--Has jugado por mí: lo adivino... Te has dicho: «Voy á ganar lo que esa

loca pierde; los hombres sabemos más que las mujeres...» ¡Ah, pobrecito

mío, pobrecito mío, cómo agradezco tu buen deseo!... ¿Y cuánto fué?...

Al conocer la cifra hizo un gesto plañidero; pero sonrió á continuación,

como si este compañerismo en la desgracia le hiciese más llevaderas sus

propias pérdidas.

Quedaron un rato en silencio. Luego explicó ella su presencia en la

plaza. Había jurado la noche antes no acercarse más al Casino; ¡pero la

costumbre!...

--Estoy sola. Valeria se ha ido apenas terminó el almuerzo. Anda como

loca por ese sabio que tienes en tu casa. Deben haberse dado alguna

cita. Sólo habla de España, porque allá se casan las mujeres sin dote...

De «la Generala» no me hables, no quiero saber nada; está muerta...

¡muerta para siempre! Y yo me aburro en mi soledad, pienso en cosas que

me hacen llorar; salgo, y las piernas me traen hasta aquí sin que me dé

cuenta.

Luego añadió, con una imploración graciosa:

--Llévame á cualquier parte, adonde se te ocurra. Paseemos lejos de

aquí... ¿Dónde podremos ir?

El príncipe mostró la misma indecisión. Se movían siempre en el mismo

círculo, desde sus casas al centro de Monte-Carlo, al Casino, y quedaban

como desorientados al pretender ir más allá. La guerra había suprimido

los automóviles particulares; era necesaria una autorización previa para

las excursiones. Sólo se encontraban carruajes tirados por caballos

flojos, desechos de la movilización.

--¿Si fuésemos á Mónaco?--propuso Alicia.

Mónaco estaba á la vista, al otro lado del puerto; un tranvía lo liga

con Monte-Carlo cada veinte minutos, y no obstante, ella hizo su

proposición lo mismo que si hablase de un país remoto.

Los dos habían pasado varios años aquí, viendo á todas horas la roca que

lleva en su lomo la vieja ciudad de los príncipes, pero como si fuese

una pintura de telón de fondo, sin ocurrírseles nunca llegar hasta ella.

Alicia recordaba vagamente una visita al palacio del soberano y otra al

Museo Oceanográfico, sin poder dar forma á sus impresiones. Lubimoff

había visto también desde el interior de su automóvil jardines, casas

viejas y una gran plaza, el único día que visitó en su viejo castillo al

príncipe de Mónaco.

Decidieron el viaje con una alegría de colegiales, y cuando la duquesa

iba á llamar á un coche de punto, Miguel mostró cierta indecisión,

llevándose una mano á diversos bolsillos.

No tenía dinero. Todo lo había dejado en la ruleta, absolutamente todo.

En el hotel había pedido que anotasen su almuerzo, entregando sus

últimos francos á los camareros como propina.

Alicia acogió su preocupación con grandes risas. ¡Un Lubimoff no

teniendo con qué pagar á un cochero de punto!... Unicamente en

Monte-Carlo podían verse estas cosas.

--Yo pagaré, pobrecito mío. Será á cuenta de los veinte mil que te debo.

No; á cuenta, no: será un regalo. Tú que tanto diste á las mujeres, deja

que sea yo la primera que costee tus necesidades. ¡Qué lujo! Yo

«entreteniendo» al príncipe Lubimoff...

Habían ocupado un carruaje, que empezó á descender la cuesta hacia el

puerto de La Condamine.

--¡Cómo nos mira la gente!--dijo Alicia--. Van á creer que te rapto. La

arruinada duquesa de Delille se lleva al príncipe multimillonario para

ser su amante y sacarle el dinero... ¡Y no saben que soy yo quien paga!

Anda, ríete un poco. ¿Te parece mal que yo pague?... ¿No encuentras eso

gracioso?...

Habló de su imprevisión y su alocamiento con cierto orgullo, como algo

que la colocaba sobre todas las gentes de costumbres regulares. La noche

anterior temió que no le quedase dinero para poder comer al día

siguiente. Pero Valeria había pasado la mañana haciendo preciosos

descubrimientos en los armarios: billetes de Banco perdidos entre las

ropas, placas del Casino olvidadas en los libros, hasta un papel de mil

francos envolviendo una vieja pastilla de jabón.

Cesó repentinamente de enumerar estos hallazgos.

--¡Mira!... ¡mira!

