Algo intimidado en presencia del famoso dueño de Villa-Sirena, confesaba

su origen humilde sin orgullo y sin timidez. Era un pobre, hijo de

pobres. Había intentado estudiar una carrera, pero la necesidad de

ganarse el sustento le hizo abandonar los libros, rodando por las más

diversas ocupaciones. ¡Era tan difícil en España conquistar el pan!...

Después de hacer la guerra en Marruecos como español, había vagado por

diversas repúblicas de la América del Sur, siempre en lucha con la

miseria y la mala suerte.

--Allá donde tantos brutos se hicieron ricos--decía--, yo sólo conocí

una pobreza igual á la de mi patria... Cuando estalló esta guerra me

indigné, como muchos, de la conducta de los alemanes, de sus atrocidades

en los países invadidos. Estaba entonces en Madrid. Una noche, varios

contertulios de café convinimos en ir á pelear por Francia. El que se

hiciese atrás pagaría diez duros. Todos se arrepintieron de su decisión,

menos yo. No crean ustedes que fué por evitarme el pago de la apuesta.

Yo tengo mis ideas, y he leído algo. Soy republicano... y Francia es el

país de la gran Revolución. Ingresé en un batallón de la Legión

extranjera que se organizaba en Bayona, compuesto en su mayor parte de

españoles. Quedan ya muy pocos: los más han muerto; los restantes viven

esparcidos en los hospitales ó han quedado inútiles para siempre. Yo

conocía la guerra, una guerra de montaña contra los moros del Rif, y sin

buscarlo había llegado en mi patria á teniente de la reserva. Tal vez

por esto fuí sargento en la Legión á las pocas semanas... pero ¡las

asperezas de la realidad! Nunca me imaginé que nos recibieran con

música: Francia tiene otras cosas en que pensar; pero fué triste ver tan

mal interpretado nuestro entusiasmo. Los hombres llamados á las armas

por las leyes del país y que se batían obligatoriamente nos miraban con

recelo. Para los otros regimientos éramos gente mala, tal vez escapados

de presidio. «¡Qué hambre sufrirías en tu casa--me dijeron en el

frente--, cuando has venido aquí para poder comer!...» Y entre nosotros

había estudiantes, periodistas, jóvenes de familias ricas, enganchados

por entusiasmo... Pero no hablemos de esto. En todos los países hay

seres groseros, incapaces de comprender lo que va mas allá de los

egoísmos materiales.

Su historia militar estaba circunscrita á la guerra de trincheras,

interminable y monótona, á los ataques á corta distancia. Había llegado

tarde á la batalla del Marne; y él, que se imaginaba asistir á combates

gigantescos, viendo moverse millones de hombres y funcionar cañones

inmensos, sólo presenció una serie de luchas entre pequeñas fuerzas

ocultas en el suelo, encuentros cuerpo á cuerpo que hacían ganar unos

cuantos metros de tierra. La vida en los Dardanelos era el peor de sus

recuerdos. No quería hacer memoria de esta campaña horrible. La lucha en

Francia le parecía algo plácido comparada con aquella pelea en unos

escasos kilómetros de costa, teniendo el mar á la espalda y al frente

unas líneas inconquistables.

Después de decir esto callaba, y el coronel tenía que insistir con

cierto orgullo paternal para que Martínez siguiese hablando.

--Heridas, muchas heridas--añadía con sencillez--. He perdido de cuenta

los hospitales que llevo conocidos en tres años, los viajes que he hecho

por Francia en vagones de la Cruz Roja. Cuando no morimos del primer

golpe, somos como caballos de corrida de toros. Nos arreglan el pellejo

fuera del redondel, nos fortalecen un poco, y otra vez á la plaza, hasta

que recibamos la cornada final.

Toledo, impacientándose por la modestia del joven, explicaba sus

heridas. Las tenía de todas las épocas. Unas eran de combatiente

moderno, producidas por cascos de proyectil explosivo, por balas de

fusil de repetición, y hasta aquella tos que cortaba de vez en cuando

sus palabras la debía á los gases asfixiantes. Otras eran de cuchillo,

de culatazo, de pedrada, de mordisco, recibidas en los encuentros

nocturnos, en las sorpresas, donde los hombres luchaban lo mismo que en

los albores de la vida del planeta.

