párrafos del acta del encuentro. La consideración de que todos confiaban
en su pericia le hacía ser muy exigente consigo mismo. Deseaba algo
conciso y brillante que inspirase respeto á aquellos muchachos
gloriosos. Y pasó más de una hora garrapateando papeles, rompiéndolos y
empezando otros, entre los restos de sus postres. Trabajo inútil: los
dos firmaron en el gabinete de lectura del Casino, después de pasar una
mirada rápida por el texto. A Lewis tuvo que sacarlo de las salas
privadas con toda clase de ruegos y astucias. El inglés se había
olvidado de comer, para no enojar á la fortuna con su ausencia, ¡y este
testarudo coronel venía á estorbarle con la maldita historia del
duelo!...
Firmó sin mirar; dió su palabra á los oficiales de que iría á buscarles
en un automóvil para conducirlos á su castillo, y echó á correr
inmediatamente, no sin antes decir á don Marcos con un tono agrio:
--Hasta las cuatro nada más. Si á las cuatro de la tarde no ha terminado
todo, les dejo que se maten á solas y me vuelvo aquí. Es la hora en que
empiezan las tallas magníficas. Lo de hoy va á continuar.
Huyó, sonriendo con lástima de las gentes que se entretenían en cosas
menos importantes.
Al quedar solo, el coronel tuvo que ocuparse de los preparativos del
encuentro. Necesitaba un médico. Buscaría en la mañana siguiente á un
viejo doctor de Monte-Carlo que visitaba de tarde en tarde al príncipe.
Necesitaba pólvora y balas; también se propuso buscarlas al otro día.
Necesitaba dos cajas de pistolas, ¡y sólo tenía una!...
Esto de las dos cajas lo consideraba esencial. Los padrinos del otro no
sabían dónde encontrar la suya. No importa; él se encargaba de buscarla.
Lo indispensable era que hubiese dos, para que la suerte decidiese cuál
debían emplear. Y en ello anduvo hasta cerca de la una de la madrugada,
preguntando en las porterías de los hoteles, haciendo levantarse á
gentes que ya estaban en la cama, subiendo á los salones del
_Sporting-Club_, hasta que un amigo americano le dió una carta para
cierto compatriota maniático y sombrío que habitaba una «villa»,
aislada, del Cap-Ferrat. Pensaba realizar al día siguiente esta gestión;
para eso había alquilado un automóvil, gasto enorme dada la carencia de
vehículos y de combustible, pero exigido por la importancia de sus
funciones...
Y ahora estaba en Villa-Sirena, á las dos de la madrugada, limpiando sus
pistolas con lentitud, como si fuesen joyas frágiles.
En el silencio de su dormitorio, lejos de los hombres, influenciado por
la misteriosa soledad de las altas horas nocturnas, que hacen perder sus
contornos á las cosas y á las ideas, se consideró enormemente
engrandecido. No; su mundo no había cambiado tanto como él creía. La
prueba era que estaba allí, limpiando unas armas para un duelo.
* * * * *
Al despertar el príncipe en la mañana siguiente, no encontró á su
«chambelán». El automóvil de alquiler se lo había llevado á las siete,
para que completase sus preparativos.
Vagó Lubimoff por los jardines, deteniéndose ante los jaulones que
albergaban diversos pájaros exóticos. Luego siguió con mirada distraída
las evoluciones de varios pavos reales extendiendo bajo el sol sus
mantos azul y oro de un negro señorial.
Su viejo ayuda de cámara interrumpió este paseo. Unos hombres con un
carro venían á buscar el equipaje del señor Castro.
Miguel no manifestó sorpresa; podían entregarles todo lo perteneciente á
don Atilio. Pero el doméstico añadió que los mismos hombres querían
llevarse igualmente lo poco que era de la propiedad del señor Spadoni,
noticia que asombró al príncipe. ¡También éste!... ¿Qué motivo tenía
para abandonarle?...
Pasó su vista por una breve carta dirigida al coronel y firmada por
ambos. Castro arrastraba en su fuga al inconsciente pianista.
«Está bien--pensó--; que se vayan todos, que me dejen solo. ¡Si creen
que con eso van á hacerme desistir de que cumpla mi voluntad!...»
