--Hoy somos desgraciados; yo tanto como tú, pues he perdido lo que me

hacía sobresalir sobre los demás hombres, y tal vez no lo recobre

nunca... Pero tu situación es todavía peor; eres mujer, eres más pobre,

y yo me siento atraído hacia ti y te digo lo que nunca hubiese dicho de

seguir los dos en nuestra antigua posición, encerrados en nuestro

orgullo.

Siguió hablando en un tono arrullador, aproximándose más á ella, casi

en su oído, aspirando el perfume de la boa de piel que llevaba en el

cuello y parecía guardar concentrada toda la esencia de su cuerpo.

Repitió lo que había pensado en las noches, mientras luchaba con sus

antiguas preocupaciones; lo que había resumido enérgicamente poco antes,

mientras venía silencioso en el carruaje, al lado de ella. Habló del

porvenir. Aún podían ser felices: era un amor reposado y durable lo que

él la ofrecía; un amor de otoño, un amor para siempre, sin

complicaciones dramáticas, plácido, tranquilo, dulcemente monótono, como

las veladas junto al fuego.

La mujer rió con una expresión dolorosa.

--Tú olvidas quién soy; hablas lo mismo que si el pasado no existiese,

como si tú no fueses tú, como si yo no tuviera todas esas historias que

pesan sobre mi nombre. De hacerme otro esa proposición, ¡quién sabe!...

Estoy cansada y me seduce un porvenir de reposo. ¡Pero tú!... Es

imposible contigo: acabaríamos mal. Prefiero que seamos amigos, sin nada

de amor. Resulta más seguro y durable.

Al ver su gesto desalentado, Alicia continuó hablando. No le asustaba

vivir con él por lo que pudieran decir las gentes. Era cierto que tenía

un marido, y dominado ahora por un amor senil, iba á negarse á aceptar

el divorcio. ¡Pero el caso que ella podía hacer de este obstáculo y de

los comentarios de su mundo!... Mayores audacias contaba en su historia.

--Es que no quiero... No me preguntes el motivo: no sabría explicártelo;

mejor dicho, no me entenderías. Repito lo que te han dicho otras: «Tú

eres un hombre, y no puedes comprender á las mujeres.» No, no quiero. Te

hablaré más claro: con otro hombre que llegase á interesarme... no sé.

¡Somos tan débiles! ¡sentimos tales sorpresas en nuestra voluntad! Pero

contigo, no... Nos conocemos demasiado: es imposible.

Miguel habló con un tono de despecho y tristeza.

--No te intereso: bien lo veo.

Alicia volvió á reir tan expansivamente, que golpeó con una de sus manos

las dos manos juntas del príncipe.

--¡Tonto!... ¿Crees de verdad que no me interesas? Si me fueras

indiferente, ¿te habría buscado en otro tiempo?... ¿estaría aquí ahora

contigo?

Se mostró desconcertado el príncipe. «¡Entonces!...» Y se esforzó por

descubrir qué obstáculo podía oponerse á su deseo. Si era por las cosas

de su vida anterior, él las olvidaba. El príncipe Lubimoff tenía

igualmente muchas historias que convenía no recordar...

--Dejemos en paz al pasado. Tú eres otra mujer. Conozco tu existencia en

los últimos años; además, me contaste la otra mañana lo que has sido

desde que tu hijo vivió á tu lado... Yo te tomo á partir del momento en

que reconociste la seriedad de la vida, al verte junto á un hombre

formado con tu propia carne. Olvido á la Venus de otros tiempos, á la

Helena del «banco de los viejos». Te deseo tal como eres actualmente,

Venus dolorosa, que lloras, sufres, y necesitas un consuelo, una

protección.

Ella cesó de sonreir. Su boca se crispaba con un mísero gesto de

gratitud; sus ojos estaban húmedos.

--No--dijo con voz humilde--. Es imposible, á causa de eso mismo. ¡Mi

hijo! ¡cómo me ha cambiado mi hijo!... Yo sé lo que significa todo eso

de amor. No somos dos adolescentes que se engañan con ilusorias purezas

y hablan del alma y del cielo, mientras sus cuerpos se buscan con un

impulso natural. Si yo acepto tu amor, sé lo que esto significa

inmediatamente, tal vez antes de que salga un nuevo sol. ¿Puedes

imaginarte tal cosa?... Mi hijo, que no sé dónde está, que tal vez ha

muerto, que por lo menos sufre en este momento lo que una mendiga no

permitiría que sufriese un hijo suyo, y yo, mientras tanto, entregándome

á un gran amor, á una pasión de esas que devoran los días y el

pensamiento entero, como si aún viviese en la primera juventud, ¡ah,

no!... ¡qué vergüenza! Conozco lo que un amor entre nosotros exige

fatalmente, y me da espanto, me siento sin fuerzas para muchas cosas que

antes consideraba sin importancia. Tú lo has dicho: soy otra.

