un nuevo rugido del público. Faltaba poco para que algunos saludasen con
aplausos los repetidos triunfos de la duquesa. Los que habían perdido en
los días anteriores se regocijaban con una alegría de venganza. «¡Qué
tarde!... ¡Esto se ve pocas veces!» Sonreían dándose con el codo al
notar las idas y venidas de los inspectores, la presencia de altos
empleados que se esforzaban por ocultar sus impresiones, la cara larga
de los que volvían de la caja central con nuevos paquetes de placas de
mil francos para pagar á aquella señora que por tres veces había dejado
á la mesa sin dinero. La noticia de su fortuna circulaba por todo el
edificio. A aquellas horas los señores de la administración debían estar
hablando en su despacho del piso alto de esta mala jugarreta que se
permitía con ellos el azar. Algo extraordinario y emocionante, igual al
soplo de una revolución, se extendía hasta los últimos rincones. Los que
carecían de permiso para entrar en las salas privadas pedían noticias á
los que salían de ellas, repitiéndolas con la exageración del
entusiasmo. En los guardarropas, en los gabinetes de aseo, en los
pasillos interiores, en los subterráneos, en todos los recovecos donde
criados, camareras y bomberos viven bajo una eterna luz artificial, esta
novedad sacudía la calma dormitante del personal subalterno. Era una
emoción igual á la que circula por los corredores medio desiertos de una
Cámara de diputados mientras en el hemiciclo rebosante se defienden los
ministros en peligro de muerte. Iba creciendo la noticia al ir de grupo
en grupo, con esa satisfacción mezclada de inquietud que inspiran á los
humildes los malos negocios de sus patrones.
--Parece que arriba una duquesa ha ganado un millón... No; ahora dicen
que son dos millones.
Y al dar la vuelta completa al edificio, los dos millones habían
engendrado uno más. Media hora después eran cuatro para todos los
modestos servidores que envejecían viviendo del juego, sin haberlo visto
nunca de cerca.
Miguel sintió de pronto una gran cólera contra aquella mujer afortunada.
Después de la sonrisa de saludo ya no le había mirado más. Sus ojos
pasaron repetidas veces sobre él de un modo maquinal, sin llegar á
verle. Era uno de tantos curiosos espectadores de su triunfo. En el
mundo sólo existían en aquel momento la baraja y ella.
Su despecho le hizo sentir una indignación de moralista. Nada le
importaba que Alicia se olvidase de él. Lo repitió mentalmente varias
veces: nada le importaba. No eran amantes ni existía entre ellos un
afecto profundo. ¡Pero el hijo!... Se acordó de la escena de la mañana,
con sus gemidos y sus lágrimas. Y la madre estaba allí, entregada por
completo á la voluptuosidad del azar, insensible á todo lo que no fuese
su torpe afición. Si alguien la hablaba del aviador prisionero, tendría
que hacer un esfuerzo para recordar que existía, ¡y horas antes lloraba
sinceramente pensando en su cautiverio!...
Era demasiado para el príncipe. Su severidad no podía aceptar esta
indiferencia. Y con los codos se abrió paso entre la muchedumbre,
despegándose de la espalda de Spadoni, que seguía con ojos de
hipnotizado los tesoros crecientes de la duquesa.
Lubimoff dió un paseo por el salón. Despreciaba el egoísmo de Alicia,
pero carecía de fuerzas para marcharse. Necesitaba estar cerca de ella;
quería convencerse de hasta dónde podía llegar su insensibilidad.
Se tropezó con un señor que caminaba entre las mesas agitando las manos
detrás de su espalda y mascullando frases ininteligibles. El amigo
Lewis.
--¿Ha visto usted cómo juega?--dijo con acento de cólera al reconocer al
príncipe--. Como una bestia, como una verdadera bestia.... No debían
dejar entrar á las mujeres.
Toda la tarde había estado perdiendo, de acuerdo con las reglas y la
experiencia. No le quedaba dinero ni para sus _whiskys_: tendrían que
fiarle en el _bar_. Pero recordando de pronto que la de Delille era
parienta de Lubimoff, añadió:
--Siento mucho ofenderla; pero juega como una imbécil.
Y le volvió la espalda, para continuar su monólogo furibundo.
