mundo. Le suplica que se olvide de ella, que no la busque nunca, y sobre
todo que la perdone por el daño que le ha causado involuntariamente. Su
perdón es lo que reclama con más vehemencia... Cuando yo le diga que
usted no la odia, esto le devolverá la tranquilidad que necesita para su
nueva vida.
Miguel quedó absorto. ¿Perdonar?... Alicia no le había causado ningún
daño. Era él mismo quien se atormentaba con sus deseos y sus
desilusiones. De persistir en sus ideas de meses antes, cuando abominaba
de las mujeres, no habría sufrido la menor alteración en su cuerda
existencia. Además, ¿dónde estaba? ¿no podía verla?...
Estas preguntas las interrumpió lady Lewis. Continuaba sonriendo
dulcemente, pero su voz reveló la firmeza de una voluntad
inquebrantable.
--La duquesa ya no vive en Monte-Carlo; he arreglado todo lo referente á
su viaje. Soy la única que conoce su paradero, y no lo revelaré á nadie.
No la busque, deje que marche en paz hacia la verdad; imagínese que ha
muerto... como han muerto otros, como mueren y seguirán muriendo en
nuestra época tantos miles de seres á cada nuevo sol... Perdone y
olvide. ¡Pobre mujer!... ¡es tan desgraciada!
Lubimoff comprendió que resultarían inútiles todas sus preguntas. Su
curiosidad, por insinuante que fuese, se estrellaría contra esta
reserva. Alicia había desaparecido para siempre... ¡para siempre!
Esto le hizo considerarse más triste, más sólo. Experimentó junto á esta
amazona del dolor humano una confianza igual á la que había debido
sentir la de Delille en los dos últimos días. Era un deseo de confesarse
con ella, un impulso instintivo de abrirle el alma, como si de esta
mujer que llevaba á los lechos de muerte un regocijo frívolo de pájaro
pudiese surgir el consejo de la suprema sabiduría.
Movió el príncipe la cabeza, murmurando palabras de afirmación: «Sí;
perdonaba.» No quería dejar sobre la otra el más leve peso de su dolor;
lo guardaba todo para él... Pero á continuación no pudo resistir el
empuje de este mismo dolor deseoso de exteriorizarse, y sintió extrañeza
ante las palabras que se le escapaban, atropellando su voluntad.
--¡Yo también, lady, soy muy desgraciado!
La enfermera no manifestó asombro ante tal confidencia. Continuó
sonriendo, y dijo lacónicamente:
--Lo sé.
Su sonrisa se fué transformando en un gesto de dulce piedad, de
conmiseración protectora, como si el príncipe fuese un niño necesitado
de sus consejos.
Había adivinado su desgracia mucho antes de que la duquesa le hablase en
sus horas de desesperada confesión. Se creía desgraciado por
contrariedades de amor; pero esta desgracia sólo era la envoltura de
otra más verdadera y profunda que residía en él, sólo en él.
Intentaba mantenerse apartado de sus semejantes, ignorando las
preocupaciones de éstos, enquistado en su egoísmo, queriendo prolongar
sus goces de los años tranquilos al margen de la humanidad, que sufría
una de las mayores crisis de su historia. Era comprensible este
alejamiento en un cobarde, dominado por el instinto de conservación;
pero él era valiente. Podía tolerarse en un hombre cargado de hijos, que
siente á todas horas el imperioso deber de su subsistencia y sufre
miedo; pero él estaba solo en el mundo.
--Todos somos desgraciados, príncipe. ¿Quién no conoce ahora el dolor y
la muerte?
Y habló monótonamente de las propias desgracias, como si recitase una
oración, mientras su sonrisa se iba borrando: aquella sonrisa que
animaba la fealdad anémica de su rostro con una luz vagorosa de aurora.
Seis hermanos suyos habían muerto en una tarde. Pertenecían al mismo
batallón, y ella recibía la noticia de las seis muertes al mismo tiempo.
Treinta y dos individuos de su familia estaban bajo tierra. Muy pocos
de ellos eran militares; llevaban una existencia de placeres antes de la
guerra, disfrutaban de grandes riquezas y títulos: su vida resultaba tan
dulce como la del príncipe Lubimoff... ¡pero al verse llamados por el
deber!...
