Había llegado hasta allí preocupado por la obscuridad del mensaje. ¿Qué
San Carlos era éste? ¿Un hotel?... ¿un paseo?... Como habitante de
Mónaco, sólo conocía el Casino en Monte-Carlo. Lo único indudable para
él era que el mensaje de Valeria procedía de la duquesa.
Tuvo Miguel que ocultar la alegría que le causaron estas palabras.
¡Alicia le buscaba!... A pesar de su contento, sintió la necesidad de
pedir nuevos detalles. ¿No le habían indicado una hora?...
--No, príncipe. «Esta tarde, en San Carlos»; ni una palabra más. Esa
señorita casi se enfadó porque le pedí aclaraciones. Ya le he dicho que
la intimidad tiene su mal carácter... como todas. Me afirmó que usted
entendería el recado inmediatamente.
Miguel hizo un gesto de aprobación; sí que lo entendía... ¡Sabio amable!
En aquel momento le deseaba cuantas felicidades puede gozar un hombre.
De no conocer sus escrúpulos y su altivez, hubiese pedido á don Marcos
todo el dinero que había en la casa para entregárselo á manos llenas.
Pero ya que era imposible una dádiva material, hizo votos por que
aquella Valeria, á la que tenía por una ambiciosa, pudiese embellecer la
vida del profesor. Tan optimista le hizo su contento, que hasta creyó en
una equivocación de su parte, adornando á la acompañante de la duquesa
con un sinnúmero de virtudes ocultas.
Toledo había vuelto, y el príncipe, que deseaba agradar á Novoa, le
habló de las exploraciones oceanográficas, mostrando una viva curiosidad
por ellas, mientras su pensamiento estaba lejos.
Pero este halago resultó inútil. El profesor vacilaba al responder á las
preguntas. Tenía prisa; le esperaban... Sin duda, Valeria necesitaba
conocer pronto el resultado de su mensaje. Y el príncipe mostró también
cierta precipitación al acompañarle hasta la verja de entrada, con
grandes extremos de amistad. Debía volver con frecuencia á Villa-Sirena;
era el único amigo fiel. ¡Lastima que se negase á vivir allí, como en
otros tiempos!...
Al quedar solo, Lubimoff subió á las habitaciones del primer piso. Temía
que el coronel adivinase su contento. Una sensación de orgullo y de
triunfo se mezclaba ahora con la alegría del primer instante.
Pensó en su situación. Don Marcos había guardado silencio después del
duelo, y él, influenciado por la soledad, se entregaba al desaliento,
creyéndose objeto de las burlas de todos.
Ahora veía claro. Alicia deseaba volver á él, sintiendo un nuevo interés
por su persona. Todo lo indicaba así: el teniente casi expulsado de
aquella casa que dos semanas antes consideraba como suya; su protectora
evitando el verle, para lo cual espaciaba sus visitas. Además, al
enterarse ella por Valeria de que su antiguo enamorado había roto la
voluntaria clausura en Villa-Sirena, se apresuraba á darle una cita
inmediata, como si le urgiese reanudar sus relaciones con él.
Se felicitó de la agresividad inexplicable que le había impulsado á
ofender á Martínez. ¡El, que en los últimos días se arrepentía de esta
locura!... Lo que le había pesado como un remordimiento era tal vez lo
más cuerdo y más oportuno de su vida. Alicia, al ver que, loco de celos,
realizaba un acto absurdo para muchos batiéndose por ella, se sentía
indudablemente halagada en su vanidad y le miraba con nuevo interés.
«¡Las mujeres!--pensó Lubimoff--. Hay que conocerlas. Su admiración va
instintivamente hacia el fuerte. Nada hay como una brutalidad oportuna
para conquistar su afecto. Siempre acaban por someterse con cierto
agradecimiento al hombre enérgico que las impresiona.»
Este fué su primer instante dichoso después de varios días. Volvió á ser
aquel príncipe Lubimoff que había impuesto casi siempre su voluntad,
atropellando los obstáculos, unas veces con su dinero, las más con un
orgullo imperioso.
Satisfecho de su rudeza, sintió la necesidad de hermosearse para acudir
á la entrevista. Pensaba en los machos del reino animal, cuyos dientes,
garras y espolones van acompañados de crestas, melenas y plumajes que
inspiran á las hembras una admiración mística, convirtiéndolas en sus
esclavas. Lo mismo ocurría entre los humanos. La educación, las leyes,
las tradiciones, no hacían mas que desfigurar el fondo bárbaro de
nuestra existencia.
