torció sus ojos hacia la duquesa, pero los apartó en seguida, más
aterrado aún por su rostro inmóvil y una mirada dura que parecía herirle
por la espalda, como si él fuese el culpable.
El doble cajoncito, completamente listo, aguardaba junto á sus manos.
Dió cartas á derecha é izquierda, y luego extrajo las suyas.
Mostró el griego sus cartas, arrojándolas sobre el tapete. «Ocho.» Un
murmullo de aprobación se elevó en torno de la mesa. Los admiradores de
su buena suerte se regocijaron como de un triunfo propio. Tomó las
cartas del lado opuesto, que le ofrecía el _croupier_, y las mostró
después de examinarlas rápidamente. Ahora el murmullo fué de asombro.
¡Ocho también! Iba á ganar. Era casi imposible que el banquero tuviese
un punto más alto.
Spadoni, pálido, con la frente barnizada de sudor, descubrió sus naipes.
El público los saludó con un rugido sordo: «¡Nueve!»
Los mismos que reían de él encontraron natural este resultado. «La
suerte protege siempre á la inocencia.»
Y mientras el griego entregaba quince mil francos al _croupier_
depositario de la banca, el pianista se inclinó modestamente. Algunas
jugadoras supersticiosas reconocieron que la duquesa había procedido con
gran cordura al confiar su suerte á este simple.
Los ojos de Alicia buscaron á Miguel en el triple óvalo de cabezas. Le
sonrió levemente. Había perdido ya la dura inmovilidad con que acababa
de arrostrar este momento de emoción. Se sentía muy segura de su
triunfo. Y deseosa de asombrar á los curiosos con una calma
imperturbable, sacó de su bolso una cigarrera de oro, una larga boquilla
de marfil, y empezó á fumar.
Después de este primer éxito, el pianista jugó con cierta autoridad. La
duquesa, inmóvil á sus espaldas, parecía comunicarle su fe. Hizo varias
tallas, siempre ganando, y al aumentar considerablemente el dinero de la
banca, se excitó la codicia de los jugadores. Los que rieron de la
torpeza de Spadoni fruncían ahora las cejas con un interés agresivo,
tomando parte en el juego. Así como aumentaba el capital, eran más
gruesas las puestas. Todos presentían una gran partida emocionante. El
banquero se había olvidado de la duquesa y de su propia humildad. Creyó
que lo que ganaba era de él; se imaginó haber descubierto el secreto
mencionado por Novoa y que iba á conseguir aquellas fabulosas ganancias
calculadas tantas veces cuando escribía docenas y docenas de ceros sobre
un papel. ¡Qué noche! ¡Y no estar allí su amigo el sabio, para que
presenciase su triunfo!...
Lubimoff su retiró de la mesa. Le hacía daño la serenidad forzada de
Alicia, su manera de fumar mientras contemplaba con ojos felinos la
marcha del juego. Iba á cambiarse la suerte de un momento á otro: esta
ganancia continua é insolente no podía seguir. El griego se esforzaba
por ocultar su cólera, jugando y perdiendo como un simple «punto». Le
era imposible gritar «¡banco!» hasta que empezase otra talla, quedando
agotados los naipes del doble cajoncito. Pero continuaba en su puesto,
con una arrogancia de domador, convencido de que al fin llegaría á
sujetar á la burlona casualidad. Tenía más dinero que Alicia y su
representante: podía resistir, y acabaría por vencerlos.
El príncipe se fué al _bar_, entreteniéndose en beber lentamente dos
mixturas americanas, dulces y amargas al mismo tiempo, muy cargadas de
alcohol. Quería embriagarse un poco, para sentirse al mismo nivel de
aquella mujer que tan desesperadamente jugueteaba con la suerte.
Se vió solo. Todo el club estaba reconcentrado en la sala del _baccará_.
Miguel lamentó que Castro no estuviese en el _Sporting_. Hubieran
charlado como en la tarde que Alicia logró asirse por primera vez á las
alas de oro de la Quimera. Tal vez su ausencia era por orden de «la
Generala». El también había venido aquí arrastrado por una mujer.
