No supo ciertamente cómo se fué iniciando la pelea; pero una noche,

durante la comida, notó que Castro y Novoa, con estudiada frialdad,

cruzaban sus palabras lo mismo que si fuesen espadas. El príncipe no

podía adivinar esta animadversión de sus dos amigos, pues nunca, en su

presencia, abandonaban las formas corteses. Además, ocupado en sus

propios pensamientos, no se dió cuenta de que el profesor se había

vuelto algo pendenciero, excitado sin duda por la hostilidad de Atilio.

Novoa hizo una leve alusión á la belicosa «Generala», que pretendía

marcharse á París, como si su presencia pudiese influir en la guerra.

Castro vió en esto un reflejo de la enemistad de la duquesa.

Indudablemente, Valeria se había reído con él de los entusiasmos de doña

Clorinda. Y cerró contra la protegida de Alicia, una hambrienta, una

pedantuela, que se rozaba con señoras y sólo era una doméstica. El no

comprendía los amores sentimentales con mujeres de esta clase... Sintió

tentaciones de atacar igualmente á la de Delille, pero se contuvo

recordando que era parienta del príncipe.

Los dos hombres quedaron silenciosos y pálidos, mirándose como enemigos.

Al día siguiente, Atilio, antes de marcharse al Casino, llamó aparte á

don Marcos. Tal vez tuviese pronto un lance de honor: ¿podía contar con

él para que le apadrinase?

El coronel se irguió, frunciendo las cejas con un gesto grave. Llevaba

varios años sin cumplir esta solemne función, para la cual parecía haber

nacido. Su último duelo databa de ocho años antes: un encuentro en la

frontera italiana entre dos señores que se habían abofeteado por una

trampa de juego.

Aún se hizo más sombrío su rostro mientras se inclinaba en señal de

asentimiento, llevándose una mano al pecho. Como en don Marcos todas las

acciones se acoplaban con detalles de indumentaria, y creía imposible

realizar un acto sin el uniforme correspondiente, recordó en seguida

cierta levita olvidada mucho tiempo en su ropero, á la que él llamaba

«la levita de los desafíos»; una prenda negra, de corte napoleónico y

largos faldones, que sacaba á luz siempre que era padrino y le

pertenecía por su carácter militar dirigir el combate.

--Acepto. Un caballero no puede negar este servicio á otro caballero.

Y aceptaba con verdadero agradecimiento, pensando en la conveniencia de

airear, fuera de su prisión alcanforada, aquella vestidura grave como la

muerte.

Pero en la misma tarde le buscó Novoa. Este hablaba tímidamente, sin la

elegante indiferencia de Castro, con cierta sospecha de que pudiera

estar haciendo una necedad. Tal vez tuviese pronto un lance de honor.

--Como no entiendo de eso, coronel, usted será mi padrino... Mis

estudios han sido otros; pero cuando se insulta á una señora, cuando veo

atropellada á una joven indefensa, me considero tan hombre como el más

valiente.

Don Marcos dió un salto... ¡Ah, no! Sus ojos se abrían á la verdad.

Olvidó el oreo de su levita; podía seguir embalsamada en su encierro. Y

como el profesor era menos temible que el otro, descargó en él su

indignación. ¡Pensar en batirse por unas nonadas, cuando millones de

hombres daban su sangre por grandes ideales!... Y él, que había

recordado tantas veces como acciones heroicas sus trabajos de padrino,

hizo un gesto repelente, lo mismo que si le propusieran algo contra su

honor.

Pocos días después, Novoa habló al príncipe con una brevedad que

ocultaba mal su emoción. Estaba muy agradecido al dueño de Villa-Sirena;

nunca olvidaría la dulce existencia en este retiro; pero necesitaba

volver á su antiguo alojamiento. Nuevos trabajos científicos le

obligaban á vivir en Mónaco; el director del Museo se quejaba de sus

ausencias.

Y se marchó, para instalarse en una pobre casa de la ciudad vieja,

renunciando á las comodidades y abundancias de aquel palacio regentado

por el coronel.

A pesar de tales excusas, el príncipe manifestó sus dudas á Toledo. No

veía con claridad en esta fuga. Tal vez existía otro motivo que él no

llegaba á adivinar.

--Sí; tal vez--contestó sonriendo don Marcos--. Debe ser asunto de

faldas.

