El otro era más instintivo en su rencor. Al mirar al príncipe veía al

mismo tiempo la suave imagen de aquella gran dama, su protectora. Porque

era rico, había querido atropellarle, tratándolo como á un siervo de sus

lejanas tierras... Todo lo mejor de la vida había sido para él, ¡y aún

pretendía apoderarse de las migajas perdidas que tocan á los

infelices!... Ignoraba cómo se mata á un hombre en estos combates

reglamentados; pero deseaba matar, y sentía la absoluta confianza en sí

mismo que le había empujado allá en las trincheras en los días más

crueles de peligro y de éxito.

La presencia de don Marcos con una espada en cada mano turbó sus

reflexiones y paseos, dejándolos inmóviles. El coronel miró al cielo,

luego dió varios pasos en distintas direcciones, para evitar que uno de

los contendientes quedase colocado frente al sol.

Finalmente clavó en tierra con fiereza una de sus espadas. Le había

parecido más apropiado al carácter del lugar el valerse de estas armas

antiguas. Las encontraba más en concordancia con el romántico castillo

de Lewis, que dos estacas ó dos bastones. Pero su satisfacción por este

hallazgo duró poco. Al levantar los ojos, vió al príncipe, vió á

Martínez...

¡Pobre coronel!... Hasta entonces había procedido como el sacerdote que

se embriaga con sus propias oraciones y en propio incienso, sin pensar

á quién los dedica. Había preparado este acto con el fervor ciego de un

profesional que reanuda sus funciones después de varios años de

inacción, y sólo piensa en ellas, no acordándose del que se las encarga.

Todo lo había hecho con arreglo á los ritos, para que dos caballeros

pudieran matarse dentro de la más estricta corrección; pero ahora, en el

momento supremo, se daba cuenta por primera vez de que estos dos hombres

eran su príncipe y Martínez, su compatriota, su héroe.

Se extrañó de cómo había podido llegar hasta allí. Experimentaba el

asombro del ebrio que recobra la razón entre los objetos rotos por su

feroz inconsciencia. Recordó las palabras de Castro y del médico; ¿cómo

no había visto él que este duelo era un disparate? El arrepentimiento

cosquilleó en sus ojos con una sensación húmeda; pero ya era tarde.

Debía continuar, aunque le faltase la serenidad.

Lo único que había olvidado en sus minuciosos preparativos era la cinta

métrica, y vió en esta omisión un auxilio de la Providencia. Partiendo

de la espada fija en el suelo, empezó á marchar para medir el terreno

con sus pasos. No fueron pasos; fueron zancadas enormes, verdaderos

saltos. Ahora sí que estaba convencido de la ridiculez de su aspecto,

abiertos como alas los faldones del levitón é incesantemente repelidos

por unas piernas incansables. «Quince pasos...» Y clavó la segunda

espada.

Por su gusto, hubiese ido hasta el otro extremo del descampado; tal vez

hasta donde aguardaban los automóviles. Luego consideró con turbación el

terreno medido. Seguramente pasaba de veinte metros, ¡una falsedad! ¡una

villanía!... ¡Que Dios y los caballeros se lo perdonasen!

Otra vez salió á luz la pieza de cinco francos. Había que sortear el

sitio de cada contendiente. El capitán parisién acogió la proposición

con aire aburrido.

--¡Pero si le he dicho que haga lo que quiera!...

Lewis runruneaba de impaciencia por debajo de su bigote.

Cuando la moneda hubo marcado el lugar de cada uno, don Marcos colocó

al príncipe delante de una espada.

--Marqués: el sombrero--dijo en voz baja.

Lubimoff, comprendiendo esta indicación, se despojó del sombrero,

arrojándolo á gran distancia. Su adversario no podía batirse con el

kepis puesto; su color amarillento y la cifra de la Legión bordada más

arriba de la visera le daban una visualidad inadmisible. Su uniforme era

también una preocupación para Toledo, que se esforzó por suprimir en él

todos los detalles vistosos.

Asistido por uno de los capitanes, procedió á despojar á Martínez de sus

adornos de gloria, después de colocarlo junto á la otra espada. Fué como

una degradación. Le quitaron su kepis, luego las condecoraciones, el

cordón rojo que pendía de su hombro, la correa avellanada que cruzaba su

pecho, el cinturón del mismo color que oprimía su talle. El teniente

pareció más pequeño y desmedrado dentro de su uniforme suelto y sin

adornos. El parisién, siempre alegre, lo comparaba á un pájaro

desplumado.