Estaban en el puerto. Ella señaló á una dama que marchaba por el muelle,

entre las altas adelfas recortadas en forma de árboles. Era Clorinda. De

un banco se levantó un señor que parecía esperar, saliendo á su

encuentro. Los dos reconocieron á Atilio Castro, viendo cómo se

saludaban él y «la Generala», cómo seguían juntos su paseo, tan ocupados

en contemplarse mutuamente, que no fijaron su atención en el carruaje.

Miguel sonrió. El allí, al lado de Alicia, que le hacía cometer toda

clase de extravagancias; el otro esperando con una emoción de

adolescente la llegada de doña Clorinda. ¡Pobres enemigos de la mujer!

--¡No me hables de ella!--exclamó Alicia, á pesar de que su compañero no

había dicho nada--. ¡La detesto!... El pobre Martínez en el olvido. Me

lo disputa, me lo quita, y luego viene en busca de Castro, mientras el

otro infeliz vagará por Monte-Carlo. ¡Qué mujer! ¡El mal que me ha

hecho!... Ella tiene la culpa de todo.

Y ante la mirada interrogante del príncipe fué exponiendo sus quejas con

acento de convicción. Su pérdida tan rápida y completa no podía

explicarse lógicamente. Dos semanas ganando, y en unas cuantas horas

perderlo todo... ¿cómo podía ser eso? La noche anterior, al retirarse

del Casino, una amiga respetable, una marquesa italiana, antigua

bailarina, muy experta en las cosas de la suerte y que llevaba treinta

años jugando en Monte-Carlo, le había descubierto la cruel verdad:

«Duquesa, usted tiene alguna persona que la quiere mal: una amiga

envidiosa que frecuenta su casa y le ha echado una maldición. Sólo así

se comprende lo ocurrido. Hay que repeler la mala suerte,

devolviéndosela á quien se la envió.»

--Ya ves que la cosa resulta clarísima: una amiga envidiosa y que

frecuenta mi casa... Clorinda; no puede ser otra. Y mañana mismo voy á

repeler la mala suerte, tal como me lo ha recomendado la marquesa. Otras

jugadoras siguieron sus consejos y les va muy bien.

Eran los Reyes Magos los que poseían el privilegio de deshacer estos

conjuros perversos. Necesitaba purificar su «villa», fumigar todas las

habitaciones donde hubiese entrado «la Generala», quemando en una

cazoleta oro, incienso y mirra, los tres presentes de los monarcas

viajeros. Oro no lo había: estaba oculto con motivo de la guerra; pero,

según la marquesa-bruja, era lo mismo quemar trigo.

--Debo recitar al mismo tiempo una oración en italiano, una súplica muy

bonita á los tres reyes, casi una romanza, que dice... que dice...

No pudiendo acordarse, abrió su bolso de mano. En el monedero guardaba

la plegaria, escrita con lápiz detrás de un cartón del Casino de los que

sirven para anotar las jugadas. Miguel miró el interior del bolso con la

curiosidad que inspiran siempre todos los objetos de la mujer que nos

interesa. Vió sobre el arrugado pañuelo una carterita de piel, y

colgando de ella un fetiche de jugadora, una mano con el índice y el

meñique tendidos en forma de cuernos, para conjurar la mala suerte. Pero

junto con la mano colgaba otro fetiche de oro, de forma tan inesperada,

tan inaudita, que Miguel desechó como inverosímil lo que había pasado

ante sus ojos en rápida visión.

Alicia se echó atrás, repeliendo su mano curiosa. «¡No, no!» Y cerró el

bolso con tanta rapidez, que casi le pilló los dedos entre las valvas de

plata. Se defendía, ruborosa y sonriente; le miraba con ojos malignos,

encogiéndose al mismo tiempo como una niña avergonzada.

--Es un regalo de la marquesa... lo mejor que ella conoce para atraer á

la suerte. Se acabó: no necesitas saber más. ¡Qué curioso!...

Y mientras ella se fingía algo enfadada para evitar nuevas

explicaciones, Miguel recordó el rosario de Satán del amigo de Lewis y

sus extraños adornos.

El carruaje empezaba á ascender por la cuesta de Mónaco. Los buques y el

puerto parecían hundirse gradualmente á cada vuelta de sus ruedas. Una

sombra verdosa enfriaba este camino, á la vista del luminoso mar, de las

montañas amarillentas, que iban tomando un color rojizo bajo el sol de

la tarde.

