Necesitaba concentrar su rencor en alguien que no fuese ella, y como

Miguel creía no haber perdido la lógica, hizo caer la responsabilidad de

todo sobre Martínez. Este era el único culpable. De no entrometerse en

la vida de los dos, Alicia, al verse sola en su desgracia, habría

buscado más que antes el apoyo del príncipe. ¡Qué regalo les había hecho

«la Generala» al presentar á este aventurero!

En vano su razón intentó argüir que no era el oficial el que iba en

busca de Alicia, sino ésta la que lo conservaba en su casa, aislándolo

de sus antiguas amistades. Lubimoff no renunció á su rencor. Era

Martínez y nadie más el que se colocaba entre ambos.

Hasta entonces sólo había fijado su atención ligeramente en este

muchacho, al que Toledo llamaba «el héroe». ¡Eran tantos los héroes en

el momento presente! Su odio fué despojándolo del prestigio que le daban

sus hazañas y su desgracia. Lo vió sin uniforme, sin sus cruces y sus

heridas, tal como debió ser antes de la guerra: un pobre empleadillo, un

dependiente de comercio, que nunca había puesto sus ilusiones amorosas

más allá de una modista ó una dactilógrafa... ¡Y éste era el personaje

interesante que se erguía enfrente de él!... ¡Tiempos intolerables!

Paseó al día siguiente toda la mañana por sus jardines, resuelto á no

volver á Monte-Carlo. Sentía despecho al recordar la ternura con que

Alicia había hablado de su protegido. Era mejor no tropezarse con él.

Pero en la tarde le pesó la soledad de su hermosa «villa», que parecía

abandonada. Atilio, el pianista, hasta el coronel, todos estaban en el

Casino. El también quiso ir, para confundirse con aquel público que se

ocupaba al mismo tiempo de los incidentes de la guerra y de los azares

del juego.

En el atrio marchó hacia los grupos de lectores agolpados ante los

últimos telegramas. La gente tenía por buenas las noticias, ya que no

eran extremadamente malas, como en los días anteriores. Los aliados

habían detenido el avance del enemigo, inmovilizándolo sobre el terreno

que acababa de conquistar. Seguía el bombardeo de París por los cañones

de gran alcance... Y nada más.

Un hombre hacía comentarios en alta voz. Era Toledo, que, como todas las

tardes, daba su conferencia de estratega ante un semicírculo de

admiradores. Vuelto de espaldas al príncipe, iba soltando el chorro de

su límpido optimismo, de su fe simple, que desgracias y reveses no

lograban conmover.

--Ahora ya los han clavado sobre el terreno: no avanzarán. Dentro de

poco será el contraataque. Lo sé; me consta.

Se frotaba las manos, guiñando un ojo maliciosamente.

--Y los americanos llegan y llegan. Hay día que desembarcan diez mil.

¡Un pueblo maravilloso!... Lo que yo he dicho siempre: ese Wilson es un

grande hombre. Lo conozco bien.

Todos escuchaban con deleite esta voz de esperanza que refrescaba los

corazones antes de que se entregasen á las angustias de la ruleta y el

«treinta y cuarenta». Hablaba con la autoridad de un hombre bien

relacionado y que puede saberlo todo. «Conocía á Wilson»; él mismo

acababa de declararlo. Además, era un coronel--aunque nadie sabía de qué

ejército--, un «técnico», incapaz de expresarse caprichosamente. Y

muchos se trasladaban sin perder tiempo á las salas de juego para

repetir sus comentarios, como personas bien informadas.

El príncipe se alejó, temiendo cortar con su presencia este triunfo

profesional, que se repetía todas las tardes.

Al pasearse por el atrio, antes de entrar en los salones, vió junto á

una columna un grupo de oficiales franceses, todos convalecientes.

Privados de ir más adentro, á causa de su uniforme, permanecían allí,

mirando con cierta envidia á los «civiles». Unos se mantenían erguidos,

sin dolencia visible, con una delgadez de aguiluchos, la nariz picuda,

los ojos audaces, el bigote alborotado; otros, de cara juvenil, se

encogían como valetudinarios, apoyados en sus bastones, con el pecho

hundido bajo las desmayadas arrugas del paño del uniforme, y haciendo

una larga pausa de reconcentrada voluntad cada vez que deseaban mover

sus piernas. Algunos habían llegado á Mónaco como incurables, después de

un largo cautiverio en Alemania; los demás venían de los hospitales de

la línea de fuego; y todos mostraban una desorientación gozosa al verse

en este rincón paradisíaco, donde las gentes parecían olvidadas del

resto de la tierra y los ojos femeninos les seguían con una expresión

enigmática, entre amorosa y maternal.