Nadie escoge su lugar antes de venir al mundo; ninguno puede decidir
cuál será su patria y cuál su linaje. Nacemos arriba ó abajo, á capricho
del azar, y amoldamos la historia de nuestra existencia al sitio que nos
designó el acaso. Tampoco puede nadie escoger su época. Los que nacen en
períodos de paz, cuando la humanidad permanece en calma y el salvajismo
prehistórico dormita dentro del caparazón formado por las
civilizaciones, son dichosos; tan dichosos como los que vienen á la vida
en una casa poderosa y se ven exentos de batallar por la subsistencia.
--Pero cuando nacemos en una época de locura--continuó--, debemos
resignarnos y amoldarnos á ella, sin huir el hombro á la carga penosa.
Tenemos el deber de sufrir para que otros sean felices después, como
sufrieron los antepasados por nosotros.
¡Su dolor al recibir la noticia de aquella muerte en masa de sus
hermanos!... Ella no se tenía por un ser extraordinario; era simplemente
una mujer como todas, y lloró, entregándose á la desesperación. Luego,
una idea iba esparciendo por su pensamiento cierta frescura bienhechora.
¡Si hubiesen hombres inmortales!... Entonces sí que resultaría horrible
la desesperación, al pensar que el muerto podía haberse librado de la
muerte manteniéndose lejos del peligro. Pero nadie era inmortal.
Morir bajo el proyectil ó bajo el microbio, era morir lo mismo. Sólo
variaba la postura, y para muchos ofrecía mayor seducción volver á la
tierra de un modo fulminante, en plena embriaguez heroica, con una idea
generosa en el pensamiento, que extinguirse lentamente entre sábanas,
frente á una pared, manchado y envilecido por todas las suciedades de
una materialidad que empieza á disgregarse.
Era el santo miedo, guardián de nuestra conservación, el que perturbaba
á las gentes, ocultándoles la terrible verdad que existe al término de
toda vida. Las gentes cuerdas consideraban una locura el ir al encuentro
de la muerte. Muy bien si la muerte fuese algo inmóvil que sólo pone su
mano en el que se le acerca... Pero si el hombre no va en su busca, ella
corre con pasos de cien leguas en busca del hombre. ¿Quién puede
adivinar el momento del encuentro?... Lo mejor era despreciarla, no
concederle el tributo de un recuerdo continuo, engendrador de angustias
y miedos.
Además, la muerte en el lecho resultaba una muerte infructuosa y
estéril. ¿A quién podía servir, aparte de los herederos?... La otra
muerte por una idea, aunque fuese errónea, representaba una afirmación,
un acto de energía y de fe, y con la suma de tales actos se va tejiendo
la historia noble de la humanidad.
El príncipe admiró la sencillez con que esta mujer casi moribunda
ensalzaba el heroísmo de la vida despreciando á la muerte.
Había colocado su pensamiento en lo alto, más allá de los egoísmos y los
deseos que forman la trama de la vida ordinaria. Si todos hiciesen lo
que les conviene únicamente, la humanidad en masa no tendría por qué
considerarse superior á los animales.
La lady poseía un ideal: sacrificarse por sus semejantes; servirles aun
á costa de su existencia. Casi se congratulaba de la guerra, que la
había ayudado á encontrar el verdadero camino. En tiempo de paz hubiese
hecho lo que todas: uniendo su suerte á la de un hombre, para tener
hijos y constituir una familia. El egoísmo amoroso resume el mundo en
dos seres; el egoísmo de la madre no reconoce nada interesante más allá
de su prole. Unicamente cuando llega la vejez y se han desvanecido las
perspectivas ilusorias de la vida se reconoce la gran verdad, ó sea que
hay que interesarse y sacrificarse por todos los que existen... Pero la
piedad de la vejez es infructuosa y corta. Mary Lewis se consideraba
feliz por haberse lanzado desde el primer momento en la buena dirección,
sin el largo rodeo de los otros para llegar tarde á la verdad.
--Yo he tenido mi novela, como todos.
Dijo esto con sencillez, pero al mismo tiempo la poca sangre que le
restaba animó su rostro con tenue rubor, como si fuese á confesar algo
extraordinario.
Un hombre estudioso la amaba; un antiguo secretario de su padre el
gobernador colonial. Sólo una vez se habían confesado este amor. Luego
continuaron su vida como siempre, guardando cada uno su secreto,
poniendo la realización de sus ilusiones en un porvenir indeterminado...
