Alicia tenía la sonrisa amarga y orgullosa de una reina destronada. En

los días anteriores la gente sólo había hablado de ella. Hasta Niza y

Mentón volaba su nombre. Las familias monegascas que no pueden entrar en

el Casino pedían noticias de su suerte á la hora de la comida. En cafés

y restoranes sonaba su apellido mezclado con los de los generales que

dirigían la guerra. Frente al cartelón de las últimas noticias, las

gentes interrumpían sus comentarios sobre la próxima ofensiva,

preguntándose: «¿Cómo le fué ayer á la duquesa de Delille?» Por las

tardes, al llegar al Casino, los curiosos corrían para verla mejor y los

amigos la saludaban, besando su mano con orgullo. Era una ovación

silenciosa de ojeadas y sonrisas, igual á la que saluda la entrada de

una tiple célebre en el teatro de sus triunfos.

Cerca de dos semanas duró su batalla con el Casino; ganaba, perdía,

volvía á ganar. Su «trabajo» empezaba á las tres de la tarde,

prolongándose hasta media noche, y transcurría la hora del té, luego la

de la comida, sin que ella se enterase. Al terminar el juego se

marchaba, apoyada en un brazo de Valeria, saludando á todos con una

amabilidad extenuada y victoriosa. Algunas veces, como una enferma que

se deja nutrir á regañadientes, aceptaba los _sándwichs_ y la taza de té

que su acompañante hacía traer á la mesa de juego.

Una noche--¡noche memorable!--se cerró el Casino sin que ella cesase de

ganar. Contó los billetes que le habían dado los altos empleados con una

sonrisa amarillenta y opaca. Cuatrocientos de á mil. Se salían de su

bolso de mano y del bolso de Valeria. Hasta su amiga «la Generala» tuvo

que prestarle ayuda, guardando varios fajos.

--Si no cierran los hago saltar--dijo con la vanidad de los

triunfadores.

Clorinda la acompañó en el coche hasta su casa, dándole consejos

prudentes: «Retírate, guarda el dinero. Es imposible ir más allá.»

Valeria, en el curso de la noche, repitió lo mismo: «No debía ofender á

Dios insistiendo.»

Alicia se negó á oirlas. Su inspiración no se había agotado. Aún le

quedaban grandes cosas que hacer, y cuando llegase el momento de

retirarse, lo vería antes que los demás.

Miguel había asistido á esta lucha, irritante para él. Todas las tardes,

al entrar en el Casino, se insultaba en su interior, como si cometiese

un acto vil. ¿Por qué asistía á los hechos de esta loca?... Ella no

parecía enterarse de su presencia: una mirada al principio, una sonrisa,

y en las horas restantes sólo tenía ojos para el juego y para los

_croupiers_. A pesar de esto, el príncipe llegaba puntualmente.

Para excusarse, hacía memoria de unas palabras de la duquesa. Al día

siguiente de su primera y ruidosa ganancia, se había levantado al verle

entrar en el salón, tirando de sus dos manos para hablarle aparte.

--Tú me das la buena suerte--susurró en su oído--. Estoy segura de que

es así. Gano desde que somos amigos. ¡Ven, ven siempre! Que te vea cada

vez que levante los ojos.

Sólo de tarde en tarde los levantaba: tenía otras cosas más urgentes en

su pensamiento. Pero Miguel, para acallar su despecho, se decía que

estaba allí por cumplir una palabra. Además, ¡quién podía saber si lo

que ella decía era cierto!... La tendencia á la superstición que

acompaña á los jugadores, el ambiente del Casino, la misma suerte de

Alicia, habían acabado por influir en la incredulidad del príncipe.

Pretendía vengarse de estas largas esperas y de su indiferencia

contemplándola con ojos despiadados.

--¡Qué fea está!...