La diestra de uno de estos militares se elevó hasta su visera para

saludar al príncipe. Este se fijó en el color amarillento del kepis,

luego en el uniforme del mismo color y la línea policroma de las

condecoraciones. Era Martínez, el teniente de la Legión extranjera, que

le saludaba con cierta timidez, pero satisfecho al mismo tiempo de que

sus compañeros le viesen en buenas relaciones con un personaje famoso

del que tanto se hablaba en la Costa Azul.

Miguel devolvió el saludo maquinalmente y siguió adelante. Este momento

quedó fijo en su memoria para toda la vida. Los años y la cordura que

éstos traen consigo parecieron desprenderse de él como las cortezas

secas de un árbol que renace. Se creyó vuelto á la juventud. Fué por

unos instantes aquel capitán Lubimoff de la Guardia imperial,

atropellador de obstáculos y desconocedor del escándalo cuando alguien

se oponía á su voluntad.

Volvió á mirar de lejos el grupo de oficiales. ¡Y este teniente de pobre

estatura, que parecía un tenedor de libros elevado por la movilización,

era su enemigo!... Creyó verlo por primera vez. Perdido entre sus

compañeros aún le pareció más insignificante que en sus visitas á

Villa-Sirena.

Permaneció inmóvil, con su mirada fija en el grupo. «¡Vas á cometer un

disparate!», gritaba una voz en su interior. Y pasó por su memoria la

imagen del duro Saldaña, bondadoso y tolerante con los débiles, como

todos los que están seguros de su fuerza. Una frase que no había

recordado nunca cruzó ahora su pensamiento: «El caballero debe ser bueno

y no abusar nunca de su fuerza.» Estaba seguro de que su padre le había

dicho esto siendo él niño... Pero á continuación, la dualidad que

existía en su interior se expresó por medio de otra voz más fuerte é

imperiosa, una voz femenina igual á aquella otra que le aconsejaba en su

juventud: «Gasta, no te prives de nada, colócate sobre todos; piensa

siempre que eres un Lubimoff.» Y vió á la difunta princesa, no de María

Estuardo, con su luto teatral, sino dominadora y todavía bella, lo mismo

que cuando aterraba con sus cóleras á su esposo «el héroe» y ponía en

revolución el palacio de París.

Maquinalmente se aproximó al grupo de oficiales, y sus ojos volvieron á

tropezarse con los de Martínez. Este vino hacia él con una sonrisa

interrogante. Miguel comprendió que le había hecho un signo de

llamamiento sin darse cuenta de ello, por un impulso de su voluntad,

que parecía moverse completamente desligada de su razón. ¡Tanto peor!...

¡Adelante!

Con cierto apresuramiento se fué llevando al joven hacia el vestíbulo

del Casino, como si quisiera evitar la presencia de los grupos que

llenaban el atrio.

--Teniente, voy á decirle una cosa... Necesito... pedirle un favor.

Balbuceaba, no sabiendo cómo expresar un deseo que él mismo tenía por

absurdo. Esta indecisión, unida á las vacilaciones de su voz, acabó por

irritarle.

Se detuvieron junto á la cancela de cristales de la entrada. Martínez

había perdido su sonrisa, mirando con asombro el gesto duro y la palidez

del príncipe.

--En una palabra--dijo éste con resolución--: lo que yo tengo que

pedirle es que visite con menos frecuencia la casa de la duquesa de

Delille. Si se abstiene en absoluto de ir á ella, aún será mejor.

Y descansó, respirando con cierto desahogo, después de haber lanzado su

pretensión.

El asombro de Martínez fué en aumento. Dudó un instante, fijos sus ojos

en los de Lubimoff. No era una broma: la mirada agresiva de este

personaje que siempre le había tratado con amable indiferencia, la

sequedad de su voz, cierto temblor de su mano derecha, indicaban que

había expresado todo su pensamiento, y que detrás de este pensamiento

latía un odio enorme contra él.

