Miguel escuchó á los cantantes, mientras examinaba la apretada masa de

público que podía distinguir desde su asiento. Reconoció á muchos en

esta contemplación á vista de pájaro. Vió en las primeras filas una

cabeza gris, con los cabellos partidos de la frente á la nuca y peinados

hacia adelante hasta confundirse con unas patillas á la austriaca. Era

el coronel, que escuchaba con cierta autoridad, balanceando el cráneo

para conceder su aprobación al célebre tenor. Pero no estaba solo: le

vió ladear el rostro hacia una cabellera rizada y una sarta de gruesas

cuentas de ámbar. ¡Ah, traidor!... Indudablemente, la hija del

jardinero. Por esto se había dado tanta prisa en huir: una exigencia de

la aprendiza, deseosa de escuchar á aquel artista del que tanto hablaban

las señoras. Cuando el grueso ruiseñor quedaba oculto entre bastidores,

el coronel ofrecía á su protegida un cucurucho lleno de caramelos.

¡Caramelos en tiempo de guerra! Un verdadero derroche que sólo se podía

permitir un enamorado.

En el entreacto, el príncipe se marchó furtivamente, temiendo

encontrarse con don Marcos y que su presencia le amargase una tarde

feliz. Además, no le interesaba la ópera ni aquel cantante tan alabado.

Atravesó el gran atrio de columnas de jaspe que sostienen una galería

con balaustres rematados por candelabros de bronce. En un extremo, sobre

tableros, estaban las últimas noticias. El príncipe las leyó sin

curiosidad. «Nada; lo de siempre. Sigue la monótona guerra de

trincheras. El terreno ganado ó perdido á metros. Esto no acabará

nunca...»

Se deslizó entre los grupos que paseaban durante los entreactos,

evitando que le viese el coronel. ¡Pobre Toledo! Iba gravemente

orgulloso al lado de aquella protegida que podía ser su nieta. Miraba

hostilmente á los jóvenes, mientras la muchacha, á sus espaldas,

lanzaba ojeadas á todos los hombres con uniforme.

El príncipe tuvo que abrirse paso á través de un grupo inmóvil y

compacto. Eran oficiales convalecientes, franceses, canadienses,

australianos, ingleses, y revueltas con ellos, enfermeras de varios

tipos; unas con velos monacales y aspecto frágil; otras varoniles, con

corbata y levita de botones dorados, sin otra prenda femenil que la

falda... Algunas más viejas, de pelo corto, cara roja y grandes anteojos

de concha, exigían un detenido examen para que de su aspecto híbrido

pudiera surgir la convicción de que eran mujeres. Se amontonaban ante

las tres dobles mamparas que dan acceso á las salas de juego. Todo el

que perteneciese á las fuerzas de mar y tierra de cualquiera nación no

debía pasar de aquí: los militares sólo podían entrar en la sala de

espectáculos y el atrio del Casino. Y estas gentes, que en sus lejanos

países habían oído hablar muchas veces de Monte-Carlo, al verse en él

por los azares de la guerra, se amontonaban junto á las mamparas con una

curiosidad infantil, admirando instantáneamente, al abrirse y cerrarse

aquéllas, la rápida visión de los salones dorados, puestos en fila y

llenos de público. Después se retiraban, cediendo el sitio á otros

camaradas. Ya habían visto; ya podían afirmar que Monte-Carlo no

guardaba secretos para ellos.

Los empleados de levita negra abrieron una de las mamparas, saludando al

príncipe como á un antiguo conocido.

Era la primera vez que entraba en los salones de juego después de su

vuelta. Creyó que caía con milagrosa regresión en el mundo anterior á la

guerra; que todas las cosas que afligían á la humanidad quedaban al otro

lado de la puerta, como queda una acción dramática, falsa pero

emocionante, sobre el escenario de un teatro que abandonamos.

Hasta encontró cierto atractivo en la arquitectura de estos salones, por

ser algo familiar que le recordaba épocas agradables de su existencia.

Estaba en la sala del Renacimiento, pero toda su atención fué atraída

por la pieza inmediata, la rotonda central del Casino, el llamado salón

de Schmit, al que convergen los otros salones y que parece prolongarse

por debajo de las portadas divisorias hasta el fondo del edificio.