Un sordo rumor llegó de la sala de juego. Vió poco después algunos de
los curiosos que entraban en el _bar_, deteniéndose ante el mostrador
para beber. Hablaban con grandes aspavientos de asombro. Al oir el
nombre del griego repetido muchas veces, fijó su atención. Había gritado
«¡banco!» al empezar una nueva talla, cuando la banca poseía ciento
cuarenta mil francos. Sólo aquel hombre de suerte era capaz de tal
atrevimiento. Tuvo ocho, pero el pianista mostró luego sus cartas. Nueve
otra vez. Y el _croupier_ había barrido para la banca los ciento
cuarenta mil del griego. ¡Qué noche! ¡Y pensar que era el tonto de
Spadoni el que realizaba tales prodigios!...
Algunas mujeres pasaron ante la puerta del _bar_ con aire de mal humor,
gesticulando entre ellas. Se mostraban escandalizadas é irritadas por la
fortuna de la de Delille, á pesar de que ninguna de ellas había perdido
un céntimo en el juego. Una suerte así no era natural; debía haber
trampa. No podían decir cómo era la trampa, pero existía indudablemente.
Después pasó el griego, seguido de dos admiradores, sudoroso, con la
pechera arrugada y el chaleco subido, dejando ver la camisa entre sus
picos y la cintura del pantalón. Levantaba los hombros con desprecio. El
mundo estaba trastornado: ya no había lógica. ¡Por eso las cosas de la
guerra marchaban tan mal!...
Y se alejó hacia el pasaje subterráneo, para volver al Hotel de París.
No quería ver mas: esta noche era para los locos.
Tampoco el príncipe deseaba ver, y continuó en su sillón, pidiendo un
nuevo _cocktail_. Desfilaban ante las puertas los que huían amargados
por la suerte ajena y los que llegaban atraídos por la noticia del
suceso.
Permaneció solo, como un espectador que se queda en el vestíbulo de un
teatro y escucha los lejanos estremecimientos del público. Transcurrían
largos intervalos de silencio. Después, un rumor, un suspiro colectivo,
el abejorreo de un comentario en voz baja alrededor de la mesa. ¿Seguía
ganando Alicia?... ¿Iba á verla aparecer como el otro, encogiéndose de
hombros ante los absurdos de la suerte?...
Aún pidió un vaso más; y contemplando las espirales de humo de su
cigarro, fué adormeciéndose. De pronto se incorporó, creyendo haber
recibido un fuerte golpe en la espalda. ¡Pura ilusión! Estaba solo. Sus
ojos, al mirar en torno de él, se fijaron en el reloj. Las dos. Y se
puso de pie, dirigiéndose con lentitud á la sala del _baccará_.
Había disminuído el público, pero todos los que quedaban intervenían en
el juego. La enorme suma reunida por la banca era una tentación. ¡No
había miedo de que los gananciosos quedasen sin cobrar! Hasta los
mirones que pasan la noche de pie, participando de la emoción ajena,
arriesgaban su dinero de luis en luis, esperando que cambiase en favor
del público esta racha de suerte que únicamente soplaba del lado de la
banca.
Lo primero que vió Miguel fué un enorme montón de billetes de mil
francos, de placas de cinco mil, de fichas y papeles de distintos
valores. Era una fortuna. Luego se fijó en Alicia, inmóvil en su
asiento, tal como la había dejado, con un rostro inexpresivo de
cariátide. Sólo sus ojos iban maquinalmente de aquel montón de riquezas
á las manos del banquero. Fumaba... fumaba. En un platillo que un lacayo
había colocado reverentemente al lado de la victoriosa había un montón
de cigarrillos consumidos, con boquilla de oro. Parecía embrutecida por
su éxito, por la monotonía de aquella buena suerte incesante.
El pianista mostraba cierta somnolencia en sus gestos y en su voz. El
triunfo le parecía insípido después de la fuga del admirable griego.
Igualmente habían desaparecido otros jugadores célebres, como si no
quisieran autorizar con su presencia esta fortuna absurda. Los únicos
contrincantes serios eran unos ingleses residentes en Beaulieu, que
tenían abajo sus automóviles. Les interesaba este juego extraordinario,
como si fuese un deporte original; querían luchar contra la buena suerte
de la banca, con una tenacidad británica, únicamente por el gusto de
vencerla. Ellas, huesudas y distinguidas, con amplios escotes y largas
colas, lanzaban un «¡oh!» de asombro cada vez que el _croupier_ se
llevaba con la raqueta las fuertes puestas, mientras ellos sacaban del
bolsillo interior del _smoking_ nuevos puñados de billetes, saludando su
derrota con metálicas risas.