Una preocupación le distrajo de estos pensamientos. ¿A qué hora debía
presentarse en el sitio indicado? Se le ocurrió que, al no mencionar la
hora, ésta debía ser la misma del otro encuentro á la puerta de San
Carlos. Pero acabó por creer en un olvido del profesor, y la
intranquilidad le hizo acudir á la cita mucho antes.
Pasó más de tres horas en ansiosa espera, vagando por las calles
inmediatas á la iglesia, inmovilizándose en las esquinas, cambiando de
sitio al notar la curiosidad de los transeuntes. Varias veces entró en
San Carlos, para ver siempre lo mismo: las vidrieras policromas cada vez
más pálidas, así como descendía la tarde; los haces de banderas; los
retablos rompiendo la sombra con el resplandor mortecino de sus oros, y
mujeres arrodilladas é inmóviles: unas mujeres que parecían las mismas
de la otra vez, como si las semanas fuesen minutos.
Con la superstición del que aguarda, se dijo que Alicia sólo podía
presentarse al cerrar la noche, y el día le pareció interminable.
Al anochecer dudó.
--No vendrá.... Debe haberse arrepentido.
Estaba en la esquina de una calle curva y pendiente inmediata á la
iglesia. Desde allí podía ver las gradas que comunican la plazoleta con
el hundido bulevar. Nadie subía por ellas; todos los carruajes pasaban
sin detenerse.
De pronto, tuvo la sensación de que alguien se aproximaba á sus
espaldas. Percibió un leve paso, y al volver la cabeza vió á una mujer
enlutada.
Todo lo olvidó: la larga espera, las dudas, la fatiga del interminable
plantón, recobrando de golpe su regocijo de triunfador. Estaba tan
seguro de los motivos que la habían inducido á pedirle esta entrevista,
que avanzó á su encuentro con un aire galante.
--¡Oh, Alicia!--dijo, tendiendo á la vez sus dos manos.
Pero estas manos se agitaron inútilmente en el vacío, sin encontrar
dónde asirse, y al fin cayeron con desaliento.
Lubimoff se sintió desconcertado ante la mirada de la mujer. Todas las
ideas que le habían seguido hasta allí eran ilusiones y se desvanecían,
dejándole confuso enfrente de la realidad. Esta realidad no permitía
dudas. Los ojos de ella le contemplaron fijamente, con dureza.
Alicia habló como si hubiese venido para un negocio con una persona poco
grata y quisiera terminarlo cuanto antes, viéndose libre de su
presencia.
Existía entre los dos cierto asunto de dinero que ella necesitaba
resolver. No le había escrito porque después de los sucesos recientes
consideraba inoportuno el envío de una carta. Además, ni ella podía ir á
Villa-Sirena ni quería recibirlo en su casa. Por esto, al enterarse el
día anterior de que habían visto paseando á Miguel--que ella se
imaginaba enfermo--, se atrevía á citarlo allí, para verse unos momentos
nada más.
--Hablemos como si fuésemos comerciantes; unos comerciantes que tienen
prisa y no malgastan sus palabras... Yo te debo dinero, y me es
imposible vivir tranquila mientras no te lo devuelva: trescientos mil
francos que me dió tu madre, lo que me prestaste tú en el Casino... tal
vez algo más. Tengo bastante para pagar. Si no quieres ocuparte del
asunto, envíame á Toledo.
Lubimoff quedó absorto ante estas palabras inesperadas. Ella, después de
hacer su proposición, parecía ansiosa por marcharse. Ya lo había dicho
todo; le molestaba seguir allí con el príncipe; nada tenía que añadir.
--¡No!--dijo Miguel enérgicamente.
¿Para eso le había llamado? ¿Era todo lo que tenía que decirle, después
de tanto tiempo sin verse?...
Había tal resolución en su negativa, se reflejaba de tal modo en su
rostro la dolorosa extrañeza, que Alicia creyó inútil insistir.
--Está bien; no hablemos más. Conozco tu carácter, y sé que
permaneceríamos aquí discutiendo muchas horas sin resultado. Yo buscaré
el medio de devolverte lo que es tuyo.... ¡Adiós, Miguel!
Intentó detenerla el príncipe tomando suavemente una de sus manos, pero
ella la retiró con nerviosa retracción.
--¡Y te marchas!--dijo él con desaliento--. Yo que creía, al venir
aquí...
