todavía en desorden, con ropas sobre las butacas, esparciendo un perfume
de carne femenil bien cuidada. A través de una puertecita vió un extremo
del inmediato gabinete, con una mancha de humedad en el pavimento de
mosaico, resto del baño matinal. Flotaba en el ambiente un perfume de
agua de Colonia y de licor dentífrico. Unos botecitos en desorden
dejaban escapar vagas exhalaciones de esencias más preciosas. Y
revueltos con los objetos de tocador y las ropas íntimas, distinguió
cartones de los que dan en el Casino á los clientes para apuntar las
jugadas; unos con marcas rojas ó azules en sus columnas, otros
perforados por un alfiler de sombrero á falta de lápiz. Vió tarjetas más
grandes que tenían pintada la ruleta, con indicación de sus números y
colores, y libros, muchos libros de los que se venden en las papelerías
y kioscos de periódicos: luminosos tratados para ganar indefectiblemente
á todos los juegos. Sobre la chimenea, medio oculta por varios
periódicos de modas, había una ruleta pequeña, una ruleta verdadera,
empleada indudablemente en el estudio y comprobación de las teorías. En
la mesilla de noche estaba abierto el último ejemplar de la _Revista de
Monte-Carlo_, conteniendo estadísticas de todos los números gananciosos
durante la semana anterior en las diversas mesas; lectura interesante,
con misteriosas acotaciones, que había desvelado á Alicia tal vez hasta
la madrugada.
Mientras tanto, ella hizo desaparecer ágilmente todo lo que creía
perjudicial para su buen aspecto después de esta sorpresa. Cuando Miguel
volvió á mirarla, los viejos guantes habían volado de sus manos y el
velo estaba oculto, no podía saber dónde, dejando en libertad la
cabellera medusiana, negra, lustrosa, un tanto áspera, que erguía su
vigor en desordenados y gruesos rizos.
Prolongaron el silencio con una sonrisa penosa, como si ninguno de los
dos encontrase el medio de salir de esta situación.
--Continúa--dijo Miguel--. Una vez que vengo, no quiero servirte de
estorbo.
Ella, como si viese en tales palabras un reto á su timidez, y ganosa al
mismo tiempo de mostrar sus habilidades, se inclinó sobre el lecho para
reanudar el trabajo. Lubimoff se animó con esta demostración de
confianza. No era galante dejar que trabajase sola: él la ayudaría.
--¡Tú!... ¡tú!--exclamó Alicia riendo, como si la proposición lo
pareciese inaudita.
El príncipe fingió enojo. Sí, él... Era un marino, y su vida de
aventuras le obligaba á saber un poco de todo. Más de una vez, en sus
exploraciones de tierras desiertas, había tenido que improvisarse un
lecho con mantas junto á los tizones de la hoguera.
Había pasado al lado opuesto de la cama, imitando con una exageración
cómica todos los movimientos de la duquesa. Las palmadas de ésta las
repitió con una violencia que hizo gemir el lecho. Al tirar ella del
colchón hacia arriba para ahuecarlo, él lo levantó completamente con sus
poderosas manos.
--¡No sabe!... ¡no sabe!--gritaba Alicia con un regocijo infantil.
Luego, fijándose en sus dedos agarrados fuertemente á la tela, añadió:
--¡Pero suelta eso, demonio! Me vas á romper el colchón, ¡y en estos
tiempos de pobreza!...
Reían los dos, encontrando muy divertido este trabajo.
--Toma--dijo ella autoritariamente; y le envió al rostro una sábana que
sostenía por el extremo opuesto.
