público que podía distinguir desde su asiento. Reconoció á muchos en
esta contemplación á vista de pájaro. Vió en las primeras filas una
cabeza gris, con los cabellos partidos de la frente á la nuca y peinados
hacia adelante hasta confundirse con unas patillas á la austriaca. Era
el coronel, que escuchaba con cierta autoridad, balanceando el cráneo
para conceder su aprobación al célebre tenor. Pero no estaba solo: le
vió ladear el rostro hacia una cabellera rizada y una sarta de gruesas
cuentas de ámbar. ¡Ah, traidor!... Indudablemente, la hija del
jardinero. Por esto se había dado tanta prisa en huir: una exigencia de
la aprendiza, deseosa de escuchar á aquel artista del que tanto hablaban
las señoras. Cuando el grueso ruiseñor quedaba oculto entre bastidores,
el coronel ofrecía á su protegida un cucurucho lleno de caramelos.
¡Caramelos en tiempo de guerra! Un verdadero derroche que sólo se podía
permitir un enamorado.
En el entreacto, el príncipe se marchó furtivamente, temiendo
encontrarse con don Marcos y que su presencia le amargase una tarde
feliz. Además, no le interesaba la ópera ni aquel cantante tan alabado.
Atravesó el gran atrio de columnas de jaspe que sostienen una galería
con balaustres rematados por candelabros de bronce. En un extremo, sobre
tableros, estaban las últimas noticias. El príncipe las leyó sin
curiosidad. «Nada; lo de siempre. Sigue la monótona guerra de
trincheras. El terreno ganado ó perdido á metros. Esto no acabará
nunca...»
Se deslizó entre los grupos que paseaban durante los entreactos,
evitando que le viese el coronel. ¡Pobre Toledo! Iba gravemente
orgulloso al lado de aquella protegida que podía ser su nieta. Miraba
hostilmente á los jóvenes, mientras la muchacha, á sus espaldas,
lanzaba ojeadas á todos los hombres con uniforme.
El príncipe tuvo que abrirse paso á través de un grupo inmóvil y
compacto. Eran oficiales convalecientes, franceses, canadienses,
australianos, ingleses, y revueltas con ellos, enfermeras de varios
tipos; unas con velos monacales y aspecto frágil; otras varoniles, con
corbata y levita de botones dorados, sin otra prenda femenil que la
falda... Algunas más viejas, de pelo corto, cara roja y grandes anteojos
de concha, exigían un detenido examen para que de su aspecto híbrido
pudiera surgir la convicción de que eran mujeres. Se amontonaban ante
las tres dobles mamparas que dan acceso á las salas de juego. Todo el
que perteneciese á las fuerzas de mar y tierra de cualquiera nación no
debía pasar de aquí: los militares sólo podían entrar en la sala de
espectáculos y el atrio del Casino. Y estas gentes, que en sus lejanos
países habían oído hablar muchas veces de Monte-Carlo, al verse en él
por los azares de la guerra, se amontonaban junto á las mamparas con una
curiosidad infantil, admirando instantáneamente, al abrirse y cerrarse
aquéllas, la rápida visión de los salones dorados, puestos en fila y
llenos de público. Después se retiraban, cediendo el sitio á otros
camaradas. Ya habían visto; ya podían afirmar que Monte-Carlo no
guardaba secretos para ellos.
Los empleados de levita negra abrieron una de las mamparas, saludando al
príncipe como á un antiguo conocido.
Era la primera vez que entraba en los salones de juego después de su
vuelta. Creyó que caía con milagrosa regresión en el mundo anterior á la
guerra; que todas las cosas que afligían á la humanidad quedaban al otro
lado de la puerta, como queda una acción dramática, falsa pero
emocionante, sobre el escenario de un teatro que abandonamos.
Hasta encontró cierto atractivo en la arquitectura de estos salones, por
ser algo familiar que le recordaba épocas agradables de su existencia.
Estaba en la sala del Renacimiento, pero toda su atención fué atraída
por la pieza inmediata, la rotonda central del Casino, el llamado salón
de Schmit, al que convergen los otros salones y que parece prolongarse
por debajo de las portadas divisorias hasta el fondo del edificio.
