vela, se extendía, largamente ondulado, hasta juntarse con el cielo. Las
gaviotas volaban en círculos, desplomándose á continuación con las alas
encogidas para dejarse llevar por las aguas. Los fondos de arena
removidos por las corrientes aclaraban el azul del borde de la costa,
dándole un tono opalino de ajenjo. En torno del promontorio hervían las
espumas, blancas, luminosas, incesantemente renovadas, entre las cabezas
de los escollos.
El príncipe oyó voces encima de él. Castro y Spadoni se hablaban de
ventana á ventana. La precoz belleza del día les había hecho saltar del
lecho con misterioso aviso. Admiraban el cielo, sin un vapor que
enturbiase las distancias. Las montañas habían adquirido un relieve
extraordinario: parecían más grandes y más próximas. Por encima del
Cap-Martin descendían los Alpes italianos, y en sus últimas
estribaciones, á ras del agua, blanqueaban las poblaciones fronterizas:
Vintimiglia y Bordighera.
Por un capricho atmosférico, flotaba en mitad del cielo sereno una nube
compacta, alargada, semejante á una isla cubierta de nieve. Su blancura
parecía irradiar una luz interior.
--La conozco--dijo Atilio con acento de convicción al músico, que no se
cansaba de admirarla--. La he visto muchas veces. Cuando el día se
muestra demasiado limpio, los directores del Casino temen que la
clientela se aburra de tanto sol, de tanto azul: azul en el mar, azul en
el cielo. «Que suelten la nube grande», ordenan por teléfono. Habrá
usted reparado que esa nube siempre aparece por detrás de las montañas.
Es donde el Casino tiene sus almacenes. Aquí no perdonan detalle para
entretener á los parroquianos.
Miguel oyó dos mugidos: uno de sorpresa, otro de indignación. Luego el
ruido de una ventana al cerrarse. El pianista, molestado por esta broma
matinal, volvía á su lecho para dormir hasta la hora del almuerzo.
Apresuró el príncipe sus operaciones de limpieza. Sentía la necesidad de
salir, como si sus jardines le pareciesen estrechos. A lo lejos sonaban
las campanas de Monte-Carlo, más lejos aún respondían las de Mónaco, y
este repiqueteo hacía vibrar la frágil y clara atmósfera como una copa
de cristal.
Bajó las escaleras lentamente, procurando no hacer ruido, y al llegar á
la verja respiró satisfecho. No había encontrado á ninguno de sus
compañeros, ni siquiera al coronel. Quería marchar solo hacia la ciudad,
como si le atrajese la alegría matinal del domingo, que se convierte al
llegar la tarde en tedio abrumador.
Fuera de la verja le saludó una muchacha que esperaba el paso del
tranvía. Era pequeña, pero sus pies estaban montados en violento ángulo
sobre unos zapatos de tacones agudos. Su falda apenas pasaba de la
rodilla, dejando al descubierto unas medias bien repletas de carne
transparentada por el fino tejido. Sobre su jersey de seda color salmón
ostentaba un collar de enormes cuentas de falso ámbar. El pelo, cortado
en forma de melena de paje, se ahuecaba bajo una graciosa boina de
terciopelo. El profundo respeto con que le saludó hizo que la
reconociese: la hija del jardinero. Pero al mismo tiempo le miraba
hipócritamente, con una curiosidad mal disimulada, como si sus pupilas
estableciesen una separación entre el amo venerado por sus padres y el
buen mozo al que adoraban las mujeres y del que había oído contar tantas
cosas.
El príncipe siguió adelante, después de saludarla como á una señorita de
su mundo. Estaba alegre esta mañana, y rió en su interior al pensar en
lo que daría que hacer á los hombres, más adelante, este capullo de
malicias y ambiciones. Luego se acordó de don Marcos y de lo que le
había contado Atilio. ¡Pobre coronel! ¡Meterse, con sus años, á domador
de fierecillas!...
Caminó ligeramente hacia Monte-Carlo. Pasaba ante las «villas» y los
jardines como si sus pies tomasen nuevo impulso al tocar el suelo, como
si en la atmósfera primaveral se hubiesen disminuído las leyes de la
gravedad.