Después reanudó su paseo.
Sólo le quedaban unas horas para verse enfrente de aquel joven tan
aborrecido por él. Lo iba á suprimir con frialdad, para que no
continuase siendo un estorbo; lo mataría, estaba seguro de ello. Las
condiciones ideadas por el coronel eran suficientes para que un tirador
de su fuerza abatiese al adversario. Le bastaba un solo tiro.
Por un instante pensó en ir al fondo de sus jardines, donde algunas
veces se entretenía tirando. Era oportuno ejercitar el pulso; la pistola
ofrece sorpresas. Luego desistió, por parecerle indigno el añadir estos
preparativos á su evidente superioridad. Aquel adversario mediocre no
podía ejercitarse á estas horas; le faltaban los medios en Monte-Carlo,
donde no tenía otras amistades que las de los compañeros convalecientes
y algunas damas.
¡El, en cambio!... Extendió su brazo musculoso, teniéndolo rígido unos
segundos con la vista fija en el puño. Ni el más ligero temblor:
colocaría su bala donde quisiera. El pobre Martínez podía darse por
muerto... Y ningún asomo de remordimiento turbó el infernal orgullo de
su fuerza implacable.
Era tan enorme la conciencia de su superioridad, tan absoluta su certeza
en el resultado, que al fin acabó por sentir dudas: esa desazón que
infunde el misterio de lo que aún está por realizarse.
Acudieron de golpe á su memoria relatos de combates en los que el débil
triunfa inesperadamente del fuerte, por un obscuro dictado de la
justicia inmanente. Recordó muchas novelas en las que el lector suspira
de satisfacción al ver que el héroe, simpático y modesto, puesto en
peligro de morir por el «traidor» de la obra, más fuerte y malo que él,
no sólo salva su vida, sino que además mata por una feliz casualidad á
su adversario, con lo que se demuestra la existencia de algo superior y
equitativo que las más de las veces parece que duerme, pero en ciertos
momentos despierta, dando á cada uno su merecido. Desde los tiempos de
David, el pastorzuelo descalzo, matando de una pedrada al desaforado
gigante vestido de bronce, la humanidad gustaba de estas historias.
La pistola era un arma caprichosa, más dúctil que otras á las soluciones
absurdas de la fatalidad. ¿No caería él, con toda su maestría, bajo el
primer tiro del pobre teniente?...
Volvió á tender el brazo, como poco antes, contemplando su puño cerrado.
Luego sonrió, con aquella sonrisa de sus antepasados que daba á su
rostro una fealdad mogólica. ¡Fábulas de la tradición, invenciones de
los novelistas para halagar al público en su sensiblería igualitaria! El
fuerte siempre es el fuerte. Dentro de unas horas el estorbo quedaría
anulado, sin emoción y sin remordimiento, como deben hacerlo los
hombres superiores.
Un estrépito procedente de la vía férrea le sacó de estos pensamientos.
Era un tren de soldados que avanzaba, como todos los otros, envuelto en
gritos, aclamaciones y silbidos. Rodaba hacia Italia, en sentido inverso
de los numerosos trenes que venían al frente francés. El príncipe se
dirigió á una terraza de su jardín, cuya muralla de piedras y flores
descendía hasta la vía férrea. Los vagones parecieron desfilar
voluntariamente ante sus ojos, mostrándole en una curva uno de sus
lados, y luego la cara opuesta al llegar á otra curva, donde se perdían.
El uniforme de estos combatientes desorientó por un momento al príncipe,
como una novedad inesperada. Iban vestidos de sarga negra, con el cuello
de la blusa abierto y los brazos arremangados. En la cabeza llevaban un
gorrito blanco con las alas levantadas, semejante á los barquichuelos de
papel que construyen los niños.
Los reconoció al fin; eran marineros de los Estados Unidos, un batallón
de fusileros de la flota que iba á Italia para que la bandera de las
rayas y las estrellas representase á la gran República en las cumbres de
hielo de los Alpes y en los pantanos ardorosos del Véneto.