Un silencio rumoroso surgía de las aglomeraciones humanas en torno de
las mesas verdes. Todos al hablar lo hacían en voz baja, como en una
iglesia. De vez en cuando, este susurro se cortaba con un largo
rechinamiento, con un ruido igual al de los guijarros de una costa
arrastrados por la ola. Eran las raquetas de los empleados, que barrían
el paño verde, llevándose las monedas, las fichas, todos los despojos de
la pérdida, chocando unas con otras las piezas de metal y las de falso
hueso. La voz de los _croupiers_ se elevaba sobre este silencio febril
de colmena bullente como la del oficial que ordena una maniobra. «Hagan
sus juegos...» «¿El juego está hecho?...» «No va más.» El silencio
perdía su envoltura rumorosa; se iba adelgazando. Los pechos respiraban
con menos fuerza; los cuellos se estiraban para ver mejor sobre el
hombro vecino; algunas mujeres permanecían sobre un pie nada más,
echando atrás el otro, como bailarinas que se inclinan para tocar el
suelo con las manos. Todos se apretujaban, sin reparar en el sexo á que
pertenecían las carnes inmediatas; y en esta pausa de rostros alargados,
cejas fruncidas, bocas rígidas y miradas convergentes sonaba, aumentado
por un eco diabólico, el correteo de la bolita de marfil por la ranura
circular del borde de madera, mientras la rosa de colores de la ruleta
iba girando como un kaleidoscopio en sentido inverso.
De pronto, un golpe seco. La bola había terminado su fuga circular,
cayendo en un número. Se prolongaba el silencio; los rostros parecían
estirarse aún más; los puños se apretaban convulsivamente. Otra vez el
ruido de guijarros movidos por la ola. Las raquetas barrían el campo
verde. Mal número para el público. Cuando se elevaba en torno de la mesa
un ahogado rugido, la respiración de cien pechos descongestionados, los
_croupiers_ tardaban varios minutos en reanudar el juego, para pagar á
los gananciosos y resolver cuestiones entre los que reclamaban la misma
puesta. Al terminar una partida, se disgregaban los grupos de una mesa
para trasladarse á otra; pero la orla de gente continuaba siendo
compacta, por los nuevos aportes de curiosos.
Descendía de la claraboya central un resplandor acaramelado. Fuera
brillaba el sol sobre el mar azul; aquí, la luz era de bodega: una luz,
según Castro, semejante á la del salón de sesiones de un Congreso de
diputados. Esta luz amarillenta, igual al oxidado fulgor del oro viejo,
parecía aumentar la suntuosidad de las salas. Era la arquitectura
majestuosa y rica que convence al pueblo y á los ricos improvisados. Las
columnas y pilastras, de ónix y de bronce, sostenían un techo magnífico,
cortado circularmente por la cristalería de la claraboya. En los cuatro
triángulos de la bóveda estaban representados escultóricamente el Aire,
la Tierra, el Fuego y el Agua, como si los tales elementos tuviesen
alguna relación con la industria que daba vida al vasto palacio.
Cuatro arañas de metal, enormes y rutilantes, completaban la pesada
suntuosidad. Allí donde no había dorados ó espejos, ocupaban las paredes
vistosas pinturas. Estos cuadros y todos los que adornaban al Casino
eran objeto de las burlas de Miguel. Algunos resultaban aceptables; los
más parecían viejísimos, á pesar de que no tenían más de cuarenta años,
pero con una vejez sin nobleza, lo mismo que si hubiesen pasado sobre
ellos varios siglos de desprecio y olvido.
Atilio explicaba á su modo la presencia de tales lienzos. Eran obra,
según él, de aficionados arruinados por el juego, que el Casino se veía
en la obligación de proteger.
El príncipe empezó á encontrar figuras conocidas entre este público
incesantemente renovado, que cada mes resultaba distinto. Todo el mundo
pasaba por allí. El pavimento, de diversas maderas ensambladas, era uno
de los caminos más frecuentados de Europa. Semejante al antiguo Foro de
Roma, punto de convergencia de las rutas del mundo entero, este salón
atraía á las gentes desocupadas del planeta. Soñaban todos con poder ir
alguna vez á arrostrar una moneda en la gran casa de juego mediterránea.
