la realidad, la mayor decadencia de su vida.
Varias damas organizadoras de obras benéficas de la guerra habían
buscado su concurso. Tocaba gratuitamente, por «patriotismo», pero las
buenos señoras siempre encontraban el medio de darle una cantidad. ¡Era
tan enorme su miseria! Sólo de tarde en tarde entraba en las salas de
juego. No podía ni apuntar en la ruleta, donde las puestas son de cinco
francos.
Quiso el príncipe leer los títulos de las partituras, y Spadoni intentó
ocultarlas con una precipitación cómica.
--¡Verdaderas porquerías!... No hay que mirar eso, Alteza. En esta Costa
Azul, cuando las señoras entradas en años no encuentran ya quien las
ame, se dedican á escribir romanzas ó bailes de gran espectáculo, y el
Casino acepta sus obras para no disgustarlas. Ese teatro de Monte-Carlo
resulta, en ciertos días, el templo de la imbecilidad musical... No;
mejor será que conozca lo que damos esta tarde. Es la obra de una
millonaria que lo escribe todo, música y versos.
Y leyó en alta voz los títulos de varías «escenas pintorescas»: _Diálogo
entre la mariposa y la rosa_, _Lo que la palmera le dijo al agave_,
_Plegaría de la cigarra á nuestro padre el Sol_.
--Por suerte, Alteza, esta situación deshonrosa no durará. Tengo un
medio... ¡un medio!...
Olvidando el piano, las partituras y su degradación musical, se lanzó de
golpe en el mundo de las quimeras. Conocía el secreto del grande hombre,
de aquel griego que ganaba millones en el _Sporting_. Lo había
sorprendido, con su propia malicia, después de sonsacar ciertos datos á
un acompañante del personaje. Era una combinación sencilla, como todas
las cosas geniales. Por ejemplo...
Y tendió su mano hacia una baraja que estaba en una mesa, sobre unos
cuantos volúmenes encuadernados en rojo: las nueve sinfonías de
Beethoven.
¡Ah, no!... El príncipe le contuvo con brusquedad, para que no se
entregase á su manía demostrativa.
--Yo esperaba encontrar aquí á Atilio--dijo luego suavemente.
El músico pareció despertar.
--¿Atilio?... ¡Ah, sí! Vivió conmigo unos días, pero se fué.
Obsesionado aún por su prodigiosa combinación, habló distraídamente, sin
conceder interés á sus palabras. Castro había manifestado deseos de
vivir con él, se lo dijo un anochecer en el Casino, y Spadoni abandonó
Villa-Sirena para acompañarle. Un amigo no puede hacer menos.
--Pero ¿cuándo se fué?... ¿En dónde está?...
--Se fué anteayer, y debe estar en París. ¡Un disparate su viaje!
Imagínese, Alteza, que en los últimos días jugó con una suerte
magnífica, hasta ganar veinte mil francos. ¡Si hubiese seguido!... Pero
no quiso: tenía prisa. Me dió quinientos francos, y los perdí
inmediatamente; era muy poco dinero para mi combinación. Creo que va á
hacerse soldado; me habló de la Legión extranjera. De él se puede
esperar cualquier disparate. ¡Un hombre que gana y huye!...
Luego, como si la máquina desarreglada de su cerebro funcionase
lógicamente por unos segundos, añadió, con una sonrisa maligna:
--Doña Clorinda también se ha ido á París. Se marchó dos días antes que
él... ¡Oh, Alteza! ¡cómo me acuerdo de aquello que nos dijo en un
almuerzo sobre las mujeres!... Las conozco, príncipe: todas ellas son
temibles enemigos.
Y señalaba rencorosamente _Lo que la palmera le dijo al agave_.
En vano el príncipe insistió en sus preguntas. No sabía más, no le
inspiraba curiosidad la suerte de Castro. Se había ido á París para
hacerse soldado, ¡y él tenía tantos amigos soldados!...
«La Generala», por ser mujer, le infundía más interés, excitando su
maledicencia.
--Yo creo--dijo, con su sonrisa de misógino--que se fué por celos, por
despecho. La duquesa de Delille ha acaparado á ese teniente que le
presentó ella. Hasta parece que el tal teniente ha tenido un duelo...