La sorpresa le hizo hablar con timidez. El visitaba á la duquesa porque

esta señora le pedía que fuese á verla todos los días. Muchas veces

había sospechado que su asiduidad pudiera resultar inoportuna; pero

todos sus intentos de alejamiento eran inútiles. Apenas se ausentaba por

unas horas, aquella buena dama le hacía buscar. Se mostraba bondadosa

con él como una madre.

De repente, se desvaneció su tono humilde. Sus ojos adivinaron en los de

su interlocutor algo que él mismo no había pensado nunca. El teniente

pareció transfigurarse, creciendo hasta quedar al nivel del príncipe.

Brilló su mirada con el mismo resplandor fulvo que la del otro; todo su

cuerpo se arqueó con la tensión de un muelle que va á saltar; las

alillas de su nariz se agitaron nerviosamente. El empleadillo tímido de

ademanes recobraba su gallardía de hombre de combate. Su voz sonó ronca

al seguir hablando.

El iba adonde le llamaban, adonde quería ir, sin reconocer á nadie el

derecho de mezclarse en sus actos. Era la duquesa la única que podía

cerrarle la puerta de su casa. ¿Por qué intervenía el príncipe en los

asuntos de aquella señora sin consultar antes su voluntad?

--Soy su pariente--dijo Miguel, algo indeciso en su interior al invocar

este parentesco que muchas veces no había querido reconocer.

Los dos se vieron al otro lado de la cancela, sobre el rellano de las

gradas del Casino, en pleno aire, frente á los árboles de la plaza y los

grupos de paseantes que daban vueltas en torno del «queso». Tuvieron que

apartarse á un lado, para no impedir la circulación de los que entraban

y salían.

--Además--continuó el príncipe--, mi deber es evitar murmuraciones. No

puedo permitir que, viéndole á usted metido allá á todas horas,

supongan...

Casi se arrepintió de sus palabras al notar el doble efecto que

producían en el joven. Primeramente se indignó. ¿Había quien osaba

murmurar de aquella gran señora, tan santa para él? Pero esta protesta

fué acompañada de una irreflexiva satisfacción, de un orgullo pueril,

como si agradeciera, á pesar de todo, que mezclasen su nombre con el de

la otra en absurdas suposiciones. Parecía que Martínez acababa de

descubrirse á sí mismo, dando cuerpo y nombre á sentimientos obscuros

que hasta entonces sólo habían latido dentro de él en una forma

larvaria.

El alma celosa del príncipe fué adivinando, con aguda percepción, todo

lo que pensaba el otro, y esto avivó el incendio de su cólera. ¡Con qué

arrogancia asumía este empleadillo la defensa de Alicia! ¡Cómo se

delataba su enamoramiento!...

--Si alguien se permite hablar de la duquesa--dijo el teniente--, si

murmuran porque me dispensa el honor de recibirme en su casa (¡el mayor

honor de mi vida!), yo me encargaré de castigar al que invente eso,

aunque esté muy alto, aunque se crea muy poderoso...

Lubimoff le escuchó con impaciencia. Ahora era Martínez el que se

permitía atacarle. Sus últimas palabras significaban una amenaza para

él.

Además, se sintió irritado contra su propia torpeza. Su acción

imprudente sólo servía para que este joven abriese los ojos, pensando en

la posibilidad de muchas cosas que nunca había podido imaginar, y que,

de imaginárselas, las habría rechazado inmediatamente, por desatinadas.

¡Y era él mismo quien venía á demostrarle que, según la opinión de los

maldicientes, resultaban posibles tales cosas!...

El tono con que el oficial defendía á Alicia excitó aún más su cólera.

Adivinaba en él un gran orgullo, la vanidad del pobre muchacho que sólo

ha conocido las aventuras de amor á través de los libros, y de pronto se

ve en relaciones supuestas con una duquesa y rival de un príncipe. ¡Qué

gloria para un advenedizo!

--Joven...--dijo la voz dura de Lubimoff.

Esta simple palabra fué seguida de una mirada de altivez, de

superioridad aplastante, que pareció barrer todo cuanto la guerra había

puesto de extraordinario en Martínez: el uniforme, las condecoraciones,

las cicatrices gloriosas. Para él ya no existía el oficial; sólo quedaba

el pobre vagabundo de años antes yendo de un hemisferio á otro en busca

del sustento. «Joven...», repitió con un tono que resucitaba todas las

castas y las gradaciones sociales de los siglos muertos, para que el

interpelado se diese cuenta de la enorme separación entre su persona y

la del hombre que se dignaba darle consejos.