Dentro de la población se detuvo ante las gradas de la iglesia de San
Carlos. Por la puerta salían resplandores de cirios, perfumes de flores,
susurros de órgano, voces de doncellas. Su alma, pueril y ligera como la
mañana, sintió deseos de ir en pos de las familias endomingadas que
subían la escalinata. El era católico por su padre, cismático por su
madre, y nada por su propia voluntad. Pero se sintió repelido por esta
penumbra olorosa de cueva abierta moteada de luces, y siguió adelante,
aspirando con delicia el aire libre.
--¡Oh, lady!... ¡Buenos días!
Una mano de mujer, descarnada y larga, estrechó la suya con una rudeza
varonil. El sol hacía brillar los botones dorados sobre el paño color
kaki de un uniforme de soldado inglés. Mas el uniforme, en vez de estar
rematado por unos pantalones, tenía como final una falda corta sobre
polainas de cuero rojo.
Era la sobrina de Lewis. Había estado dos tardes en Villa-Sirena
correteando por sus jardines. Miguel contempló una vez más su enfermiza
delgadez, que iba tomando el aspecto miserable de la consunción. La
correa que le cruzaba pecho y espalda, uniéndose por ambos lados á la
cintura, se hundía en el paño, como si detrás de su trama no encontrase
la resistencia de un cuerpo. El rostro avanzaba con una agudeza de
cuchillo bajo la visera de la gorra militar. Su epidermis, rugosa y
macilenta en plena juventud, marcaba todas las aristas y oquedades del
hueso. Parecía no tener edad; lo mismo podía ser de veinticinco que de
sesenta años. Lo único que se conservaba fresco en ella eran los ojos,
unos ojos que aún tenían el resplandor ingenuo de la adolescencia, y
miraban de frente, con la serena confianza de la virgen fuerte.
Los horrores de la guerra habían pasado sobre este organismo como una
llamarada que seca cuanto toca, lo apergamina, y acaba convirtiéndolo en
polvo. Parecía una momia, tostada por el resplandor de los incendios,
estremecida por las lágrimas y los quejidos de millares de seres. «¡Lo
que esos oídos habrán escuchado!», se dijo Miguel. Y comprendió el gesto
triste de su boca pálida, que colgaba con desaliento entre dos profundos
surcos verticales. «¡Lo que esos ojos habrán visto!», continuó pensando.
Pero los ojos no querían acordarse, y le sonreían, contentos del momento
presente.
Acababa de salir de un gran hotel convertido en hospital y esperaba el
tranvía para ir á Mentón. Habían llegado allá nuevos heridos, y la
escasez de enfermeras obligaba á los médicos á admitir sus servicios.
Por el momento no la molestarían más preocupándose de su falta de salud.
Al pensar en el rudo trabajo que la esperaba, en las noches de vigilia y
los combates con la muerte para salvar á unos cuantos hombres, mostró un
gran regocijo. Deseaba cuanto antes hacer su corto viaje, como si se
dirigiese á una fiesta; y al ver que se aproximaba el tranvía, estrechó
otra vez varonilmente la mano del príncipe.
--Seguiré abusando de su autorización. La próxima vez saquearé aún más
sus jardines. ¡Flores... muchas flores! ¡Si viera usted qué alegría
sienten los pobrecitos cuando las coloco junto á sus camas! Algunos
médicos se enfadan; encuentran frívolo esto... Pero lo que yo digo: ya
que hemos de morir, muramos con un poco de poesía, rodeados de algo que
nos recuerde la belleza de lo que perdemos. Esto no hace mal á nadie.
Lubimoff siguió su camino, pero con menos ligereza. Esta amazona de la
caridad parecía haber desgarrado el velo rosa que alegraba su visión.
Todo era lo mismo, pero ligeramente ensombrecido, como los paisajes que
se contemplan á través de un vidrio ahumado. Fijaba su atención en cosas
no vistas hasta entonces. Todos los grandes hoteles se habían convertido
en hospitales. Sus terrazas, sus largos balcones, estaban ocupados por
hombres que tomaban el sol; hombres cuya cabeza era una bola blanca,
ceñida de vendajes que sólo dejaban visibles los ojos y la boca; hombres
incompletos, como esbozos escultóricos, sin una pierna, sin un brazo;
otros, tendidos, inmóviles, amputados, lo mismo que los cadáveres en la
sala de disección, pero que todavía respiraban.