Creyó necesario el coronel repetir en alta voz las condiciones del

duelo. El príncipe las sabía y estaba avezado á estos encuentros.

Martínez era el que necesitaba sus indicaciones. Después que él, como

director del combate, diese la voz de «¡Fuego!», contaría lentamente

«Uno, dos, tres». Podían apuntar y disparar en este espacio de tiempo.

¡Mucha atención, teniente! Don Marcos habló con una gravedad trágica.

--Si hace usted fuego antes del _uno_ ó después del _tres_, será

declarado felón.

Esto de ser declarado felón asustó al joven. No sabía con certeza lo que

era, pero le impresionaba el gesto del coronel al pronunciar la terrible

palabra. Ya no pensó con tanta vehemencia en matar á su adversario; este

deseo pasó á segundo término. Tampoco pensó en que podía morir. Su única

preocupación fué calcular bien el tiempo, obedecer la orden, no

entretenerse en apuntar; hacer fuego antes del terrible _tres_, para que

no le diesen aquel título horripilante y misterioso.

Don Marcos entró en el castillo y volvió á aparecer con las dos pistolas

cargadas. Dió una al príncipe. Este no necesitaba lecciones. Puso la

otra en la diestra del teniente, y le indicó cómo debía mantenerse, el

brazo doblado, el arma en alto, todo el cuerpo bien de perfil. Todavía

insistió en sus indicaciones. ¡Cuidado con equivocarse! Ya lo sabía:

_uno... dos... tres_.

Quedó en mitad de la distancia que separaba á los adversarios,

apartándose unos cuantos posos nada más de la línea de tiro. En aquel

instante deseaba morir, para que los dos resultasen indemnes.

Se despojó del sombrero con solemnidad, é hizo un gesto de tristeza.

--Señores...

Durante toda la mañana, al ir de un lado á otro realizando sus

preparativos, no había dejado de pensar en lo que diría en este momento,

fabricando una soberbia pieza oratoria, breve y conmovedora. Muchas

veces había hablado en los duelos, mereciendo la aprobación de los otros

padrinos, viejos generales, gentes expertas, acostumbradas á tales

actos. Pero la corta arenga de hoy iba á ser la mejor de sus obras.

«Señores...», repitió. Vacilaba, no sabía qué añadir, todo se había

borrado de su memoria. Con una voz balbuciente fué diciendo lo que se le

ocurría, sin orden alguno, sin que una sola de sus palabras le recordase

las frases que había cincelado horas antes. «Aún era tiempo... un poco

de buena voluntad; los dos eran hombres de valor que habían hecho sus

pruebas... No es deshonrosa una explicación en el último minuto.»

Sus palabras se perdieron en un silencio emocionante. Pero este silencio

no era absoluto. Alguien se movía á espaldas del coronel, dando con el

pie en el suelo. Era Lewis, que consultaba, enfurruñado, su reloj. Más

de las tres; ya estarían empezando las buenas series en el Casino.

Quiso terminar. Además, le daba miedo la figura inmóvil y rígida de su

príncipe con la pistola en alto. Nunca lo había visto tan feo. Su color

era terroso, tenía la mirada bizca y los pómulos salientes. En un

momento se había transfigurado, como si el salvajismo de los remotos

abuelos, despertando en su interior, se le hubiese subido al rostro.

--Puesto que no hay avenencia posible....

Ahora creyó el coronel haber atrapado la última parte de su fugitivo

discurso. Pero el hilo de brillantes palabras se le escapaba otra vez, y

obligado á improvisar, terminó solemnemente:

--¡Adelante, señores! El honor... es el honor; y las leyes de los

caballeros... son las leyes de los caballeros.

Sonó á sus espaldas un murmullo de aprobación. Era la voz del antiguo

revendedor de billetes de teatro. «¡Bravo! ¡Muy bien!» Pero no quiso

enterarse. Con aquel hombre nunca se sabía cuándo hablaba en serio.

--¿Listos?...

El silencio de los dos adversarios dió á entender al coronel que podía

seguir sus voces de mando.

--¡Fuego!... Uno...

Sonó un tiro. Martínez, que sólo pensaba en el terrible _tres_, había

disparado.

