Se echó atrás la boa para ocultar el torpe remiendo y la perla, que

resaltaba con una magnificencia incoherente. Volvieron á marchar, sin

que Miguel intentase nuevas audacias. El último incidente le había hecho

circunspecto. Insultábase en su interior, considerándose un bárbaro,

incapaz de vivir entre verdaderas señoras.

Al llegar á la última revuelta salieron de la penumbra azul del

acantilado. Sobre sus cabezas tenían el ángulo final del baluarte y una

garita de piedra; enfrente el puerto, con su boca flanqueada de dos

torrecillas luminosas, y en la ribera opuesta la altura de Monte-Carlo,

sus edificios enormes, sus cúpulas charoladas, que reflejaban el último

fuego rosa del crepúsculo.

Los dos se detuvieron instintivamente. En mitad del puerto, el yate

blanco del príncipe de Mónaco estaba inmóvil, tirando de su boya. Junto

al muelle cercano unas cuantas tartanas cabeceaban, moviendo su mástil

único, y un vapor español, ostentando su bandera neutral, descargaba

sacos de arroz y toneles de vino. La presencia de varios grupos de

hombres diseminados frente á las embarcaciones les impuso prudencia.

Dejaban de estar solos. Habían entrado de nuevo en la vida.

--¡Qué corto el camino!--exclamó el príncipe.

Lo mismo pensaba ella. «Sí, ¡qué corto!»

No debían marchar juntos. Era preciso despedirse allí, lejos de la

gente.

Alicia lo tendió sus dos manos.

--¿Nada más?--suspiró Miguel.

Vaciló la duquesa un instante. Luego, con una agilidad de muchacha, como

si aún fuese la amazona endiablada del Bosque de Bolonia, saltó hacia él

con los brazos abiertos.

--Toma... toma... y toma.

Fueron tres besos rápidos, fulgurantes, que sólo duraron un segundo;

tres besos que hicieron pensar á Lubimoff si lo ignoraría aún todo en la

vida, pues nunca había sentido el estremecimiento que circuló por su

cuerpo desde el cerebro á los pies.

--¡Más!... ¡dame más!

Ella rió de su gesto implorante.

--Se acabaron las locuras... Otro día, ¡quién sabe!... Ahora vuelvo á

mis preocupaciones. Me da miedo entrar en mi casa; siento terror y

esperanza. ¡Ay, la noticia que puedo recibir de un momento á otro!...

Di: ¿tú crees de verdad que no le ha pasado nada?... ¿tú crees que podrá

volver?...

VIII

Spadoni entró en la habitación de Novoa con el propósito de hacerle

hablar. Creía ahora fervorosamente en la ciencia del profesor, y al

verlo predispuesto al juego y reflexionando sobre sus misterios,

esperaba de él, con la simplicidad del creyente, algo milagroso, un

descubrimiento genial que los enriqueciese á los dos. Por esto el

pianista se levantaba antes que de costumbre, para sorprender al

catedrático durante sus ocupaciones de limpieza personal. Consideraba

estas horas las mejores para una confidencia.

--La palabra azar--dijo Novoa--carece de sentido; mejor dicho, no existe

el azar. Es un invento de nuestra debilidad y nuestra ignorancia.

Decimos que un fenómeno es debido al azar cuando sus causas nos son

desconocidas ó nos parecen inaccesibles al análisis. Ignoramos las

causas de la mayor porte de los hechos, y salimos del paso atribuyendo

éstos al azar.

El músico abrió sus ojos de odalisca, contrayendo á la vez el rostro

aceitunado con un gesto de atención y respeto. No entendía bien las

palabras del sabio, pero las admiraba de antemano, como un preludio de

revelaciones más practicas y de inmediata aplicación.

--Todo fenómeno--continuó Novoa--, por mínimo que parezca, tiene una

causa, y un hombre de cerebro infinitamente poderoso, infinitamente

informado de las leyes de la Naturaleza, sería capaz de prever todo lo

que puede ocurrir dentro de unos minutos ó dentro de unos siglos. Con un

hombre así sería imposible jugar á ningún juego. El azar no existiría

para él. Poseyendo el secreto de las pequeñas causas que hoy escapan á

nuestra inteligencia y de las leyes que rigen sus combinaciones, sabría

perfectamente todo lo que puede surgir del misterio de la baraja ó de

los números de la ruleta. No habría quien le resistiese.

