resaltaba con una magnificencia incoherente. Volvieron á marchar, sin
que Miguel intentase nuevas audacias. El último incidente le había hecho
circunspecto. Insultábase en su interior, considerándose un bárbaro,
incapaz de vivir entre verdaderas señoras.
Al llegar á la última revuelta salieron de la penumbra azul del
acantilado. Sobre sus cabezas tenían el ángulo final del baluarte y una
garita de piedra; enfrente el puerto, con su boca flanqueada de dos
torrecillas luminosas, y en la ribera opuesta la altura de Monte-Carlo,
sus edificios enormes, sus cúpulas charoladas, que reflejaban el último
fuego rosa del crepúsculo.
Los dos se detuvieron instintivamente. En mitad del puerto, el yate
blanco del príncipe de Mónaco estaba inmóvil, tirando de su boya. Junto
al muelle cercano unas cuantas tartanas cabeceaban, moviendo su mástil
único, y un vapor español, ostentando su bandera neutral, descargaba
sacos de arroz y toneles de vino. La presencia de varios grupos de
hombres diseminados frente á las embarcaciones les impuso prudencia.
Dejaban de estar solos. Habían entrado de nuevo en la vida.
--¡Qué corto el camino!--exclamó el príncipe.
Lo mismo pensaba ella. «Sí, ¡qué corto!»
No debían marchar juntos. Era preciso despedirse allí, lejos de la
gente.
Alicia lo tendió sus dos manos.
--¿Nada más?--suspiró Miguel.
Vaciló la duquesa un instante. Luego, con una agilidad de muchacha, como
si aún fuese la amazona endiablada del Bosque de Bolonia, saltó hacia él
con los brazos abiertos.
--Toma... toma... y toma.
Fueron tres besos rápidos, fulgurantes, que sólo duraron un segundo;
tres besos que hicieron pensar á Lubimoff si lo ignoraría aún todo en la
vida, pues nunca había sentido el estremecimiento que circuló por su
cuerpo desde el cerebro á los pies.
--¡Más!... ¡dame más!
Ella rió de su gesto implorante.
--Se acabaron las locuras... Otro día, ¡quién sabe!... Ahora vuelvo á
mis preocupaciones. Me da miedo entrar en mi casa; siento terror y
esperanza. ¡Ay, la noticia que puedo recibir de un momento á otro!...
Di: ¿tú crees de verdad que no le ha pasado nada?... ¿tú crees que podrá
volver?...
VIII
Spadoni entró en la habitación de Novoa con el propósito de hacerle
hablar. Creía ahora fervorosamente en la ciencia del profesor, y al
verlo predispuesto al juego y reflexionando sobre sus misterios,
esperaba de él, con la simplicidad del creyente, algo milagroso, un
descubrimiento genial que los enriqueciese á los dos. Por esto el
pianista se levantaba antes que de costumbre, para sorprender al
catedrático durante sus ocupaciones de limpieza personal. Consideraba
estas horas las mejores para una confidencia.
--La palabra azar--dijo Novoa--carece de sentido; mejor dicho, no existe
el azar. Es un invento de nuestra debilidad y nuestra ignorancia.
Decimos que un fenómeno es debido al azar cuando sus causas nos son
desconocidas ó nos parecen inaccesibles al análisis. Ignoramos las
causas de la mayor porte de los hechos, y salimos del paso atribuyendo
éstos al azar.
El músico abrió sus ojos de odalisca, contrayendo á la vez el rostro
aceitunado con un gesto de atención y respeto. No entendía bien las
palabras del sabio, pero las admiraba de antemano, como un preludio de
revelaciones más practicas y de inmediata aplicación.
--Todo fenómeno--continuó Novoa--, por mínimo que parezca, tiene una
causa, y un hombre de cerebro infinitamente poderoso, infinitamente
informado de las leyes de la Naturaleza, sería capaz de prever todo lo
que puede ocurrir dentro de unos minutos ó dentro de unos siglos. Con un
hombre así sería imposible jugar á ningún juego. El azar no existiría
para él. Poseyendo el secreto de las pequeñas causas que hoy escapan á
nuestra inteligencia y de las leyes que rigen sus combinaciones, sabría
perfectamente todo lo que puede surgir del misterio de la baraja ó de
los números de la ruleta. No habría quien le resistiese.