El príncipe se reanimó al conocer el obstáculo. Su hijo vivía; estaba

seguro de ello. El había escrito al rey de España y á sus amigos

influyentes de París; hasta había enviado cartas á Alemania por

mediación de personajes diplomáticos. Lo encontrarían de un momento á

otro; él conseguiría que volviese al lado de su madre. ¿Por qué iba á

estorbar el pobre mozo el porvenir de los dos? Su hijo conocía la vida;

los años pasados al lado de su madre le habían familiarizado con las

irregularidades que tanto abundan en el mundo de los dichosos. No

consideraría extraordinario que ella, sometida á un matrimonio que era

una equivocación, rehiciese su existencia discretamente con un hombre al

que conocía desde su adolescencia. Además, lo amaría como á un hermano

menor. Contaba con poderosos amigos, capaces de ayudarle si deseaba

trabajar. Los restos de su fortuna serían para él cuando muriese.

Alicia agarró una de sus manos con la ternura del agradecimiento. «¡Cuán

bueno eres!...» Pero de pronto secó sus lágrimas, sus ojos brillaron con

una energía que parecía dirigirse contra ella misma, y continuó con voz

dura:

--No, no quiero. Veo lo inmediato: lo que va á ocurrir entre nosotros si

me dejo arrastrar por tus hermosas palabras; veo á mi hijo... mejor

dicho, no le veo, no sé qué es de él, ignoro si vive... Te digo que no.

Es inútil que insistas.

Se hizo un largo silencio. Pasó un soldado con la cabeza vendada bajo el

kepis y una flor en una oreja, sonriendo á una muchacha rubia que se

apoyaba en su brazo y canturreando los dos. El príncipe y la duquesa se

separaron un poco en el banco y permanecieron en silencio: él mirando al

suelo, preocupado y cejijunto; ella con los ojos en la raya del

horizonte, siguiendo la lenta marcha de las goletas, que habían combado

sus alas bajo la brisa precursora del crepúsculo.

La tenacidad con que Miguel ponía su vista en el suelo hizo que Alicia

se equivocase. Sus piernas quedaban algo descubiertas por el

arrugamiento de la falda corta; unas piernas finas, que mostraban la

blancura de su carne á través de las mallas de seda de color habana.

--¿Miras mis medias?--preguntó ella, pasando repentinamente de la

tristeza á la risa--. Fíjate. Eso que llevan al lado no son adornos, son

zurcidos. Mi doncella me las arregla muy bien. ¡Qué quieres! Somos

pobres.

Y sin duda, para distraer á su enfurruñado acompañante, siguió con

acento regocijado la enumeración de su miseria. ¡Ay, la guerra, con sus

atroces encarecimientos! Las medias de seda eran malas, se rompían con

sólo usarlas una vez, y únicamente podían adquirirse á precios

fabulosos. Prefería prolongar la existencia de las que guardaba de sus

tiempos de riqueza, por ser más sólidas. Lo mismo podía decir de los

trajes. Hacía dos años que su guardarropa ignoraba las renovaciones,

antes tan frecuentes.

--Somos pobres--repitió con jocosa solemnidad--. Además, nos gusta el

juego, y, como todos los jugadores, perdemos miles de francos y

economizamos en las pequeñas cosas que alegran la existencia.

Aguardaba una ganancia enorme y definitiva para ocuparse de su

embellecimiento personal.

Pero el príncipe, con los ojos y el gesto, dió á entender lo poco que le

interesaban estas confidencias. Era inútil que pretendiese desviar la

conversación. Miguel insistía en su demanda, ofendido por la negativa de

Alicia. Tal vez con otro hombre se habría mostrado más clemente.