--¡Oh, profesor!--suspiró admirado el pianista.

Hacía votos mudamente por que su ilustre amigo siguiese estudiando.

¡Quién sabe si llegaría á ser ese hombre todopoderoso, y, apiadándose de

él, lo llevaría á la rastra de su gloria!

Novoa sonrió de la candidez de Spadoni y siguió hablando.

--El número de hechos que atribuímos á ese azar (que no es mas que una

causa ficticia creada por nuestra ignorancia) varía, del mismo modo que

varía la ignorancia, según los tiempos y según los individuos. Muchas

cosas que son azar para el iletrado no lo son para el hombre estudioso.

Lo que hoy es azar no lo será tal vez dentro de algunos años. Los

descubrimientos científicos acabarán por restringir considerablemente el

dominio del azar al disminuir nuestra ignorancia.

Se dilató el rostro del pianista con un gesto de ilusión.

--Usted es un sabio, profesor, ¡un gran sabio!... No mueva la cabeza; yo

sé lo que digo. Y tengo la seguridad de que si continúa estudiando estas

materias importantes, encontrará una martingala que...

Le interrumpió el español, señalando á una baraja sobre una mesa

próxima. Se adivinaba que había hecho estudios durante la noche, antes

de acostarse. Esta baraja era para Spadoni un testimonio de laboriosidad

científica, más digno de respeto que todos los libros procedentes de la

biblioteca del príncipe que estaban olvidados en los rincones. El

catedrático se preocupaba ahora de los misterios del azar, y Spadoni

estaba convencido de que encontraría algo mejor que todo lo que llevaban

inventado los simples jugadores.

Pero su esperanza se desvaneció ante el gesto desalentado de Novoa.

--Mire usted esta baraja: unos cuantos pedazos de cartón, ¡y sin

embargo, resulta inmensa como el universo! Hace sufrir el vértigo del

infinito, lo mismo que cuando se mira arriba con el telescopio ó abajo

con el microscopio. ¿Sabe usted cuántas combinaciones pueden hacerse con

una baraja de cincuenta y dos cartas?... No sé cómo decírselo: ni el

diccionario ni la aritmética conocen esta cifra por inútil, pues está

mas allá de los cálculos humanos. Inventemos la palabra: ochenta

undecillones, ó sea un 8 seguido de sesenta y siete ceros... Dos hombres

que se pusieran á jugar con una baraja de cincuenta y dos cartas y

jugasen una partida por minuto, siendo en cada partida el juego

diferente, sólo llegarían á agotar todos las combinaciones posibles

después de cien millones de siglos.

Se hizo un largo silencio, como si el ambiente de la habitación quedase

agobiado por el peso de estas cifras inconcebibles. Spadoni bajaba la

cabeza.

--Ahora, dígame usted--continuó el profesor--qué puede un pobre ser

humano, con todos sus cálculos de probabilidades, contra este infinito.

Y agarrando un puñado de cartas, las dejó caer de nuevo sobre la mesa,

como una lluvia susurrante de colores.

--Todo depende del azar--añadió--, ó mejor dicho, del error. Perdemos

por error y ganamos por él igualmente. Nuestro error es el resultado de

una infinidad de errores infinitesimales debidos á otra infinidad de

pequeñas causas, cuyo análisis no podemos intentar siquiera. Estas

pequeñas causas son independientes las unas de las otras, y como es el

azar quien las dirige, obran tan pronto en un sentido como en otro.

Cuando el error infinitesimal es positivo, nos hace ganar; cuando es

negativo, perdemos.

Spadoni movió la cabeza afirmativamente, aunque sin entender gran cosa.

Lo único claro para él era lo de los errores infinitesimales que hacen

perder. Los conocía; eran á modo de microbios, de gérmenes maléficos,

adheridos á él para siempre. Y deseaba que su sabio amigo encontrase un

antiséptico para exterminarlos.

--Además--dijo Novoa--, si existen probabilidades de ganancia, estas

probabilidades son proporcionales á las fortunas de los jugadores. Un

jugador pobre tiene menos probabilidades de ganar que otro que disponga

de capitales.

--Entonces, ¿nosotros...?--preguntó melancólicamente el músico.