Con la celeridad de las visiones mentales, que muestran, superpuestas y
claras al mismo tiempo, un sinnúmero de imágenes diversas, el príncipe
contempló los puertos de la América del Norte visitados en su juventud,
colmenas acuáticas en las que se reconcentran todo el trabajo y la
riqueza de la tierra; las ciudades monstruosas, interminables, pobladas
como naciones, donde la libertad y el bienestar de la vida parecen haber
llegado á sus últimos limites... ¡Y estos hombres abandonaban las
comodidades de una existencia sabiamente organizada, sus fructíferos
negocios, su trabajo ampliamente remunerado, sus inmediatas esperanzas
de fortuna, para morir tal vez en el viejo mundo por ideas, sólo por
ideas, pues no buscaban nuevos pedazos de terreno ni indemnizaciones!...
¡Y hasta ahora, el vulgo había considerado á su país como el más
positivo, como el menos poético é idealista, llamándolo la tierra del
dólar!... ¡Luego era verdad que las ideas generosas son algo más que
palabras, ya que millones de hombres salvaban los mares para dar su
sangre por ellas!...
Los marineros, después de atravesar el caserío de Monte-Carlo entre
estandartes y aclamaciones, entraban en pleno campo, perdiéndose sus
gritos sin eco alguno. Por esto su atención se concentró en aquella
terraza florida y en el hombre asomado á ella. Fué como una revista: los
vagones, uno por uno, se animaban al pasar ante el príncipe. De todas
las ventanillas surgían brazos arremangados agitando gorros blancos.
Sobre los techos, algunos mocetones manoteaban con los brazos extendidos
y las piernas abiertas, mientras el viento hacía ondear los pliegues de
sus pantalones negros sobre unas polainas claras. Más de mil bocas
fueron saludando al solitario de la terraza con silbidos alegres, hurras
ó gritos ininteligibles, que servían de escape á una juventud
exuberante, hambrienta de peligro y de gloria, regocijada y curiosa á
través de un mundo viejo que para ella era nuevo.
Lubimoff permanecía inmóvil, acodado en la baranda, con la mandíbula en
una mano, como si no viese este río encajonado de hombres deslizándose
más abajo de sus pies. Los ruidosos marineros, al alejarse, volvían la
cabeza, repitiendo sus gritos y saludos, como si quisieran despertar á
esta figura humana, rígida y adherida á la balaustrada lo mismo que si
formase parte de su ornamentación.
Había olvidado completamente sus ideas y preocupaciones de poco antes.
Sólo veía este raudal de jóvenes corriendo hacia el peligro y la muerte
por unos cuantos ideales, simples y hermosos como su salud primaveral.
Venían del otro lado de la tierra con la fe sencilla que realiza los
grandes milagros de la Historia; y mientras tanto, el príncipe Lubimoff,
que, en fuerza de rebuscar ideas superiores y sensaciones exquisitas,
había acabado por no creer en nada, estaba allí, en una baranda de su
jardín, calculando el medio más seguro de matar á un hombre, un hombre
útil, igual á estos que pasaban.
La imagen de Castro surgió en su memoria. También éste había
presenciado dos días antes el paso de un tren. Recordó su impresión, tan
honda y poderosa, que le había impulsado á abandonar Villa-Sirena,
rompiendo con su pariente. Vió, tal como él se lo había descrito, el
rostro amargo de aquel soldado rojo que lo insultaba con su desprecio.
--¡Aún queda un lugar!...
Los fusileros americanos continuaban sus silbidos, sus gritos de
exuberante juventud; pero á él le pareció que estas voces y estos
manoteos decían lo mismo que el otro, invitándole con irónica cortesía:
«¡Ven; aún queda un lugar!» Algo más se callaban, pero él lo oyó en el
interior de su cerebro como el bordoneo de una campana remota. Se había
considerado un hombre valeroso que, por distinción, por sibaritismo, por
refinada indiferencia, quería mantenerse al margen de las cosas que
apasionan al resto de los mortales. Pero el lejano campaneo protestaba,
zumbando la misma palabra: «¡Cobarde! ¡cobarde!»
* * * * *
Anduvo meditabundo por el jardín hasta que llegó Toledo, pasadas las
doce. Almorzaron apresuradamente, y el coronel hizo varias indicaciones.
