--Nada de cánticos y de aturdido regocijo; todos silenciosos, cansados y

sucios, de una suciedad épica. Cada vagón parecía una jaula de fieras,

por su olor acre de cuadra de circo. Eran jóvenes y tenían aspecto de

viejos: las barbas hirsutas, los uniformes manchados, las caras

apergaminadas por el sol, endurecidas por el frío, resquebrajadas por

los vientos. El calor les había hecho despojarse de los capotes y

mostraban sus camisas de franela de un color indefinible, impregnadas

del sudor de tantas fatigas y emociones.

Se adivinaba en ellos al batallón predestinado que siempre llega á

tiempo para sostener los choques más rudos; el que aparece puntualmente

en los lugares de mayor peligro, con esa mansedumbre heroica del fuerte,

que deja que le exploten, y trabaja, no sólo por él, sino por todos los

demás que trabajan menos. ¿Dónde no habían peleado estos hombres? En su

propio suelo, en el de los aliados, tal vez en Oriente, y ahora tornaban

otra vez á la tierra de sus primeros combates. Cuando creían haberlo

hecho todo, se enteraban de que aún no habían hecho nada. En el tejer y

destejer de la guerra, era preciso empezar otra vez. Cuatro años antes

se imaginaban haber decidido el triunfo en las riberas del Marne, y

ahora volvían de nuevo al Marne. Todos los inviernos, metidos en el

barro, hundidos en la trinchera bajo la lluvia, se decían: «Este será el

último.» Y llegaba otro invierno, y luego otro, y á continuación otro,

sin que la vida cambiase. De aquí su gesto fatalista y resignado, un

gesto de hombres que se amoldan á todo y acaban por creer que su miseria

será eterna, que nunca volverán los humanos tiempos de la paz.

Cesó de hablar un momento y no hizo caso de la mirada de su amigo, que

parecía preguntarle qué interés podía tener para él este relato.

--Estábamos al borde de un terraplén, apoyados en la valla, y nuestras

cabezas quedaban al mismo nivel que las de los hombres agrupados en los

vagones. El largo convoy, cuya cabeza tocaba ya la estación, iba

avanzando lentamente. Las dos señoras agitaban sus pañuelos, sonreían á

los soldados, les enviaban palabras de saludo. Muchos permanecían

inmóviles, mirándolas con ojos de fiera adormecida. Llevaban cuatro años

de ovaciones, conocían la realidad, la terrible realidad que existe

detrás de ellas. Otros, más jóvenes ó más ardorosos, despertaban á la

vista de estas dos mujeres elegantes. Galvanizados por las sonrisas, se

erguían, pasaban una mano por sus arrugadas franelas, enviaban besos,

intentaban recobrar su apostura de los tiempos en que no eran

soldados... De pronto, uno de ellos olvidó á las mujeres para fijarse

en mi, que también les saludaba con mi sombrero, dando vivas. Era una

especie de diablo rojo y amargo.

Castro le veía aún, como si asomase su cabeza por una ventana del _bar_;

vería tal vez mientras viviese el pergamino blancuzco de su cara,

tirante sobre las aristas de los pómulos; la barba roja colgando de sus

mandíbulas, como si fuese postiza, y sobre todo, sus ojos sarcásticos,

insolentes, de un color verde turbio, igual al de las ostras. Era el

soldado que critica, rezonga y habla contra sus oficiales mientras

cumple sus órdenes. En la vida civil debía haber sido el antipático

rebelde que no concede su aprobación á nada. Al cruzarse sus ojos con

los de Castro, experimento éste un sentimiento de repulsión. Adivinó al

hombre con el que se tiene irremediablemente un choque en la calle, en

el tranvía, en el teatro. Y sin embargo, nunca iba á olvidar su

encuentro de un segundo con este soldado que pasaba y se perdía á lo

lejos, sin mas tiempo que el necesario para dejar caer cuatro palabras.

Despreció á las dos mujeres con su sonrisa irónica. Luego, á Castro, que

seguía tremolando su sombrero, le señaló el fondo del vagón, gritándole:

--¡Aún queda un sitio!...

Y no dijo más.