El príncipe Lubimoff no podía menos de admirar á este joven, pequeño,

moreno, de aspecto insignificante. Parecía imposible que un organismo

humano pudiera resistir tanto golpe, que en su cuerpo débil cupiesen

tantos quebrantos, sin que él se viniera abajo.

Con la solidaridad de todos los que arrostran el peligro, repelía la

gloria individual. Hablaba de la Legión como el soldado habla de su

regimiento, como el marino habla de su buque, creyéndolo el mejor de

todos. Veía la guerra entera á través de la Legión. Todos los franceses

eran valerosos. Además, nadie podía adivinar por dónde atacaría el

enemigo, y allí donde emprendía la ofensiva encontraba quien le hiciese

frente, cortándole el paso. ¡Pero la Legión extranjera!...

--Los que combaten en el frente son hombres--decía--, hombres arrancados

á sus familias por las necesidades de la patria; nosotros somos

guerreros. Por esto en las operaciones difíciles, donde hay que

sacrificar carne, nos echan siempre por delante. Yo no soy mas que uno

de tantos. ¡La Legión!... Cada seis meses cambia de coronel: se lo

matan, y otro viene á ocupar su puesto, destinado á morir lo mismo. ¡Y

cómo nos odia el enemigo!... Nosotros tenemos un orgullo. Entre los

prisioneros que hay en Alemania no existe uno solo de la Legión

extranjera. El que cae en manos de los _boches_ sabe que es hombre

muerto: nos colocan fuera de toda ley... ¡Y nosotros... nosotros,

siempre que podemos...! Hasta cuando nos insultamos de trinchera á

trinchera nos enorgullece ser de la Legión. Una noche, los de enfrente,

al oirnos hablar en español, empezaron á gritar en nuestro idioma.

Debían ser alemanes procedentes de la América del Sur. «¡Ah, macabros!

Ya caeréis en nuestro poder, y ¡entonces...!» Nos amenazaban con los más

atroces suplicios. Y nos apodan siempre «macabros», no sé por qué.

La duquesa de Delille admiraba al héroe, sintiendo al mismo tiempo

cierto malestar por los horrores adivinados detrás de sus palabras. ¡La

guerra! ¿Cuándo terminaría la guerra?...

Encogió sus hombros el teniente, sonriendo. Los que vivían lejos del

frente deseaban la paz con más impaciencia que los que arriesgaban su

vida en él. Habían acabado por acostumbrarse al roce con la muerte. La

guerra duraría lo que fuese necesario: cinco años, diez años; lo

importante era conseguir la victoria.

Pero Toledo, temiendo que la conversación se desviase de su héroe,

volvió á insistir en sus hazañas.

--Soy uno de tantos--dijo Martínez--. Para hombres valientes, la Legión.

Allí sí que los hay. ¡Y los que han muerto!... Al principio había en

ella soldados de todos los países. Pero los americanos se fueron desde

que su República intervino en la guerra, y lo mismo los italianos y

polacos. En cambio, muchos rusos, al disolverse sus regimientos, se han

incorporado á la Legión... Lo mío nada tiene de extraordinario. ¡Y qué

de recompensas por lo poco que he hecho! Llevo dos galones, siendo un

extranjero... Además, no puedo olvidar el momento en que me llamó mi

coronel, una semana antes de que lo matasen: «Martínez, el general me ha

dado cuatro cruces de la Legión de Honor para nuestra Legión. Una es

tuya.» Y me la puso en el pecho frente á todo un batallón de hombres

valerosos que presentaban sus armas. Esto no puede olvidarse: llena una

vida.

Así era. El coronel Toledo lo afirmaba, húmedas las córneas y moviendo

la cabeza. Luego, con un egoísmo celoso, lo arrancó á aquellas damas,

ocupadas momentáneamente en conversar con el príncipe y sus amigos.

Paseando por los jardines, don Marcos miraba á su héroe con ternura

protectora, lo mismo que un artista agotado contempla la ascensión de

otro fresco y triunfante.

--¡Juventud... juventud!--decía--. Usted, Martínez, es la España que

viene; yo la España que fué y no resucitará nunca. Estoy convencido de

que el mundo va por otros caminos.

