encontrarse con Alicia. Después de la tarde en que la tuvo entre sus
brazos, secando sus lágrimas, conteniendo las contorsiones de su
desesperación, besando su frente con un dolor fraternal, la verja de
Villa-Rosa se había cerrado detrás de él para siempre. «Ven mañana»,
gimió Alicia al despedirle. Y al día siguiente Valeria le cortaba el
paso con el aspecto confuso del que dice una mentira. «La duquesa no
puede recibirle; la duquesa desea estar sola.» Esta negativa
inexplicable se había ido repitiendo en los días sucesivos, cada vez con
mayor sequedad. Ahora era el jardinero el único que salía al sonar el
timbre, hablándole á través de la verja.
Su despecho le hizo cometer un sinnúmero de acciones pueriles y
envilecedoras. Rondaba por las cercanías de la «villa» como un celoso,
arrostrando la curiosidad de los transeuntes, valiéndose de los más
absurdos pretextos para disimular su espera, ocultándose con
precipitación cuando se abría la verja dando salida á alguien de la
casa. Esta vigilancia únicamente había servido para despertar su cólera.
Dos veces había tenido que esconderse mientras el teniente Martínez,
erguido dentro de su uniforme viejo, que le venía muy ancho, galvanizada
su flacura de enfermo por un deseo de mostrarse sano y arrogante,
entraba en Villa-Rosa, por la puerta abierta de par en par, como si
fuese el dueño.
Los había visto una tarde de lejos, á él y Alicia, en un coche de
alquiler que se alejaba por el otro lado de la calle, hacia las alturas
de La Turbie. Ella se preocupaba del herido, llevándolo maternalmente á
que respirase el aire de las cumbres. ¡Y el príncipe como si no
existiese!...
En vano la escribía cartas, y su tormento aún resultaba mayor al no
poder hablar con franqueza á sus allegados. El coronel, obedeciendo sus
insinuaciones, había hecho inútilmente varias visitas á la duquesa.
--¡Qué dolor tan inexplicable!--decía don Marcos--. No se comprende
tanta desesperación por un joven aviador que no era mas que su
protegido. A no ser que...
Pero su respeto no le permitía insistir en esta sospecha irreverente.
Con Atilio tampoco podía hablar. Para éste, el prisionero muerto en
Alemania era el mismo joven que él había conocido en París antes de la
guerra: el amante de la duquesa, que la seguía á todas partes y danzaba
con ella en los té-tango. Además, Miguel sentía miedo á lo que pudiera
añadir Castro, reflejando el pensamiento de «la Generala».
Esta, en el primer momento, al conocer la desesperación de Alicia, había
querido olvidar los pasados rencores, yendo espontáneamente á Villa-Rosa
para consolarla. Como era muy patriota, aquel muchacho muerto en
Alemania le parecía un héroe. Pero el repentino acaparamiento del
teniente español, aquella simpatía vehemente que obligaba á Martínez á
pasar el día entero con la duquesa, devolvieron á dona Clorinda su
hostil frialdad.
El príncipe adivinó lo que pensaban ella y su amigo, lo que tal vez
diría Castro si osaba hablarle de Alicia. «Acababa de perder á su
amante, y mientras lo lloraba con una vehemencia teatral, se iba
preparando otro, igualmente joven... Un verdadero crimen; porque el
pobre Martínez estaba condenado á morir, y sólo prolongaba sus días
gracias á una absoluta quietud. La más leve emoción representaba la
muerte para él...»
Lubimoff no podía decir la verdad. Su secreto era de Alicia. Unicamente
los dos sabían quién era aquel prisionero muerto en Alemania; y mientras
ella callase, él debía hacer lo mismo.
Una noche, el coronel le dió una noticia interesante. Al caer de la
tarde, cuando regresaba del Casino, había visto desde el tranvía á la
duquesa de Delille. Bajaba sola y vestida de luto de un coche de
alquiler, en el bulevar de los Molinos, frente á la iglesia de San
Carlos. Luego había subido las gradas que conducen al templo: iba sin
duda á rezar por su protegido. Y don Marcos dijo esto con cierta
emoción, como si la visita á la iglesia borrase todos los comentarios
que llevaba oídos en los últimos días.