En las aceras fué tropezando con militares de diversas naciones:
oficiales franceses, ingleses, servios y algunos rusos convalecientes,
que recordaban con su presencia la desvanecida cooperación de su país.
Desfilaba toda la variedad de uniformes de los ejércitos de la
República: el azul horizonte de las tropas continentales, el color
mostaza de las tropas marroquíes, la gorra de cuartel amarilla de la
Legión Extranjera, el fez rojo de los argelinos y de los tiradores
negros.
Nadie estaba entero. Este país de sol, de perspectivas azules y
risueñas, parecía poblado por una humanidad superviviendo á un
cataclismo. Oficiales elegantes, de esbelto talle, arrastraban una
pierna, avanzaban con precaución un pie elefantíaco, se doblaban,
avejentados, apoyándose en un garrote. Hombres atléticos temblaban al
andar, como si su esqueleto bailotease dentro de la envoltura de un
cuerpo vaciado por la consunción. Las manos carecían de dedos; los
brazos se habían acortado y eran aletas ó informes muñones; las mejillas
ocultaban bajo placas de algodón el zarpazo de la granada, igual á una
cicatriz cancerosa; la horrible oquedad de la nariz desaparecida se
disimulaba con un tapón negro sujeto á las orejas. Otros llevaban todo
el rostro cubierto con una máscara de vendajes, sin dejar visibles mas
que los ojos, los pobres ojos, que parecían sentir miedo por adelantado
y algún día habrían de familiarizarse con el horror de un rostro que fué
joven meses antes y ahora era igual á una visión de pesadilla.
Algunos se mantenían intactos, disponiendo de la fuerza y la agilidad
de todos sus miembros. Vistos de espaldas, conservaban la esbeltez
vigorosa de la juventud... Pero marchaban en fila, agarrados del brazo,
los ojos perdidos en la noche, golpeando las losas con un palo que había
venido á reemplazar el perdido sable y les acompañaría hasta su muerte.
Y esta procesión de resignadas tristezas, este carnaval doloroso, venía
de los jardines, reconfortado por la alegría matinal, sintiendo renovada
su voluntad de vivir. Otros se dirigían hacia el Casino y sus terrazas,
pasando entre las palmeras brasileñas, de lisos y huecos fustes forrados
de piel de elefante; entre los cactos sostenidos por soportes de hierro
formando madejas de reptiles verdes erizados de púas; entre los nopales,
altos como árboles; entre las higueras del Himalaya, con el cuerpo de
torre y una copa inmensa que parecía hecha para proteger la inmóvil
meditación de los fakires; entre todas las vegetaciones de la América
tropical y la América templada, de la China, Australia, Abisinia y El
Cabo. Un pequeño arroyo bajaba en zigzag por las quebradas verdes del
césped, formando remansos entre bambúes y palmeras japonesas, hasta
desembocar en un lago minúsculo con bordes de follaje, tranquilo,
gracioso, frágil, como uno de esos centros de mesa en los que el agua
está representada por una lámina de cristal.
Miguel se detuvo en lo alto de los jardines para contemplar de lejos el
Casino. Nunca había apreciado, como ahora, la frivolidad y el mal gusto
de este palacio, que era el corazón de Mónaco. Si el «monumento de
confitería»--frase de Castro--cerraba sus puertas, todo Monte-Carlo
quedaría en una soledad de muerte, lo mismo que esas ciudades que fueron
puertos en otros siglos y ahora duermen, despobladas, lejos del mar que
se retiró.
Era obra del arquitecto de la Opera de París, una construcción
recargada, chillona y pueril, toda ella de un tono de manteca tierna,
con techos policromos, torrecillas cargadas de balconajes, hornacinas
con estatuas innominadas, y muchos frisos de azulejos, muchos mosaicos
dorados. En los ángulos había escudetes de cerámica verde imitando á
cabujones de esmeralda. La simulación del oro y las piedras preciosas
era el motivo ornamental más saliente de esta casa, famosa en el mundo
entero.
La prosperidad del establecimiento había añadido al cuerpo principal,
flanqueado de cuatro torres, una ala extensa, en la que estaban los
mejores salones. Varias cúpulas desiguales, verdes y amarillas,
revelaban la existencia de éstos remontándose por encima de la
balaustrada final. En esta balaustrada aparecían sentados unos cuantos
ángeles ó genios de bronce enteramente desnudos, con alas doradas,
ofreciendo al extremo de sus brazos negros unos atributos de oro, cuya
significación nadie llegaba á adivinar. Otras estatuas de mujeres medio
desnudas, blancas ó metálicas, se guarecían en los hornacinas de los
muros, y también resultaba un misterio su nombre y su significación.