Vió enfrente al príncipe, que parecía mucho más alto; vió el agujero

negro de su arma, y sobre este agujero un ojo de glacial ferocidad

escogiendo un punto en su persona para enviar la bala obediente. Y con

una arrogancia maquinal giró sobre sus talones, para no permanecer de

perfil, ofreciendo todo el ancho de su cuerpo.

Los cuatro padrinos no vieron esto. Sus ojos habían convergido en

Lubimoff, que era la muerte.

El tiempo se contrae y se dilata, según las emociones de los hombres. Su

medida y su ritmo dependen del estado del alma humana. Unas veces galopa

vertiginosamente en los relojes, que parecen locos; otras se desploma,

se niega á seguir su marcha, y las milésimas de segundo abarcan más

emociones que los meses y los años de la vida ordinaria. Los cuatro

testigos experimentaron la misma sensación que si el día se hubiese,

paralizado, quedando el sol inmóvil para siempre. El tiempo no existía.

--¡Dos!--suspiró don Marcos, y le pareció que sus labios no acababan

nunca de proferir esta palabra, como si estuviese compuesta de una

cantidad infinita de sílabas.

Lewis había olvidado la existencia del Casino; sólo veía lo presente.

El capitán bordelés, echando el cuerpo adelante, se apoyaba sobre su pie

herido, sin sentir ningún dolor; el otro juraba entre dientes, haciendo

vibrar su junco. El médico, por instinto profesional, se inclinó sobre

su caja de operaciones puesta en el suelo.

¡Iba á matarlo! Los cuatro estaban convencidos de que iba á matarlo. Una

implacable expresión de seguridad, de feroz aplomo, se desprendía de

aquel hombre inmóvil, con el brazo tendido, duro é inconmovible. Era tan

fatal la expresión de su rostro de calmuco, con un ojo contraído y otro

muy abierto, que todos vieron una línea ilusoria desde la boca de su

pistola al pecho del que estaba enfrente, un camino que la pequeña

esfera de plomo iba á seguir con inexorable rectitud.

Orgulloso de su superioridad, el príncipe retardaba el momento de dar la

muerte, por una especie de coquetería salvaje. Tenía al enemigo bajo su

zarpa, podía juguetear con él durante estos tres momentos que valían por

siglos.

En la vertiginosa superposición de imágenes que volteaba dentro de su

pensamiento vió á la princesa, su madre, hermosa y arrogante, tal como

era cuando le relataba, siendo pequeño, las grandezas de los Lubimoff.

Luego vió á su padre, el general, sombríamente bondadoso, diciendo con

su voz ronca: «El fuerte debe ser bueno...»

Al pensar en el padre, su pistola se desvió un poco, pero inmediatamente

rectificó la puntería.

Un tren pasaba por su imaginación con lentitud. Soldados franceses. Vió

á Castro y al rojo insolente que le ofrecía un lugar. Otro tren avanzó

en dirección inversa, un tren interminable, que iba saliendo de las

profundidades del Océano. Hurras, silbidos, blusas negras, cuellos

azules, gorritos que parecían de papel. «¡Buenas tardes, príncipe!» Una

sonrisa luminosa de virgen anémica: lady Lewis con sus dos ciegos,

hermosos y trágicos...

Su pistola bajaba. Vió por encima de ella todo el cuerpo de su

adversario, guerrero obscuro, condenado á morir más ó menos pronto á

causa de las heridas recibidas por una tierra que no era la suya y por

una causa que era la de todos los hombres.

--¡Tres!--dijo el coronel.

Pero antes de que terminase esta palabra sonó un tiro. La hierba del

suelo se agitó en ondas que se alejaron bajo el rebote de la bala

invisible.

Este guadañazo pasó cerca de las piernas del director del combate; pero

don Marcos no estaba para reparar en ello. Un regocijo infantil le hizo

correr sin objeto. Su levita parecía reir con el aleteo de sus faldones.

Tan alegre estaba, que casi abrazó á Martínez. Debía darse la mano con

el príncipe; era necesaria una reconciliación.

El oficial se resistió al consejo. Tenía sus dudas sobre el final del

combate; el príncipe había disparado apuntando al suelo, y él no

aceptaba que le perdonasen la vida.

--Joven--dijo con autoridad don Marcos--, usted es novel en estos

asuntos. Déjese guiar por los que saben más, y dele la mano al príncipe.

Inmediatamente fué en busca de Lubimoff.