Ella comprendió que debía volver á lo que interesaba á su acompañante, y

dijo con varonil franqueza:

--Yo sé lo que tienes. Te voy á hablar como un camarada, sin

preocupaciones de sexo, lo mismo que te hablé aquella noche en mi

estudio. Conozco la vida que llevas; sé igualmente lo de «los enemigos

de la mujer»: una invención necia. Tú lo que necesitas, después de

varios meses de soledad maniática, es una mujer. Escoge en torno de ti;

las encontrarás, cuando quieras, más jóvenes, más hermosas que yo, que

empiezo á verme tal como soy. ¿Por qué te fijas en mí? ¿Por qué turbar

mi tranquilidad, cuando ya me he olvidado de esas cosas?...

Sonrió el príncipe amargamente ante el remedio. Lo había pensado muchas

veces. El censor que llevaba dentro repetía el mismo consejo: «Busca una

hembra, y todo pasará inmediatamente; una hembra que sólo te inspire un

interés momentáneo; nada de mujeres y de complicaciones pasionales. Haz

lo mismo que recomendaste á Castro.» Muchas veces había entrado en el

Casino con el aire resuelto del matarife que va á escoger en el rebaño

la res diaria. Examinaba la tropa femenina de las salas de juego,

ocupada en mirar con un ojo la bayeta verde, mientras espiaba con el

otro á los hombres que circulaban á sus espaldas.

Sentía una atracción carnívora ante determinadas mujeres; una por el

rostro, otra por el talle ó la estatura, algunas por su fealdad original

ó su desarmonía incitante, que obraban sobre sus nervios como los

manjares picantes ó ácidos obran sobre el paladar. No tenía mas que

hacer una seña ó decir una breve palabra á muchas que, viéndose

observadas por el famoso personaje, sonreían dispuestas á seguirle. Pero

experimentaba de pronto la antipatía que inspiran las cosas repetidas

hasta la saciedad, el vacío de lo que se conoce hasta el cansancio. Nada

nuevo podía esperar; se horrorizaba pensando en el parloteo vano de una

desconocida que desea hacerse interesante; en las mentiras de un

sentimentalismo repentino y falso; en la grotesca animalidad del

acoplamiento que daría fin á tanta molestia. No; le era imposible. Una

sola vez, con la desesperada energía del enfermo que traga un

medicamento repugnante, había seguido á uno de estos animales hermosos,

para sentirse poco después arrepentido de su vileza y avergonzado de su

fracaso.

--Eres tú; tú, y ninguna más--dijo sombríamente--. Tú, ó nadie.

Alicia habló con el mismo tono grave. Sabía por experiencia lo que era

esto. Deseamos con mayor anhelo lo que nos es imposible conseguir;

hacemos un objeto único de todo lo que está fuera de nuestro alcance.

Pero estos razonamientos exasperaron á Lubimoff, hasta hacerlo injusto.

--Te conozco--dijo avanzando en el banco, al mismo tiempo que la miraba

de cerca con unos ojos apasionados y agresivos--. Sé cómo sois las

mujeres: todas vanidosas y vengativas. No puedes olvidar la noche en que

quisiste y yo no quise, y ahora te das el placer de mi suplicio; gozas

haciéndome sufrir...

--¡Oh, Miguel!--interrumpió ella con un tono de protesta.

Lubimoff siguió hablando rencorosamente, y esta indignación conmovía á

Alicia más que los ruegos humildes de poco antes. Era la imploración

desesperada del desahuciado que quiere volver á la vida normal.

--Te amo... te necesito. ¡Yo te tendré!

Sobre el lomo del Cap-d'Ail descendía la esfera anaranjada del sol. Su

borde interior tocaba ya la línea ondulante de los jardines y los

edificios. Por un momento concentró sus rayos en haz á través de la

columnata de un _belvedere_, como si se asomase á un arco de triunfo

antes de morir. Una luz azul que parecía emerger del mar iba repeliendo

en los jardines el oro desmayado de la tarde.

--¡No!... ¡no quiero!

La voz de Alicia rasgó el rumoroso silencio con un temblor de sorpresa

para convertirse inmediatamente en sordo y prolongado rugido, como si

algo pesase sobre su boca. Miguel había echado sus dos brazos sobre los

hombros de ella, dominándola, inclinando su busto, oprimiéndolo contra

su pecho. Su boca buscaba la otra boca que pretendía resistirse, huyendo

con violentas contorsiones del cuello. Finalmente, cesó el rugido de

protesta. Las dos cabezas permanecieron inmóviles.

--¡Oh, Miguel... Miguel!--suspiró ella, librándose por un momento de la

caricia para volver á someterse á aquellos labios que la perseguían con

avidez.