Lubimoff explicó á su compañera las singularidades del promontorio que

sirve de asiento al viejo Mónaco. En el lado de Mediodía, entre las

rocas cubiertas de pitas y nopales, se aclimata la vegetación de los

países cálidos con una facilidad verdaderamente sorprendente si se tiene

en cuenta la latitud geográfica. Al visitar el palacio de los príncipes

había encontrado en los antiguos fosos de la fortaleza, que son como

invernáculos naturales, el mismo calor húmedo y pegajoso de las selvas

del Ecuador, con palmeras brasileñas que ascendían á muchos metros en

busca de la luz. En cambio, sin salir del mismo peñón, se descubrían al

Norte, donde había poco sol, helechos de los países fríos, vegetaciones

de los Vosgos, llegadas hasta allí nadie sabía cómo para arraigarse

frente al Mediterráneo.

Alicia, no queriendo aparecer menos instruída, habló de los jardines de

San Martino. No los había visitado, pero sospechaba que estaban entre el

Museo Oceanográfico y la Catedral. Valeria no sabía hablar de otra cosa

en las últimas semanas, describiéndolos como si fuesen los jardines más

interesantes de la tierra. Los había visto bien acompañada, y esto

influye mucho en la visión. Era sin duda Novoa el que le había

descubierto este paraíso.

--¡Si los encontrásemos!--dijo riendo Alicia.

El carruaje pasó entre dos torrecillas con montera de tejas que marcan

la entrada al recinto de Mónaco. El puerto quedaba muy abajo, con sus

buques empequeñecidos. Al otro extremo de la plaza de agua brillaban las

cúpulas de los numerosos hoteles de Monte-Carlo, sus fachadas

policromas, los vidrios de balcones y miradores. No se llegaba á

distinguir la gente. Los automóviles resbalaban como diminutos insectos

por la cuesta que desciende á La Condamine.

Entraron en una avenida asfaltada, entre dos masas de estrechos y

tupidos jardines, que conduce al Museo Oceanográfico.

--¡Míralos!--dijo Alicia con expresión triunfante, al mismo tiempo que

daba con un codo al príncipe.

Cuando éste avanzó la cabeza, sólo pudo ver unos bultos que se ocultaban

en un sendero lateral.

--Eran ellos, no lo dudes--continuó la duquesa, riendo--. Marchaban por

en medio de la avenida. Esa Valeria es muy lista; se ha vuelto al oir el

ruido de un coche, reconociéndome al instante. Se llevó al sabio como

si lo arrastrase.

Cesó de reir, adquiriendo su rostro una gravedad melancólica.

--¡Felices ellos! ¡Qué de ilusiones! Todos hemos pasado por lo mismo...

Lo malo es que deseamos marchar adelante en busca de algo más, cuando

debíamos quedarnos con lo que tenemos.

El príncipe asintió con la cabeza, repitiendo lacónicamente:

--¡Felices ellos!

Su voz era un _réquiem_. Estos encuentros sucesivos le hacían pensar en

la muerta comunidad de la que era jefe irrisorio. Primeramente,

Castro... Luego, Novoa. Hasta el coronel estaría en aquel momento

paseando ante la tienda de una modista, á la espera de la chica del

jardinero. Quedaba Spadoni, pero su fidelidad valía poco. Para él no

existía otro femenino que el de la ruleta.

Se detuvo el carruaje más allá del Museo Oceanográfico, donde empiezan

los jardines de San Martino. Alicia pagó al cochero.

--Hay que hacer economías--dijo con gravedad--. Volveremos á pie.

Siguieron unos senderos tortuosos, subiendo y bajando por las quebradas

de la costa. Las pequeñas mesetas habían sido convertidas en miradores

de piedra, desde los que se abarcaba un espacio inmenso. En algunos

amaneceres se podía distinguir el lejano perfil de las montañas de

Córcega. Como los jardines estaban á muchos metros sobre el

Mediterráneo, la línea del horizonte era tan alta que obligaba á

levantar los ojos. Los pinos formaban ligeras y negras columnatas, entra

cuyos troncos subía el cortinaje obscuro del mar. Sólo sus rumorosas

copas de agujas emergían en el azul diáfano del cielo. La vegetación

baja se componía de plantas silvestres de acre perfume y vida dura,

insensibles á las emanaciones salitrosas; nopales, cuyas palas verdes

estaban rematadas por frutos rojos; pequeñas pitas de retorcidas puntas

que se enredaban unas en otras como tentáculos de pulpos verdes.