Fea, como todas las mujeres que juegan y parecen sufrir el peso de la

edad aceleradamente, bajo el aplastamiento de la emoción. Cada pérdida

era un año más que caía sobre su cabeza, cada ganancia un gesto violento

que desbarataba la regularidad de su rostro. Lubimoff se complacía en

notar las arrugas que una atención intensa iba formando en torno de sus

ojos; el afilamiento de su nariz, las dos profundas grietas que

estiraban los extremos de su boca, dándola una expresión de prematura

vejez. Todas sus preocupaciones femeniles desaparecían en el transcurso

de las horas. Su sombrero se ladeaba; los bucles de su cabellera

intentaban escapar, erizados y estremecidos por las corrientes de humana

electricidad que serpenteaban entre sus raíces. Parecía tener diez años

más.

Pero una segunda voz interior emitía otra opinión. «Sí, muy fea... ¡pero

tan interesante!» Seguramente que al levantarse de la mesa volvería á

ser la Alicia de siempre.

Al entrar en el Casino una tarde, husmeó el acontecimiento

extraordinario. Las gentes hablaban, se pedían noticias, corrían todas á

una misma mesa.

El amigo Lewis pasó junto á él sin detenerse.

--Tenía que ocurrir.... No sabe jugar.... Lo esperaba.

Un poco más allá le salió al paso Spadoni.

--Nunca ha querido oirme... Hace su capricho... no sigue un sistema. Ya

ha rodado al suelo.

Todos los jugadores hablaban como si lamentasen una muerte, pero con una

compunción hipócrita, rugiendo interiormente de envidia triunfante al

ver desvanecida aquella buena suerte absurda que amargaba sus noches.

Avanzó Lubimoff su cabeza entre dos hombros, viendo á Alicia al mismo

tiempo que está levantaba sus ojos. Se cruzaron sus miradas. Ella le

contempló con desaliento, como si se quejase, haciéndolo responsable de

su desgracia. «¿Por qué me has abandonado?»

El príncipe huyó: le hacía daño verla con aquel aspecto humilde y

rabioso de cordero en peligro, que bala de pena y se defiende.

Al anochecer volvió al Casino. Aún había quien se ocupaba de la duquesa,

pero en voz baja, con ademanes tristes, como si hablase de un moribundo.

Los curiosos habían disminuído en torno de la mesa. Vió á Alicia en el

mismo lugar. Detrás de su asiento se erguía Valeria, con el rostro

triste, mientras doña Clorinda se inclinaba sobre su amiga, hablándola

al oído. Adivinó sus palabras. La incitaba á levantarse: mañana tendría

más suerte. Pero ella parecía no oir, manteniéndose con los ojos fijos

en unas cuantas placas de quinientos francos y de mil, que era todo lo

que le restaba. De repente se impacientó, y volviendo la cabeza dijo una

palabra, una nada más, algo muy gordo, pero no nuevo en aquella amistad

íntima que se rompía todas las semanas. Doña Clorinda dejó caer otra

inmediatamente, con acompañamiento de una puñalada de sus ojos, y se

alejó, altiva y desdeñosa, mientras Valeria miraba al techo con

desesperación.

Volvió á huir Miguel. Le daba miedo la cara de Alicia, la agresividad

nerviosa de su voz, que no había oído, pero que se dejaba adivinar en el

estremecimiento de sus labios.

Vagó una media hora por los salones, escuchando de lejos las palabras de

los que se ocupaban aún de la duquesa. Una tarde había bastado para

llevarse las ganancias de muchos días de éxito. Su infortunio resultaba

tan inaudito como su buena suerte. No había acertado una sola vez.

Sintió de pronto en su espalda el contacto de una mano nerviosa. Volvió

los ojos: era Alicia, pero con un gesto ávido, con una expresión

atrevida é implorante á la vez.

--¿Tienes dinero?...