Un silencio rumoroso surgía de las aglomeraciones humanas en torno de

las mesas verdes. Todos al hablar lo hacían en voz baja, como en una

iglesia. De vez en cuando, este susurro se cortaba con un largo

rechinamiento, con un ruido igual al de los guijarros de una costa

arrastrados por la ola. Eran las raquetas de los empleados, que barrían

el paño verde, llevándose las monedas, las fichas, todos los despojos de

la pérdida, chocando unas con otras las piezas de metal y las de falso

hueso. La voz de los _croupiers_ se elevaba sobre este silencio febril

de colmena bullente como la del oficial que ordena una maniobra. «Hagan

sus juegos...» «¿El juego está hecho?...» «No va más.» El silencio

perdía su envoltura rumorosa; se iba adelgazando. Los pechos respiraban

con menos fuerza; los cuellos se estiraban para ver mejor sobre el

hombro vecino; algunas mujeres permanecían sobre un pie nada más,

echando atrás el otro, como bailarinas que se inclinan para tocar el

suelo con las manos. Todos se apretujaban, sin reparar en el sexo á que

pertenecían las carnes inmediatas; y en esta pausa de rostros alargados,

cejas fruncidas, bocas rígidas y miradas convergentes sonaba, aumentado

por un eco diabólico, el correteo de la bolita de marfil por la ranura

circular del borde de madera, mientras la rosa de colores de la ruleta

iba girando como un kaleidoscopio en sentido inverso.

De pronto, un golpe seco. La bola había terminado su fuga circular,

cayendo en un número. Se prolongaba el silencio; los rostros parecían

estirarse aún más; los puños se apretaban convulsivamente. Otra vez el

ruido de guijarros movidos por la ola. Las raquetas barrían el campo

verde. Mal número para el público. Cuando se elevaba en torno de la mesa

un ahogado rugido, la respiración de cien pechos descongestionados, los

_croupiers_ tardaban varios minutos en reanudar el juego, para pagar á

los gananciosos y resolver cuestiones entre los que reclamaban la misma

puesta. Al terminar una partida, se disgregaban los grupos de una mesa

para trasladarse á otra; pero la orla de gente continuaba siendo

compacta, por los nuevos aportes de curiosos.

Descendía de la claraboya central un resplandor acaramelado. Fuera

brillaba el sol sobre el mar azul; aquí, la luz era de bodega: una luz,

según Castro, semejante á la del salón de sesiones de un Congreso de

diputados. Esta luz amarillenta, igual al oxidado fulgor del oro viejo,

parecía aumentar la suntuosidad de las salas. Era la arquitectura

majestuosa y rica que convence al pueblo y á los ricos improvisados. Las

columnas y pilastras, de ónix y de bronce, sostenían un techo magnífico,

cortado circularmente por la cristalería de la claraboya. En los cuatro

triángulos de la bóveda estaban representados escultóricamente el Aire,

la Tierra, el Fuego y el Agua, como si los tales elementos tuviesen

alguna relación con la industria que daba vida al vasto palacio.

Cuatro arañas de metal, enormes y rutilantes, completaban la pesada

suntuosidad. Allí donde no había dorados ó espejos, ocupaban las paredes

vistosas pinturas. Estos cuadros y todos los que adornaban al Casino

eran objeto de las burlas de Miguel. Algunos resultaban aceptables; los

más parecían viejísimos, á pesar de que no tenían más de cuarenta años,

pero con una vejez sin nobleza, lo mismo que si hubiesen pasado sobre

ellos varios siglos de desprecio y olvido.

Atilio explicaba á su modo la presencia de tales lienzos. Eran obra,

según él, de aficionados arruinados por el juego, que el Casino se veía

en la obligación de proteger.

El príncipe empezó á encontrar figuras conocidas entre este público

incesantemente renovado, que cada mes resultaba distinto. Todo el mundo

pasaba por allí. El pavimento, de diversas maderas ensambladas, era uno

de los caminos más frecuentados de Europa. Semejante al antiguo Foro de

Roma, punto de convergencia de las rutas del mundo entero, este salón

atraía á las gentes desocupadas del planeta. Soñaban todos con poder ir

alguna vez á arrostrar una moneda en la gran casa de juego mediterránea.