Miguel se vió envuelto en una nube de batista impregnada de perfume
femenino. Fué por un instante nada más, pero á él le pareció algo
extraordinario, de duración sin límites, más allá del tiempo y del
espacio. Tuvo el presentimiento de que este hecho insignificante iba á
datar en su vida. Sintió cómo resucitaba el pasado en su interior con
una fuerza nueva que tal vez era la excitación de la abstinencia. Creyó
ver la sonrisa irónica de Castro, y también se vió á sí mismo, con
lástima y con asombro, viviendo como un solitario allá en Villa-Sirena y
predicando la hostilidad á la mujer. Sus oídos zumbaban; sus ojos,
cegados momentáneamente, contemplaron un cielo inmenso de color de rosa,
el mismo rosa pálido y jugoso de la carne femenil. Algo entraba por su
nariz, en doble columna embriagadora, que estremecía su cerebro,
reflejándose con la violencia de un latigazo al otro extremo de su
organismo. Cuando la sábana hubo caído sobre el lecho, Miguel apareció
intensamente pálido, con una luz agresiva en sus pupilas. Ella,
creyéndole enfadado por su broma, rió maliciosamente, apoyando las manos
en el colchón. El jadear de esta risa entreabría el escote de su bata,
dejando ver en perspectiva horizontal el secreto de unas redondeces
blancos y trémulas perdiéndose en misteriosa penumbra.
De pronto, se vió el príncipe al otro lado de la cama, junto á Alicia.
Los dos acabaron por sentarse maquinalmente en el borde, dejando á sus
espaldas la sábana olvidada. Tomó una mano de ella sin darse cuenta de
lo que hacía. Luego se aproximó tanto á su rostro, que uno de los rizos
de la revuelta cabellera le cosquilleó en una sien. No sentía deseos de
hablar, pero al ver de cerca los ojos de ella, rompió el dulce silencio.
--¡Tú has llorado!
La mujer protestó con una sonrisa violenta, al mismo tiempo que
palidecía balbuceando excusas. No; tal vez era el polvo sacudido por la
limpieza ó el esfuerzo de su trabajo. Pero él seguía examinando sus
ojos, ligeramente enrojecidos.
--Estabas llorando cuando yo llegué--continuó, con una curiosidad
insistente é inquieta.
Ahora la protesta de Alicia tomó la forma de una risa agria, estridente,
que nada tenía de natural. Y por una de esas gradaciones que son el
secreto de los grandes actores, la carcajada se hizo opaca, se convirtió
en suspiro, luego en lamento; y desasiendo ella su mano de la del
príncipe, se cubrió los ojos y ladeó la cabeza, mientras un estertor
oprimía su pecho.
Lloraba. Había bastado que Miguel sorprendiese su llanto reciente, para
que nuevas lágrimas afluyeran á sus ojos, reanudando la pasada angustia.
Se entregó á su dolor con una delectación cruel, juzgándolo preferible
al torturante fingimiento que le había impuesto esta visita inesperada.
Quedó silencioso el príncipe unos instantes.
--¿Es por ese muchacho?--se atrevió á preguntar con voz insegura, como
si también sufriese una inexplicable emoción.
Contestó ella con un leve movimiento de cabeza, sin apartar las manos de
sus ojos. Miguel no necesitaba verlos. Había adivinado la verdad al
sorprender en sus córneas las huellas del llanto. Sólo podía llorar por
él: la falta de noticias; la inquietud al pensar que estaba prisionero,
muy lejos, sufriendo toda clase de privaciones, y que tal vez no lo
vería nunca.
--¡Cómo le amas!...
El príncipe se sorprendió de su propia voz y del tono con que dijo estas
palabras. Respiraban despecho, envidia, tristeza por los años que pasan,
transmitiendo á los que vienen detrás los insolentes privilegios de la
juventud.
Los habitantes de Villa-Sirena se hubiesen sorprendido igualmente al
oirle hablar de este modo. La misma sorpresa hizo que Alicia olvidase
sus preocupaciones de mujer hermosa, levantando la frente y apartando
las manos. Tenía el rostro enrojecido, los ojos trémulos y chorreantes.
De un rizo de su cabellera pendía una lágrima. Adivinó que debía estar
horrible; pero ¿qué le importaba?...
--Sí, le amo; es lo que más amo en el mundo... Por él sigo viviendo. Sin
él me mataría... Pero no es lo que tú te imaginas... no lo es.
El rubor no podía manifestarse en aquel rostro arrebolado por el llanto;
pero su gesto, sus ojos, el tono de su voz, repelían con indignación y
vergüenza la sospecha del príncipe.
Siguió hablando en voz baja, apresuradamente, sin atreverse á mirarlo,
como la penitente que desea terminar cuanto antes una confesión penosa.