El hombre de otros continentes, al desembarcar en el viejo mundo,
inscribía Monte-Carlo en su itinerario de viaje. Pero este río humano
que se deslizaba incesantemente, recibiendo el aporte de nuevas olas,
iba dejando aguas muertas, plantas desarraigadas, troncos desmochados,
en las sinuosidades de sus ribazos.
Lubimoff casi saludó á ciertas personas que le miraban con afectuosa
sorpresa, lo mismo que si viesen en él á un resucitado.
Un vejete de barba corta y dura sobre un rostro de cadavérica palidez se
inclinó profundamente á su paso, sin que su modestia sufriese al no
recibir contestación. Era el hombre más buscado y halagado por las damas
que frecuentaban el Casino. Llevaba una especie de solideo negro en la
cabeza, el sombrero en la diestra y una medalla de esmalte con el
Corazón de Jesús en una solapa. Atilio y Lewis también le habían buscado
muchas veces. Miguel estaba seguro de que era amigo de la duquesa de
Delille, y en más de una ocasión habría visto sus lágrimas. Facilitaba
dinero al cinco por ciento... cada veinticuatro horas, y entretenía sus
ocios estudiando de lejos á los recién llegados, por si se ofrecían como
nuevos clientes.
También sonrieron al príncipe algunas damas de aspecto serio, todavía de
buen ver, amplias de formas por un extremo y enjutas por el otro, como
personas que se medicinan contra la obesidad y no obtienen un resultado
regular. Estaban sentadas en los divanes de los ángulos, conversando
entre ellas, mirando á los grupos de jugadores con un aire de empleadas
que descansan después de cumplido su deber. Habían llegado á Monte-Carlo
muchos años antes, con joyas, con miles de francos, con un hombre que
sufría sus desigualdades de humor y encima daba dinero; y todo se había
volatilizado en las mesas del Casino. Pero ellas seguían agarradas al
escollo de su naufragio, tal vez para siempre, viviendo de los residuos
de otros y otros, que, siguiendo la misma ruta, venían á chocar y á
perecer. Se ofrecían á los forasteros como personas experimentadas en
los misterios de la casa; aconsejaban á las parejas en viaje de amor qué
número debían jugar, como si poseyesen el secreto. Además, se
presentaban en el Casino á primera hora, para ocupar los mejores sitios
en las mesas, y luego cedían su silla á un jugador rico, cliente fijo,
que las recompensaba con generosidad si le favorecía la suerte.
Aún tuvo otros encuentros. Pasaron junto á él unas cuantas viejas, pero
de una vejez incapaz de arrostrar el aire libre y la luz del sol. Esta
ancianidad se acentuaba bajo adornos extraños que no recordaban ninguna
moda: trajes de colorines desteñidos que parecían cortados de un
cortinaje viejo y oliendo á casa ruinosa, sombreros monumentales ó
turbantes esféricos fabricados con gasas de mosquitero. Unas eran de
esquelética delgadez, otras de lívidas adiposidades; pero todas llevaban
el rostro escandalosamente cubierto de bermellón y círculos acarbonados
en torno de los ojos moribundos.
--Un luis, mi príncipe--murmuró la más atrevida--. Tengo la seguridad de
que me dará la suerte.
Le temblaba al hablar la dentadura postiza, demasiado grande. Un hedor
de tumba acompañaba la sonrisa de sus labios pintados.
Miguel sabía quiénes eran por los relatos de Toledo. El coronel,
admirador de las majestades caídas, aceptaba su conversación con
melancólica deferencia. Una había sido amante de Víctor Manuel; otra más
vieja recordaba entre suspiros los tiempos de Napoleón III y de Morny.
Todas iban á morir en este Monte-Carlo, último rincón de la tierra que
podía recordarles sus esplendores de sesenta años antes. Algunas, en
memoria de sus joyas desaparecidas, ostentaban serenamente unos adornos
grotescos y bárbaros de latón y cuentas de vidrio. Según el paradójico
Castro, habían muerto hacía muchos años, pasaban la noche en el
cementerio de Mónaco, y vistiéndose con los harapos de los otros
cadáveres subían al Casino, por la fuerza de la costumbre, para
contemplar una vez más el escenario de su remota juventud.