El hombre de otros continentes, al desembarcar en el viejo mundo,

inscribía Monte-Carlo en su itinerario de viaje. Pero este río humano

que se deslizaba incesantemente, recibiendo el aporte de nuevas olas,

iba dejando aguas muertas, plantas desarraigadas, troncos desmochados,

en las sinuosidades de sus ribazos.

Lubimoff casi saludó á ciertas personas que le miraban con afectuosa

sorpresa, lo mismo que si viesen en él á un resucitado.

Un vejete de barba corta y dura sobre un rostro de cadavérica palidez se

inclinó profundamente á su paso, sin que su modestia sufriese al no

recibir contestación. Era el hombre más buscado y halagado por las damas

que frecuentaban el Casino. Llevaba una especie de solideo negro en la

cabeza, el sombrero en la diestra y una medalla de esmalte con el

Corazón de Jesús en una solapa. Atilio y Lewis también le habían buscado

muchas veces. Miguel estaba seguro de que era amigo de la duquesa de

Delille, y en más de una ocasión habría visto sus lágrimas. Facilitaba

dinero al cinco por ciento... cada veinticuatro horas, y entretenía sus

ocios estudiando de lejos á los recién llegados, por si se ofrecían como

nuevos clientes.

También sonrieron al príncipe algunas damas de aspecto serio, todavía de

buen ver, amplias de formas por un extremo y enjutas por el otro, como

personas que se medicinan contra la obesidad y no obtienen un resultado

regular. Estaban sentadas en los divanes de los ángulos, conversando

entre ellas, mirando á los grupos de jugadores con un aire de empleadas

que descansan después de cumplido su deber. Habían llegado á Monte-Carlo

muchos años antes, con joyas, con miles de francos, con un hombre que

sufría sus desigualdades de humor y encima daba dinero; y todo se había

volatilizado en las mesas del Casino. Pero ellas seguían agarradas al

escollo de su naufragio, tal vez para siempre, viviendo de los residuos

de otros y otros, que, siguiendo la misma ruta, venían á chocar y á

perecer. Se ofrecían á los forasteros como personas experimentadas en

los misterios de la casa; aconsejaban á las parejas en viaje de amor qué

número debían jugar, como si poseyesen el secreto. Además, se

presentaban en el Casino á primera hora, para ocupar los mejores sitios

en las mesas, y luego cedían su silla á un jugador rico, cliente fijo,

que las recompensaba con generosidad si le favorecía la suerte.

Aún tuvo otros encuentros. Pasaron junto á él unas cuantas viejas, pero

de una vejez incapaz de arrostrar el aire libre y la luz del sol. Esta

ancianidad se acentuaba bajo adornos extraños que no recordaban ninguna

moda: trajes de colorines desteñidos que parecían cortados de un

cortinaje viejo y oliendo á casa ruinosa, sombreros monumentales ó

turbantes esféricos fabricados con gasas de mosquitero. Unas eran de

esquelética delgadez, otras de lívidas adiposidades; pero todas llevaban

el rostro escandalosamente cubierto de bermellón y círculos acarbonados

en torno de los ojos moribundos.

--Un luis, mi príncipe--murmuró la más atrevida--. Tengo la seguridad de

que me dará la suerte.

Le temblaba al hablar la dentadura postiza, demasiado grande. Un hedor

de tumba acompañaba la sonrisa de sus labios pintados.

Miguel sabía quiénes eran por los relatos de Toledo. El coronel,

admirador de las majestades caídas, aceptaba su conversación con

melancólica deferencia. Una había sido amante de Víctor Manuel; otra más

vieja recordaba entre suspiros los tiempos de Napoleón III y de Morny.

Todas iban á morir en este Monte-Carlo, último rincón de la tierra que

podía recordarles sus esplendores de sesenta años antes. Algunas, en

memoria de sus joyas desaparecidas, ostentaban serenamente unos adornos

grotescos y bárbaros de latón y cuentas de vidrio. Según el paradójico

Castro, habían muerto hacía muchos años, pasaban la noche en el

cementerio de Mónaco, y vistiéndose con los harapos de los otros

cadáveres subían al Casino, por la fuerza de la costumbre, para

contemplar una vez más el escenario de su remota juventud.

