La duquesa dió su mano á Miguel, que la besó ceremoniosamente.

--Espero que nos veremos en el Casino.

Hizo él un signo de negación. Se aburría en las salas de juego: no

quería entrar en ellas.

--Me hubiera gustado encontrarte allí... Estoy segura de que me darías

la suerte.

Luego quedó indecisa. No pensaba volver á Villa-Sirena, donde sólo

vivían hombres; tenía la convicción de que era allí un estorbo.

--Ven á verme una mañana. El coronel sabe dónde vivo. Ven, y te reirás

viendo cómo está instalada la duquesa de Delille... Es algo interesante.

Avanzó hasta el coche de alquiler que esperaba fuera de la verja. Antes

de subir á él, se volvió para afirmar con un tono de graciosa amenaza:

--Si no vienes, no me verás más. Creeré que deseas romper conmigo, que

me encuentras molesta y antipática... Te espero.

Agitó una mano á guisa de despedida, mientras el carruaje se iba

alejando.

--¡Ya era hora!--exclamó Miguel al verse solo.

Una visita de hora y media, que le había hecho permanecer en nerviosa

tensión, midiendo sus palabras, evitando las expansiones demasiado

afectuosas, dando consejos sin interés alguno y dejando en silencio los

recuerdos del pasado. Prefería la confianza y el abandono de sus

conversaciones con los compañeros.

Al pensar en éstos renació su inquietud. ¡Cómo iba á sonreir Atilio al

sentarse á la mesa! Escuchaba ya su voz irónica: «¡Nada de mujeres!» Y

la primera que se presentaba lo hacía marchar ante su paso, confuso pero

obediente, lo mismo que un prior que rompe la clausura para recibir á

una reina.

La inquietud le hizo hablar al coronel, que iba silencioso á su lado,

acompañándole desde la verja al edificio. ¿Dónde estaba Castro?...

--En la biblioteca, con lord Lewis. El lord ha llegado mientras Su

Alteza estaba en el jardín. Viene á almorzar.

¡Simpático inglés! Ocurrírsele escoger este día, espontáneamente,

después de tantas invitaciones inútiles. Estando él presente, Castro

sólo hablaba del juego. Y corrió en busca de Lewis.

Era hijo de un gran historiador, al que su patria había premiado con el

título de lord. Pero este título correspondía por herencia al hijo

primogénito, y únicamente Toledo, dado á exagerar la valía de sus

amistades, llamaba al segundón lord Lewis. Para Atilio, era «el Decano».

Llevaba veinticinco años en Monte-Carlo, y los viejos empleados del

Casino, al ver su triste calvicie inclinada sobre las mesas, recordaban

al _gentleman_ de otros tiempos, elegante, alegre, vigoroso. Había

venido á la Costa Azul en una de sus correrías de personaje byroniano, y

en ella se quedó, no queriendo ver más mundo. La pasión del juego era la

única voluptuosidad inagotable para este hombre que las había gustado

todas y estaba aburrido de la mayor parte de ellas.

El verdadero lord Lewis, personaje grave que sostenía el prestigio del

nombre paterno, tenía numerosos hijos y había servido á su país en altos

puestos coloniales. El, poco á poco, iba perdiendo sus antiguas

relaciones, para no ser mas que un jugador en Monte-Carlo.

--¡Veinticinco años!--había dicho melancólicamente un día al príncipe--.

¡Y jamás podré hacer otra cosa! Ya es tarde para emprender un nuevo

camino. Mi vida terminó, y aquí me enterrarán, estoy seguro; aquí

quedará todo lo que heredé de mi padre, todo lo que me legaron varias

tías viejas... Algunas veces, viendo claro, he emprendido un viaje de

huída... Pero al estar lejos siento una indignación feroz. Recuerdo que

he dejado aquí más de un millón, pienso que no debo resignarme á esta

pérdida, y para rescatarla, vuelvo en seguida á jugar, y vuelvo á

perder, y así continuaré hasta que muera. Además, hay el castillo...

Miguel conocía este castillo. Estaba en un picacho de los Alpes

Marítimos, á la vista de Monte-Carlo, cerca del pueblo de La Turbie y de

los restos del Trofeo de Augusto, que marcan el emplazamiento de la

antigua vía romana.