Asintió Miguel. Indudablemente, era por Valeria. Viviendo en Mónaco se

consideraba más libre para sus entrevistas con aquella muchacha.

--¡Ay, las mujeres!--exclamó el príncipe--. ¡Qué poder tienen sobre

nosotros!

--¡Y cómo perturban las relaciones entre los hombres!

La voz de Toledo al decir esto era tan desolada como fué la del príncipe

al enumerar á sus amigos las ventajas de vivir alejados de la mujer. En

cambio, Miguel aceptaba ahora la dominación femenil, y casi envidió á

este sabio porque volvía á su antigua modestia para encontrar con más

frecuencia á Valeria.

El era menos dichoso. Transcurrían los días sin que consiguiese repetir

su paseo con Alicia por los jardines de Mónaco.

--Te amo--decía ella--. Puedes creer que no olvido aquella tarde... Más

adelante haremos la misma excursión. Ahora no; sé cuál sería el final.

Me es imposible... Pienso en mi hijo.

No dudaba Miguel de esto último; pero algo más que la inquietud por el

ausente ocupaba el pensamiento de ella. Volvía á entregarse al juego con

las cantidades encontradas en su casa. Hasta sospechó el príncipe si

habría vendido ó empeñado el alfiler con que reparó el desgarrón de su

vestido. Después de regalarle la perla de la princesa Lubimoff, no la

había visto más. Alicia parecía insensible á los primeros esplendores de

la primavera.

--Un día iremos--dijo, al recordarle él los jardines de San Martino--.

Te lo prometo. Pero necesito verme libre de preocupaciones; haberlo

perdido todo ó ganado todo. Debo aprovechar el tiempo... Ya ves; ahora

la fortuna parece que vuelve á acordarse de mí.

Ganaba poco, pero ganaba; y esto le hacía esperar la repetición de

aquella racha de buena suerte que había conmovido al Casino.

Por las noches se retiraba contenta. Tenía tres mil ó cuatro mil francos

más; pero ¿qué era esto?... Se lamentaba de la escasez de su capital.

Quería hacer el gran juego, para recuperar todo lo perdido. Así, poco á

poco, no llegaría nunca. ¡Si pudiese reunir otra vez aquellos treinta

mil francos, que subían ó bajaban, pero manteniéndose siempre fieles!...

Miguel permanecía en el Casino horas y horas, cerca de la mesa de ella,

atisbando una ocasión propicia, sin poder conseguir mas que breves

conversaciones en un descanso del juego ó al tomar el té en el _bar_ de

los salones privados.

Una mañana fué á sorprenderla en su «villa». Eran las diez. Encontró á

Valeria, que acababa de ponerse el sombrero y parecía contrariada por

esta visita. Tal vez iba á Mónaco; tal vez su hombre de ciencia la

aguardaba en alguna callejuela de Monte-Carlo.

--La duquesa se fué á la fábrica--dijo sonriendo--. Debe estar ya en

pleno trabajo.

El Casino era «la fábrica» para los jugadores, y llamaban de buena fe

«trabajar» á sus angustias y cabildeos en torno de las mesas.

Sin duda había pasado gran parte de la noche haciendo números, para

correr al Casino á la hora de su apertura, con los ojos cargados de

sueño, sin fijarse en el adorno de su persona, como si le faltase el

tiempo para poner en práctica alguna portentosa combinación acabada de

inventar.

Siempre que la encontraba, el príncipe, con una astucia pueril, aludía á

la suerte de su hijo. Sólo así lograba que saliese de sus preocupaciones

de jugadora que la tenían en perpetua distracción, hablando y sonriendo

automáticamente, con una mirada de sonámbula.

Lubimoff le mostró una tarde varios telegramas y cartas de Madrid, de

París, de Berna. Reyes y ministros se ocupaban en averiguar la suerte

del aviador desaparecido. Hasta de Berlín llegaba la promesa, por

conducto de una Legación neutral, de buscar á este joven en todos los

campos de prisioneros. Sospechaban que debía estar confinado en Polonia

en un campamento de castigo.

Alicia se lanzó con vehemencia á medir el tiempo, como si la anhelada

noticia fuese á llegar de un momento á otro.