El pianista palideció, mirando con espanto á Lubimoff. Su gesto fué
igual al del que habla en voz alta creyéndose á solas, y nota
repentinamente que alguien le escucha. Quedó confuso y balbuceando:
--No sé... ¡la gente dice tantas mentiras!... ¡Cosas de mujeres!
Lubimoff sintió una confusión igual al darse cuenta de que hasta Spadoni
se había ocupado con regocijo de su aventura.
Consideraba ya inútil seguir hablando con este imbécil. Se levantó, y el
músico, trémulo aún por su indiscreción, dió muestras de igual
apresuramiento por terminar la visita.
--¿Y Novoa?--preguntó el príncipe al llegar á la puerta de la casa--.
¿Se ha ido también?...
No; éste seguía en Mónaco, trabajando en el Museo cuando no tenía
ocupaciones más urgentes. Se encontraban muy de tarde en tarde. ¿Cómo
podían verse, si él, Spadoni, á causa de su miseria, se abstenía de
entrar en las salas de juego?...
--Continúa jugando, Alteza; pero muy mal, con la timidez del novato, y
por eso pierde. No tiene la estofa de nosotros, los verdaderos
jugadores.
Se irguió el pianista al decir esto, como si no hubiese perdido nunca y
poseyera todos los secretos del azar.
--Le he enviado dos entradas para el concierto de esta tarde: una para
él y otra para esa señorita Valeria, acompañante de la duquesa. ¡El
pobre! ¡siempre haciendo tonterías como un enamorado!...
Pero su sonrisa de hombre superior, exento de tales humillaciones, se
cortó al darse cuenta de que otra vez estaba diciendo algo molesto para
el príncipe.
Este pasó de nuevo junto á la tumba, pero sin verla ni acordarse del
incógnito general. ¡Castro se había ido!... ¡Castro quería hacerse
soldado!...
Luego de seguir el camino descendente de los Monegetti hasta la plaza de
Armas de La Condamine, tomó la avenida de suave pendiente que sube hasta
Mónaco. Esta marcha le proporcionaba cierta voluptuosidad muscular
después de su largo encierro.
Al verse entre los dos torrecillas que marcan la entrada de los
jardines, le asaltó el recuerdo de Alicia. Un poco más allá habían
descendido del carruaje; detrás de los árboles estaba el banco en que la
habló por primera vez de su amor; abajo, al borde de las rocas, se
desarrollaba el solitario camino por el que pasaron como en volandas, al
amparo del crepúsculo y con las bocas juntas. Luego, el rasgón de su
vestido, los cómicos y dulces apuros por repararlo, el alfiler con la
perla de la princesa... Sólo habían transcurrido unas semanas, y estos
sucesos parecían de otra humanidad más feliz, desarrollados en un
planeta distinto, envueltos en una luz que no era la de la tierra.
Se esforzó por olvidar. Estaba ahora en una plaza asfaltada, frente á la
escalinata del Museo Oceanográfico. Por primera vez reparó en los
adornos arquitectónicos del blanco edificio. Habían adoptado como motivo
ornamental el manojo de retorcidas patas de los pulpos, el semicírculo
estriado de las conchas, la sombrilla filamentosa de las medusas. Se
fijó en los grupos escultóricos que simbolizan las fuerzas del Océano ó
las artes de los navegantes; leyó los nombres esculpidos en los frisos,
títulos de buques que se ilustraron por sus exploraciones científicas.
Permaneció inmóvil mucho rato, buscando un pretexto para justificar su
visita. Al fin subió la escalinata, viéndose envuelto en una frescura
sonora de catedral, pero sin la ranciedad del ambiente cerrado, con un
tufillo salino procedente del mar inmediato. El conocía el palacio: á un
lado, el vasto salón de conferencias y asambleas científicas, semejante
á un Parlamento, con lámparas de cristal helado que afectan las
distintas formas animales de las profundidades oceánicas; en mitad del
vestíbulo, la estatua del príncipe Alberto vestido de marino y apoyado
en la baranda del puente de su yate; al lado opuesto y en los pisos
superiores, las colecciones recogidas durante los viajes de este
navegante de la ciencia: miles de peces y moluscos, esqueletos
gigantescos de cetáceos, piraguas y herramientas de pesca de los mares
polares. En los pisos inferiores, debajo de sus pies, en aquel segundo
palacio que, adherido al acantilado, descendía hasta el mar, estaban los
acuarios, las bestias misteriosas del abismo continuando su existencia
entre burbujas de agua corriente, en sus jaulas de cristal.
