de llegar. Madó sólo le convence cuando está al alcance de

sus gritos. Se estremece pensando que puede de nuevo ver visiones.

* * * * *

Al quedar solo el príncipe, se borran poco á poco de sus ojos el vaso

que tiene delante, las mesas inmediatas, el gentío sentado en torno del

«queso». Su visión se contrae y se hunde, para contemplar otras imágenes

que guarda su memoria.

Llegó en la mañana á Monte-Carlo. Sólo van transcurridas unas horas, ¡y

ha visto tanto!...

Los enemigos de la mujer · 第 34 / 37 段