Don Marcos pasó rápidamente sin ver al príncipe, abriéndose paso entre
la masa de curiosos, con su autoridad de personaje decorativo. Acababa
de abandonar apresuradamente á la hija del jardinero. La noticia había
circulado por el teatro, logrando que muchos renunciasen al final de la
ópera, para presenciar esta suerte inaudita, que era para ellos un
espectáculo de mayor interés.
En una mesa de ruleta encontró á Clorinda que jugaba parcamente,
teniendo á Castro detrás de su asiento.
«La Generala» había presenciado la primera parte de la victoria de su
amiga. «Va á perder, esto no puede durar», pensaba á cada golpe. Luego
se había retirado de la mesa, explicando su actitud á Castro y á otros
amigos. No podía presenciar con tranquilidad cómo Alicia hacía un juego
tan arriesgado. Era una emoción superior á sus fuerzas.
--Yo deseo que gane mucho, muchísimo--añadía con una generosidad de
buena amiga--. ¡La pobre lo necesita tanto! ¡Van tan mal sus asuntos!
Había acabado por sentarse á otra mesa, con la vaga esperanza de que se
acordase también de ella la suerte; pero los murmullos que venían del
«treinta y cuarenta» anunciando nuevas victorias la ponían nerviosa,
atribuyendo á esto la pérdida de varias piezas de veinte francos. Cuando
vió perdidos doscientos, su irritación necesitó desahogarse en alguien.
Allí estaba Atilio, que la seguía á todas partes, acogiendo con
sonriente adoración las agresividades de su mal humor.
--Castro, márchese; no permanezca detrás de mí. Ya sabe que me trae mala
suerte. Váyase á otro sitio.
Y el príncipe vió cómo su amigo, con un gesto de enfado, se separaba de
la viuda, dirigiéndose al _bar_.
Quiso seguirle. Hablando con Atilio olvidaría la irritación que le había
causado la otra mujer. Pero al dirigirse al fondo del salón tuvo una
nueva sorpresa.
En un ángulo escasamente iluminado vió á Novoa que ocupaba un diván con
Valeria, la acompañante de la duquesa. ¡Ah, embustero! Este era el que
iba á pasar la tarde en Mónaco ó paseando por el camino de Niza. Tal vez
esto último no era falso. Habría esperado á Valeria, que regresaba de su
almuerzo.
Debían estar los dos desde mucho tiempo antes en la penumbra de este
rincón, insensibles á lo que les rodeaba, sordos á los comentarios de la
gente.
El, vuelto de espaldas al príncipe, no pudo verle. Ella tampoco, pues
tenía sus ojos fijos en Novoa, con una gravedad afectuosa de muchacha
que ha hecho estudios serios, tiene su título de bachillera y puede
comprender á un hombre de ciencia.
Miguel oyó un fragmento de lo que decía el joven catedrático.
--...Y cuando las corrientes glaciales del Polo llegan allá, ocupan el
lugar de las aguas calientes, que suben á la superficie...
¡Explicaba la formación del _Gulf Stream_! Nadie lo hubiese creído al
ver detrás de sus lentes unos ojos acariciadores y tímidamente amorosos.
Ella escuchaba con un fervor de admiradora; pero Miguel, que conocía á
las mujeres, creyó adivinar su verdadero pensamiento. Sopesaba, con su
malicia de muchacha pobre y sola, lo que había de marido posible en este
hombre ignorante de todo lo que no se aprende en los libros; calculaba
las modificaciones que son necesarias para hermosear á un descuidado
varón que siempre lleva la corbata mal hecha y es incapaz de sentarse
tirando antes de sus pantalones para evitar unas rodilleras grotescas.
Lubimoff pasó más de una hora, muellemente hundido en un sillón del
_bar_, oyendo á Castro. Las ramas de los grandes árboles de la terraza
arañaban dulcemente los vidrios de las ventanas en la penumbra del
crepúsculo.
Atilio exteriorizó su melancolía lamentando la parquedad del té.
Almendras tostadas y patatas fritas al vapor eran todas las delicadezas
gastronómicas que podían ofrecer con motivo de la guerra en este lugar
visitado por los ricos.
El público le inspiraba las mismas reflexiones tristes. Había gente,
pero muy poca comparada con la que acudía á Monte-Carlo años antes.