Hablaba como una vencida. Había vuelto de golpe á su pasado,

estremeciéndose al contacto de tantas cosas olvidadas que una larga

abstinencia hacía completamente nuevas. Esta boca ardorosa y dominadora

la despertaba de un sueño que había durado años. Su renacimiento venía

de más lejos que el de Miguel.

Se olvidó de lo que la rodeaba. Sus ojos continuaron abiertos, pero se

habían borrado de ellos el mar, el cielo dulce del ocaso, hasta las

ramas de pino que formaban un dosel silvestre sobre sus cabezas.

De pronto volvió á contemplarlo todo, encorvándose al mismo tiempo para

repeler al hombre.

--No, no quiero... ¡Esa mano!... Pueden vernos. ¡Qué locura!

El príncipe era un atleta, pero la emoción debilitaba sus fuerzas.

Además, éstas se esparcían en una doble actividad, queriendo dominar á

la mujer y explorarla á la vez en sus misterios, con la furia del

imperativo sexual. Ella se contrajo y se irguió varias veces, dúctil y

reptilina, consiguiendo al fin escapar de la cadena de los brazos

masculinos mientras lanzaba un suspiro de fatiga y satisfacción.

Lubimoff, vuelto á la realidad, vió á Alicia de pie ante él, acabando de

alisar su vestido en desorden, llevándose luego las manos á su

cabellera, al torcido sombrero, á la boa que se deslizaba de sus

hombros.

--Vámonos--dijo con un laconismo de enfado.

La siguió el príncipe, cabizbajo, arrepentido de su violencia. A los

pocos pasos, ella pareció conmoverse por este mutismo que representaba

un arrepentimiento, y volvió á sonreir:

--Ya sé que en adelante no debo verte á solas... Olvidaba que eres un

marino, acostumbrado á bajar en los puertos con premura, sin querer

perder tiempo.

Marcharon lentamente, con una placidez igual á la del sereno crepúsculo.

Al salir de los jardines hicieron un alto frente al Museo. ¡Volver por

el mismo camino!... Miguel descubrió á un lado del edificio una

escalinata rústica tallada á trechos en la roca y completada en las

oquedades con peldaños de ladrillos. Descendía hasta la ribera del mar

formando diversos tramos, y á su final, un camino siguiendo el borde de

la costa conducía al puerto.

La mujer vaciló bajo el arco de entrada.

--Te advierto--dijo amenazando con un dedo á Miguel--que si vuelves á

las tuyas, pido socorro. ¿Me prometes ser hombre serio?... ¿Palabra?...

Bueno; marcha delante: no me fío.

El se lanzó por la escalera como un explorador. El palacio del Museo

parecía desdoblarse así como iban descendiendo. Además del edificio á

flor de tierra, había un segundo edificio costa abajo, que asentaba sus

muros de piedra con grandes ventanales sobre las rocas del acantilado.

En una revuelta, el príncipe se detuvo para esperar á su compañera.

Descendía lentamente, dejando entre los dos una separación de varios

peldaños. Tenía los pies más arriba de la cabeza de Lubimoff, y á éste

le bastó elevar un poco los ojos para ver aquellas medias cuyo

zurcimiento había explicado la duquesa.

Vió algo más, que le hizo estremecerse; y con la ligereza de un muelle

que se dispara, salvó en varios saltos los escalones que existían entre

ambos.

--¡Miguel... que grito!--exclamó ella al verle llegar, extendiendo las

manos para rechazarle y queriendo huir al mismo tiempo.

Había abarcado en sus brazos la parte baja del adorable cuerpo. No podía

ascender más: las manos de Alicia repelían su cabeza con un impulso

nervioso. Y él, con la incoherencia de la pasión, besó sus pies y el

arranque de sus piernas; besó su falda allí donde pudo, en los ángulos

redondeados de sus rodillas, en la suave curva del vientre.

Ella se irritó al sentirse inmovilizada, sin poder huir.

--¡Déjame!... Esto es ridículo. ¡Acabemos!

Y el sombrero del príncipe rodó de escalón en escalón, bajo un golpe de

aquellas manos finas que se defendían á ciegas.

Este incidente le devolvió su serenidad. Sí; efectivamente, era

ridículo. Y como viese en Alicia la intención de desandar el camino,

volviendo á los jardines, Miguel, para inspirarle confianza, corrió

escalera abajo, sin volver la cabeza, sin preocuparse de si ella le

seguía.