Spadoni perdió en un golpe veinte mil francos. Lubimoff tuvo el
presentimiento fatal del marino que percibe bajo sus pies el temblor del
buque que va á abrirse, del soldado que adivina el principio de la
derrota.
Un segundo golpe; y la banca perdió otra vez.
Miguel se aproximó con cierta cautela á la silla que ocupaba Alicia.
--Son las dos. Ya es hora de retirarse--murmuró, dejando caer sus
palabras sobre la cabellera que estaba al nivel de su pecho--. Va á
llegar la mala: la siento venir. Dile á Spadoni que se levante.
Ella elevó sus ojos para mirarle con extrañeza. Parecía ebria; no
acertaba á entender sus consejos. Y manifestó su negativa con leves
movimientos de cabeza. Tenía fe en la propia suerte.
La suerte se encargó de reanimar acto seguido su confianza. El banquero
ganaba otra vez, llevándose todas las sumas depositadas en ambos paños
de la mesa. Pero esto no convenció al príncipe. Continuaba sintiendo
miedo, y su inquietud le hizo ser brutal.
Se colocó á espaldas de Spadoni para hablarle discretamente, mientras
miraba en otra dirección. Debía levantarse en seguida, dando por
terminado el juego. Ya era hora.
El banquero torció la cara y miró hacia arriba para reconocer la voz
prudente que le daba consejos desde lo alto. «¡Ah, Su Alteza!» Acompañó
este descubrimiento con una sonrisa de orgullo, satisfecho de que el
príncipe Lubimoff hubiese presenciado la hazaña más grande de su vida.
Y siguió tallando.
Lubimoff se irritó. Este idiota, sumergido en su gloria, no lo entendía:
y si le entendía, se negaba á obedecerle. La voz del príncipe fué
cayendo con una lentitud temblorosa sobre la cabeza que estaba debajo.
¡Spadoni, pianista de los demonios! (Aquí dos ó tres juramentos en
diversos idiomas.) Si no le obedecía inmediatamente, iba á sacarlo de un
zarpazo de su asiento, á darle una pateadura, á arrojarlo por una
ventana...
--¡La última!--dijo el músico.
Cuando dejó de tallar muchos respiraron, satisfechos de que terminase un
juego que parecía un maleficio. Otros contemplaban con asombro y envidia
el enorme montón de la banca mientras el _croupier_ lo ponía en orden,
formando fajos de billetes, alineando columnas de fichas de diversos
colores.
Corrió de boca en boca la cifra: ¡cuatrocientos noventa y cuatro mil
francos! Sólo faltaba una pequeña cantidad para medio millón. Pocas
veces se había visto una ganancia tan rápida.
Spadoni, como si fuese el dueño de tales riquezas, las fué metiendo en
un cestillo de mimbre. Temblaba de emoción. Iba á pasar entre los
curiosos sosteniendo contra su pecho el tesoro, lo mismo que otras
noches había visto pasar á su grande hombre con aire de vencedor. ¡Qué
valían al lado de esto los aplausos que llevaba recibidos como
pianista!...
Unos manos ávidas le arrebataron el cestillo.
--No: ¡yo!... ¡yo!
Era la duquesa; ya no tenía por qué fingir indiferencia. Aquel dinero
era suyo. Se había transfigurado al salir de su mutismo expectante; sus
ojos brillaban con un resplandor triunfal; tenía la frente sudorosa; le
latían las mejillas, intensamente pálidas. Llevando el cestillo ante
ella con los brazos extendidos, pasó entre los grupos, lentamente, con
una majestad hierática, dirigiéndose hacia la caja del club.
Permaneció Spadoni junto al príncipe. También sudaba, mientras su rostro
tenía la palidez de la emoción.
--¡Qué noche, Alteza!... ¡Qué noche!
Miraba á todos con orgullo, pero sonreía humildemente al dueño de
Villa-Sirena para que olvidase su resistencia de momentos antes y las
terribles amenazas con que la había acogido.
Al poco rato volvió Alicia hacia ellos, guardando un papel en su bolso
de mano.
El entusiasmo del músico hizo explosión.
--¡Oh, duquesa!... ¡Divina duquesa!
La besaba en uno de sus brazos desnudos; luego en un hombro. Alicia
sonrió ante este homenaje público. El pobre pianista, hiciese lo que
hiciese, no comprometía.