Este rostro, esta voz, no eran nuevos para Miguel. Antes de la guerra,

el Casino había sido el lugar de sus victorias más fulminantes é

inesperadas. Mujeres glaciales que le trataban con visible despego,

mujeres de reconocida virtud que repelían con su aspecto toda audacia,

se habían acercado á él con repentina decisión, solicitando un préstamo

y preguntando acto seguido á qué hora podía ofrecer el príncipe una taza

de té en Villa-Sirena. Recordó al coronel, que consideraba el juego como

el peor de los enemigos de la mujer. Servía para que perdiesen toda

vergüenza. En unas cuantas horas quedaban demolidos los prejuicios de su

vida anterior. Para seguir jugando ofrecían espontáneamente lo que nunca

habían querido conceder.

Lubimoff acogió con extrañeza esta demanda brusca. Llevaba encima muy

poco dinero: él no era jugador. ¿Cuanto necesitaba?...

--Veinte mil francos.

Dijo esta cifra como podía haber dicho cien mil ó cinco mil. Para ella,

era lo mismo en este momento. Además, en los últimos días había perdido

la noción de los valores.

Miguel contestó riendo. ¿Se lo imaginaba, acaso, viniendo al Casino con

veinte mil francos en la cartera, lo mismo que un usurero ó un comprador

de alhajas?

--Pide prestado--dijo la duquesa--. A ti te darán lo que exijas.

El siguió riendo de esta absurda proposición, pero vencido de antemano

por la sencillez con que Alicia la formulaba.

--¿Y tú?... ¿Por qué no pides tú?

¡Oh, ella!... En el orgullo de su triunfo, se había olvidado de pagar

varias deudas contraídas antes de su racha de buena fortuna. Ahora era

inútil pedir. Estaba en un mal momento, todos la consideraban caída é

incapaz de rehacerse.

--Y se engañan, Miguel; siento la inspiración de la suerte. Vas á ver

cómo me levanto con unos cuantos golpes. Es mi secreto. Si te lo digo me

abandonará la fortuna....¡Hazme ese favor!... Pide los veinte mil al

vejete que está allá mirándonos. No te los puede negar: eres el príncipe

Lubimoff.... Si te parece bien, haremos sociedad: partiré contigo mis

ganancias.

Miguel conservó su sonrisa, mientras se escandalizaba interiormente de

esta proposición. ¡En qué cosas pretendía mezclarle esta mujer!... ¡El

pidiendo dinero á un prestamista del Casino!...

Pero, á semejanza de ciertos enfermos que realizan los actos más

contrarios á su voluntad, cuando se apartó de Alicia, haciendo gestos de

protesta, sus piernas le llevaron maquinalmente hacia un diván donde

estaba encogido el vejete de la barba dura, con la placa del Corazón de

Jesús en la solapa, el sombrero en una mano y un gorro de seda sobre la

calva.

--Necesito veinte mil francos.

Quedó dudando el príncipe ante el hombrecito, que se había puesto de

pie, sorprendido y receloso al ver que le hablaba tan alto personaje.

¿Era realmente su voz la que acababa de sonar?... Sí, era su voz, pero

él experimentó una inmensa extrañeza, como si fuese otro el que había

hablado. Sintió deseos de retirarse sin esperar la respuesta del gnomo,

pero éste contestaba ya, balbuceando:

--Príncipe... ¡tal cantidad!... Yo soy un pobre. Hago de vez en cuando

un favor á personas distinguidas, dos ó tres mil francos... ¡pero veinte

mil!... ¡veinte mil!...

Al mismo tiempo que murmuraba la cifra con un acento de ternura, sus

ojos astutos penetraron en Lubimoff lo mismo que una sonda. Esta mirada

irritó á Miguel, haciendo que se interesase por la operación, como si de

ella dependiese su honor. Sin duda, el usurero pensaba en Rusia, en los

desmanes de la revolución, en la imposibilidad de cobrar su préstamo

aunque el gran personaje le ofreciese toda su fortuna.