La humildad de su voz pareció irritar á la duquesa, haciéndola detenerse
cuando empezaba á volverle la espalda.
--¿Qué es lo que creías?--preguntó con indignación--. Tu inconsciencia
me asombra. ¡Ah, Miguel! Siempre serás el mismo; únicamente existes tú:
sólo deben tenerse en cuenta tus deseos. Me has hecho mucho daño,
¡mucho!... y ahora me dices, como un niño: «Yo que creía...» ¿Qué
esperabas después de tus locuras?... Sábelo bien: te aborrezco. Tu
presencia me es odiosa. ¡Te aborrezco!
El pobre Lubimoff volvió á ver su conducta como en las horas de
voluntario encierro. ¡Ay! ¿dónde estaban las engañosas fantasías que le
habían acompañado hasta allí? Su tristeza, su arrepentimiento, fueron
tan visibles, que Alicia modificó el tono de sus palabras.
--Tal vez no te aborrezco; pero estoy segura de que me inspiras lástima:
una lástima semejante á la que siento por mí misma. Somos dos pobres
locos, Miguel; nuestras desgracias vienen de lejos.
Al recordar sus vidas, Alicia pensó en los constructores que sufren un
grave error cuando asientan los cimientos de un edificio, y siguen
adelante con la ilusión de que su obra es rectilínea, sin reparar en que
está desviada completamente por defectos de su base.
--Nuestros principios fueron equivocados. De continuar el mundo como
antes, tal vez hubiéramos permanecido de pie y triunfadores. El ambiente
nos amparaba: éramos sus hijos.
Pero el cataclismo universal les había hecho perder su centro de
gravedad para siempre. Estaban ladeados, con grietas que nadie podría
recomponer, próximos á derrumbarse.
--Nosotros somos de otra época, y no hay quien sostenga nuestra
fragilidad. Te tengo lástima, Miguel; y tú debes sentirla por mí, ¡por
mí, á quien has hecho tanto daño!
El príncipe, á pesar de su humilde encogimiento, protestó. Había sido
imprudente: era cierto. Aquella agresión en el Casino y el maldito duelo
representaban un escándalo estúpido. Pero ¿qué daño irreparable era este
que tan profundamente la afligía? ¿Cómo su locura, que sólo le
perjudicaba á él, haciéndole objeto de comentarios y risas, podía
desesperarla de tal modo?...
Le interrumpió Alicia con un gesto desalentado, como si considerase
imposible hacerle comprender sus pensamientos.
--Mira--dijo señalando la puerta de la iglesia--. Antes, podía entrar
ahí. Recuerda la última vez que nos vimos en este sitio. Yo venía de
rezar, de hablar con mi hijo; era tal vez una ilusión, pero las
ilusiones nos ayudan á vivir. Y ahora no puedo; el remordimiento me
espera donde hace unas semanas encontraba la esperanza. Y esto te lo
debo á ti, á ti, que me arrebatas la última felicidad que yo me había
inventado...
Ya no miraba al príncipe con ojos hostiles. Su voz temblorosa, su mirada
húmeda, eran de una pobre mujer que se esfuerza por contener su emoción.
Miguel balbuceó contuso, desorientado. ¿El había podido hacer tanto mal?
¿Cuándo?... ¿cómo?...
Alicia, sorda á sus preguntas, sólo pensaba en ella y en su desgracia.
--Tenía un hijo, y lo perdí--siguió diciendo--. Era mi esperanza, mi
única razón de vivir... El infortunio me hizo buscar un consuelo. ¿Qué
sería de nosotros si no tuviésemos el poder de engañarnos fabricando
nuevas ilusiones?... Y tuve un segundo hijo, un hijo inventado por mí,
triste, condenado á morir, pero joven como el otro, desgraciado como el
otro, falto de una madre que alegrase sus últimos días... Yo he querido
ser esa madre. Unicamente puedo sentir la dulzura protectora de la
maternidad; mi papel de mujer ha terminado: sólo puedo ver un el hombre
á un hijo, ¡y tú me privas de este último consuelo! ¡tú te has llevado
mi pobre alegría!
Lubimoff empezó á comprender. Alicia hablaba de Martínez; y sintió de
nuevo la comezón de los celos.
