--¡Qué poeta!
Lubimoff, á pesar de su melancolía, empezó á reir. ¡El presidente Wilson
un poeta!...
Don Marcos, balbuceando ante la risa de su príncipe, intentó explicarse.
No encontraba la palabra exacta para precisar su pensamiento, pero
insistió, considerándolo justo. Un poeta era para él un vidente que dice
cosas muy hermosas sobre el futuro de los hombres; un profeta que sueña
en la cumbre, abarcando con la mirada lo que no puede ver el vulgo
hormigueante á sus pies; un ser que, al hablar, sea en la forma que sea,
consigue que parpadeen de emoción los ojos de los que le escuchan,
mientras un escalofrío corre por sus espaldas.
Se enredó su lengua al decir esto, pero á través de los balbuceos surgía
una firme convicción, incapaz de rectificarse.
--En fin, yo me entiendo. Para mí, es un poeta: un hombre con alas...
con unas alas muy largas.
Volvió á reir el príncipe. ¡Wilson con alas!... Se imaginó al Presidente
con un sombrero de copa, sus lentes, su sonrisa bondadosa, y saliéndole
de la espalda del chaqué dos triángulos enormes de plumas iguales á las
que llevan los ángeles en los cuadros de la pintura religiosa. ¡Gracioso
coronel!...
Luego quedó pensativo, mientras su rostro tomaba una expresión grave.
--Tienes razón--dijo--. Le veo con alas, unas alas tal vez demasiado
largas. Gran cosa para volar, ¡pero cuando se ha de vivir entre los
hombres, marchando sobre el suelo!... Temo que le arrastren; temo que se
las pisen algún día encontrándolas molestas...
Y no hablaron más.
El príncipe quiso romper esta clausura que se había impuesto
voluntariamente. ¿Por qué seguir en Villa-Sirena, cerca de unas personas
que ocupaban á todas horas su pensamiento y no deseaba ver?... Lo mejor
era volverse cuanto antes á París. Los cañones de largo alcance seguían
tirando sobre la capital; casi todas las semanas, escuadrillas de
aviones alemanes hacían una excursión nocturna sobre ella, arrojando
explosivos. Tal viaje ofrecía el aliciente de la emoción y del peligro á
este solitario, atormentado en su robustez por una existencia inmóvil y
monótona, sin otra novedad que el rumiar de nuevo sus recuerdos.
Todas las mañanas, al levantarse, formulaba el mismo propósito: «Me voy
á París.» Pero el viaje se iba retardando de semana en semana. Era la
abulia del enfermo que hace proyectos de vida activa, y apenas intenta
realizarlos, vuelve á caer sin fuerzas, y los aplaza para un porvenir
indefinido.
Los detalles más insignificantes se agigantaban ante su voluntad
enferma. Debía ir á Niza para que le reservasen un sitio en la oficina
de coches-camas. Pensaba en enviar á don Marcos; luego desistía,
encontrando preferible ir él mismo. Y pasaban las semanas sin realizar
este breve viaje, preliminar del viaje á París, pareciéndole ambos
igualmente largos. El, que por tres veces había circunnavegado el
planeta, se encogía de cansancio al pensar en la lentitud de los trenes
impuesta por la guerra, en las diez y seis horas de ferrocarril.
Una tarde, aburrido de sus magníficos jardines, siempre iguales, del
silencio de su casa desierta, de las distracciones crecientes del
coronel, que constantemente tenía algo que hacer en Monte-Carlo ó en el
pabellón del jardinero, se lanzó á pie hasta la ciudad y tuvo un
encuentro.
Sus pasos le llevaron maquinalmente hacia los bulevares altos, cerca de
la calle donde estaba Villa-Rosa. Al darse cuenta quiso retroceder, y
entonces fué cuando vió venir por la acera opuesta al teniente Martínez,
en la misma dirección que seguía él momentos antes.
Le pareció más alto, más fuerte, como envuelto en un halo de gloria. Su
uniforme era el mismo, rapado y envejecido por varios años de guerra,
pero el príncipe lo vió enteramente nuevo y con un brillo deslumbrador.