Llegaban entonces trenes de lujo directamente de Londres, de Viena, de
Berlín, de todos los extremos de Europa. La plaza del Casino era una
Babel; en torno del «queso» paseaban todas las razas y sonaban todos los
idiomas. Ahora resultaba lamentable la ausencia de los rusos, jugadores
fogosos, y también de los austriacos y los turcos. Los últimos en sentir
la atracción de Monte-Carlo eran los alemanes; pero Castro los había
visto llegar en masa en los últimos años, aportando al juego el mismo
sistema reposado, metódico y minuciosamente científico que aplican á la
disciplina de cuartel, á la organización de la industria ó á los
trabajos de laboratorio.
Se les conocía apenas entraban en las salas. Al sentarse á la mesa se
rodeaban de libros y papeles: estadísticas de los números más
favorecidos en los últimos años, manuales del perfecto jugador, cálculos
propios, logaritmos que ellos solos podían entender.
--Defendían el dinero con mayor tenacidad que los otros--continuó
Atilio--, con una paciencia de bueyes testarudos é incansables; pero
acababan perdiendo, igual que los demás. ¿Quién no pierde aquí?... Hasta
el Casino, que gana siempre, pierde ahora. Antes de la guerra, su renta
era de cuarenta millones por año. Actualmente saca en limpio tres ó
cuatro millones nada más, y como tiene que cubrir unos gastos enormes,
se ve obligado á hacer empréstitos para seguir viviendo, lo mismo que un
Estado.
Miguel se fijó en los que pasaban por el _bar_. Sólo entraba un hombre
por cada diez mujeres.
--También es la guerra--dijo Castro--. ¡No se ven mas que hembras,
hembras por todas partes! Pero aquí, si se acuerda uno de los tiempos de
paz, siempre fué superior la proporción femenina. Los hombres, menos
numerosos, juegan más fuerte, arriesgan con mayor audacia su dinero;
pero en torno de las mesas, tres cuartas partes del público están
compuestas de mujeres. La mujer, cuando teme al amor ó está desengañada
de él, se entrega al juego con una vehemencia pasional. Es el único
recurso que encuentra para desahogar su imaginación. Además, hay que
tener en cuenta sus aficiones al lujo, que no están casi nunca de
acuerdo con sus recursos, y todas las necesidades de la mujer actual que
no conocieron sus abuelas... Mira; fíjate.
Señaló discretamente á una señora entrada un años, pintarrajeada y
modestamente vestida, á la que acosaban con manoteos y gestos de súplica
otras dos, jóvenes y elegantes. Se adivinaba que habían entrado allí
únicamente para tratar un asunto, lejos de la curiosidad de las salas de
juego.
--Solicitan un préstamo, y ella se resiste--continuó Castro--. Tal vez
es el segundo ó tercero de la tarde. Esa dama es una rival del vejete
que lleva en la solapa el Corazón de Jesús. ¡Famoso usurero! Empezó de
mozo de café, y debe tener unos dos millones, después de treinta años
de honrada industria. Todo lo que posee lo destina al pueblo de La
Turbie, que le ha nombrado su bienhechor. Regala imágenes de santos, ha
reconstruído la iglesia... Atención: la dama se ablanda. El préstamo va
á realizarse.
Las tres mujeres habían desaparecido detrás de una puerta de caoba que
daba entrada á los gabinetes de necesidad para señoras. La prestamista
guardaba sus caudales en las enaguas, y le era preciso remangarse para
hacer sus negocios. Poco después salió rápidamente hacia el salón de
juego. Necesitaba continuar su vigilancia sobre algunas deudoras, por si
estaban ganando. Las dos jóvenes la siguieron, llevando sus bolsos de
mano todavía abiertos para contar con la vista los billetes acabados de
recibir.
Castro, que más de una vez había sufrido la humillación de operaciones
semejantes, empezó á discurrir con amargura sobre el vicio que sostiene
la existencia de este edificio enorme y de todo el principado. El jugaba
por la ganancia, jugaba porque era pobre; ¡pero tantos ricos venían
allí, con riesgo de perder la base de su bienestar!...