--Gracias, Spadoni; cuente con mi gratitud. Vaya pensando lo que desea:
una casa, un yate, tal vez un piano con teclas de brillantes...
Miguel la escuchó asombrado. Hablaba de buena fe: parecía enloquecida
por su fortuna.
Pero el músico se alejó de ellos. Necesitaba estar solo. Al lado de la
duquesa tenia que compartir su gloria, contentándose con un jirón. Y fué
á reunirse con los ingleses de Beaulieu, que deseaban conocerle de cerca
y beber con él una botella de champaña, proclamándolo el fenómeno más
interesante que habían encontrado en sus viajes.
Alicia y el príncipe se dirigieron hacia el guardarropa.
--He depositado las ganancias en la caja del club--dijo ella mostrándole
el recibo--. De noche no voy á llevarme tanto dinero á mi casa. Mañana
vendré para pasarlo al Banco. Necesito que alguien me acompañe. Envíame
al coronel: es hombre de guerra y debe tener revólver.
Luego, acordándose de algo importante, su rostro tomó una expresión
grave.
--Inútil es decir que mañana arreglaremos cuentas. No creas que olvido
lo que te debo: veinte mil francos del otro día, los trescientos mil de
tu madre... Todo se pagará.
Miguel expresó con una larga risa el asombro que le causaba esta
promesa. Decididamente, la ganancia le había perturbado el cerebro. Un
piano con teclas de brillantes para el otro; ahora centenares de miles
de francos para él. La fortuna recién adquirida en dos horas le parecía
extraordinaria y tan inmensa como su buena suerte.
--Lo que yo quiero--añadió en voz baja, cesando de reir--, lo que yo
deseo de ti, bien lo sabes...
Ella le hizo callar con una mirada acariciante y un siseo discreto que
equivalía á una promesa.
Habían bajado la gran escalera del club; estaban en el vestíbulo, ella
envuelta en una capa de seda con bordados de oro y ricas pieles, que le
recordaba sus salidas de la Opera de París; él con el gabán abierto y un
sombrero flexible forrado de seda.
Los empleados del vestíbulo, enterados de lo que había ocurrido en los
salones, corrieron á la cancela de cristales, con la esperanza de la
regia propina. «¡Un carruaje para la señora duquesa!»
Pero ella deseó marchar á través del silencio de la noche. Estaba
entumecida por su larga inmovilidad; necesitaba, como todos los que se
consideran dichosos, prolongar el goce de su triunfo con un largo paseo.
Bajó la escalinata exterior apoyada en un brazo de Miguel. Pasaron entre
los cocheros y los escasos chófers que formaban grupos esperando á sus
patrones y clientes.
Se sumieron en la fresca atmósfera nocturna, con los ojos fatigados aún
por la espléndida iluminación, con la piel ardorosa por el ambiente
enrarecido de los salones. Los dos se fijaron en que la noche era de
luna, una pobre luna menguante que empezaba á caer detrás de la negra
barrera de los Alpes. La amenaza submarina tenía la ciudad á obscuras.
Un macilento farol con los vidrios pintados de azul dejaba filtrar á
largos trechos su breve radio de luz funeraria.
A los pocos pasos se acostumbraron á esta penumbra. El suelo de las
calles estaba partido en dos fajas: una, de blancura turbia y vagorosa,
reflejo de la luna moribunda; otra, negra, con la tonalidad densa y
pesada del ébano. Instintivamente, marchaban por la acera obscura, como
si temieran ser vistos. Torcieron por una calle curva y en cuesta, la
misma que atravesaba subterráneamente el corredor pompeyano que horas
antes había seguido el príncipe.
Oían aún á sus espaldas las conversaciones de los cocheros ocultos en la
revuelta de la calle, las voces de los empleados del club llamando á los
carruajes por el nombre de sus dueños, los pataleos de los caballos que
sacudían su espera dormitante, los primeros ronquidos de los automóviles
al reanudar su funcionamiento. Miguel, que caminaba silencioso, con el
deseo de alejarse cuanto antes, buscando la soledad absoluta, tuvo que
detenerse al ver que ella había hecho lo mismo. Se anticipaba á sus
pensamientos: no quería ir más lejos.
--Necesito recompensarte--murmuró--. Te dije que al venir ganarías de
todos modos, aunque yo perdiese. Toma... toma.