Todo en su persona resultaba magnífico y parecía iluminar las cosas con
su contacto. Tal vez su rostro estaba más exangüe y anguloso, pero
Miguel se imaginó que irradiaba cierto esplendor interno, compuesto de
satisfacción y de orgullo. Una especie de máscara impalpable, de
envoltura astral, le hermoseaba, dándole una segunda fisonomía,
apolónica y triunfadora.
Se cruzaron sin saludarse. El teniente fingió no verle, mientras
Lubimoff le seguía con una mirada interrogante. ¿Qué es lo que había de
nuevo en este hombre? Dudó de su falta de salud, de su peligrosa
situación que tanto preocupaba á los médicos. ¡Todo mentiras, para
interesar á las damas! Se fijó en la firmeza arrogante de su paso, en el
aire de jovenzuelo con que agitaba el junco que le servía de bastón.
Al perderlo de vista aún lo vió mejor. Su imaginación fué evocando
vigorosamente ciertos detalles sobre los que había resbalado insensible
su mirada. Algo surgió con un relieve doloroso en su memoria: varias
rosas, un pequeño grupo de rosas que el militar llevaba sobre el pecho,
entre dos botones de su uniforme. ¡Un oficial con flores! Eso era lo que
había herido sus ojos desde el primer instante, con tal extrañeza, que
perturbó su visión. ¡Ay, estas flores!...
Pasó el resto del día pensando en ellas. Al tenderse en su lecho, la
obscuridad simplificó la maraña de pensamientos y dudas que se revolvía
en su cerebro. Lo vió todo con una nitidez fría y cortante. «¡Ya ha
sido!»
Saltó de la cama y encendió luz, paseando furiosamente por su
dormitorio.
--¡Ya ha sido!...
Repetía las mismas palabras con una obsesión cruel: se arrepintió de su
generosidad, como si fuese un crimen. «¿Por qué no lo maté?» Luego
volvía á su afirmación con un acento plañidero, considerando irreparable
lo que ya había sido. Y por mucho tiempo, en la lobreguez que invadió de
nuevo el dormitorio, sonaron las maldiciones del príncipe, alternadas
con rugidos de orgullo y angustias de llanto.
Al día siguiente persistió su convicción. La gracia pueril de la mañana,
que infunde optimismos, fué muda para él. ¿Cómo saber la historia de
este suceso sospechado y temido, pero que nunca creyó llegara á
realizarse?...
Una desesperada curiosidad le hizo pasar el día entero en Monte-Carlo.
Volvió á encontrarse con Martínez. El oficial siguió adelante, apartando
su mirada para no verle; pero el príncipe creyó sorprender en sus ojos
una expresión fugitiva de lástima generosa, la conmiseración hacia un
rival desgraciado é inofensivo. También llevaba flores: indudablemente
distintas á las del día anterior.
Lubimoff repitió mentalmente sus lamentos de la noche: «Sí, ya ha sido.»
Imposible la duda. Pero no se le ocurrió matarlo, ni arrepentirse de su
generosidad. ¡Todo inútil! Sólo pensó con envidia en las gentes de
abajo, en los impulsivos que sienten con simpleza sus pasiones, sin el
estorbo del honor y la palabra empeñada; en los hombres que saltan por
encima de leyes y costumbres, y cuando quieren matar, matan.
Lo había visto más demacrado que nunca, con unos ojos de fiebre: pero
¡ay, aquella máscara impalpable de vanidad juvenil, de triunfo, de
satisfacción, que irradiaba en torno de su cabeza un nimbo de gloria!...
En la noche, Toledo se vió repelido bruscamente por su príncipe al
intentar comunicarle una carta que había recibido de París. El
administrador se impacientaba: pedía una contestación á Su Alteza sobre
la venta de Villa-Sirena.
--No sé; déjame en paz... Lo mejor será que trate esto directamente. Iré
mañana á Niza para arreglar mi viaje á París... Mañana no; pasado
mañana.
No pudo explicarse por qué concedió un día más á su inacción: fué un
diferimiento maquinal, sin motivo alguno. Al día siguiente, después del
almuerzo, se arrepintió, pero ya era tarde para encontrar al chófer que
le había servido la tarde del duelo, y que don Marcos acababa de
ascender al rango de «proveedor de Su Alteza».
¿Adónde ir, seguro de no tropezarse con las personas que ocupaban su
recuerdo?... Cuando empezaba á caer la tarde se dirigió á las terrazas
del Casino. Un concierto al aire libre atraía enorme concurrencia. No
era fácil que Martínez y la otra se exhibiesen ante esta muchedumbre.