--Cuando nos vimos aquí la última vez, yo me había buscado un refugio
plácido dentro de mi dolor. Rezaba por mi hijo en la iglesia, hablaba
con él, le describía cómo era el hermano en desgracia que aún tenía en
el mundo, pero que tal vez no tardase en ir á buscarle. Luego, al volver
á casa, encontraba al otro, y mi ilusión era tan enorme, que los
confundía á los dos en uno solo, imaginándome que todo era mentira, el
tiempo y la guerra, que mi hijo vivía aún, que había vuelto de su
cautiverio y estaba á mi lado. No se parecen (estoy segura, aunque evito
mirar los retratos de Jorge), pero yo los veo iguales; es el uniforme,
la desgracia, la vecindad de la muerte. Además, ¡ese pobre muchacho era
tan bueno!... Tímido, contentándose con cualquier cosa, mirándome con la
dulzura de un animalillo manso, ¡él, que es tan fiero! venerándome como
á una criatura descendida de un mundo superior... Yo era su madre. Sus
palabras y sus gestos respiraban un respeto profundo. No era una mujer
para él: era algo así como los ángeles... Y tú, con tu desatinada
intervención, has trastornado todo esto. Ya no es mi hijo: terminó mi
ensueño. Debo privarme de su presencia, y sólo de tarde en tarde
encuentra abierta una casa que yo le hice considerar como suya... Por tu
culpa, ese muchacho, en el que veía á un hijo, es ahora simplemente un
hombre, y yo, su madre, he vuelto á ser una mujer.
El rostro de Lubimoff se puso ensombrecido y terroso, como en la tarde
del duelo. Iba comprendiendo.
--¡Qué hiciste, Miguel!--siguió ella, con su voz gimiente--. Has
despertado con tu locura á ese pobre. Al batirse contigo, pensó que se
batía por mí y que yo no soy mas que una mujer. Me vió de pronto bajo
otra luz, como si hasta entonces hubiese estado adormecido. Casi puedo
ser su madre; pero las mujeres de mi clase prolongamos nuestra juventud,
la detenemos artificialmente, y nos desean á la edad en que las de abajo
se entregan á la vejez... Además, comprendo la vanidad de su entusiasmo,
esa vanidad que existe en todos nuestros sentimientos. Yo soy para él lo
desconocido, lo misterioso, una gran señora, una duquesa, que la
confusión de nuestra época coloca á su alcance. ¡Pobre muchacho! Hace
unas semanas reía en mi presencia con una simpleza infantil, me miraba
tranquilamente, sin que por sus ojos pasase la sombra de un mal
pensamiento. El era feliz, yo también lo era; ¡mientras que ahora!...
Se imaginó el príncipe á Martínez persiguiendo á Alicia con sus deseos
de enamorado. «Lo mataré: debo matarlo», dijo mentalmente. Pero su
cólera homicida sólo duró un instante. Pasaron por su memoria las
diversas escenas del duelo: él besando la mano del oficial, en un
arrebato de inexplicable humildad, que le atormentaba como un
remordimiento. ¿Qué hacer ahora? Después de lo ocurrido, este hombre era
para él algo sagrado. Y se abandonó otra vez á su desaliento, mientras
Alicia seguía hablando.
--Mi ensueño se desvaneció. Mi hijo ha vuelto á ser mi hijo y el otro es
un hombre. Imposible confundirlos de nuevo en una sola persona. Ya no
puedo rezar; me da vergüenza dirigirme con el pensamiento á mi verdadero
hijo; me asalta el recuerdo de lo que le conté; me aterro al hacer
memoria de que sigo hablando con el otro, á pesar de lo que me ha dicho,
de lo que leo en sus miradas, de que conozco sus verdaderos deseos. ¡El
mal que me has hecho! Perdí un hijo, y sólo puedo acordarme de él con
remordimiento; me inventé otro, y me lo has quitado.
Luego, como si se quejase contra algo superior que había regido sus
destinos, añadió:
--¡Qué suplicio! No poder conocer la amistad reposada, la maternidad
tranquila. ¡Siempre el amor saliéndome al paso!... Yo, que en mi
juventud consideré como única finalidad de la vida inspirar admiración y
deseo, bien castigada estoy... Busqué en ti el apoyo del amigo, y me
deseaste en seguida. Quise engañar mi anhelo de maternidad cuidando á un
infeliz que tal vez muera pronto, y este hijo afectivo me habla de amor.
¿Es que las mujeres no podemos conocer la tranquilidad y la confianza en
que viven los hombres?...
El príncipe la interrumpió con voz rencorosa.