--Dijo bastante, Miguel. Esa voz agria la estoy oyendo desde entonces:

la oiré siempre, en mis mejores instantes, si continúo aquí. ¿Y la

mirada de sus ojos?... Adiviné todos sus insultos mudos, la comparación

rápida que hizo entre su miseria y mi aspecto de hombre fuerte y bien

cuidado. Yo era para él un cobarde que pasea con mujeres, mientras los

hombres están con los hombres, dando su vida por algo importante.

--¡Bah! Tú eres un extranjero--interrumpió el príncipe, que parecía

fatigado por las palabras de su amigo.

--Yo vivo aquí, y la tierra en que vivo no puede serme extraña. Esta

guerra es por algo más que cuestiones de terreno: interesa á todos los

hombres. Mira á los norteamericanos, que todos creíamos muy prácticos é

incapaces de idealismos; saben que no van á ganar nada positivo, y sin

embargo entran en la lucha con todas sus fuerzas. Además, hay el alma

de las mujeres. ¿Creerás que las dos que venían conmigo rieron el

insulto del rojo, encontrándolo muy oportuno?... Y no me hables de que

las hembras se sienten atraídas en todas ocasiones por el guerrero. Tal

vez sea por el guerrero de los tiempos de paz, brillante y empenachado;

¡pero estos de ahora tienen un aspecto tan miserable!... No; existe algo

muy alto en todo lo que nos rodea, algo que tú y yo no hemos sabido ver,

á causa de nuestro egoísmo.

Su oyente volvió á levantar los hombros con indiferencia.

--Y cuando pienso á todas horas en mi encuentro de ayer, y veo el sitio

que me ofrecía burlonamente el maldito rojo, como si yo fuese una

hembra, como si nunca pudiera sentirme capaz de ocuparlo, ¡tú me

propones que arregle un encuentro mortal con otro de esos hombres que se

consideran, no sin razón, superiores á nosotros!... No; ya lo sabes: no

acepto.

Había abandonado el brazo del asiento y estaba de pie frente al

príncipe. Esto hizo un gesto de cansancio. Le aburrían las palabras de

Atilio, aquella historia infantil del tren, del soldado rojo y de la

invitación insolente. Eso sólo podía conmover á doña Clorinda; él tenía

asuntos mas inmediatos en que pensar. Ya que se negaba á servirle, podía

dejarlo solo.

--¡Adiós, Miguel!--dijo Castro, con la convicción de que este saludo iba

á ser algo más que una despedida momentánea.

--Adiós--contestó el príncipe sin moverse.

Cerca ya de la puerta, Atilio retrocedió.

--Sé lo que significa mi negativa y lo que me toca hacer. Adiós otra

vez. ¡Cree que si me pidieses otra cosa...!

Pero el príncipe interrumpió sus palabras con otro gesto de

indiferencia, y Atilio se alejó, disimulando su emoción.

Inmediatamente hizo su entrada don Marcos en el _bar_, como si hubiese

estado aguardando al otro lado de la puerta la salida de Castro. Nunca

le pareció al príncipe tan activo é inteligente su «chambelán».

--Todo está arreglado, marqués.

Como tenía la certeza de que Atilio no se dejaría convencer, había

buscado un segundo padrino. Pensó un instante en ir á Mónaco para hablar

á Novoa. Luego se acordó de sus relaciones con Valeria. Esta visita

equivalía á hacérselo saber todo á la duquesa. Además, el profesor no

entendía nada en tales asuntos y era compatriota de Martínez. ¡Ya había

bastante con que un español figurase enfrente del oficial!

--Tengo mi segundo--continuó--. Será lord Lewis.

Para él, era Lewis más lord que nunca. Le estaba agradecido por la

prontitud con que había aceptado su petición. Ganaba dinero aquella

tarde y su humor era excelente. Hasta se levantó de su asiento,

abandonando el juego para oir al coronel. Quiso llevárselo al _bar_,

afirmando que ante un _whisky_ se habla mejor, y Toledo adivinó por su

aliento que ya llevaba bebidos algunos para celebrar su buena suerte.

Lewis estaba dispuesto á servir á su amigo Lubimoff. En punto á duelos,

sólo conocía los del boxeo; pero se confiaba á la pericia del coronel y

apoyaría cuanto dijese... Inmediatamente había vuelto á su mesa.

Miguel dió sus instrucciones á Toledo. Un encuentro en condiciones

duras, como aquellos que él había presenciado en Rusia. No podía ser

menos: había recibido una bofetada. Y dijo esto con voz fosca,

convencido ya de la completa realización de la ofensa.