Admiró Alicia este jardín. Era, según ella, un jardín marítimo, que

armonizaba con el Museo cercano y el paisaje. Los troncos parecían

mástiles de navío; las plantas amontonadas á sus pies tenían la forma

radiada y envolvente de los monstruos de las profundidades oceánicas.

Otras vegetaciones de origen exótico evocaban la imagen de países

cálidos, de lejanos puertos olorosos poblados de muchedumbres amarillas

ó cobrizas. A través de los fustes rectos de la arboleda se veían cinco

goletas, inmóviles en el horizonte, con el velamen caído.

Una cinta de humo acompañaba las evoluciones de un torpedero sutil

rondando como perro protector en torno de este rebaño blanco y tímido.

Al asomarse á los balconajes de piedra se veía el mar á una profundidad

enorme. El acantilado rojo se hundía verticalmente en las aguas

ennegrecidas por la sombra ó se resguardaba con desprendimientos de

rocas eternamente ceñidas de espumas. A un lado avanzaba el Cap-Martin,

repeliendo el asalto de las olas, círculo de corderos blancos que se

sucedían incesantemente surgiendo de las praderas azules; más allá, la

costa de Italia, sonrosada por la melancolía de la tarde; y en el

extremo opuesto, el Cap-d'Ail y el Cap-Ferrat, sobre cuyos

lomos--abullonados de verde por las arboledas y moteados de blanco por

las «villas»--empezaba á extenderse el sudario de oro que debía envolver

la muerte del sol.

--¡Hermoso!... ¡muy hermoso!

La duquesa mostraba una alegría infantil. Se habían sentado frente al

mar, saboreando la rumorosa calma, en la que se confundían los

estremecimientos de los pinos, el profundo rodar de las espumas

invisibles, la respiración de la llanura azul, los crujidos de la

tierra, rozada por los rosarios de hormigas, por las procesiones de

orugas, por la labor tenaz de los escarabajos, y conmovida al mismo

tiempo en sus entrañas por el despertar de las raíces.

De vez en cuando sonaba la arena del tortuoso sendero bajo pasos

humanos. Eran inválidos ó convalecientes que recorrían los jardines á la

salida del Museo; vecinos de Mónaco que regresaban á sus casas después

de haber tomado el sol en un banco; gruesas comadres que guardaban su

calceta en un bolso; ancianos apoyados en un bastón, que tal vez no se

habían embarcado nunca, pero tenían un aspecto de viejos marinos

genoveses. También pasaban lentamente algunas parejas de enamorados.

Aparecían en una revuelta del sendero cogidos del talle, silenciosos,

mirándose. Al notar que en el banco había otra pareja, se desasían,

improvisaban una conversación cualquiera y ganaban cuanto antes la

revuelta inmediata, para repetir el tierno enlazamiento, no sin antes

saludar con una sonrisa al príncipe y á la duquesa, como si adivinasen

en ellos á otros enamorados.

--¡Y pensar que nunca habíamos venido aquí!...--dijo Alicia--. Tú, á lo

menos, posees tus magníficos jardines; pero yo, instalada en una «villa»

que no es mas que una casa con unos cuantos árboles y teniendo por todo

panorama el edificio de enfrente, soy tan estúpida, que me paso las

tardes en el Casino, obscuro y cerrado como una bodega. ¡Qué horror!

Se estremeció al pensar en el Casino. Le parecía ahora imposible que

hubiese podido vivir en la penumbra ó bajo la luz artificial, mascando

una atmósfera malsana, á las mismas horas en que este jardín extendía

ante el mar su magnificencia silvestre y luminosa.

--Hay muchas cosas bellas en el mundo--continuó--para las cuales no se

necesita dinero. ¡Pensar que si no hubiésemos perdido no estaríamos

aquí! Casi es mejor ser pobres.

Miguel rió de su vehemencia. No; ser pobre no resultaba agradable; pero

tenía razón al decir que para gozar de muchas cosas hermosas no es

necesario el dinero.

--Nosotros mismos--añadió él, después de una larga pausa--sólo nos

conocemos verdaderamente desde que perdimos nuestra riqueza. ¡Quién sabe

si de nacer pobres nos hubiésemos entendido mejor en nuestra

juventud!... Muchas veces lo he pensado.