Miguel tuvo el presentimiento de que este aviso iba á sacarle de su
incertidumbre. En aquella iglesia encontraría á Alicia. Y al día
siguiente, en las últimas horas de la tarde, empezó á pasear por el
bulevar de los Molinos, sin perder de vista el templo único de
Monte-Carlo, lugar de devoción para los jugadores y la gente rica, que
mantiene cierta rivalidad con la catedral del silencioso y aviejado
Mónaco.
Este continuo ir y venir acabó por interesar á los comerciantes de la
calle y á sus dependientas, muchachas de alto y complicado moño que
parecen soñar detrás de los escaparates, esperando un millonario que las
saque de su injusta obscuridad. «¡El príncipe Lubimoff!» Todos le
conocían, y era tal su fama, que inmediatamente cien ojos buscaron cuál
podía ser el objeto de sus paseos. Indudablemente, una mujer. Los
balcones solitarios empezaron á poblarse de cabezas femeninas que
seguían sus evoluciones con el rabillo de un ojo. Se levantaron muchos
visillos, marcándose detrás de los vidrios pupilas interrogantes y bocas
sonrientes. «¿Será por mí?...» Esta pregunta muda parecía extenderse de
fachada en fachada.
Aburrido de tal curiosidad, subió por un doble graderío á la plazoleta
solitaria que precede á la iglesia, empleando allí las mismas
estratagemas que cuando acechaba en las inmediaciones de Villa-Rosa. Se
asomó al interior del templo, punteado de rojo por las luces de unos
cuantos cirios. Sólo había en él dos mujeres del pueblo arrodilladas y
vestidas de luto: esposas ó madres de hombres muertos en la guerra. Al
volver á la plazoleta se entretuvo en leer y releer los títulos de todos
los papeles expuestos en un kiosco de periódicos. Luego se alejó por una
calle, volvió por otra, con aire indiferente, y se ocultó detrás de una
esquina, procurando no perder de vista la entrada de la iglesia. Aquí
resultaba tolerable su espera: no había transeuntes. La circulación del
vecino bulevar permanecía invisible, como si se desarrollase en el fondo
de una zanja. Sólo á través de las ramas bajas de los árboles se veían
pasar los techos de carruajes y tranvías.
Cerró la noche y ella no vino.
Al día siguiente Miguel volvió, pero discretamente, sin despertar la
curiosidad de los tenderos, permaneciendo largas horas en aquella
plazoleta de ciudad vieja, sin otro testigo que la mujer melancólica
que ofrecía sus periódicos en un kiosco sin parroquianos. Y tampoco
llegó.
El tercer día, cuando dudaba ya de la utilidad de esta espera, apareció
el busto de Alicia sobre el filo del último peldaño. Después fué
surgiendo todo su cuerpo, con sobresaltos que marcaban el avance de sus
pies de grada en grada. Caía la tarde. En las fachadas del bulevar, por
encima de la masa verde de los árboles, el sol fugitivo trazaba una
pincelada de oro á lo largo de los tejados.
La reconoció con el corazón antes que con los ojos, lo mismo que cuando
la había visto de lejos en un carruaje acompañando al oficial. Le
causaba extrañeza su capota negra con un largo velo de luto descendiendo
por la espalda. La emoción de su presencia y la costumbre del acecho le
hicieron retroceder, y ella entró en la iglesia sin verle. ¡Ah, ya la
tenía!... Esta vez no podría escapar, é iba á decirle muchas cosas,
¡muchas!... Pero al mismo tiempo que repasaba en su memoria
rencorosamente las justas recriminaciones preparadas con anticipación,
sintió miedo, un miedo irresistible á la brevedad de las respuestas de
ella, tal vez á su mutismo.
Dejó transcurrir un largo rato. Luego le agitó el deseo de verla otra
vez, aunque fuese de lejos, y entró en la iglesia cautelosamente,
queriendo evitar un encuentro prematuro.
Fué avanzando entre una doble fila de bancos desocupados. Allá en el
fondo estaban las mismas mujeres del otro día, siempre arrodilladas,
como si su dolor no conociese el tiempo. De la sombra surgieron poco á
poco los oros mortecinos de los retablos, y dos masas de colores, dos
haces de banderas, las de los países aliados, que adornaban el altar
mayor.
Creyó que Alicia acababa de huir por una salida ignorada al ver solas á
las dos implorantes en su silenciosa inmovilidad. Pero de una puerta
lateral salió ella, seguida de un acólito que llevaba dos cirios. Alicia
vigiló cómo estos cirios eran encendidos y colocados en un candelabro
frente á la Virgen. Luego se arrodilló, permaneciendo rígida sobre sus
rótulas.