--¡Oh, profesor!--suspiró admirado el pianista.
Hacía votos mudamente por que su ilustre amigo siguiese estudiando.
¡Quién sabe si llegaría á ser ese hombre todopoderoso, y, apiadándose de
él, lo llevaría á la rastra de su gloria!
Novoa sonrió de la candidez de Spadoni y siguió hablando.
--El número de hechos que atribuímos á ese azar (que no es mas que una
causa ficticia creada por nuestra ignorancia) varía, del mismo modo que
varía la ignorancia, según los tiempos y según los individuos. Muchas
cosas que son azar para el iletrado no lo son para el hombre estudioso.
Lo que hoy es azar no lo será tal vez dentro de algunos años. Los
descubrimientos científicos acabarán por restringir considerablemente el
dominio del azar al disminuir nuestra ignorancia.
Se dilató el rostro del pianista con un gesto de ilusión.
--Usted es un sabio, profesor, ¡un gran sabio!... No mueva la cabeza; yo
sé lo que digo. Y tengo la seguridad de que si continúa estudiando estas
materias importantes, encontrará una martingala que...
Le interrumpió el español, señalando á una baraja sobre una mesa
próxima. Se adivinaba que había hecho estudios durante la noche, antes
de acostarse. Esta baraja era para Spadoni un testimonio de laboriosidad
científica, más digno de respeto que todos los libros procedentes de la
biblioteca del príncipe que estaban olvidados en los rincones. El
catedrático se preocupaba ahora de los misterios del azar, y Spadoni
estaba convencido de que encontraría algo mejor que todo lo que llevaban
inventado los simples jugadores.
Pero su esperanza se desvaneció ante el gesto desalentado de Novoa.
--Mire usted esta baraja: unos cuantos pedazos de cartón, ¡y sin
embargo, resulta inmensa como el universo! Hace sufrir el vértigo del
infinito, lo mismo que cuando se mira arriba con el telescopio ó abajo
con el microscopio. ¿Sabe usted cuántas combinaciones pueden hacerse con
una baraja de cincuenta y dos cartas?... No sé cómo decírselo: ni el
diccionario ni la aritmética conocen esta cifra por inútil, pues está
mas allá de los cálculos humanos. Inventemos la palabra: ochenta
undecillones, ó sea un 8 seguido de sesenta y siete ceros... Dos hombres
que se pusieran á jugar con una baraja de cincuenta y dos cartas y
jugasen una partida por minuto, siendo en cada partida el juego
diferente, sólo llegarían á agotar todos las combinaciones posibles
después de cien millones de siglos.
Se hizo un largo silencio, como si el ambiente de la habitación quedase
agobiado por el peso de estas cifras inconcebibles. Spadoni bajaba la
cabeza.
--Ahora, dígame usted--continuó el profesor--qué puede un pobre ser
humano, con todos sus cálculos de probabilidades, contra este infinito.
Y agarrando un puñado de cartas, las dejó caer de nuevo sobre la mesa,
como una lluvia susurrante de colores.
--Todo depende del azar--añadió--, ó mejor dicho, del error. Perdemos
por error y ganamos por él igualmente. Nuestro error es el resultado de
una infinidad de errores infinitesimales debidos á otra infinidad de
pequeñas causas, cuyo análisis no podemos intentar siquiera. Estas
pequeñas causas son independientes las unas de las otras, y como es el
azar quien las dirige, obran tan pronto en un sentido como en otro.
Cuando el error infinitesimal es positivo, nos hace ganar; cuando es
negativo, perdemos.
Spadoni movió la cabeza afirmativamente, aunque sin entender gran cosa.
Lo único claro para él era lo de los errores infinitesimales que hacen
perder. Los conocía; eran á modo de microbios, de gérmenes maléficos,
adheridos á él para siempre. Y deseaba que su sabio amigo encontrase un
antiséptico para exterminarlos.
--Además--dijo Novoa--, si existen probabilidades de ganancia, estas
probabilidades son proporcionales á las fortunas de los jugadores. Un
jugador pobre tiene menos probabilidades de ganar que otro que disponga
de capitales.
--Entonces, ¿nosotros...?--preguntó melancólicamente el músico.
--Nosotros estamos abajo y hemos nacido para víctimas. El juego es una
imagen de la vida: los fuertes triunfan sobre los débiles.