Varias veces, al conversar con el príncipe, había tenido la verdad
junto á sus labios, y siempre en el último momento la retiraba, por un
escrúpulo de mujer que teme recordar sus años al hablar del pasado. Pero
¿á quién podía revelar su secreto mejor que á Miguel?... Lo consideraba
como de su familia; la había recibido amigablemente en su desgracia,
cuando tantos le volvían la espalda. Además, entre un hombre y una mujer
no sólo puede existir el amor, como ella había creído en sus tiempos de
loca juventud. Había otras cosas menos vehementes, más plácidas y
duraderas: la amistad, el compañerismo, un afecto fraternal...
Hizo una pausa, como para tomar fuerzas.
--Es mi hijo.
Miguel, que esperaba una revelación extraordinaria, algo monstruoso,
digno de aquel pasado de locuras, no pudo contener su sorpresa:
--¡Tu hijo!
Ella movió la cabeza: «Sí, mi hijo.» Y siguió hablando con los ojos
bajos, siempre en un tono de penosa confesión. Remontaba el curso de su
existencia. ¡La sorpresa, la cólera ante esta jugarreta cruel del amor,
que había venido á interrumpir sus mejores años!... Su indignación fué
semejante á la de los ciudadanos de la antigua Grecia que se amotinaron
al saber que estaba encinta una cortesana considerada como una gloria
nacional, una beldad que las muchedumbres venían á ver de muy lejos
cuando se exhibía desnuda en las fiestas religiosas. Necesitaban matar
al sacrílego. Ella se tenía también por una obra de arte viviente y
quiso borrar el sacrilegio con la muerte. ¡Los crímenes intentados para
despojarse de la vergüenza que latía en sus entrañas! ¡Los tormentos de
la ocultación, la vida de placer seguida lo mismo que antes, pero con
dolorosos esfuerzos para que no adivinasen su secreto!... Al regresar de
las fiestas, librándose de la opresión que aplastaba su creciente
exuberancia, eran las cóleras homicidas, los puñetazos locos sobre el
globo de su vientre para aniquilar al rebelde que se empeñaba en vivir,
el revolcarse sobre la alfombra con un histerismo homicida...
Su voz lloraba al hacer estas evocaciones.
--Pero ¿y tu marido?--preguntó Miguel.
--Entonces nos separamos. El podía tolerar en silencio mis amores,
podía fingir no verlos... ¡pero un hijo que no era suyo!...
Recordó la actitud digna, á su modo, del duque de Delille. Su familia
abundaba en maridos engañados: casi era esto una tradición de nobleza,
una distinción histórica. No creía deshonroso vender su nombre al
casarse para aumentar las comodidades de su existencia. Su nombre le
pertenecía como una herramienta de trabajo. Pero le era imposible
enajenarlo, dándoselo á un intruso para que continuase la estirpe. Sus
antepasados habían tenido muchos hijos naturales; pero á ninguna de sus
alegres abuelas se le ocurrió jamás introducir en la familia un bastardo
en cuya formación no le correspondiese á su marido la más pequeña
iniciativa.
Se había separado el duque de ella, aceptando todas sus exigencias,
menos ésta. Era un hijo adulterino que debía desaparecer... Y nadie,
aparte de los dos y de la doncella--que todavía la acompañaba ahora--,
se había enterado de este nacimiento.
--Tuve épocas de felicidad--siguió diciendo Alicia--. Conocí
satisfacciones que no había sospechado... Escapaba de París; muchos me
creían viajando con un nuevo amante. No; iba á ver á mi pequeño, á mi
Jorge, primero en Londres, después en Nueva York, siempre en grandes
ciudades. Podía vivir con él, jugar á ser mamá con una muñeca viviente
que cada vez se hacía más grande... ¡más grande! ¿Te acuerdas de la
noche en que te invité á comer? Acababa de regresar de uno de estos
viajes, y sin embargo, haz memoria de las tonterías que dije. Me creía
Venus, me creía Helena pasando ante «el banco de los viejos». Y para
entregarme sin escrúpulo á mis expansiones de madre, recordaba á mis
ídolos. También Helena había tenido hijos, y los hombres continuaban
matándose por ella. Venus no había escapado á la maternidad, y los
dioses y los mortales seguían adorándola, á pesar de que un retoño suyo
revoloteaba por el mundo. La maternidad no era una abdicación ni una
decadencia; podía continuar bella y deseada como las otras, después de
un incidente que había creído irremediable. Y seguí mi vida. ¡Ay!