Se juntaron al borde del mar, en un ancho camino que serpenteaba entre

las rocas sueltas orladas de espuma y las paredes casi verticales del

acantilado. Las mesetas y oquedades de la piedra habían sido

aprovechadas, en este promontorio de escasas superficies horizontales,

para construir algunos edificios que albergaban á las familias de los

empleados de Mónaco. En el filo del acantilado aparecía, como una

cabellera verde, la línea bordeante de los jardines altos, cortada á

trechos por viejas obras de fortificación.

Eran bastiones en declive, con garitas salientes en sus ángulos, iguales

á los que se ven en los viejos grabados ó en las decoraciones de teatro.

Enormes lápidas de piedra con caracteres latinos cantaban la gloria de

los diversos príncipes soberanos que habían hecho construir estas

costosas obras de defensa, ahora anacrónicas é inútiles. Lubimoff

esperaba ver surgir de las garitas algún granadero de uniforme blanco y

vueltas de grana, llevando sobre el negro mostacho y la peluca con

polvos una mitra de oro.

Caminaron lentamente en el crepúsculo. Arriba, la luz anaranjada del

ocaso enrojecía suavemente las aristas de la roca, las arboledas, las

fachadas blancas. Al borde del mar, la sombra era azul, una sombra de

noche lunar. El cielo ensangrentado por la puesta del sol permanecía

invisible para ambos detrás del peñón de Mónaco. Sólo podían contemplar

el cielo de la parte de Italia, cada vez más obscuro, más denso,

preparándose á dar paso á las primeras punzadas luminosas de las

estrellas.

Se cruzaron con varios pescadores que regresaban á sus viviendas

cargados de cestos y redes.

Alicia experimentaba inquietud en algunas revueltas completamente

solitarias. Luego, al ver una casa ó un transeunte que se iba

aproximando, reanudaba su conversación. Lo que ella temía era un alto en

el camino, sentarse con el príncipe en el pequeño parapeto que bordeaba

la costa. ¡Mientras siguiesen marchando!...

Dejó sin protesta que Lubimoff pasase un brazo por otro suyo, apoyándose

en él. ¡Se expresaba con tanta humildad!... Parecía arrepentido de sus

atrevimientos; le pedía perdón con su pálida sonrisa. Además, le hablaba

de su hijo con un optimismo acariciador. Todos los temores de ella eran

infundados; su hijo volvería: estaba seguro de ello. Iba á recibir

buenas noticias de un momento á otro; tal vez aquella misma noche.

Era un hombre, y por mucho que amase á su madre acabaría por amar á otra

mujer con mayor vehemencia, creándose una vida aparte, como todos los

demás.

--Y tú, que aún puedes considerarte joven, que tienes derecho á largos

años de ventura, ¿quieres renunciar á todo, como una vieja?... ¿Por qué?

¿Qué adelantas con eso?...

Ella bajaba la frente sin saber qué contestar, y su turbación era tal,

que no hizo el menor movimiento cuando el brazo de Miguel dejó de

apoyarse en el suyo para ceñir su talle. Así avanzaron, estrechamente

ligados, formando un solo cuerpo, dando paso tras paso instintivamente,

sin saber hacia dónde marchaban. El, con los ojos puestos en ella,

espiaba su rostro, esperando la caída de una mirada, de un monosílabo de

aceptación. Alicia temía encontrarse con estos ojos implorantes, y

entornaba los suyos.

--Di que sí--murmuró Lubimoff--, di que quieres. Por algo nos hemos

encontrado; por algo viniste á buscarme. Vamos á rehacer unas vidas que

se torcieron por nuestra vanidad y nuestro orgullo. Seamos, aunque algo

tarde, lo que debimos ser.

--No--suspiraba Alicia--, no puedo... ¡Mi hijo!...

Y á continuación se apresuró á murmurar, como arrepentida:

--Sí; tal vez... más adelante... Pero ahora, no. ¡Qué vergüenza!...

Cuando yo esté tranquila, cuando no sienta esta preocupación que me

destroza... Te quiero; ¿te basta con eso? Te quiero...

Estas dos palabras le bastaban al príncipe. El, que había llegado con

tantas mujeres á los mayores extremos de dominación, sin sentirse nunca

ahito, se contentaba con la breve frase, que tenía para sus oídos una

música dichosa.

Fué subiendo su brazo más arriba del talle de Alicia, mientras con la

otra mano reclinaba su cabeza en uno de sus hombros.