Se imaginó vivir en los tiempos de paz; haber retrocedido á uno de
aquellos inviernos privilegiados que empujaban hacia la Costa Azul á los
ricos del planeta. Las dos terrazas estaban llenas de gente de buen
aspecto. El cañoneo de París y los ataques de los _gothas_ mantenían en
Monte-Carlo á muchas damas elegantes que en otro tiempo hubiesen
considerado perdido su honor al permanecer en esta ribera calurosa
pasado el invierno.
Faltaban sillas; gran parte del público estaba sentado en las
balaustradas y las escalinatas. En torno del kiosco de la orquesta había
una masa de suaves colores, formada por los sombreros femeninos, los
trajes primaverales, los inquietos abanicos. Frente á las terrazas se
extendía el mar entre promontorios color de rosa. Las velas lejanas
parecían arder, enrojecidas por el sol moribundo. La música se
amplificaba voluptuosamente al resbalar sobre la epidermis violeta del
Mediterráneo y el cristal opalino de la tarde.
Nadie pensaba en la guerra; era una calamidad de otras tierras y otros
cielos. Hasta los convalecientes con uniforme, que vivían esta hora
dulce, respirando la brisa salada, escuchando los quejidos de los
violines y rodeados de mujeres vistosas, parecían no acordarse. Muchos
ojos seguían el avance por la línea del horizonte de un rosario de
vapores pintarrajeados, como bestias fabulosas, á los que daban escolta
varios torpederos. Pero el arrullo de la música penetrando al mismo
tiempo por los oídos quitaba toda significación á este medroso disfraz
de los buques y á la lentitud recelosa con que se deslizaban frente á la
costa del placer.
Cuando, después de las siete, terminó el concierto, las terrazas se
despoblaron. Unicamente siguieron en los bancos algunas parejas, que
retardaban el instante de la separación conversando quedamente en el
silencio azul del crepúsculo.
El príncipe pudo marchar de un extremo á otro del paseo más bajo, sin
tener que sufrir el contacto de la muchedumbre.
De pronto se detuvo, con una sensación de sorpresa y dolor, como si
acabase de recibir un golpe en el pecho. Por la amplia escalinata que
pone en comunicación á ambas terrazas descendía una pareja. Su instinto
los reconoció á los dos antes que su mirada. Un militar, el teniente
Martínez... ¡y ella!
Iba de luto, lo mismo que la había visto junto á la iglesia; pero
caminaba con menos resolución, encogida y temerosa al verse en este
sitio ocupado poco antes por casi todos los vecinos de la ciudad.
Hablaban mientras descendían con lento paso. Abstraídos en contemplar el
mar, no torcieron su vista hacia el sitio en que permanecía inmóvil
Lubimoff. Tomaron una dirección opuesta al llegar abajo, y el príncipe
pudo seguirles.
Sintió que un poder extraordinario de adivinación aguzaba sus
facultades; una doble vista que le permitía ver y estudiar los rostros
de los dos, á pesar de que marchaba á sus espaldas.
¡Ay, este paseo! Era el ansia de luz y de aire libre que se experimenta
después de un encierro dulce; la necesidad insolente de mostrar la
propia dicha en público, cuando empiezan á resultar pesadas las horas
felices, por su monótona repetición; el deseo de prolongar á la vista de
todos la intimidad secreta, con el incentivo de tener que fingir,
ocultando los verdaderos sentimientos.
Miguel consideró indiscutibles sus adivinaciones. Era el oficial, sin
duda, quien había propuesto este paseo. ¡El orgullo de marchar por un
lugar público con una dama célebre, pensando al mismo tiempo en sus
nuevos derechos!... Ya no pudo dudar más de la imagen que le había hecho
rugir en el silencio de la noche... ¡Había sido!... ¡Había sido!
El aspecto de ella repelía toda duda. Marchaba con cierto desaliento,
como el que se ve obligado á seguir adelante contra sus fuerzas. Vió su
rostro sin verlo. Era triste, profundamente triste, con la melancolía
del caído que tiene conciencia de su abyección y la considera sin
remedio, por ser obra de un fatalismo irresistible, por estar sus causas
más allá del radio de la voluntad.