Un portero de levita azul y kepis galoneado de rojo intentó ofrecerle un
cartón de entrada, pero se contuvo al ver que se detenía junto al
torniquete, preguntando por Novoa.
--Salió hace un momento. Tal vez lo encuentre en las inmediaciones del
Palacio. Casi todos los días, antes del almuerzo, da la vuelta á la
roca.
«La roca», para los monegascos, es por antonomasia el peñón en que está
asentado Mónaco, y dar su vuelta equivale á seguir el contorno de
jardines y abandonados baluartes que, partiendo del palacio de los
Príncipes, vuelve á él después de abarcar toda la vieja capital.
Siguió exteriormente la cerca de los jardines de San Martino. No osaba
penetrar en ellos: temía encontrarse con el banco en que habían estado
aquella tarde. Avanzó por las calles de la ciudad, estrechas, sin
aceras, pavimentadas de anchas losas, como en muchas poblaciones de
Italia.
Las viviendas, viejas y altas, recordaban los tiempos en que el suelo
era precioso dentro de una península estrechamente ceñida por sus
fortificaciones. Algunas casas estaban perforadas por túneles, y al
final del arco se veía la claridad y la blancura de la otra calle
paralela. Los edificios más grandes eran conventos ó colegios
religiosos. Sonaban lentas campanas sobre los tejados, como en un pueblo
de España; quedaban en las calles muchos retablos con imágenes
alumbradas por un farolillo.
Al estremecerse las losas del pavimento bajo un paso humano, se
entreabrían ventanas. Un carruaje provocaba la aparición de muchas
cabezas. Los escasos transeuntes eran á veces canónigos de la catedral,
frailes descalzos con una corona de pelo en torno del cráneo afeitado,
monjas con enormes mariposas almidonadas en la cabeza.
Sólo un pequeño puerto separaba la vieja ciudad de aquella otra ciudad
situada en la cumbre de enfrente, con su Casino, sus hoteles, sus
orquestas y su muchedumbre de placer y de fortuna. Un corto trayecto de
tranvía bastaba para hacerse la ilusión de haber saltado sobre dos
siglos. Lubimoff recordó la impresión de extrañeza que despertaban al
atravesar la plaza del Casino estos frailes descalzos cuando bajaban en
grupo á Monte-Carlo.
Pasó bajo una galería cubierta que formaba arco entre dos casas. Un gran
descampado, una llanura, se abrió ante él. Era la plaza del Palacio.
Enfrente estaba la vivienda señorial de los Grimaldi, conjunto de
edificios de diversas épocas, que le recordó los palacios de algunos
príncipes soberanos de la antigua Italia. Era de color rosa obscuro,
cortado por el arquerío de las _loggias_, y tenía adosados unas torres
de sillares blancos con almenas hendidas. También conocía él este
palacio, puramente de aparato y deshabitado, pues el príncipe reinante,
en las cortas visitas á sus dominios, prefería vivir en su yate.
Primeramente llamó su atención la guardia del edificio. Los soldados de
Mónaco, viejos gendarmes franceses, habían partido á la guerra, y una
milicia nacional se encargaba de sustituirlos. Estaba compuesta de
legítimos ciudadanos de «la roca», descendientes de cuatro generaciones
de monegascos. Ellos solos podían contribuir á la defensa ideal del
principado, así como gozaban las ventajas de pertenecer á un país, único
en el mundo, donde nadie paga contribución y todos al nacer tienen el
pan asegurado, gracias al Casino.
Lubimoff admiró al guerrero de guardia, un viejo de bigote blanco,
cargado de hombros, casi jorobado, con gabán de color castaña y sombrero
hongo. Un brazal rojo y blanco en una manga era todo su uniforme.
Llevando al hombro su fusil antiguo, que aún hacía más enorme y pesado
una bayoneta interminable, hubiera podido descansar junto á la garita
pintada con los colores de Mónaco; pero prefería moverse en incesante
paseo, mirando á todas partes por si alguien intentaba penetrar en el
alcázar del ausente soberano. Otros padres de familia y hasta abuelos,
vestidos con sus trajes de domingo, esperaban pacientemente en un banco
que les llegase el turno de ejercer la honorífica función.