Sostenía frecuente correspondencia con muchos voluntarios españoles de

la Legión. Se preocupaba de ellos con cariños de «madrina», enviándoles

chocolate, comestibles selectos, todo lo que podía extraer de la

despensa de Villa-Sirena sin detrimento del servicio. Algunas cartas

llegadas del frente le hacían llorar y reir de emoción. Un voluntario le

pedía el envío de una buena navaja de España, por haber roto la suya en

un encuentro nocturno. Otro soñaba con una pistola browning. ¿Quién le

daría una browning? Sólo disponía de un revólver de ordenanza, arma

insegura que le falló dos veces en el asalto de una trinchera,

impidiéndole matar al enemigo que acababa de herirle.

Con Martínez podía expansionarse el coronel, dando suelta á sus

profecías favorables para los aliados.

En presencia de Atilio y de Novoa era menos locuaz, temiendo sus

comentarios. Por el gusto de hacerle rabiar le recordaban el entusiasmo

de los tradicionalistas españoles en pro de Alemania. Castro hasta

fingía extrañarse de que no fuese germanófilo, como todos sus amigos

políticos.

--Yo estoy donde debo estar--contestaba don Marcos con dignidad--. Soy

un caballero, y estoy con las personas decentes.

Este era su argumento supremo. La humanidad se dividía para él en

personas decentes é indecentes, lo mismo que las naciones, y Alemania

estaba excluída de toda decencia.

Le hacía sufrir como patriota el contemplar á España al margen de la

contienda, esforzándose por no saber lo que ocurría en el resto del

mundo, encogiéndose con la cabeza bajo el ala, lo mismo que ciertas aves

zancudas que creen evitar el peligro no viéndolo. Su país no figuraba,

por fortuna, entre las naciones indecentes, pero tampoco era decente, y

dejaba escapar la ocasión de cierta gloria que hacía estremecerse al

coronel.

Desde tres meses antes, una idea fija perturbaba sus mejores momentos.

Los aliados habían entrado en Jerusalén. ¡Gran alegría para el viejo

soldado católico! Pero esta alegría le hacía sonreir después

amargamente. ¡Una nación protestante libertando por tercera vez el

sepulcro de Cristo!...

--Imagínese usted, amigo Martínez, si España hubiese estado con las

naciones decentes. Esa gloria nos correspondía á nosotros, que somos la

nación más piadosa. Hasta yo, á pesar de mis años, habría ido á la

cruzada. ¡Los españoles entrando victoriosos en Jerusalén! ¿Qué me dice

usted de esto?...

Pero el oficial contestó con una sonrisa pálida. «Sí... tal vez.» Se

veía que no le importaban gran cosa la entrada en Jerusalén y el vacío

sepulcro de Cristo. Don Marcos, algo ofendido con el héroe, se replegó

en su mentalidad de hombre medioeval. Decididamente, eran de dos épocas

distintas. «¡Juventud... juventud! Usted es la España que viene; yo la

España... _etcétera_.»

Sí; el mundo iba por otros caminos. El mismo se olvidó á los pocos días

de esta empresa de Jerusalén, angustiado por el mal cariz de la guerra

en Occidente. Los alemanes, libres del peligro que representaba Rusia á

sus espaldas, concentraban en Francia, después de ajustar la paz con los

bolcheviques, la totalidad de sus tropas para llegar á París. Los

aliados, frente á esta ofensiva aplastante, sólo contaban con sus

antiguas fuerzas y las que pudiese aportar la reciente intervención de

los Estados Unidos.

Don Marcos tenía acerca de este auxilio una opinión determinada y firme.

Empezaba por sentir contra los Estados Unidos cierta antipatía, que

databa de la guerra de Cuba. Podían poseer una gran flota, porque los

buques se adquieren con dinero y este pueblo es inmensamente rico: ¿pero

un ejército?... Toledo sólo creía en los ejércitos de las monarquías,

haciendo excepción de Francia, porque en ella las glorias de la

tradición militar van unidas á la historia de la primera República.

Al principio de la guerra, hasta le había irritado la importancia que

todos daban al presidente Wilson. Unos y otros contendientes se dirigían

á él, apelaban á su juicio, protestaban de las barbaries del adversario.