--Nosotros estamos abajo y hemos nacido para víctimas. El juego es una

imagen de la vida: los fuertes triunfan sobre los débiles.

Spadoni quedó pensativo.

--Yo he visto--dijo--jugadores ricos que acaban arruinándose como los

demás...

--Porque no se retiran á tiempo, cuando la fuerza de resistencia de sus

capitales hace llegar la hora de la ganancia. También, en la vida, los

grandes devoradores, los hombres de espada, los multimillonarios, los

gobernantes, son á su vez devorados por una nivelación final: la muerte.

Pero antes de esto triunfan por los medios poderosos que la suerte ha

puesto en sus manos. Nosotros los pobres no triunfamos jamás un día

entero. Querer ganar una fortuna enorme con un pequeño capital equivale

á querer perder el pequeño capital.

Los dos quedaron desalentados; pero Novoa parecía haber sufrido el

contagio de las ilusiones de su compañero, y sintió la necesidad de

reanimarse con una fantasía de jugador.

--¿Sabe usted, Spadoni, cuánto puede ganarse con mil francos? Anoche me

entretuve haciendo el cálculo.

Y señaló un pedazo de papel lleno de cifras que asomaba entre los

naipes. ¡Lo mismo que el pianista!...

--Con mil francos, siempre doblando durante ciento cuarenta y tres

partidas (unas cuatro horas), se puede ganar un bloque de oro cien mil

millones de veces más grande que el sol.

--¡Oh, profesor!...

Se miraron los dos con unos ojos de ardor místico, como si realmente

estuviesen contemplando este bloque inconmensurable. ¿Qué representaba

al lado de tal visión la ganancia de unos cuantos miserables

millones?...

* * * * *

Toledo se iba dando cuenta poco á poco de las paulatinas

transformaciones de su amigo el sabio.

Le preocupaba mucho el adorno de su persona; había pedido al coronel que

lo recomendase á su sastre de Niza; hacía frecuentes viajes á esta

ciudad sólo para sus compras.

Además, jugaba. Don Marcos le sorprendió repetidas veces junto á una

mesa del Casino, de pie y meditando antes de arriesgar alguna de las

fichas que formaban breve columna oprimidas por su diestra. Parecía

deslumbrado por la facilidad de sus ganancias. Eran pequeñas cantidades,

pero ¡tan considerables en comparación con las que había recibido por

sus trabajos anteriores! Media hora le bastaba para ganar el sueldo de

un mes. Una tarde había llegado á reunir tres mil francos: más de medio

año de trabajo en la cátedra y el laboratorio....

Monte-Carlo le parecía un país interesante y la vida en él un descanso

plácido, que resaltaba sobre la monotonía parda y laboriosa de su

existencia anterior. El Museo Oceanográfico podía aguardarle: no se

movería durante su ausencia de la punta del peñón de Mónaco. Los

estudios de la fauna marítima no iban á progresar en unos cuantos meses.

Y cuando el director le veía entrar de tarde en tarde, con un aire

decidido, en el ambiente reposado y silencioso del Museo; cuando

reparaba en sus trajes flamantes, en la exactitud con que seguía las

modas masculinas, balanceaba la cabeza melancólicamente. No era el

primero. ¡Ah, Monte-Carlo!... Los viejos profesores miraban con un ceño

de profeta á la ciudad de enfrente. Jóvenes llegados de diversos lugares

de la tierra para estudiar los misterios del Océano acababan por hacer

cálculos matemáticos sobre las probabilidades de la ruleta.

--Y además, tiene el amor--decía Castro al comunicarle Toledo sus

impresiones sobre Novoa--. Cuando no juega está al lado de esa Valeria.

Eran novios. El profesor lo había comunicado misteriosamente á todos sus

amigos, luego de rogar á cada uno que guardase el secreto. Después de

sus fútiles galanteos de estudiante, éste era el primero, el gran amor

de su existencia. Le inquietaba un poco la humildad de su situación.

¿Qué diría Valeria, cuando fuese su esposa, al enterarse de lo poco que

ganaba como sabio?... Pero inmediatamente ponía su esperanza en el

juego, aquella fortuna no sospechada que se le ofrecía ahora

diariamente.

--Que siga esto unos cuantos meses--afirmaba ante el coronel--, y habré

reunido un capitalito antes de terminar el período de mis estudios.