Spadoni quedó pensativo.
--Yo he visto--dijo--jugadores ricos que acaban arruinándose como los
demás...
--Porque no se retiran á tiempo, cuando la fuerza de resistencia de sus
capitales hace llegar la hora de la ganancia. También, en la vida, los
grandes devoradores, los hombres de espada, los multimillonarios, los
gobernantes, son á su vez devorados por una nivelación final: la muerte.
Pero antes de esto triunfan por los medios poderosos que la suerte ha
puesto en sus manos. Nosotros los pobres no triunfamos jamás un día
entero. Querer ganar una fortuna enorme con un pequeño capital equivale
á querer perder el pequeño capital.
Los dos quedaron desalentados; pero Novoa parecía haber sufrido el
contagio de las ilusiones de su compañero, y sintió la necesidad de
reanimarse con una fantasía de jugador.
--¿Sabe usted, Spadoni, cuánto puede ganarse con mil francos? Anoche me
entretuve haciendo el cálculo.
Y señaló un pedazo de papel lleno de cifras que asomaba entre los
naipes. ¡Lo mismo que el pianista!...
--Con mil francos, siempre doblando durante ciento cuarenta y tres
partidas (unas cuatro horas), se puede ganar un bloque de oro cien mil
millones de veces más grande que el sol.
--¡Oh, profesor!...
Se miraron los dos con unos ojos de ardor místico, como si realmente
estuviesen contemplando este bloque inconmensurable. ¿Qué representaba
al lado de tal visión la ganancia de unos cuantos miserables
millones?...
* * * * *
Toledo se iba dando cuenta poco á poco de las paulatinas
transformaciones de su amigo el sabio.
Le preocupaba mucho el adorno de su persona; había pedido al coronel que
lo recomendase á su sastre de Niza; hacía frecuentes viajes á esta
ciudad sólo para sus compras.
Además, jugaba. Don Marcos le sorprendió repetidas veces junto á una
mesa del Casino, de pie y meditando antes de arriesgar alguna de las
fichas que formaban breve columna oprimidas por su diestra. Parecía
deslumbrado por la facilidad de sus ganancias. Eran pequeñas cantidades,
pero ¡tan considerables en comparación con las que había recibido por
sus trabajos anteriores! Media hora le bastaba para ganar el sueldo de
un mes. Una tarde había llegado á reunir tres mil francos: más de medio
año de trabajo en la cátedra y el laboratorio....
Monte-Carlo le parecía un país interesante y la vida en él un descanso
plácido, que resaltaba sobre la monotonía parda y laboriosa de su
existencia anterior. El Museo Oceanográfico podía aguardarle: no se
movería durante su ausencia de la punta del peñón de Mónaco. Los
estudios de la fauna marítima no iban á progresar en unos cuantos meses.
Y cuando el director le veía entrar de tarde en tarde, con un aire
decidido, en el ambiente reposado y silencioso del Museo; cuando
reparaba en sus trajes flamantes, en la exactitud con que seguía las
modas masculinas, balanceaba la cabeza melancólicamente. No era el
primero. ¡Ah, Monte-Carlo!... Los viejos profesores miraban con un ceño
de profeta á la ciudad de enfrente. Jóvenes llegados de diversos lugares
de la tierra para estudiar los misterios del Océano acababan por hacer
cálculos matemáticos sobre las probabilidades de la ruleta.
--Y además, tiene el amor--decía Castro al comunicarle Toledo sus
impresiones sobre Novoa--. Cuando no juega está al lado de esa Valeria.
Eran novios. El profesor lo había comunicado misteriosamente á todos sus
amigos, luego de rogar á cada uno que guardase el secreto. Después de
sus fútiles galanteos de estudiante, éste era el primero, el gran amor
de su existencia. Le inquietaba un poco la humildad de su situación.
¿Qué diría Valeria, cuando fuese su esposa, al enterarse de lo poco que
ganaba como sabio?... Pero inmediatamente ponía su esperanza en el
juego, aquella fortuna no sospechada que se le ofrecía ahora
diariamente.
--Que siga esto unos cuantos meses--afirmaba ante el coronel--, y habré
reunido un capitalito antes de terminar el período de mis estudios.