--No lo veas: rompe con él; ciérrale tu puerta para siempre. Así
recobrarás la paz, y yo... yo seré tu amigo, seré lo que tú quieras, me
bastará con verte.
Ella acogió con un gesto de incredulidad las últimas palabras. ¡Le
habían prometido tantas veces los hombres ser simples amigos! Además,
conocía bien á Miguel, y no se tomó la pena de contestar. Lo único que
le interesaba era el consejo de que repeliese definitivamente al herido,
no viéndolo más. Sus ojos volvieron á humedecerse.
--¡Echar á ese pobrecito!... Tú no puedes comprender ciertas cosas; tú
mandas en los afectos con la misma arrogancia que disponías antes de las
personas. ¿Crees que puedo abandonarlo? Soy su madre á pesar de todo, y
una madre ya sabes cómo tolera y perdona. El infeliz no tiene la culpa
de sus malos pensamientos: fuiste tú quien se los sugirió. Además, eso
pasará; yo tengo la esperanza de que se desvanecerán sus disparatadas
ideas.
La suposición de abandonar al inválido excitó su piedad, dando á sus
palabras un tono amoroso.
--¡Qué sería de él! No conoce á nadie: está solo en el mundo; los otros
oficiales viven en su patria, tienen familia... Antes podía ir en busca
de Clorinda; ahora «la Generala» se ha marchado, y sólo le quedo yo, ¡la
única!... ¿Y quieres que lo olvide? Tú no le conoces bien: eres su
enemigo. Yo recuerdo con delicia su época de inocencia. Era igual á mi
hijo; no, tenía algo más: un agradecimiento, una veneración
reconcentrada que yo no había conocido nunca. Olvidas la fragilidad de
su existencia. El hace lo mismo: no conoce su verdadera situación;
siente las ilusiones de una juventud sana; cree contar con muchísimos
años. ¡Pobre! ¡El esfuerzo que me cuesta fingir enfado, repelerle
indignada por los deseos que ha puesto en mí... en mí, que sólo quiero
ser su madre!
Este tono de dulce lástima hirió á su oyente. Alicia parecía sentir el
remordimiento del que presencia las últimas horas de un condenado á
muerte y tiene que negarle la satisfacción de su postrer capricho. Se
lamentaba como la enfermera que no puede dar al moribundo lo que pide
entre hipos de agonía.
Miguel creyó adivinar el secreto de las últimas entrevistas entre la
dama maternal y su ahijado. Tal vez ella le hablaba de su salud, dejando
por un momento de halagarlo en sus ilusiones, descubriéndole el peligro
en que estaba su existencia; y el otro, con el ardor suicida de la
pasión, imploraba lo mismo que un niño que ha puesto toda su felicidad
en la conquista de un juguete: «¡Una vez; una vez nada mas!»
Estaba convencido de que así era en la realidad. Lo leía en los ojos de
ella, que á su vez pareció adivinar lo que pensaba el príncipe,
ruborizándose levemente.
--¡El mal que me has hecho!--repitió--. Debo alejarlo de mí, y no puedo
separarme de él. Sería un crimen que lo dejase abandonado á su destino.
Tú no sabes lo que significa para mí esta lucha continua... A veces lo
veo cuando ronda mi casa; lo contemplo oculta detrás de los visillos de
una ventana, y me dan ganas de llorar. ¡Parece tan triste!... Me acuerdo
de mi hijo, que también vivió solo, más abandonado aún que él, que tal
vez se interesó por alguna mujer, ansiando muchas cosas sin llegar á
poseerlas, y siento deseos de llamarle, de gritar: «Ya que eso es tu
ilusión, niño mío, el último anhelo de tu vida, ¡toma!... ¡toma, y sé
feliz!» Pero pienso en su salud, pienso en otras muchas cosas, y
contengo mis impulsos, y lloro, dejándole que vague en torno de mi casa
creyéndose olvidado, cuando le recuerdo á todas horas. ¡Ay! ¡Que Dios me
dé fuerzas! ¡Que no pierda la calma, y pueda resistir á mi bondad
absurda!... Algunas veces lo dudo.
--¡Oh, Alicia!...
El príncipe lanzó esta exclamación con tono desesperado. Su
presentimiento pasaba á ser una realidad; veía ya á aquel jovenzuelo
moribundo poseyendo lo que él no había podido alcanzar. Sus ojos
reflejaron una cólera homicida.
Esta expresión hostil molestó á Alicia, transformándola en otra mujer.