Aunque el palacio pretendía deslumbrar y acariciar con sus oros y sus
tiernos colores, las gentes que iban á él apenas se fijaban en tales
magnificencias.
--Los que llegan--decía Castro--entran corriendo: desean sentarse cuanto
antes á las mesas de juego. Los que salen todo lo ven obscuro; y aunque
el Casino fuese hermoso como el Partenón, lo tomarían por una cueva de
ladrones.
El príncipe miró á la derecha del edificio, donde quedaba visible una
faja de mar cortada por varias palmeras japonesas de tronco estoposo y
copa esférica. Allí, en la entrada de las terrazas que bordean el
Mediterráneo, se yerguen los dos únicos monumentos de la ciudad,
dedicados á la gloria de dos músicos por el simple hecho de que algunas
de sus obras fueron estrenadas en el teatro del Casino. Labrados en
mármol, Berlioz y Massenet saludan vagamente con sus ojos sin pupila á
las muchedumbres cosmopolitas que van llegando á la casa de juego. «Son
_croupiers_ honorarios», decía Castro.
«Massenet, lo acepto--pensó Miguel--. Fué feliz, tuvo dinero, conoció la
gloria en vida. ¡Pero Berlioz, que pasó sus años luchando con la propia
pobreza y el desvío del público, haciendo guardia después de muerto á
los millones del Casino!...»
Luego miró más cerca, fijándose en la plaza que se abre ante el
edificio. Un jardín redondo ocupa su centro. Las gentes lo apodan «el
queso», por su forma, y algunos especializan llamándolo «el
_camambert_». En torno de su baranda y en los bancos adosados á ella
vivía el alma de Monte-Carlo, se encontraban las gentes, cambiando
chismes y murmuraciones, pidiendo noticias á los que salían del Casino,
comentando la fortuna ó la desgracia de los jugadores célebres.
En las inmediaciones no había otros comercios que joyerías, sucursales
del Monte de Piedad y tiendas de sombreros para mujeres. Las jugadoras
modestas sentían el capricho de un sombrero caro á la salida del Casino;
los que necesitaban continuar sus combinaciones con nuevo capital no
tenían mas que dar unos cuantos pasos para empeñar la alhaja; en los
escaparates de las joyerías, el collar de perlas de un millón, las
esmeraldas de trescientos mil francos, se exhibían durante el invierno,
exacerbando el capricho femenil, y en verano emigraban á los balnearios
célebres, para continuar su deslumbradora y muda tentación. Los joyeros,
de perfil semítico, esperaban detrás de sus mostradores las compras más
que las ventas, y ofrecían tranquilamente por la alhaja adquirida allí
mismo el año anterior la cuarta parte de su precio.
El príncipe adivinó de lejos la personalidad de muchos que en esta hora
matinal ocupaban ya los bancos frente á la escalinata del palacio. Allí
permanecían todo el día los condenados del juego, los malditos,
sufriendo el más atroz de los tormentos al vivir junto á las puertas del
santuario sin poder entrar en él. Habían perdido hasta la última moneda,
y los directores de la casa, que repatrían generosamente á los jugadores
arruinados, les entregaban el viático para el regreso á su país. Pero se
jugaban este socorro, lo perdían, y como los deudores del Casino no
pueden volver á él hasta que han cumplido sus compromisos, quedaban
clavados en la plaza para siempre, con la ilusoria esperanza de un
dinero que todos ellos ignoraban de dónde podría venir. Se reunían
hombres y mujeres con la fraternidad de la miseria, espiaban á los
compatriotas más felices para asaltarlos con sus peticiones, discutían
entre ellos números y colores, lograban reunir algunos francos después
de rebuscar en el fondo de todos los bolsillos, y como emisario de sus
ilusiones diputaban á algún camarada tan pobre como ellos, pero que aún
no había «tomado el viático» y tenía libre la entrada.