El príncipe les dió unos cuantos billetes y siguió adelante, mientras
ellas corrían á jugar este dinero, después de agradecer el regalo con
una sonrisa de calavera, último resto de la gracia profesional.
Pronto dejó de fijarse en todos los parásitos que vivían pegados á los
engranajes de la formidable máquina, nutriéndose con las migajas de su
trituración. Se sintió interesado por el público de jugadores, siempre
igual en apariencia y siempre distinto. Los había que avanzaban apoyados
en bastones: bastones de enfermo, con contera de goma, únicos que eran
admitidos en las salas de juego, por temor á las disputas. Vió damas
gelatinosas de torpe paso; señores tullidos apoyados en el brazo de un
jayán con casaca galoneada, que los conducía paternalmente hasta la
ruleta, acomodándolos en su asiento. Algunas paralíticas llegaban en un
carruajito infantil hasta la escalinata, y allí eran izadas á una silla
de manos y llevadas á través de los salones hasta su lugar preferido. En
ciertos momentos parecía este palacio del juego un balneario célebre, un
Lourdes milagroso. Llegaban, como llegan los enfermos incurables á otros
lugares, empujados por la esperanza; pero esta esperanza no era la de la
salud, que les dejaba indiferentes. Lo que les galvanizaba era la
esperanza de la fortuna, la ilusión de la riqueza, como si esta riqueza
pudiera servir de algo á sus pobres cuerpos, faltos de los apetitos que
amenizan la existencia.
Resumió el príncipe mentalmente la vida pasional de los humanos en dos
placeres que eran el motor de todas sus acciones: el amor y el juego.
Los había que conocían igualmente la doble atracción; Castro, por
ejemplo. El sólo había sentido interés por el amor é ignoraba el placer
del juego. Al levantarse de la mesa, siempre con ganancia, no
experimentaba la tentación de volver. Pero viendo á los ancianos, los
valetudinarios y los incurables arrastrarse hacia la ruleta como á una
piscina milagrosa, los excusó compasivamente. ¿Qué otro placer les
quedaba sobre la tierra? ¿Cómo llenar el vacío de una existencia que se
prolongaba tenazmente?...
Lo que no podía comprender era el gesto apasionado, la mirada dura de
otros jugadores sanos y fuertes. Hombres jóvenes se movían entre las
mujeres en torno de la mesa con una brusquedad hostil; disputaban con
ellas ásperamente, tratándolas como á enemigos. Las mujeres perdían de
golpe su frescura y su gracia: se masculinizaban contemplando las filas
de naipes del «treinta y cuarenta» ó el volteo loco de la rueda de
colores. Tenían un gesto de luchador, con la boca tirante, los ojos
feroces, y avisadas por el instinto de esta transformación, apenas se
separaban del juego sacaban del bolso de mano el espejito, los polvos,
el colorete, para remediar y borrar su pasajera decadencia.
Las de aspecto más digno y correcto se mostraban á veces las más
atrevidas. Podían entregarse á un vicio sin miedo al comentario, sin
riesgo de ser criticadas, en un lugar donde todas las mujeres hacían lo
mismo y el juego figuraba como algo oficial, digno de respeto.
El príncipe sonrió acordándose de lo que le había contado Toledo días
antes: la desesperación de una señora cuarentona que venía de Niza con
sus dos hijas todas las tardes y había acabado por perder cincuenta mil
francos.
--¡Ojalá me hubiese echado un amante!--gemía la matrona con ojos
lacrimosos--. Mejor hubiera sido entregarme al amor.
Entró Miguel en otros salones sin claraboya. Los racimos de bombillas
eléctricas, al iluminarlos con un resplandor absurdo, hacían pensar en
el sol ardiente y el mar azul que existían al otro lado de los muros de
oro y jaspe. Sobre las mesas, el alumbrado era de petróleo: dos enormes
pantallas abrigando cada una cuatro quinqués que pendían de unas cadenas
de bronce de varios metros fijas en el techo. Así, si se cortaba la
corriente eléctrica, no había peligro de que los clientes sintiesen la
tentación de apropiarse el dinero de la banca.
De tarde en tarde sonaba una campanilla, agitada discretamente por uno
de los empleados de levita negra que dirigían el juego. Una ficha, una
moneda ó un billete había caído bajo de la mesa. Y se presentaba con una
prontitud escénica, como si esperase entre bastidores, un lacayo de
casaca azul y oro llevando en las manos una linterna sorda y un gancho
para huronear entre las piernas de los jugadores, hasta que encontraba
el objeto perdido.