Ladeaba la cabeza hacia su acompañante para mirarle. Debía ser una
mirada de prisionera agradecida que quiere olvidar las miserias del
remordimiento y se siente contenta sensualmente en la vergonzosa
esclavitud. Mientras su alma se encogía ante el recuerdo, su cuerpo se
inclinaba con una atracción material hacia aquel otro cuerpo, buscando
instintivamente el contacto que hacía reflorecer su juventud con una
nueva primavera; primavera triste, como lo son las sorpresas del
destino, pero más dulce que las horas cenicientas de la soledad.
El odio, la repugnancia, la indignación por la dicha ajena, hicieron
detenerse al príncipe. ¿Para qué seguirlos?... Podían volver la cabeza y
verle. Se avergonzó al pensar en un encuentro. ¡Miserables!... Debía
existir alguien en lo alto que castigase estas cosas.
Y se alejó de ellos, caminando hacia el otro extremo del paseo para
bajar al puerto de La Condamine.
Iba á salir de la terraza, cuando ocurrió algo á sus espaldas que le
hizo detenerse. Los grupos sentados en los bancos se levantaban
precipitadamente, y luego de hablar corrían hacia el mismo sitio de
donde venía él. Oyó gritos, gentes que se llamaban. Una noticia parecía
circular por los dos planos del jardín, haciendo surgir personas de los
senderos, de los grupos de palmeras, de las murallas de vegetación.
Lubimoff se dejó arrastrar por esta alarma, volviendo sobre sus pasos.
Vió de lejos una mancha creciente y bullidora, un grupo al que se iban
uniendo las filas serpenteantes de curiosos que bajaban corriendo las
escalinatas. El jardín, momentos antes despoblado, vomitaba personas por
todas sus aberturas.
Al aproximarse al grupo, pudo oir los comentarios de varios curiosos
sueltos que instruían á los que llegaban.
--Un oficial convaleciente... Iba paseando con una señora... De pronto,
cae redondo... lo mismo que si lo hubiese herido un rayo... Ahí está.
Sí; allí estaba Martínez, en el centro de la masa humana, como una pobre
cosa, tendido en el suelo, guardando la misma actitud de su caída, con
el cuerpo en forma de Z: la cabeza en ángulo recto sobre su pecho, las
piernas dobladas trazando otro ángulo. Lubimoff avanzó hasta asomar sus
ojos sobre la primera fila de mirones estupefactos. Un ronquido
continuo, un estertor de pobre bestia agonizante salía de su boca
espumosa. En el cuerpo inmóvil, la única manifestación de vida era aquel
aullido repitiéndose con una regularidad cronométrica, sin cambiar de
tono.
Los oficiales abandonaban á sus compañeras para meterse en el centro del
corro. Al reconocer á Martínez, su sorpresa tomaba una expresión
acariciante y fraternal.
--¡Antonio!... ¡Antonio!
Se inclinaban sobre él para hablarle al oído, como si durmiese; pero
Antonio no escuchaba. Uno de sus ojos permanecía oculto en la tierra del
paseo; una piedrecita había saltado sobre los párpados del otro. Todo un
lado de su uniforme estaba blanco de polvo. El feroz ronquido era lo
único que respondía á los cariñosos llamamientos.
Un médico militar salido de la masa tomaba sus manos, examinando su
pulso con un gesto de impotencia. Le habían dado muchos ataques como
éste; deseaba que no fuese el último...
Arrodillada en el suelo vió á Alicia, absorta por la sorpresa, mostrando
las sinuosas líneas de su dorso bajo las ropas de luto, olvidada de todo
lo que existía en torno de ella, fijos sus ojos en aquel hombre que
minutos antes marchaba á su lado hablando, sonriendo, convencido de que
la vida es una felicidad, y ahora estaba tendido en el polvo, anguloso y
flácido, como una pobre cosa que se vacía entre estertores.
Se levantó, avisada por el instinto, no queriendo permanecer á la vista
de la gente en aquella postura. Sus ojos enormes, inexpresivos,
asustados, fueron mirando alrededor, sin reconocer á nadie. Al
encontrarse un momento con los de Miguel parpadearon, suplicantes. Pero
el príncipe se ocultó detrás de la primera fila de curiosos, agachando
su cabeza, y los ojos de ella siguieron adelante en su visión circular,
nuevamente apagados, creyendo sin duda en un error de la ilusión.
