Una noche encontró algo nuevo para hacer patente su admiración.

--¡Qué poeta!

Lubimoff, á pesar de su melancolía, empezó á reir. ¡El presidente Wilson

un poeta!...

Don Marcos, balbuceando ante la risa de su príncipe, intentó explicarse.

No encontraba la palabra exacta para precisar su pensamiento, pero

insistió, considerándolo justo. Un poeta era para él un vidente que dice

cosas muy hermosas sobre el futuro de los hombres; un profeta que sueña

en la cumbre, abarcando con la mirada lo que no puede ver el vulgo

hormigueante á sus pies; un ser que, al hablar, sea en la forma que sea,

consigue que parpadeen de emoción los ojos de los que le escuchan,

mientras un escalofrío corre por sus espaldas.

Se enredó su lengua al decir esto, pero á través de los balbuceos surgía

una firme convicción, incapaz de rectificarse.

--En fin, yo me entiendo. Para mí, es un poeta: un hombre con alas...

con unas alas muy largas.

Volvió á reir el príncipe. ¡Wilson con alas!... Se imaginó al Presidente

con un sombrero de copa, sus lentes, su sonrisa bondadosa, y saliéndole

de la espalda del chaqué dos triángulos enormes de plumas iguales á las

que llevan los ángeles en los cuadros de la pintura religiosa. ¡Gracioso

coronel!...

Luego quedó pensativo, mientras su rostro tomaba una expresión grave.

--Tienes razón--dijo--. Le veo con alas, unas alas tal vez demasiado

largas. Gran cosa para volar, ¡pero cuando se ha de vivir entre los

hombres, marchando sobre el suelo!... Temo que le arrastren; temo que se

las pisen algún día encontrándolas molestas...

Y no hablaron más.

El príncipe quiso romper esta clausura que se había impuesto

voluntariamente. ¿Por qué seguir en Villa-Sirena, cerca de unas personas

que ocupaban á todas horas su pensamiento y no deseaba ver?... Lo mejor

era volverse cuanto antes á París. Los cañones de largo alcance seguían

tirando sobre la capital; casi todas las semanas, escuadrillas de

aviones alemanes hacían una excursión nocturna sobre ella, arrojando

explosivos. Tal viaje ofrecía el aliciente de la emoción y del peligro á

este solitario, atormentado en su robustez por una existencia inmóvil y

monótona, sin otra novedad que el rumiar de nuevo sus recuerdos.

Todas las mañanas, al levantarse, formulaba el mismo propósito: «Me voy

á París.» Pero el viaje se iba retardando de semana en semana. Era la

abulia del enfermo que hace proyectos de vida activa, y apenas intenta

realizarlos, vuelve á caer sin fuerzas, y los aplaza para un porvenir

indefinido.

Los detalles más insignificantes se agigantaban ante su voluntad

enferma. Debía ir á Niza para que le reservasen un sitio en la oficina

de coches-camas. Pensaba en enviar á don Marcos; luego desistía,

encontrando preferible ir él mismo. Y pasaban las semanas sin realizar

este breve viaje, preliminar del viaje á París, pareciéndole ambos

igualmente largos. El, que por tres veces había circunnavegado el

planeta, se encogía de cansancio al pensar en la lentitud de los trenes

impuesta por la guerra, en las diez y seis horas de ferrocarril.

Una tarde, aburrido de sus magníficos jardines, siempre iguales, del

silencio de su casa desierta, de las distracciones crecientes del

coronel, que constantemente tenía algo que hacer en Monte-Carlo ó en el

pabellón del jardinero, se lanzó á pie hasta la ciudad y tuvo un

encuentro.

Sus pasos le llevaron maquinalmente hacia los bulevares altos, cerca de

la calle donde estaba Villa-Rosa. Al darse cuenta quiso retroceder, y

entonces fué cuando vió venir por la acera opuesta al teniente Martínez,

en la misma dirección que seguía él momentos antes.

Le pareció más alto, más fuerte, como envuelto en un halo de gloria. Su

uniforme era el mismo, rapado y envejecido por varios años de guerra,

pero el príncipe lo vió enteramente nuevo y con un brillo deslumbrador.