Lo vió en el mismo sitio. Había arrojado la pistola y se cubría la cara

con las manos.

El único que estaba junto á él era Lewis.

--¡Vamos, príncipe! ¿qué es eso?... ¡Serenidad! Tal vez una buena copa

de _whisky_...

Toledo oyó un estertor angustioso, un jadeo de pecho oprimido.

Respetuosamente apartó una de las manos del príncipe, dejando su rostro

al descubierto. Ahora era de un tono de ladrillo, abrillantado por el

sudor y las lágrimas.

Lubimoff lloraba.

El coronel recordó á la difunta princesa en sus días de humor

tormentoso, cuando, después de una explosión de cólera, se retorcía,

pidiendo que la perdonasen, entre llantos histéricos.

Al tirar suavemente de esta mano, se sintió seguido por el príncipe,

inerme y sin voluntad. Martínez aguardaba á pocos pasos.

--Dense las manos. Todo ha terminado. Los caballeros son siempre...

caballeros.

Se dieron las manos.

Y entonces ocurrió algo inesperado que produjo un largo silencio de

sorpresa y de asombro.

Miguel dobló su cuerpo, se encogieron sus rodillas, se llevó á la boca

aquella mano que tenía en la suya, con el mismo gesto humilde de los

siervos de la estepa ante sus poderosos abuelos.

Luego la besó, mojándola con sus lágrimas.

X

Ocho días llevaba Lubimoff sin salir de Villa-Sirena. En sus

conversaciones con el coronel--único compañero de esta vida

solitaria--había evitado toda alusión á lo ocurrido en el castillo de

Lewis. Don Marcos, por su parte, se mostraba de una discreción absoluta,

como si tuviese olvidado el duelo y el extraño final que le había dado

el príncipe; pero éste adivinaba en su silencio muchas cosas molestas

para él.

Los otros padrinos debían haberlo contado todo. ¡Qué de comentarios! Y

el miedo á encontrarse con las gentes, que sin duda repetían su nombre á

todas horas, le hizo permanecer recluído, esperando que le olvidasen.

Alguien perdería ó ganaría en el Casino una suma importante, y esto

bastaba para que los curiosos dejasen de hablar de él.

Empezó á pesarle la soledad como un suplicio. Ya estaba fatigado de

pasear siempre por sus jardines, que le parecían estrechos y monótonos.

Además, la sobrina de Lewis, abusando de su autorización, llegaba cada

tarde con una escolta de ingleses heridos, siempre diferentes.

Correteaba con ellos por las avenidas entre los gritos de las aves

exóticas, formaba grandes ramos de flores, y él tenía que ocultarse en

los pisos altos huyendo de esta alegría infantil, á la que encontraba

algo de desesperado y fúnebre.

Las noches le parecían interminables. Pensaba con nostalgia en las

plácidas veladas de «los enemigos de la mujer», cuando Spadoni se

sentaba al piano ó hacía cálculos infinitos, siempre doblando; cuando

Novoa exponía sus paradojas científicas y Castro relataba las aventuras

de su abuelo el «Don Quijote rojo»... ¿Dónde estarían ahora estos

compañeros de soñolienta felicidad?

Atilio le interesaba especialmente. Dos veces había preguntado por él á

don Marcos, sin que éste se mostrase muy claro en sus explicaciones. «No

le encontraba nunca en el Casino; se abstenía sin duda de frecuentarlo

por miedo al juego.» Presintió que el coronel sabía algo más y se negaba

á hablar por discreción.

Una mañana, el tedio del encierro galvanizó su decaída voluntad. ¿Por

qué no ir en busca de aquellos amigos? Tal vez si él daba el primer paso

conseguiría reanudar las relaciones con ellos, restableciendo su antigua

vida.

Cuando iba á salir, el coronel le detuvo para hablarle otra vez de un

asunto que les había ocupado la noche anterior. ¿Qué respuesta debía dar

al apoderado de París?... Aquel nuevo rico comprador del palacio del

parque Monceau deseaba adquirir también Villa-Sirena. El administrador

comunicaba su última oferta: millón y medio de francos. No daría más, y

era preciso contestar urgentemente, antes que su capricho se fijase en

otra adquisición.

Miguel levantó los hombros, como si le hablasen de algo sin interés.

--Di que no quiero vender... Mejor será que no contestes. Veremos más

adelante; yo pensaré.