El mismo Guillermo II le cablegrafiaba extensamente para sincerarse con

embustes, como si juzgase preciosa la conquista de su opinión.

--¡Ni que fuese ese hombre el centro de la tierra! ¡Un presidente de

República que sólo cuenta con unos miles de soldados.... un

catedrático... un iluso!...

El sólo comprendía los jefes de Estado con uniforme, el pecho cubierto

de condecoraciones, las dos manos en la empuñadura del sable y bajo sus

ojos un ejército inmenso, pronto á pegar para imponer sus órdenes. ¡Y

este señor de chaqué y sombrero de copa, con sus lentes y su sonrisa de

clérigo letrado, era ahora el hombre en el que convergían las miradas de

esperanza de medio mundo, el poder decisivo que unos deseaban atraerse y

otros no querían irritar!...

Atilio Castro, que se burlaba del coronel, estando siempre en desacuerdo

con sus opiniones, parecía impresionado por tal prodigio histórico.

--Estos ya no son sus tiempos, don Marcos. Vamos á ver cosas muy nuevas.

América, que hace un siglo era una simple colonia de Europa, tal vez la

proteja ahora y la salve. Por lo pronto, asistimos al curioso

espectáculo de que un antiguo profesor de Universidad sea el árbitro de

la tierra.... ¡Qué diría Napoleón si viese esto noventa y cuatro anos

después de su muerte!

Toledo asentía dolorosamente. Sí; sus tiempos habían pasado. La

democracia, la República, todas aquellas cosas que le hacían sonreir

antes, como algo pasajero y anacrónico privado de fuerza, eran mucho en

el mundo y tal vez acabasen por apoderarse de su dirección. Hasta él

mismo experimentaba su influencia irresistible. Cuando vió cómo el

presidente de la gran República americana protestaba del torpedeamiento

de los buques indefensos, de los crímenes de los submarinos, acabando

por declarar la guerra al Imperio alemán, don Marcos afirmó con un

balbuceo de confesión:

--Ese Wilson... ese Wilson es una persona decente.

Para él, era imposible decir más.

Aceptaba al hombre por su adoración instintiva al poder personal, pero

se negó á creer en la fuerza militar de los Estados Unidos. Era un país

de libertad, donde todos se consideran iguales, lo que imposibilitaba,

según Toledo, la creación de un ejército serio.

El príncipe y Castro hablaban algunas veces en su presencia de la guerra

de Secesión, la primera guerra en la que se habían movido millones de

hombres, aplicándose además un sinnúmero de inventos, de los que

procedían todos los progresos del armamento moderno. Toledo escuchaba,

con la duda que inspiran los sucesos lejanos. Esta lucha había sido

entre ellos: una guerra de milicias; ¿pero levantar un ejército de

millones de hombres en un país que no tenía el servicio militar

obligatorio, y hacer que este ejército atravesase el Océano con toda su

inmensa impedimenta, llegando á tiempo para salvar á Europa en

peligro?... ¡Ilusiones! ¡Lo que allá llaman _bluff_!

Don Marcos se aferraba á esta palabra para mantener su incredulidad.

Aquel pueblo estaba acostumbrado á realizar cosas enormes; todo lo veía

en grande: ciudades, edificios, industrias, riquezas, pero luego lo

aumentaba considerablemente al anunciarlo y describirlo. Esto lo sabía

todo el mundo, y su esfuerzo guerrero que debía aplastar al militarismo

alemán y restablecer la paz en la tierra, aunque bien intencionado, no

pasaría de ser un _bluff_ más.

Castro aprobaba las palabras del coronel por primera vez, sin ningún

intento de burla. El Presidente había declarado la guerra, pero el país

no parecía dispuesto á seguirle.

--Enviarán dinero, armas, víveres, todo el poder de su riqueza y su

producción... ¿pero un gran ejército? ¿Dónde lo tienen? ¿Cómo va á tomar

las armas un pueblo inmenso, acostumbrado á que el soldado sea

voluntario, y que vive en la mayor prosperidad? ¿Qué va á ganar con

ello?...

Lubimoff, que había estado allá muchas veces, contestaba con un gesto

ambiguo:

--¡Tal vez!... Pero si quieren de verdad entrar en la guerra, ¡quién

sabe! Todo puede suceder en aquel país, aunque parezca imposible.