--Usted debe conocerme--dijo con voz irritada--. Soy el príncipe

Lubimoff; soy el dueño de Villa-Sirena. Necesito veinte mil: ni uno

menos. Si usted no puede...

Iba á volverle la espalda, pero el enano le detuvo con humildad,

considerando inútiles en la presente ocasión todas las excusas y

retardos que hacía sufrir á sus clientes, como un suplicio á fuego

lento. Se escurrió entre los grupos, suplicando á «Su Alteza» que

esperase un instante. Tal vez no poseía toda la cantidad y necesitaba

pedir un refuerzo á la caja del Casino; tal vez iba á ocultarse por un

instante en los gabinetes de aseo, sacando los billetes de los diversos

escondrijos de su traje y hasta de sus zapatos.

Sintió Miguel una mano discreta que rozaba su diestra, introduciendo

entre los dedos un rollo de papeles. El vejete había vuelto sin que él

le viese llegar, surgiendo entre dos grupos, pequeño y vivaracho, como

surge un diablillo de teatro del fondo de su escotillón.

--¿Conoce usted al coronel?... Mañana se avistará con usted para el pago

y los intereses.

El príncipe le volvió la espalda sin otro saludo, dejando al usurero

satisfecho de su laconismo descortés. Un gran señor no podía hablar de

otro modo. Con hombres así le gustaba tener negocios.

Alicia, que había seguido la escena desde lejos, salió á su encuentro,

avanzando disimuladamente una mano.

--Toma.

La diestra de Miguel ofreció los billetes con tal rudeza, que esta

entrega casi fué un manotón agresivo.

Su vergüenza por el acto reciente se exteriorizaba en confusas

protestas.

--¡Las mujeres!... ¡Lo que me has obligado á hacer!...

Ella, con los billetes en la mano, sólo pensaba ya en el juego.

--Vas á presenciar grandes cosas... Ya sabes que formamos compañía:

llevas la mitad.

Se alejó sin darle las gracias, dominada de nuevo por aquel demonio

invisible que cantaba en su oreja números y colores.

Lubimoff también se marchó. Temía encontrarse otra vez con el

prestamista y recibir su saludo familiar; se imaginaba que todo el

público de los salones había seguido atentamente su entrevista con el

vejete, sonriendo cuando recibía el dinero.

Salió del Casino. Jamás volvería á él: ¡lo juraba!

Castro, al que había visto de lejos jugando en una mesa, volvió á

Villa-Sirena á la hora de comer. Tenía mal gesto; pero olvidaba su

propio infortunio para consolarse con el relato de las desgracias de

Alicia:

--Después de perderlo todo en el «treinta y cuarenta», apareció á última

hora con más dinero: un fajo de billetes de mil francos... Y ella, que

no siente predilección por la ruleta, se lanzó á la ruleta. ¡Qué modo de

jugar! Al principio acertó unos plenos, dos ó tres, pero luego nada:

¡perder y más perder! Se lo ha dejado todo en la mesa. No la vi salir,

pero me han contado que parecía una muerta, apoyada en el brazo de

Valeria... Aseguran que sufre del corazón... Lo que yo digo: no es

jugador todo el que pretende serlo; se necesita un organismo fuerte. «La

Generala» juega menos, pero tiene más serenidad, unas entrañas sólidas.

Miguel durmió mal. Estaba indignado contra Alicia. En vez de lamentar su

desgracia, la consideraba lógica. ¡Una mujer metida á ganar dinero!...

Las mujeres sólo pueden conseguirlo de manos del hombre, y es inútil que

lo busquen por sí mismas, ni aun apelando al juego. El juego también es

empresa de hombres.