¡Cuando me acuerdo que algunas veces acorté el tiempo que me había
propuesto pasar junto á mi hijo para seguir á algún hombre que apenas me
interesaba!... Ahora que no lo tengo, pienso en las horas que pude vivir
á su lado y fueron dedicadas al primero que excitó mi curiosidad... Es
mi remordimiento más terrible, lo que me roe durante la noche y me
obliga á pensar en el juego como único remedio. Soy bien digna de
lástima, Miguel.
Pero Miguel, mientras la escuchaba, parecía dominado por una
preocupación tenaz.
--¿Y el padre? ¿Quién es el padre?
El tono de su voz casi fué igual al de antes: un tono de curiosidad
hostil, de agresivo despecho.
Volvió á repetirse su sorpresa al ver que ella levantaba los hombros.
--No lo sé; no me importa. Otras mujeres, en caso semejante, atribuyen
la paternidad al hombre que más les interesa. ¡Como si esto pudiera
asegurarse! Yo no he escogido á nadie en mi recuerdo. Todos iguales,
todos olvidados. Mi hijo es mío, sólo mío.
Tenía la majestuosa indiferencia de la selva fecunda é impasible que
abre sus entrañas al polen esparcido en el aire como una lluvia de amor.
La nueva planta emerge, es suya, y la retiene, sin mostrar interés por
conocer el origen ni el nombre del germen errante arrastrado por el
azar.
Hubo un largo silencio.
--Un día, al llegar á Nueva York--continuó ella--, hice un
descubrimiento terrible. Vi á mi Jorge casi tan alto como yo, fuerte,
con un gesto de hombre serio, á pesar de que aún no tenía once años. Me
avergüenzo sólo de pensarlo; mas no debo mentir: lo odié. Venus podía
tener un hijo, ya que este hijo es eternamente niño y se conserva á
través de los siglos como esos bebés graciosos que se visten á capricho
y sirven de diversión y orgullo. ¡Pero el mío, con su armazón de
gigante, sus manos fuertes y su cara grave!... Iba á envejecerme antes
de tiempo; me obligaba á renunciar á la juventud de conservarlo al lado
mío; jamás pasaría por la abdicación de declarar que era su madre... Y
huí de él, dejando que transcurriesen varios años, sin ocuparme de otra
cosa que de facilitar los medios para su completa educación. ¡Ay! ¡cómo
me ha castigado la suerte por este egoísmo!...
Calló unos momentos para secar nuevas lágrimas que inflamaban sus ojos y
enronquecían su voz.
--Se presentó en París cuando yo menos lo esperaba. Había muerto el
amigo venerable encargado de su educación allá en América. Vi á un
hombre, á un verdadero hombre, y eso que aún no había cumplido diez y
seis años. Mi primer movimiento fué de contrariedad, casi de cólera.
¡Tendría que decir adiós á mi juventud, modificar mi vida por este
intruso!... Pero algo había en mi interior que me impidió tomar una
resolución cruel: enviarlo otra vez al extranjero ó hacerlo entrar en un
colegio de París. Me acostumbré inmediatamente á su presencia; necesité
verlo en mi casa; me pareció que mi vida tomaba junto á él una
serenidad, una alegría profunda y discreta que nunca había sospechado.
Tú no sabes lo que es eso, Miguel; no podrías comprenderlo por más que
yo te lo explicase... Te juro que fué la mejor época de mi vida. No hay
amor como ese. Además ¡éramos tan excelentes compañeros!... Yo me sentí
repentinamente de su edad; no: más joven aún que él. Jorge me daba
consejos con su cordura precoz, y yo le obedecía como una hermana mas
pequeña. Se dejaba arrastrar por su mama á un mundo de placeres y
elegancias que le deslumbraba después de su vida sobria y atlética junto
á un educador severo. Me apoyaba orgullosa en su brazo, riendo de las
equivocaciones del mundo. ¡Lo que hemos bailado el año antes de la
guerra, sin que nadie sospechase el verdadero afecto que me ligaba á mi
acompañante!
Alicia hizo una pausa para saborear mejor sus recuerdos. Sonreía
vagamente al pensar en el error maligno de las gentes.