Lo más notable de esta explanada era la artillería, una cantidad de
cañones del siglo XVIII que estaban allí decorativamente, como las
armaduras que adornan un salón... A ambos lados de la puerta del Palacio
se alineaban seis piezas enormes y magníficas, fundidas en un bronce
verde de estatua y cinceladas como obras de museo. Junto á sus bocas, el
metal se retorcía formando la hojarasca de un capitel; su parte opuesta
la remataba una cabeza de medusa. El fuste de estas columnas huecas
estaba adornado con las tres flores de lis de la vieja monarquía
francesa, los agarradores de cada cañón eran dos delfines, y todas las
piezas ostentaban el lema pretencioso _Nec pluribus impar_ de Luis XIV,
con otro más sombrío: _Ultima ratio regnum_.
El príncipe sonrió ante este lema.
«Ahora, las piezas de artillería--se dijo--ya no son «la última razón de
los reyes», pero lo son de los pueblos. Hemos adelantado poco.»
Todos estos cañones verdes tenían su nombre propio, lo mismo que un
buque ó un regimiento. Uno se llamaba _Nerón_, otro _Tiberio_; más allá
abrían su redonda boca el _Robusto_ y el _Roncador_.
En los parapetos que cerraban por ambos lados la extensa plaza asomaban
sus gargantas, sobre el puerto ó sobre el mar libre, otras piezas más
modestas, pero igualmente enormes y vetustas. Las balas macizas de estos
cañones formaban pirámides, y una vegetación parásita se había
introducido entre las pelotas de hierro.
Detrás del Palacio, como un telón de fondo, se elevaba la montaña
francesa de la _Tête du chien_, brillando en su redonda cumbre las
vidrieras del cuartel de los cazadores alpinos. La meseta de Mónaco era
simplemente el último peldaño de la gran escalera que los Alpes dejan
caer hacia el mar. Arriba se enredaban las nubes en los picachos,
cubriéndolos momentáneamente de una sombra tempestuosa; abajo, entre los
muros rosados y las torres blancas de los Grimaldi, se erguían la
palmera tropical, el cocotero, el plátano, dando á este castillo ligurio
un aspecto de hacienda brasileña.
Estaba Lubimoff en el parapeto que da sobre el mar libre, sentado entre
dos cañones, cuando vió la llegada de Novoa por los baluartes que
dominan el puerto.
Al reconocer al príncipe apresuró su blanda marcha, acercándose á él con
la mano tendida.
¡Simpático profesor! Nunca le parecieron á Miguel sus ademanes francos
con tanto atractivo como ahora. Celebraba mucho este encuentro,
creyéndolo casual, y el príncipe no quiso hablar de su visita al Museo,
para que Novoa ignorase que había venido en busca suya.
Maquinalmente empezaron á pasearse entre la fila de cañones y unos
cuantos árboles que daban pálida sombra á este lado de la plaza.
Era Lubimoff el que preguntaba, mostrando interés por la suerte de su
amigo y acogiendo sus quejas con una sonrisa bondadosa.
Novoa se mostró descontento. Este país de vida dulce y alegre resultaba
fatal para el estudio. ¡Pensar que allá en su tierra se lo imaginaban
haciendo descubrimientos útiles en los misterios del mar! El Casino
extendía su influencia á todas partes, hasta al Museo Oceanográfico.
Muchas veces, mientras estudiaba el _plancton_, le acometía una nueva
idea para desentrañar los misteriosos saltos de las series del «treinta
y cuarenta». Trabajaba por las mañanas con el pensamiento fijo en
Monte-Carlo; y apenas llegada la tarde, sentía un deseo irresistible de
ir allá. Era inútil que inventase pretextos para mantenerse fijo en «la
roca». Había perdido cantidades enormes para él, y necesitaba
recuperarlas. Pensaba con inquietud en el dinero recibido de su país á
cuenta de la modesta fortuna heredada de sus padres.
--Algunos días, el buen sentido me dice que debo volverme á España, y
deseo realizar inmediatamente este buen consejo. Por desgracia, hay
ciertas cosas que me retienen aquí y quebrantan mi voluntad.
--Las conozco--dijo Miguel sonriendo--. La primera de todas, el amor.
Novoa se ruborizó, aceptando luego con un cómico ademán de confusión las
palabras del príncipe. Sí; algo había de eso, y el amor le proporcionaba
disgustos, lo mismo que el juego.