El príncipe les dió unos cuantos billetes y siguió adelante, mientras

ellas corrían á jugar este dinero, después de agradecer el regalo con

una sonrisa de calavera, último resto de la gracia profesional.

Pronto dejó de fijarse en todos los parásitos que vivían pegados á los

engranajes de la formidable máquina, nutriéndose con las migajas de su

trituración. Se sintió interesado por el público de jugadores, siempre

igual en apariencia y siempre distinto. Los había que avanzaban apoyados

en bastones: bastones de enfermo, con contera de goma, únicos que eran

admitidos en las salas de juego, por temor á las disputas. Vió damas

gelatinosas de torpe paso; señores tullidos apoyados en el brazo de un

jayán con casaca galoneada, que los conducía paternalmente hasta la

ruleta, acomodándolos en su asiento. Algunas paralíticas llegaban en un

carruajito infantil hasta la escalinata, y allí eran izadas á una silla

de manos y llevadas á través de los salones hasta su lugar preferido. En

ciertos momentos parecía este palacio del juego un balneario célebre, un

Lourdes milagroso. Llegaban, como llegan los enfermos incurables á otros

lugares, empujados por la esperanza; pero esta esperanza no era la de la

salud, que les dejaba indiferentes. Lo que les galvanizaba era la

esperanza de la fortuna, la ilusión de la riqueza, como si esta riqueza

pudiera servir de algo á sus pobres cuerpos, faltos de los apetitos que

amenizan la existencia.

Resumió el príncipe mentalmente la vida pasional de los humanos en dos

placeres que eran el motor de todas sus acciones: el amor y el juego.

Los había que conocían igualmente la doble atracción; Castro, por

ejemplo. El sólo había sentido interés por el amor é ignoraba el placer

del juego. Al levantarse de la mesa, siempre con ganancia, no

experimentaba la tentación de volver. Pero viendo á los ancianos, los

valetudinarios y los incurables arrastrarse hacia la ruleta como á una

piscina milagrosa, los excusó compasivamente. ¿Qué otro placer les

quedaba sobre la tierra? ¿Cómo llenar el vacío de una existencia que se

prolongaba tenazmente?...

Lo que no podía comprender era el gesto apasionado, la mirada dura de

otros jugadores sanos y fuertes. Hombres jóvenes se movían entre las

mujeres en torno de la mesa con una brusquedad hostil; disputaban con

ellas ásperamente, tratándolas como á enemigos. Las mujeres perdían de

golpe su frescura y su gracia: se masculinizaban contemplando las filas

de naipes del «treinta y cuarenta» ó el volteo loco de la rueda de

colores. Tenían un gesto de luchador, con la boca tirante, los ojos

feroces, y avisadas por el instinto de esta transformación, apenas se

separaban del juego sacaban del bolso de mano el espejito, los polvos,

el colorete, para remediar y borrar su pasajera decadencia.

Las de aspecto más digno y correcto se mostraban á veces las más

atrevidas. Podían entregarse á un vicio sin miedo al comentario, sin

riesgo de ser criticadas, en un lugar donde todas las mujeres hacían lo

mismo y el juego figuraba como algo oficial, digno de respeto.

El príncipe sonrió acordándose de lo que le había contado Toledo días

antes: la desesperación de una señora cuarentona que venía de Niza con

sus dos hijas todas las tardes y había acabado por perder cincuenta mil

francos.

--¡Ojalá me hubiese echado un amante!--gemía la matrona con ojos

lacrimosos--. Mejor hubiera sido entregarme al amor.

Entró Miguel en otros salones sin claraboya. Los racimos de bombillas

eléctricas, al iluminarlos con un resplandor absurdo, hacían pensar en

el sol ardiente y el mar azul que existían al otro lado de los muros de

oro y jaspe. Sobre las mesas, el alumbrado era de petróleo: dos enormes

pantallas abrigando cada una cuatro quinqués que pendían de unas cadenas

de bronce de varios metros fijas en el techo. Así, si se cortaba la

corriente eléctrica, no había peligro de que los clientes sintiesen la

tentación de apropiarse el dinero de la banca.

De tarde en tarde sonaba una campanilla, agitada discretamente por uno

de los empleados de levita negra que dirigían el juego. Una ficha, una

moneda ó un billete había caído bajo de la mesa. Y se presentaba con una

prontitud escénica, como si esperase entre bastidores, un lacayo de

casaca azul y oro llevando en las manos una linterna sorda y un gancho

para huronear entre las piernas de los jugadores, hasta que encontraba

el objeto perdido.