Todos los días guardo algo, y eso que ahora gasto más que nunca. Hay que

ser _chic_, como mi novia.

Toledo se limitaba á contestar con una sonrisa equívoca.

La dicha de Novoa iba acompañada de cierto orgullo. Tenía á su futura

compañera por una gran dama, de mayor capacidad intelectual y más serios

estudios que todos las de su clase. Era pobre, y por eso vivía en un

estado casi de servidumbre. Pero viéndola en trato familiar con la

duquesa de Delille, la consideraba tan importante como la otra, acabando

por confundir las cosas de ambas en un interés común. Y como doña

Clorinda era ahora adversaria implacable de Alicia, y Atilio admitía

ciegamente las ideas y caprichos de «la Generala», una sorda animosidad

empezó á surgir entre los dos hombres, que hasta entonces se habían

tratado con amable indiferencia.

--¡Las mujeres!--murmuraba Toledo al observar este odio progresivo--.

Bien decía el príncipe...

Pero otras preocupaciones más importantes atormentaron al coronel. Se

había iniciado la temida ofensiva. Los telegramas de la guerra eran

lacónicos y tristes. Retrocedían los aliados ante el avance alemán. Sus

líneas no se rompían, pero vacilaban, se encorvaban bajo los abrumadores

golpes del enemigo. Todos los días se perdían docenas de pueblos y

grandes espacios de terreno.

Don Marcos protestaba de la imprevisión de los generales con una cólera

de primario, uniendo sus quejas á las del vulgo.

--Ya lo anuncié yo--decía con suficiencia en los corrillos del atrio del

Casino, donde le escuchaban por su condición de militar--. El kaiser ha

aglomerado en Francia todas las tropas que tenía en Rusia. ¿Quien no

esperaba esto?... Y los nuestros son indudablemente inferiores en

número.

El bombardeo de París acabó de desorientarle en sus apreciaciones de

estratega. «¡Mentira!», dijo trente al tablón de los telegramas, al leer

que los primeros proyectiles habían caído sobre París. No era posible:

lo afirmaba él, que estaba bien enterado del alcance de la artillería

moderna. Y al conocer la existencia de cañones que tiraban a más de cien

kilómetros, quedó desconcertado. «¡Qué tiempos! ¡qué guerra esta!»

Cuando le consultaban las señoras en el Casino ó en el Hotel de París,

mostraba un optimismo inquebrantable ante las malas noticias.

--Eso no es nada: va á venir la reacción. Los nuestros se retiran para

tomar mejor la ofensiva.

Al quedar solo, se desplomaba esta seguridad, dejando al descubierto una

fe vacilante, igual á la de los otros.

--Van á llegar hasta París, si Dios no lo remedia--se decía--. Será

necesario un milagro, otro milagro como el del Marne.

Porque el buen coronel seguía creyendo firmemente que la primera batalla

del Marne había sido un milagro de Santa Genoveva, de Juana de Arco ó de

otra personalidad bienaventurada que podía intervenir en los combates de

los hombres, como intervenían los falsos dioses cantados por Homero. ¿No

peleó Santiago en las batallas de España siempre que los cristianos

atacaban á los moros?...

--El prodigio ha resultado inútil--decía amargamente--. Habrá que

repetirlo; habrá que empezar otra vez, después de cuatro años de guerra.

Con el bombardeo de París se había acrecentado muchísimo en unas semanas

la población de la Costa Azul. Los trenes llegaban desbordantes de

fugitivos. Las calles de Niza estaban repletas de forasteros como en los

años de paz, cuando se celebraban las fiestas de Carnaval. Monte-Carlo

veía aumentar considerablemente su público y se abrían nuevas salas en

el Casino.

Pasaba Toledo la tarde y las primeras horas de la noche en el atrio,

esperando siempre buenas noticias, aceptando las malas con un optimismo

ágil que encontraba excusa y justificación á todo.

Se iba agrandando el círculo de sus amistades. Todos los días encontraba

rostros conocidos que no había visto en mucho tiempo: estrechaba manos,

devolvía saludos. «¡Usted aquí!...» El cañón disparado sobre París á

fabulosas distancias poblaba los salones de juego con una muchedumbre de

buen aspecto, casi tan numerosa como la de los años tranquilos.