--¡Por Dios te lo pido, Miguel! Escribe, telegrafía hoy mismo. Diles á

esos señores tan buenos que me contesten directamente. Podría llegar el

telegrama ó la carta á tu «villa» mientras tú estas fuera, ¡y yo sin

saber nada horas y horas!... No; que se dirijan á mí. Todos los días, al

salir, le encargo á mi jardinero que si llega un telegrama me lo traiga

al Casino. ¡Figúrate mi impaciencia!... Di que vas á hacer eso.

Prométeme que no lo olvidarás.

Lo único que podía olvidar el príncipe eran sus asuntos personales

cuando estaba al lado de Alicia. Sólo pensaba en el descubrimiento de

aquel cautivo, del que dependía su felicidad.

--¡El día que sepa con certeza que vive!... Verás entonces cuán distinta

soy. No te aburriré con mis tristezas: encontrarás á otra mujer.

Y efectivamente, su sonrisa, sus miradas prometedoras, le hacían

encontrar otra vez á la Alicia que había marchado junto á él por el

camino de la costa con la boca pegada á la suya en un beso interminable.

Al quedar solo, le asaltaban sus propias tristezas y preocupaciones.

Había recibido noticias de Rusia por varios fugitivos que acababan de

librarse de la persecución revolucionaria. Los que administraban sus

bienes allá habían sido asesinados. El palacio Lubimoff servía de

residencia á un comité bolchevique. Sus minas eran propiedad nacional,

aunque nadie las trabajaba; sus tierras estaban repartidas; varios

personajes obscuros, antiguos ropavejeros y comerciantes de líquidos

alcohólicos, se habían hecho dueños de sus casas, no sabía cómo. Y al

mismo tiempo que estas noticias inquietantes para su porvenir, llegaban

otras que le herían en sus mejores recuerdos. Una gran dama de la corte,

con la que había tenido unos amores de grata memoria, vendía ahora

periódicos en las calles; otra muy elegante, que lanzaba las modas en

Petersburgo, barría la nieve y había perdido varios dedos por el frío.

Podía contar á docenas sus amigos muertos; unos, en montón, á tiros de

revólver, en el fondo de una mazmorra; otros, fusilados. Varios habían

perecido de hambre, como morían años antes los de abajo, que ahora

tomaban su desquite.

Todos estos horrores despertaban su egoísmo, haciéndole encontrar nuevos

encantos á su situación. El mundo había caído en una demencia

sanguinaria. En Oriente y Occidente los hombres se agitaban como fieras,

mientras él permanecía tranquilo junto al más risueño de los mares, con

una pasión, con un deseo que llenaba su existencia, poco antes vacía,

resucitando los entusiasmos y las vehemencias de la juventud. A la misma

hora en que tantos miles de seres morían en masa, borrándose pueblos

enteros de la superficie del planeta, él vivía sometido á una mujer, y

encontraba muy dulce esta servidumbre...

Una tarde, en el _bar_ de los salones privados, Alicia le habló con

resolución. Necesitaba hacer el gran juego. Ya estaba harta de

«trabajar» con pequeñas cantidades, consiguiendo ganancias modestas.

Además, despreciaba el Casino, con sus puestas limitadas, su ruleta y su

«treinta y cuarenta», juegos casi mecánicos en los que no se ve enfrente

á un banquero, sino á simples empleados, lo que da la impresión de estar

luchando con una máquina formidable, pero de funcionamiento monótono,

sin fantasía, sin alma. Ella necesitaba el _baccará_. Tenía reunidos

otra vez treinta mil francos: ¡ó la gran ganancia ó nada! Prefería

perderlo todo y acabar de una vez.

--Esta noche en el _Sporting_. No digas que no: te necesito. Tengo la

corazonada de que esta noche va á ser decisiva para mí... y tal vez para

ti. Colócate enfrente: que yo te vea. Acuérdate que en las tardes buenas

tú estabas cerca. Me darás la suerte... No muevas la cabeza; te digo que

me darás la suerte.

Lo afirmó con tal convicción, que Miguel desistió de su negativa.

--Ven; tú ganarás: te lo prometo. Vas á ganar, sea cual sea el

resultado. Si me dejan limpia, mañana pasearemos por los jardines de

Mónaco, como la otra vez. Y si gano... ¡si gano lo que yo deseo!...

No necesitó decir más. Su mirada y su sonrisa entusiasmaron á Miguel. Le

vería en el club.

Aquella noche, Castro y Toledo se sorprendieron al notar que el príncipe

se sentaba á la mesa vestido de _smoking_ lo mismo que ellos.