Al anochecer salió del Casino, huyendo de las personas conocidas que

invadían el _bar_ y le obligaban á sonreir y sostener frívolas

conversaciones, mientras su pensamiento estaba lejos.

Siempre, en sus grandes cóleras, cuando no podía apelar á una acción

inmediata y violenta, la excitación nerviosa iba seguida en él de una

laxitud que ablandaba sus músculos y sus nervios.

Con verdadero placer entró en Villa-Sirena, encontrando una nueva

voluptuosidad en todos los detalles de su bienestar. Aguardó leyendo la

llegada del coronel. A las nueve de la noche tuvo que comer solo. Luego

volvió á la lectura, pero en su dormitorio, acabando por acostarse con

el libro en la mano. Sonrió con una sonrisa que parecía una mueca al

pensar que su fatiga nerviosa le había hecho tenderse en la misma

postura de los muertos.

Fué pasando las páginas, sin perdonar una sola línea, y sin embargo no

podía decir qué es lo que estaba leyendo. De pronto, su atención se

concentraba para recordar. Algo le había ocurrido; algo le esperaba.

«¡Ah, sí!» Y después de reconstruir en su memoria lo de aquella tarde é

imaginarse lo del día siguiente, volvía á su lectura sin sentido.

Las páginas fueron desvaneciéndose como pedazos de niebla; sintió su

mano más ligera: el libro acababa de caer sobre la cama. Instintivamente

buscó el botón eléctrico para hacer la obscuridad, y antes de perder

completamente la percepción del mundo exterior oyó sus primeros

ronquidos.

Una luz hiriéndole en los ojos le hizo incorporarse. Vió al coronel

junto á su lecho. El profundo silencio de la noche, que aún parecía más

absoluto sostenido por el rumor del mar, se rasgaba á lo lejos con el

jadeo de un automóvil.

El príncipe se restregó los ojos. ¿Qué hora era?

--La una--dijo don Marcos.

Todo estaba convenido. El encuentro sería al día siguiente, á las dos de

la tarde. No podía realizarse antes; aún le quedaban muchos preparativos

por hacer. El lugar escogido era el castillo de Lewis. En el principado

de Mónaco resultaba imposible un encuentro: todo él era á modo de una

casa de vecindad, sin el menor lugar discreto para que dos hombres se

mirasen frente á frente con una pistola en la mano.

Lubimoff casi se levantó de la cama á impulsos de la sorpresa. El tenía

la elección de armas, como ofendido, y había hablado á su representante

del sable, arma favorita de los duelos de su juventud. Toledo, por

primera vez, arrostró impávido la mirada furiosa de su príncipe.

--¡Marqués--dijo con dignidad--, no podía ser otra cosa! Hay que pensar

que ese pobre joven es un convaleciente, casi un inválido. Yo me admiro

de que haya obligado á sus padrinos á admitir la pistola. Sus

representantes no querían aceptar nada. Son de los que creen que este

duelo no debe realizarse.

Miguel se calmó. Un sentimiento de equidad le hizo aceptar la decisión

de Toledo. Aquel enfermo no era un enemigo digno de su sable; había que

establecer cierta igualdad entre los dos, y para eso servía la pistola,

única arma que se presta á las sorpresas y caprichos del azar.

«De todos modos lo mataré», pensó Lubimoff, acordándose de sus

habilidades de tirador.

--Advierto á su Alteza--siguió diciendo el coronel--que lo mismo da un

arma que otra. Ese joven y sus dos amigos conocen todo lo referente á la

guerra, pero no tienen noción alguna de lo que son los duelos y de las

armas que se usan en tales lances.

Luego enumeró las condiciones. Distancia, quince metros; una bala cada

uno, pero podrían apuntar y hacer fuego mientras él, que iba á ser el

director del combate, contaba de uno á tres. Con un tirador como el

príncipe, estas condiciones resultaban graves.

Efectivamente; el príncipe las encontró aceptables.

--Buenas noches--dijo sumiéndose en la cama y remontando el embozo hasta

sus ojos.

El sueño volvió á apoderarse de él, una vez satisfecha su curiosidad.

Toledo hubiera querido hacer lo mismo, pero tenía que cumplir antes

sagrados deberes de su ministerio, y vagó por diversas habitaciones,

registrando muebles, subiéndose en las sillas para huronear en lo más

alto de los armarios. Buscaba una caja de pistolas de desafío que le

había regalado en Rusia uno de los generales amigos del difunto marqués.