Al bajar del tranvía, en Monte-Carlo, dejó á su izquierda el Casino,

para seguir por los bulevares altos. Iba primeramente en busca de

Spadoni, por ser el que habitaba más cerca. Además, éste debía saber el

paradero de Atilio mejor que Novoa. Tal vez vivían juntos.

Conocía vagamente su domicilio por las burlas de Castro. El pianista era

«guardián de una tumba» sobre el barranco de Santa Devota.

Desde lo alto de un puente vió el príncipe á sus pies este barranco,

cuyas laderas estaban cubiertas de jardines, de «villas» lujosas y de

hoteles, teniendo por fondo el risueño puerto de La Condamine.

Sesenta años antes era un lugar salvaje. Sólo lo visitaban las

procesiones venidas desde el amurallado Mónaco para rendir homenaje á

Santa Devota en una iglesia blanca, que aún parecía ahora más diminuta

junto á las arcadas del puente del ferrocarril.

En los primeros tiempos del cristianismo, una barca, guiada por la

voluntad de Dios, que se dignaba conceder una protectora á los

habitantes de Puerto Hércules, había venido á encallar en esta ribera.

La barca contenía el milagroso cadáver de cierta cristiana de Córcega

martirizada por los romanos. Nadie sabía su nombre, y la devoción

popular la llamó Santa Devota. Una vez al año, el día de su fiesta, al

cerrar la noche, gran parte del público del Casino abandonaba la ruleta

y el «treinta y cuarenta» para presenciar cómo los marineros de Mónaco

quemaban frente á la iglesia, al son de la música, una barca vieja,

cerrando con esto á la santa patrona todo camino de retorno.

Los campos pedregosos de olivos y nopales estaban ahora cubiertos de

«Palaces», grandes como cuarteles, y sostenían una segunda ciudad alta,

que, extendiéndose por la ladera de los Alpes, unía Mónaco con

Monte-Carlo. Este terreno, vendido á precios enormes, era medio siglo

antes un lugar tan olvidado, que cualquiera de sus poseedores podía

disponer sin obstáculo que le enterrasen en su propiedad.

Un oficial obscuro de Napoleón, nacido en Mónaco y llegado á general en

los tiempos de Luis Felipe, había hecho construir su sepultura en un

olivar sobre el barranco de Santa Devota. El juego hacía surgir después

Monte-Carlo sobre la salvaje meseta de las Espelungas; la lujosa ciudad

nueva se ensanchaba para unirse con el viejo Mónaco, cubriendo de

edificios todo el territorio del principado, y la sepultura del anónimo

guerrero quedaba prisionera de este oleaje de grandes hoteles, palacios

y «villas». El olivar de la tumba se vendía á metros, haciendo la

fortuna de los herederos. Entre la sepultura y el borde del barranco

quedaba una meseta, desde la que se disfrutaba la visión de un panorama

magnífico, y un millonario de París se atrevía á construir una casa de

estilo «artista», con jardines en terrazas escalonadas, creyendo empresa

fácil conseguir el traslado del general al cementerio y la demolición

de su capilla-tumba. Pero el muerto estaba en su propiedad, no podía

resucitar para deshacer sus disposiciones testamentarias, perturbadas

por el engrandecimiento inaudito del antiguo Mónaco, y no había poder

humano que echase abajo su última morada.

Miguel había visto muchas veces desde el puerto, sobre las alturas del

barranco, este panteón que iba á servirle ahora para encontrar á

Spadoni. Era un simple dado de albañilería, con las paredes

enjalbegadas, cuatro pináculos en sus ángulos y una cúpula de tejas

negras. De lejos parecía un morabito, la tumba de un santón, ayudando á

esta semejanza los grupos de palmeras de los jardines inmediatos.

Castro le había hecho reir muchas veces contándole la historia del

difunto general y sus ricos vecinos. Los propietarios de la «villa» no

podían dormir con un muerto al otro lado de la pared. Además era un

muerto sin nombre, lo que le hacía más inquietante y misterioso. Nadie

llegaba á acordarse del apellido de este señor que había mandado miles

de hombres y aún imponía su voluntad á los vivos. Alquilaron la «villa»

con todos sus lujosos muebles por un precio módico, y al principio se la

disputaban las señoras que juegan en el Casino. ¡Vivir en un pequeño

palacio adornado por famosos tapiceros de París, y con una vista

magnífica, todo por quinientos francos mensuales!... Pero las

arrendatarias se apresuraban á cederse unas á otras esta buena ocasión.