Era cierto; y desde que estaba aquí en el banco, al lado de ella,

pensaba lo mismo. La alegría de Alicia ante la tarde esplendorosa, su

entusiasmo al verse en este jardín rústico frente al mar, lejos de

ciertas gentes sin las cuales no creía antes tolerable la existencia,

lejos del juego, que era el único remedio para el vacío de su vida, todo

esto halagaba al príncipe, como un descubrimiento de acuerdo con sus

gustos. La veía ahora muy distinta á como se la había imaginado en otros

tiempos. Y él también aparecía seguramente ante los ojos de ella de otro

modo que en el pasado. Una muralla enorme los separaba antes: la

riqueza, engendradora del orgullo y del afán de dominación.

Sintió una necesidad de seguir hablando. Algo hervía en su interior,

haciendo subir las palabras á la boca con una marea irresistible.

«Vas á cometer una necedad enorme... ¡Atención!... Buscas complicar tu

existencia...»

Era el antiguo Lubimoff el que hablaba en su interior; el Lubimoff

recién llegado de París para refugiarse en su Arca, lejos de todos los

afectos vanos que forman la felicidad de la mayoría de los hombres; el

áspero maestro de «los enemigos de la mujer».

La voz ronca y plañidera no levantó ningún eco. El príncipe despreciaba

á este fantasma que aún se mantenía en su interior, gimiendo sobre

ruinas.

Había permanecido hasta entonces aspirando con delicia el perfume de

aquella mujer, que al mezclarse con el perfume de la tarde parecía

comunicar su esencia á toda la Naturaleza. Veía el cielo, el mar, los

árboles, todo á través de ella, como si llenase el espacio.

También él había hecho un descubrimiento. Pensaba con horror en la

solitaria Villa-Sirena, como la otra pensaba en el Casino. Le parecían

más hermosos estos jardines de disfrute común que los de su propiedad,

que todos le envidiaban. ¿Cómo podía haberse paseado solo en torno de su

«villa», por las avenidas magníficas y solitarias, cuando existía en el

mundo la voluptuosidad de sentarse en un banco público al lado de una

mujer, ó caminar junto á ella pasando un brazo por su talle, lo mismo

que aquellos pobres soldados y marinos?...

«¡Muy bien, príncipe!... Enamorado como un adolescente pasados los

cuarenta. ¡Adelante con tus necedades, si eso te divierte!... ¿Qué

dirían los otros enemigos de la mujer?»

Pero él no quiso oir esta última protesta de una mitad de su persona,

olvidada y hostil.

--Nuestra vida ha sido un engaño--dijo en voz alta, con cierta

violencia, para no dejar traslucir su emoción--. Tú debes estar

convencida de ello... Y también te das cuenta de que yo pienso lo

mismo... de que reconozco mi error... Porque yo... porque yo, desde hace

tiempo... ¡yo te amo!... Ya está dicho: ahora ríete si quieres.

Ella no quiso reir. Lanzó una ligera exclamación, le miró un instante y

volvió la cara, como si huyese de la interrogación de sus ojos. Había

presentido la llegada de esto de un momento á otro, ¡pero la sorpresa de

escucharlo en la realidad!...

Hubo un largo silencio.

--¿Qué contestas?--preguntó al fin con timidez el famoso príncipe

Lubimoff, adorado por tantas mujeres.

Alicia volvió á mirarle.

--¿No es una broma?... ¿No es un capricho que te ha sugerido la

hermosura de esta tarde tan... poética?

Miguel protestó con el gesto. ¡Considerar capricho aquella decisión

grave que venía preparada por largas y penosas contradicciones

interiores, lo mismo que un gran pensamiento!...

--Si yo fuese como las más de las mujeres, te contestaría: «¿A cuántas

has dicho lo mismo?» Pero esta pregunta es estúpida. Se puede haber

dicho «Yo te amo» á una mujer con toda sinceridad, y algún tiempo

después repetir lo mismo á otra, con más sinceridad aún... No quiero

preguntarte á cuántas has dicho lo mismo; tal vez no lo has dicho á

ninguna. Tú no necesitabas esforzarte, fingiendo la comedia del gran

amor, para conseguir tus deseos: te esperaban anhelantes; te bastaba

arrojar tu pañuelo de sultán... ¡Pero á mí!... Haz memoria, Miguel: de

muchachos nos odiamos; después, cuando yo quise, tú no quisiste... ¡y

ahora que ya empezamos á ser viejos!... ¡ahora que sólo poseo los restos

de lo que fuí, que carezco de libertad, pues tengo... lo que tú sabes!