Cuando al fin la encontró, tuvo que dedicar más de una hora á la

limpieza de estas armas de lujo, que habían perdido su brillo de plata

en el olvido de un largo encierro.

Se sentía fatigado, y al mismo tiempo la consideración de su importancia

ahuyentaba su sueño. El alma de aquel drama que se estaba preparando

para el día siguiente era él, sólo él. Faltos de su asistencia, ni Su

Alteza ni Martínez podrían batirse. Lord Lewis y los dos militares que

representaban al adversario eran incapaces de una idea, y tenían que

seguirle como discípulos.

La conciencia de esta superioridad le hizo recordar todas sus gestiones

y triunfos desde media tarde á media noche.

Había ido en busca de Martínez con cierta indecisión. Contra su deseo,

encontraba razonadas las protestas de Atilio. Tal vez era cierto cuanto

decía, y este duelo resultaba un disparate, una locura del príncipe.

Pero sus ideas tradicionales se encabritaron ante estos escrúpulos. «El

honor es el honor...» Y experimentó la alegría del que, luego de dudar,

se convence de que está en lo cierto, al oir que el teniente aceptaba la

reparación por las armas con regocijo y con cierta prisa, como si

temiese que Toledo se arrepintiera, retirando su proposición. ¡Joven

heroico y pundonoroso! Don Marcos encontraba natural que procediese así.

¡Era de la misma tierra que él!...

Por un momento ocupó su memoria la imagen de la duquesa. Tal vez era

ella la causante involuntaria de este choque, y el mozo se sentía

animado por la vanidad. Iba á figurar en un duelo como los que había

leído en las novelas de su adolescencia; iba á ser protagonista de uno

de aquellos dramas elegantes que á él le parecían de otro planeta...

Pero el coronel desechó á continuación estas suposiciones, sugeridas por

la franca alegría con que Martínez aceptaba su reto, como si le invitase

á una fiesta.

A partir de aquí empezaron las desorientaciones de Toledo. El mundo

estaba cambiado, totalmente cambiado, y él marchaba de asombro en

asombro.

Para favorecer á su compatriota, quiso saber qué armas manejaba con

preferencia.

--¡Conozco tantas!--exclamó Martínez.

En un asalto había herido con la punta del sable á un alemán gigantesco

que le amenazaba con su bayoneta. Tuvo que forcejear contra una cosa

dura que crujía, enviándole al rostro un caño de sangre. Luego, al

serenarse, vió que había metido el arma por la boca de su adversario,

rompiéndole las vértebras. Conocía también el revólver, pero no era

tirador. En otras armas era más experto: la granada de mano, que le

hacía recordar los juegos de pelota de su infancia; la ametralladora,

que había manejado como simple sirviente; los explosivos arrojados con

honda. Hasta tenía sus habilidades de artillero, pero artillero de

trinchera, para cargar morteros de tiro corto y enviar torpedos y

proyectiles asfixiantes á la trinchera inmediata.

Sonrió desdeñosamente al insistir don Marcos en la esgrima del sable. El

tenía una esgrima suya: irse sobre el adversario y pegar antes que éste.

Pero en el cuerpo á cuerpo prefería el cuchillo. Con el revólver jamás

se entretenía en apuntar. No disparaba hasta verse junto al enemigo, y

así el tiro era seguro.

--¿Y la pistola de desafío?--preguntó el coronel.

--La desconozco. Me gustaría verla: debe ser algo curioso.

La mirada de Toledo vagó indecisa por el pecho de aquel oficial, como si

inventariase sus condecoraciones, deteniéndose en las estrellas que

moteaban la cinta rayada de su Cruz de Guerra. Cada una de ellas era

símbolo de una hazaña.

Cuando el teniente lo presentó á sus padrinos, continuaron las

desorientaciones de don Marcos. Eran dos capitanes muy jóvenes. Toledo

les supuso veinticinco ó veintiséis años de edad. Su uniforme muy ceñido

al talle, su kepis de última moda, su apostura gallarda, placieron al

coronel, que los calificó inmediatamente de militares de carrera. Debían

proceder de la Escuela de Saint-Cyr; su ojo de profesional no podía

engañarse: eran otra cosa que el humilde Martínez.