Todo en su persona resultaba magnífico y parecía iluminar las cosas con

su contacto. Tal vez su rostro estaba más exangüe y anguloso, pero

Miguel se imaginó que irradiaba cierto esplendor interno, compuesto de

satisfacción y de orgullo. Una especie de máscara impalpable, de

envoltura astral, le hermoseaba, dándole una segunda fisonomía,

apolónica y triunfadora.

Se cruzaron sin saludarse. El teniente fingió no verle, mientras

Lubimoff le seguía con una mirada interrogante. ¿Qué es lo que había de

nuevo en este hombre? Dudó de su falta de salud, de su peligrosa

situación que tanto preocupaba á los médicos. ¡Todo mentiras, para

interesar á las damas! Se fijó en la firmeza arrogante de su paso, en el

aire de jovenzuelo con que agitaba el junco que le servía de bastón.

Al perderlo de vista aún lo vió mejor. Su imaginación fué evocando

vigorosamente ciertos detalles sobre los que había resbalado insensible

su mirada. Algo surgió con un relieve doloroso en su memoria: varias

rosas, un pequeño grupo de rosas que el militar llevaba sobre el pecho,

entre dos botones de su uniforme. ¡Un oficial con flores! Eso era lo que

había herido sus ojos desde el primer instante, con tal extrañeza, que

perturbó su visión. ¡Ay, estas flores!...

Pasó el resto del día pensando en ellas. Al tenderse en su lecho, la

obscuridad simplificó la maraña de pensamientos y dudas que se revolvía

en su cerebro. Lo vió todo con una nitidez fría y cortante. «¡Ya ha

sido!»

Saltó de la cama y encendió luz, paseando furiosamente por su

dormitorio.

--¡Ya ha sido!...

Repetía las mismas palabras con una obsesión cruel: se arrepintió de su

generosidad, como si fuese un crimen. «¿Por qué no lo maté?» Luego

volvía á su afirmación con un acento plañidero, considerando irreparable

lo que ya había sido. Y por mucho tiempo, en la lobreguez que invadió de

nuevo el dormitorio, sonaron las maldiciones del príncipe, alternadas

con rugidos de orgullo y angustias de llanto.

Al día siguiente persistió su convicción. La gracia pueril de la mañana,

que infunde optimismos, fué muda para él. ¿Cómo saber la historia de

este suceso sospechado y temido, pero que nunca creyó llegara á

realizarse?...

Una desesperada curiosidad le hizo pasar el día entero en Monte-Carlo.

Volvió á encontrarse con Martínez. El oficial siguió adelante, apartando

su mirada para no verle; pero el príncipe creyó sorprender en sus ojos

una expresión fugitiva de lástima generosa, la conmiseración hacia un

rival desgraciado é inofensivo. También llevaba flores: indudablemente

distintas á las del día anterior.

Lubimoff repitió mentalmente sus lamentos de la noche: «Sí, ya ha sido.»

Imposible la duda. Pero no se le ocurrió matarlo, ni arrepentirse de su

generosidad. ¡Todo inútil! Sólo pensó con envidia en las gentes de

abajo, en los impulsivos que sienten con simpleza sus pasiones, sin el

estorbo del honor y la palabra empeñada; en los hombres que saltan por

encima de leyes y costumbres, y cuando quieren matar, matan.

Lo había visto más demacrado que nunca, con unos ojos de fiebre: pero

¡ay, aquella máscara impalpable de vanidad juvenil, de triunfo, de

satisfacción, que irradiaba en torno de su cabeza un nimbo de gloria!...

En la noche, Toledo se vió repelido bruscamente por su príncipe al

intentar comunicarle una carta que había recibido de París. El

administrador se impacientaba: pedía una contestación á Su Alteza sobre

la venta de Villa-Sirena.

--No sé; déjame en paz... Lo mejor será que trate esto directamente. Iré

mañana á Niza para arreglar mi viaje á París... Mañana no; pasado

mañana.

No pudo explicarse por qué concedió un día más á su inacción: fué un

diferimiento maquinal, sin motivo alguno. Al día siguiente, después del

almuerzo, se arrepintió, pero ya era tarde para encontrar al chófer que

le había servido la tarde del duelo, y que don Marcos acababa de

ascender al rango de «proveedor de Su Alteza».

¿Adónde ir, seguro de no tropezarse con las personas que ocupaban su

recuerdo?... Cuando empezaba á caer la tarde se dirigió á las terrazas

del Casino. Un concierto al aire libre atraía enorme concurrencia. No

era fácil que Martínez y la otra se exhibiesen ante esta muchedumbre.