En sus primeros años de vida en la Costa Azul, el elegante Lewis había

adquirido por unos miles de francos las ruinas de una fortaleza señorial

que guardaban la tradición dramática de guerras con los condes de

Provenza, asaltos y asesinatos de familia. El hijo del historiador, más

aficionado á los deportes que á la literatura, consideró como un

homenaje filial la reconstrucción á la vista del Mediterráneo de un

castillo como los que su padre había descrito al relatar las leyendas de

su país. Invirtió en ello una parte de su fortuna, dedicando la otra al

juego. «Con lo que gane--se decía--acabaré el castillo.» Y como pensaba

ganar sumas fabulosas, inició la reconstrucción en proporciones

gigantescas, dirigiéndola él mismo con arreglo á las fantasías

arquitectónicas estudiadas en los dibujos de Gustavo Doré. El castillo

había quedado á medio construir, y así subsistía muchos años. Por un

lado las torres estaban completas y los muros ostentaban ventanales

gemíneos con vidrieras de colores. En el extremo opuesto se pudría el

maderamen de los andamios; las paredes, sin terminar, descendían en

ángulo recto, y el viento y la lluvia penetraban en los futuros salones,

faltos de un cuarto muro que los cerrase, completamente visibles como

los decorados de teatro.

Cuando sus amigos no lo encontraban en Monte-Carlo, era que carecía de

dinero y estaba en su castillo contemplando melancólicamente todo lo

que le quedaba por hacer. Vivía en una ala, la menos inacabada, y

entretenía su soledad batallando con los rústicos vecinos, con los

proveedores, con todos los del país, que se consideraban obligados á

molestarle y explotarle de mil modos.

Al llegar de Inglaterra una remesa de mil ó dos mil libras esterlinas,

bajaba arrogantemente desde su picacho al Casino. Un gran deber llenaba

su existencia, y debía cumplirlo. ¡Esta vez iba á triunfar! Y cuando,

después de emocionantes fluctuaciones--creciendo algunas veces su

capital, como si fueran á realizarse sus esperanzas--, acababa por

perderlo todo, Lewis volvía á su refugio de la cumbre, llevando una

existencia de cenobita, en espera de nuevos envíos, cada vez más

espaciados y trabajosos.

El príncipe le había visitado una vez en esta fortaleza nueva y ruinosa,

para invitarle á un largo viaje en su yate. Pero Lewis no quiso aceptar.

Debía seguir el duelo con el Casino para recuperar su dinero; tenía la

obligación de terminar su obra.

La guerra le despertó por unas semanas de esta quimera tenaz. Su hermano

había muerto poco antes; pero quedaban sus innumerables sobrinos,

jóvenes que habían abandonado los placeres y comodidades de la alta

sociedad para ofrecer sus vidas. Unos, pertenecientes á la marina, se

embarcaban en buques pequeños, torpederos y submarinos, buscando los

mayores peligros; otros ingresaban como oficiales en el ejército de

tierra. Hasta una sobrina suya, de precaria salud, había sido

condecorada en la línea de fuego por sus abnegaciones de enfermera.

--Y yo, miserable egoísta--decía al hablar con el coronel en el

Casino--, soy simplemente un jugador en Monte-Carlo. Debería ir allá,

donde están los hombres; pero no puedo... ¡no puedo! Mi vida terminó;

soy un muerto que come y duerme para seguir jugando. ¡Y pensar que

algunos parientes más viejos que yo están en el ejército!...

A los cincuenta y cuatro años, la conciencia de su decaimiento moral y

las continuas pérdidas habían agriado su carácter. Además, en las

tardes de mala suerte, visitaba con frecuencia el _bar_ del Casino,

buscando la inspiración en una serie de _whiskys_ tomados de pie y á

toda prisa. Fornido, algo cuadrado, con la cabeza pequeña, los ojos

intensamente azules, el bigote rubio y canoso, Atilio le encontraba

cierta semejanza con un jabalí, tal vez por su acometividad y aspereza

en momentos de mal humor. Jugaba con la cabeza hundida entre los

hombros, las fuertes manos sobre la bayeta verde, sin mirar á nadie, sin

permitir que nadie le hablase, pues esto desorientaba sus combinaciones.