--El juego es un empleo de la imaginación. Por eso habrás notado que los
hombres de imaginación, los escritores, los verdaderos artistas, rara
vez juegan. Muchos dan escándalos por sus vicios exagerados hasta la
monstruosidad, pero ninguno se ha distinguido como jugador. Tienen
asuntos más interesantes á que aplicar su potencia imaginativa.... En
cambio, la gran masa de los humanos siente el encanto del juego, y
cuanto más vulgar es un individuo, con más fuerza le atraen las
seducciones del azar. Nuestros actos están guiados por el deseo de
conseguir un máximum de placer con una parte mínima de sufrimiento y de
trabajo; ¿y qué mejor que el juego para obtenerlo?... Todos obedecemos á
la esperanza y hacemos aquello que nos parece más ventajoso. Además, nos
conviene exagerar la probabilidad de que ocurra aquello que queremos
ardientemente, y acabamos por tomar nuestros deseos por realidades....
Los que entran todos los días aquí tienen la corazonada de que saldrán
llevándose mil francos, ó veinte mil, ó cien mil, y lo regular es que
salgan con los bolsillos vacíos. No importa; al día siguiente volverán,
guiados de la mano por las mismas ilusiones.
Cesó de hablar, como si le afligiese la consideración de que estaba
haciendo su propio retrato. Luego añadió:
--Sin estas ilusiones que nuestra imaginación ama porque la arrullan
dulcemente, la vida resultaría irresistible. Es tal vez una felicidad
que nuestras esperanzas no sean matemáticamente exactas y que en nuestro
destino tenga tanta influencia la suerte. Además, la vida es breve, el
porvenir incierto; si la fortuna ha de venir á nosotros, conviene
abrirle el camino para que llegue velozmente; ¿y qué mejor camino que el
juego?... Cuando ponemos nuestras esperanzas muy lejos en el tiempo,
valen muy poco. Si debemos ganar, que sea pronto y de una vez. Nuestra
vida no es mas que un juego de azar. Todos somos jugadores, aun los que
no han tocado jamás una carta. Las profesiones, los negocios, el mismo
amor, puro juego, puro azar, asunto de suerte. La habilidad ó la
inteligencia pueden hacer los juegos de nuestra vida más favorable, pero
el azar no pierde por esto sus derechos y la buena suerte del individuo
realiza lo más importante. Para llegar á rico, hasta en los negocios que
parecen más seguros hay que ser favorecido por un concurso de
circunstancias extraordinarias, de golpes de azar constantemente
felices. Jamás un hombre se ha hecho rico ó célebre solamente por lo que
vale.
Lubimoff, uno de los grandes ricos del mundo pocos años antes, asintió
con movimientos de cabeza á esta afirmación.
--Hasta los gobiernos cultivan la esperanza pública por medio del
azar--continuó Castro--. Raros son los que no autorizan una lotería. El
que adquiere un billete compra un poco de esperanza, la posibilidad, si
tiene imaginación, de fabricarse por unos días toda clase de ilusiones
magnificentes y de experimentar una profunda ansiedad en el momento del
sorteo. El mejoramiento de nuestro bienestar material por el propio
esfuerzo resulta laborioso y difícil. Pero hay un medio de proporcionar
una felicidad relativa á los humildes: darles la esperanza de llegar á
ricos, de emanciparse de toda servidumbre, de realizar el ideal de
libertad que todos sienten. El Estado se muestra por principio enemigo
del juego; lo considera inmoral, por estar basado en lo incierto; pero
toda operación de comercio, financiera ó de industria representa un
azar, muchas veces la ruina de uno de los contratantes, y es un juego
casi igual á los de aquí.
Sonrió Atilio irónicamente antes de continuar.
--Que hablen contra el juego los moralistas hasta cansarse... Lo cierto
es que las sumas que se arriesgan en las carreras de caballos y en los
casinos aumentan de año en año con una progresión rápida, más rápida que
la progresión de la fortuna pública. El desarrollo de las buenas
costumbres no ejerce ninguna influencia en su disminución. En cambio,
las complicaciones de la vida moderna, con sus crecientes necesidades,
favorecen la pasión del juego y hasta la agravan.
El príncipe le interrumpió. Tal vez era cierto lo que decía, pero ¡qué
vicio deprimente el juego! Los seres más razonables se dejaban dominar
por él, hasta perder su inteligencia ordinaria.