Pero llegaba la guerra.
El había corrido de los primeros á alistarse como voluntario: «Mary, soy
soldado.» Y Mary había respondido: «Hace usted bien.» Se escribían de
tarde en tarde breves cartas. Tenían cosas más importantes que hacer. El
no poseía la hermosura y la fuerza del héroe, como los hermanos de lady
Lewis. Hasta sospechaba ésta que su aspecto era poco militar, á causa de
los torpes movimientos de una vida vegetativa acostumbrada á encorvarse
sobre la mesa de escribir. Pero cumplía su deber, y más de una vez le
habían citado por sus frías audacias.
Nunca se realizarían los deseos de los dos. Aunque ella alcanzase á
vivir después de la guerra, continuaría su existencia presente en los
hospitales civiles, en los países remotos azotados por las epidemias. El
tal vez se casase con otra, ó tal vez permanecería fiel á su recuerdo,
dedicándose por su parte á remediar el dolor de los hombres. Mas
vivirían alejados, yendo adonde les llamase su deber, pensando á todas
horas uno en el otro, pero sin verse, como los monjes letrados y las
religiosas apasionadas que en otros siglos llenaban su existencia con
una amistad espiritual sostenida desde sus lejanos monasterios.
Miguel volvió á admirar esta abnegación. Lady Lewis pertenecía al
pequeño grupo de elegidos que desconocen el egoísmo y ansían
sacrificarse por el bien; á las eternas santas que existieron antes del
nacimiento de las religiones, y que continuarán floreciendo lo mismo
cuando la duda haya acabado de arruinar las creencias actuales.
--Usted es un ángel--dijo el príncipe.
--No--protestó ella-: yo soy una amorosa, una gran amorosa.
Lubimoff sonrió con cierta lástima.
--¿Amorosa usted, lady?...
Ella siguió hablando, como si le molestase la extrañeza de su oyente.
¿Qué era el amor de los otras mujeres comparado con el suyo? Ponían su
ternura, su deseo de sacrificio, en un solo hombre. Más allá de él no
encontraban nada digno de interés. Ella amaba á todos los hombres, ¡á
todos! hasta aquellos enemigos que había cuidado muchas veces en las
ambulancias del frente. Estaban engañados; y si realmente habían sido
perversos y deseaban continuar siéndolo, ella sólo les veía en su estado
actual, tendidos en una cama, con las carnes rotas, amenazados por la
muerte. Eran unos desgraciados nada más, y esto bastaba para que
olvidase su origen.
Deseaba el triunfo de los suyos, porque los otros representaban la
exaltación de la fuerza brutal, la divinización de la guerra, y ella
quería que no hubiese más guerras. ¡El amor imperando sobre el mundo
entero!... Harta desgracia era que los hombres no pudieran suprimir con
igual facilidad la pobreza, el dolor y la muerte, divinidades negras que
nos toman al nacer y con las que batallamos hasta el último momento.
--Yo amo todo lo que vive: las personas, los animales, las flores. ¿Qué
es al lado de esto el amor entre hombre y mujer, que las gentes
consideran el único amor y no es mas que el egoísmo de dos seres
apartados de sus semejantes, viviendo sólo para ellos?... Mi amor
también es un egoísmo, lo reconozco; tal vez algo peor: un orgullo. ¡Si
usted conociese mis alegrías cuando he salvado de la muerte á uno de mis
_flirts_, á uno de esos pobres heridos que no veré más!... No me admire,
príncipe, no me compadezca. Soy únicamente una pobre mujer: ¡nada de
ángel! Además, muy mala; tengo mis remordimientos, como todos.
--¡Usted, lady!...--volvió á exclamar el príncipe con un gesto de
incredulidad.
Y ella, para que el otro no dudase, se apresuró á contar el gran pecado
de su existencia. Viajando por Andalucía había visto al borde de un río
unos muchachos que intentaban ahogar á un perro vagabundo, arrojándole
piedras. Mary cayó sobre ellos, loca de cólera, apaleándolos con su
quitasol. Uno de los chicuelos lloró, arrojando sangre por las
narices... Este mal recuerdo había perturbado muchas de sus noches.