Vió Miguel cómo se iba extendiendo una ola de gente al pie de las
palmeras japonesas, junto al monumento de Massenet. Acababan de llegar
varios tranvías de Niza. Todos los viajeros corrían, deseando penetrar
cuanto antes en el abigarrado palacio, como si la fortuna les aguardase
en los salones y pudiera huir de un momento á otro, cansada de esperar.
Miró el reloj que coronaba la fachada. Las diez. Iban á empezar los
diarios oficios, y los devotos residentes en Monte-Carlo acudían
también, uniéndose á los venidos de fuera. Todos subieron á la vez las
gradas de mármol, siguiendo sus tres caminos de alfombra sujeta por
varillas de bronce que brillaban al sol.
«¡Y estamos en guerra!--pensó Miguel--. ¡Y muchos de los que se han
levantado temprano para hacer el viaje, lo mismo que los que viven aquí,
tienen hijos, hermanos ó maridos que en este momento se baten y tal vez
mueren!...»
La voluntad de vivir, la voluntad de gozar, la ilusión de la ganancia,
obraban como anestésicos, se sobreponían á las preocupaciones, haciendo
que todos olvidasen, para concentrar su existencia en el momento
presente.
Esta precipitación general hacia el juego abierto disgustó al príncipe y
le hizo detenerse en la suave pendiente de los jardines. Le repugnó
confundirse con la muchedumbre que vagaba por los alrededores del
Casino.
Su deseo de no seguir adelante le sugirió una idea. «¿Si fueses á
sorprender á Alicia en su casa?... ¡Lo agradecería tanto!»
Dos veces más había estado en Villa-Sirena. Un encuentro en la calle con
el príncipe, cuando ella iba con su amiga Clorinda, sirvió de pretexto
para que las dos visitasen el refugio de «los enemigos de la mujer» y
sus hermosos jardines. Miguel encontró á «la Generala» menos hostil y
dominadora que la había imaginado; pero no pudo comprender el
apasionamiento de Castro. A pesar de su hermosura le pareció estar
hablando con un hombre. Con ambas señoras había venido también Valeria,
la joven francesa protegida por Alicia, señorita de compañía en los
tiempos de esplendor y que ahora sólo acompañaba su pobreza por gratitud
y fidelidad. Luego, la de Delille había vuelto sola por segunda vez,
para hacerle varias consultas sobre su porvenir, desprovistas todas
ellas de buen sentido, y aceptar finalmente un préstamo de cinco mil
francos. La suerte le era contraria en el juego; necesitaba nuevas
«herramientas de trabajo». Aquel capital que la irritaba con su
terquedad, no queriendo subir más allá de los treinta mil, había oído
finalmente sus quejas, pero fué para desplomarse con una rapidez
fulminante, dejando sólo leves escombros de su existencia.
Después de recibir esta ayuda, la duquesa se había mostrado quejosa.
--Soy yo quien viene siempre á buscarte: no te dignas visitar mi casa.
¡Como soy pobre!...
Al recordar esta protesta humilde, el príncipe no vaciló más. Y
volviendo la espalda al Casino, empezó á subir las calles en pendiente
hacia el límite fronterizo que separa Monte-Carlo de Beausoleil; calles
que ostentan nombres primaverales: de las Rosas, de los Claveles, de las
Violetas, de las Orquídeas.
Entró en una corta avenida formada por una doble hilera de verjas de
jardín. Las casas sólo se dejaban ver á través de columnatas de palmeras
y del follaje duro de los grandes magnolieros. Iba leyendo los nombres
de los propiedades en pequeñas lápidas de mármol rojo fijas en las
entradas de las verjas. «Villa-Rosa»: aquí era. Empujó el entreabierto
portón de hierro, sin que una voz ni un ladrido acogiesen su presencia.
Vió un jardín abandonado en parte, con una vegetación parásita al pie de
los árboles sin podar, cubriendo el espacio que antes habían ocupado los
arriates de flores. El resto estaba mejor atendido, pero era una huerta
con pequeños rectángulos de verduras comestibles sometidos á un cultivo
intensivo.
Lubimoff fué avanzando, sin encontrar á nadie, y se le ocurrió que el
hortelano debía ser un hombre acompañado por un perro con los que se
había cruzado en la entrada de la avenida.
Subió los cuatro peldaños de la casa. También aquí la puerta estaba
entreabierta, y empujándola se vió en un recibimiento del que arrancaba
la escalera para los pisos superiores.