Lubimoff vió de pronto en sus ojos una expresión igual á la de Spadoni.
También éste sabía lo ocurrido, y al hablar del amor recordaba
inmediatamente aquel duelo absurdo. Pero Novoa era otro hombre, incapaz
de sentir el maligno placer de los maldicientes, que se regodean con las
torpezas ajenas. Además, Miguel le tenía por muy franco, y pronto se
convenció de ello.
Tranquilamente, sin pensar si con sus palabras molestaría al otro, el
profesor aludió á lo ocurrido en el castillo de Lewis. Lo lamentaba como
algo ilógico y extemporáneo, mas no por esto había dejado de interesarle
la suerte del príncipe. Si se abstuvo de ir á Villa-Sirena, fué por no
parecer entrometido. Varias veces había hablado con el coronel,
encargándole que saludase al príncipe de su parte.
Luego, como si se arrepintiese de la severidad con que juzgaba aquel
duelo, dió explicaciones. La imagen de Castro había pasado por su
memoria, haciéndole mirar á su acompañante con una tolerancia fraternal.
--Yo comprendo muchas cosas. No soy hombre de armas, como usted, y sin
embargo, una vez sentí deseos de batirme. Ahora me río cuando lo pienso;
pero, en iguales circunstancias, volvería á hacer lo mismo... ¡El poder
de las mujeres! ¡Cómo nos transforman!...
El príncipe no protestó al oir que Novoa le suponía enamorado,
atribuyendo aquel duelo á la influencia de una mujer. Y siguió guardando
silencio, mientras el profesor, por una asociación lógica, empezaba á
hablar de Alicia. Este sabio bueno y sencillo mostró una verdadera
alegría al comunicar ciertas noticias que juzgaba agradables para
Lubimoff.
Igual interés sentía por su compatriota Martínez. El no odiaba á nadie.
Hasta tenía olvidadas sus incompatibilidades con Castro, que le habían
hecho abandonar las abundancias de Villa-Sirena.
--Ese pobre teniente es menos feliz que usted, príncipe; el tal duelo ha
tenido malas consecuencias para él. Yo gozo de cierta intimidad con
personas allegadas á la duquesa de Delille... No necesito decir más:
usted sabe que puedo estar enterado de lo que ocurre en Villa-Rosa. Pues
bien; después del desafío, yo no sé qué ha pasado, pero Martínez entra
en aquella casa con menos frecuencia. Transcurren días enteros sin que
se atreva á llamar á su puerta. Algunas veces va allá, y la persona que
usted sabe me dice que la duquesa se niega á recibirle. Es ahora un
simple visitante, un amigo como otro cualquiera. La duquesa quiere
evitar la antigua intimidad; le envía regalos al hotel de los oficiales,
se preocupa de su bienestar, encarga á la señorita amiga mía que se
entere de si le falta algo, pero sólo lo recibe de tarde en tarde. Se
acabaron los almuerzos y las comidas á diario, aquella vida común, en la
que sólo faltaba que durmiese en la casa... Y el pobre muchacho parece
triste, desesperado, por este cambio.
Se animó el profesor en sus confidencias al notar el agrado con que las
recibía el príncipe.
--Una persona--continuó, con cierta vacilación--que pasa algunas noches
por la calle de la duquesa... (¡qué diablo! ¿por qué no decir la
verdad?) yo, que algunas veces rondo por las inmediaciones de la
«villa», esperando á la señorita en cuestión, he sorprendido á Martínez
cerca de la casa, deslizándose junto á la verja, mirando á las ventanas.
¡Pobre muchacho!... Y me dicen que de día, cuando teme que la duquesa no
va á recibirlo, hace los mismos paseos.
Un doble sentimiento conmovió á Lubimoff: de rabia, por la convicción de
que no se había equivocado: aquel soldadito amaba á Alicia; de gozo, al
saber que ya no era recibido en la casa, como antes, y rondaba
inútilmente en torno de ella. Representaba una alegría negativa, pero
alegría de todos modos, al ver á aquel jovenzuelo en una situación igual
á la suya.
Novoa, hombre simple en sus gustos, que no podía comprender el amor mas
que ordenadamente, dentro de la regularidad de una equivalencia de
edades, rió de este apasionamiento del oficial como de algo grotesco.
--¡Qué absurdo! ¡Enamorarse de ese modo de una mujer que casi puede ser
su madre!...