En los días nefastos, al discutir con los empleados ó sus vecinos de

mesa sobre una jugada dudosa, las cóleras de Lewis alteraban la calma

discreta de los salones. Insultaba á los _croupiers_, invitándoles á

salir á la plaza, mientras distendía sus bíceps de boxeador; era preciso

llamar á uno de los altos directores para que le apaciguase con todas

las reflexiones paternales que merece un cliente asiduo.

Este hombre, que en su juventud no había creído en Dios ni en el diablo,

vivía sometido á supersticiones que regocijaban á Castro. Odiaba á los

rostros desconocidos, por estar seguro de que ejercían sobre él una

influencia maléfica. Bastaba que viese uno al otro lado del tapete verde

ó detrás de su asiento, para que empezase á rugir por lo bajo, hasta que

al fin se ponía de pie, trasladándose al _bar_, seguro de que un

_whisky_ á tiempo cortaría la mala suerte. Su camarada íntimo, el único

que podía vivir con él varios días seguidos, era un conde francés, más

viejo que Lewis, y al que se designaba únicamente por su titulo, como si

no tuviese apellido, como si fuese «el conde» por antonomasia. Este no

jugaba nunca, pero ¡sabía tanto, á pesar de que muchos le tenían por

loco!... Treinta años antes había salido un día de su casa en París,

diciendo que iba á comprar tabaco, y aún no estaba de vuelta. Su mujer

había muerto sin verle, y sus hijos, con un sinnúmero de nietos nacidos

y crecidos durante su ausencia, deseaban que nunca acabase de hacer su

compra.

Mientras Lewis jugaba, el conde, sentado en un diván, leía plácidamente

algún volumen, sin prestar atención á la curiosidad del público, que se

fijaba en su gran cabellera blanca echada atrás, sus bigotes enormes y

alborotados, sus ojos redondos, verdes y fosforescentes como los de un

pajarraco nocturno. Castro sentía excitada su curiosidad por los libros

del conde. Eran siempre volúmenes nuevos, de los que no se ven en

ninguna librería, publicados por editores de ignorada existencia;

concienzudos tratados sobre los néctares y ambrosías de la vida

contemporánea (opio, cocaína, morfina, éter), formularios para entrar un

relación directa con las potencias misteriosas (espíritus, larvas y

diablos familiares), viejos libros de magia puestos al día por brujos

modernos.

No se dignaba dar consejos á su amigo sobre el juego: su pensamiento

estaba puesto en cosas de mayor alcance; pero Lewis se creía más seguro

cuando, al levantar sus ojos, lo encontraba leyendo en un rincón.

Estando él allí, siempre ganaba, ó á lo menos no perdía. Su presencia

era suficiente para conjurar el poder nefasto de los infinitos enemigos

que el inglés presentía en torno de la mesa. Además, estaba enterado de

lo que acariciaba el conde con una mano oculta mientras continuaba su

lectura.

Al sufrir sin interrupción varios días de pérdida, Lewis se mostraba

suplicante:

--Conde, _my dear_ conde, ¡si quisiera usted prestarme el rosario de

Satán!...

El sabio personaje parecía dudar. Pero como se lo pedía su mejor amigo,

entregaba el rosario, dejando una de sus manos sin empleo; un rosario

como todos, pero de gruesas cuentas rojas y con los dieces negros. Lo

más importante era el grupo de objetos que colgaba en el lugar de la

ausente cruz: un elefante de marfil adquirido por el conde en la India,

una moneda auténtica del emperador Constantino encontrada en unas

excavaciones en la Anatolia, y un falo de oro con un resorte engendrador

de viles contorsiones.

La mala suerte quedaba vencida. Algunas veces había perdido Lewis

mientras pasaba ocultamente las cuentas del diabólico rosario por debajo

de la mesa; pero siempre perdía menos que cuando estaba privado del

maravilloso talismán. El sólo quería acordarse de una tarde en que,

ayudado por esta joya impúdica y sacrílega, llegó á ganar ochenta mil

francos.