--El patrón no se queda en casa--dijo Atilio al coronel--. Va á la

ópera, como nosotros.

Fué al teatro del Casino para distraerse hasta media noche. No supo con

certeza qué personas le hablaron en los entreactos ni qué manos

estrechó. Tuvo que hacer un esfuerzo repetidas veces para acordarse del

título y del autor de la ópera. Lo mismo le daba esta música que otra.

Era un arrullo que mecía sus pensamientos, calmando su emoción: una

emoción compuesta de miedo y de esperanza.

En el primer acto, deseó que Alicia lo perdiese todo, absolutamente

todo; así sería más suya, dependería en absoluto de él, con una

esclavitud dulce. Luego, en los actos sucesivos, pensó en la

desesperación de Alicia después de esta pérdida. Era una apasionada, que

ponía en el juego vanidades de artista. Lamentaría tal vez, más que el

dinero desaparecido, su fracaso personal. No; era preferible que ganase.

Pero ¡qué larga resultaba esta música!... ¡con qué lentitud marchaba el

reloj!...

Pasadas las once, cuando fué aclarándose en el atrio el público salido

de la ópera, Miguel se metió en un ascensor, que le hizo bajar á las

entrañas del suelo, y siguió después un subterráneo, cuyo estuco

policromo reflejaba el brillo de las luces eléctricas. Marchaba por

debajo de la plaza del Casino, cruzada en aquel momento por numerosos

carruajes. Otro ascensor le subió á un gran salón con columnas. Era el

_hall_ del Hotel de París. Vió damas vestidas de _soirée_, señores

puestos de _smoking_, la concurrencia habitual de los hoteles de lujo,

que se pone su uniforme para comer y se queda haciendo la digestión en

los profundos sillones, mirándose sin decir nada ó hablando en voz baja,

lo mismo que en una iglesia, hasta que la rinde el sueño.

Saludó de lejos á varios conocidos que se incorporaron deseosos de

entablar conversación, fingió no ver á ciertas damas que le sonreían,

moviendo la cabeza para llamarle, y entró en un segundo ascensor,

hundiéndose de nuevo en la tierra. Este subterráneo era curvo y sus

paredes decoradas con pinturas pompeyanas. Se extendía por debajo de dos

hoteles y sus jardines. De nuevo una caja ascendente lo llevó más arriba

de la superficie del suelo. Abrió una puerta de cristales. Un viejo

lacayo con casaca azul, calzón corto y medias blancas se inclinó algo

sorprendido al reconocer después de una breve vacilación al príncipe

Lubimoff. Estaba en el _Sporting-Club_.

Hacía años que no había entrado allí: desde antes de la guerra. El no

era jugador, y sólo su interés por algunas mujeres le había hecho pasar

las noches en esta sociedad elegante, que, como muchas de su clase, no

era mas que un garito.

Los salones resultaban pequeños después de media noche; se caminaba

pisando colas de vestidos femeninos; había que valerse de hábiles

deslizamientos para pasar entre los grupos. Todos fumaban, las mujeres

más que los hombres, y la atmósfera se enrarecía con el humo del tabaco

y el vaho de los bustos desnudos, algo sudorosos bajo su capa de

blanquete. Al olor de la carne femenil se unía un perfume moribundo de

flores marchitas. Los ricos despreciaban las muchedumbres del Casino,

encontrando en el amontonamiento de este club un signo de distinción.

Jugaban entre ellos, considerándose á cubierto de una mala vecindad en

la mesa, de roces con personas sospechosas que resultaban frecuentes en

los salones públicos. Para entrar aquí era preciso ofrecer garantías;

padrinos que respondiesen de la honorabilidad del presentado.

El príncipe conocía bien á esta concurrencia brillante. Se encontraban

en ella individuos de familias reales, herederos de coronas que estaban

de paso en la Costa Azul, banqueros famosos, millonarios de todas las

partes del mundo, damas célebres por su nacimiento, por su hermosura ó

por sus joyas, muchas cocotas famosas y vetustas, y algunas jóvenes y

frescas que deseaban llegar pronto á la vejez, como si esto fuese una

condición de la celebridad. Todas ellas se habían exhibido sobre

escenarios para mostrar conejos amaestrados, para bailar mediocremente,

para cantar sin voz, y entraban en el club bajo el título vago de

«artistas».