Una disciplina de buque de guerra, donde cada cosa está en su lugar y

cada hombre en el sitio de sus funciones, se notaba en las vastas salas.

Varios señores respetables, con la solapa condecorada, paseaban entre

las mesas con aire de oficiales de servicio, para convencerse de que

todo iba perfectamente. Allí donde las voces subían de tono se

presentaban con paso rápido para cortar los discusiones. Cuando dos

«puntos» se disputaban una misma puesta, resolvían inmediatamente el

pleito pagando á los dos. El dinero acababa al fin por volver á la casa.

Según Atilio, estaba perforado el Casino por galerías secretas, puertas

invisibles y hasta trapas, lo mismo que el escenario de una comedia de

magia; todo para el mejor servicio y evitar molestias á los clientes.

Algunas veces, un enfermo se desmayaba en la mesa ó caía muerto por una

emoción demasiado violenta. Al instante se abría el muro más próximo,

vomitando una camilla y dos bomberos, que hacían desaparecer el cuerpo

importuno como por encantamiento. Los de la partida inmediata no

llegaban á enterarse.

En otras ocasiones era un suicidio. Lubimoff conocía una mesa llamada

«del suicida», á causa de un inglés que había querido morir

teatralmente, disparándose un pistoletazo al perder la última moneda.

Las piltrafas de su cerebro salpicaron la bayeta verde, las caras de los

vecinos y hasta las levitas de los _croupiers_. ¡Siempre hay gentes de

poco tacto, que no saben vivir en sociedad!... Pero los bomberos surgían

de la pared, llevándose al muerto, limpiando de sangre la alfombra y la

mesa, y poco después, del óvalo de gente apretujada contra el tablero

verde surgía la voz sacramental: «Hagan sus juegos...» «¿El juego está

hecho?...» «No va más.»

El príncipe se acordó del famoso «banco de los suicidas» en los jardines

del Casino. Una leyenda para periódicos. No existía. Cuando se mataban

varios en un mismo banco, la administración lo hacía cambiar de sitio

inmediatamente. También era una exageración folletinesca lo de la

abundancia de suicidios: dos ó tres por año nada más. Según Castro,

había pasado de moda esto de matarse en Monte-Carlo; resultaba una falta

imperdonable de buen gusto; lo discreto era irse lejos y desaparecer

sin ruido. Además, la policía de la casa tenía buen ojo para conocer á

los desesperados, y les facilitaba un billete de ferrocarril,

aconsejándoles que se matasen buenamente en Marsella, ó cuando menos en

Niza ó Mentón.

Estaba Miguel cerca de la «mesa del suicida», junto á la entrada de los

salones privados, cuando notó cierto revuelo en el público. Se buscaban

los grupos para transmitirse una noticia; los antiguos clientes se

agitaban con una emoción profesional. Algo importante estaba ocurriendo.

El príncipe conocía el significado de estas ráfagas de curiosidad: un

jugador ganaba ó perdía de un modo extraordinario.

Cierto nombre llegando vagamente á sus oídos hizo que su atención se

concentrase.

--La duquesa de Delille... Doscientos mil francos...

Todos los que tenían permiso para jugar en los salones privados se

precipitaban hacia la gran puerta de cristales que da acceso á ellos.

Miguel siguió esta corriente.

Se vió en una pieza enorme, de techo altísimo. En uno de sus lados se

abrían cuatro grandes balcones sobre las terrazas y el Mediterráneo. A

causa de la guerra estaban cubiertos con unas telas obscuras para

ocultar la luz interior. El muro de enfrente lo llenaban varios espejos

gigantescos. En lo alto, diez y seis cariátides blancas y pechugonas,

encorvadas bajo el peso del techo, sostenían anchas bandas de cristales

de roca con bombillas eléctricas que dejaban caer un resplandor lunar.

Los curiosos pasaban indiferentes ante las primeras mesas de juego, para

agolparse en torno de la última, la del «treinta y cuarenta», al pie de

un gran cuadro en el que tres buenas mozas desnudas, sobre un fondo de

arboleda obscura igual á los jardines de Boboli, representaban _Las

Gracias florentinas_.