Nadie. Todas las puertas de las habitaciones inmediatas se resistieron á
su mano. Silencio absoluto, como si la casa estuviese deshabitada. Pero
este silencio fué interrumpido por una voz que descendía escalera abajo:
una voz tenue, entonando una canción en inglés, lenta y triste. El canto
iba acompañado de golpes sordos, iguales á los que producen las manos
sacudiendo y ahuecando algo blando y voluminoso.
Miguel creyó reconocer la voz de Alicia. Tosió varias veces sin
resultado; no podía oirle. Fué á gritar avisando su presencia, pero se
contuvo, sintiendo un deseo que le hizo sonreir. ¡Si la sorprendiese en
aquel piso superior, única parte de la casa que habitaba ella ahora! No
dudó más... ¡Arriba!
En el primer rellano vió varias puertas, pero una sola estaba sin cerrar
y por ella salían los ecos de la canción y los golpes. Una mujer con el
cuerpo doblado sobre una cama extendía sus dos brazos para ahuecar el
colchón con fuertes palmadas. Su instinto le hizo presentir la
existencia de alguien detrás de ella, y al volver el rostro, lanzó un
grito de sorpresa viendo á Miguel en el hueco de la puerta. Este no
quedó menos asombrado reconociendo á Alicia en aquella mujer; una Alicia
que vestía una bata lujosa, pero vieja, con guantes ajados en las manos
y un velo arrollado en torno de sus cabellos.
--¡Tú!... ¡eres tu!--exclamó ella--. ¡Qué miedo me has dado!...
Luego fué tranquilizándose, y sonrió á Miguel mientras éste murmuraba
excusas. No había encontrado á nadie; la verja y la puerta estaban
abiertas. Ella, á su vez, también se excusó. Era domingo; Valeria, su
acompañante, se había ido á Niza para almorzar con una familia amiga;
su doncella y la mujer del hortelano estaban en misa; el viejo habría
salido un momento para ver á sus amigos...
Y después de estas mutuas explicaciones quedaron los dos en silencio,
mirándose indecisos, no sabiendo qué decir, pero sin dejar de sonreirse.
--¡Tú haciendo tu cama!--dijo él para romper el penoso mutismo.
--Ya lo ves. Esto resulta algo diferente de mi dormitorio de París.
Tampoco es mi «estudio» que tú conociste. ¡Los tiempos nuevos!
Miguel movió la cabeza con grave asentimiento. Sí; los tiempos nuevos.
--De todos modos--continuó ella--, hay que confesar que tiene cierta
originalidad ver á la duquesa de Delille, á la loca Alicia, haciendo su
cama.
El príncipe volvió á aprobar con un gesto mudo. Realmente, era original:
no se podía ver todos los días.
Alicia insistió en sus explicaciones. No le había costado ningún
esfuerzo ocuparse en los trabajos de su casa. Ella misma limpiaba su
dormitorio, para evitar un quehacer á la vieja doncella. No quería
admitir la ayuda de Valeria. Cada una corría con el arreglo de su propia
habitación, ya que la servidumbre era escasa. Además, entraba en la
cocina algunas veces, y hasta por su gusto habría ayudado al jardinero
en el cultivo de la pequeña huerta.
--Vivimos en guerra; las cosas cuestan muy caras, y yo soy pobre.
Debemos volver á la existencia primitiva... Pero no me atrevo á trabajar
en el jardín, por los vecinos. Curiosean desde sus ventanas; hasta hay
un señor brasileño que parece enamorado de mí.
Ella misma admiraba su laboriosidad. ¿Quién podía haber supuesto años
antes tales cualidades en la dueña del lujoso palacete de la Avenida del
Bosque, que los más de los días se levantaba á las tres de la tarde?...
--Todo se lo debo á mamá. Me eduqué en un colegio de Inglaterra cuando
era de moda sustituir el ejercicio físico de los _sports_ con los
trabajos domésticos. Creo que esto se llama el «corintianismo»... Y me
encuentro mejor que nunca. Antes necesitaba subir algunas mañanas, con
Valeria y Clorinda, al _Tennis de la Festa_ para jugar hasta rendirme.
Ahora, después del arreglo de mi habitación y de ayudar á las otras, no
necesito los deportes. Hago la gimnasia del pobre.