Su sabiduría en materia de duelos, frondosa y de infinitos brazos como
el árbol de la ciencia, tocaba con una de sus ramas á la cocina. Nada de
carnes ni de vino; debía guardar sereno el pulso. (Y al mismo tiempo
hacía votos por que los tiros fuesen sin resultado, pues ambos
contendientes le inspiraban igual interés.) Unos huevos blandos, nada
más; poco líquido. En el último momento debía acordarse de aligerar su
vejiga. ¡Terrible un balazo con derrame interior!... El pensaba en todo.
Subió á su habitación, para revestirse con la levita de los desafíos.
Había llegado el momento de oficiar. Quedó indeciso ante el espejo,
apreciando la falta de concordancia entre esta prenda majestuosa y el
sombrero hongo que le servía de remate. ¡Ah, la guerra! Sonrió ante la
suposición absurda de haberse presentado así, cuatro años antes--como
quien dice cuatro siglos--, en aquellos duelos de París, donde padrinos
y adversarios sólo podían ir decentemente en busca de la muerte con
sombrero de copa de ocho reflejos.
A pesar de haber prescindido de este tocado solemne, sospechó que podía
ofrecer un aspecto algo ridículo al verse en el automóvil, sentado junto
al príncipe, con su larga levita y las dos cajas de pistolas sobre las
rodillas.
El carruaje se detuvo en el bulevar de los Molinos, frente á la casa del
médico. Pasaban militares convalecientes, unos con los ojos inmóviles,
dando golpes de bastón ante sus pasos, otros vacilantes por la debilidad
ó las amputaciones.
Una voz femenina, suave y dulce, saludó al príncipe. Era una enfermera
delgadísima que avanzaba llevando del brazo á dos oficiales ciegos.
Miguel y don Marcos reconocieron á la sobrina de Lewis. Ella les sonrió,
mostrándoles los dos mocetones ingleses á los que servía de lazarillo;
dos Apolos rubios, tostados por el sol, con la nariz que descendía recta
de la frente, la dentadura brillante, el cuerpo esbelto y armoniosamente
membrudo, pero los ojos apagados y un gesto trágico en la boca, de
desesperación, de protesta, al verse muertos en vida.
--Son mis dos _flirts_, ¿Qué les parecen?
Bromeaba para alegrar á sus acompañantes, con aquel regocijo de virgen
atrevida y dolorosa que iba esparciendo un pálido rayo de sol
septentrional por ambulancias y hospitales. Parecía fabricada toda ella
con pasta de hostia, frágil, anémica, de una blancura que clareaba á la
luz, lo mismo que un cristal turbio. Y se alejó, guiando como niños á
los dos ciegos, desesperados y hermosos, que erguían toda la cabeza por
encima de la suya. Una leve presión de sus dedos podía aplastar este
cuerpo de fanal, todo luz, sin otra materia que la precisa para
transparentar y guardar la llama interior.
--¡Adiós, lady!--dijo el príncipe.
Don Marcos se estremeció al oir su voz; una voz grave que no había
conocido nunca, una voz temblorosa como un cántico sentimental en cuyo
fondo goteasen lágrimas.
Depositó el médico sobre la raída alfombra del automóvil su caja de
operaciones. Con ésta ya eran tres. Sólo entonces se decidió el coronel
á desembarazarse de sus dos cajas preciosas, colocándolas sobre la del
doctor.
Se lanzó el carruaje montaña arriba, por un camino de violentos zigzags.
Al final de cada ángulo se mostraba Monte-Carlo, más hundido, más
pequeño, como una ciudad de caja de juguetes, con los tejados rojos y
muchas hormigas siguiendo el hilo de sus calles para aglomerarse en la
plaza. En cambio, el mar remontaba su lomo, crecía en altura por
momentos, devorando con su mandíbula azul y rectilínea un pedazo de
cielo á cada revuelta de la ascensión.