El príncipe se estremeció al oir esto, mirando fijamente á su
acompañante. No; no sabía nada. Continuaba riendo de su propio
comentario, sin ninguna intención oculta. El secreto de Alicia sólo él
podía conocerlo.
Aún dieron varios paseos entre los cañones y los árboles. De pronto,
empezaron á sonar las campanas de las iglesias y conventos de Mónaco,
conversando, á través del éter cargado de luz, con las del fronterizo
Monte-Carlo.
Las doce. Novoa se inquietó. Era hombre de costumbres fijas, y además,
los monegascos en cuya casa estaba alojado mantenían rigurosamente la
puntualidad en las comidas. ¡No haber en Mónaco un restorán, para darse
el lujo de invitar al príncipe!... Este le propuso que lo acompañase á
la lejana Villa-Sirena para almorzar juntos. ¡Se sentía tan bien en su
compañía! ¡le daba noticias tan interesantes!...
--¡Imposible!--se apresuró á decir el profesor--. Tengo que ver á una
persona en Monte-Carlo así que acabe mi almuerzo. Me esperan.
Lubimoff no insistió, adivinando que la tal persona era Valeria.
Un carruaje único estaba guarecido en la sombra menguada de los árboles.
Se había quedado allí después de traer á unos extranjeros que
prefirieron, á la salida del Palacio, descender á pie por el antiguo
camino fortificado.
Miguel lo ocupó, haciéndose conducir á Villa-Sirena. Todo el resto del
día y gran parte de la noche transcurrieron para él dulcemente, mientras
rumiaba en su memoria las noticias adquiridas. No era mala la jornada.
De Atilio apenas se acordó. Se había ido á París; esto era lo único
cierto. En cambio, el infortunio de Martínez le hizo canturrear
alegremente, y este regocijo engañó al coronel.
--Lo que yo digo: Su Alteza debe salir y ver gentes. Tenía la seguridad
de que el paseo de hoy daría buen resultado.
Al día siguiente, el príncipe aún tuvo una sorpresa más grata. Estaba
terminando de almorzar, cuando su ayuda de cámara anunció con tono
ceremonioso: «El señor profesor Novoa.»
Presintiendo Miguel algo muy interesante para él, recibió al español con
una efusión extraordinaria nunca vista por Toledo. ¡Incomparable Novoa!
¿De veras que había almorzado ya? ¡El buen orden de los solitarios de
Mónaco!... Entonces, tomaría café con él.
Y dió fin apresuradamente á su almuerzo para pasar al _hall_, donde
esperaban el café y los licores. Era tan visible la impaciencia del
visitante por hablar con él sin testigos, que Lubimoff se dió prisa en
inventar un pretexto para que don Marcos se alejase.
Cuando quedaron solos, Novoa dejó su taza sobre un velador, dió varias
chupadas al cigarro, mientras parecía concentrar su voluntad, y al fin
dijo con resolución:
--Tengo un encargo que darle: me envía cierta persona... sospecho que
hago un mal papel. ¡Un hombre como yo llevando recados de esta clase!...
Pero ¿qué es lo que las mujeres no nos obligarán á hacer?... Además,
entre hombres debemos ayudarnos. Usted, que es tan caballero, también
sería capaz de hacer por mí...
Y el buen profesor hablaba como si se sintiera ligado con el príncipe
por una camaradería profesional, por una condición idéntica. Los dos
estaban enamorados.
Lubimoff, ansioso por conocer el encargo, hizo gestos de aprobación. Sí:
no se equivocaba; era capaz de hacer en su favor cuanto le pidiese. Le
tenía en este momento por el primero de sus amigos. Pero ¿qué era el
encargo?...
Novoa continuó, con cierta vacilación. El día anterior, después de su
encuentro con el príncipe, había visto á aquella señorita... aquella
señorita acompañante de la duquesa. El se lo contaba todo; una mala
costumbre, pero los enamorados no siempre han de hablar de ellos
mismos...
--Estuvimos juntos en un concierto, y esta mañana ha venido al Museo
para encargarme que le viera á usted inmediatamente. Yo me he resistido
á cumplir el encargo, pero usted sabe lo que son las mujeres. Además,
esa joven tiene su genio... Total, que estoy aquí y repito lo que me han
dicho.
Calló un momento, y después de mirar á todos lados, añadió con tono
misterioso: