Almorzaron solos. Spadoni iba por el mundo después de su triunfo. Tal

vez estaba en Beaulieu con sus nuevos amigos los ingleses. A Castro lo

había encontrado Toledo entrando en el Hotel de París, donde vivía doña

Clorinda. Sin duda almorzaban juntos para hablar de la ganancia de la

duquesa. Atilio hasta había fingido no entender cuando el coronel le

habló del suceso. ¡Envidias!

Lubimoff se encogió de hombros. Todas las personas eran para él

fantasmas, y las malas pasiones una ilusión. No había mas que dos

realidades: él y lo que le esperaba.

Se vistió, después del almuerzo, con unas precauciones que le hicieron

sonreir por su minuciosidad absurda. Hasta cambió de corbata, buscando

otra de colores más apagados. Las dos y media.... Se contempló de pies á

cabeza en un espejo: traje gris obscuro, zapatos amarillos, un fieltro

blanco de anchas alas echado sobre los ojos para evitar el sol. Nadie

había visto así al príncipe. De lejos podían confundirle con un viajero

de los que visitan de pasada la Costa Azul y vienen á conocer una tarde

la ruleta de Monte-Carlo, marchándose en seguida.

Las tres. Salió de Villa-Sirena. El camino era largo y quería hacerlo á

pie. Este ejercicio robustecería su voluntad, disipando las dudas que le

asaltaban de nuevo. Pensó en el gesto íntimo realizado tantas veces en

otra época, como algo ordinario y maquinal. Su caviloso aislamiento en

los últimos meses parecía haberle entumecido. Sintió la desconfianza del

atleta que ha descuidado sus ejercicios y sospecha si no volverá á

encontrar su antiguo vigor. El miedo ante la simple idea de un fracaso

le devolvió la confianza. No era posible.... ¡Adelante!

Al llegar á la ciudad subió por unas largas escaleras de piedra hasta

las calles de Beausoleil. Esta desviación en su camino la consideraba

oportuna para cumplir las recomendaciones de prudencia que le había

hecho ella.

Entraría en la calle de Alicia por su parte alta, desprovista de casas.

Así evitaba el cruzarse con los vecinos que á estas horas descendían al

centro de Monte-Carlo.

A través de los solares en construcción y de las escalinatas que se

desarrollan pendiente abajo distinguió la inmensidad del mar, y en su

orilla la arboleda de los jardines, la larga masa del Casino á vista de

pájaro, con sus tejados verdosos y las cúpulas amarillas de sus salones,

la gran plaza, el jardincillo circular del «queso», y en torno de él

numerosas personas del tamaño de hormigas.

El príncipe sintió lastima por estos pigmeos. ¡Desdichados! Se

preparaban á jugar, á encerrarse entre paredes, bajo la luz artificial,

sin otra ilusión que la del dinero. A él le esperaba algo mejor: iba á

conocer por unas horas la única embriaguez interesante de nuestra

existencia. Luego rió con lástima de cierto demente que tenía su mismo

rostro y había querido fundar el grupo de «los enemigos de la mujer».

Abominar del amor, querer vivir sin la mujer; ¡pobre príncipe

Lubimoff!...

Las cuatro. Pasando entre pequeñas huertas, entró en la calle de Alicia.

El techo rojo de Villa-Rosa asomaba entre árboles, casi á sus pies.

Siguió bajando. Las piernas le temblaban levemente y se detuvo un

instante para serenarse, llevando una mano á su pecho. Después de una

revuelta, se le apareció la calle en toda su parte habitada, rectilínea

y suavemente pendiente hasta desembocar en una de las avenidas de

Monte-Carlo.

No vió á nadie, y apresuró su marcha para deslizarse en Villa-Rosa antes

de que asomase algún vecino. Pasó rápidamente ante los jardines, con el

aspecto de un hombre que teme llegar tarde al juego. Encontró

entreabierta la verja de entrada. Muy bien: Alicia se había ocupado en

facilitarle el paso.

Entró resueltamente en el pequeño jardín, y le pareció distinguir sobre

unas matas el rostro azorado del jardinero asomando un momento para

volver á ocultarse con precipitación... ¡Algo rara la curiosidad de este

hombre y su gesto despavorido! Pero huía, y el príncipe alabó su

prudencia.

Fué subiendo, con palpitaciones de emoción, los cuatro escalones de la

puerta. Cada uno de ellos despertó en su pensamiento una perspectiva

suavemente rosada como la carne femenil, una nueva visión inconfesable

que le volvía de golpe á su pasado. Percibió en el ambiente, con el

recuerdo más que con el olfato, un perfume conocido: el perfume de ella.

Vió vagamente todo lo que le rodeaba, como si se esfumasen sus

contornos. Le zumbaron los oídos; el deseo le galvanizó con dura

tensión, lo mismo que en sus mejores tiempos. Y con un ademán de

vencedor empujó la puerta, que sólo estaba entornada.

Una mujer salió á recibirle en el vestíbulo, una mujer cuya presencia le

hizo dar un paso atrás.

¡Valeria!... ¿Qué hacía allí? ¿Qué farsa era esta?...

La joven intentó hablarle, y él también quiso hablar al mismo tiempo.

Pero no pudieron.

Otra mujer apareció abriendo rudamente una puerta... Era Alicia, con las

ropas en desorden y el pelo alborotado. Viendo al príncipe, levantó las

manos y avanzó, muda é impetuosa, como si pretendiese abrazarlo. ¡Al

fin!... Nada le importaba la presencia de Valeria; no la vería. En

cambio le pareció que Alicia era distinta: más alta que nunca, más

pálida, con unos ojos que de pronto le infundieron miedo.

El abrazo cayó sobre él, y á continuación todo un cuerpo que parecía

derrumbarse, falto de fuerzas. Sintió contra su pecho un pecho jadeante;

los brazos de ella eran de una frialdad cadavérica; una lluvia cálida

humedeció su cuello.

--¡Miguel!... ¡Miguel!--gemía Alicia.

No pudo decir más. Se ahogaba. Un estertor hizo ondular su garganta,

como si por dentro de ella rodase una bola dolorosa.

El príncipe tuvo que apelar á toda su fuerza para sostener este cuerpo.

Sonó junto á él una voz con el mismo acento monótono y bajo que si

hablase en la habitación de un moribundo.

Era Valeria que también lloraba, sintiendo de nuevo el contagio de las

lágrimas.

--¡Ha muerto!... ¡Murió hace un mes!

Y le mostró un pequeño papel azul: un telegrama de Madrid, llegado media

hora antes.

IX

Spadoni, después de saludar á Novoa en la plaza del Casino, habló de los

ensueños que agitaban sus noches y de sus decepciones al despertar.

--Usted tiene la culpa, profesor. Cuando estábamos juntos en

Villa-Sirena, yo escuchaba esas cosas tan interesantes que usted sabe y

luego me dormía en paz. Ahora no encuentro allá con quién conversar. El

príncipe y Castro se muestran de un humor insufrible; apenas hablan y no

se acuerdan de mí. Yo llevo, como usted dice, una «vida interior»,

siempre á solas con mis pensamientos, y cuando paso allá la noche,

duermo mal, sufro de ensueños, muy hermosos al principio, pero luego muy

tristes. ¡Ay, qué buenas veladas las nuestras cuando hablábamos de cosas

científicas!

Novoa sonrió. Para el músico, el juego y sus misterios eran cosas

científicas. Todas las paradojas que él se había gozado en exponerle las

guardaba en su memoria como verdades indiscutibles. Intentó atajarlo en

su manía, para pedirle noticias del príncipe, pero Spadoni continuó:

--El sueño de anoche fué horrible, y sin embargo no pudo empezar mejor.

Yo poseía el secreto de los errores infinitesimales; había dominado las

leyes ocultas del azar, y era el rey del mundo. Tenía un tren especial,

compuesto de vagón-alcoba, vagón-salón, vagón-comedor, vagón-piscina,

¡qué sé yo cuántos vagones lujosos! un verdadero palacio rodante que me

esperaba en las estaciones, sin que la máquina cesase de echar vapor,

pronta á partir en cualquier momento. Me apeaba de mi tren en todas las

ciudades célebres por sus juegos, como el que baja de su automóvil. Al

verme llegar temblaban los dueños de los Casinos, los empleados y hasta

las mesas verdes. «¡Viva el vengador!», gritaban en el atrio los que

habían perdido su dinero. Pero yo pasaba adelante, impasible como un

dios, sin hacer caso de estas ovaciones de la canalla. ¡Figúrese usted

lo que le costaría ganar al poseedor del secreto de los errores

infinitesimales! Mis doce secretarios colocaban en las diversas mesas un

millón ó dos, siguiendo mis instrucciones. «Empiece el juego.» Yo me

paseaba como Napoleón, dando órdenes á mis mariscales. A la media hora,

la caja se declaraba en quiebra y el Casino en bancarrota. «¡Se va á

cerrar!», gritaban los empleados, como en una iglesia cuando termina el

culto. Y á la salida, los mismos hambrones que me habían aclamado se

arrojaban contra los valientes de mi escolta, pretendiendo matarme, con

repentino odio. Les había cerrado el lugar donde estaba sepultada su

fortuna. Ya no podían volver al día siguiente á perder más dinero con la

ilusión del desquite. Me llevaba su esperanza.

--Exacto--dijo Novoa.

--También tenía un yate, más grande que el del príncipe Lubimoff; algo

así como un acorazado de primera clase. Lo necesitaba para todo mi

séquito: los secretarios, la compañía de bravos encargada de defenderme,

y un sinnúmero de aburridos que, encontrando muy interesante mi persona,

me seguían por todo el planeta, como aquel misántropo que seguía á un

domador de ciudad en ciudad, esperando que sus fieras lo devorasen. Ya

no quedaba funcionando en Europa ningún Casino: el de San Sebastián lo

habían dedicado á convento; el de Ostende servía de laboratorio para

nuevos cultivos de ostras; en todas las poblaciones de baños de mar ó de

aguas medicinales, las gentes sólo se preocupaban del cuidado de su

salud, y cuando querían distraerse jugaban en los paseos á la rayuela y

á otros juegos de niños. Yo viajaba mientras tanto por América y

Oceanía, haciendo quebrar una tras otra todas las grandes casas de

juego. Los periodistas me seguían, formando un segundo séquito más

numeroso que el mío. Los diarios, el cable, las agencias telegráficas,

me anunciaban con una anticipación ruidosa. «¡Va á llegar el invencible

Spadoni!» Y las empresas de juego, considerando su muerte próxima,

hacían dinero con su agonía, vendiendo asientos á precios fabulosos á

todos los que deseaban presenciar mi triunfo. En los Estados Unidos, un

rey de no sé qué artículo daba cien mil dólares por una silla, para

seguir de cerca mi juego irresistible. Jamás se pagó tanto por ver los

pelos de un concertista ó los brillantes de una tiple.

--¿Y Monte-Carlo?--preguntó Novoa, interesado por estos delirios del

jugador.

--A él llegamos. Lo había guardado para el final, pensando en el dinero

que dejé aquí. Cuanto más engordase la víctima, mejor sería mi venganza.

¡El negocio que hizo Monte-Carlo!... Como no quedaba juego en el mundo,

todos los jugadores acudían á este país. La ciudad se había dilatado,

llegando hasta las cumbres de los Alpes; los cuarenta millones que

ganaba el Casino en los años buenos, eran ahora cuatro mil. Los

accionistas se casaban con personas de sangre real: dos reyes de los

Balkanes se hacían la guerra, disputándose la mano de una hija del

cuarto vicepresidente de la sociedad explotadora. El equilibrio europeo

estaba en peligro: las grandes potencias soñaban con anexionarse á

Mónaco en nombre de los intereses históricos y de los derechos étnicos,

pues todas ellas habían tenido y tenían numerosas gentes de su raza

viviendo en este pedazo de tierra... Pero de pronto llegaba el

invencible.

Spadoni, como si aún estuviese soñando, miró el Casino, la plaza, la

entrada de las terrazas, el arranque de la avenida que desciende al

puerto. Lo veía todo tal vez lo mismo que en su imaginación.

--¡Qué de gente! Desde medio año antes no se hablaba en el planeta de

otra cosa. «¿Irá?» «¿No irá?» La Agencia Cook había anunciado en todos

los países un viaje económico en caravana para presenciar este

acontecimiento mundial. El P. L. M. daba billetes de ida y vuelta á

precios reducidos, y todo París estaba aquí. Los dueños de hoteles y

restoranes, por agradecimiento, colgaban mi retrato un el lugar más

visible de sus comedores, siempre repletos. Los diarios publicaban mi

biografía, y al hablar de mis riquezas se veían obligados á romper sus

columnas, colocando una línea de ceros á todo lo ancho de la página, y

aun así, les faltaba espacio. Había olvidado decirle que me vi en la

necesidad de fundar un Banco, sólo para mis tesoros. Y siempre que el

Banco de Londres ó el Banco de Francia se veían en un apuro, me enviaban

atentas cartitas para que los sacase del atolladero.

Novoa rió de la sencillez con que el pianista contaba sus grandezas.

Parecía obsesionado aún por su ensueño.

--Mi yate tuvo que fondear fuera del puerto, entre otros buques. Había

muchos trasatlánticos: cuatro de los Estados Unidos, uno del Japón, otro

de la América del Sur, varios de Australia y Nueva Zelanda, todos con

viajeros llegados del otro hemisferio para ver á Spadoni. Después de

saludar con veintiún cañonazos á Mónaco, salté á tierra entre los

¡hurras! de los marinos extranjeros. Usted comprenderá que un hombre

como yo no podía llegar al Casino vulgarmente sentado en un automóvil.

¡Quién no tiene automóvil!... En el desembarcadero esperaba un simple

cochecito de un solo asiento, que iba á guiar yo mismo. Pero este

cochecito, de ruedas doradas, era tirado por seis mujeres, por seis

hermosas mujeres, todas ellas célebres, y cuyos retratos figuraban lo

mismo en los grandes diarios ilustrados que en los frascos de esencias ó

en las cajas de fósforos.

El profesor extremó su regocijo. Notaba la satisfacción con que el

pianista insistía en este detalle de su entrada triunfal. El

envilecimiento de las seis mujeres elegantes y famosas parecía halagar

su misoginismo. Hablaba con una expresión fríamente vengativa, como si

presenciase la abyección de su mayor enemigo.

--Fué asunto de precio: yo no iba á regatear por millón más ó menos. Lo

único que me ocasionó disgustos fué escoger entre varios miles de

hermosas solicitantes. Tuve que arrostrar la enemistad de grandes

directores de teatro, de hombres de negocios, de ministros, que me

recomendaban á sus protegidas. Hasta un monarca me retiró el título de

duque que acababa de darme, porque rechacé á su amiga predilecta... Las

seis vestían los últimos modelos de la _rue de la Paix_. Los reporteros,

kodak en mano, sacaban instantáneas de lo que iba á ser la última moda.

Además, sus arneses estaban cubiertos de perlas, de brillantes, de toda

clase de pedrería rica, y cuidaban muy bien de no estropearlos, sabiendo

que al final de su trote se los podrían llevar como un recuerdo. Yo

tenía un gran látigo para arrearlas: un látigo de flores. Hay que ser

galante con las damas...

Sonrió irónicamente. Novoa volvió á ver su expresión rencorosa de

misógino.

--Pero por dentro era de acero trenzado, y dejándolo caer sobre mi

hermoso tiro, nos pusimos en marcha. ¡Lo que tardamos en remontar esa

cuesta á través de la muchedumbre! Los extranjeros me aclamaban. Se oía

como un interminable abejorreo el crujido de las máquinas fotográficas.

Todos querían llevarse la imagen del rey del mundo. Reconocí por sus

caras tristes á los vecinos de la ciudad. Los hombres me imploraban con

los ojos, como pobres cautivos; las mujeres me enseñaban sus

pequeñuelos; los ancianos se ponían de rodillas. Yo era el vencedor que,

al arruinar el Casino, talaba su patria, condenándolos á la miseria...

Esta plaza estaba negra de gente. Al bajar de mi vehículo vi la

escalinata del Casino ocupada por un cortejo grandioso. Delante,

monsieur Blanc; luego, su Estado Mayor de consejeros, primeros

accionistas, inspectores, y la corporación entera de los _croupiers_,

todos vestidos de negro, con amplios chaqués de alpaca de corte fúnebre.

En último término gente conocida, cuya presencia me podía conmover...

Para hacerme recordar que yo había sido un simple pianista, aquí me

aguardaban, batuta en mano, los directores de los conciertos y de la

ópera; los profesores de la orquesta con sus instrumentos; los cantantes

espada al cinto ó arrastrando colas femeniles, todos pintados y con

peluca; las muchachas del cuerpo de baile con piernas de fresa pálida y

gasas horizontales en el talle... Estaban prontos á gemir, previamente

aleccionados por la empresa.

--Una palabra, señor Spadoni.

Era monsieur Blanc, que me llevó aparte, entregándome un pequeño papel.

--Guárdeselo y no entre.

Miré el papel: un cheque de un millón. ¡Puá! ¿Qué puede hacer un hombre

con un millón?... Y al ver que lo arrugaba, tirándolo al suelo, el dueño

del Casino me dió otro papel.

--Tome cinco y váyase.

Como tampoco me conmoví, fué sacando cheques de todos los bolsillos:

diez millones, quince... cuarenta...

Mis doce ministros avanzaban con sus grandes carteras llenas de

billetes; mi escolta me abría paso entre el gentío implorante de la

escalinata; mis caballos se impacientaban, relinchando y coceando al

darse cuenta de que algunos inteligentes se habían aprovechado de la

aglomeración para manosear sus corvejones y sus ancas.

--Otra palabra, señor Spadoni: la última. Haremos una revolución,

destronaremos a Alberto, y le daremos á usted la corona de Mónaco. Puede

casarse, si le place, con la hija de un emperador: el dinero lo arregla

todo. Nosotros lo tenemos, usted lo tiene...

--¡He dicho que no! Lo que yo deseo es entrar en el Casino para hacerlo

quebrar y llevarme las llaves.

Esta amenaza le arrancó la suprema concesión.

--Será usted mi socio; le daré el cincuenta por ciento de las

ganancias.... ¿No quiere?... Sea el setenta y cinco.

Al ver que yo seguía avanzando escalinata arriba sin escucharle, se

llevó un silbato á la boca. Su cara fué la de Sansón agarrándose a las

columnas del templo. ¡Antes morir, que ver quebrada su casa! Sonó un

estallido formidable, como si se rasgase el mundo. Habían minado con

todos los explosivos sobrantes de la guerra el Casino, la plaza, la

ciudad. Yo subí, aturdido, hasta las nubes, pero pude ver cómo

desaparecía Monte-Carlo y hasta el peñón de Mónaco, ocupando el mar, con

una ola gigantesca, el sitio de las tierras desaparecidas. Y cuando

volví a caer...

--Despertó usted--dijo Novoa.

--Sí; desperté al pie de mi cama, y oí la voz de Castro en el pasillo

insultándome por haber cortado su sueño con mis gritos. No ría usted,

profesor. Es muy triste soñar esas grandezas, como si uno las estuviese

tocando, y verse hoy tan pobre como ayer, tan pobre como siempre, y

además con una mala suerte tenaz.

La pobreza y la mala suerte de Spadoni hicieron protestar á Novoa. Aún

se acordaban muchos de su fortuna asombrosa como banquero en el

_Sporting-Club_. Era una noche histórica. Además, sabía por Valeria que

la duquesa le había hecho un buen regalo.

--¡Incomparable duquesa!--dijo con entusiasmo el pianista--. Siempre

gran señora. La pobre, en medio de su desesperación, se acordó de mí.

«Tome usted, Spadoni, y que tenga mucha suerte.» Me regaló veinte mil

francos. Si le pido cien mil, me los da lo mismo. ¡Y que sea tan

desgraciada!...

Ante los ojos interrogantes del profesor, continuó:

--Pues bien; de los veinte mil no quedan ni cien.

Corrió en la misma noche al _Sporting_ para repetir sus hazañas. Nunca

se había visto con tanto capital, ni á la vuelta de su viaje de

concertista por la América del Sur. El terrible griego estaba allí, y á

pesar de la admiración que Spadoni tributaba á su gloria, lo trató con

implacable hostilidad. «¡Banco!», dijo al verle en su silla de banquero

con quince mil francos delante. Y al presentar sus cartas, «abatió

nueve», mientras el pobre Spadoni sólo tenía cinco. ¡Adiós los quince

mil! Con el resto se había defendido unos cuantos días como simple

«punto», y ya no era mas que un recuerdo la generosa dádiva de la

duquesa.

--¡Si ella quisiera volver al trabajo! Estoy convencido de que yo sería

otra vez el de aquella noche, teniéndola detrás de mí. Pero ¿quién se

atreve á hablarle del juego?

Los dos lamentaron la desgracia de Alicia. Desde el día en que llegó el

telegrama dándole cuenta de la muerte de su protegido, era otra mujer.

Spadoni atribuía á un exceso de buen corazón este dolor tan vehemente

por un joven soldado que no pertenecía á su familia. El profesor aprobó,

pero con un aire enigmático. En la explosión de su dolor, debía

habérsele escapado á Alicia una parte de su secreto delante de Valeria y

ésta se lo habría hecho saber á Novoa.

Luego hablaron del aislamiento en que vivía la duquesa.

--Hace un mes que nadie la ve--dijo Spadoni--. Las gentes empiezan á

olvidarse de ella; muchos creen que se ha marchado. Monte-Carlo es así:

muy chico para los que van al Casino y se rozan á todas horas; enorme,

como una gran capital, para los que no se acercan á las salas de

juego... El príncipe me pregunta por ella muchas veces. Parece que no ha

conseguido verla después de la tarde del telegrama.

Novoa recobró su gesto enigmático al oir el nombre de Lubimoff. Sabía

por Valeria que había ido repetidas veces á Villa-Rosa, sin conseguir

que su dueña lo recibiese. Es más; la duquesa se estremecía de miedo

ante esta visita. «No quiero verle; di siempre que no estoy.» Don Marcos

había sufrido la misma suerte, teniendo que entregar su tarjeta, unas

veces á la confidenta de la duquesa y otras al jardinero. Varias cartas

del príncipe habían quedado sin contestación. Alicia mostraba la firme

voluntad de no ver á su pariente, como si su presencia pudiera hacer más

vivo aquel dolor que la tenía alejada del mundo.

Spadoni, ignorante de todo esto, persistió en sus elogios á la duquesa.

--¡Hermoso corazón! Necesita siempre cerca de ella un desgraciado á

quien proteger. Después de la muerte de su aviador, parece sentir un

gran afecto por ese teniente de la Legión extranjera, ese español tan

enfermo, que tal vez morirá el día menos pensado, lo mismo que el otro.

Pasa los días en Villa-Rosa; allí almuerza y come, y si la duquesa da

algún paseo por la montaña, siempre es con él. ¡Sólo le falta dormir en

la casa!... Cuando tarda en presentarse, ella envía inmediatamente un

recado al hotel de los oficiales.

El profesor se mantuvo silencioso, pero reconoció en su interior la

exactitud de lo que contaba Spadoni. Lo mismo le decía Valeria. Aquel

Martínez estaba á todas horas en Villa-Rosa, muchas veces contra su

deseo. La duquesa necesitaba su presencia, y eso que al verle prorrumpía

en lágrimas y sollozos. Pero el pobre muchacho, con una sumisión

admirativa, la acompañaba en su voluntaria soledad, profundamente

agradecido de que tan gran dama se interesase por él.

--Doña Clorinda es la que debe estar furiosa--continuó el pianista, con

la alegría maligna que le inspiraban las rivalidades entre mujeres--. Ya

no tiene ninguna influencia sobre Martínez, á pesar de que fué ella la

que lo descubrió. Se lo ha arrebatado la otra. Pasan semanas sin que «la

Generala» vea á su teniente; creo que ya ha renunciado á él. Se queja de

su antigua amiga por este acaparamiento, que considera peligroso. Hasta

me han dicho que la acusa de coquetear con el pobre muchacho, de excitar

su admiración, y de otras cosas peores. ¡Un absurdo, profesor! Las

mujeres son terribles en sus odios. Figúrese usted: ese pobre oficial

que es casi un muerto...

Novoa se mantuvo silencioso para que el pianista no continuara hablando.

Temía que dijese algo terrible al repetir las murmuraciones de la otra

dama, con su alegría rencorosa de misógino. El, por sus relaciones con

Valeria, se consideraba unido á la duquesa y no podía tolerar nada

contra ella.

Se separaron después de algunos minutos de palabrería indiferente.

Aquella noche Spadoni habló al príncipe de su conversación con el

profesor, y esto le dió pretexto para repetir lo que doña Clorinda

pensaba de su antigua amiga. Pero el pianista se arrepintió al instante,

viendo la mirada iracunda que le dirigía Lubimoff.

«¡Una infamia!--pensó Miguel--. Calumnias de mujeres, que repite este

imbécil por odio sexual.»

Comprendía que Alicia se sintiese interesada por aquel convaleciente. Su

juventud y su uniforme le recordaban al otro. Además estaba solo en el

mundo, era un extranjero, un residuo de la guerra que todos consideraban

fatalmente condenado á muerte.

Pero á continuación no pudo evitar un sentimiento de celos contra este

pobre joven obscuro y enfermo. Vivía á todas horas cerca de Alicia,

mientras él no lograba verse admitido en su «villa» ni como simple

visitante. ¿Por qué?...

Los enemigos de la mujer · 第 25 / 37 段