Sus brazos desnudos, escapando de la sedosa capa, se cerraron sobre los
hombros de él, formando un anillo apretado: su boca sumisa, buscando la
otra boca, se entregó humildemente, con un deseo de dar la felicidad.
Pasó por el fondo de la calle un vivo resplandor, sacándolo todo de la
penumbra con fugaz relieve, lo mismo que un relámpago. Era el reflector
de un automóvil. Ella ni se movió; no temía que la sorprendiesen: las
gentes eran fantasmas sin ninguna realidad. En el mundo sólo existían en
estos momentos ellos dos y aquel montón de papeles y piezas de marfil
guardado en una caja de acero.
Se acordó Lubimoff toda su vida de esta noche. Los relojes estaban locos
indudablemente, lo mismo que su cabeza, que parecía dar vueltas,
siguiendo el ritmo de una música dulce. Tuvo la sensación de que pasaron
varias veces por el mismo lugar, andando y desandando el camino, sin
saber lo que hacían. ¿Qué importaba?... Lo interesante era estar juntos.
Hubo un momento en que despertaron, viéndose sentados en un banco de la
plaza del Casino. De esto estaba seguro el príncipe. Había mirado el
reloj de la fachada. ¡Las tres! Era imposible: creyó firmemente que sólo
iban transcurridos unos minutos desde su salida del club... Y tuvieron
que alejarse, molestados por la curiosidad de un burgués que hacía de
polizonte en tiempo de guerra; un miliciano del príncipe de Mónaco con
traje civil, llevando un brazal de colores en la manga y un revólver al
costado.
Volvieron á marchar por las calles solitarias ó á lo largo de los
jardines públicos, cerrados á estas horas. Ella echaba su busto atrás,
con la capa abierta, abandonándose sobre un brazo que sostenía su talle,
ofreciendo la garganta en tensión, la barbilla prominente, el rostro
casi horizontal, á una lluvia de besos. Contemplaba á su acompañante, de
abajo á arriba, con unos ojos empañados por el amor. Las caricias de
ella eran ascendentes, subían con lentitud voluptuosa, como suben de las
profundidades azules las flores y las estrellas marinas en busca de la
luz.
Contestando á la súplica muda de aquellos ojos que la imploraban desde
lo alto, murmuró repetidas veces, con una voz vagorosa, como si hablase
en sueños.
--Sí; haré lo que tú quieres... ¡Lo que tú quieras!
El, más agresivo en su pasión, hundía su brazo libre en el cálido
encierro de la capa, apoderándose de las desnudeces que dejaba
indefensas el escote del vestido.
Caminaban tambaleándose cuando creían marchar en línea recta; se
detenían los dos al mismo tiempo en ciertos sitios, sin saber por qué.
Su tardo paso ponía en conmoción las «villas». Los perros de los
jardines ladraban furiosamente á los intrusos, incrustando sus hocicos
entre los hierros de las verjas. Estos aullidos les parecían una música
bárbara pero agradable; consideraban con benevolencia todo lo que les
rodeaba; se creían señores de la vida, como en aquellos instantes eran
señores de la noche. Sólo ellos existían en el mundo.
Miguel, obedeciendo á un obscuro impulso, la habló de su hijo. Iba á
recobrarlo de un momento á otro, y su felicidad sería completa...
Inmediatamente se arrepintió de haber evocado este recuerdo, que podía
disolver el hechizo en que vivían. Pero ella no mostró emoción alguna.
--Sí; lo recobraré--murmuró--. Estoy segura. Me acompaña la buena
suerte... Ya era hora, después de sufrir tanto.
Y volvió á entregarse al momento presente. Los dos se sorprendieron al
verse en la calle donde estaba Villa-Rosa. Después de vagar á la
ventura, el instinto había acabado por llevarlos hasta allí.
El príncipe, enardecido por el largo paseo de caricias y abandonos, se
mostraba apremiante.
--Déjame entrar--murmuró--. Nadie me verá... Me marcharé antes que
llegue la aurora...
Alicia se revolvió, como si despertase. Fué su primera negativa en toda
la noche. El jardinero la esperaba seguramente. Valeria tal vez no
estaría dormida. ¡Ah, no!...
Lubimoff, en su desesperación, habló de marchar juntos á Villa-Sirena.