Al quedar de pie Alicia, las gentes se la mostraban. Esta era la dama
que acompañaba al oficial. Algunos la reconocían, repitiendo su nombre:
«la duquesa de Delille». Por instintiva repulsión, ó por el cobarde
deseo de no verse mezclados en «historias», nadie la hablaba, dejándola
sola en el centro del grupo, con sus ojos estupefactos que imploraban un
auxilio, sin saber cuál.
Personas de buena voluntad empezaron á desarrollar sus iniciativas
autoritarias.
--¡Aire!... ¡dejen aire!
Daban empellones para hacer mayor el círculo en torno del caído; pero
inmediatamente se volvían hacia éste, ordenando socorros inútiles, y
otra vez se estrechaba el espacio, llegando los pies de los más
avanzados junto á la boca aulladora del moribundo.
Una jovencita había trotado espontáneamente hasta el _bar_ de la entrada
del Casino, volviendo con un vaso de agua.
--¡Antonio!... ¡Antonio!
Los arrodillados compañeros le llamaban en vano, pugnando por entreabrir
sus mandíbulas y obligarle á beber. Su boca repelía el líquido, para
seguir repitiendo el doloroso rugido.
Empezaron á llegar señoras de las salas de juego, atraídas por la
noticia. Todas conocían á la duquesa; y la miraron con cierta
hostilidad, después de contemplar al moribundo. El príncipe oyó
fragmentos de sus comentarios: «Un pobre que vivía milagrosamente... La
más leve emoción... Esa mujer...»
Más allá del grupo correteaban los guardias del jardín transmitiéndose
órdenes. Habían aparecido los bomberos, aquellos bomberos que, según el
rumor público, se filtraban mágicamente á través de los muros del Casino
para llevarse á los jugadores caídos en las salas.
Esta vez les faltaba la camilla. Los curiosos se apartaron para abrir
paso á una extraordinaria novedad. Un carruaje de alquiler iba avanzando
por las terrazas, lugar vedado á los vehículos.
Lubimoff vió cómo se elevaba la duquesa repentinamente sobre las cabezas
del gentío. Acababa de subir al carruaje y se mantuvo de pie en él, con
la mirada perdida y un rostro inexpresivo de sonámbula. Tal vez había
hecho esto sin reflexión; tal vez el médico militar la invitó á subir,
creyéndola de la familia del enfermo. Varios hombres con uniforme
levantaron el cuerpo inánime del oficial.
Continuaba su ronquido desgarrador.
Y entonces, ante la muchedumbre, que no podía ver con sus ojos
estupefactos, Alicia procedió como si estuviese sola. Acababa de dejarse
caer en el asiento, é hizo que pusieran sobre sus rodillas aquel cuerpo
igual á un cadáver. Ella misma, mientras lo sostenía con un brazo, dobló
con el otro la aulladora cabeza, haciéndola descansar en uno de sus
hombros.
El carruaje se puso en marcha lentamente hacia el hotel de los
oficiales, seguido de una gran parte del público. El médico iba á pie,
recomendando al cochero que marchase despacio.
Miguel la vió pasar, rígida, los ojos agrandados por el asombro, la boca
crispada por el dolor, con aquel moribundo en sus rodillas. Su actitud
era la misma de la madre divina al pie de la cruz, pero con algo impuro
y vergonzoso en su pena que hacía inadmisible la imagen. «¡Oh, Venus
dolorosa!»
No pudo continuar sus pensamientos. Se sintió empujado rudamente por una
mujer con uniforme. Era Mary Lewis que corría, abriendo todo el amplio
compás de sus piernas, para alcanzar al carruaje. Esta amazona del bien
siempre llegaba á tiempo para encontrarse con el dolor.
Lubimoff vió como se alejaba poco á poco el vehículo con su orla de
gentío. La marcha hasta el hotel iba á resultar interminable; todo
Monte-Carlo presenciaría su paso.
Se sintió triste, muy triste. Aquel oficial era su enemigo; ¡pero la
muerte!...
Alicia le inspiraba menos conmiseración. Sonrió con una sonrisa perversa
al contemplar por última vez el carruaje y su séquito que iba en
aumento.