Miguel avanzó á través de una atmósfera caldeada por las respiraciones y

los desfallecientes perfumes. Tuvo que fijarse en dónde ponía sus pies,

lo mismo que en otra época. Ahora, los vestidos femeninos eran muy

cortos y las piernas se mostraban descubiertas con tranquilo impudor. La

guerra recortaba las faldas, como si las mujeres, obligadas á correr en

pleno campo, hubiesen tomado por modelo á la antigua cantinera. Pero

casi todas, para no romper enteramente con la majestuosa tradición,

habían añadido al faldellín de moda una cola estrecha y aguda como una

lengua, que seguía sus pasos.

Una dama salió al encuentro de Lubimoff, y éste tardó en reconocerla.

¡Hacía tantos años que no había visto á Alicia vestida de _soirée_! Su

traje databa de antes de la guerra, pero era rico y la duquesa lo

llevaba con el mismo garbo que en sus tiempos de opulencia. El largo

collar de perlas adquiría un aspecto de autenticidad sobre su persona,

así como los demás adornos. Se adivinaba en ella un arreglo

extraordinario con motivo de su visita al club.

Lo frecuentaba poco; este público, compuesto de antiguos amigos, hablaba

demasiado, estorbándola en sus cálculos de jugadora. Prefería el Casino,

con sus vastos salones y su muchedumbre abigarrada que se expresa en

diversas lenguas. Era plebeya en su juego: tenía la superstición de que

la fortuna acude ante todo allí donde sus devotos forman masa. La

corazonada de su buena suerte y el juego del _baccará_, que únicamente

funcionaba allí, le habían decidido á faltar por una noche á sus

costumbres habituales.

El príncipe la felicitó por su hermoso aspecto, por su traje, por sus

perlas...

--Falsas, escandalosamente falsas, hijo mío--dijo riendo y mirando en

torno de ella--. Pero bien sabes que la mayor parte de las que llevan

las otras no son mejores. ¡Ay, las perlas! Si se juntasen todas las que

se lucen en el mundo, resultaría que el mar no tiene espacio para haber

producido la décima parte.

Se llevó á Miguel hacia el _bar_. Quería pedirle un favor. A las doce

empezaba la partida de _baccará_; ella había solicitado la banca, pero

los reglamentos del club se oponían á su pretensión. ¡Pobres mujeres!

Hasta en el juego estaban condenadas á una inferioridad degradante.

Podían perder su fortuna confundidas en la masa de los «puntos», pero

les estaba vedado ser banqueras. Los legisladores de esta sociedad y de

otras semejantes temían sin duda que las mujeres fuesen más dadas á la

trampa que los hombres. Ella, la duquesa de Delille, no podía ser igual

al marinero griego que tallaba todas las noches con una suerte

inverosímil, haciendo incurrir al público en sospechas y malos

pensamientos.

--Exigen un hombre que talle por mí, que aparezca como banquero, aunque

todos sepan que el capital es mío, y he pensado que tú puedes hacerme

ese favor. Me gusta que vayamos juntos... ¡juntos en este negocio que es

para mí de vida ó muerte! Además, estoy segura del éxito si tú tallas.

¡Y qué acontecimiento! ¡Cómo acudirán los «puntos»! ¡El príncipe

Lubimoff haciendo de banquero!...

Pero no pudo continuar. Miguel la interrumpió con un gesto rotundo de

negativa. Era inútil cuanto dijese. Se indignaba solamente ante la

suposición de que le vieran sentado á la mesa verde jugando un dinero

que no era suyo y teniendo á Alicia á sus espaldas. Además, estaba

seguro de perder.

La duquesa se separó de él apresuradamente. Pasaba el tiempo, y de un

momento á otro iban á adjudicar la banca. Creyó de nuevo en su buena

estrella al ver á un joven deslizándose tímido entre los grupos.

--¡Spadoni!... ¡Spadoni!

Palideció el pianista al escucharla. ¡Oh, duquesa!... Temblaba y

balbuceaba de emoción. ¡El tallando en el _Sporting-Club_, ante el

público elegante de las noches de ópera, manejando miles de francos, con

todas las miradas fijas en su persona... Era el coronamiento de una

carrera: después de esto, morir.