Todos los días guardo algo, y eso que ahora gasto más que nunca. Hay que
ser _chic_, como mi novia.
Toledo se limitaba á contestar con una sonrisa equívoca.
La dicha de Novoa iba acompañada de cierto orgullo. Tenía á su futura
compañera por una gran dama, de mayor capacidad intelectual y más serios
estudios que todos las de su clase. Era pobre, y por eso vivía en un
estado casi de servidumbre. Pero viéndola en trato familiar con la
duquesa de Delille, la consideraba tan importante como la otra, acabando
por confundir las cosas de ambas en un interés común. Y como doña
Clorinda era ahora adversaria implacable de Alicia, y Atilio admitía
ciegamente las ideas y caprichos de «la Generala», una sorda animosidad
empezó á surgir entre los dos hombres, que hasta entonces se habían
tratado con amable indiferencia.
--¡Las mujeres!--murmuraba Toledo al observar este odio progresivo--.
Bien decía el príncipe...
Pero otras preocupaciones más importantes atormentaron al coronel. Se
había iniciado la temida ofensiva. Los telegramas de la guerra eran
lacónicos y tristes. Retrocedían los aliados ante el avance alemán. Sus
líneas no se rompían, pero vacilaban, se encorvaban bajo los abrumadores
golpes del enemigo. Todos los días se perdían docenas de pueblos y
grandes espacios de terreno.
Don Marcos protestaba de la imprevisión de los generales con una cólera
de primario, uniendo sus quejas á las del vulgo.
--Ya lo anuncié yo--decía con suficiencia en los corrillos del atrio del
Casino, donde le escuchaban por su condición de militar--. El kaiser ha
aglomerado en Francia todas las tropas que tenía en Rusia. ¿Quien no
esperaba esto?... Y los nuestros son indudablemente inferiores en
número.
El bombardeo de París acabó de desorientarle en sus apreciaciones de
estratega. «¡Mentira!», dijo trente al tablón de los telegramas, al leer
que los primeros proyectiles habían caído sobre París. No era posible:
lo afirmaba él, que estaba bien enterado del alcance de la artillería
moderna. Y al conocer la existencia de cañones que tiraban a más de cien
kilómetros, quedó desconcertado. «¡Qué tiempos! ¡qué guerra esta!»
Cuando le consultaban las señoras en el Casino ó en el Hotel de París,
mostraba un optimismo inquebrantable ante las malas noticias.
--Eso no es nada: va á venir la reacción. Los nuestros se retiran para
tomar mejor la ofensiva.
Al quedar solo, se desplomaba esta seguridad, dejando al descubierto una
fe vacilante, igual á la de los otros.
--Van á llegar hasta París, si Dios no lo remedia--se decía--. Será
necesario un milagro, otro milagro como el del Marne.
Porque el buen coronel seguía creyendo firmemente que la primera batalla
del Marne había sido un milagro de Santa Genoveva, de Juana de Arco ó de
otra personalidad bienaventurada que podía intervenir en los combates de
los hombres, como intervenían los falsos dioses cantados por Homero. ¿No
peleó Santiago en las batallas de España siempre que los cristianos
atacaban á los moros?...
--El prodigio ha resultado inútil--decía amargamente--. Habrá que
repetirlo; habrá que empezar otra vez, después de cuatro años de guerra.
Con el bombardeo de París se había acrecentado muchísimo en unas semanas
la población de la Costa Azul. Los trenes llegaban desbordantes de
fugitivos. Las calles de Niza estaban repletas de forasteros como en los
años de paz, cuando se celebraban las fiestas de Carnaval. Monte-Carlo
veía aumentar considerablemente su público y se abrían nuevas salas en
el Casino.
Pasaba Toledo la tarde y las primeras horas de la noche en el atrio,
esperando siempre buenas noticias, aceptando las malas con un optimismo
ágil que encontraba excusa y justificación á todo.
Se iba agrandando el círculo de sus amistades. Todos los días encontraba
rostros conocidos que no había visto en mucho tiempo: estrechaba manos,
devolvía saludos. «¡Usted aquí!...» El cañón disparado sobre París á
fabulosas distancias poblaba los salones de juego con una muchedumbre de
buen aspecto, casi tan numerosa como la de los años tranquilos.