Una disciplina de buque de guerra, donde cada cosa está en su lugar y
cada hombre en el sitio de sus funciones, se notaba en las vastas salas.
Varios señores respetables, con la solapa condecorada, paseaban entre
las mesas con aire de oficiales de servicio, para convencerse de que
todo iba perfectamente. Allí donde las voces subían de tono se
presentaban con paso rápido para cortar los discusiones. Cuando dos
«puntos» se disputaban una misma puesta, resolvían inmediatamente el
pleito pagando á los dos. El dinero acababa al fin por volver á la casa.
Según Atilio, estaba perforado el Casino por galerías secretas, puertas
invisibles y hasta trapas, lo mismo que el escenario de una comedia de
magia; todo para el mejor servicio y evitar molestias á los clientes.
Algunas veces, un enfermo se desmayaba en la mesa ó caía muerto por una
emoción demasiado violenta. Al instante se abría el muro más próximo,
vomitando una camilla y dos bomberos, que hacían desaparecer el cuerpo
importuno como por encantamiento. Los de la partida inmediata no
llegaban á enterarse.
En otras ocasiones era un suicidio. Lubimoff conocía una mesa llamada
«del suicida», á causa de un inglés que había querido morir
teatralmente, disparándose un pistoletazo al perder la última moneda.
Las piltrafas de su cerebro salpicaron la bayeta verde, las caras de los
vecinos y hasta las levitas de los _croupiers_. ¡Siempre hay gentes de
poco tacto, que no saben vivir en sociedad!... Pero los bomberos surgían
de la pared, llevándose al muerto, limpiando de sangre la alfombra y la
mesa, y poco después, del óvalo de gente apretujada contra el tablero
verde surgía la voz sacramental: «Hagan sus juegos...» «¿El juego está
hecho?...» «No va más.»
El príncipe se acordó del famoso «banco de los suicidas» en los jardines
del Casino. Una leyenda para periódicos. No existía. Cuando se mataban
varios en un mismo banco, la administración lo hacía cambiar de sitio
inmediatamente. También era una exageración folletinesca lo de la
abundancia de suicidios: dos ó tres por año nada más. Según Castro,
había pasado de moda esto de matarse en Monte-Carlo; resultaba una falta
imperdonable de buen gusto; lo discreto era irse lejos y desaparecer
sin ruido. Además, la policía de la casa tenía buen ojo para conocer á
los desesperados, y les facilitaba un billete de ferrocarril,
aconsejándoles que se matasen buenamente en Marsella, ó cuando menos en
Niza ó Mentón.
Estaba Miguel cerca de la «mesa del suicida», junto á la entrada de los
salones privados, cuando notó cierto revuelo en el público. Se buscaban
los grupos para transmitirse una noticia; los antiguos clientes se
agitaban con una emoción profesional. Algo importante estaba ocurriendo.
El príncipe conocía el significado de estas ráfagas de curiosidad: un
jugador ganaba ó perdía de un modo extraordinario.
Cierto nombre llegando vagamente á sus oídos hizo que su atención se
concentrase.
--La duquesa de Delille... Doscientos mil francos...
Todos los que tenían permiso para jugar en los salones privados se
precipitaban hacia la gran puerta de cristales que da acceso á ellos.
Miguel siguió esta corriente.
Se vió en una pieza enorme, de techo altísimo. En uno de sus lados se
abrían cuatro grandes balcones sobre las terrazas y el Mediterráneo. A
causa de la guerra estaban cubiertos con unas telas obscuras para
ocultar la luz interior. El muro de enfrente lo llenaban varios espejos
gigantescos. En lo alto, diez y seis cariátides blancas y pechugonas,
encorvadas bajo el peso del techo, sostenían anchas bandas de cristales
de roca con bombillas eléctricas que dejaban caer un resplandor lunar.
Los curiosos pasaban indiferentes ante las primeras mesas de juego, para
agolparse en torno de la última, la del «treinta y cuarenta», al pie de
un gran cuadro en el que tres buenas mozas desnudas, sobre un fondo de
arboleda obscura igual á los jardines de Boboli, representaban _Las
Gracias florentinas_.