--Joven... acabemos. ¿Y si yo le ordeno que no vuelva más á esa casa?...

¿Y si le exijo que...?

No pudo terminar. Su voz amenazante, dura como un grito de mando,

indignó al hombre vestido de uniforme. ¡Haber arrostrado la muerte

durante tres años entre miles de camaradas que estaban ya bajo tierra;

despreciar la vida como algo cuya fragilidad se ha revelado á cada

minuto; despojarse para siempre, en fuerza de aventuras angustiosas y

heridas atroces, de ese miedo que el instinto de conservación pone en

todos los seres, para que ahora, en una ciudad de placer, á la puerta

de la más lujosa de las casas de juego, un hombre rico y poderoso, pero

que no había hecho nada útil en su existencia, se atreviese á

amenazarle!...

--¡A mí!...--dijo balbuceando de rabia--. ¡Darme órdenes á mí!...

Miguel sintió que una mano se agarraba á los botones de su chaleco. Era

como un pájaro temblón y agresivo, que se detenía un instante en su

ciego impulso para seguir volando hacia arriba. Adivinó la bofetada, é

instintivamente avanzó su diestra. Las dos manos se encontraron cuando

la del joven revoloteaba cerca del rostro del príncipe. Este, más

musculoso, contuvo la mano ofensora, la inmovilizó con dura presión, al

mismo tiempo que sonreía de un modo lúgubre. Los ojos se lo

empequeñecieron, volviendo sus vértices hacia arriba con el crispamiento

de la sonrisa. Eran unos ojos asiáticos. Su nariz se ensanchó con una

aspiración caballuna. Así debieron sonreir en sus malos momentos los

remotos abuelos de la princesa Lubimoff...

--Basta: la doy por recibida--dijo con lentitud--. Designe á dos amigos

para que se entiendan con los míos.

Y soltando la mano de Martínez, le volvió la espalda después de hacerle

un grave saludo. Los gestos de los dos habían sido rápidos. Sólo uno de

los porteros con kepis que montan la guardia en el rellano de la

escalinata había adivinado algo; pero su experiencia profesional le

aconsejó permanecer impasible mientras no hubiese golpes.

Creyó en una simple disputa por cosas del juego. Todo iba á arreglarse

con una explicación y á olvidarse después con una ganancia. ¡Había visto

tanto!...

* * * * *

El príncipe Lubimoff vuelve á entrar en el Casino. Atraviesa el

vestíbulo y el atrio llevando la cabeza alta, pero sin ver á nadie, con

la mirada perdida ante sus pasos.

Le parece que el tiempo ha vuelto de repente sus agujas atrás,

haciéndole saltar en el pasado, volviéndolo á la juventud. Marcha con

arrogancia. Se extraña de que el ruido de sus firmes pisadas no vaya

acompañado de un tintineo de espuelas y del metálico arrastre de un

sable. Al mismo tiempo empieza á ver rostros irreales, rostros que

desaparecieron de la tierra hace muchos años: el cosaco venido de una

remota guarnición de Siberia para vengar á su hermana; un amigo del

mismo regimiento del príncipe, que murió de una estocada en el pecho

después de una cena tumultuosa, mientras lloraba Lubimoff, súbitamente

despertado de su homicida embriaguez; otros á los que asistió como

simple testigo, pero que murieron y resucitan ahora en su memoria, fría

é insensible al remordimiento y á la lamentación.

--El coronel... ¿Dónde diablos estará el coronel?

Atraviesa las salas de juego, buscando una cabeza de pelo canoso partido

en dos secciones brillantes por la raya que se tiende rígida de la

frente á la nuca. La ve al fin sobre el respaldo de un diván, entre dos

sombreros de mujer, cuatro ojos orlados de luto y unas mejillas con las

arrugas rellenas de pasta blanca y pasta rosa. El príncipe interrumpe

con su mudo llamamiento unas explicaciones de la guerra que hacen

estremecer á las dos damas.

--Coronel: un asunto de honor. Quiero batirme mañana. Busca otro

padrino.

Toledo parece desconcertado por la orden. Su primer pensamiento vuela

hasta Villa-Sirena. Ve el negro levitón, la vestidura solemne del honor

pronta á salir de su encierro. Después se desliza por esta alegría una

nube de duda. ¡Un duelo!... ¿Será oportuno ahora que los hombres se

baten en masas de millones, dando su vida por algo más alto y más

general que los rencores individuales?... Sus creencias ahogan

inmediatamente este escrúpulo. «Un caballero debe estar á las órdenes de

otro caballero.» Además, es su príncipe. Y dispuesto á cumplir su

misión, pide el nombre del adversario.