Se imaginó vivir en los tiempos de paz; haber retrocedido á uno de

aquellos inviernos privilegiados que empujaban hacia la Costa Azul á los

ricos del planeta. Las dos terrazas estaban llenas de gente de buen

aspecto. El cañoneo de París y los ataques de los _gothas_ mantenían en

Monte-Carlo á muchas damas elegantes que en otro tiempo hubiesen

considerado perdido su honor al permanecer en esta ribera calurosa

pasado el invierno.

Faltaban sillas; gran parte del público estaba sentado en las

balaustradas y las escalinatas. En torno del kiosco de la orquesta había

una masa de suaves colores, formada por los sombreros femeninos, los

trajes primaverales, los inquietos abanicos. Frente á las terrazas se

extendía el mar entre promontorios color de rosa. Las velas lejanas

parecían arder, enrojecidas por el sol moribundo. La música se

amplificaba voluptuosamente al resbalar sobre la epidermis violeta del

Mediterráneo y el cristal opalino de la tarde.

Nadie pensaba en la guerra; era una calamidad de otras tierras y otros

cielos. Hasta los convalecientes con uniforme, que vivían esta hora

dulce, respirando la brisa salada, escuchando los quejidos de los

violines y rodeados de mujeres vistosas, parecían no acordarse. Muchos

ojos seguían el avance por la línea del horizonte de un rosario de

vapores pintarrajeados, como bestias fabulosas, á los que daban escolta

varios torpederos. Pero el arrullo de la música penetrando al mismo

tiempo por los oídos quitaba toda significación á este medroso disfraz

de los buques y á la lentitud recelosa con que se deslizaban frente á la

costa del placer.

Cuando, después de las siete, terminó el concierto, las terrazas se

despoblaron. Unicamente siguieron en los bancos algunas parejas, que

retardaban el instante de la separación conversando quedamente en el

silencio azul del crepúsculo.

El príncipe pudo marchar de un extremo á otro del paseo más bajo, sin

tener que sufrir el contacto de la muchedumbre.

De pronto se detuvo, con una sensación de sorpresa y dolor, como si

acabase de recibir un golpe en el pecho. Por la amplia escalinata que

pone en comunicación á ambas terrazas descendía una pareja. Su instinto

los reconoció á los dos antes que su mirada. Un militar, el teniente

Martínez... ¡y ella!

Iba de luto, lo mismo que la había visto junto á la iglesia; pero

caminaba con menos resolución, encogida y temerosa al verse en este

sitio ocupado poco antes por casi todos los vecinos de la ciudad.

Hablaban mientras descendían con lento paso. Abstraídos en contemplar el

mar, no torcieron su vista hacia el sitio en que permanecía inmóvil

Lubimoff. Tomaron una dirección opuesta al llegar abajo, y el príncipe

pudo seguirles.

Sintió que un poder extraordinario de adivinación aguzaba sus

facultades; una doble vista que le permitía ver y estudiar los rostros

de los dos, á pesar de que marchaba á sus espaldas.

¡Ay, este paseo! Era el ansia de luz y de aire libre que se experimenta

después de un encierro dulce; la necesidad insolente de mostrar la

propia dicha en público, cuando empiezan á resultar pesadas las horas

felices, por su monótona repetición; el deseo de prolongar á la vista de

todos la intimidad secreta, con el incentivo de tener que fingir,

ocultando los verdaderos sentimientos.

Miguel consideró indiscutibles sus adivinaciones. Era el oficial, sin

duda, quien había propuesto este paseo. ¡El orgullo de marchar por un

lugar público con una dama célebre, pensando al mismo tiempo en sus

nuevos derechos!... Ya no pudo dudar más de la imagen que le había hecho

rugir en el silencio de la noche... ¡Había sido!... ¡Había sido!

El aspecto de ella repelía toda duda. Marchaba con cierto desaliento,

como el que se ve obligado á seguir adelante contra sus fuerzas. Vió su

rostro sin verlo. Era triste, profundamente triste, con la melancolía

del caído que tiene conciencia de su abyección y la considera sin

remedio, por ser obra de un fatalismo irresistible, por estar sus causas

más allá del radio de la voluntad.