Allí estaba el fenómeno. Avanzando su cuello entre los hombros de dos
curiosos, vió á Alicia sentada á la mesa, con aspecto pensativo. Todas
las miradas convergían sobre ella. Ante sus manos se amontonaban varios
fajos de billetes y muchas fichas formando pilastras: fichas ovaladas de
quinientos francos y rectangulares de á mil, llamadas «jaboncillos» en
el lenguaje del Casino, á causa de su forma.
Ella levantó de pronto la cabeza, como si el instinto le avisase una
presencia interesante, y sus ojos se dirigieron rectamente hacia Miguel.
Le saludó con una sonrisa de felicidad. Pareció besarle con la mirada. Y
todos, con esa sumisión de las muchedumbres cuando se sienten dominadas
por el entusiasmo ó el asombro, siguieron sus ojos para conocer al
hombre que era acogido de este modo por la heroína. El príncipe sintió
halagada su vanidad, lo mismo que cuando un artista célebre le saludaba
desde la escena y seguía cantando con la mirada puesta en él, para
dedicarle sus gorgoritos; lo mismo que cuando, de joven, un matador de
toros le dirigía un gesto amistoso antes de dar la estocada final.
Alicia parecía brindarle su gloria.
Pero inmediatamente volvió á recogerse en su ensimismamiento. No estaba
sola. Alguien invisible y poderoso se erguía detrás de su asiento, ó se
inclinaba para soplar en su oído el consejo certero, la resolución
inesperada, la audacia original. Sus ojos, animados por una luz
fosforescente, contemplaban lo que nadie podía ver. Su boca muda se
estremecía con nerviosas contracciones, lo mismo que si hablase á un ser
misterioso que no necesitaba del sonido para oir. Miguel adivinó junto á
ella la potencia demoniaca de las horas inolvidables, la que proporciona
á los artistas el acorde maestro, la palabra luminosa, la pincelada
suprema; la que sugiere la matanza final en las batallas ó la astucia
decisiva en los negocios acompañados de quiebras y suicidios.
Se había lanzado al gran juego. Avanzaba con mano negligente una columna
de doce fichas rectangulares rematada por otra oval: doce mil quinientos
francos, la cantidad máxima que puede arriesgarse al «treinta y
cuarenta». El público, con la idolatría que inspiran los vencedores, se
interesaba por la duquesa, como si cada uno esperase participar de sus
ganancias. Todos presentían su triunfo. Y cuando efectivamente ganaba,
un murmullo de satisfacción, un resuello de desahogo iba elevándose del
óvalo de curiosos que se oprimían contra los respaldos de las sillas
ocupadas por los jugadores. De tarde en tarde perdía, y el profundo
silencio era de simpática conmiseración. Algunas veces, después de haber
avanzado la pilastra de fichas, entornaba los ojos como si escuchase á
su colaborador invisible, movía la cabeza en señal de asentimiento y
retiraba su puesta. Surgía de nuevo el murmullo de satisfacción al
convencerse el público de que había retirado su dinero á tiempo, lo que
equivalía á un triunfo negativo.
Muchos calculaban con ojos de codicia las cantidades que se amontonaban
ante sus manos.
--Ya está en los trescientos mil... Tal vez tiene más... ¡Ojalá llegue á
ganar millones!... ¡Qué gusto ver saltar al Casino!
A estos comentarios en voz baja se unían las exclamaciones laudatorias
de algunas viejas, adorando con sus ojos á la victoriosa. «¡Qué
simpática!... Una gran señora. ¡Y tan bella!... ¡Que la suerte le
acompañe!»
Se movió un hombro negro sobre el cual asomaba su cabeza el príncipe, y
éste vió la cara de Spadoni junto á sus ojos. No mostraba el pianista la
menor sorpresa, como si se hubiese separado de él pocos minutos antes.
Ni siquiera lo saludó. El asombro que dilataba su rostro, el escándalo y
la envidia que le infundía esta fortuna insolente, necesitaban
expansionarse con una protesta.
--¿Ha visto, Alteza?... No sabe jugar. Va contra todas las reglas; va
contra la lógica. No sabe... ¡no sabe!