Sobre la cumbre iba agigantándose el volumen de una mole de albañilería:
«El Trofeo», título que había acabado por convertirse en La Turbie,
nombre medioeval del pueblecillo amurallado y pardo que se apretuja
alrededor del monumento. Dos columnas esbeltas de mármol blanco adosadas
á la mampostería y un trozo de cornisa era todo lo que quedaba del más
soberbio de los trofeos romanos; torre de treinta metros, con una
estatua gigantesca de Augusto en su remate, que marcaba sobre los Alpes
el límite entre las tierras del Imperio y las Galias conquistadas.
El automóvil, dejando atrás el villorrio de La Turbie, corría ahora por
la antigua vía romana.
--Veo á las legiones--murmuró gravemente don Marcos.
Era una manía. Nunca había tenido suficiente imaginación para ver á las
legiones por sí mismo; pero después de presenciar en una cinta
cinematográfica un desfile de figurantes con las piernas desnudas y la
espada al hombro siguiendo al caballejo de Julio César, la vida militar
romana no guardaba para él misterio alguno, y cada vez que subía á La
Turbie repetía lo mismo: «Veo á las legiones.»
Minutos después olvidó su guerrera resurrección para señalar varias
construcciones de un gris azulado que las hacía confundirse con la
colina situada á sus espaldas. El castillo de Lewis. Fueron destacándose
de él torres sueltas unidas por puentes á la masa cuadrada del edificio;
torres albarranas que flanqueaban las puertas; techos agudos de
pizarra, con doble fila de buhardillas; techos que sólo tenían el
costillaje de madera, á través del cual se veía el espacio, como si su
relleno hubiese sido devorado por un incendio; muros á medio construir,
que bajaban en ángulo recto lo mismo que un cartabón de piedra clavado
en el suelo por su filo más largo.
El castillo podía confundirse de lejos con una ruina abandonada. Lewis,
perdida la esperanza de poderlo terminar, declaraba de buena fe que así
era mejor, pues le evitaba el trabajo de adornarlo con ruinas
artificiales. Tenía el aspecto de una fortaleza de leyenda, como las que
había descrito su padre el historiador, hecha para los cielos grises,
para las selvas de húmedo verde, y parecía querer escapar de este
paisaje tostado por el sol, de vegetación parsimoniosa, huyendo del
contacto con los olivos, los cactos y los leñosos matorrales cubiertos
de rudas flores.
Descendieron del automóvil en una planicie limitada por dos cuerpos de
edificio que formaban ángulo. Era el patio de honor, la plaza de armas
del futuro castillo. En los otros dos lados, unos muros que sólo se
elevaban un metro sobre el suelo indicaban la traza de lo que podría ser
este patio algún día, si la suerte dejaba de mostrarse adusta con el
propietario. En el fondo abierto de la planicie estaba otro automóvil de
alquiler, y junto á él los tres militares.
Acudió Lewis á saludar al príncipe. Hacía poco que habían llegado, y
como tenía prisa, se encaró inmediatamente con el coronel.
Don Marcos era el oráculo que había que consultar para no perder tiempo.
¿Podrían resolver el negocio allí mismo?... ¿No sería mejor detrás del
castillo, en un huerto rodeado de viejos olivares?...
El coronel, con una caja en cada brazo, fué examinando el terreno. Lo
único que le preocupó en los primeros instantes fué su propia persona.
Decididamente se veía ridículo. Aquellos tres oficiales, con sus
uniformes; el príncipe, con un traje de calle azul obscuro; el médico,
vestido de viejo, como siempre; Lewis, con un gran sombrero de paja, sin
el cual no podía andar por su castillo, ¡y él envuelto en su levitón
solemne, que parecía asustar á los palomos refugiados en los aleros y
los muros ruinosos!...
Después de echar un vistazo detrás del castillo, se decidió por el
patio, limpio de árboles. Colocaría á los contendientes de modo que sus
figuras no resaltasen sobre un fondo de pared.
Lewis, á pesar de sus prisas, creyó necesario hacer los honores de la
casa. «¿Una copa de _whisky_?...» Como no le habían dado tiempo para
prepararse, y él habitaba ahora en Monte-Carlo, su despensa estaba
vacía. Pero esperaba dar con una buena botella buscando un poco. ¿En qué
casa respetable no se encuentra _whisky_ para los amigos?
--Cuando terminemos, lord--dijo el coronel, escandalizado por esta
invitación que atentaba contra los ritos.