Ladeaba la cabeza hacia su acompañante para mirarle. Debía ser una

mirada de prisionera agradecida que quiere olvidar las miserias del

remordimiento y se siente contenta sensualmente en la vergonzosa

esclavitud. Mientras su alma se encogía ante el recuerdo, su cuerpo se

inclinaba con una atracción material hacia aquel otro cuerpo, buscando

instintivamente el contacto que hacía reflorecer su juventud con una

nueva primavera; primavera triste, como lo son las sorpresas del

destino, pero más dulce que las horas cenicientas de la soledad.

El odio, la repugnancia, la indignación por la dicha ajena, hicieron

detenerse al príncipe. ¿Para qué seguirlos?... Podían volver la cabeza y

verle. Se avergonzó al pensar en un encuentro. ¡Miserables!... Debía

existir alguien en lo alto que castigase estas cosas.

Y se alejó de ellos, caminando hacia el otro extremo del paseo para

bajar al puerto de La Condamine.

Iba á salir de la terraza, cuando ocurrió algo á sus espaldas que le

hizo detenerse. Los grupos sentados en los bancos se levantaban

precipitadamente, y luego de hablar corrían hacia el mismo sitio de

donde venía él. Oyó gritos, gentes que se llamaban. Una noticia parecía

circular por los dos planos del jardín, haciendo surgir personas de los

senderos, de los grupos de palmeras, de las murallas de vegetación.

Lubimoff se dejó arrastrar por esta alarma, volviendo sobre sus pasos.

Vió de lejos una mancha creciente y bullidora, un grupo al que se iban

uniendo las filas serpenteantes de curiosos que bajaban corriendo las

escalinatas. El jardín, momentos antes despoblado, vomitaba personas por

todas sus aberturas.

Al aproximarse al grupo, pudo oir los comentarios de varios curiosos

sueltos que instruían á los que llegaban.

--Un oficial convaleciente... Iba paseando con una señora... De pronto,

cae redondo... lo mismo que si lo hubiese herido un rayo... Ahí está.

Sí; allí estaba Martínez, en el centro de la masa humana, como una pobre

cosa, tendido en el suelo, guardando la misma actitud de su caída, con

el cuerpo en forma de Z: la cabeza en ángulo recto sobre su pecho, las

piernas dobladas trazando otro ángulo. Lubimoff avanzó hasta asomar sus

ojos sobre la primera fila de mirones estupefactos. Un ronquido

continuo, un estertor de pobre bestia agonizante salía de su boca

espumosa. En el cuerpo inmóvil, la única manifestación de vida era aquel

aullido repitiéndose con una regularidad cronométrica, sin cambiar de

tono.

Los oficiales abandonaban á sus compañeras para meterse en el centro del

corro. Al reconocer á Martínez, su sorpresa tomaba una expresión

acariciante y fraternal.

--¡Antonio!... ¡Antonio!

Se inclinaban sobre él para hablarle al oído, como si durmiese; pero

Antonio no escuchaba. Uno de sus ojos permanecía oculto en la tierra del

paseo; una piedrecita había saltado sobre los párpados del otro. Todo un

lado de su uniforme estaba blanco de polvo. El feroz ronquido era lo

único que respondía á los cariñosos llamamientos.

Un médico militar salido de la masa tomaba sus manos, examinando su

pulso con un gesto de impotencia. Le habían dado muchos ataques como

éste; deseaba que no fuese el último...

Arrodillada en el suelo vió á Alicia, absorta por la sorpresa, mostrando

las sinuosas líneas de su dorso bajo las ropas de luto, olvidada de todo

lo que existía en torno de ella, fijos sus ojos en aquel hombre que

minutos antes marchaba á su lado hablando, sonriendo, convencido de que

la vida es una felicidad, y ahora estaba tendido en el polvo, anguloso y

flácido, como una pobre cosa que se vacía entre estertores.

Se levantó, avisada por el instinto, no queriendo permanecer á la vista

de la gente en aquella postura. Sus ojos enormes, inexpresivos,

asustados, fueron mirando alrededor, sin reconocer á nadie. Al

encontrarse un momento con los de Miguel parpadearon, suplicantes. Pero

el príncipe se ocultó detrás de la primera fila de curiosos, agachando

su cabeza, y los ojos de ella siguieron adelante en su visión circular,

nuevamente apagados, creyendo sin duda en un error de la ilusión.