--El teniente Martínez.

Don Marcos cree haber entendido mal; luego vacila sobre los pies y queda

mirando á Su Alteza con estupor. Instintivamente, sin darse el trabajo

de desenmarañar los confusos pensamientos que le asaltan, ve con la

imaginación á la duquesa de Delille. ¿Por qué ha abandonado el príncipe

sus prudentes doctrinas?... Se acuerda, como de un pasado dichoso, de

los tiempos en que florecían «los enemigos de la mujer». No han

transcurrido mas que cuatro meses, y parece que sean siglos. ¡Un duelo

en plena guerra... y con un oficial!... ¡Y este oficial es Martínez, su

héroe!...

Levanta los hombros, inclina la cabeza, hace un gesto de inhibición,

como siempre que su príncipe le da órdenes absurdas con un rostro duro

que le recuerda el de la difunta princesa en sus días borrascosos.

--¿Busco á don Atilio?... Ha tenido varios lances de honor; sabe lo que

es eso, y podrá ayudarme.

Lubimoff acepta. En el _bar_ de los salones privados esperará á los dos,

para hablar de las condiciones del encuentro.

Permanece inmóvil en su profundo sillón, frente á una ventana dorada por

la luz del ocaso, en la que se tejen y destejen los hilos de sombra

proyectados por el ramaje inquieto de los árboles. Le parece de pronto

que su espera resulta demasiado larga. Se le ocurre que Castro no está

en el Casino y don Marcos le busca inútilmente. De todo lo pasado apenas

se acuerda. La figura del oficial se ha hundido en la bruma gris que cae

sobre su memoria: no es ya mas que un contorno indeciso. Lo único que

puede ver, con un relieve y un agrandamiento exagerados, como si

estuviese junto á sus ojos, es una mano: una mano que se agarra á su

pecho y sube hacia su rostro que nadie golpeó jamás. La indignación le

hace salir de su huraño ensimismamiento. ¡A él! ¡Una bofetada al

príncipe Lubimoff!...

Cuando levanta los ojos ve á Toledo que se acerca, pero solo, con cierta

confusión, temiendo por adelantado la cólera del príncipe. Este, que se

siente bondadoso y tolerante después de sus violencias en la escalinata,

adivina lo que va á decirle. No ha encontrado á Castro. Y le absuelve

con una sonrisa benévola.

El coronel habla:

--Marqués: don Atilio no quiere.

¿Qué?... Y ante la mirada interrogante de Lubimoff, que no puede

comprender, que se resiste á comprender lo que escucha, Toledo repite,

cada vez más confuso:

--Se niega á aceptar la representación. Me ha dicho que busque á otro.

Tiene unas ideas especiales que...

Y se abstiene de exponer estas ideas. Calla, para no decir algo que el

príncipe no debe escuchar de su boca; acepta como un bien el silencio de

asombro que se interpone entre él y Lubimoff; teme que éste salga de la

estupefacción en que le ha sumido su noticia.

Como desea alejarse, propone algo que le parece un remedio.

--¿Quiere Su Alteza que lo llame? Seguramente vendrá. Tal vez hablando

los dos...

Y se aleja para buscar á Castro, mientras Miguel Fedor vuelve á quedar

inmóvil en su asiento, sin comprender nada.

* * * * *

Lo vió de pie ante su velador, con cierto apresuramiento en sus gestos y

ademanes, como un hombre que arrostra una situación penosa y quiere

salir de ella cuanto antes.

El príncipe le invitó á ocupar el sillón inmediato, pero Castro sólo

quiso sentarse ligeramente en uno de los brazos del mueble, para indicar

su deseo de que la entrevista fuese corta. Además, habló él primero,

exponiendo rudamente su pensamiento, sin preámbulos.

--Te habrá dicho el coronel mi respuesta. No puedo... Bien sabes que soy

tu amigo: hasta me haces el honor de reconocerme como pariente; te debo

mucho; ¡pero eso que me pides... no! Es un disparate, una locura.