--Es cierto--confesó Atilio--. En los juegos es donde se muestra la
debilidad humana y la tendencia que tenemos á la superstición. ¡Qué de
manías, como si el pasado pudiera influir en el presente!... ¡Qué de
inútiles esfuerzos para domar á la suerte!... Se han derrochado más
tesoros de imaginación para inventar nuevos sistemas de juego que para
encontrar el movimiento perpetuo, y con igual inutilidad. Todas esas
combinaciones maravillosas conducen al jugador infaliblemente á la
pérdida, con más ó menos rapidez, pero siempre con certeza... ¡Y qué fe
la nuestra! La considero superior á la de los mártires de las
religiones. Cuando uno cree poseer una combinación segura para ganar,
resulta inútil disuadirle. Nada le puede convencer. Es curioso que el
fracaso del sistema y la pérdida consiguiente no descorazonen nunca al
buen jugador. Inmediatamente acogemos una nueva combinación, la
verdadera esta vez, que nos permitirá conseguir la fortuna... A una
esperanza sucede siempre otra esperanza, y así vamos viviendo, hasta que
llegue la muerte.
La melancolía de estas últimas palabras fué breve. Castro pareció
acordarse repentinamente de algo que le hizo sonreir.
--¡Y qué incoherencias en la vida de los jugadores! Arriesgan el dinero
sin miedo y no hay gente más avara. Fíjate en las mujeres que juegan con
mayor pasión. Todas mal vestidas; algunas llegan hasta el descuido en su
persona. El dinero lo necesitan para jugar, y dejan para el día
siguiente la compra de lo necesario. Hay hombres que pasan toda la tarde
con el sombrero bajo el brazo, por ahorrarse los cincuenta céntimos que
cuesta dejarlo en el vestíbulo del Casino. Hoy, al entrar, he visto á un
viejo que espera á un amigo suyo todos los días junto al mostrador del
guardarropa. Depositan juntos sus sombreros y gabanes; así, cada uno
sólo paga veinticinco céntimos. Luego, en la ruleta, los he visto
manejar á fajos los billetes de mil francos.
Los jugadores que entraban eran interpelados desde las mesas.
--¿Aún sigue ganando?...
Se referían á la de Delille. Las noticias no eran acordes. Unos parecían
indignados: «Sí; continuaba ganando con una suerte insolente.» Se había
desvanecido el entusiasmo del primer momento. Una punta de envidia latía
en las miradas y las palabras. Otros, á impulsos del mismo sentimiento
egoísta, se complacían en marcar un descenso en esta suerte maravillosa.
Perdía y ganaba. Sus buenos golpes ya no eran tan seguidos como al
principio; pero de todos modos, si se retiraba inmediatamente, tal vez
se llevase trescientos mil francos.
Atilio y el príncipe vieron á Lewis de pie ante el mostrador, bebiendo
uno de aquellos _whiskys_ que serenaban su ánimo y le permitían reanudar
las retorcidas combinaciones que habían de devolverle su herencia
paterna y restaurar su castillo.
Le llamaron para enterarse de la suerte de la duquesa. Lewis se encogió
de hombros con una expresión de escándalo y de protesta. Era absurdo
ganar de tal modo jugando tan mal.
--Debe tener oculto en sus faldas el rosario del conde--dijo Atilio con
gravedad.
Quedó Lewis perplejo, como si tomase en serio estas palabras. Después se
ruborizó, con una corrección británica, al acordarse de los extraños
adornos del rosario de su amigo. De repente empezó á lanzar violentas
carcajadas: «¡Ah, mister Castro!...» Le parecía tan chistosa la
suposición de _mister_ Castro, que tosió, asfixiándose de tanto reir, y
fué en busca de un nuevo _whisky_ para recobrar su serenidad.
Volvieron los dos amigos al salón de _Las Gracias florentinas_.
El príncipe vió á Novoa y á Valeria en el mismo diván, continuando su
conversación, pero cada vez más abstraídos, fijos los ojos en los ojos,
como si estuviesen en un lugar desierto.
Llegó cerca de ellos sin que le viesen, y pudo oir un fragmento de lo
que decía la acompañante de Alicia.
--No conozco España; ¡pero me interesa tanto!... Yo adoro todos los
países de amor, donde los hombres son desinteresados, donde no exista la
dote y una mujer puede casarse aunque sea pobre.