Ahora no podía ver á un niño sin acariciarlo con la vehemencia del
remordimiento.
También había sostenido disputas en varios países con los carreteros que
golpean á sus bestias, con los dueños de hotel que no le permitían
guardar en su habitación los perros y gatos sin dueño encontrados en las
calles.
Antes de la guerra, su lástima era toda para los animales. La humanidad
sabe defenderse. Pero ahora, las matanzas de seres uniformados desviaban
su dulce ternura hacia los hombres. Estaban más faltos de cariño y
protección que las pobres bestias.
El recuerdo de sus _flirts_, que á estas horas se removían en sus camas
cubiertos de vendajes, ansiosos de la presencia de lady Lewis, ó
permanecían en un banco con los ojos inmóviles vueltos hacia el sol,
negándose á pasear por faltarles el suave apoyo de su brazo, le hizo
abandonar su asiento. «¡Adiós, príncipe!» Los enamorados la esperaban.
Puesta de pie, recordó el motivo de su visita, hablando de nuevo con
aquel tono que revelaba su firme voluntad.
Era inútil que buscase á la duquesa. La pobre, después de tantas
desorientaciones en su vida, acababa de encontrar el verdadero sendero,
el mismo que ella, más afortunada, había seguido en plena juventud. La
virgen dolorosa habló con naturalidad del pasado de Alicia. Lo conocía
todo. En el silencio de Villa-Rosa, la otra se había confesado
desesperadamente, sin que la enfermera sintiese escándalo ni asombro.
¡Qué representaba esta catástrofe moral de una simple persona, cuando el
mundo veía á cada minuto los más inauditos crímenes!...
--Partió esta mañana, y está muy lejos... ¡muy lejos!--dijo la lady--.
Es posible que jamás vuelvan á verse... Yo le escribiré que usted la
perdona, y esto le proporcionará la tranquilidad que necesita en su
nueva existencia.
El príncipe la fué acompañando hacia la salida de sus jardines. Durante
el camino volvió á lamentarse. Necesitaba exteriorizar el desaliento en
que le había dejado la resistencia de la inglesa á decirle el paradero
de Alicia.
--Soy muy desgraciado, lady.
--Lo creo--contestó ella--. Mis desgracias son más grandes que las de
usted, pero las sobrellevo mejor.
Para Mary, la vida era á modo de una balanza. En un platillo caía el
infortunio: nadie se libraba de este peso; pero había que equilibrar el
espíritu colocando en el platillo opuesto algo grande, un ideal, una
esperanza. Ella había encontrado el contrapeso necesario: el amor á todo
lo existente, el sacrificio por los semejantes, la abnegación en todos
los momentos.
¿Qué tenía el príncipe para contrabalancear las sacudidas del
destino?... Nada. Seguía viviendo como en los años de paz, pensando
únicamente en él. Era todavía como habían sido los demás hombres antes
de que la guerra los sacase de su individualismo egoísta, haciendo
reflorecer las virtudes de la solidaridad y el sacrificio. Por eso
bastaba un simple obstáculo á sus deseos, un desengaño amoroso, algo que
sólo puede perturbar la vida de un adolescente, para que se considerase
desgraciado... ¡Ah, si tuviera un ideal superior! ¡Si pensara menos en
él y más en los hombres!
Se estrecharon los manos junto á la verja.
--¡Adiós, lady!--dijo el príncipe inclinándose.
De estar don Marcos presente, hubiese reconocido esta voz. Era la misma
de la tarde del desafío, cuando encontró á la inglesa con los dos
ciegos; una voz hermosamente grave, en la que parecían gotear lágrimas.
Toledo sólo apareció algunos instantes después, saliendo del pabellón
del jardinero, para encontrarse con el príncipe, que regresaba pensativo
hacia su «villa».
Lubimoff habló para darle una orden con tono duro.
--Me marcho á París... Quiero salir mañana; arregla lo necesario.
Luego, al fijar sus ojos en el coronel, continuó, con voz más dulce:
--Creo que nunca volveré aquí... Voy á vender Villa-Sirena.
XII
Don Marcos desciende por los jardines públicos hacia la plaza del
Casino, en conversación con un militar.