Allí estaba el fenómeno. Avanzando su cuello entre los hombros de dos

curiosos, vió á Alicia sentada á la mesa, con aspecto pensativo. Todas

las miradas convergían sobre ella. Ante sus manos se amontonaban varios

fajos de billetes y muchas fichas formando pilastras: fichas ovaladas de

quinientos francos y rectangulares de á mil, llamadas «jaboncillos» en

el lenguaje del Casino, á causa de su forma.

Ella levantó de pronto la cabeza, como si el instinto le avisase una

presencia interesante, y sus ojos se dirigieron rectamente hacia Miguel.

Le saludó con una sonrisa de felicidad. Pareció besarle con la mirada. Y

todos, con esa sumisión de las muchedumbres cuando se sienten dominadas

por el entusiasmo ó el asombro, siguieron sus ojos para conocer al

hombre que era acogido de este modo por la heroína. El príncipe sintió

halagada su vanidad, lo mismo que cuando un artista célebre le saludaba

desde la escena y seguía cantando con la mirada puesta en él, para

dedicarle sus gorgoritos; lo mismo que cuando, de joven, un matador de

toros le dirigía un gesto amistoso antes de dar la estocada final.

Alicia parecía brindarle su gloria.

Pero inmediatamente volvió á recogerse en su ensimismamiento. No estaba

sola. Alguien invisible y poderoso se erguía detrás de su asiento, ó se

inclinaba para soplar en su oído el consejo certero, la resolución

inesperada, la audacia original. Sus ojos, animados por una luz

fosforescente, contemplaban lo que nadie podía ver. Su boca muda se

estremecía con nerviosas contracciones, lo mismo que si hablase á un ser

misterioso que no necesitaba del sonido para oir. Miguel adivinó junto á

ella la potencia demoniaca de las horas inolvidables, la que proporciona

á los artistas el acorde maestro, la palabra luminosa, la pincelada

suprema; la que sugiere la matanza final en las batallas ó la astucia

decisiva en los negocios acompañados de quiebras y suicidios.

Se había lanzado al gran juego. Avanzaba con mano negligente una columna

de doce fichas rectangulares rematada por otra oval: doce mil quinientos

francos, la cantidad máxima que puede arriesgarse al «treinta y

cuarenta». El público, con la idolatría que inspiran los vencedores, se

interesaba por la duquesa, como si cada uno esperase participar de sus

ganancias. Todos presentían su triunfo. Y cuando efectivamente ganaba,

un murmullo de satisfacción, un resuello de desahogo iba elevándose del

óvalo de curiosos que se oprimían contra los respaldos de las sillas

ocupadas por los jugadores. De tarde en tarde perdía, y el profundo

silencio era de simpática conmiseración. Algunas veces, después de haber

avanzado la pilastra de fichas, entornaba los ojos como si escuchase á

su colaborador invisible, movía la cabeza en señal de asentimiento y

retiraba su puesta. Surgía de nuevo el murmullo de satisfacción al

convencerse el público de que había retirado su dinero á tiempo, lo que

equivalía á un triunfo negativo.

Muchos calculaban con ojos de codicia las cantidades que se amontonaban

ante sus manos.

--Ya está en los trescientos mil... Tal vez tiene más... ¡Ojalá llegue á

ganar millones!... ¡Qué gusto ver saltar al Casino!

A estos comentarios en voz baja se unían las exclamaciones laudatorias

de algunas viejas, adorando con sus ojos á la victoriosa. «¡Qué

simpática!... Una gran señora. ¡Y tan bella!... ¡Que la suerte le

acompañe!»

Se movió un hombro negro sobre el cual asomaba su cabeza el príncipe, y

éste vió la cara de Spadoni junto á sus ojos. No mostraba el pianista la

menor sorpresa, como si se hubiese separado de él pocos minutos antes.

Ni siquiera lo saludó. El asombro que dilataba su rostro, el escándalo y

la envidia que le infundía esta fortuna insolente, necesitaban

expansionarse con una protesta.

--¿Ha visto, Alteza?... No sabe jugar. Va contra todas las reglas; va

contra la lógica. No sabe... ¡no sabe!

Los enemigos de la mujer · 第 16 / 37 段