Don Marcos seguía anunciando la reacción, la contraofensiva para el día

siguiente, como si estuviese en misteriosa correspondencia con el

Cuartel General. Y la cólera que despertaba en él este fracaso diario de

sus vaticinios iba á desplomarse sobre los que jugaban.... ¡La vida, la

indecente vida, con sus apetitos que no conocen la moral, con sus

egoísmos brutales!

En torno del coronel, las gentes parecían afligirse un instante leyendo

las malas noticias. Luego, los más, entraban en las salas de juego. Tal

vez era por inconsciencia, tal vez por un ansia de aturdirse pidiendo al

azar las ilusiones del alcohol; pero la bolita de marfil giraba sin

descanso en numerosas ruletas, los naipes no cesaban de caer en doble

fila sobre las mesas del «treinta y cuarenta», la aglomeración en torno

de los tableros verdes iba en aumento.

Era un público nervioso, discutidor, irascible, que perdía con facilidad

sus buenas maneras por un simple incidente. La acometividad de los

lejanos combates se esparcía como un soplo feroz en torno de las mesas;

las mujeres tenían ademanes belicosos. Cada cañonazo contra el lejano

París parecía aumentar el arroyo de dinero que chorreaba sobre

Monte-Carlo.

Cuando Toledo intentaba exponer sus opiniones y planes estratégicos en

Villa-Sirena, encontraba un público menos atento que el del atrio del

Casino. El príncipe tenia cosas más interesantes en que pensar. Novoa

mostraba una alegría egoísta, como si considerase este período el mejor

de su existencia y las desgracias del mundo sirviesen para dar un sabor

más intenso á su dicha misteriosa. Spadoni escuchaba las cosas de la

guerra lo mismo que si le hablasen de fábulas lejanas.

El estaba por la realidad, é interrumpía al coronel para contarle cosas

más interesantes. Ahora despreciaba al Casino, para frecuentar el

_Sporting-Club_, donde se reunían los jugadores más audaces, empleando

con preferencia fichas de cinco mil trancos. Un griego que había sido

simple marinero en sus mocedades tronaba allí como un personaje de

epopeya, admirado por las damas en traje de baile y los graves señores

puestos de frac que se reunían en este círculo aristocrático. Había

aprendido á leer y escribir siendo ya maduro, pero poseía una fortuna

enorme. La noche anterior, en cuatro horas de talla, había ganado un

millón doscientos mil francos. Spadoni lo había visto con sus ojos, é

imitaba el gesto del héroe al levantarse de la mesa llevando un cestito

de mimbre entre las manos; un mísero cestito que contenía, como si

fuesen barreduras del suelo, montones de papeles azules, montones de

fichas de cinco mil francos. ¡Que no le hablasen á él de generales y

batallas! ¡Este era un hombre!

Castro había escuchado una noche al coronel con un silencio de mal

augurio y los ojos fríamente agresivos. De pronto, interrumpió los

planes estratégicos de don Marcos.

--¿Y á usted cuándo lo ascienden?

Muchos de los generales célebres en la actualidad eran simples coroneles

al iniciarse la guerra. Ya era hora de que Toledo diese un salto en el

escalafón.

Y el pobre don Marcos, lastimado por esta burla cruel, contestó

dignamente:

--Me contento con lo que soy, señor de Castro.

Sabía perfectamente lo que era: coronel, y no deseaba ser mas. Y en su

pensamiento repitió varias veces que no deseaba ser más.

A pesar de que en Villa-Sirena cada uno se preocupaba de sus propios

asuntos, mostrándose distraído en sus relaciones con los otros

huéspedes, el mal humor de Atilio iba haciendo penosa la vida común.

Toledo presentía el motivo de esta conducta. Doña Clorinda le trataba

mal indudablemente, y él, á su vez, se vengaba de sus humillaciones y

disgustos mostrándose áspero ó irónico con los amigos. El coronel había

tenido que calmar á aquella señora cuando la encontraba en el Casino

comentando las noticias de la guerra. Sentía hostilidad contra todos los

varones sin uniforme; faltaba poco para que los insultase.

--¡Emboscados! ¡cobardes!... ¡Si yo fuese hombre!...

Aunque no lo era, necesitaba hacer algo; y se consumía de impaciencia

por no poder emplear su actividad en el frente, bajo el silbido de los

proyectiles. Al fin dió con el medio de ser útil.