Los cuatro padrinos y el médico estaban en una sala del piso bajo,
adornada con trofeos de armas antiguas. Los dos adversarios habían sido
olvidados en el patio, como actores que esperan su turno para mostrarse.
Toledo abrió las cajas de pistolas, dando á los dos capitanes la que
había buscado aquella mañana en el Cap-Ferrat. La suerte iba á decidir
cuál de ambas emplearían.
--No es necesario--dijo el parisién--. Lo mismo da una que otra.
Dispóngalo todo como mejor le parezca.
Protestó don Marcos contra este deseo irreverente de acortar las
ceremonias. Era preciso: estaban allí para un asunto muy grave.
Una pieza de cinco francos brillaba un su mano. ¡Lo que le había costado
adquirirla! De todas sus gestiones en la mañana, ésta había sido la más
larga y penosa. La moneda estaba oculta, á causa de la guerra. No se
encontraba mas que papel, y él no podía echar suertes con un billete de
cinco francos. Había tenido que rogar á uno de los altos personajes del
Casino que le proporcionase este redondel precioso.
--¿Cara ó cruz?
Y al favorecer la suerte á sus viejas pistolas, sintió un gran regocijo
interior. ¡Empezaba á triunfar!
El médico, mientras tanto, miraba afuera por la puerta del salón, con
cierta extrañeza, casi con escándalo, fijando luego sus ojos en el
coronel. Al fin le llamó aparte. ¿Aquel teniente era el que iba á
batirse con el príncipe?... Lo conocía; un amigo suyo, médico militar,
le había hablado de él como de un caso asombroso de vitalidad. Era un
horrible disparate lo que estaban proyectando: casi un asesinato. Tal
vez cayese redondo antes de que sonase el primer tiro. Le habían hecho
una operación audaz en el cráneo; vivía milagrosamente, podía morir de
un modo fulminante á la menor emoción.
Y don Marcos tuvo una respuesta heroica, digna de él.
--Doctor, para un hombre de éstos, batirse no es una emoción.
Procedió con lenta gravedad á lo más delicado de su ministerio: cargar
las pistolas. Los dos capitanes siguieron con mirada curiosa esta
operación desconocida por ellos, á pesar de que se imaginaban haber
visto tanto. El parisién casi rió al contemplar cómo manejaba Toledo la
diminuta cuchara de marfil que contenía la carga de pólvora,
examinándola escrupulosamente antes de verterla en el cañón del arma,
con cierto miedo de haber echado un grano más en uno que en otro. El
coronel estaba seguro de que este heroico burlón se divertía con sus
precauciones meticulosas... Pero no podría negar que le interesaba la
novedad de la ceremonia.
Lewis salió para disponer que los automóviles se alejasen hasta una
arboleda cercana. Un verdadero disgusto para los dos conductores.
Obedecieron á regañadientes, con el propósito de volver, aunque fuese
arrastrándose, y presenciar el espectáculo.
Toledo dejó las dos pistolas sobre una antigua mesa veneciana. Ya
estaban listas; que nadie las tocase: eran algo sagrado. Luego, su
mirada, al pasar sobre el muro inmediato, su animó con un resplandor de
inspiración; y de una panoplia descolgó dos espadas herrumbrosas,
saliendo con ellas al patio.
Abandonados de sus padrinos, los contendientes habían empezado á
pasearse, fingiendo que no se veían y sorprendiéndose mutuamente cuando
se miraban con el rabillo del ojo.
Los dos volvieron de golpe á la misma situación de la tarde anterior,
como si no hubiera transcurrido el tiempo, como si estuviesen aún en lo
alto de las gradas del Casino.
Todo lo que el príncipe llevaba pensado en las últimas horas y le había
seguido hasta allí, como un esbozo de remordimiento, se desvaneció de
golpe. ¡Este caballerito era el que había intentado abofetearle á él...
al príncipe Lubimoff!... Pronto iba á convencerse de lo que cuesta
semejante atrevimiento.
Pero su cólera parecía menos violenta que en el día anterior, más
razonada, como obra exclusiva de su voluntad; y esta blandura acabó por
irritarle contra sí mismo.