Forzosamente habíamos de terminar así; lo he presentido hace algún

tiempo. Tal vez tenías razón cuando hablabas de las mujeres y de la

necesidad de ser sus enemigos (si es que esto resulta posible). Pero de

nada puede servirnos recordar lo pasado: tú ya no eres el Lubimoff que

decía aquellas paradojas. Yo estoy loco, te lo concedo; pero tú lo estás

más que yo, y por eso no te sigo.

Miguel le miró fijamente, sin abandonar su silenciosa inmovilidad,

esperando que continuase.

--¡Un duelo en plena guerra! ¿Tiene eso sentido común? Tú eres un señor

que permanece tranquilo en su palacio, con todas las comodidades que

pueden obtenerse en la época presente, sin correr peligro alguno,

mientras media humanidad llora, sufre hambre, se desangra ó muere. Y

porque estás un día de mal humor (tú sabrás el motivo), ¿quieres batirte

con un pobre muchacho que vive casi milagrosamente, que está enfermo y

débil por haber hecho lo que tú y yo no somos capaces de hacer?... ¿Y me

pides que te represente en esa locura?...

El otro, siempre sumido en su asiento, dijo con voz sorda y rencorosa:

--Me ha insultado... ha querido abofetearme. He detenido su mano junto á

mi cara.

Esto hizo dudar un momento á Castro, que no tenía idea de la importancia

del choque entre los dos hombres. Pero su indecisión fué corta.

--Algo hay que no comprendo y que tú callas. La misma gravedad del

insulto me indica que hubo de tu parte un acto extraordinario.

¡Atreverse ese pobre muchacho respetuoso y tímido á querer abofetear á

un hombre como tú!... ¿Qué has hecho para excitarle hasta ese punto?

Lubimoff no se dignó responder. Sin abandonar su enfurruñada

inmovilidad, preguntó lacónicamente:

--¿Quieres ó no quieres?

Castro, irritado por tal actitud, contestó sin vacilar:

--Es un disparate, y no quiero.

Siguió la inmovilidad del príncipe ante esta negativa, pero Atilio creyó

adivinar sus ideas en la mirada hostil fija en él. Le acusaba de

ingratitud al verse abandonado. Al mismo tiempo hacía responsable á «la

Generala», creyendo que ésta había podido influir en su decisión. ¡Aquel

teniente era tan admirado por doña Clorinda!...

Como si contestase á sus ocultos pensamientos, Atilio siguió hablando.

--¿Tú crees que á mí me interesa ese muchacho con el que deseas batirte?

Me es indiferente; hasta confieso que me es antipático, por los grandes

extremos que hacen algunas señoras sobre su heroísmo. Eso molesta

siempre á los que no somos héroes. Pienso en lo insignificante que

sería hace cuatro años nada más. De conocerlo entonces, tal vez lo

habría visto de tenedor de libros en un hotel ó en la tienda de mi

camisero de París. Figúrate qué amistad!... Pero ha pasado sobre

nosotros la guerra, trastornándolo todo, haciendo emerger á unos,

hundiéndonos á otros en lo más profundo, sin la certeza de volver á

surgir, y ese muchacho es ahora «alguien», es más que tú y que yo; ha

servido de algo, y para mí es sagrado, á pesar de que me inspira envidia

y no admiración.

El príncipe hizo al fin un movimiento de protesta. Luego levantó los

hombros desdeñosamente y volvió á sumirse en su inmovilidad. ¡Aquel

aventurerillo más que él, porque le habían agujereado el pellejo en los

combates!...

--No nos entenderíamos aunque hablásemos toda la tarde--continuó

Castro--. Yo he cambiado mucho, y tú continúas siendo el de siempre.

Creo que ayer encontré mi «camino de Damasco». Me siento otro hombre.

Y por una necesidad de exteriorizar su gran perturbación interior,

siguió hablando, sin fijarse en si el príncipe le escuchaba.

El encuentro había sido cerca de la estación de Monte-Carlo, junto á la

vía férrea. El iba acompañando á dos señoras, una de las cuales le

interesaba mucho. (Miguel pensó otra vez en doña Clorinda.) Un tren de

soldados volvía de Italia; un tren sombrío, sin estandartes, sin ramas

de árboles adornando las portezuelas. Eran franceses. Los habían enviado

á Italia como refuerzo, después del desastre de Caporetto, y ahora los

volvían á llamar apresuradamente, para defender el propio suelo

amenazado.

Los enemigos de la mujer · 第 27 / 37 段