--Todos los té-tangos de los Campos Elíseos vieron á la duquesa de
Delille bailando con su nuevo capricho amoroso. Y yo, Miguel, te lo
confieso, me enorgullecía con este error. Continué siendo la hermosa
Alicia, rejuvenecida por la fidelidad de un adolescente que la
acompañaba á todas partes con el entusiasmo del primer amor. Me parecía
esto preferible al papel resignado y pasivo de madre. Además, ¡nuestros
comentarios alegres al estar solos! Muchos de mis antiguos adoradores
sintieron renacer el pasado por envidia sorda, por la instintiva
rivalidad del hombre maduro ante el adolescente, y me asediaban con sus
galanterías. Mi Jorge me amenazaba riendo: «Mamá, tengo celos.» Quería
que su madre no llamase la atención de ningún hombre, para que fuera
toda de él. Otras veces protestaba yo con más motivo. Sorprendía las
miradas codiciosas de muchas mujeres de mi mundo fijas en él; la
invitación agresiva de algunas, que, por ser más jóvenes, se
consideraban con derecho á arrebatármelo. ¡Y él, tan bueno, burlándose
conmigo de estas pasiones que despertaba, comunicándome otras que yo no
podía adivinar!... Tú no conoces tal vez esta juventud que llega detrás
de nosotros. Parece de otra carne y otra sangre. Nuestra generación es
la última que ha tomado en serio el amor, dándole una importancia
enorme, haciendo de él la principal ocupación de una vida. Tú y yo no
podemos ser ya comprendidos: resultamos monstruos. Mi hijo sólo se
interesaba por una mujer: su madre; y aparte de ella, los automóviles,
los aeroplanos, los deportes... Todos estos muchachos fuertes é
inocentones parecían adivinar lo que les esperaba...
Fué extinguiéndose la momentánea serenidad con que había hecho el relato
de este período feliz. Siguió hablando con voz sorda, entrecortada por
sollozos. De pronto, la guerra. ¿Quién podía imaginársela un mes
antes?... Y su hijo se avergonzaba de no correr como todos los hombres á
las estaciones de ferrocarril para incorporarse á un regimiento. Una
mañana la había aterrado con la noticia de su enganche como voluntario.
¿Qué podía hacer ella? Legalmente, no era su madre. Jorge llevaba el
nombre de un matrimonio de viejos criados que se habían prestado á esta
fingida paternidad. Además, había nacido en Francia, y nada tenía de
extraordinario que, como tantos adolescentes, quisiera defender su
patria antes de ser llamado á las armas por la ley.
La duquesa vivió algunos meses en un villorrio del Mediodía, cerca del
campo de aviación donde se amaestraba su hijo. Deseó prolongar hasta el
último extremo su vida con él. ¡Si se hubiese hecho soldado cuando
vivían separados y ella renegaba de su maternidad!... Pero iba á
perderlo en el momento más plácido de su existencia, cuando se creía al
lado de Jorge para siempre.
--No tardó mucho en ser piloto. ¡Cómo aborrecí la facilidad con que
dominaba el manejo de los aparatos! Sus progresos me inspiraron orgullo
y cólera. Estos jóvenes sienten un verdadero fanatismo por la aviación,
nacida después de ellos y que han visto crecer ante sus ojos de
colegiales... Se marchó, y desde entonces no vivo. ¡Tres años, Miguel,
tres años de tormento! Bien he pagado toda mi vida anterior. Aunque mis
faltas hubiesen sido más grandes, las tendría expiadas con exceso.
Puedes compadecerme. Son dolores que tú no conoces.
El primer año de soledad lo había vivido Alicia esperando las cartas que
llegaban con intermitencias del frente de la guerra. Muy contadas
alegrías. Jorge había venido á París una sola vez con permiso, pasando
media semana junto á ella. De tarde en tarde recibía también la visita
de camaradas del aviador, acogiendo sus noticias con lágrimas y
sonrisas. Su hijo alcanzaba la Cruz de Guerra después de un combate
aéreo. La madre había recortado el pequeño párrafo que hacía referencia
á este hecho, clavándolo con dos alfileres en la seda que tapizaba su
dormitorio. Pasaba las horas contemplando con una fijeza hipnótica estos
breves renglones. «Bachellery (Jorge), aviador, ha dado caza más allá de
nuestras líneas á dos aviones enemigos y...»