Quiso marcharse á París. Cuando todos los que podían escapar se

apresuraban á hacerlo, ella iría á instalarse en su antigua casa,

desafiando con su presencia el cañón y los aviones enemigos.

Castro se atrevió á insinuar tímidamente la ineficacia de este

sacrificio. El coronel añadió, con su competencia profesional, que le

parecía un disparate; pero ella no estaba dispuesta á modificar sus

deseos.

Ponía en la suerte de la guerra un apasionamiento nervioso, una

vehemencia igual á la que perturbaba sus relaciones amistosas.

--De no triunfar los aliados, mi vida será imposible. ¡Cómo se burlarían

esos canallas!... Prefiero morir.

Los canallas eran sus amigos de antes de la guerra, gentes de diversas

nacionalidades que simpatizaban, por snobismo ó por interés personal,

con los alemanes. «La Generala», de un amor propio que infundía miedo,

deseaba morir, y lo deseaba de veras, antes que ver triunfantes á los

que había escogido como enemigos.

--¡Si yo fuese hombre!...

Y Atilio, que buscaba las ocasiones de estar cerca de ella en el Casino,

ó exageraba la belleza de ciertos lugares para inducirla á paseos

solitarios, huía apresuradamente ante estas palabras, en las que

adivinaba un insulto.

Luego, al verse en Villa-Sirena, su amorosa sumisión se convertía en

hostilidad para los demás.

Había descubierto que odiaba á Novoa, ó mejor dicho, que debía odiarlo

lógicamente. Doña Clorinda estaba reñida con Alicia, y aquella

marisabidilla que tanto entusiasmaba al profesor era la acompañante y

protegida de la duquesa. Por esto él debía ser enemigo de Novoa, como

dos hombres que no se han hecho ningún daño particularmente, pero

pertenecen á dos naciones en guerra.

Además--y esto no quería confesárselo--, le daba cierta envidia el aire

satisfecho y triunfante del sabio. Novoa no sufría repulsas y desvíos;

era la mujer la que lo buscaba, esforzándose por halagar sus aficiones,

fingiendo un interés científico por cosas que nada le importaban; todo

para conservarlo bajo su dominación. ¡Hombre feliz y antipático!...

Como ocurre siempre que se vive en roce continuo con una persona que

empieza á no ser grata, Atilio descubrió casi á diario numerosos motivos

de molestia, que exponía á Toledo.

Su amigo el profesor pretendía burlarse de él, y no estaba dispuesto á

tolerarlo. Un día había tenido que aguardar media hora en casa de su

peluquero. El profesor ocupaba su sillón y empleaba á su manicura. ¡Un

atrevimiento! Quería sin duda rivalizar con él, y por esto se hacía

vestir por su mismo sastre de Niza. ¡Otra insolencia! Además, no sabía

llevar la ropa... Hasta sospechaba que, para ser grato á su novia y á la

protectora de ésta, debía permitirse hablar mal de cierta dama, ¡y si él

llegaba á saberlo!...

Pero el coronel no prestó atención á tales amenazas. Las tristes

novedades de la guerra quitaban toda importancia á los asuntos de su

vida corriente.

Los alemanes seguían avanzando hacia París. El retroceso de los aliados

continuaba bajo los repetidos golpes del enemigo. Las ilusiones de

Toledo disminuían por momentos. Ya dudaba de todo. Los invasores eran de

una superioridad numérica aplastante.

Sólo tenia una esperanza. ¡Si llegase á ser verdad el auxilio prometido

por los Estados Unidos! ¡Si no resultase un _bluff_, como creían

muchos!... Ahora, con la imaginación, sólo veía la América del Norte,

sus puertos llenos de muchedumbres en armas, las azules planicies del

Océano aradas por miles de buques que venían á desembarcar en Europa

ejércitos interminables. Y como transcurrían semanas sin que se

realizasen sus ilusiones, daba consejos á Wilson desde las arboledas de

Villa-Sirena ó entre las columnas de jaspe del atrio del Casino.

--¿En qué piensa ese señor?... ¿Por qué no vienen? Si no se apresuran,

todo habrá terminado antes de su llegada.

La discordia y la guerra le tocaron de más cerca, dentro de sus

dominios, haciéndole considerar por unas horas la conflagración general

como un asunto de secundario interés.

Los enemigos de la mujer · 第 22 / 37 段