Transcurrió el tiempo. Miguel la veía igual á las dos mujeres del
pueblo: una masa negra inmovilizada por el rezo y la súplica.
Unicamente, como signos especiales de su persona, distinguía las suelas
de su elegante calzado, dos pequeñas lenguas claras que se destacaban
sobre la corola negra de su falda. También veía la blancura de su nuca
estremeciéndose de vez en cuando, como si quisiera repeler el enroscado
velo de luto.
Sintió desvanecerse el rencor que le había hecho desear este encuentro.
¡Pobre mujer! El sabía, y nadie más, quién era aquel joven cuya muerte
venía á llorar en la iglesia. El recuerdo de la princesa Lubimoff surgió
en su memoria lo mismo que una imagen borrosa por el empolvamiento del
olvido. La princesa estaba demente, ¡pero era su madre y le había amado
tanto!...
Su egoísmo se sublevó en seguida contra esta emoción. Encontraba natural
que Alicia llorase á su hijo, pero no que se hubiera alejado de él sin
explicación alguna.
Avanzó hacia el altar mayor, con el deseo de verla de más cerca. Un
ligero movimiento de la orante le hizo retroceder. Era mejor que no le
reconociese. Consideró preferible aguardarla fuera de la iglesia, con la
ventaja de la sorpresa, sin dejarla tiempo para que inventase razones
justificantes de su conducta.
Empezaba á anochecer cuando salió Alicia, encontrándose con Miguel Fedor
que le cerraba el paso.
Ni el más leve estremecimiento que delatase asombro.
--¡Tú!--dijo simplemente.
Estaba muy pálida, tenía los ojos enrojecidos y húmedos, como si acabase
de llorar.
Tal vez le había visto dentro de la iglesia, y esperaba este encuentro á
la salida. La naturalidad con que acogió su presencia fué para él una
primera decepción.
Necesitaba hablar cuanto antes, dar salida á las quejas y
recriminaciones que había ido amontonando en los días anteriores. Eran
tantas, que abrumaban su pensamiento. Pero Alicia, como si temiese sus
palabras, se le adelantó, hablando á su vez con acento monótono y
triste.
Venía á este templo algunas tardes porque experimentaba de pronto la
necesidad de abandonar Villa-Rosa y sus terribles recuerdos. ¡Ay, la
llegada del telegrama!...
--Ahora soy creyente--dijo con sencillez.
Rectificó en seguida su afirmación, por modestia, no por orgullo.
Deseaba ser creyente, pero en realidad no lo era. Se acordaba de su
madre, la sencilla doña Mercedes. ¡Cuánto daría por tener la confianza
en el más allá de la buena señora! Aquella fe que en otro tiempo
provocaba sus burlas le parecía ahora algo superior. ¡No poder conocer
la resignación de las almas humildes!... Persistía en ella la
incredulidad de sus tiempos dichosos. Los que gozan las dulzuras de la
existencia no se acuerdan de la muerte ni piensan en lo que pueda haber
después de ella. Nadie siente un alma religiosa en un baile, en un
banquete, en un encuentro de amor. Ella necesitaba creer, porque era
desgraciada. Se acogía á la religión como un enfermo desesperado implora
al curandero en el que no tiene fe, porque la razón le muestra sus
errores, pero que al mismo tiempo le halaga con una absurda esperanza al
haber sanado á otros milagrosamente.
--El dolor nos hace místicos--continuó--. Lo que yo siento es no poder
serlo como lo son otros. Rezo, y la resignación no viene á ayudarme.
Se revolvía contra la nada de la muerte. ¡Aquella carne de su carne
estaba pudriéndose en un cementerio ignorado de Alemania! ¿Y esto era
todo?... ¿Ya no había más?... ¿Moriría ella á su vez y no volvería á
encontrar en una existencia superior aquel hijo en el que había
concentrado toda su voluntad de vivir? ¿Se borrarían ambos en la
realidad, como dos puntos microscópicos, como dos átomos, cuya vida nada
significa?...
--Necesito creer--dijo con toda la energía de su egoísmo maternal--. Mi
único consuelo es esperar que volveremos á encontrarnos en un mundo
mejor; un mundo que no conozca las guerras ni la muerte... Pero de
pronto me falta la confianza, y sólo veo la nada... ¡la nada! Soy muy
digna de lástima, Miguel.
Estas palabras no conmovieron al príncipe, á pesar de la desesperación
que Alicia ponía en ellas. Su ansia de enamorado sólo le dejaba pensar
en el presente.
--¿Y yo?--dijo con tono de reproche--. Me has abandonado en el mejor de
nuestros instantes. Eres desgraciada; razón de más para que no me alejes
de tu lado. Yo puedo alegrar tu vida... Adivino lo que piensas. No, no
pretendo hablarte de amor. Tal vez más adelante, ¡pero ahora!... Ahora
quiero ser tu compañero, tu hermano, lo que tú quieras que sea, pero al
lado tuyo. ¿Por qué huyes de mí? ¿por qué me cierras tu puerta como á un
extraño?...
Continuó desordenadamente sus quejas, sus protestas, sus rencores, por
aquel alejamiento inexplicable.
--¿Tengo yo alguna culpa de tu desgracia?--terminó preguntando--. ¿Soy
ahora otro hombre que la última vez que nos vimos?
Ella movió la cabeza tristemente. No podría convencer á Miguel por más
que hablase; era superior á sus fuerzas el explicar sus nuevos
sentimientos. Parecía desalentada ante el obstáculo que se había
interpuesto entre los dos.
--Déjame, olvídame; es lo mejor que puedes hacer... No; tú no has
cambiado, pobrecito mío. ¿Qué mal puedes haberme causado tú, tan bueno,
tan generoso? Me has ayudado á conocer la terrible verdad; por ti la he
sabido; y aunque esto me mata, lo creo preferible á la incertidumbre...
Tú no tienes la culpa, tú has hecho todo lo que yo te pedí. Pero
atiéndeme, te lo ruego: no me busques, evita nuestro encuentro. Es el
último favor que podrás hacerme. Sólo lejos de tu presencia encontraré
cierta tranquilidad.
La voz de Miguel dejó de ser suplicante, estremeciéndose con un temblor
de cólera. ¿Cómo podía ser él un obstáculo para su tranquilidad? ¿No
acababa de decirle que sólo quería ser un compañero de su desgracia,
olvidado del amor, con un afecto neutro y dulce, igual al de la
amistad?... Ahora que era desgraciada, sentía con más vehemencia el
deseo de permanecer á su lado. ¿Por qué capricho absurdo huía de él?
Alicia le miró con unos ojos lacrimosos que reflejaban las vacilaciones
de su pensamiento. Al fin pareció decidirse.
--Tú no has cambiado--dijo con voz sorda--, pero yo soy distinta. El
infortunio ha hecho de mí otra mujer. Yo misma no me reconozco... Una
idea fija me domina. Tal vez es absurda; si te la digo, sé que vas á
protestar con justa indignación. No, tú no tienes la culpa; pero es
mejor no verte. Tu presencia hace más grande mi remordimiento. Viéndote,
siento una vergüenza inmensa, un deseo de morir, de matarme. Tengo la
sospecha de que soy yo la que ha asesinado á mi hijo... Recuerdo lo
pasado entre nosotros: reconozco el castigo.
La cólera de Lubimoff se desvaneció ante estas palabras inexplicables.
Maquinalmente tomó las manos de ella con una dulzura acariciante, lo
mismo que si fuesen las de una enferma en pleno delirio. ¡Calma! ¿qué
estaba diciendo? ¿qué remordimientos eran esos? Las manos se dejaron
tocar á través de los guantes con una pasividad resignada, pero de
pronto resucitaron, desprendiéndose violentamente de las de Miguel, como
si acabasen de recibir un profundo choque. «¡No! ¡no!» Y el príncipe
tuvo la convicción de que entre los dos existía una especie de flúido
repelente, algo que no había conocido hasta entonces: el miedo á su
persona.
Quedó tan desconcertado y humillado por este movimiento retráctil, que
no supo qué decir. Ella aprovechó su silencio para seguir hablando, pero
como si tradujese á solas una pesadilla, como si no viera al hombre que
estaba ante sus ojos.
--Cuando me acuerdo... ¡qué vergüenza! Mi hijo, mi pobre hijo viviendo
como un esclavo, sufriendo hambre, recibiendo golpes, él tan noble, tan
hermoso... y su madre aquí, haciendo la niña, extasiándose con unos
amores ideales, dando paseos poéticos por los jardines, cambiando
besos... un romanticismo de vieja. Las locuras del juego aún podían
tolerarse. Jugaba pensando en él; el dinero era para él; ¡pero el
amor!... Parece imposible que haya podido hacer todo eso mientras mi
hijo estaba prisionero y yo carecía de noticias. ¿Qué fuerza demoniaca
me empujó?... Y Dios me ha castigado; y si no es Dios, el que sea: la
fatalidad, un poder misterioso que nos hace expiar nuestras faltas,
llámese como se llame.