Dejó caer una ojeada de lástima el príncipe al pasar junto al sabio.
VII
Un nuevo personaje intervino en la vida de los habitantes de
Villa-Sirena. El coronel anunció con entusiasmo á este amigo que le
había hecho conocer doña Clorinda.
--Es un teniente español de la Legión extranjera. Vive en el hotel que
el príncipe de Mónaco ha destinado á los oficiales convalecientes. Se
llama Antonio Martínez, nombre vulgarísimo que dice muy poco; pero es un
gran soldado, un héroe, y no sé cómo sobrevive á sus heridas.
«La Generala», que llevaba la cuenta de todos los militares de cierta
notoriedad llegados á Monte-Carlo, había querido conocer á este
teniente, tomándolo luego bajo su protección. La duquesa de Delille
también se interesaba por él, y las dos, orgullosas de ser sus
«madrinas», lo exhibían en el atrio del Casino, alquilaban carruajes
para pasearlo por los lugares más hermosos de la Costa Azul, le
regalaban los comestibles mejores y las pastelerías de tiempo de guerra
que conseguían encontrar. Enfermo del pecho á consecuencia de los gases
asfixiantes de los alemanes, había recibido, además, en la cabeza un
casco de granada, y sufría de tarde en tarde accidentes nerviosos que le
hacían caer al suelo privado de conocimiento. Los médicos hablaban con
tristeza de su estado. Tal vez viviría años, tal vez moriría en una de
estas crisis; lo importante era que llevase una existencia plácida, sin
profundas emociones. Y las dos señoras, que conocían su verdadero
estado, lo lamentaban cuando él no estaba presente. ¡Tan joven! ¡tan
afectuoso y tímido! Sobre el pecho de su uniforme amarillo mostaza
llevaba, con los cordones rojos, símbolo de heroísmo dado á los
batallones extranjeros, la Cruz de Guerra y la Legión de Honor.
Clorinda, que se consideraba con mayores derechos por haberle
«descubierto», pensó un instante en llevarlo á vivir con ella, para
atender mejor á su cuidado. Pero estaba en el Hotel de París; no
disponía de una «villa» entera, como Alicia. Y ésta, aunque tentada por
las insinuaciones de su amiga, no se atrevió á instalar al convaleciente
en su domicilio. La gente era maliciosa, y ella, sin decir el por qué,
temía ahora mucho sus comentarios.
Mientras tanto, las dos llevaban á todas partes al teniente, protestando
de que no le permitieran entrar con ellas en los salones del Casino, á
causa de su uniforme. Una tarde, doña Clorinda, con toda la autoridad de
su carácter, lo llevó á Villa-Sirena. Era una vergüenza que el hermoso
edificio y sus vastos jardines estuviesen dedicados á cinco hombres que
no servían de nada á la humanidad. Muchas veces lo había convertido
imaginariamente en un sanatorio poblado de militares inválidos, con ella
al frente como directora y protectora. Pero sus insinuaciones no
causaban efecto alguno en el príncipe. «Un egoísta», se decía, volviendo
á su antigua opinión.
Ya que le era imposible ocupar la «villa» con una tropa de
convalecientes, llevó al oficial español paro que conociese sus
jardines, sin solicitar antes el permiso de Lubimoff.
Este pudo contemplar de cerca al héroe de que tanto le había hablado don
Marcos en los últimos días. Nada vió en él que revelase sus hechos
extraordinarios. Era un muchacho, pronto á ruborizarse cuando le
obligaban á contar sus actos en la guerra. Despojado de su uniforme y
sus insignias honoríficas hubiese parecido un pobre dependiente de
comercio, resignado con su modestia é incapaz de salir de ella. Su
aspecto contrastaba con las hazañas que al fin se decidía á confesar en
fuerza de preguntas. Tenía veintisiete años y parecía mucho más joven,
pero con una juventud enfermiza, debilitada por las heridas y los
sufrimientos.
Lubimoff, que odiaba la fanfarronería de los héroes jactanciosos, se
sintió desconcertado primeramente y luego atraído por la sencillez de
este oficial. De no conocer por don Marcos la autenticidad de sus
proezas, las habría creído falsas.