Reaparecieron en ella la mirada dura y la voz cortante que habían
acompañado su llegada.
--Acabemos. He venido para devolverte tu dinero. ¿No quieres recibirlo?
¿Insistes en tu negativa?... Yo encontraré el medio de que lo aceptes.
¡Buenas noches, Miguel!
Efectivamente, había cerrado la noche, y el príncipe la vió perderse en
la penumbra de la calle por donde había llegado; una calle sin otra luz
que la de un macilento reverbero azul.
Pensó un momento en cerrarle el paso, suplicante y humilde... No iba á
verla más: estaba convencido de ello. Pero al mismo tiempo tuvo la
percepción de la inutilidad de su insistencia. Quería ser olvidada por
él; aquella entrevista sólo había sido para suprimir todo lo que quedaba
entre los dos como rastro del pasado... Y dejó que se alejase.
A partir de este día, la existencia del príncipe carecía de objeto. Algo
se había roto en su interior: la voluntad, desmenuzándose en polvo, que
envolvía sus sentidos como una niebla. ¿Qué hacer?... Ni el más angosto
sendero quedaba abierto ante su iniciativa. Alicia le odiaba como si
fuese un enemigo. ¡Adiós para siempre!... Quedaba el otro, pero este
hombre era invulnerable para él.
Le bastaba recordar lo ocurrido en el castillo de Lewis, para ver
cortados todos sus intentos de acción. Maldijo aquel sentimentalismo
eslavo, confuso é incoherente, igual al de su madre, que no le permitía
insistir en la maldad, haciéndole caer, cuando menos lo esperaba, en
exageradas sumisiones. ¡Ay, sus lágrimas de arrepentimiento! ¡Aquel beso
en la mano del adversario!... Si evitaba el volver al Casino, era por no
encontrarse con Martínez y aquellos dos capitanes que habían presenciado
el incomprensible final del duelo... Ya no sabía imponer su voluntad; la
antigua dureza de su carácter se había disuelto en la catástrofe de sus
deseos.
Volvió á encerrarse en Villa-Sirena, para no ver á nadie. Odiaba á las
gentes y al mismo tiempo pensaba con cierto miedo en las disimuladas
sonrisas que podían saludar su paso, en los comentarios que surgirían á
sus espaldas.
Don Marcos era el único compañero de esta soledad; y Lubimoff, que en
los primeros días sólo cruzaba con él contadas palabras, acabó por
desear que volviese pronto de Monte-Carlo, al cerrar la noche, para oir
sus noticias, que en otro tiempo hubiese considerado insignificantes.
Entablaban largas conversaciones sobre lo que ocurría en el Casino ó
sobre los acontecimientos del mundo. Era la curiosidad del preso ó del
enfermo, que agranda el interés de las cosas con una desorientación
producto de la inmovilidad y del encierro.
El coronel concedía cada vez menos importancia á los sucesos de la vida
ordinaria. Toda su atención la había concentrado en las costas del
Atlántico y la opuesta ribera oceánica.
--¡Siguen llegando!--decía alegremente, luego de saludar á su
príncipe--. Continúa el desembarque de los americanos: una verdadera
cruzada. Son centenares de miles; son millones... ¡Y pensar que muchos
ignorantes consideraban un _bluff_ lo del envío de los ejércitos de
América!
Se indignaba de buena fe contra la tal ignorancia, olvidado ya de sus
escepticismos de meses antes.
--¡Un gran país!... Y ese Wilson, ¡qué hombre!
Ahora creía al pueblo americano capaz de realizar todo lo que se
propusiera, por inaudito que fuese; pero sus ideas tradicionales le
impedían sentir un largo entusiasmo por algo colectivo y abstracto, sin
fisonomía humana. El antiguo partidario de la monarquía absoluta
prefería á los individuos: un hombre que pensase por los demás,
imponiéndoles sus órdenes. Y á las pocas palabras, su entusiasmo por la
democracia americana lo recogía para depositarlo reconcentrado sobre la
cabeza de Wilson.
--¡El primer hombre del mundo!
Se humedecían sus ojos con un fervor de idólatra al leer los discursos
del Presidente; agotaba todo su léxico de palabras laudatorias para
expresar su admiración por este personaje que hacía desnudar la espada á
un gran pueblo, desinteresadamente, en defensa de la justicia y la
libertad, y profetizaba al mismo tiempo un porvenir de paz para los
humanos, sin naciones rapaces que amenazasen la vida de los humildes y
los débiles.