Al quedar de pie Alicia, las gentes se la mostraban. Esta era la dama

que acompañaba al oficial. Algunos la reconocían, repitiendo su nombre:

«la duquesa de Delille». Por instintiva repulsión, ó por el cobarde

deseo de no verse mezclados en «historias», nadie la hablaba, dejándola

sola en el centro del grupo, con sus ojos estupefactos que imploraban un

auxilio, sin saber cuál.

Personas de buena voluntad empezaron á desarrollar sus iniciativas

autoritarias.

--¡Aire!... ¡dejen aire!

Daban empellones para hacer mayor el círculo en torno del caído; pero

inmediatamente se volvían hacia éste, ordenando socorros inútiles, y

otra vez se estrechaba el espacio, llegando los pies de los más

avanzados junto á la boca aulladora del moribundo.

Una jovencita había trotado espontáneamente hasta el _bar_ de la entrada

del Casino, volviendo con un vaso de agua.

--¡Antonio!... ¡Antonio!

Los arrodillados compañeros le llamaban en vano, pugnando por entreabrir

sus mandíbulas y obligarle á beber. Su boca repelía el líquido, para

seguir repitiendo el doloroso rugido.

Empezaron á llegar señoras de las salas de juego, atraídas por la

noticia. Todas conocían á la duquesa; y la miraron con cierta

hostilidad, después de contemplar al moribundo. El príncipe oyó

fragmentos de sus comentarios: «Un pobre que vivía milagrosamente... La

más leve emoción... Esa mujer...»

Más allá del grupo correteaban los guardias del jardín transmitiéndose

órdenes. Habían aparecido los bomberos, aquellos bomberos que, según el

rumor público, se filtraban mágicamente á través de los muros del Casino

para llevarse á los jugadores caídos en las salas.

Esta vez les faltaba la camilla. Los curiosos se apartaron para abrir

paso á una extraordinaria novedad. Un carruaje de alquiler iba avanzando

por las terrazas, lugar vedado á los vehículos.

Lubimoff vió cómo se elevaba la duquesa repentinamente sobre las cabezas

del gentío. Acababa de subir al carruaje y se mantuvo de pie en él, con

la mirada perdida y un rostro inexpresivo de sonámbula. Tal vez había

hecho esto sin reflexión; tal vez el médico militar la invitó á subir,

creyéndola de la familia del enfermo. Varios hombres con uniforme

levantaron el cuerpo inánime del oficial.

Continuaba su ronquido desgarrador.

Y entonces, ante la muchedumbre, que no podía ver con sus ojos

estupefactos, Alicia procedió como si estuviese sola. Acababa de dejarse

caer en el asiento, é hizo que pusieran sobre sus rodillas aquel cuerpo

igual á un cadáver. Ella misma, mientras lo sostenía con un brazo, dobló

con el otro la aulladora cabeza, haciéndola descansar en uno de sus

hombros.

El carruaje se puso en marcha lentamente hacia el hotel de los

oficiales, seguido de una gran parte del público. El médico iba á pie,

recomendando al cochero que marchase despacio.

Miguel la vió pasar, rígida, los ojos agrandados por el asombro, la boca

crispada por el dolor, con aquel moribundo en sus rodillas. Su actitud

era la misma de la madre divina al pie de la cruz, pero con algo impuro

y vergonzoso en su pena que hacía inadmisible la imagen. «¡Oh, Venus

dolorosa!»

No pudo continuar sus pensamientos. Se sintió empujado rudamente por una

mujer con uniforme. Era Mary Lewis que corría, abriendo todo el amplio

compás de sus piernas, para alcanzar al carruaje. Esta amazona del bien

siempre llegaba á tiempo para encontrarse con el dolor.

Lubimoff vió como se alejaba poco á poco el vehículo con su orla de

gentío. La marcha hasta el hotel iba á resultar interminable; todo

Monte-Carlo presenciaría su paso.

Se sintió triste, muy triste. Aquel oficial era su enemigo; ¡pero la

muerte!...

Alicia le inspiraba menos conmiseración. Sonrió con una sonrisa perversa

al contemplar por última vez el carruaje y su séquito que iba en

aumento.

Como escándalo, no era flojo el que acababa de dar la duquesa de

Delille.