Este Bachellery (Jorge) era su hijo, ¡su hijo! Nada le importaba que los
demás lo ignorasen. Su orgullo parecía crecer en el misterio. En sus
entrañas se había formado aquel mocetón hermoso, fuerte é inocente como
los héroes de las leyendas. Todos los hombres conocidos en su vida
anterior se empequeñecían y afeaban; eran seres inferiores, procedentes
de otra humanidad, cuya existencia debía olvidar.
De pronto, el accidente estúpido y ciego que hacía caer la noche sobre
ella. El aviador salía una hermosa mañana en su aparato de caza,
elevándose á través de las nubes en busca del enemigo, con la alegre
confianza de un joven paladín marchando al encuentro de las aventuras.
Repentinamente, un pequeño desarreglo en el motor, un descuido de los
encargados de su preparación, algo de poca importancia en tiempo
ordinario... Y tenía que descender, imposibilitado de seguir su vuelo;
pero el viento y la desgracia le hacían tocar tierra en las líneas
alemanas.
--Cien metros más acá, hubiera caído entre los suyos... ¡Qué quieres!
Era yo demasiado feliz; debía conocer el verdadero dolor... Te confieso
que en el primer momento casi sentí alegría: una alegría egoísta de
madre. ¡Prisionero! Esto representaba la seguridad de su existencia; ya
no me lo matarían en un combate aéreo; ya no estaba en peligro de morir
despedazado ó quemado debajo de su aparato roto. ¡Pero luego!...
Luego, esta seguridad, que colocaba á su hijo al margen de la guerra,
era su tormento. Envidió la época en que arrostraba el peligro
diariamente, pero con libertad. Los periódicos hablaban de las miserias
de los prisioneros, de su hacinamiento en fétidos barracones, del hambre
que sufrían. La vida de comodidades de la madre resultó un continuo
remordimiento. Al sentarse á la mesa, al contemplar su mullido lecho, al
percibir en invierno la tibia caricia de la calefacción, viendo los
cristales floreados por la escarcha, creía estar usurpando indignamente
algo que era de otro. ¡Su hijo! ¡su pobre hijo viviendo como un perro
sin dueño, tendido en la paja, atenaceado por el tormento del hambre!
¡Haber producido un ser--ella que se creyó durante años y años el centro
de lo existente, disfrutando de todas las comodidades--, y este pedazo
de su vida agonizaba bajo el suplicio de una miseria como sólo la
conocen los mayores abandonados!... Nunca pudo imaginarse que la suerte
le reservase esta ironía.
Se agitó en los primeros meses con el cariño agresivo é irracional de la
hembra que ve sus cachorros en peligro. Corrió de ministerio en
ministerio, valiéndose de todas sus relaciones sociales. ¡Pero eran
tantas las madres!... No iban á emprender una gestión diplomática sólo
para ella. Todos los días enviaba á las oficinas encargadas del socorro
de los prisioneros grandes paquetes de víveres destinados á su hijo. Al
final se negaban á admitirlos. No podía ocuparse el servicio únicamente
en socorrer á un simple protegido de la duquesa de Delille. Había miles
y miles de hombres que estaban en su misma situación. Y ella no podía
gritar: «¡Es mi hijo!» Nada adelantaba con esta revelación escandalosa.
Y siguió entregando sus paquetes regularmente, aunque no fuesen para
Jorge. Servirían para saciar el hambre de otros. Conoció la magnanimidad
de los inmensos dolores; hizo sus dádivas como una madre que, al rezar
por su hijo desahuciado, reza por los demás enfermos, creyendo que con
esta generosidad serán mejor atendidas sus súplicas.
Además, ¡la duda cruel!... Los empleados, al tomar sus paquetes,
sonreían tristemente. Era casi seguro que se los apropiarían los
guardianes. Todos los comestibles de precio que destinaba á su hijo iban
á servir para que los reservistas de Alemania encargados de la custodia
de los prisioneros cenasen alegremente, con una alegría de mastines
feroces, brindando por la gloria de su kaiser y el triunfo de su pueblo
sobra el mundo entero. ¡Dios mío! ¿Qué hacer?...