Si la ganancia se cortó, fué por culpa del conde. Era infiel como una

mujer coqueta; desaparecía de pronto, repitiendo la misma fuga

inexplicable con que había asombrado á su familia. A Lewis no lo

abandonaba para comprar tabaco; pero los libros recién adquiridos

hablaban de un narcótico empleado en Asia que hacía ver el porvenir, de

una gitana de Granada que podía matar á las personas con solo el deseo y

unas palabras misteriosas, y allá se iba, bajo la fe de anónimos autores

que nunca habían salido de París. Jamás le faltaba dinero para estos

viajes misteriosos; sin duda su familia tenía interés en mantenerlo

lejos. Tardaba en reaparecer tres meses ó cinco años; hasta que el

público rumor hacía saber á Lewis que su amigo vivía en Cannes ó en

Niza, y le enviaba carta tras carta, invitándolo á trasladarse á

Monte-Carlo. Hasta iba en busca suya, y el conde se dejaba traer, con

sus libros de misterios y su prodigioso rosario, sin hablar una palabra

de lo que había descubierto en sus viajes.

Al ver el príncipe á Lewis después de dos años de ausencia, tuvo que

disimular su triste sorpresa. Sólo los ojos, claros, reposados y dulces,

recordaban la perdida frescura del _gentleman_ elegante y vigoroso.

Había adelgazado de un modo alarmante, con un enflaquecimiento de

enfermedad. Su cráneo parecía haberse empequeñecido, y sobre su calvicie

se desplomaban como ruinas algunos mechones cenicientos y espaciados.

Una observación del coronel renació en su memoria. Toledo había

estudiado la decadencia de los jugadores. Así como iban llegando á los

últimos límites del desaliento y la desesperación, se encogían y

arrugaban. Su sombrero se hacía más grande: cada día bajaba más, hasta

descansar en las orejas; el cuello de la camisa se dilataba igualmente,

como si fuese á dejar escapar un pecho angustiado.

Durante el almuerzo, Lewis, Castro y Spadoni sostuvieron la

conversación. Hablaron del juego y del Casino, pero nadie se atrevió á

preguntar al inglés si había ganado. Temía supersticiosamente esta

pregunta, como algo que llamaba á la desgracia. En cambio, habló de la

fortuna de los otros, de las grandes ganancias conseguidas en una noche.

Guardaba en su memoria todo lo que le habían contado ó lo que él había

creído ver durante veinticinco años de vida en Monte-Carlo. Un americano

se había ido con un millón; un inglés había ganado diez mil libras

esterlinas con cinco luises prestados... Así continuaba relatando los

prodigios vistos en el Casino. ¿Y aún había quien aseguraba que todos,

absolutamente todos los jugadores acaban fatalmente por perder?...

El pianista escuchaba con ojos de asombro y de codicia los relatos del

«Decano». Castro se mostraba más escéptico. Había oído contar estas

ganancias inauditas y otras muchas, pero sin presenciar una sola de

ellas, y eso que llevaba también bastantes años viniendo á Monte-Carlo.

Era verdad que había visto ganar en una noche hasta quinientos mil

francos... Pero al día siguiente cambiaban las cosas, y el triunfador

perdía lo ganado y además lo suyo, teniendo que pedir el viático de

costumbre para volverse á su país.

--Yo creo--dijo--que todas esas historias las inventa la sección de

propaganda del Casino. Me han contado que tiene á sueldo un novelista de

folletón, el cual debe lanzar todas las semanas un cuento de esta clase

para enardecer á los jugadores.

Acogió el príncipe con una sonrisa la invención de su amigo, pero Lewis

no aceptaba paradojas en asuntos tan respetables, y gritó que todo lo

que él contaba lo había presenciado. Mentía sin darse cuenta al hacer

esta afirmación. En realidad, había visto lo mismo que Atilio: grandes

ganancias seguidas de pérdidas mayores; pero experimentaba la necesidad

de lo maravilloso, y estaba dispuesto á creerlo todo de antemano. Tenía

el alma del fanático, que cuando le cuentan un milagro afirma á los

pocos días con sinceridad: «Yo lo vi con mis ojos.»

Repetidas veces espió el príncipe á Castro, esperando sorprender en él

una mirada irónica, algo que le revelase sus impresiones acerca de la

visita que había recibido en la mañana. Pero la presencia de Lewis

parecía haber borrado en él todo recuerdo que no tuviese relación con

el juego.

Al terminar el almuerzo hablaron en el _hall_, mientras tomaban el café,

de los que jugaban más fuerte en las salas privadas. El nombre de

algunos era pronunciado con respeto, como si fuesen maestros dignos de

admiración.

--Ese sabe jugar--decían como único comentario.