¡Tener que pasar después de media noche frente al mausoleo del general,

cuando volvían del Casino! ¡No poder abrir las ventanas sin encontrarse

con aquella sepultura!... Además, la maledicencia femenil señalaba

sucesivamente á cada inquilina con el mismo apodo: «la guardiana de la

tumba».

Entonces se presentó Spadoni. Castro tenía una idea vaga de que pagó el

primer mes, pero no estaba seguro de ello. Lo que sabía con certeza era

que no pagó más. Los propietarios, residentes en París, habían acabado

por aceptar esta situación, viendo en el pianista un cuidador gratuito

de aquella casa que les inspiraba miedo.

Descendió el príncipe por un amplio camino entre balaustradas de

jardines y muros de roca con penachos floridos pendientes de sus

intersticios. Al ver de cerca el morabito, comprendió la fuga de los

vecinos. El general había sabido hacer las cosas. Los pináculos estaban

adornados con calaveras y tibias, lo mismo que la cruz de hierro que

remataba la cúpula. Y estos símbolos fúnebres, por la fuerza del

contraste, aún resultaban más impresionantes entre el esplendor verde de

los jardines inmediatos, bajo un cielo de crudo azul y un sol

deslumbrador, teniendo por fondo el gracioso puerto y la rizada planicie

del mar violeta. La puerta del mausoleo sin nombre no se había abierto

en muchos años, y los vientos amontonaban la tierra en su parte baja.

Entre la verja y las paredes se aglomeraba una vegetación loca, una

selva minúscula, en cuyas espesuras guerreaban y se devoraban los

insectos después de enviar interminables expediciones volantes y

rampantes á todas las casas próximas.

Pasó rozando el panteón para llegar á la entrada de la «villa», hermoso

edificio de arquitectura toscana. La puerta era de complicados herrajes;

los ventanales tenían vidrieras con figuras de colores; sobre el muro

gris estaban incrustados relieves de mármol y escudos antiguos.

Golpeó inútilmente con un dragón de hierro que servía de aldaba. Al fin

apareció en un sendero inmediato, entre dos muros, una mujer greñuda con

un niño en brazos. Era una vecina que prestaba sus servicios á Spadoni

cuando se quedaba en la casa. La presencia de un visitante representaba

para ella un acontecimiento.

--Sí que está--dijo--. ¿No oye usted?

Lubimoff oyó, efectivamente, amortiguado por los gruesos muros, el

tecleo de un piano.

La mujer, convencida de que el artista no llegaría á enterarse de los

golpes del aldabón, desapareció en una revuelta del sendero. Poco

después, su cabeza y el niño que llevaba en brazos surgieron sobre el

filo de un muro.

--¡Maestro!--gritó--. Un señor que le busca. ¡Una visita!

Y volvió arreglándose las faldas, como si acabase de bajar de una escala

de mano.

Se abrió aquella puerta de quicio profundo, apareciendo en su hueco

Spadoni.

--¡Oh, Alteza!

Su sonrisa no expresaba asombro. Saludó al príncipe como si lo hubiese

visto el día anterior.

Fué guiándole por corredores y salones sumidos en una penumbra policroma

y que olían á polvo. Hacía muchos meses que los ventanales de colores no

habían sido abiertos ni descorridas las cortinas. El concentraba su

existencia en una sola habitación. Lubimoff chocó con arcones y

armaduras, hizo vacilar dos enormes ánforas japonesas, se enganchó en

los numerosos salientes de este profuso decorado de «estudio romántico»

que había estado de moda veinticinco años antes.

Volvieron finalmente á la luz, una luz esplendorosa que entraba por tres

puertas abiertas sobre una terraza vecina al barranco.

Era el _hall_ de la «villa», adornado con telas y divanes indostánicos.

El príncipe reconoció que Spadoni no estaba mal instalado en «su tumba».

Un gran piano de cola era el único mueble que se mantenía limpio en esta

pieza invadida por el polvo. Sobre el atril permanecían abiertos varios

cuadernos de música manuscrita.

Al ver que Lubimoff se fijaba en ellos, el pianista hizo un gesto

desesperado.

Era grande su pobreza: tenía que dar conciertos para vivir, se veía

obligado á estudiar obras nuevas.

Los enemigos de la mujer · 第 30 / 37 段