tarjeta postal revisada por la censura alemana. Cuatro líneas nada más,
escritas como los niños escriben en la escuela, bajo la mirada del
maestro que está á sus espaldas. Pero era la letra de su Jorge. «Bien de
salud. No nos tratan mal. Envíame comestibles.» Pasaba largas horas
contemplando estos renglones tímidos y mentirosos. Adquirían para ella
una nueva fisonomía; decían otra cosa: la verdad. Recordaba los relatos
de cautivos moribundos venidos de aquellos campamentos de suplicio, y
los renglones parecían balbucear, con el gemido de un niño enfermo:
«Mamá... hambre. ¡Tengo hambre!»
Hubo momentos en que creyó perder la razón. Todo lo que le rodeaba hacía
surgir en su memoria la imagen de aquel Jorge elegante, cuidado por ella
con mimos infantiles. Había vigilado su guardarropa, se preocupaba del
mérito de sus sastres, tenía que sufrir sus protestas varoniles cuando
pretendía vestirlo interiormente de telas finísimas y encajes, lo mismo
que ella. Por las mañanas iba á sorprenderlo en su lecho, como á un
pequeñuelo, y besaba con devoción aquella carne de atleta, que era su
propia carne, metamorfoseada. Todo le parecía mezquino y pobre para este
mocetón hermoso como un dios antiguo; cuidaba de su cama, de su tocador,
de su persona, con el fanatismo de una amorosa; registraba sus
bolsillos, para renovar incesantemente los regalos de dinero. Suyas
serían las minas mejicanas, las tierras de la frontera, todo cuanto ella
poseyese. Y más tarde--no quería pensar cuándo--, lo casaría con una
mujer que fuera de su agrado; su nacimiento obscuro iba á realzarse con
la seducción de una riqueza enorme... Pero el mundo se desplomaba de
pronto en una demencia furiosa, y este príncipe de la suerte, cuya madre
había conferenciado tantas veces con su jefe de cocina, imaginando
sorpresas gastronómicas dedicadas á él, lloraba desde una llanura
glacial remota y triste: «Mamá... hambre. ¡Tengo hambre!»
--Tres veces fuí á Suiza, Miguel... Hasta propuse en París que me diesen
los medios de pasar á Alemania, ofreciéndome como espía, pero se rieron
de mí... Tenían razón: ¡qué iba á espiar yo! Mi hijo... lo que yo quería
era ver á mi hijo. En Suiza encontré dos inválidos que acababan de ser
canjeados y procedían del campo en que estaba mi Jorge. Conocían al
aviador Bachellery. Había intentado escaparse cinco veces; gozaba cierta
fama entre sus compañeros de miseria por la altivez con que hacía frente
á los guardianes más crueles... Sus últimas noticias eran inciertas;
habían dejado de verle, pero creían que estaba ahora en otro campo de
prisioneros, un campo de castigo, muy lejos, cerca de Polonia, donde se
aglomeran los rebeldes y los peligrosos bajo una disciplina cruel,
sufriendo terribles correcciones.
Su voz tembló de cólera al decir esto. Veía á su hijo arrastrando
cadenas, recibiendo golpes lo mismo que un esclavo. ¡Ah! ¡no ser ella un
hombre, para que la dejasen á solas con el lúgubre histrión de los
puntiagudos bigotes que hacía gemir de dolor á tantos millones de
mujeres!...
--¡Y pensar que ha habido exaltados que mataron á jefes de gobierno
buenos ó insignificantes!... ¡Y ni uno solo se le ocurrió suprimir al
kaiser! Que no me hablen de los anarquistas... No creo en ellos.
Esta explosión de ira se desvaneció inmediatamente. Otra vez su dolor
desesperado la hizo gemir. Recordó una fotografía que había visto en los
periódicos: el suplicio del poste, aplicado por los alemanes en los
campos de castigo; un francés, con el uniforme andrajoso, amarrado á un
madero como si fuese una cruz, en plena llanura cubierta de nieve,
sufriendo durante horas y horas un frío homicida. Era la pena mortal
aplicada hipócritamente, con refinamientos salvajes. No se podían
distinguir los rasgos fisonómicos de aquel pobre Cristo con la cabeza
caída sobre el pecho. Tal vez era su hijo. Y si no era Jorge,
seguramente que había sufrido también el mismo suplicio.