El coronel acabó por sentir el entusiasmo irrazonado de las gentes.

Desde el principio de la guerra, la gran masa, que cree en los

vaticinios misteriosos y las intervenciones sobrenaturales, tenía

siempre un pueblo favorito, un pueblo de moda, en el que concentraba sus

esperanzas.

Primeramente había sido Rusia, con sus millones y millones de hombres,

el «rodillo» compresor ruso, que no tenía mas que ir avanzando para

laminar á Alemania. ¡Pobre rodillo! Al quedar hecho pedazos, la veleta

del entusiasmo había girado del lado de Inglaterra. Ahora era América,

tanto más milagrosa y omnipotente cuanto mal conocida.

Sonaba en todas las conversaciones el nombre de un americano, lo mismo

en los tés elegantes que en los cafetuchos del pueblo; el único

americano conocido en Europa: el inventor Edisson. El lo arreglaría

todo. Se había mantenido hasta el presente invisible y mudo, pero al

entrar su país en la guerra iban á verse cosas prodigiosas. En unas

cuantas horas, fuerzas invisibles é implacables pulverizarían los

ejércitos invasores; los submarinos iban á estallar como proyectiles

bajo una luz helada que los perseguiría en las profundidades oceánicas;

los aviones que bombardean las ciudades indefensas descenderían atraídos

por una succión eléctrica, como el pájaro vuela hacia la boca de la boa.

El taumaturgo representaba para las imaginaciones más que todos los

soldados y todos los buques de su país.

Y Toledo, que adornaba su dormitorio con retratos de Joffre y de Foch,

pero creía al mismo tiempo que en la victoria del Marne había

intervenido Santa Genoveva, patrona de París, se sintió atraído por

estos milagros del mago americano, que todos anunciaban como cosa

segura. La ciencia le infundía respeto y miedo al vivir algo apartada de

la religión; por eso creía ciegamente en sus prodigios, como el devoto

cree en el inmenso poder del diablo.

Otras veces resucitaba su incredulidad. La guerra sólo puede resolverse

con soldados. La fuerza había estado igualada hasta entonces entre ambos

contendientes; pero ahora Alemania traía nuevas divisiones, las del

frente oriental, para dar el golpe decisivo. Faltaba de este lado otro

peso equivalente ó mayor, el chorreo final que llena el vaso, lo

desborda é inclina la balanza. Podía ser América... ¡pero llegaban sus

fuerzas con tanta lentitud! ¡eran tan grandes los obstáculos!... Algunos

batallones del ejército permanente americano habían desfilado ya por

París. Después transcurrían los meses sin que el hilillo continuo de

auxilios se convirtiese en torrente.

En toda la Costa Azul veía Toledo militares heridos de diversos países.

Sólo de tarde en tarde llegaba á vislumbrar algunos uniformes

americanos, médicos y sanitarios de las ambulancias que no parecían

tener mucho trabajo. Los diarios hablaban de fuerzas de los Estados

Unidos que habían ocupado un sector del frente... ¡pero tan escasas!

--Lo del millón de hombres ó los dos millones antes que acabe el año,

todo _bluff_--decía el coronel--. Yo entiendo un poco de eso, y es más

fácil construir un rascacielos de cien pisos que trasladar un millón de

soldados de un hemisferio á otro.... ¡Y la gran ofensiva que va á

empezar!... ¡Y Francia que no puede más, después de cuatro años de

heroísmos desangrantes!...

Todos los días se paseaba por el atrio del Casino esperando con

impaciencia los grandes papeles con gruesos caracteres manuscritos que

los empleados iban fijando en los tableros. El sólo buscaba en los

últimos telegramas el principio de la ofensiva anunciada por los

enemigos. Esta amenaza había quebrantado su fe en la victoria y le tenía

en perpetua angustia. ¡Ay! ¡con tal que los americanos llegasen antes y

en cantidades enormes!...

Por deber mentía descaradamente ante los amigos que le rodeaban en el

atrio solicitando sus opiniones de hombre de guerra.

--Triunfaremos; y Guillermo tendrá que pegarse un tiro.