Ya no es el ceremonioso coronel que besaba manos viejas y nobles en los
salones de juego y asistía como inevitable comensal á los almuerzos de
todas las familias linajudas de paso en el Hotel de París. Nada recuerda
en su persona los levitones forrados de terciopelo, los sombreros de
seda blanca y demás esplendores de su elegancia original. Va sobriamente
vestido de obscuro, y su aspecto tiene algo de rústico; revela al hombre
que vive en el campo, gusta de cultivar la tierra y se siente cohibido
al volver á la existencia urbana. Lleva puestos los guantes, lo mismo
que en sus buenos tiempos; pero ahora es por necesidad. Sus manos le
recuerdan cierto exiguo jardín en torno de una «villa» diminuta, con
cinco árboles, doce rosales y unos cuarenta arbustos más, que conoce uno
por uno, dándoles nombres propios, cuidándolos y regándolos
fervorosamente hasta encallecer sus dedos.
El militar también marcha como un hombre de campo, mirando á todos lados
curiosamente. Un áspero bigote cubre su labio superior, uno de esos
bigotes duros y agresivos que surgen después de largos años de continua
rasura. Su uniforme es viejo, desteñido por el sol y las lluvias. El
paño amarillento tiene el color neutro de la tierra. Su brazo derecho
pende inerte del hombro y se mueve al ritmo del paso, con el vaivén de
las cosas inanimadas. La mano va cubierta de un guante cuya rigidez
acusa el relieve de algo duro y mecánico. La otra mano se apoya en un
garrote, y una pipa humea en su boca. Sobre sus bocamangas casi se
confunde con el color de la tela un breve y único galón de oficial.
--Diez meses y veinte días--dice Toledo--que Su Alteza salió de aquí...
¡Qué de cosas han ocurrido!
El militar es el príncipe Lubimoff: un Lubimoff que parece más fuerte,
más sereno y decidido que el del año anterior, á pesar de su brazo
artificial. La cabeza tiene las mismas canas de antes, discretamente
esparcidas; pero el bigote, al crecer libremente, ha surgido casi
blanco.
Las patillas del coronel son de la misma tonalidad. Con la desaparición
de sus elegancias cesaron igualmente los cuidados de tocador, y el gris
discreto de un teñido prudente ha dejado paso al blanco de una franca
vejez.
Don Marcos señala la plaza hacia la que se dirigen los dos.
--¡Si hubiese visto Su Alteza esto la noche del armisticio!
La noticia del triunfo hacía correr á todas las gentes. Bajaban de
Beausoleil, subían de La Condamine, llegaban del peñón de Mónaco. Por
primera vez después de cuatro años, se iluminaban de arriba á abajo las
fachadas del Casino, de los hoteles y cafés. La plaza estaba repleta de
gente. Todos parpadeaban deslumbrados, después de la larga noche en que
les había tenido sumidos la amenaza submarina. Unos cuantos instrumentos
de cobre rugían la _Marsellesa_, y la muchedumbre, siguiendo las
banderas de los países aliados, daba vueltas en torno del «queso», como
las falenas alrededor de la luz, no queriendo salir de la plaza.
De pronto se había formado una larga línea danzante, una farándula, que
empezó á correr y saltar, agrandándose en cada una de sus contorsiones.
Todos se agregaban á ella, por el contagio del entusiasmo; el oficial
unía su mano con la del soldado; las graves señoras levantaban las
piernas y perdían el sombrero; las señoritas tímidas gritaban, con los
cabellos sueltos; los rostros femeninos tenían esa expresión de locura
entusiástica que sólo se ve en los días de revolución. Los cojos
saltaban, los ciegos creían ver, los mancos se agarraban con sus
muñones á la fila serpenteante. La _Marsellesa_ parecía un himno
milagroso, comunicando á todos una nueva fuerza. ¡La paz!... ¡la paz!
En una de sus evoluciones, la cabeza de la humana serpiente remontaba
las gradas del Casino, La farándula quería meterse en el atrio, en las
salas de juego, para arrastrar entre sus anillos al público, á los
_croupiers_, á las mesas. Toda actividad interesada debía cesar en esta
hora de generosa alegría.
--¡Ay, los jugadores! ¡Qué enfermedad la del juego, marqués! Al llegar á
la plaza se quitaban el sombrero ante las banderas, faltaba poco para
que llorasen, cantaban una estrofa de la _Marsellesa_. «¡Viva Francia!