Don Marcos seguía anunciando la reacción, la contraofensiva para el día
siguiente, como si estuviese en misteriosa correspondencia con el
Cuartel General. Y la cólera que despertaba en él este fracaso diario de
sus vaticinios iba á desplomarse sobre los que jugaban.... ¡La vida, la
indecente vida, con sus apetitos que no conocen la moral, con sus
egoísmos brutales!
En torno del coronel, las gentes parecían afligirse un instante leyendo
las malas noticias. Luego, los más, entraban en las salas de juego. Tal
vez era por inconsciencia, tal vez por un ansia de aturdirse pidiendo al
azar las ilusiones del alcohol; pero la bolita de marfil giraba sin
descanso en numerosas ruletas, los naipes no cesaban de caer en doble
fila sobre las mesas del «treinta y cuarenta», la aglomeración en torno
de los tableros verdes iba en aumento.
Era un público nervioso, discutidor, irascible, que perdía con facilidad
sus buenas maneras por un simple incidente. La acometividad de los
lejanos combates se esparcía como un soplo feroz en torno de las mesas;
las mujeres tenían ademanes belicosos. Cada cañonazo contra el lejano
París parecía aumentar el arroyo de dinero que chorreaba sobre
Monte-Carlo.
Cuando Toledo intentaba exponer sus opiniones y planes estratégicos en
Villa-Sirena, encontraba un público menos atento que el del atrio del
Casino. El príncipe tenia cosas más interesantes en que pensar. Novoa
mostraba una alegría egoísta, como si considerase este período el mejor
de su existencia y las desgracias del mundo sirviesen para dar un sabor
más intenso á su dicha misteriosa. Spadoni escuchaba las cosas de la
guerra lo mismo que si le hablasen de fábulas lejanas.
El estaba por la realidad, é interrumpía al coronel para contarle cosas
más interesantes. Ahora despreciaba al Casino, para frecuentar el
_Sporting-Club_, donde se reunían los jugadores más audaces, empleando
con preferencia fichas de cinco mil trancos. Un griego que había sido
simple marinero en sus mocedades tronaba allí como un personaje de
epopeya, admirado por las damas en traje de baile y los graves señores
puestos de frac que se reunían en este círculo aristocrático. Había
aprendido á leer y escribir siendo ya maduro, pero poseía una fortuna
enorme. La noche anterior, en cuatro horas de talla, había ganado un
millón doscientos mil francos. Spadoni lo había visto con sus ojos, é
imitaba el gesto del héroe al levantarse de la mesa llevando un cestito
de mimbre entre las manos; un mísero cestito que contenía, como si
fuesen barreduras del suelo, montones de papeles azules, montones de
fichas de cinco mil francos. ¡Que no le hablasen á él de generales y
batallas! ¡Este era un hombre!
Castro había escuchado una noche al coronel con un silencio de mal
augurio y los ojos fríamente agresivos. De pronto, interrumpió los
planes estratégicos de don Marcos.
--¿Y á usted cuándo lo ascienden?
Muchos de los generales célebres en la actualidad eran simples coroneles
al iniciarse la guerra. Ya era hora de que Toledo diese un salto en el
escalafón.
Y el pobre don Marcos, lastimado por esta burla cruel, contestó
dignamente:
--Me contento con lo que soy, señor de Castro.
Sabía perfectamente lo que era: coronel, y no deseaba ser mas. Y en su
pensamiento repitió varias veces que no deseaba ser más.
A pesar de que en Villa-Sirena cada uno se preocupaba de sus propios
asuntos, mostrándose distraído en sus relaciones con los otros
huéspedes, el mal humor de Atilio iba haciendo penosa la vida común.
Toledo presentía el motivo de esta conducta. Doña Clorinda le trataba
mal indudablemente, y él, á su vez, se vengaba de sus humillaciones y
disgustos mostrándose áspero ó irónico con los amigos. El coronel había
tenido que calmar á aquella señora cuando la encontraba en el Casino
comentando las noticias de la guerra. Sentía hostilidad contra todos los
varones sin uniforme; faltaba poco para que los insultase.
--¡Emboscados! ¡cobardes!... ¡Si yo fuese hombre!...
Aunque no lo era, necesitaba hacer algo; y se consumía de impaciencia
por no poder emplear su actividad en el frente, bajo el silbido de los
proyectiles. Al fin dió con el medio de ser útil.