Miguel quiso interrumpirla, pero ella siguió hablando.
--Sé lo que vas á decir; es inútil. Lo que tú digas me lo he dicho yo
muchas veces para convencerme de que mi creencia es absurda. ¿Y qué
probaría eso? Todo lo que no conocemos es absurdo, y ¡conocemos tan
pocas cosas!... No; mi remordimiento no se dejará convencer nunca; no
evitarás que de noche entretenga mi insomnio haciendo cálculos,
recordando fechas. Cuando empecé á interesarme por ti, mi hijo vivía
aún, y yo lo olvidé. Cuando nos paseábamos por los jardines de San
Martino, tal vez estaba agonizando de hambre, de sufrir martirios, ¡y
yo, como una heroína de novela, como una colegiala loca, besándome
contigo, haciéndote promesas!... Además, ¡la llegada del telegrama en la
misma tarde que ibas á venir tú, como algo definitivo en mi existencia!
¿No vea una intervención superior, un castigo á mi maldad?
En vano intentó el príncipe hablar otra vez.
--Por esto huyo de ti; por eso no he contestado tus cartas. Tú no tienes
la culpa; pero eres el remordimiento, y tu presencia resucita mi
crimen... Además, me conozco; no soy mas que una pobre mujer, como quien
dice la debilidad, la inconsciencia, el olvido. Te aceptaría como un
camarada de dolor, y como no me eres indiferente, tal vez acabase por
ceder á lo que deseas. Y eso sería horrible, más horrible aún que lo
otro; uno de esos atentados que cometen contra las leyes naturales los
que están enloquecidos por la pasión... No me busques; no quiero verte.
Tengo la certeza de que he matado á mi hijo. Si hubiese sido una
verdadera madre, pensando sólo en él, ¡quién sabe!... tal vez viviría
aún. Pero alguien quiso castigarme por mi conducta desnaturalizada, y lo
mató, para que yo despertase, cuando me creía más feliz en mi torpe
enamoramiento.
Miguel ya no quiso hablar. Sus ojos miraron á esta mujer con lástima y
desaliento. Recordó á la princesa Lubimoff y sus extravagantes creencias
en el misterio; á la misma madre de Alicia con sus manías devotas.
Resultaría inútil cuanto intentase decir. Aquella certidumbre absurda y
dolorosa se abría entre los dos como una profundidad que sólo el tiempo
podría rellenar.
El mutismo del príncipe sirvió para que ella perdiese la nerviosa
exaltación que le hacía expresarse con tanta vehemencia.
--Déjame--murmuró dulcemente--. ¿De qué modo servirte? Ya no soy una
mujer, soy una vieja; tengo tantos siglos como el dolor. Tú necesitas
una amante, y yo soy simplemente una madre... una madre con
remordimientos.
Su renuncia al pasado, la convicción de que sólo era una madre
desesperada, cortó su voz con un gemido, al mismo tiempo que sus ojos se
llenaban de lágrimas. Con una mano tímida apartó Miguel el pañuelo que
ella se había llevado al rostro para ocultar su llanto. Murmuraba frases
incoherentes, con la intención de consolarla; pero á continuación, la
cólera volvió á dominarle.
--Si realmente estuvieses sola--dijo con voz rencorosa--, yo podría
aguardar, y tal vez el tiempo acallase esos escrúpulos absurdos que te
atormentan. Pero tu soledad es mentira. Un hombre entra á todas horas en
tu casa como si fuese suya, mientras yo debo alejarme, según dices, para
que recobres la tranquilidad.
Alicia, por instinto femenil, se había apresurado á llevar otra vez el
pañuelo á su cara al sentirse libre de la mano de Miguel. Debía estar
fea con los ojos acuosos, la boca pálida, la nariz enrojecida por el
llanto. Pero las palabras del príncipe produjeron en ella tal sorpresa y
tal deseo de repeler una suposición injuriosa, que separó la arrugada
batista de su rostro.
--¿Te refieres á Martínez?... ¡Pobre muchacho!