Y en esa penumbra mental que separa el sueño de la vigilia, el príncipe,

tendido en su cama, recordó una de las escenas de su mejor época, cuando

su yate estaba anclado en el puerto de Mónaco. Fué una noche, al salir

de un banquete en el Hotel de París. Como estaba algo ebrio, se apoyó en

los brazos de dos mujeres hermosas que se disputaban, sonrientes y sin

éxito, el dominio de su voluntad. Detrás de él marchaban, lo mismo que

un séquito, sus amigos, sus parásitos brillantes, varias damas

invitadas, toda su corte. Habían entrado en el Casino. El no era

jugador; le fatigaba permanecer inmóvil ante una mesa; creía pueril

preocuparse por el rodar de una bolilla de hueso ó las combinaciones de

unas cartulinas pintadas. ¡Hay en la vida tantos placeres más

interesantes!... Pero aquella noche, orgulloso de su poder, sintió

deseos de reñir una batalla con la fortuna. La fortuna es hembra, y él

la domaría en fuerza de dinero, lo mismo que á las otras. Los ricos

acaban por vencer al destino impalpable.

Puso ante él una cantidad enorme para entablar la lucha, y la fortuna no

quiso su dinero; antes bien, empezó á darle el suyo con una prodigalidad

desdeñosa. El multimillonario deseó perder y no pudo. Variaba su juego

caprichosamente, cometía errores voluntarios, y el éxito le salía

siempre al paso. Al fin se cansó. Esto fué antes de la guerra, y en vez

de las fichas de hueso que representan cien francos, se jugaba con

hermosas monedas de oro de igual valor. Tenía ante él numerosas y

deslumbrantes columnas de dicho metal; fajos de billetes...

--¿Quién quiere dinero?

Empezó á arrojarlo como una lluvia enloquecedora. Corrieron todas las

mujercitas que palidecen y se crispan en torno de las mesas por la

suerte de un luis único. Se empujaban, rodando sobre la alfombra,

lastimándose mutuamente con las manos y los pies por alcanzar una gota

de este maná áureo. Algunas se abofetearon y arañaron mientras sus

diestras oprimían el mismo billete de mil francos, desgarrándole.

Volteaban los sombreros por el suelo; las cabelleras se esparcían en

toda su integridad ó se desmenuzaban en una nube de bucles postizos.

--¡A mí, príncipe... á mí!...

Con las manos ganchudas saltaban en torno de él lo mismo que un corro de

poseídas.

--¿Quién quiere dinero?...

Los altos empleados intervinieron con una contrariedad sonriente, por

ser quien era el autor del escándalo. «Alteza, ¡por favor!... Las

partidas van á suspenderse; esto no se ha visto nunca.» Pero él siguió

arrojando dinero, hasta agotar sus ganancias--más de sesenta mil

francos--, y los juegos se reanudaron con más público que antes. Todas

las que habían recogido algo en el suelo ó en el aire corrieron á

exponerlo á una carta ó á un número.

Lubimoff saboreaba este recuerdo como un triunfo. Podría repetirlo

siempre que quisiera; estaba seguro de ello. Reconocía que, al final,

todos los jugadores acaban perdiendo, y él no se tenía por un ser de

excepción. Pero su voluntad dominaba en los primeros momentos á la

fortuna, y... ¡retirándose á tiempo, antes de que ella se rehiciese, con

una maldad de hembra brava!...

El príncipe acabó por dormirse pensando en Alicia.

--¡La pobre!... No sabe; Lewis tiene razón; no sabe... ¡Qué va á saber

una mujer hermosa que sólo ha pensado en ella!... Debo ayudarla. Yo soy

un hombre. Tal vez mañana... mañana...

Al día siguiente, á la hora del desayuno, don Marcos experimentó una

gran sorpresa y no menos inquietud. El príncipe, que nunca se preocupaba

del dinero de la casa, dejando que su «chambelán» se entendiese

directamente para los gastos con el administrador de París, le preguntó

qué cantidades tenía disponibles.

El coronel hizo un cálculo mental. No creía guardar más allá de quince

mil francos. Estaba esperando un envió del apoderado.

--Dámelos--ordenó Lubimoff.