Lo único que creía de verdad era lo del tiro, en caso de una derrota

alemana.

--Conozco bien al kaiser--seguía diciendo--. No es mas que un teniente;

un teniente que se ha hecho viejo, conservando los aturdimientos y las

petulancias de la juventud. Pero tiene el pundonor del oficial que, al

verse perdido, se lleva el revólver á la frente. Ustedes verán cómo

termina así, en caso de una derrota.

Hacía versos, música, pintura, daba su opinión en todas las cuestiones,

imponiéndola, como uno de esos oficiales jóvenes que al entrar en un

salón burgués lo llenan con sus arrogancias y suficiencias, enardecidos

por el silencio de los contertulios, que temen un lance de honor. Era

un eterno teniente encanecido bajo una corona imperial y perturbado por

los incesantes triunfos de su vanidad. Pero si la suerte le volvía la

espalda, tendría el mismo gesto decisivo del oficial que se juega los

fondos confiados á su custodia ó comete otros delitos contra el honor.

--No lo duden; mi teniente sabrá serlo cuando llegue la hora mala. Es un

loco, un histrión vanidoso, pero conoce la vergüenza del hombre de

guerra. Lo repito: se pegará un tiro.

Y oía en su imaginación el imperial pistoletazo.

Lo que disgustaba á don Marcos era no poder hablar de esto ni de los

peligros de la ofensiva cuando estaba en Villa-Sirena. Los amigos del

príncipe vivían como huéspedes de hotel. Su número sólo era completo en

las primeras horas de la mañana. Rara vez se sentaban todos á la mesa.

Una fuerza exterior parecía buscarles dentro de la «villa», empujándolos

hacia Monte-Carlo. Hasta el príncipe almorzaba ó comía muchas veces en

el Hotel de París, avisando á última hora por teléfono.

Este desarreglo doméstico lo aceptaba Toledo como algo providencial. La

servidumbre había experimentado una baja irreparable con la partida de

Estola y Pistola. Una mañana se le presentaron, balbucientes y

emocionados, sin sus fracs largos de faldones. Se marchaban: debían

pasar la frontera en la misma tarde para presentarse en su cuartel.

Habían recibido orden del cónsul.

No parecía entusiasmarles su nueva condición; pero don Marcos, por deber

profesional, quiso fortalecerlos con un pequeño discurso. También él, á

su misma edad, había partido á la guerra voluntariamente. «Respeto á los

jefes... amarlos como á padres... el honor... la bandera...»

La aparición del príncipe cortó su arenga. Los dos muchachos besaron la

mano de su señor, como si se despidiesen de él para la eternidad, y no

supieron, en su turbación, dónde guardarse los billetes que les fué

dando. ¡Estola y Pistola convertidos en soldados!... ¡Hasta á estos dos

adolescentes los arreaban hacia la muerte! Y el caso le pareció á

Miguel tan extraordinario, tan falto de razón, que al mismo tiempo que

los compadecía experimentaba deseos de reir.

Media hora después ya no se acordó de ellos. El coronel sabría organizar

un nuevo servicio con mujeres, ya que la guerra no permitía otros

domésticos. Además, él se aburría en Villa-Sirena, encontrando un nuevo

gusto á la vida en Monte-Carlo.

Los desocupados que paseaban en torno del «queso» le veían entrar en el

Casino con aspecto preocupado, como un jugador que acaba de descubrir

una combinación nueva. El público de los salones le había visto también

aproximarse á las mesas, como si le interesasen las peripecias de la

fortuna. Pero en vano esperaban algunos que avanzase una puesta,

imaginándose que sólo podía jugar cantidades enormes.

Sus ojos parecían ver detrás de él, y apenas la duquesa de Delille

abandonaba su asiento para trasladarse á otra mesa, el príncipe le salía

al paso con la mano tendida y una sonrisa juvenil.

Permanecían inmóviles en el lugar del saludo, hasta que, avisados por el

instinto de las miradas curiosas fijas en sus espaldas, iban á sentarse

en un diván rinconero, y allí continuaban su conversación. De pronto, el

murmullo del público en torno de una mesa la hacía correr á ella con una

curiosidad profesional, abandonando momentáneamente á Lubimoff.

Los enemigos de la mujer · 第 18 / 37 段