XI

Dos días después, Lubimoff vió salir, una mañana, al coronel, vestido de

negro.

Iba al entierro de Martínez. El y Novoa, como españoles, tenían el deber

de acompañar al héroe en su último viaje sobre la tierra.

A la vuelta relató al príncipe sus impresiones, con una concisión

dolorosa. Unos cuantos oficiales convalecientes habían seguido al

féretro. El profesor y él eran los únicos acompañantes con traje civil;

pero aquellos muchachos heroicos y amables le obligaban á presidir el

duelo, por ser coronel y compatriota del difunto.

Describió el cementerio de Beausoleil, á media falda de la montaña en

cuya cumbre está La Turbie. A causa de la guerra, habían tenido que

ensancharlo con varias mesetas formando escalinata, y desde estas

explanadas se abarcaba un paisaje magnífico: Monte-Carlo y Mónaco á

vista de pájaro, Cap-Martin avanzando sobre las olas, y el infinito del

mar subiendo y subiendo, hasta confundirse con el cielo. Un monumento

con un gallo en su cúspide, arrogante y victorioso, guardaba los restos

de los combatientes muertos por Francia. Don Marcos aún estaba conmovido

por sus propias palabras, dichas en medio de un profundo silencio ante

la puerta de esta tumba común que iba á tragarse para siempre el cadáver

de Martínez.

--Hablé para hombres--dijo Toledo con orgullo--, para hombres

estropeados por la guerra; un público de héroes... No ha habido en el

entierro una sola mujer.

Esto fué lo más interesante para el príncipe: «Ni una mujer.» Y volvió

á preguntarse una vez más qué sería de Alicia.

Al caer la tarde, cuando estaba paseando por sus jardines, vió venir á

lady Lewis precedida del coronel.

Se refugió el príncipe en su casa. La enfermera llegaba indudablemente

con un grupo de convalecientes ingleses, deseosa de corretear entre los

árboles, de coger flores, y él se sentía falto de fuerzas para escuchar

su parloteo de pájaro herido y alegre, aquel contento tenaz que se

prolongaba, á través del dolor, hasta los umbrales de la muerte.

Subía el príncipe la escalera para ocultarse en sus habitaciones altas,

cuando le alcanzó el coronel; y antes de que éste le hablase, lo

interpeló con violencia. No quería ver á la enfermera... Que pasease con

sus ingleses por todos los jardines: podía disponer de ellos como si

fuesen de su propiedad; pero que le dejase tranquilo.

--Marqués--dijo Toledo--, la lady viene sola y necesita hablar con Su

Alteza. Tiene algo importante que decirle.

El príncipe y la enfermera ocuparon unos sillones de junco fuera de la

casa, en una plazoleta rodeada de frondosos árboles. Una fuente reía

bajo el desgrane de su perezoso surtidor.

La luz verdosa reflejada por la arboleda hacía á lady Lewis más débil y

exangüe. Los restos de su vida parecían concentrarse en sus ojos antes

de huir perdiéndose en el espacio como un flúido incautivable. El

príncipe iba olvidando su reciente cólera. ¡Pobre lady!...

Volvió á sentir por ella ternura y respeto. Su miseria física acababa

por convertir la lástima en esa admiración que inspira siempre el

sacrificio desinteresado.

Ella, acostumbrada á vivir entre los grandes dolores, á presenciar

catástrofes, tenía en poco las conveniencias que rigen la vida

ordinaria, y habló inmediatamente, con cierta rudeza militar, del motivo

de su visita.

Venía de parte de la duquesa de Delille. Había pasado los dos últimos

días en Villa-Rosa, durmiendo allí para no abandonar un solo momento á

Alicia. Su desesperación primeramente y luego su abatimiento le

inspiraban miedo. Había intentado matarse.

--¡Pobre mujer!... Al fin se serenó, viendo la verdadera luz,

reconociendo su camino. Estoy satisfecha de haberlo logrado con mis

palabras.

Los ojos interrogantes de Lubimoff quedaron fijos en la inglesa. ¿Qué

luz y qué camino eran estos?... Pero otra cosa le interesaba más: la

causa de su visita, aquella misión que le había encargado la duquesa

para él.

Lady Lewis adivinó sus pensamientos.

Los enemigos de la mujer · 第 33 / 37 段