Dos jugadores habían solicitado la banca: el célebre griego y un

industrial de París que se estaba enriqueciendo fabulosamente con la

fabricación de material de guerra. Spadoni su presentó también, llevando

en un bolsillo los quince mil francos necesarios para tomar la banca.

Había que echar suertes entre los tres solicitantes. Un empleado del

club trajo una botella de mimbre que contenía diez bolas numeradas, y

después de agitarla, arrojó tres sobre la mesa: una para cada uno.

Alicia, metida entre ellos con una familiaridad varonil, casi palmoteó

de alegría. La suerte había favorecido á Spadoni; de él era la banca.

Mas el pianista, respetuoso de los privilegios que merece el genio, se

excusó modestamente y pidió perdón con la mirada y la sonrisa á su rival

el griego.

Era un hombre obeso, casi cuadrado, de tez morena y lustrosa, bigote

negro y unos ojos algo oblicuos, de fijeza agresiva, que recordaban los

del jabalí. Sus abuelos habían sido piratas en el Archipiélago, y él,

viendo cortada esta carrera heroica, hizo el contrabando en su juventud.

Spadoni, algo intimidado por la majestad del grande hombre, balbuceaba

excusas con los ojos fijos en su pechera brillante ornada de perlas y en

el chaleco de seda gris que cubría su recio vientre. El griego le

contestó con un mugido de mal humor, alejándose luego de hacer una

reverencia á la duquesa casi igual á las que había visto en el teatro.

Aunque apenas sabía leer, estaba enterado de cómo hay que tratar á una

dama que declara la guerra.

Las doce de la noche. Cesó el juego en las mesas de ruleta y «treinta y

cuarenta». El público se fué aglomerando en la sala del _baccará_. Había

circulado la noticia: el pianista Spadoni, considerado por todos como un

parásito armonioso, iba á ocupar el mismo sitio que era las otras noches

del griego; pero en realidad, la banca pertenecía á la duquesa de

Delille.

En torno de la mesa se formó una triple fila de personas, oprimidas

pecho contra espalda, incrustándose unas en otras para ver mejor sobre

los hombros inmediatos.

Spadoni sonreía, pero acabó por intimidarle la curiosidad irónica fija

en su persona. Muchos de los que le contemplaban eran importantes

personajes que siempre le habían infundido gran respeto. Por fortuna,

sentía á sus espaldas á la duquesa, sentada con un aire de patrona,

vigilándole autoritariamente. Si cometía algún error, esta gran dama era

capaz de pegarle... ¡Animo y adelante!...

El _croupier_ colocado enfrente para cobrar y pagar barajaba los naipes

antes de introducirlos en un doble cajoncito, del que debía extraerlos

el banquero. ¡Pobre banquero! Considerando el público extraordinaria su

elevación, quería reir á toda costa. Al sentarse en su asiento

presidencial, los curiosos encontraron muy graciosa la timidez del

pianista, y una risa franca saludó su presencia. Hizo una pregunta en

voz baja al _croupier_, y se repitió la explosión de regocijo. Las

mujeres se mostraban las más expansivas al pensar que su burla, pasando

por encima de Spadoni, podía herir á la que lo había puesto allí. El

gesto de extrañeza del músico ante esta hilaridad sólo sirvió para

prolongarla escandalosamente. Todos reían por contagio viendo su cómico

asombro. De pronto, una voz ruda cortó el regocijo general.

--¡Banco!

La voz del griego. Se había sentado á la derecha de Spadoni con el aire

enfurruñado del que contempla una enorme injusticia y cree necesario

repararla. No podía tolerar que este personaje grotesco ocupase el mismo

sitio donde él era admirado todas las noches. Tampoco consideraba

admisible que una dama se mezclase en negocios que sólo pertenecen á los

hombres. Sentía la extrañeza y el escándalo del que presencia un

desorden en el ritmo de las cosas naturales. El mundo estaba

trastornado: los aprendices querían ser maestros; ya no se respetaban

las categorías; era preciso terminar de una vez. «¡Banco!»

Se estremeció el príncipe. Los quince mil francos de Alicia estaban en

peligro. Aquel hombre no quería que la banca continuase. Si ganaba,

desaparecía de golpe todo el capital puesto por Alicia; si perdía, se

doblaba el dinero de ésta... Pero iba á ganar indudablemente. ¡Cuando un

hombre de tan buena suerte se atrevía á hacer esto!...

Los enemigos de la mujer · 第 23 / 37 段