Lo gracioso para Miguel era que Lewis también figuraba entre los

maestros que «sabían jugar», y todos ellos perdían, lo mismo que los

ignorantes. Su único mérito estribaba en ir retardando el momento de la

ruina final, en prolongar la anonadadora emoción, envejeciendo como

prisioneros á la sombra de los peñones del principado.

Miró á Castro una vez más, como á un enemigo astuto que disimula su

pensamiento, y se aventuró á hacer una pregunta:

--Y mi parienta la de Delille, ¿cómo juega?

Atilio fijó los ojos en él sin malicia alguna, extrañándose del interés

que mostraba por la duquesa; pero no pudo hablar, pues se le adelantó

Lewis. Odiaba á las mujeres, especialmente en la mesa de juego. Sólo

servían de estorbo, interrumpiendo con sus gestos y sus nerviosidades

las meditaciones de los hombres.

--Juega como una bestia--dijo con brutalidad--, juega como una mujer...

¡El dinero que lleva perdido tontamente!...

Castro intervino, como si quisiera evitar que esta conversación se

prolongase.

--¿Y el conde?--preguntó á Lewis--. ¿Dónde esta? El coronel se interesa

mucho por él.

Don Marcos lanzó una exclamación de asombro y de reproche. Tenía su

opinión formada desde mucho antes sobre el tal personaje. ¡Un

demente!... No podía olvidar su breve diálogo una tarde en el Casino,

después que Atilio los presentó á los dos. Al conocer la nacionalidad de

Toledo había hecho grandes elogios de su país. ¡Oh, España! ¡Su lengua

interesante! Y cuando el coronel iba á agradecerle tanta amabilidad,

quedó estupefacto y con el aliento cortado.

--Porque usted debe saber, indudablemente, que el español es la lengua

usual del diablo, después del latín. En español están escritos los más

poderosos conjuros. ¡Oh, los nigromantes de Toledo! ¡Los sabios brujos

de Salamanca!

El viejo soldado de la tradición se alteraba al recordar al conde y su

rosario. Por esto, cuando Lewis declaró que no sabía nada de su amigo,

repuso seriamente:

--Yo sé dónde está: en una casa de locos.

Sonó de pronto el estrépito de un tren que pasaba ante Villa-Sirena con

acompañamiento de gritos y silbidos. Más ingleses que iban á Italia.

Esto les hizo ocuparse de la guerra. Lewis, que había bebido mucho en la

mesa, recordando al hablar del juego la inutilidad de su vida, cayó de

pronto en una tristeza densa, de ebrio melancólico y digno.

--Dos sobrinos míos murieron en la batalla naval de Jutlandia. Seis

hijos de mi hermano han muerto en Francia en una sola tarde: pertenecían

al mismo batallón. Todos jóvenes, animosos, deseando hacer algo. Y yo

soy el único varón que queda en la familia; soy el inútil, el viejo, el

que no sirve para nada. ¡Ah, miseria!...

Todos callaron, comprendiendo que la desesperación y la vergüenza de

este hombre, que parecía llorar sobre las ruinas de una vida sin objeto,

exigían el silencio. Novoa movió la cabeza como si aprobase sus

palabras.

--Mi familia ha terminado. ¡Tantos jóvenes que había en ella!... La vida

es rara. Transcurre el tiempo sin que surjan sucesos extraordinarios, y

de pronto, las horas valen meses, los días son años, y pasan en unos

minutos cosas que en otras ocasiones necesitarían siglos. ¡Todos

muertos! Sólo queda mi sobrina Mary, la enfermera. Está aquí; la han

enviado sus jefes casi á la fuerza para que descanse y se reponga. Pero

se escapa á Mentón, á Niza, allí donde hay heridos, queriendo reanudar

su servicio. ¡Si á lo menos se casase!... Mas no: morirá como los otros.

Y yo quedaré solo, y seré lord, el tercer lord Lewis: lord Lewis el

historiador, lord Lewis el gobernador colonial, y lord Lewis el

inútil...

Aquí intervinieron todos con una protesta afectuosa. Sus desgracias de

familia eran enormes, pero no debía atormentarse de tal modo.

--Con su permiso, príncipe--dijo el inglés, desviando la conversación--,

un día traeré á mi sobrina para que conozca sus jardines. ¡Ama tanto

estas cosas! Es la única de la familia que ha heredado el alma de mi

padre.