Uno de ellos ostentaba medio rostro quemado por los líquidos inflamables

de los alemanes; el otro lo tenía surcado por una red de hilillos rojos

que eran vestigios de cicatrices. Los dos cojeaban; pero el uno

francamente, apoyado en su garrote, con un pie enorme cubierto de

envoltorios y metido en un zapato de fieltro; mientras su compañero, que

tenía una pierna rígida, usaba calzado ajustado y brillante, afirmándose

con coquetería en un junco fino, que prestaba verdaderamente servicios

de muleta.

Sus primeras palabras fueron poco gratas para el coronel y Lewis. ¿Qué

era aquello de un «civil» permitiéndose insultar á un soldado que estaba

convaleciente de sus heridas? ¿Y qué monserga la de proponer un duelo

en plena guerra? El que desease morir ó matar no tenía mas que ir al

frente, como los demás... Pero Martínez, que aún no se había retirado,

intervino, entablando con ellos una rápida discusión. ¿Querían ó no

querían hacerle el favor que les había pedido como camaradas? Los dos

manifestaron un pensamiento. Para ellos, lo lógico era haber dado fin á

la querella en la misma escalinata del Casino: dos trompazos á aquel

«emboscado» que no iba á la guerra y se permitía molestar á los que

cumplían su deber. Hablaban como buenos conocedores de la fragilidad de

la existencia, como hombres que saben lo poco que cuesta quitarle la

vida á otro hombre ó perder la propia, y ríen, por instinto, de la

importancia, las ceremonias y las pretendidas equidades con que se rodea

en tiempos de paz un simple encuentro individual... Pero, en fin, ya que

su camarada tenía empeño en que le representasen en esta farsa, le

darían gusto, aunque luego su complacencia les costase un arresto.

Apenas se hubo retirado Martínez, uno de los dos capitanes, el del pie

elefantíaco con zapato de fieltro, confesó su falta de idoneidad.

--Yo no he presenciado nunca desafíos en Burdeos. Ignoro cómo son. Antes

de la guerra era comisionista de vinos en Méjico. Me embarqué con todos

los franceses que vivíamos allá, y por milagro no nos apresó un corsario

_boche_. Empecé como soldado de segunda clase; pero he hecho lo que he

podido... Si fuese un asunto comercial, daría mi opinión: ¡pero en esto!

Tal vez mi camarada...

¡Otro Martínez! Don Marcos olvidó al capitán del zapato de fieltro. Era

el Lewis de la parte contraria. Toda su atención se concentró en el

capitán de botas brillantes y junquillo juguetón. Este debía ser un

adversario digno de él. ¡Lástima que sus ojos claros tuvieran una

expresión irónica de hombre que todo lo toma á risa, y por debajo de su

bigote rubio, muy recortado, á la inglesa, vagase un ligero gesto de

insolencia!

Había nacido en París; lo declaró con orgullo á las primeras palabras; y

cuando don Marcos le fué sondeando astutamente para saber si era experto

en lances de honor y había presenciado muchos desafíos, dijo con

sencillez:

--Más de cien.

No se había engañado Toledo. Este era el hombre con quien tendría que

luchar. Luego pensó en la cifra, apreciando al mismo tiempo la edad del

capitán. ¡Más de cien, y seguramente no pasaba de veintiséis años!...

Tuvo el presentimiento de que iba á habérselas con algún esgrimidor

ilustre cuyo nombre glorioso había sido obscurecido momentáneamente por

la guerra.

Ellos dos hablaron únicamente. Al principio, el capitán pareció

burlarse, con una gracia parisién, de los términos solemnes y

altisonantes con que don Marcos trataba las cuestiones de honor. Pero su

grave y tenaz prosopopeya acabó por vencer á este fisgón, que se puso á

su mismo tono, interesándose en el asunto y reconociendo su importancia.

En ciertos momentos, el coronel sintió dudas al escuchar cómo su

contrincante formulaba verdaderas herejías, revelando una ignorancia

absoluta de los grandes tratadistas que han codificado los encuentros

entre caballeros. ¡Y este hombre había asistido á más de cien lances de

honor!... Después se asombró de la prontitud con que se apropiaba los

textos citados por él, de la agilidad con que se había asimilado sus

clásicos, volviéndolos al revés, en apoyo de sus afirmaciones.