Quiso marcharse á París. Cuando todos los que podían escapar se
apresuraban á hacerlo, ella iría á instalarse en su antigua casa,
desafiando con su presencia el cañón y los aviones enemigos.
Castro se atrevió á insinuar tímidamente la ineficacia de este
sacrificio. El coronel añadió, con su competencia profesional, que le
parecía un disparate; pero ella no estaba dispuesta á modificar sus
deseos.
Ponía en la suerte de la guerra un apasionamiento nervioso, una
vehemencia igual á la que perturbaba sus relaciones amistosas.
--De no triunfar los aliados, mi vida será imposible. ¡Cómo se burlarían
esos canallas!... Prefiero morir.
Los canallas eran sus amigos de antes de la guerra, gentes de diversas
nacionalidades que simpatizaban, por snobismo ó por interés personal,
con los alemanes. «La Generala», de un amor propio que infundía miedo,
deseaba morir, y lo deseaba de veras, antes que ver triunfantes á los
que había escogido como enemigos.
--¡Si yo fuese hombre!...
Y Atilio, que buscaba las ocasiones de estar cerca de ella en el Casino,
ó exageraba la belleza de ciertos lugares para inducirla á paseos
solitarios, huía apresuradamente ante estas palabras, en las que
adivinaba un insulto.
Luego, al verse en Villa-Sirena, su amorosa sumisión se convertía en
hostilidad para los demás.
Había descubierto que odiaba á Novoa, ó mejor dicho, que debía odiarlo
lógicamente. Doña Clorinda estaba reñida con Alicia, y aquella
marisabidilla que tanto entusiasmaba al profesor era la acompañante y
protegida de la duquesa. Por esto él debía ser enemigo de Novoa, como
dos hombres que no se han hecho ningún daño particularmente, pero
pertenecen á dos naciones en guerra.
Además--y esto no quería confesárselo--, le daba cierta envidia el aire
satisfecho y triunfante del sabio. Novoa no sufría repulsas y desvíos;
era la mujer la que lo buscaba, esforzándose por halagar sus aficiones,
fingiendo un interés científico por cosas que nada le importaban; todo
para conservarlo bajo su dominación. ¡Hombre feliz y antipático!...
Como ocurre siempre que se vive en roce continuo con una persona que
empieza á no ser grata, Atilio descubrió casi á diario numerosos motivos
de molestia, que exponía á Toledo.
Su amigo el profesor pretendía burlarse de él, y no estaba dispuesto á
tolerarlo. Un día había tenido que aguardar media hora en casa de su
peluquero. El profesor ocupaba su sillón y empleaba á su manicura. ¡Un
atrevimiento! Quería sin duda rivalizar con él, y por esto se hacía
vestir por su mismo sastre de Niza. ¡Otra insolencia! Además, no sabía
llevar la ropa... Hasta sospechaba que, para ser grato á su novia y á la
protectora de ésta, debía permitirse hablar mal de cierta dama, ¡y si él
llegaba á saberlo!...
Pero el coronel no prestó atención á tales amenazas. Las tristes
novedades de la guerra quitaban toda importancia á los asuntos de su
vida corriente.
Los alemanes seguían avanzando hacia París. El retroceso de los aliados
continuaba bajo los repetidos golpes del enemigo. Las ilusiones de
Toledo disminuían por momentos. Ya dudaba de todo. Los invasores eran de
una superioridad numérica aplastante.
Sólo tenia una esperanza. ¡Si llegase á ser verdad el auxilio prometido
por los Estados Unidos! ¡Si no resultase un _bluff_, como creían
muchos!... Ahora, con la imaginación, sólo veía la América del Norte,
sus puertos llenos de muchedumbres en armas, las azules planicies del
Océano aradas por miles de buques que venían á desembarcar en Europa
ejércitos interminables. Y como transcurrían semanas sin que se
realizasen sus ilusiones, daba consejos á Wilson desde las arboledas de
Villa-Sirena ó entre las columnas de jaspe del atrio del Casino.
--¿En qué piensa ese señor?... ¿Por qué no vienen? Si no se apresuran,
todo habrá terminado antes de su llegada.
La discordia y la guerra le tocaron de más cerca, dentro de sus
dominios, haciéndole considerar por unas horas la conflagración general
como un asunto de secundario interés.