--¡Cómo vivir en esta angustia interminable!... No me han dejado volver
á Suiza: me niegan el permiso. Nada sé, y hay momentos en que mi cabeza
parece que va á romperse. Por eso evito estar sola, por eso juego y
necesito ver gente, hablar, huir de mis pensamientos... Después sólo he
recibido una postal de mi hijo, sin fecha, sin el lugar de procedencia,
que dice casi lo mismo que las otras. La letra es suya, y sin embargo
parece de distinta mano. ¡Ay! ¡lo que me dice su letra!... Lo veo como
al otro, como al infeliz amarrado al poste, cubierto de andrajos, con
una delgadez esquelética... ¡Mi hijo!
Lubimoff tuvo que oprimir sus dos manos fuertemente, tirar de ellas para
sostenerla y que no se arrojase sobre la cama con histéricas
convulsiones. Se arrepintió de haber venido, provocando con su
curiosidad una confesión que despertaba las tristezas de esta mujer.
Ella, que le miraba sin verle, con los ojos desmesuradamente abiertos,
acabó por concentrar sus pupilas, fijándose en la emoción de Miguel.
Esto la hizo serenarse un poco.
--Feliz tú, que no conoces este suplicio. Es interminable: no tiene
remedio. Cuando pienso en él, creo que voy á morir. ¡No saber nada! ¡no
poder nada!... Necesito distraerme, pensar en otras cosas. Hay que
vivir; no podemos llorar á todas horas. Pero si llego á interesarme por
algo, inmediatamente surge el remordimiento. Me insulto yo misma: «¡Mala
madre, que lo olvidas!» Raro es el día que como sin llorar. Me atormenta
la idea de que él sería feliz con los sobras de mi mesa, con lo que
comen los domésticos, ¡quién sabe si con lo que le dan al perro! Y
Valeria y Clorinda, al ver mis lágrimas, no pueden explicarse un dolor
tan insistente. Ignoran mi secreto; creen, como todo el mundo, que se
trata de un simple protegido ó de un pequeño amante: no comprenden esta
desesperación por un hombre... Por eso juego tanto; es lo único que me
preocupa verdaderamente y me hace olvidar por unas horas; es mi
anestésico. En otros tiempos jugaba por el placer de la emoción, por el
gusto de reñir con la suerte, porque me halaga el asombro de los
curiosos viéndome aventurar con indiferencia cantidades enormes. Ahora
es por él, sólo por él.
Alicia recordó el mal estado de su fortuna. Estaba ya quebrantada
seriamente años antes, pero ella tenía la esperanza de una pronta
reconstitución. Además, los tiempos anteriores á la guerra habían sido
la mejor época de su existencia. Tenía á su hijo; se dejaba llevar por
la vida, sin pensar en los negocios. Luego, al perder á Jorge, se había
consumado al mismo tiempo su ruina.
--¡Si yo tuviese la riqueza de antes! Conozco el poder del dinero;
hubiese removido con él á los hombres y hasta á los gobiernos. Habría
escrito al kaiser ó á Hindenburg, enviándolos un millón, dos millones,
lo que pidieran. «Ya que ustedes restablecen la esclavitud y saquean los
pueblos, ahí va dinero. Devuélvanme á mi hijo.» Y lo tendría ya á mi
lado. ¡Pero soy pobre!... ¡Si supieras cómo amo ahora el dinero, sólo
por él! Sueño con dar un golpe; ganar en dos ó tres días quinientos mil
francos ó un millón. ¡Qué alegría la mía cuando llego del Casino con
unos miles de francos! «Para enviarle paquetes... para que mi pobrecito
coma.» Escribo á los proveedores ó busco yo misma, acordándome de las
cosas que más le gustaban. Tú eres rico é ignoras las dificultades del
momento presente. ¡Lo que escasean las cosas! ¡lo caras que cuestan!...
Yo, antes, tampoco sabía nada de esto... Y le envío paquetes de víveres
de los mejores; y siento orgullo al decirle con mi pensamiento: «Es con
el dinero que ha ganado mamá para ti... es con mi trabajo.» No sonrías,
Miguel. Así es. ¿En qué otra cosa puedo yo trabajar?... Lo único que me
apesadumbra es la dirección de estos envíos. «Para el aviador
Bachellery, prisionero en Alemania.» No sé más, ¡y son tantos los
prisioneros! Casi todos mis envíos deben perderse; pero alguno llegará á
sus manos. ¿No crees tú que alguno llegará?
Miguel acogió esta pregunta ansiosa con un vago gesto de conformidad.
Sí, tal vez; era casi seguro.
Alicia mostró de pronto cierta confianza. Ocho meses que nada sabía de
él; pero otras madres estaban en el mismo caso. No debía desesperar.
Hombres dados por muertos en las primeras batallas volvían á sus casas
después de un largo cautiverio. Además, ¿era lógico que un hijo de ella
muriese de hambre y de miseria lo mismo que un mendigo?...
Lubimoff asintió otra vez. Verdaderamente, no era lógico.
--Hay momentos en que siento una alegría inexplicable: el aviso
misterioso de que voy á recibir una buena noticia; la misma corazonada
de los días en que llego al Casino segura de ganar... y gano. He escrito
al rey de España, que se ocupa de la suerte de los prisioneros y muchas
veces hasta consigue que los devuelvan á su patria. He hecho que le
escriban un sinnúmero de amigos. ¡Si me devolviese á mi Jorge!... Espero
á lo menos una buena noticia, saber dónde está, convencerme de que vive.
Me bastaría con que le internasen en Suiza, como á los grandes heridos,
y yo iría á vivir con él. ¡Qué felicidad que estuviese en Lausanne ó en
Vevey, á orillas del lago, como está mi marido!
El recuerdo del duque la hizo sonreir con una bondad melancólica.
--Te advierto que no lo olvido. Todo lo que me sobra de los envíos á
Jorge lo meto en un paquete vía Ginebra. «Para el teniente coronel
Delille.» ¡Ay! Este sí que llega. ¡Pobre viejo! Sus respuestas son casi
de amor... Yo le regalo salchichones y botes de conservas, en recuerdo
de los mazos de flores de veinte luises que me envió cuando pretendía mi
mano... ¡Qué tiempos, Miguel! ¡Quién podía imaginarse este trastorno de
las personas y las cosas!...
Hablaba ya con más tranquilidad, como si el recuerdo de su hijo hubiese
retrocedido á un segundo plano de su memoria.
--Todo me anuncia una buena noticia. La desgracia no puede durar tanto
tiempo, ¿no te parece? Es como la mala suerte en el juego: acaba por
pasar; lo que importa es tener fuerzas para resistirla... Debería
sentirme satisfecha. La emoción apenas me ha dejado dormir esta noche...
He pasado de los treinta; ya sabes: esos treinta mil francos que
parecían antes el límite de mi suerte. Anoche gané ochenta mil. Tu amigo
Lewis estaba furioso. Cree que esto sólo les ocurre á las mujeres: ganar
jugando á capricho, burlándose de las reglas.
Adivinó ella en la mirada del príncipe su extrañeza por esta alegría
después del llanto reciente.
--No puedo permanecer sola. ¡Los recuerdos!... Tal vez me has oído
cantar mientras subías. Es una canción inglesa que cantaba mi hijo. Por
las mañanas iba yo á escucharla detrás de su puerta, como una enamorada
que se contenta con la voz mientras espera la presencia del hombre
amado. Siempre que estoy sola la repito maquinalmente; me imagino que es
Jorge el que canta, y se me llenan los ojos de lágrimas, pero son de
ternura, lágrimas dulces... Al hacer mi cama he creído oirle, lo mismo
que cuando iba y venía por su dormitorio y yo le espiaba al otro lado de
la puerta. Mi voz era su voz. Por eso al entrar tú me temblaron las
piernas. Supuse por un momento que tú eras él. ¡Qué emoción cuando le
vea!... Porque yo le veré. La desgracia no puede durar eternamente. ¿No
crees tú que le veré?...
Sus ojos entornados sonreían á una lejana visión de esperanza. Y Miguel,
que había permanecido silencioso mucho tiempo, habló para infundirle
ánimo. ¡Pobre mujer! Sí; vería á su hijo. A la edad de él se resisten
todas las fatigas. Volvería; aún serían felices los dos, comentando el
infortunio presente como un mal sueño.
--Además, yo te ayudaré. Hay que proceder activamente para que te
devuelvan tu hijo. Escribiré al rey de España. Lo conozco; almorzó en mi
yate una vez que estuve en San Sebastián. Tengo buenos amigos en París,
hombres políticos, diplomáticos; les escribiré á todos... Y en último
término, si no queda otro recurso, buscaré por medio de un gobierno
neutral hacer llegar una carta á Guillermo II. Tal vez me atienda: debe
acordarse de mí, de su visita á mi buque...
Ahora fué ella la que oprimió sus manos. Le miraba fijamente, con los
ojos turbios de lágrimas, sonriendo al mismo tiempo para expresar su
gratitud.
--¡Qué bueno eres!--exclamó después de un largo silencio--. El día que
estuve por primera vez en Villa-Sirena me convencí de mi gran error.
¡Qué mal nos conocíamos! Ha sido necesaria la desgracia para vernos
tales como somos. Primeramente me ofreciste remediar mi pobreza; ahora
quieres devolverme á mi hijo...
Se dejó arrastrar por una afectividad impulsiva. Lubimoff vió cómo se
inclinaba su cabeza, y sintió inmediatamente el contacto de su boca en
una mano. Dos besos ruidosos y una voz que gemía: «¡Gracias... gracias!»
El príncipe se puso de pie. Le era imposible tolerar este gesto humilde.
Pero al mismo tiempo ella se irguió igualmente; quedaron sus ojos á
idéntico nivel, y como si quisiera completar la reciente caricia, se
abalanzó sobre el príncipe, le tomó la cabeza entre sus manos y le besó
la frente.
Una oleada de perfume carnal, semejante á la otra que le había envuelto
al recibir la sábana en pleno rostro, volvió á conmover su organismo. Se
daba cuenta del alcance de esta caricia: un simple beso de gratitud, un
arrebato de madre que expresa sus sentimientos con excesiva vehemencia.
A pesar de esto, la turbación que le dominaba, cruel y voluptuosa á la
vez, le impulsó á abrir los brazos para abarcar y apropiarse lo que
tenía á su alcance... Pero sus manos ávidas se perdieron en el vacío.
Ella, arrepentida de su acto, se había echado atrás, retrocediendo unos
cuantos pasos. Estaba en el hueco de la puerta, dispuesta á continuar su
huída. Se arreglaba maquinalmente los cabellos y secaba sus lágrimas,
mientras el rubor se extendía por su rostro.
--¡Qué loca soy!--murmuró--. Perdóname. ¡Es tanta mi gratitud al saber
que quieres ayudarme!...
Señaló al mismo tiempo el balcón. Abajo, en el jardín, sonaba la voz del
hortelano llamando á su perro para que no continuase ladrando junto á la
escalinata de la «villa», como si olfatease la presencia de un intruso.
--Vámonos--ordenó Alicia con gravedad--. Las criadas van á volver de
misa. No me gusta que nos vean aquí, en mi dormitorio. Podrían creer...
Lubimoff, al serenarse, admiró el gesto pudoroso, la tímida inquietud
con que ella decía esto. Resurgió en su recuerdo la mujer del «estudio»
de la Avenida del Bosque; hizo memoria de sus audaces teorías.
¿Realmente era la misma?...
Mientras bajaban, ella volvió la cabeza para hablarle, como si adivinase
sus pensamientos.
--Debes reirte de mí. ¡Cuán lejos está la Alicia de otro tiempo!... Soy
menos mala que parecía, ¿no es cierto?... Dime que no me crees mala;
dime que sólo me tienes por loca: una loca sin suerte...
Abrió sus salones del piso bajo para dar á la visita un aspecto de
regularidad, pero el frío de las piezas abandonadas, los muebles
enfundados, el olor de cueva húmeda, les hizo salir al jardín,
continuando su conversación al pie de la escalinata, como dos personas
que prolongan su despedida.
La antigua doncella de la duquesa y la jardinera encargada de la cocina
pasaron repetidas veces ante ellos con diversos pretextos. Saludaban al
señor mudamente, con ojos de adoración y dulce sonrisa. ¿Este buen mozo
era el príncipe Lubimoff, del que tanto se hablaba?... Habían oído su
nombre muchas veces en aquella «villa», y las dos le veneraron como un
ser providencial, todopoderoso, que podía con un gesto hacer resurgir la
perdida abundancia...
Miguel no quiso prolongar su visita.
--Ven á verme--dijo ella en voz baja, acompañándole hasta la verja--.
Ahora lo sabes todo. Tú eres el único. Será muy dulce para mí que
hablemos, que me consueles y me ayudes.
Las horas siguientes las pasó el príncipe silencioso y preocupado.
¡Tantas novedades de una vez!... La existencia de aquel hijo que nunca
había podido sospechar; la amorosa feroz convertida en madre; sus
lágrimas, su tormento silencioso que arrastraba como cadena expiatoria á
través de una vida loca... Y por encima de todas estas sorpresas, la que
él había experimentado en su interior, la resurrección del hombre de
otros tiempos, la nueva caída en la servidumbre carnal, el doble
latigazo recibido en su estructura nerviosa al aspirar el perfume del
suave lienzo y al sentir en su frente la huella de sus labios...
Deseaba olvidar todo esto, y para conseguirlo concentró su atención en
las revelaciones que ella le había hecho y en sus dolores de madre.
¡Infeliz Alicia! Al verla empobrecida y llorosa, sin otra ayuda que la
que él pudiese concederle, empezó á sentir por esta mujer un afecto
duradero. Era el cariño del poderoso por el débil al que protege; un
amor paternal que no tenía en cuenta la semejanza de edades ni la
diferencia de sexos; una ternura en la que entraba por mucho cierta
lástima dulce. Se conmovió al recordar el beso humilde con que había
acariciado sus manos; casi un beso de mendiga. ¡Pobre! Esto bastaba para
que se creyese obligado á no abandonarla nunca. El orgullo de Alicia, su
ansia de dominación, le habían enfurecido en otro tiempo. Acostumbrado á
proteger generosamente á las mujeres, pero sin someterse nunca á su
voluntad, á considerarlas á todas como algo agradable é inferior, no
podía transigir con este carácter soberbio. Eran los dos igualmente
poderosos y triunfadores para llegar á tolerarse. ¡Pero ahora!...
Renacía en su memoria tal como la había contemplado en el dormitorio,
con los ojos acuosos, agrandados por el dolor, y una perla pendiente de
sus lagrimales, trágicamente bella, como las vírgenes que tienen sobre
las rodillas el cuerpo del hijo crucificado... _¡Máter dolorosa!_
Pero una segunda persona que parecía hablar en el interior del príncipe
con fría clarividencia protestó de esta imagen. No era una madre
dolorosa. La madre no abandona á su hijo: renuncia á todas sus vanidades
por él; abdica su presente y su porvenir, como si no tuviese más vida
que la de este pedazo de su propia carne; le da el jugo de sus pechos y
todas sus horas; sigue minuto por minuto su desarrollo, batiéndose con
la enfermedad, burlando al peligro; no espera para amar el esplendor de
la adolescencia triunfante... ¡mientras que la otra!...
La otra era Venus dolorosa. Hasta en sus momentos más desesperados se
mantenía bella, y su dolor resultaba un nuevo medio de seducción. Era
madre, pero seguía siendo mujer: la terrible mujer perturbadora odiada
por el príncipe.... ¡Atención, Miguel!
Con una sonrisa de superioridad respondió mudamente á estas reflexiones.
«¡Acaso voy á enamorarme de ella!--se dijo--. La quiero como no creí
nunca que podría quererla. Pero sólo es un amigo, un compañero digno de
lástima, que debo proteger.»
A la hora del almuerzo, Spadoni no se presentó en Villa-Sirena. Atilio
le había visto en el Casino con sus amigos los ingleses de Niza.
Estarían almorzando juntos en el Hotel de París, para hablar de nuevas
combinaciones. La última consistía en jugar cuatro en diversas mesas,
siguiendo un «sistema» común que el pianista juzgaba infalible.
Después de tomar el café, todos los habitantes de la lujosa «villa»
parecieran agitados por una comezón que no les dejaba continuar en sus
asientos. Castro se marchó el primero, anunciando que iba al Casino. Le
avisaba el corazón «una gran tarde». Tenía entre ojos á un _croupier_
que empezaba su servicio á las tres y media. Conocía su modo de tirar la
bola. Cada uno tiene su especialidad: unos son de mano larga; otros de
mano corta. Este la hacía caer con frecuencia en el 17: su número.
Novoa se fué detrás de él, pero con menos franqueza. Balbuceó
ruborosamente al despedirse del príncipe. Tal vez iría á pasar la tarde
con sus amigos de Mónaco; tal vez hiciese un pequeño viaje por el camino
de Niza hasta Cap d'Ail ó Beaulieu. Era la confusión del señor que no
sabe mentir.
El príncipe quedó solo. Miró un rato el mar; luego cambió de ventana,
contemplando sus jardines. Oprimió el botón de un timbre para que
acudiese don Marcos. No sabía qué decirle, pero necesitaba verlo para no
estar solo. Se presentó una de las criadas viejas, anunciando que el
coronel se había ido á Monte-Carlo.
--¡Este también!--dijo el príncipe.
Tomó su sombrero y su gabán para escapar al tedio de una tarde de
domingo pasada á solas. Además, una fuerza indefinible tiraba de él
igualmente hacia la inmediata ciudad. Avanzó por el jardín, dejando á
sus espaldas la «villa». Le pareció más grande al quedar abandonada, y
que su silencio ceñudo é irritado equivalía á una protesta muda. «¿Para
eso la habían construído, gastando tan enormes cantidades?...» Por la
carretera inmediata se deslizaban tranvías y carruajes repletos de gente
de Monte-Carlo que iba en busca de un pedazo de mar sonriente, de un
grupo de pinos, de una altura panorámica.
¡Y el poseedor de los jardines famosos de Villa-Sirena los abandonaba
para irse á una población de la que huían los otros!... Lubimoff se
acordó del hermoso plan de vida elaborado meses antes: una comunidad de
laicos encerrada en este rincón paradisíaco; música, astronomía,
agradables conversaciones, trabajos higiénicos. Y los monjes se
escapaban con toda clase de pretextos; él, que era su jefe, también
sentía una necesidad inexplicable de imitarlos, y hasta Toledo, fiel
admirador de aquella propiedad que consideraba la mejor obra de su
existencia, parecía sufrir la misma fiebre ambulatoria.
Se volvió cerca de la verja para contemplar su hermoso dominio, como si
le pidiese perdón. Un silencio de palacio encantado: los jardines
dormitaban como bosques de ensueño. Creyó ver al final de una larga
avenida el revoloteo de dos grandes pájaros. Eran Estola y Pistola, con
sus fracs de faldones excesivamente largos, corriendo hacia el final
del promontorio. Para los dos solos se había construído Villa-Sirena.
Podían jugar con un regocijo gimnástico de adolescentes por aquellos
jardines que envidiaban los curiosos pegados á la verja; podían romper
en sus carreras las plantas raras traídas del otro lado del planeta,
saltar de roca en roca en busca de los pececillos que dejaban las olas
en los minúsculos lagos de las oquedades de la piedra, hasta que sus
fracs quedasen bien mojados y sus zapatos rotos, para desesperación del
coronel, que todos los días pasaba revista á su gente.
Miguel no quiso preguntarse adónde iba. Su paseo era seguramente con un
fin determinado, pero consideró inoportuno pensar en él.
Vió de pronto dos corrientes de gentío que, viniendo en opuestas
direcciones, se encontraban y confundían, subiendo juntas una escalinata
corta y anchísima partida por dos pasamanos y cubierta por tres
alfombras rojas.
Estaba ante las puertas del Casino. Por un lado iban llegando los que
acababan de descender del ferrocarril; por otro, los que habían recogido
los tranvías en todos los pueblos de la Costa Azul, desde Niza á
Monte-Carlo.
Cantaba aquella tarde un tenor italiano célebre, y una parte de la
muchedumbre, despreciando el juego por el momento, se aglomeraba en el
teatro.
Lubimoff se vió atendido inmediatamente por dos graves señores de levita
y corbata negras, con la cabeza descubierta: dos inspectores del Casino.
--¡Desolados, príncipe! Todo lleno; hasta en los pasillos hay gente.
Pero como era él, uno de los dos lo acompañó hasta el palco de los
ministros de Mónaco. El gobernador del príncipe soberano le conocía y
quiso cederle el mejor lugar; pero Miguel se mantuvo en segundo término,
por miedo á la curiosidad del público.
Era un teatro sin pisos altos; una sala de espectáculos más ancha que
profunda, con filas de butacas todas iguales y al mismo precio, y un
escenario que servía para los conciertos y excepcionalmente para las
representaciones teatrales. El mismo arquitecto de la Opera de París
había repetido su abrumadora ostentosidad en esta sala: oro por todas
partes, molduras, cariátides, espejos inmensos. No había un palmo de
pared que no fuese de estuco labrado y dorado. En el muro del fondo,
sobre las filas de butacas que se elevaban en acentuado declive, había
cinco palcos, los únicos: el del príncipe soberano y los de sus
dignatarios.