Después de esto, Lewis mostró deseos de marcharse. Necesitaba olvidar, y

sabía dónde le esperaba el olvido. Sus pies de jugador sintieron el

mismo irresistible deseo de actividad que los del ebrio cuando piensa en

el mostrador del _bar_. Castro y Spadoni cruzaron con él varias miradas.

--¿Si fuésemos á dar una vuelta por el Casino?--propuso uno.

Y los tres desaparecieron.

El coronel también se fué, y el príncipe pasó el resto de la tarde

conversando con Novoa, paseando por sus jardines, viendo la puesta del

sol, y finalmente leyendo en el _hall_, al pie de una lámpara que

extendía su enorme pantalla rosa sobre una alta columna.

Castro llegó solo, mucho antes de la hora de la comida. Estaba triste;

silbaba, y su sonrisa era un rictus hostil. ¡Mala tarde! Lo había

perdido todo. Al día siguiente tendría que solicitar un nuevo préstamo

de su pariente para volver al «trabajo».

Miguel sintió otra vez la necesidad de hablarle de la visita de la

mañana. Era mejor una explicación franca que evitase alusiones é

ironías.

--Sí, la he visto--dijo Castro--. Os seguí desde una ventana cuando

paseabais por los jardines.

Le miró el príncipe, asombrado de su laconismo. ¿Esto era todo lo que se

le ocurría decir? Ahora hubiese preferido sus burlas.

--¿Qué tiene de particular que haya venido?--dijo al fin con

brusquedad--. Es natural; ¡pobre mujer! Te advierto que has empezado por

conquistar á una enemiga.

Se había encontrado en el Casino con «la Generala». Ella y Alicia

acababan de reconciliarse una vez más, y para afirmar con una

confidencia íntima la amistad rehecha, la de Delille le había contado su

entrevista con el príncipe.

--Doña Clorinda, que no te podía ver, por considerarte un frívolo, un

vago pernicioso, hace de ti los mayores elogios, á causa del perdón de

esa deuda enorme y de tu propósito de ayudar á la duquesa. Dice que eres

un caballero digno de otros tiempos, un gran corazón...

Miguel encogió los hombros. ¡Lo que le importaba á él la tal doña

Clorinda!... Esto exasperó á Castro.

--¿Por qué no había de venir aquí tu parienta?--dijo con aspereza--. Tú

te aburres entre hombres; no lo crees, pero es así. A todos nos ocurre

lo mismo. Resulta necesario hablar de vez en cuando con una mujer,

aunque sea únicamente por amistad. Lo que tú pretendiste al llegar de

París es imposible.

--¿Crees acaso que voy á enamorarme de Alicia?

Y el príncipe rió largamente, como si no se cansase de celebrar lo

absurdo de tal suposición.

--Eso tú lo sabrás--contestó Atilio--. Lo que yo digo es que no podemos

ser por mucho tiempo los enemigos de la mujer. Mira al coronel; es tu

«chambelán», tu ayudante, el hombre que te obedece ciegamente. Pues

hasta ese te abandona. Fíjate: siempre que puede, vive en el pabellón de

la portería. Necesita hablar con la hija del jardinero, una mocosa que

él ha visto andar á gatas, pero que ya tiene diez y seis años y no

ofrece mal aspecto. Trabaja en una sombrerería de Monte-Carlo, y sigue

las modas lo mismo que una señorita. El coronel cuida de la renovación

de sus zapatos de altos tacones, de sus faldas cortas, de sus boinas y

sombreritos, de sus collares de falso ámbar. En esto emplea todo el

dinero que tú le permites que tome como recompensa. A veces la sigue de

lejos por las calles, admirando su contoneo provocativo, sus

pantorrillas al descubierto, siempre con medias de seda... Cultiva

pacientemente su jardín. Sonríe como un imbécil al pensar en su futura

cosecha.

VI

Un domingo, al levantarse de la cama, el príncipe sintió deseos de

cantar. Tal vez fué por seguir maquinalmente á unos pájaros que desde la

salida del sol estaban gorjeando en los aleros de Villa-Sirena,

engañados por la tibieza de un día primaveral en pleno invierno.

Los enemigos de la mujer · 第 12 / 37 段