Y á continuación, como si recordase algo repentinamente, habló con

indiferencia de la deuda contraída en la tarde anterior. Toledo quedó

absorto al saber que debía entenderse con el viejo usurero para la

devolución de los veinte mil francos y el pago de unos intereses

inauditos que podían doblarse en pocos días. Recordó el almuerzo en que

había propuesto Su Alteza una vida solitaria y dulce. ¿Dónde estaban

ahora los feroces «enemigos de la mujer»? Porque el coronel adivinaba en

estos derroches del príncipe, en su repentina afición al juego, la obra

de una influencia femenil. ¡Y él que no osaba jugar mas que algunas

monedas de tarde en tarde, pensando en las enormes sumas confiadas á su

lealtad!...

Mientras corría al Banco en que estaba depositado el dinero de la casa,

el príncipe paseó por los alrededores del Casino, esperando con

impaciencia la apertura de las salas. A primera hora era escaso el

público y muy contadas las mesas que funcionaban. Sólo acudían los

jugadores rabiosos, después de haber pasado la noche en claro, deseando

probar cuanto antes sus nuevas combinaciones, y las personas achacosas,

con la esperanza de encontrar libre un buen asiento.

La impaciencia hizo entrar á Lubimoff en el atrio, después de meterse

disimuladamente en un bolsillo el fajo de billetes que le presentó

Toledo. Los empleados del primer turno iban llegando con paso lento,

como funcionarios que entran en su oficina. Las mujeres dedicadas á la

limpieza y los mozos en mangas de camisa acababan de barrer el aserrín

esparcido sobre el pavimento. Todos le examinaron de reojo, avisándose

su presencia con discretos codazos. ¡El príncipe á aquella hora, cuando

los de su mundo estaban aún en la cama!... Instintivamente miraron en

todas direcciones, esperando descubrir á alguna señora vestida con

recato para este disimulado encuentro matinal. La fama del personaje

sólo les permitía suponer una cita de amor.

A las diez se abrieron las mamparas, y Miguel entró empujando á los

primeros jugadores, gente modesta y tímida. Sufría la nerviosidad, la

impaciencia, la sorda cólera de las mañanas en que se había batido.

Pisaba con fuerza; sus manos se arqueaban como si pretendiesen

estrangular el aire. Al mismo tiempo sentía la confianza orgullosa del

tirador, seguro de que dará en el blanco. Despreciaba de antemano á la

suerte, vencida por él. «¡Ah, perra!» Iba á vérselas con un hombre.

De un tirón arrancó la silla en que había puesto otro su mano, y se

sentó á una mesa de ruleta, entre dos viejas, sucias y mal vestidas, con

aspecto de brujas. Los empleados cruzaron su asombro en forma de

discretas ojeadas. ¡El príncipe apuntando, y á aquella hora!...

--Hagan sus juegos...

Empezó la partida. Miguel no tenía combinación alguna ni había pensado

nada. Sus ojos vagaron sobre los treinta y seis números. Pero sólo fué

por un instante.

«Este», pensó. Y puso todo lo que podía poner, nueve luises, el máximum,

sobre el 13.

Rodó la bolilla por el borde de caoba, y su caída final fué saludada con

un murmullo de asombro. «¡El 13!»

Unos cuantos billetes de mil empujados por la raqueta de un _croupier_

quedaron ante el príncipe, que permaneció impasible, guardando su gesto

duro y autoritario. Lo sabía; estaba seguro de no equivocarse. Otra vez

el 13.

La gente hizo gestos de asombro. ¡Qué locura apuntar dos veces al mismo

número! Pero al salir el 13 por segunda vez y cobrar el príncipe otro

máximum, un murmullo del público aplaudió al vencedor. Corrían los

curiosos, dejando abandonadas las otras mesas. Esta mañana iba á ser tan

famosa en el Casino solitario como las tardes y las noches más célebres,

cuando luchan con la suerte los jugadores ricos.