Cuando el encuentro fué concertado hasta en los menores detalles, el

capitán resumió sus impresiones con una sencillez que dió frío á don

Marcos.

--Quedará herido uno de los dos, ó tal vez los dos. No es cosa

extraordinaria. ¿Quién no está herido en estos tiempos? La cirugía ha

adelantado mucho; es otra cosa que al principio de la guerra. El que no

muere en el acto, se salva casi siempre. Además, los llevarán á la cama

y no quedarán abandonados días y días sobre el terreno, como ocurre en

los combates.

Pero el gesto de placidez con que hablaba de las heridas se fué

convirtiendo en una expresión torva.

--Supongo--continuó--que no tendremos muertos; porque si mi camarada

Martínez, que es bueno como un cordero y al que quiero mucho, muere en

esta broma, yo mato á su príncipe a continuación, sin regla alguna,

como se mata á un _boche_ en el frente.

Fué tan sincero el tono de estas palabras, que el coronel, impresionado

por ellas, no reparó en lo extrañas que resultaban dichas por un

especialista de las leyes del honor.

La conversación se hizo más íntima y cordial, como ocurre siempre que se

da por terminado un negocio arduo. Toledo tuvo que contarles su vida

guerrera--como él se la imaginaba, á través de los años--, y los dos

jóvenes, que habían asistido á combates de millones de hombres,

mostraron el mismo interés de los niños que escuchan un cuento exótico

ante este relato de obscuros encuentros de montaña, que ni nombre

tenían, y sólo perduraban exageradamente en la memoria de don Marcos.

El capitán parisién, elegante y gracioso, habló igualmente de su pasado.

--Yo, antes de la guerra, trabajaba en la reventa de billetes de los

teatros del bulevar. No tengo otro oficio.

Hizo un esfuerzo el coronel para contener su sorpresa... Sí que había

visto más de cien duelos; pero era en las obras dramáticas, sobre las

tablas, entre cómicos, que dan á los preparativos del encuentro una

lentitud ceremoniosa para prolongar la ansiedad del público. Debió

adivinarlo al oir sus disparates. ¡Cómo se había burlado de él!...

Pero inmediatamente sus ojos bajaron hasta el pecho de los dos jóvenes.

Iguales á Martínez: la Legión de Honor, la Medalla Militar, la Cruz de

Guerra con estrellas. La del antiguo revendedor de billetes hasta se

mostraba cruzada por una palma de oro.

¡Ay! El mundo había cambiado. ¿Dónde estaban los tiempos de don

Marcos?... Luego pensó en todo lo que había hecho en su vida para

considerarse superior: asistir ceremoniosamente á varios duelos, muchas

veces sin resultado alguno. Pensó también en lo que habían hecho y

habían visto estos jóvenes en menos de cuatro años. Su origen obscuro le

trajo á la memoria á numerosos guerreros de Napoleón de nombre célebre y

peor origen. Algunos llegaron á ser reyes, mientras que estos pobres

capitanes, una vez terminada la guerra, tendrían que volver, cargados de

gloria, á sus antiguas ocupaciones, batallando diariamente por la

conquista del pan.

Se separaron, conviniendo en verse después de la comida, para firmar el

acta de las condiciones del encuentro. Los cuatro estaban de acuerdo.

Pero al mencionar dicha cifra, Toledo se fijó en que sólo eran tres.

Lewis había asistido con cierta impaciencia á los largos exordios de la

entrevista en un diván del atrio del Casino.

--Un amigo me espera.... Vuelvo al momento.

Y se había metido en las salas de juego, lugar vedado á los oficiales.

No podía el coronel hacerse ilusiones sobre la duración de este momento,

á pesar de que iban transcurridas cerca de dos horas. Después de

separarse de los capitanes, encontró á Lewis en una mesa de «treinta y

cuarenta», teniendo ante sus manos un montón de placas de mil francos.

Al principio no entendió lo que Toledo le decía al oído. Tuvo que hacer

un esfuerzo para recordar.

--¡Ah, sí; lo del duelo!... Usted tiene toda mi confianza; haga lo que

quiera, firmaré lo que me presente, pero no me levanto aunque me

avisasen la muerte de Lubimoff. ¡Qué día este, amigo mío! ¡Si todos

fuesen así!

Y le volvió la espalda para aprovechar el tiempo, antes de que cambiase

el vuelo de la suerte.

Los enemigos de la mujer · 第 28 / 37 段