Como escándalo, no era flojo el que acababa de dar la duquesa de
Delille.
XI
Dos días después, Lubimoff vió salir, una mañana, al coronel, vestido de
negro.
Iba al entierro de Martínez. El y Novoa, como españoles, tenían el deber
de acompañar al héroe en su último viaje sobre la tierra.
A la vuelta relató al príncipe sus impresiones, con una concisión
dolorosa. Unos cuantos oficiales convalecientes habían seguido al
féretro. El profesor y él eran los únicos acompañantes con traje civil;
pero aquellos muchachos heroicos y amables le obligaban á presidir el
duelo, por ser coronel y compatriota del difunto.
Describió el cementerio de Beausoleil, á media falda de la montaña en
cuya cumbre está La Turbie. A causa de la guerra, habían tenido que
ensancharlo con varias mesetas formando escalinata, y desde estas
explanadas se abarcaba un paisaje magnífico: Monte-Carlo y Mónaco á
vista de pájaro, Cap-Martin avanzando sobre las olas, y el infinito del
mar subiendo y subiendo, hasta confundirse con el cielo. Un monumento
con un gallo en su cúspide, arrogante y victorioso, guardaba los restos
de los combatientes muertos por Francia. Don Marcos aún estaba conmovido
por sus propias palabras, dichas en medio de un profundo silencio ante
la puerta de esta tumba común que iba á tragarse para siempre el cadáver
de Martínez.
--Hablé para hombres--dijo Toledo con orgullo--, para hombres
estropeados por la guerra; un público de héroes... No ha habido en el
entierro una sola mujer.
Esto fué lo más interesante para el príncipe: «Ni una mujer.» Y volvió
á preguntarse una vez más qué sería de Alicia.
Al caer la tarde, cuando estaba paseando por sus jardines, vió venir á
lady Lewis precedida del coronel.
Se refugió el príncipe en su casa. La enfermera llegaba indudablemente
con un grupo de convalecientes ingleses, deseosa de corretear entre los
árboles, de coger flores, y él se sentía falto de fuerzas para escuchar
su parloteo de pájaro herido y alegre, aquel contento tenaz que se
prolongaba, á través del dolor, hasta los umbrales de la muerte.
Subía el príncipe la escalera para ocultarse en sus habitaciones altas,
cuando le alcanzó el coronel; y antes de que éste le hablase, lo
interpeló con violencia. No quería ver á la enfermera... Que pasease con
sus ingleses por todos los jardines: podía disponer de ellos como si
fuesen de su propiedad; pero que le dejase tranquilo.
--Marqués--dijo Toledo--, la lady viene sola y necesita hablar con Su
Alteza. Tiene algo importante que decirle.
El príncipe y la enfermera ocuparon unos sillones de junco fuera de la
casa, en una plazoleta rodeada de frondosos árboles. Una fuente reía
bajo el desgrane de su perezoso surtidor.
La luz verdosa reflejada por la arboleda hacía á lady Lewis más débil y
exangüe. Los restos de su vida parecían concentrarse en sus ojos antes
de huir perdiéndose en el espacio como un flúido incautivable. El
príncipe iba olvidando su reciente cólera. ¡Pobre lady!...
Volvió á sentir por ella ternura y respeto. Su miseria física acababa
por convertir la lástima en esa admiración que inspira siempre el
sacrificio desinteresado.
Ella, acostumbrada á vivir entre los grandes dolores, á presenciar
catástrofes, tenía en poco las conveniencias que rigen la vida
ordinaria, y habló inmediatamente, con cierta rudeza militar, del motivo
de su visita.
Venía de parte de la duquesa de Delille. Había pasado los dos últimos
días en Villa-Rosa, durmiendo allí para no abandonar un solo momento á
Alicia. Su desesperación primeramente y luego su abatimiento le
inspiraban miedo. Había intentado matarse.
--¡Pobre mujer!... Al fin se serenó, viendo la verdadera luz,
reconociendo su camino. Estoy satisfecha de haberlo logrado con mis
palabras.
Los ojos interrogantes de Lubimoff quedaron fijos en la inglesa. ¿Qué
luz y qué camino eran estos?... Pero otra cosa le interesaba más: la
causa de su visita, aquella misión que le había encargado la duquesa
para él.
Lady Lewis adivinó sus pensamientos.