Es un disparate, y por eso río. No: ¡nunca!

El príncipe habló á su vez. Se habían odiado, era cierto, y este odio lo

consideraba ahora como una felicidad. ¡Qué desgracia la suya si hubiesen

unido por el matrimonio sus dos enormes fortunas y sus dos orgullos

todavía más enormes!...

--Nos hubiésemos separado una semana después; tal vez el mismo

día--continuó Miguel--. Hasta tengo la sospecha de que te habría pegado.

--Y yo á ti--dijo la duquesa--. No cabíamos juntos en ninguna parte. Era

preciso que uno se sometiese al otro, y ninguno de los dos comprendía

este sacrificio.

--Lo mismo--siguió él--puedo decirte de aquella noche en que comimos

juntos. Celebro mi conducta absurda y ridícula. Si hubiese cedido, algo

irreparable existiría ahora entre nosotros; no nos hubiéramos vuelto á

encontrar, no estaríamos aquí diciendo lo que decimos.

Ella asintió.

--Es cierto; no estaríamos aquí. Tú guardarías un recuerdo espantoso de

mi persona; sé bien cómo era yo entonces. Tampoco habría ido á buscarte,

aunque en ello me fuese la vida. Gracias á tu fuga de aquella noche

podemos ser amigos, amigos eternos, hermanos si quieres; pero ¿por qué

me hablas de amor?... Eso no es de nuestra edad. Ya pasó. ¿Qué ves en mí

ahora que no tuviese de joven?

--Veo tu desgracia.

La voz del príncipe sonó grave y profundamente sincera al decir esto.

Había reflexionado mucho, antes de contestarse á sí mismo, cuando se

hacía una pregunta igual á la de Alicia. Estaba seguro de haber empezado

á amarla el día que se presentó en Villa-Sirena á pedir el perdón de su

deuda, confesando su ruina. ¡Pobre duquesa de Delille, acostumbrada á

gastar millones al año, propietaria de minas preciosas, y teniendo que

vivir del juego, como una aventurera!... Después, junto á su lecho,

viendo sus lágrimas, escuchando el gran secreto de su vida, aquella

maternidad oculta que la hacía llorar, se había dado cuenta

definitivamente de este amor. En los últimos días, al contemplarla

victoriosa en el Casino, su pasión se ensombrecía; la apreciaba menos.

Luego, al verla arruinada y enferma de tristeza, su afecto iba

renaciendo; y para auxiliarla, hasta se convertía en jugador, ¡él, que

era incapaz de hacer esto ni por su propia salvación!...

--Tú no puedes comprenderme: eres mujer. Muchas veces en mi vida, otras

mujeres me han dicho, después de un acto suyo inexplicable: «No te

esfuerces; los hombres nunca llegan á entendernos...» Yo digo lo mismo:

una mujer tampoco puede comprender á un hombre... Te amo ahora porque me

inspiras lástima, y la lástima conduce á la ternura, y la ternura es el

verdadero amor, un amor que yo no había conocido nunca. Cada uno ama á

su modo. La mayoría de las mujeres necesitan el orgullo en el amor; que

el amado infunda admiración y envidia por su valentía, por su hermosura,

su riqueza ó su talento. El hombre ama casi siempre por lástima, por la

tierna conmiseración que le inspira la mujer. Nunca se siente más amante

que cuando la cabeza femenil se apoya en su pecho con el abandono de la

debilidad... Y cuando la mano de él se hunde en su cabellera, encuentra

un cráneo pequeño y delicado (más pequeño siempre que se lo imagina),

una cabeza que contiene palabras celestiales, gracias irresistibles,

acciones grandiosas, pero rara vez guarda las energías de pensamiento

que dan la superioridad al hombre. Sus miembros adorables no pueden

defenderla. Y el hombre, al considerarla tan hermosa y tan débil, siente

crecer su amor con la lástima y el deseo de protección.

--No--dijo ella--. También la mujer conoce la conmiseración en su amor.

El hombre que le era indiferente le interesa de pronto, al verlo

infeliz; la que odiaba ayer vuelve al amante odiado, cuando lo considera

en peligro. Nunca pone tanta ternura en su voz como al decir:

«¡Pobrecito mío!...»

El príncipe hizo un gesto de aceptación. ¡Sea en buena hora! Pero volvió

inmediatamente á lo que le interesaba.

Los enemigos de la mujer · 第 20 / 37 段