¡Vivan los aliados!...» Y á continuación se metían en el Casino para
apuntar su dinero al mismo número de la fecha celebre ó á otras
combinaciones sugeridas por la paz.
Los porteros, con aire de viejos gendarmes, formaban en masa
heroicamente para rechazar con sus pechos, sus panzas y sus puños la
farándula revoltosa que pretendía introducirse en el solemne palacio.
Parecían indignados. ¿Cuándo se había visto tamaña insolencia?... Buena
era la paz, y el pueblo debía regocijarse; ¡pero meterse en el Casino
como un motín danzante, para interrumpir el funcionamiento de una
industria honrada!... Y habían acabado por repeler gradas abajo aquella
fila de señoras desgreñadas por el entusiasmo, de militares condecorados
que olvidaban repentinamente sus enfermedades v sus heridas.
* * * * *
El príncipe y Toledo llegan á la plaza y se dirigen á la izquierda del
Casino, donde está el Café de París.
Lubimoff se sienta á una mesa, en un ángulo saliente del café que las
gentes apodan «el Promontorio». El coronel permanece derecho. Ha pasado
la tarde con el príncipe, y necesita volver á su casa. Ya no tiene la
independencia de antes; alguien vive con él, y su nueva situación le
impone obligaciones ineludibles.
Ve con la imaginación la casita que habita en lo alto de Beausoleil,
rodeada de un pequeño jardín. Todo es suyo por escritura pública. Pero
la suerte de su propiedad no le inquieta: nadie se llevará sus paredes
y sus árboles. Lo que le tiene nervioso es cierto suboficial americano,
joven y membrudo, que siente la manía de pasear en torno de su vivienda,
y ciertos ojos claros que le siguen hambrientos desde una ventana,
cierta boca carnuda que le sonríe, ciertas manos que él cree haber
sorprendido de lejos arrojando una flor, y cuya propietaria le grita
furiosa todos los días para convencerle de que ha visto visiones.
Don Marcos se ha casado.
Pocas semanas después de marcharse el príncipe, un gran cambio se
realizó en su existencia. Villa-Sirena era ya de aquel nuevo rico,
constructor de autocamiones y aeroplanos, que también había comprado el
palacio de París. El coronel, al darle posesión, sólo se acordó de
alabar los méritos del jardinero y su familia.
Lubimoff, antes de marcharse al frente, se había ocupado de la suerte de
su «chambelán», asegurándole una pensión de diez mil francos al año y
enviando además cierta cantidad para que comprase una casa. Ya que
deseaba morir en Monte-Carlo, debía tener su pequeña Villa-Sirena.
Al poco tiempo de jardinear en su propiedad, viendo abajo la plaza del
Casino, Toledo fué en busca de Novoa. Era su mejor amigo; además, era
español, y tenía el deber de servirle en la circunstancia más importante
de su vida. Lo necesitaba como padrino de boda. El profesor quedó
estupefacto al enterarse de que se casaba con la hija del jardinero.
¡Una muchacha que podía ser su nieta!... Era desafiar al destino, correr
á sus años en busca de la desgracia que ya presagiaba su nombre.
--Piense usted, don Marcos, que la juventud tiene sus derechos.
--Y la vejez sus deberes--contestó el coronel con bondad, resignándose
ante el porvenir.
Ahora, de pie ante el príncipe, balbucea con timidez y confusión porque
va á abandonarlo.
--Me espera Madó: la pobrecita sale muy poco. Le gusta que la lleve por
las tardes al concierto en las terrazas. Son las cinco.
Y cuando el príncipe asiente con un movimiento de cabeza, echa á andar
precipitadamente. Luego, más lejos, casi empieza á correr cuesta arriba,
jadeando y sin sentir el cansancio. Desea llegar á su casa pronto, y
tiene miedo de llegar. Madó sólo le convence cuando está al alcance de
sus gritos. Se estremece pensando que puede de nuevo ver visiones.
* * * * *
Al quedar solo el príncipe, se borran poco á poco de sus ojos el vaso
que tiene delante, las mesas inmediatas, el gentío sentado en torno del
«queso». Su visión se contrae y se hunde, para contemplar otras imágenes
que guarda su memoria.
Llegó en la mañana á Monte-Carlo. Sólo van transcurridas unas horas, ¡y
ha visto tanto!...