Abandonaba la alegre sociedad de sus camaradas, sus paseos en grupo,
hasta las fiestas á que eran invitados los oficiales convalecientes,
para aburrirse en Villa-Rosa al lado de una mujer que sólo podía llorar.
Cuando ella deseaba venir á la iglesia, tenía que obligarle á que se
marchase por una hora ó dos al atrio del Casino con sus compañeros de
armas. ¡Las visitas del joven inválido representaban tanto para
Alicia!... Eran como una caridad.
--Me forjo la ilusión de que es mi hijo. Sus pocos años y su uniforme
ayudan á este engaño. Tú no has tenido hijos; no puedes saber la
necesidad que sentimos, cuando los hemos perdido, de poner nuestro amor
huérfano en otros seres, imaginándonos que se parecen á los que
murieron. Yo necesito continuar siendo madre, ya que no puedo ser otra
cosa; y ese infeliz no conoció á la suya, no tiene á nadie en el mundo,
está solo como yo... Déjame que busque un poco de ilusión allí donde
puedo encontrarla. ¡El pobre agradece tanto mi afecto! ¡Se siente tan
feliz en mi casa! Acuérdate: es un condenado á muerte, y sólo un cuidado
maternal, un atmósfera dulce y plácida, podrán prolongar sus días.
Ella deseaba realizar esta obra tal vez por egoísmo, por borrar de su
memoria con una larga acción generosa todo lo malo que había hecho
antes. Quería que fuese su hijo, un hijo inventado por su dolor, al que
dedicaría todo lo que era imposible hacer por el otro salido de sus
entrañas.
También calló ahora Miguel, comprendiendo la inutilidad de su
insistencia. Conocía el carácter de Alicia. Detrás de su voz quejumbrosa
adivinó la resuelta voluntad de mantener á su lado á aquel joven que
refrescaba sus sentimientos maternales y era á la vez un consuelo para
el remordimiento que se había forjado.
La consideración de su impotencia acabó por irritarle, haciéndole sentir
un cruel deseo de molestar á aquella mujer.
--Haces mal, Alicia. El mundo ignora tu secreto. Ya sabes lo que creía
antes de ti y de tu hijo. Tú misma reías, encontrando graciosos tales
errores... Ahora, el equívoco continuará con mayor razón. Muchos se
imaginan que has sustituido al joven que murió con otro joven.
Alicia perdió su triste serenidad.
--¡Qué infamia!--dijo--. ¿Cómo pueden creer eso? ¡Pobre Martínez!...
¡Tan bueno! ¡tan respetuoso!
Luego continuó con arrogancia:
--¡Que digan lo que quieran! Yo deseo olvidar al mundo; que el mundo se
olvide de mí... Ya he muerto.
Pero Miguel insistió en su rencor:
--El otro era tu hijo, y yo lo sabía. Este no lo es, y conozco el poder
de seducción que ejerces, aun contra tu voluntad. Acuérdate del «banco
de los viejos».
¡Ay! Por donde ella pasase, la mirada del hombre se engancharía en el
ritmo de su cuerpo: y aquel joven, aquel extraño, iba á acabar...
No pudo seguir.
--¡Tú también!...--exclamó ella--. ¡Adiós, Miguel! Siempre pensaré en
ti, pero es mejor dejar de vernos. No me guardes rencor. Tal vez algún
día...
Y resueltamente le volvió la espalda, descendiendo las gradas hacia el
bulevar.
El príncipe quedó inmóvil unos instantes. Luego avanzó hasta el borde
del último escalón, pero sólo pudo ver un carruaje con la capota
levantada, cuyos dos caballos emprendían el trote.
¡Y para llegar á esto había deseado con tanta vehemencia su encuentro
con Alicia!... El despecho le hizo juzgarse duramente; no había sabido
hablar. Después recordó todos sus razonamientos y sus recriminaciones,
asombrándose del poco efecto que causaban en ella. Era indudablemente
otra mujer. Alguien la había cambiado; alguien era el culpable de esta
absurda situación.
Gran parte de aquella noche la pasó reflexionando. No se le ocurría
censurar á Alicia. Hasta se arrepintió de sus palabras agresivas.
¡Infeliz! Una exaltación de su sensibilidad la hacía ver culpas y
remordimientos en todos sus actos anteriores.
«Además, las mujeres--continuó diciéndose--, al menor choque nervioso,
lo primero que pierden es la lógica.»