--¡Tan lejos!--continuó Alicia, cada vez con más serenidad, como si
hubiese despertado definitivamente--. Además, aquello es un cuartel; una
casa llena de hombres. ¡Y ese Castro que todo se lo cuenta á «la
Generala»! No, no iré nunca. ¡Qué locura!
El gesto de tristeza, el ademán desalentado del príncipe, la
conmovieron. Su mano se paseó por el rostro de él con una caricia
maternal.
--¡Pobrecito mío!... ¡No pongas esa cara! Ten un poco de paciencia.
Mañana; te juro que será mañana.
Ella, que en otro tiempo había arrostrado con tranquilo impudor las más
atroces murmuraciones, dudó y balbuceó al hablar del día siguiente.
Parecía una jovencita luchando entre su amor y el miedo á perder su
porvenir social.
¡Mañana!... Podía venir mañana á las tres de la tarde.... A las tres,
no; mejor á las cuatro. Valeria habría salido á esta hora seguramente.
Ella enviaría á su doncella á Niza para unas compras; el jardinero y su
mujer estarían ocupados fuera de la casa.
--Pero ¡por Dios! sé prudente.... Si puedes evitar que te vean los
vecinos, mucho mejor.
Y el famoso príncipe Lubimoff asintió á estas recomendaciones muy
emocionado, como un muchacho que organiza su iniciación amorosa y se
conmueve prematuramente ante su misterio.
Quiso acompañarla hasta la verja de la «villa», á pesar de sus
protestas.
--Si fueses otro, ¡bueno! Es natural que un amigo me acompañe á estas
horas; ¡pero tú!... Temo que todos adivinen nuestro secreto.
Unicamente cuando se hubo cerrado la verja, perdiéndose en la obscuridad
el adorable bulto de Alicia, se decidió el príncipe á alejarse.
Tuvo que marchar á pie hasta la lejana Villa-Sirena, y sin embargo le
pareció breve el camino. Le acompañaban recuerdos y promesas. Nunca
había andado tan ligeramente. Creyó avanzar en una atmósfera en la que
se habían disminuído las leyes de la gravitación, en un planeta sumido
en eterna noche primaveral, donde el aire, los árboles obscuros y las
cosas perdidas en la penumbra vibraban con un ritmo poético.
Durmió penosamente, pero se levantó tranquilo y animoso. El encargo de
Alicia resucitó en su memoria. Necesitaba un hombre de guerra, y con
revólver si era posible, para que la escoltase en el traslado de su
fortuna de la caja del club al Banco. El coronel, muy emocionado por
este golpe de la suerte, salió á cumplir el servicio. «¡Pobre duquesa!
Dios acaba por proteger á los buenos.»
Toda la mañana la pasó Miguel ocupado en el arreglo de su persona. Sus
intentos de vida simple y campesina en el retiro de Villa-Sirena no le
habían hecho olvidar los cuidados higiénicos á que estaba acostumbrado
desde la niñez. Pero ahora se trataba de algo más; quería acicalarse,
realzar con exquisiteces interiores su individualidad física, que
consideraba de repente un poco maltratada por los años.
Hizo que el viejo ayuda de cámara rebuscase en el guardarropa de su
pasado. Se acordó de prendas interiores que habían merecido elogios
femeninos. Sentía el mismo deseo de novedad y seducción de una mujer que
se adorna para una entrevista esperada mucho tiempo. Escogió además un
traje que no había llevado nunca en Monte-Carlo, un sombrero nuevo, una
corbata «discreta». Recordaba los miedos de ella, sus súplicas para que
se deslizase inadvertido.
Mientras hacía todo esto, un sentimiento de zozobra, de desconfianza en
sí mismo, empezó á agitarle. Era una inquietud igual á la del estudiante
antes del examen, á la del autor que aguarda entre bastidores, á la del
hombre que va á batirse. ¡Llevaba tantas semanas de desear inútilmente!
¡Hacía tanto tiempo que había renunciado al amor!... Y pensando en
Alicia sentía al mismo tiempo anhelo y miedo.
El coronel regresó á la hora del almuerzo. La operación estaba hecha.
Daba la noticia con un laconismo modesto, como si acabase de realizar
algo importante. Miguel casi le envidió porque había visto á Alicia.
«¿Cómo estaba?»
--Hermosa, hermosa como siempre. Algo pálida... ¡Después de una emoción
como la de anoche! Pero alegre, muy contenta; hablando á cada momento
del marqués. Se adivinaba su gran afecto.