Lubimoff cambió de número. Era absurdo insistir en el 13. Y puso nueve

luises al 17... Rodó la bolilla. El 13 una vez más. Perdía.

Su gesto se hizo más duro y agresivo. La suerte empezaba á reirse de él

por su falta de voluntad. Un dominador no debe sentir vacilaciones; suya

era la culpa, por haber abandonado el número. Los hombres deben insistir

hasta imponerse, ó perecer sin abandonar su primera actitud. ¡Al 13,

como antes!... Y salió el 17.

Creyó por un momento que el suelo escapaba bajo sus pies; se sintió

flotar, rodeado de fuerzas misteriosas que rompían y ablandaban su

voluntad. Pasó una mano por su frente, como si quisiera repeler muy

lejos esta flaqueza momentánea.

«¡Ah, perra!», exclamó mentalmente, insultando á la fortuna, seguro otra

vez de que iba á esclavizarla.

Y continuó jugando.

* * * * *

A las tres de la tarde salió del Hotel de París. Acababa de almorzar,

solo, sin fijarse en las miradas que le dirigían de las otras mesas,

evitando esos saludos amables que inician una conversación.

Llevaba en la boca un grueso cigarro, y sus piernas, aunque firmes,

estaban agitadas interiormente por un cosquilleo voluptuoso. Había

comido mal, dejando casi intactos los platos; en cambio había bebido una

botella de Borgoña famoso, y varias copas de licor á continuación de dos

tazas de café.

Desde la escalinata del hotel abarcó en una mirada destructora la plaza,

el Casino, los jardines. Pensó con fruición en la posibilidad de que un

acorazado cualquiera de los que guerreaban en los mares de Europa

fondease ante este palacio de confitería, enviándole unas cuantas

granadas. ¡Hermoso espectáculo! Luego, con la imaginación, hizo

descender á tierra la compañía de desembarco y sus ametralladoras, para

llevarse cautivos á todos los que llenaban la plaza, hombres y mujeres,

sin perdonar á los niños. Nada perdería con ello el mundo. ¡Ciudad de

corrupción! ¿Qué demonio había aconsejado á su madre la compra del

promontorio de Villa-Sirena, obligándolo á él á vivir junto á este

antro?... Hasta protestó contra la difunta princesa, con la moralidad

áspera é incorruptible de todo jugador que acaba de verse chasqueado.

Al pasear sus ojos por la alegre y bien vestida muchedumbre que él

destinaba á la esclavitud, vió á Alicia, sola y de pie, al borde de la

acera del «queso», mirando al Casino.

--¿Vas á entrar?--dijo acercándose á ella.

Se indignó la duquesa, como si le propusiera algo humillante, algo que

no había hecho nunca. ¿Entrar ella en el Casino?...

--Eso es una cueva infecta, y los empleados unos infectos, y los que

juegan... otros infectos.

¡Todo infecto!... Después de esto se dieron las manos lo mismo que si

acabaran de reconocerse.

Cuando Miguel, insistiendo en sus buenos deseos, le habló del bombardeo

y el desembarco con ametralladoras que llevaba en su imaginación, la

duquesa casi aplaudió. Por ella, que lo destruyesen todo, que se

llevaran prisionero hasta al mismo príncipe soberano, y si encima los

invasores le devolvían lo que había perdido, mejor que mejor.

De pronto, como si le sirviesen de aviso estas caritativas fantasías de

Lubimoff, fijó en él unos ojos escrutadores, unos ojos de enfermo

receloso que adivina en el vecino sus mismos síntomas.

--Tú has jugado.

Miguel movió la cabeza tristemente.

--Y has perdido--continuó ella--; eso no hay que preguntarlo: se ve en

seguida... ¡Tú jugando!...

Pero su extrañeza fué corta.

Los enemigos de la mujer · 第 19 / 37 段