Sonó un beso, un larguísimo beso, sin que se detuviese la marcha de los

dos. La mujer no opuso resistencia, y poco después, su boca, animada por

un despertar febril, se unió á este beso, haciéndolo más apasionado, más

vibrante é interminable. Ya no sentía miedo; seguían caminando, y á su

enamorado le era imposible repetir las osadías del jardín. Es más: se

confesaba interiormente, con cierta vergüenza, el deleite que esta

caricia andante resucitaba en ella.

--Te quiero--suspiró, sin saber lo que decía--, te quiero; ¡pero lo

otro, no!... Amémonos como si fuésemos muchachos. Es ridículo á nuestra

edad... ¡pero tan dulce!

En aquel momento, el alma de Lubimoff era igual á la suya. Este simple

beso le pareció el mayor de los placeres que había conocido. Encontraba

á la vida un encanto nunca sospechado. Creyó contemplar el paisaje más

hermoso de la tierra. ¡Qué interesantes las viejas fortificaciones! ¡Qué

grande hombre Alberto de Mónaco al construir esta ruta asfaltada y

solitaria, para que él marchase prendido por su boca á la boca de una

mujer!...

Caminaban lo mismo que si estuviesen ebrios, en continuo zigzag, desde

el parapeto al corte del acantilado, labios con labios, los ojos

tocándose, como si nada existiese más allá, é imaginándose buenamente

que marchaban en línea recta. Desde lejos les hubiesen creído dos

adversarios que luchaban, tambaleándose con los empujones de la pelea.

El, dominado repentinamente por el deseo, quedó inmóvil y se negó á

seguir adelante.

--¡No... no!

Alicia protestaba ante el peligro, quebrantada aún su voluntad por las

emociones recientes, pero esforzándose por mantener su negativa.

La boca de él se había separado de la suya. Sus ojos brillaban con un

estrabismo agresivo. Las manos bajaron á lo largo del cuerpo femenil,

ganchudas como garras.

--¡No quiero; te he dicho que no quiero!... ¡Sigamos!

Ella se agitó entre sus brazos con una agilidad de gimnasta, y al salir

de este encierro sonó un crujido de tela desgarrada.

--¡Mira, bárbaro!... ¡mira lo que has hecho!

Estaba inmóvil, con la boa de piel cayéndose de uno de sus hombros,

mientras buscaba en el otro el rasguño que acababa de sufrir su vestido.

Miguel, colocándose á sus espaldas, vió que tenía una manga casi suelta,

dejando ver la blanca carne del brazo y la deliciosa oquedad de la axila

con su fino musgo.

Se arrepintió de su violencia, de sus maneras, que rompían al acariciar,

como las de un marinero ebrio.

Otra vez se apiadó Alicia de su confusión infantil.

--No vale la pena. Es un vestido de hace dos años; está tan viejo, que

se rompe con solo mirarlo... Inconvenientes de pasear con una pobre.

Después la preocupó este rasguño tan visible. Iba á entrar en

Monte-Carlo, á pie ó en tranvía; ¡qué dirían viéndola en tal estado!

--Un alfiler; ¿tienes un alfiler?

Esta petición aumentó el remordimiento del príncipe. ¿Dónde puede

encontrar un hombre un alfiler?... Mientras Alicia buscaba en sus ropas

inútilmente, él pensó en regresar al Museo ó escalar los peñascos hasta

una de aquellas casas donde vivían los empleados del príncipe. Habría

dado cien francos por un alfiler... pero se acordó de que no tenía nada

en sus bolsillos.

Empezó á registrarse lo mismo que ella, aunque tenía la certeza de que

la rebusca era inútil.

De pronto sonrió triunfante.

--Toma el alfiler.

Era el de su corbata; una perla famosa, muy admirada por las mujeres, y

que no había querido dar nunca, por ser regalo de la princesa Lubimoff.

Tuvo que encargarse él mismo de arreglar la rotura de la espalda,

suspirando de angustia.

--No sabes--decía riendo Alicia--. Cuidado, que me pinchas. ¡Qué torpe!

Pero él acabó por sentirse contento de su torpeza. Acariciaba el desnudo

brazo con sus dedos, se estremecía al rozar aquel pliegue de la carne

que guardaba en su sombra aterciopelada cierto misterio sexual.

--¡Quieto!--chilló ella--. No vuelvas á las andadas; mira que me

enfado... Bien está así... ¡Vámonos!

Los enemigos de la mujer · 第 21 / 37 段